Part 13
--¡Viviré! ¡Oh, viviré!--y aquel hombre, casi moribundo, decía estas palabras con una alegría sin límites agarrándose con las esperanzas del desesperado a aquellas palabras de su amigo.
--Sí, vivirá usted, don Ricardo, porque Dios, que todo lo puede, no querrá que usted muera.
--Yo no temo la muerte por mí. Es verdad que la idea de morir me agrada muy poco, pero pienso que, al fin, todos hemos de pasar por tal trance, y esto me consuela. Lo que más pavor me produce es el pensar que a mi muerte María quedará completamente sola en el mundo.
--¿Y yo, amigo mío? ¿No soy nadie para ella?
--Usted, pobre señor García, aunque esté todavía sano y ágil el día que menos lo espere saldrá también de este mundo.
--Fácil es; pero esto no impide que mientras viva proteja a María, tanto más cuanto que ésta se halla amenazada por serios peligros.
--¡Eh!, ¿qué dice usted?--preguntó con sorpresa Avellaneda.
--Esta tarde, al salir de aquí, he visto al conde de Baselga apostado en la esquina, espiando esta casa. Desconfíe usted, señor don Ricardo, pues ese hombre es muy audaz y lo creo lo bastante atrevido para subir aquí sin que usted lo sepa.
Aquello desvaneció la débil tranquilidad de Avellaneda, y por unos instantes creyó el devoto que el delirio iba a reaparecer. ¿Conque aquel aventurero que se le aparecía en las visiones de su loca fiebre como un miserable envenenador, se atrevía a intentar el entrar en la casa de donde él le había arrojado? La idea de que Baselga, burlándose de todas sus prohibiciones, volviera a avistarse con María, le causaba un gran furor, y en su cerebro debilitado buscaba un medio para evitar el peligro.
--¡Qué hacer, Dios mío! ¡Qué hacer!--murmuraba el enfermo.
El señor García miró dulcemente a su amigo y, creyendo que había ya llegado la oportunidad para dar un golpe decisivo, dijo con calma:
--Realmente, es un peligro tener aquí a María. Tomasa tiene ocupaciones sobradas para poder ocuparse de ella, y yo sólo estoy aquí á ciertas horas. No es fácil, pues, evitar que un día u otro hable con ese hombre al que ama.
--¿Qué haría usted en mi situación, señor García?
--Pues yo comenzaría por sacar a María de esta casa.
--¡Separarme de mi hija! Eso jamás lo consentiré, y más, hallándome en un estado tan grave. ¿Quién me cuidaría?
--¡Bah!, señor don Ricardo: el miedo a la muerte le hace a usted exagerar. No está usted tan grave como se imagina, y además, Tomasa y yo nos sobramos para cuidarle en su convalecencia.
Avellaneda pareció reflexionar. Tan grande era el odio que profesaba a Baselga, que, a pesar del inmenso cariño que sentía por su hija, no rechazaba con la misma indignación que otras veces aquella idea de hacerla abandonar la casa por algún tiempo. Bien considerado, ¿qué mal había en ello? María gozaría de mayores ventajas yendo a vivir durante algún tiempo lejos de la rue Ferou y su salud, no muy fuerte, dejaría de sufrir el continuo quebranto que ocasiona el cuidado de un enfermo. La idea comenzaba ya a gustarle, y únicamente le detenía a dar su consentimiento un importante detalle que se apresuró a exponer.
--Y diga, usted, señor García. ¿Dónde iba a vivir la niña durante el tiempo de mi enfermedad?
--¡Oh!, descuide usted, amigo mío. Tengo un punto de la mayor confianza, y usted puede descansar en la firme seguridad de que María no corre ningún peligro, ni es fácil que el conde logre encontrarla. La llevaré, si usted quiere, al convento de Santa Isabel; una santa casa en la que se educan las hijas de las primeras familias de Francia. Es el convento que goza de mayor fama entre la noble sociedad del barrio de San Germán.
Este detalle, propio para deslumbrar a un tendero enriquecido, no causó gran impresión en Avellaneda. ¡Valiente cosa le importaba a él que se educaran en el tal establecimiento religioso las señoritas nobles! Al fin, un convento como todos, y él antes prefería entregar su hija, no a Baselga, sino al primer perdido harapiento que se le presentase, que consentir fuese a encerrarse en uno de aquellos "serrallos espirituales", que era el calificativo que le merecían los monasterios.
No estaba conforme; desechaba la idea, y bien claro lo dió a entender a su devoto amigo, con marcados gestos de desagrado.
El jesuíta comprendió que su presa iba a escapársele si no extremaba sus medios de persuasión, y abrumó a don Ricardo bajo una tremenda avalancha de palabras. Hacía mal en no adoptar el plan propuesto por él. Se exponía con ello a que su hija no olvidase aquel amor tan odioso para el padre, y hasta a que, aprovechando la enfermedad, la deshonra penetrase en aquel modesto hogar, mientras que, accediendo a lo propuesto, podía entregarse tranquilo a la convalecencia de su enfermedad, sin tener que preocuparse de la seguridad de María.
Además, ¿por qué había de indignarse de tal modo ante la idea de que su hija fuese a pasar una corta temporada a un convento? ¿Es que las casas religiosas eran un lugar de perversión donde ninguna joven podía penetrar sin peligro para su honor? El padre no creía en la religión, pero estaba cierto de que existía Dios, y seguramente que la hija, al entrar en un convento y dedicarse a la oración, conseguiría que el Ser Omnipotente se apiadase de don Ricardo y le concediera la necesaria salud.
Avellaneda seguía sin conmoverse, y toda la elocuencia del señor García se estrellaba ante su inflexible terquedad. Había dicho que no, y estaba lejos de retractarse. Su hija seguiría en casa y a su lado, pues era una verdadera locura separarse de aquel ser que constituía toda su familia y enviarlo al convento.
Pero el jesuíta no era menos tenaz, y abusaba de su superioridad sobre el abatido enfermo, martirizándolo con el incesante martilleo de un chorro interminable de palabras.
Pronto se resintió el cuerpo enfermo y debilitado de aquel tormento moral.
Abrumado Avellaneda por la charla de su amigo y sus exhortaciones, dichas en tono sibilítico, volvió la cabeza a la pared, procurando esconderla bajo la sábana; pero a pesar de esto, todavía la voz del señor García siguió estrellándose en sus oídos monótona y majestuosa.
Los peligros que corría María permaneciendo en aquella casa, cien veces repetidos, y expuestos hasta en sus menores detalles, llegaron a impresionar a Avellaneda, que, por otra parte, comenzaba a experimentar cierto embotamiento en sus sentidos, y otros síntomas que anunciaban la reaparición de la fiebre.
La idea del convento le parecía más tolerable. Bien considerado, aquella vida monástica de María sería muy breve, pues él no moriría de aquella enfermedad, según le aseguraban todos, y apenas se encontrase repuesto, sacaría del convento a la joven, que además estaría ya curada de su pasión.
Casi estaba convencido, pero le faltaba hacer la última objeción.
--¿Y cree usted que mi hija estará conforme en entrar en un convento, aunque sólo sea por una corta temporada?
El jesuíta se estremeció de alegría comprendiendo que tenía ya en el bolsillo la voluntad de aquel hombre. No le habló de las aficiones monásticas de María, pues esto hubiera agrandado ciertos recelos en Avellaneda, siempre temeroso de la influencia que la religión ejerce sobre los jóvenes; pero afirmó sobre su palabra de honor que por haber educado a la niña, conocía perfectamente su carácter y sabía que no consideraba desagradable pasar una corta temporada en un convento pidiendo a Dios que devolviese la salud a su padre. Había más aún: él la había consultado antes de hablar con don Ricardo, y la niña se conformaba a todo cuanto la mandasen.
Avellaneda suspiró angustiosamente. Convencido por su amigo, todavía acariciaba un resto de esperanza, y ésta era que María se negase a ir al convento; pero en vista de lo dicho por el devoto, tuvo que conformarse y decir, con acento doloroso:
--Puesto que ella consiente, sea. El culpable de todo es ese canalla de conde, que me persigue y asedia viéndome enfermo.
El enfermo hizo un brusco movimiento, como si buscase en su cama a Baselga para desahogar su indignación, y tras un largo silencio dijo con desfallecimiento:
--Puede usted llevarse a María cuando guste.
--Para eso se necesitaría una pequeña formalidad.
--¡Oh! ¿Un esfuerzo todavía, después que tanto sufro?
--No es nada. Sólo se trata de que firme usted un consentimiento que ahora mismo escribiré.
El señor García se dirigió a una mesa que estaba, en un ángulo de la habitación, y en la cual escribía el médico sus recetas.
Con rapidez nerviosa escribió en un pliego unas pocas líneas, en las cuales Avellaneda manifestaba su consentimiento para que su hija entrase en el convento de Santa Isabel.
La tarea de firmar fué muy trabajosa para don Ricardo. Incorporado en el lecho, hacía esfuerzos para que la pluma no se escapase de sus dedos embotados, y al fin, ayudado por su amigo, pudo trazar un garabato tembloroso, que tenía cierto aire de familia con la firma que hacía en tiempos normales.
Cuando el señor García metió en un bolsillo de su levitón aquel papel tan codiciado, experimentó una alegría sin límites. El negocio estaba ya terminado. La niña quedaría al día siguiente encerrada en el convento, el padre no tardaría en morirse, y María, cediendo a los consejos de su protector, cedería sus millones a la Compañía de Jesús.
Había para volverse loco de alegría, y el jesuíta saboreaba con placer el horrible crimen, dando gracias a Dios, que protege siempre a sus servidores y representantes en la tierra.
Aquel triunfo dió aún mayor locuacidad al señor García, el cual entretuvo agradablemente a su amigo haciéndole los mayores ofrecimientos y jurándole que nunca le abandonaría, siendo para él como un hermano mayor, dulce y cariñoso.
Aquella charla agravó el estado del enfermo, y la fiebre volvió a aparecer.
A media noche, cuando María, fortalecida por algunas horas de sueño, entró a cuidar a su padre, éste deliraba y se movía furiosamente en su lecho, como si quisiera huir de las terribles imágenes que le perseguían.
El jesuíta dijo a la joven que al día siguiente tenía que hablar con ella de asuntos muy graves, y después abandonó la casa.
Por la calle, y a aquellas horas en que eran escasos los transeúntes, marchaba erguido y majestuoso, con la expresión de un caudillo victorioso.
Engreído con su triunfo, miraba las casas obscuras y silenciosas, como si tuviera un poder absoluto sobre los miles de seres que las habitaban, y se conmovía pensando los elogios que la Compañía de Jesús le dedicaría al conocer el buen término de su negocio. Nada le enorgullecía tanto como el pensar lo que diría el padre Fabián, aquel superior violento y malhumorado que había llegado a compararle a un perro viejo sin olfato. Ahora vería él si era todavía el agente listo y astuto de otros tiempos.
Cuando llegó a su casa y, respondiendo a un tirón de la campanilla, se abrió la puerta de la escalera, quedó algo sorprendido al ver a la vieja portera a la puerta de su cuchitril con una luz en la mano.
--¿Cómo es eso, señora Magdalena? ¿Todavía no se ha acostado usted? ¿Sabe qué hora es?
--¡Ay, señor! Tengo cosas muy graves que decirle.
El viejo hizo tan gesto para indicar que estaba dispuesto a oír.
--Al señor español del primer piso se lo han llevado.
--¿Quién?
--La policía. Ha venido a las ocho el comisario del barrio con algunos agentes, y después de registrar la habitación se han llevado al señor Baselga a la prisión de Mazas. ¿Por qué será esto, señor García? Dígamelo usted, porque yo estoy muy intranquila. ¿Es que el señor se ocupaba en cosas malas?
El jesuíta levantó los hombros para indicar que no sabía nada, y después de tranquilizar a la vieja con cuatro frases comunes, subió lentamente a su buhardilla saboreando mentalmente el suceso.
¡Oh! La cosa iba bien y no podían arreglarse los sucesos más perfectamente. El padre Fabián había cumplido con actividad lo prometido en aquella misma tarde, y el conde estaba va en la cárcel por conspirar contra el Gobierno de España.
El vejete estallaba de satisfacción. Aquello era un día completo y, a ser menos incrédulo en el fondo, había motivo sobrado para rezar un buen rosario a la estampa de Jesús que tenía arriba en su cuartucho.
XVI
El olfato de Tomasa
La vieja criada de casa de Avellaneda estaba dominada por una continua preocupación.
La enfermedad de su señor se agravaba por momentos, y el delirio le dominaba hasta el punto de no dejarle más que muy breves ratos de lucidez; pero no era ésta precisamente la causa del malestar experimentado por Tomasa.
Las desgracias se seguían sin interrupción, y la antigua doméstica parecía olfatear el ambiente de la casa presintiendo con su fino instinto de mujer burda, pero astuta, que allí se cernía alguna fatalidad extraña o alguna horrible traición.
Por la mañana el señor García se había llevado a la señorita de la casa en un coche de alquiler, sin más equipaje que una pequeña maleta.
Tomasa sabía lo que aquella salida significaba. En las primeras horas de la mañana el señor García tuvo una larga conferencia a puerta cerrada con María, y cuando el vejete se marchó diciendo, al despedirse, que antes de una hora estaría de vuelta, la niña, avergonzada y temerosa, pero arrastrada al mismo tiempo por el afecto a su antigua amiga, la confesó que iba a salir inmediatamente de la casa para encerrarse en un convento.
Al ver la estupefacción dolorosa de la criada, que, al fin, se resolvió en gemidos y lágrimas, la joven, para consolarla, dijo que aquella ausencia sólo duraría muy poco tiempo; pero el engaño en aquellos labios poco acostumbrados a mentir, no lograba revestirse de veracidad, y al fin lo confesó todo, y Tomasa supo con asombro que su señorita pensaba encerrarse en el convento para siempre.
La pena que aquella declaración produjo en la criada no podía borrarse con ningún consuelo, y fué en vano que María le dijese que esto no impediría que fuesen tan amigas como antes y se viesen con frecuencia, pues Tomasa podría ir dos veces por semana al convento de Santa Isabel, y tal vez la superiora la dejase entrar hasta en los mismos claustros.
La enérgica aragonesa estuvo tentada de pedir auxilio, como el desventurado que ve cómo los ladrones le arrebatan su fortuna; pero creyó más fructuoso amenazar a la señorita, creyendo que ésta iba a realizar tan loca resolución sin permiso de su padre.
--No irá usted al convento, señorita. Se lo diré a su padre, y como él se opondrá, no será usted tan mala que se atreva a darle tal disgusto. ¡Pues no, faltaba más sino que se marchase usted de esta casa, ahora que su padre está casi en la agonía! Este disgusto acabaría de matarle.
--Tomasa, mi padre lo sabe todo.
--¿Y consiente?...
--Sí--contestó María lacónicamente, experimentando gran compasión ante el asombro de Tomasa.
--¡Parece imposible! Y de seguro que alguien habrá arreglado esa monstruosidad. ¿Ha sido el señor García?
Al ver el signo afirmativo de María, la criada dió rienda suelta a su indignación. Todos sus sentimientos sufrieron un completo trastorno, y la antigua simpatía que profesaba al viejo devoto, trocóse rápidamente en salvaje odio.
Las injurias salieron atropelladamente de su boca sin fijarse en que María escuchaba con aspecto tan pronto compungido como escandalizado.
Los peores epítetos fueron arrojados como balas rasas sobre aquel "indecente beato" que venía a robar a ella, que se consideraba ya de la familia, y al infeliz padre el cariño y la presencia del único ser querido. ¿Y no habría un presidio para tales hombres? Ya se lo diría ella con todas sus letras así que se presentase el viejo..., pero no; sería una imprudencia y resultaba mejor dejarlo para más adelante, cuando un escándalo no pudiese agravar el estado en que se hallaba el señor.
Tomasa, para detener a su señorita, intentó apelar al amor y recordó hábilmente al conde de Baselga. ¡Pobre señor! ¡Cuan enamorado estaba! Justamente la tarde anterior, al salir de casa para ir a la botica lo había encontrado en la calle, y relataba toda su conversación, el interés con que el conde se enteraba de las dolencias del enfermo y de la salud de María, lo conmovido que se mostraba al recordar de tal modo sus infelices amores, y además, la criada, por su parte, detallaba el aspecto quebrantado y melancólico que tenía Baselga.
Una viva llamarada pareció pasar por los ojos de María. El recuerdo de aquel hombre, hábilmente evocado, resucitaba en su pecho la pasión que en vano quería olvidar; pero la joven no dejó que la dominase por mucho tiempo la impresión. Recordó la cólera de Dios y la indignación del señor García; pensó que del sacrificio de su felicidad dependía la salud de su padre, y bajó la cabeza con aire resignado.
Cuando, una hora después, tembló el suelo de la solitaria calle bajo las ruedas de un carruaje, y Tomasa adivinó por algunos golpes de tos que el señor García subía la escalera, fué a esconderse en la cocina, temiendo dar un escándalo, pues conocía que en presencia del viejo era muy capaz de arañarle.
La despedida en la alcoba del enfermo no fué tan dolorosa como esperaba el jesuíta. Don Ricardo, que después de muchas horas de incesantes sufrimientos, estaba sumido en un pesado letargo, no dió señales de sentir los besos que la sollozante María depositó en su frente sudorosa.
La partida fué rápida, precipitada como si la joven estuviese ansiosa de salir cuanto antes de aquella casa para evitar una reacción de su voluntad que le impidiese cumplir lo prometido.
Tomasa, escondida en la cocina, permanecía inmóvil acariciando todavía la esperanza de un rápido arrepentimiento de su señorita; pero cuando llegó a sus oídos el golpe de la puerta al cerrarse, y poco después alejarse de la solitaria calle el ruido del coche en marcha, sintióse dominada por la desesperación y se acusó furiosamente de torpe y de imbécil por no haberse opuesto a que su señorita abandonase la casa.
Más de una hora permaneció la fiel sirvienta entregándose a raptos de desesperación, desagradables muchas veces para su propio cuerpo, pues se traducían en tirones de pelo y puñetazos en la cara; pero por fin cansóse la varonil aragonesa de gemir y atormentarse, y se propuso tomar una resolución.
El recuerdo de Baselga acababa de pasar por su memoria, y Tomasa creyó lo más útil en aquellas circunstancias avisar al conde de cuanto ocurría.
Entró en la alcoba del enfermo, vió que seguía dominado por el sopor y salió de la casa después de encargar a una de las criadas francesas que velasen a don Ricardo.
La tenaz aragonesa marchó rectamente a la calle de los Santos Padres, pues conocía la habitación de Baselga a causa de haber ido algunas veces a darle avisos de parte de Avellaneda o cartas amorosas de María.
Tenía Tomasa alguna amistad con la portera; así es que al entrar en el portal se dejó detener por ésta, y como de costumbre, entabló conversación.
La sorpresa que experimentó la sirvienta fué imponderable al saber que el conde había sido reducido a prisión por la policía.
Al ver que la portera no daba una explicación satisfactoria de tal accidente, ni sabía cuál pudiera ser el verdadero motivo del arresto, Tomasa experimentó un vago sentimiento de sospecha que poco a poco fué agrandándose.
La fiel aragonesa no podía encontrar una aclaración a tal misterio, pero adivinaba que todas aquellas desgracias que ocurrían seguidamente eran obra de una mano misteriosa, de un poder oculto, interesado en separar a los dos amantes.
La inesperada marcha de María al convento y la prisión del conde, eran dos sucesos que, unidos, hacían sospechar con algún fundamento que eran el resultado de un plan preconcebido.
Tomasa sospechaba del señor García. El repentino odio que le había cobrado desde que arrebató a María, la impulsaba a hacerle responsable de todas las desgracias, y por esto, después que, saliendo de la antigua casa de Baselga, volvió a la calle Ferou, iba por el camino murmurando imprecaciones contra el viejo beato, al que se sentía muy capaz de exterminar.
Cuando entró en la habitación de Avellaneda, éste acababa de salir del sopor que por tanto tiempo le había dominado y hacía varias preguntas con voz desfallecida a la criada francesa que estaba junto a su lecho.
Esta salió al ver a Tomasa, que tomó asiento junto a la cabecera y preguntó con interés a su señor cómo se sentía.
--Mal; muy mal, Tomasa. Esto va cada vez peor. La hinchazón del vientre aumenta por instantes, y me temo que la muerte no tardará en llegar. ¿Y María, dónde está?
Tomasa quedó estupefacta ante esta pregunta formulada con gran naturalidad.
--¿Cómo es eso, señor? ¿Usted me pregunta por la señorita? ¿Ignora acaso que esta mañana se la llevó el señor García para meterla en un convento?
La sirvienta dijo esto ansiosa y apresuradamente con la esperanza de que el permiso paternal que había alegado María al marcharse resultase falso, en cuyo caso se prometía marchar inmediatamente al convento y deshacer la trama del señor García; pero su decepción fué tremenda cuando oyó que su señor exclamaba con desaliento:
--¡Ah!, es verdad. Ese diablo del señor García ha logrado convencerme. Es raro que yo hubiese olvidado un asunto tan grave.
Y luego añadió con tristeza:
--¡Tanta falta que me hace mi hija! Tomasa, no te ofendas; tú me quieres y me cuidas mucho, pero me parece que vivo solo en esta casa desde que María se ha marchado.
--Señor, usted ha hecho una locura consintiendo que la señorita abandonase esta casa para siempre, ahora que se encuentra usted tan grave. ¡Y pensar que la pobre niña va a consumir su juventud encerrada en un convento y entregándose a una vida propia de vieja! Eso es un crimen, sí, señor; una tremenda locura de la que tendrá usted que dar cuenta a Dios.
Avellaneda miró con asombro a su criada, como si no comprendiese el valor de sus palabras.
--¿Has dicho que la señorita se fué de esta casa para siempre? ¿Quién te ha contado tal mentira? Estás equivocada; yo sólo he dado permiso al señor García para que mi hija fuese al convento por una corta temporada, o más bien dicho, hasta que me cure de esta enfermedad, lo que va siendo ya difícil.
Entonces le tocó asombrarse a la criada, que comenzó a ver algo claro en la cuestión. La malicia del señor García aparecía manifiesta desde el momento en que había dicho una cosa a su amigo para hacer en la práctica lo contrario, y la criada relató a Avellaneda todo lo ocurrido entre ella y María poco antes de que ésta marchase al convento.
Avellaneda, a pesar de su estado y de la debilidad que sufría su cerebro, adivinó lo que significaba aquel misterio.
Su amigo García se Convirtió repentinamente en su pensamiento en un tuno de la peor especie, y comprendió que había inclinado a su hija a la vida religiosa, y al mismo tiempo había mentido para lograr del padre el necesario consentimiento.
Tomasa, adivinando la impresión que en su señor producía tal descubrimiento, creyó del caso relatarle todo cuanto ocurría, y aun a riesgo de disgustar a don Ricardo, puso en su conocimiento la prisión de Baselga, así como las sospechas que le producía este extraño hecho.
Avellaneda torció el gesto al oír el nombre del conde; pero a pesar de esto siguió con atención el relato de la criada.
No cabía dudar. Baselga era víctima de la misma persecución que María, y resultaba indudable la existencia de un poder oculto interesado en separar a los dos amantes, para que la joven fuese a enterrarse en un convento, y que empleaba como un arma las preocupaciones del padre.
El señor Avellaneda adivinaba el verdadero móvil de aquella sorda conspiración dirigida contra la tranquilidad de su familia. La colosal fortuna de su hija era el objeto adonde se dirigían los esfuerzos de aquel oculto poder.
Ante la idea de que María le había sido robada y que jamás volvería a verla, don Ricardo estremecióse de terror, primeramente, y después su ánimo se sublevó, disponiéndose a deshacer todo lo hecho y consentido en un momento de obcecación.