Part 12
Un vicario general de España únicamente podía aspirar a la dirección suprema de la Compañía en todo el mundo, y el padre Claudio quiso ser general de aquel negro ejército que tenía su núcleo en Roma y sus avanzadas en todas partes.
Sabía el importante jesuíta que debía ocultar sus miradas ambiciosas cuidadosamente, pues el hombre que desde Roma los dirigía a todos era un Argos de cien ojos, que mediante su misterioso poder, desde las cercanías del Vaticano, adivinaba los pensamientos del último jesuíta establecido en el Japón o en las más apartadas islas de Oceanía. Una indiscreción podía perderle, pues así como el generalato de la Orden era vitalicio y nadie podía destituir al general, una vez elegido, las asistencias o direcciones de las naciones a las cuales el lenguaje jesuítico, con su tendencia de unificación universal, llamaba provincias, eran puramente de gracia, y el poder supremo de la Orden podía destituirlo a él del vicariato de España apenas notara el más leve indicio de ambición o de intriga.
El general había tratado siempre con gran benevolencia al padre Claudio, haciendo justicia a sus facultades de dulce tirano y hábil intrigante, y, sobre todo, a aquella indiferencia en punto a procedimientos que hacía recordar a los Borgias cuando, en el entusiasmo del brindis orgiástico, deslizaban el veneno en la copa del vecino o, sonriendo como ángeles, daban de puñaladas. Nunca el general había demostrado intención de relevar al padre Claudio de su alto cargo, lo que no impedía que el vicario de España, cuando comenzó a sentir cómo se removía su dormida ambición, pensase en la conveniencia de hacer algo desde Madrid para que aquel viejo que estaba en Roma saliese del mundo de un modo más o menos trágico, dejando su puesto vacante a otro más joven, que podía ser él mismo.
Pero el padre Claudio sólo optaba por los procedimientos violentos en caso apurado, pues prefería aquellos otros nacidos de su astucia y que él preparaba hasta en sus últimos detalles con el exquisito gusto de un gran artista del mal.
El sabía algo de otros generales que habían sido envenenados por sus subordinados o expuestos al público envueltos en una sotana nueva para ocultar las puñaladas con que el cadáver tenía rasgado el pecho; pero todos estos medios le parecían propios de tiempos bárbaros; sentía una repugnancia de damisela al pensar en la sangre, y con aire de superioridad, sonreía considerando que era más fácil y seguro esperar pacientemente, teniéndolo todo preparado para lograr su deseo apenas el actual general, que tenía más de ochenta años, dejase de vivir.
El fallecimiento del general era cosa segura en plazo no muy largo, y el gallardo jesuíta pensaba dar antes un golpe que le proporcionara inmenso renombre en la Orden y que le facilitara su elección en Roma.
Un negocio afortunado que hiciera ingresar en las arcas de la Compañía muchos millones era el golpe que él necesitaba para preparar su elección de general, y por esto se acordó de la fortuna de los hijos de Baselga, que tanto había perseguido la avaricia jesuítica.
Lo que el padre Fabián Renard no había podido lograr, él lo conquistaría, consolidando de este modo su fama de hombre astuto e invencible en punto a procurar buenos negocios a la Orden.
Ya sabemos el sistema que el reverendo padre se proponía usar para ir despojando a los hijos de Baselga. Aquellos dos jóvenes, sobre los que tenía puestos sus ojos la Compañía, abrazarían el estado religioso y harían una donación de sus bienes a la Orden, que, correspondiendo a tal merced, los tendría toda la vida alejados del mundo y encerrados en un claustro donde podrían ganar el cielo.
Agitado por tales ideas hizo el padre Claudio su visita a la baronesa.
Era preciso acelerar el negocio y hacer que cuanto antes entrase Enriqueta en un convento.
No era el gallardo jesuíta amigo de preámbulos ni de artificiosos rodeos cuando hablaba con amigas tan íntimas y subordinadas fieles como lo era la baronesa de Carrillo, así es que inmediatamente abordó la cuestión.
Enriqueta tenía ya edad para entrar en un convento y aficionarse verdaderamente a las dulzuras de la vida monástica, preparándose a prestar sus votos. ¿Qué ganaba permaneciendo en aquella casa a la cual, aunque muy santa y muy cristiana, llegaban las murmuraciones del mundo? Enriqueta, permaneciendo como hasta aquel momento en continua relación con la servidumbre, corría el peligro de saber cosas que destruyeran su infantil inocencia; y tales aspavientos hacía el jesuíta al decir esto, de tal modo se horrorizaba aparentemente al pensar en la posibilidad de que alguna palabra indirecta se deslizase en sus virginales oídos, que no parecía sino que la casa de su padre era un lugar de perdición para la joven.
Doña Fernanda, como era su costumbre, siempre que oía al poderoso padre Claudio, asentía a todo y se mostraba dispuesta a obedecer sus órdenes.
--Ya lo sabe vuestra paternidad; yo soy su sierva espiritual, su humilde penitente, y estoy dispuesta a cumplir cuanto se sirva mandarme. Realmente esa niña no está muy bien aquí, pues aunque todas las personas que visitan la casa son buenas cristianas, el mundo se halla tan pervertido, que es fácil que se deslicen hasta aquí palabras y ejemplos que perturben a una joven prometida del Señor.
Y la amiga del padre Felipe, que a fuerza de rozarse con los jesuítas se había asimilado mucho de su meliflua elocuencia, aprovechó la ocasión para disertar ante su superior sobre la corrupción de la sociedad por sus tendencias impías, asegurando que la virtud estaba desterrada, ocultándose únicamente en las personas piadosas; ella, por ejemplo.
Los dos compadres en Cristo no tardaron en entenderse y quedaron perfectamente convenidos en lo que debían hacer.
Enriqueta entraría cuanto antes en un convento que designaba el padre Claudio, pero primeramente había que lograr el permiso de su padre el conde de Baselga, cosa que no creía tan fácil el director espiritual ni su penitente.
--Yo, reverendo padre, le anticipo con harto dolor mío que nada conseguiré. Mi padre me aborrece, esto bien lo sabe su paternidad, y yo sospecho el porqué, y, por tanto, no esta demanda, sino otra que le hiciera, me la negaría seguramente. Ya recordará vuestra reverencia que rotundamente me dijo que no el día que yo le indiqué la conveniencia de que Enriqueta fuese a educarse en el convento. Donde usted le ve, a pesar de sus alardes de religiosidad, yo creo que es todo un impío, y más ahora, que se ha dado de lleno a los libros.
--¡Ah! ¡Los libros!... ¡Mala cosa es eso!
Y el jesuíta decía esto con acento de distracción, al mismo tiempo que con la cabeza inclinada parecía reflexionar profundamente.
--Será mejor, amiga mía--dijo después de un larga silencio--, que yo hable al conde. Efectivamente, él no hace gran caso de la hija de su primer matrimonio y de seguro que le producirán más efecto mis palabras. Sin embargo, tratándose de un hombre como él, este asunto no debe llevarse precipitadamente. Conozco su carácter y sé que es preciso explorar primeramente sus intenciones e ir poco a poco convenciéndole de la conveniencia de dedicar a Enriqueta a la vida monástica, sobre todo si la vocación de la niña es segura.
--¡Oh! En cuanto a eso no hay cuidado. La vocación es segurísima. Enriqueta no hace nada más que lo que yo la mando.
La baronesa hablaba de las aficiones religiosas de su hermanastra con completa seguridad, aunque nunca había logrado de ella una contestación categórica, ni se había tomado el trabajo de consultarla sobre aquel porvenir que la preparaba... ¿Para qué? Ella, la señora de aquella voluntad, tenía el poder de atemorizarla con una mirada o con un gesto, y creía ridículo detenerse a inquirir lo que pensaba aquel ser que había educado para una vida automática.
Desde aquella conferencia y después de haber combinado su plan el jesuíta y la baronesa, Baselga comenzó a sufrir un asedio del que tardó en darse cuenta.
Doña Fernanda, en la mesa o en las cortas entrevistas que ella buscaba, y de las que el conde procuraba zafarse cuanto antes, mostraba empeño en hablar del porvenir de Enriqueta en términos vagos para que su padre mostrara claramente sus propósitos, pero Baselga oía silencioso y distraído, no escapándosele nunca una palabra que demostrase su pensamiento.
En cuanto al padre Claudio, visitaba la casa con tanta asiduidad como en pasados tiempos, honor que ensalzaba la baronesa en su reunión, y del que se hacían lenguas sus contertulios, que sabían las múltiples ocupaciones que pesaban sobre el vicario de la Orden en España.
Todas las tardes iba el jesuíta a fumar algunos cigarrillos en el gabinete de estudio de Baselga, el cual, no considerando las cosas como su hija mayor, tomó al principio esta distinción por una solicitud fastidiosa que le distraía en sus ocupaciones.
Para colmar su aburrimiento, el amigo Quirós, con el que hablaba todas las tardes de su gran plan de conquista, depositando en él todas sus esperanzas y risueños optimismos, desde que el padre Claudio se dedicó a hacerle cotidianas visitas, dejó de acudir con tanta regularidad pretextando ciertos asuntos que tenía que despachar con urgencia en el ministerio, y el conde hubo de resignarse a permanecer horas y más horas con aquel sacerdote que nunca tenía prisa en irse, y que, siempre sonriendo, le molía a preguntas.
Pero era en todas ocasiones tan amable aquel padre Claudio, oía con tanta atención sus explicaciones sobre lo que estudiaba en los tratadistas militares, manifestaba tal entusiasmo por Malbourough, Montecucoli, Jomini y otros señores que a cada instante barajaba el conde en su conversación, que, al fin, éste comenzó a adquirir alguna confianza y recibir con más gusto las visitas del jesuíta.
Al fin, era un buen compañero, y en ausencia de Quirós, el conde experimentaba gran placer teniendo un compañero con quien hablar de su manía favorita.
Era un cura aquel oyente de aventuradas empresas militares; su ministerio, sus estudios y sus costumbres no le hacían muy adecuado para aquella clase de conferencias; pero... ¡qué diablo!, escuchaba con gran atención, y, además, Baselga adivinaba en el padre Claudio--como en otros tiempos--que había en su persona algo de caudillo, aunque de fuerzas menos ruidosas y francas que las del ejército, y en todos sus actos se traslucía la costumbre de mandar con ademanes imperiosos que no admiten réplica.
La confianza entre el conde y el jesuíta fué estrechándose rápidamente. Aquella frialdad con que Baselga había tratado al padre Claudio a raíz de su llegada de Francia, fué desvaneciéndose, y aunque el conde no volvió a ser como en su juventud, el admirador sumiso e irreflexivo del astuto jesuíta, le dispensó cada vez mayores atenciones, y llegó en sus conversaciones apasionadas hasta olvidarse de quién era aquel hombre y de las amenazas viles que usó para conservarlo esclavo de la Compañía.
El padre Claudio, en aquellas conferencias, con un disimulo que hacía honor a la astuta institución a que pertenecía, llevaba siempre la conversación a un mismo punto, que era invariablemente las desdichas de la patria, lo grande que ésta había sido en otros tiempos y la necesidad de volver por la integridad del territorio, reconquistando los puntos que los extranjeros nos habían arrebatado.
Un hombre más experto y observador que Baselga hubiera adivinado en su interlocutor el deseo de excitar las confianzas sobre un asunto determinado que conocía con anterioridad; pero el conde estaba muy preocupado con sus planes y los acariciaba con sobrado entusiasmo para fijarse en tales detalles.
Por fin, un día, en un rato de excitación patriótica, Baselga hizo traición a la reserva que se había prometido y relató al padre Claudio su plan sobre Gibraltar con todos sus detalles.
El jesuíta sonreía casi imperceptiblemente. Al fin lograba aquella confianza solicitada de tan diversos modos.
¡Cómo pintar el entusiasmo patriótico del padre Claudio! Primero quedóse perplejo, mostrando admiración y duda como si su inteligencia no alcanzase a comprender un plan tan colosal; después, su rostro se animó como a impulsos de excitación inmensa, y, por fin, abrazó al conde con nervioso impulso, diciendo, con acento entrecortado por la emoción, que Dios y la patria sabrían agradecer una empresa tan sublime.
Baselga se enterneció ante aquel arranque de entusiasmo patriótico, y llevado de un risueño optimismo, se dijo interiormente que aquel jesuíta era una buena persona, que si cometía alguna mala acción era indudablemente por exigencias de la Orden.
Desde que el conde hizo tales revelaciones no tuvo quien más atentamente se interesase por la realización de tal plan.
Todas las tardes iba, según su costumbre, a visitar a Baselga y se enteraba minuciosamente de sus propósitos, mostrando una admiración sin límites cada vez que su amigo le hacía una nueva confianza.
--¡Oh! Esto halaga--se decía el conde al quedar solo--. Esto da nuevas fuerzas para seguir adelante. ¡Si todos fuesen tan buenos españoles como el padre Claudio! Después dicen que los jesuítas no tienen patria ni se interesan por otra nación que Roma.
Por su parte, el reverendo padre aumentaba el entusiasmo de su amigo, prometiendo hacer cuanto pudiese en favor del plan. El no sabía los servicios que podría prestar, pero tenía amigos en todas partes, y, ¿quién sabe si en Gibraltar encontraría alguien que quisiera entrar en la patriótica aventura?
Transcurrieron algunos días sin que los dos amigos hablasen de otros asuntos que la atrevida reconquista del Peñón. Quirós, siempre excusándose con sus trabajos en el ministerio, iba ya pocas veces al despacho de Baselga; pero éste se mostraba tan entusiasmado y satisfecho del padre Claudio, que consideraba ya al joven diplomático como lo que era realmente. Ya no veía en él un joven serio e ilustrado, sino un pollo insubstancial e intrigante, que a lo más le servía para sacar cuantas noticias deseara del ministerio de Estado.
El jesuíta tenía por su parte un plan marcado que iba desarrollando lentamente, y cuando creyó poseer la confianza de Baselga, abordó una tarde resueltamente el asunto.
--Supongamos, señor conde, que yo, como así lo espero, proporcione los elementos necesarios para la empresa, y encuentro gente dispuesta a dar el golpe sobre Gibraltar. ¿Quién se encargará de ponerse al frente de los que se apoderen de la plaza?
Baselga mostró en su rostro la misma extrañeza que si oyera a alguien dudar de su valor.
--¡Quién ha de ser! ¡Yo!--dijo con sencillez heroica.
--¿Y ha pensado usted bien las consecuencias que pudiera traerle un fracaso? ¿Ha considerado que en la aventura puede perder la cabeza? Las autoridades inglesas son inexorables con el que quiere arrebatarles algo de lo que poseen, y lo menos que con usted harían, si fracasa el golpe, sería ahorcarlo.
--Nada me importa eso--contestó el conde con frialdad--. He expuesto mi vida muchas veces, para que pueda sentir temor ante tales peligros. Yo iré al frente de los buenos españoles que intenten devolver Gibraltar a España, y si es que la suerte nos es adversa, ¿qué fin puedo ambicionar más glorioso que morir por mi patria, aunque sea de un modo infamante?
--Muy bien, amigo mío. Sigue usted siendo un héroe y la edad no ha amortiguado sus bríos. Pero es preciso que antes de acometer tan santa empresa, que tal vez le conduzca al martirio, piense usted en asegurar el porvenir de sus hijos.
--¡Mis hijos! Gracias a Dios no tengo que pensar en ellos. Son ricos y su porvenir está asegurado. Además, dentro de pocos años tendrán ya edad para casarse y constituir familia.
--Pero entretanto, señor conde, reconozca usted que si por desgracia pierde la vida en esa empresa que vamos a realizar cuanto antes, la situación de esos dos jóvenes solos en el mundo, pues apenas si tienen familia, será apuradísima.
--Tienen a mi hija Fernanda, que por su edad y su experiencia, puede servirles de madre.
--No basta eso.
--¿Pues qué quiere usted decir?
--De Ricardo nada. Al fin pertenece a nuestro sexo y para un hombre no es tan ruda la lucha que ha de sostener en la sociedad para mantenerse a cierta altura. Pero piense usted en Enriqueta. ¿Qué sería de ella al quedar huérfana?
--Sentiría mucho la muerte de su padre, mas no por esto quedaría desamparada. Tiene a mi hija Fernanda, y además, una joven rica como lo es ella, siempre encontraría entre mis parientes de la nobleza quien velara por ella. Esto sin contar que ya no es una niña, y que dentro de pocos años estará ya en estado para casarse con quien ella elija, siempre que sea un hombre perteneciente a su clase.
--Veo, señor conde, que no quiere usted atender a lo yo le propongo y que se forja ilusiones para no contemplar la realidad. Yo hablo del presente y del peligro que a causa del heroísmo de su carácter, corre su hija de quedarse huérfana.
--¿Y qué quiere usted proponerme?
--Yo--dijo el padre Claudio preparándose a dar el golpe y revistiendo sus palabras de la mayor sencillez--pensaba poner a Enriqueta a salvo de todo infortunio y hacer que antes de que usted partiera para Gibraltar su hija quedase en un puesto de confianza donde se ocupasen de su educación, por cierto algo descuidada, pues la baronesa, ocupada en las empresas benéficas, a las que le arrastra su religiosidad, no puede pensar en la cultura de su hermana.
--Concrete más su proposición, padre Claudio--dijo Baselga con fría entonación.
--Pues bien; le propongo, haciéndome en esto intérprete de los deseos de la baronesa, que Enriqueta vaya a educarse en un convento de nuestra confianza.
El conde no era ya el mismo de momentos antes. El entusiasmo y la confianza que mostraba al jesuíta hablándole de empresas militares había desaparecido, y ahora escuchaba al visitante con fría reserva, lanzándole de vez en cuando una mirada escudriñadora que pugnaba por atravesar aquella astuta máscara, adivinando lo que existía tras la dulce sonrisa jesuítica.
Cuando el padre Claudio formuló su proposición, Baselga le miró fijamente y contestó con lentitud:
--Mi hija no será monja mientras yo viva.
--Ha comprendido usted mal--replicó con viveza el jesuíta--. Lo que yo propongo no es que Enriqueta se dedique a la vida monástica abandonando su familia; conozco bien el inmenso cariño que usted la profesa y sé que no es posible que consienta usted el separarse de ella para siempre. Lo que yo propongo es que Enriqueta ingrese en un convento donde se educan otras señoritas aristocráticas para permanecer allí segura mientras usted lleva a cabo esa obra sublime, tan meritoria a los ojos de la patria y a los de Dios.
--Lo que usted me propone es que mi hija entre en un convento como simple educanda para convertirse después en monja profesa y no salir jamás de él.
--¡Señor conde! Me ofende esa suposición.
--Padre Claudio, ya sabe usted que nos conocemos y que hay entre los dos asuntos suficientemente graves para que no nos consideremos como unos extraños. Sé a dónde van a parar tales proposiciones, pues aunque no soy muy listo, adivino muchas veces lo que piensan las personas que me rodean.
--¿Qué quiere usted suponer?
--Aún no se ha borrado de mi memoria el recuerdo de esa mujer tan amada.
Y al decir esto señalaba el conde a un hermoso retrato de María Avellaneda, única pintura que con sus tonos brillantes alegraba las sombrías paredes del despacho y los tintes obscuros de los estantes cargados de libros. El padre Claudio afectaba no comprender a Baselga.
--Esa infeliz--continuó éste--también encontró en París quien mostró empeño en meterla en un convento. ¡Parece esto la fatalidad que pesa sobre la familia Avellaneda!
Y a continuación añadió, sonriendo sarcásticamente:
--Muchas veces es una desgracia tener millones.
El padre Claudio se estremeció internamente. Aquel hombre, que él creía un monomaníaco sometido por completo a su voluntad, sabía adivinar los pensamientos de su interlocutor.
--Señor conde: me ofenden esas palabras, que no sé si creer injuriosas para mí y para la Compañía, pero aunque así sean, las perdono.
Reinó un largo silencio, que interrumpió al fin el jesuíta diciendo:
--Siento mucho que mi proposición le haya producido alguna molestia. Crea que yo siempre procedo guiado por mi afán de dar almas al cielo y de que no se turbe la paz de las familias.
--Gracias por el interés, padre Claudio; pero Enriqueta no necesita que se preocupe de su suerte otro que su padre.
El jesuíta quedó en silencio breves instantes, reflexionando, sin duda, sobre lo que acababa de oír, y después dijo con severo acento:
--Un padre cariñoso debe ante todo procurar la felicidad de su hija.
El conde movió la cabeza en señal de asentimiento y añadió:
--Eso no tiene duda.
--Y la felicidad de los hijos consiste indudablemente en que los padres no violenten su voluntad ni se opongan a sus deseos, siempre que éstos tengan un noble y santo fin.
--Todo eso lo sé hace ya mucho tiempo.
--Lo sabrá usted, señor conde; pero permítame que le manifieste que usted se está oponiendo a una sagrada aspiración de su hija.
--¿Una aspiración de mi hija?--preguntó con extrañeza Baselga.
--Sí, señor conde. Enriqueta quiere ir al convento.
--Es la primera noticia que tengo--respondió Baselga con desdeñosa frialdad.
--No lo dude usted, y si quiere convencerse de ello, pregúntelo a la baronesa, que por haber educado a su hermana es la que conoce mejor su vocación. Enriqueta quiere ser monja.
--Ya va saliendo lo que esperaba. Usted mismo viene a justificar mi negativa a que Enriqueta entrase en un convento para perfeccionar su educación. Lo que yo he dicho antes: primero, colegiala, y después, monja. No está mal urdido el plan.
--Señor conde; hace usted mal en burlarse de ese modo y más aún en oponerse a que su hija siga las inspiraciones de Dios. Yo no digo que Enriqueta quiera efectivamente ser monja, pues a su edad la vocación es poco sólida; pero lo que sí aseguro es que quiere salir de aquí, pues se siente atraída por los místicos, encantos del claustro.
--¿Está usted seguro? ¿Ha consultado directamente la vocación de mi hija?
--Sé cómo piensa por las relaciones de la baronesa, que es "la única persona que se preocupa de Enriqueta".
--Comprendo la intención con que acentúa usted tales palabras. Algo hay, en efecto, que me hace merecedor de tal censura. Mi dolor interno por la muerte de mi esposa, mi odio a la sociedad, y después mis aficiones, me han tenido alejado de mi hija, me han hecho ser mal padre, y he mirado con una indiferencia culpable todo lo que con ella se relacionaba; pero yo le aseguro a usted que esto no volverá a repetirse ni mereceré en adelante que se me tache de descuidado con mis hijos. Acabo de ver las consecuencias de mi indiferencia y sé el peligro que corre Enriqueta, de seguir más tiempo confiada a la dirección de su hermana. Quiero que en mi casa no mande otro que yo, y desde mañana voy a ocuparme de mi hija y así sabré la verdad.
--¿La verdad?...--preguntó con extrañeza el padre Claudio.
--Sí; la verdad. De seguro que cuando yo hable a mi hija no manifestará ésta tanta afición a la vida del claustro. Yo, padre Claudio, soy de los que creen que ninguna joven tiene gusto de que la entierren en vida, alejándola para siempre del mundo, y del mismo modo creo que si algunas infelices huyen de la sociedad y se encierran en esas casas es por contrariedades sufridas, que, aunque fáciles de reparar, son convenientemente exageradas por gentes sin corazón, que muestran empeño en robar a la nación futuras madres que podrían hacer la felicidad de otras tantas familias y dar a la patria hijos que la honrasen y la defendiesen.
El jesuíta puso en juego todo su mímico arsenal de gestos trágicos para demostrar su escándalo y su indignación, y dijo con voz balbuciente: