Part 14
La posibilidad de que fuera ya tarde para desbaratar los planes del señor García le desesperaba, y como si Tomasa fuese una inteligencia privilegiada, capaz de encontrar el medio para salir del atolladero, le preguntaba con acento angustioso:
--¿Qué hacer en esta situación? ¿No se te ocurre ningún medio para deshacer la trama de ese beato? ¡Ay! ¡En qué mala hora firmé el maldito consentimiento!
Tomasa, que también deseaba encontrar una solución al conflicto, quedóse pensativa largo rato, y por fin dijo con resolución:
--Yo en lugar de usted llamaría a la Policía.
--¿Para qué?
--Para relatar todo lo sucedido y hacer que sacase a María del convento.
--Pero... ¿y mi consentimiento?
--El que concede una cosa creo que puede retirarla, y más si ha sido engañado como usted en esta ocasión.
Avellaneda, con una corta reflexión, pareció apreciar el valor de la proposición de su criada, a la que dijo después:
--Sí; eso que me propones es lo mejor. Marcha al momento y busca al comisario del barrio. No pierdas tiempo, trae aquí a ese funcionario sin perder tiempo, y piensa que de esto depende la suerte de María.
Tomasa apenas si escuchó las últimas palabras, pues salió velozmente de la habitación.
Mientras corría a la oficina de Policía iba pensando en la posibilidad de que todo quedase arreglado en breve plazo.
Después de lo ocurrido, don Ricardo no sentiría tanto odio contra Baselga, y era fácil que María olvidase sus aficiones monásticas tan pronto como supiera que su padre accedía a consentir sus amores.
El punto negro que todavía se marcaba en aquel horizonte feliz, imaginado por Tomasa, mientras corría en busca del comisario, era la prisión de Baselga y el motivo por ella ignorado que le había conducido a la cárcel de Mazas.
XVII
Se deshace la trama.
El comisario de Policía del barrio de San Sulpicio era un buen señor, bajo de estatura, algo ventrudo y de rostro bonachón, lo que no impedía que llevase con bastante majestad el fajín tricolor y que en algunas ocasiones sus ojuelos tras los cristales de las gafas brillasen de un modo imponente.
Más de dos horas tuvo que aguardarlo Tomasa en la oficina de Policía, pues estaba ausente por asuntos del servicio; pero apenas al volver escuchó los ruegos de la criada, marchó directamente a casa de Avellaneda, a pesar del cansancio que manifestaba.
Al entrar en la habitación del enfermo y contemplar el aspecto de don Ricardo, movió la cabeza de un modo triste. Estaba muy habituado a ver enfermos e instintivamente adivinaba la aproximación de la muerte.
Con benévola complacencia escuchó las palabras entrecortadas de Avellaneda, dichas con acento débil, y lo que el funcionario sacó como consecuencia fué que María había sido arrebatada del hogar paterno con engaño y que era necesario ir cuanto antes al convento de Santa Isabel para sacarla de él.
El comisario dirigióse a su secretario, un pobre diablo raído y macilento en quien el rollo de papeles bajo el brazo parecía haberse convertido en un nuevo miembro de su cuerpo, y le hizo extender una diligencia propia del caso.
Después salió prometiendo que no tardaría en volver trayendo a María.
Tomasa le esperaba junto a la puerta de la escalera con ademán suplicante y tímido como para excusar la pregunta que iba a dirigirle.
La criada deseaba saber el motivo de la detención de Baselga y lo preguntaba humildemente al comisario. Este apenas si recordaba el suceso. ¡Tantas prisiones nacía todos los días! Los detalles que le dió Tomasa desvanecieron un tanto su olvido, y al fin, mientras comenzaba a bajar la escalera, dijo con el acento del hombre que recuerda un suceso insignificante:
--¡Ah! Sí; creo que fué ayer cuando detuve a un conde español en la calle de los Santos Padres. Sí; eso es. Se llama Baselga, ¿no es verdad?
Y ante los signos afirmativos de la aragonesa dijo cuando ya estaba en un rellano inferior:
--Ha sido denunciado por la Embajada de España como conspirador carlista y lo llevamos a Mazas. No es cosa importante, tal vez salga mañana mismo, pero será para que la gendarmería lo conduzca a la frontera.
Cuando el comisario desapareció, Tomasa, segura ya de la suerte de María, se preocupó únicamente de Baselga, que, indudablemente, iba a ser víctima de la malicia del señor García, porque la doméstica no vacilaba en creer al viejo devoto el causante de todas las desgracias.
Ella sabía que el conde tenía en París numerosas amigos, compañeros de emigración, y que estaba relacionado con las principales familias del barrio de San Germán; daba como seguro que todos ignorarían la desgracia de Baselga y se proponía avisarlos para que con sus poderosas gestiones impidiesen que fuese expulsado de Francia; pero apenas formulados estos pensamientos se detenía ante un obstáculo tan insuperable como era el que ella no conocía a tales personas e ignoraba sus domicilios, siendo una empresa imposible buscarlos a ciegas en una ciudad inmensa como París.
Pero Tomasa, así que adoptaba una resolución, no se detenía ante ningún obstáculo y se propuso, mientras el comisario volvía con María, buscar en los hoteles del barrio de San Germán alguna de aquellas familias nobles que conociesen a Baselga.
Difícil era la tarea y más tratándose de gentes inabordables por su posición; pero Tomasa se proponía sufrir toda clase de humillaciones y hostilizar con preguntas a todos los porteros y criados del barrio aristocrático, hasta encontrar lo que deseaba.
El estado, cada vez más grave, de su señor le producía ciertas dudas al adoptar la decisiva resolución; pero pudo más en ella, el deseo de hacer la felicidad de los dos amantes, y aprovechando la visita del médico, que, como de costumbre, hizo concebir al enfermo lisonjeras esperanzas, que él después contradecía con tristes movimientos de cabeza, salió a la calle.
Comenzaba a obscurecer, y las calles de París estaban envueltas en esa confusa penumbra que reina en los instantes que muere el día, y los encargados del alumbrado público se retrasaban en encender los faroles.
Tomasa emprendió su marcha a paso rápido, y al ir a desembocar en la plaza de San Sulpicio tropezó con un hombre que venía en opuesta dirección.
La criada experimentó la misma impresión que si se viese en presencia de un aparecido.
--Señor conde--exclamó, por fin, con voz emocionada y temblorosa--. ¿Es usted mismo? ¿Cómo se encuentra libre?
Efectivamente, aquel hombre era Baselga, que se dirigía a colocarse en la esquina de la calle Ferou para espiar la casa de Avellaneda, con la esperanza de encontrar a la criada y saber de María.
Tomasa experimentaba una alegría inmensa por el encuentro y oyó con la mayor atención el relato de cuanto le había ocurrido al conde.
Apenas éste se vió encerrado en Mazas, envió una carta a uno de sus amigos franceses, persona influyente con el ministro del Interior, y el cual en pocas horas había conseguido anular la detención y librarle de ser conducido a la frontera, logrando que el embajador español declarase que había sido víctima de una equivocación al pedir que fuese expulsado el conde de Baselga.
Una hora antes había sido puesto en libertad, y, después de subir a su casa con un agente de Policía, que le devolvió todos los papeles y objetos ocupados en el registro, se apresuró a ir a la calle de Ferou, en cuya esquina le ocurrió el casual encuentro con Tomasa.
Cuando ésta le relató lo que había ocurrido en su casa desde la última vez que se avistó con él, Baselga mostróse indignado y desahogó su cólera profiriendo algunas expresiones malsonantes contra el señor García.
Cuando los dos acabaron de manifestarse todo cuanto sabían, reinó un largo silencio, que al fin interrumpió Baselga:
--¿Y qué piensa hacer tu señor?
--Don Ricardo está indignado contra su antiguo amigo, que ha pretendido robarle la hija para apoderarse de sus millones.
--Esto no impedirá que siga odiándome.
--¡Quién sabe! Hace poco, cuando hablé de usted para relatar su prisión, no manifestó tanto enfado como en otras ocasiones. La mala acción del señor García ha modificado bastante sus ideas.
--¿Está ahora solo don Ricardo?
--Sí: hace poco rato fué el médico y en cuanto a ese pícaro devoto, no ha vuelto desde esta mañana, en que fué a acompañar a la señorita al convento. ¡Ah! ¡Qué alegría la mía cuando vea la cara de condenado que pondrá ese viejo al saber que se le ha escapado la presa y que la señorita vuelve a estar entre nosotros!
El conde había adoptado una resolución. Deseaba tener una entrevista con don Ricardo, repetirle otra vez sus pretensiones amorosas y darle a entender el verdadero móvil de aquella sorda conspiración que se cebaba en todos ellos.
Sabía bien Baselga a lo que se exponía relatando a Avellaneda los secretos de la Compañía, y poniendo en su conocimiento las artes de que ésta iba valiéndose para apoderarse de los millones de su hija; pero en la situación en qué se encontraba estaba dispuesto a todo y no vacilaba en arrostrar las iras del jesuitismo.
Este le había declarado la guerra con aquella prisión, que era obra del padre Fabián, y le acababa de robar la mujer amada; no era, pues, el instante propicio para contemplaciones, y para salvarse y realizar sus aspiraciones amorosas, necesariamente había de torcer la voluntad del moribundo, diciéndole toda la verdad.
Tomasa no encontró mala la idea de la entrevista, y volvió a casa seguida del conde, al que dejó en el comedor, entrando inmediatamente en la habitación del enfermo.
Había que preparar a don Ricardo y evitarle la impresión demasiado fuerte que le produciría la inmediata presentación del conde.
Cuando un cuarto de hora después Baselga entró en la alcoba del enfermo, notó que éste le recibía mejor de lo que esperaba. En su rostro desencajado veíase una expresión de bondad que tranquilizó al conde.
Tomasa valiéndose del ascendiente que tenía sobre su amo, le había sermoneado bastante, y éste, por su parte reflexionó lo suficiente para que algunas de sus antiguas preocupaciones fuesen desvaneciéndose.
¿Por qué se había él opuesto a aquellos amores? Unicamente por los terribles celos que le producía el pensar que un hombre le privase de la presencia de su hija; pero desde que el señor García había intentado robarle a María para siempre, Avellaneda comenzaba a mirar a Baselga con más simpatía. Al fin, éste buscaba a su hija para hacerla su esposa feliz, mientras que el viejo devoto, con sus ocultos auxiliares, querían arrebatársela para robarla sus millones y hacerla morir de tristeza en el fondo de un convento.
Además, la persecución de que era objeto Baselga a causa de sus amores, despertaba forzosamente en el ánimo del viejo una especie de agradecimiento al hombre que tales desgracias sufría por el cariño que profesaba a su hija.
Aquellas horas pasadas sin la presencia de María y que resultaban tristes y monótonas para el padre, hacían más agradable la presencia del emigrado, pues el anciano experimentaba junto a él una impresión parecida a la que siente el amante al rozarse con los seres que viven en intimidad con la mujer amada. Hasta le parecía al buen don Ricardo que en el conde había alero del perfume virginal de María.
La conferencia fué tan afectuosa como lo permitían las dolencias del enfermo, que de vez en cuando le arrancaban quejidos de dolor.
Baselga lo contó todo. Sus conferencias con el padre Fabián, la oposición que la Compañía de Jesús había hecho a su matrimonio y el deseo de que María fuese a morir en un convento y, por fin, el afán que sentía el jesuitismo por apoderarse de los millones de María.
Cuando Avellaneda supo que su amigo García era un jesuíta que durante tantos años había permanecido en el seno de su familia, siendo considerado como un individuo de ella, y pagando tanto cariño con un continuo espionaje y la preparación lenta, pero secura, del robo de la fortuna de su hija, sintió miedo e indignación a un tiempo.
Entonces las ideas del pasado se agolparon rápidamente en el cerebro de Avellaneda, y profirió terribles palabras contra aquellas sabandijas de la religión, que durante siglos enteros trabajaban por apoderarse de toda la autoridad y toda la riqueza de la tierra.
Don Ricardo comenzó a sentir cierta compasiva simpatía hacia aquel hombre que tanto cariño demostraba y que tan francamente exponía sus ideas.
Cuando Baselga volvió a manifestar su pretensión de ser esposo de María, Avellaneda le interrumpió con acento bondadoso:
--No siga usted adelante. Se casará usted con mi hija. Yo, a pesar de cuanto dice el módico, conozco mi situación y comprendo que esto se va. No quiero morir dejando a mi hija desamparada y bajo las garras de esos jesuítas que buscan sus millones. Será usted el marido de María, y ojalá que sea pronto, pues conozco que mi vida no da mucho de sí.
Baselga estrechó con efusión la descarnada mano del enfermo, y Tomasa, que siguiendo una antigua costumbre escuchaba la conversación tras el cortinaje de la puerta, creyó del caso entrar para demostrar al señor su agradecimiento con algunas lágrimas.
En aquel instante el ruido de un carruaje en marcha, que conmovía el adoquinado de la calle, cesó frente a la casa, y momentos después sonó la campanilla de la escalera con nerviosa y prolongada vibración.
Tomasa se estremeció, y dejándose llevar de un irreflexivo instinto, gritó palmoteando de alegría:
--¡La señorita! ¡Es la señorita!
XVIII
La felicidad de Baselga.
María era la que llegaba.
Entró con timidez y casi temblando, como arrepentida de la locura que había cometido en un momento de alucinación mística, abandonando a su padre, cuyo estado fatal conocía; pero su turbación aún aumentó más al ver a Baselga de pie junto al lecho del enfermo.
¿Cómo era aquello? ¿Qué hacía allí su amante? La joven, al ver al hombre amado, sintió que renacía en su pecho la amortiguada pasión, y se felicitó de que la Policía hubiese ido a sacarla de aquel convento, en el cual desde por la mañana la perseguía el recuerdo de su padre moribundo y casi abandonado.
El jefe de Policía, siempre seguido de su fiel can-secretario, estaba en el dintel contemplando la escena y gozando con la alegría que le producía al enfermo la devolución de su hija. Escenas tan tiernas como aquéllas eran las únicas satisfacciones eme le proporcionaba su oficio.
Llegó el momento de las explicaciones:
--Señor Avellaneda--dijo el comisario--, mi misión está cumplida. Le devuelvo a usted su hija y me retiro ya, si es que nada más tiene que pedirme.
El digno funcionario miró a María y a su padre con tal expresión, que la joven venció su timidez v gimiendo se arrojó sobre el lecho del enfermo, estrechando entre sus brazos la cadavérica cabeza de don Ricardo.
Este sollozaba de felicidad al sentir el contacto de aquel ser querido, y todos los que presenciaban la escena sentíanse conmovidos, a excepción del secretario del jefe de Policía, que presenciaba aquel acto con la indiferente frialdad de un autómata.
--Todo está bien--dijo el comisario con aire satisfecho--, y ahora con el permiso de ustedes me retiro, si es que no tienen que pedirme otro servicio.
Don Ricardo hizo con la mano una señal para, que el funcionario se acercara a su lecho, y allí fué a situarse aquél, seguido siempre de su apéndice el secretario.
Los dos amantes y la sirvienta comprendieron que su presencia podía ser molesta y se retiraron al fondo de la habitación, junto a la ventana, quedando envueltos en la penumbra que formaba la llama de una pequeña lampara batallando con las densas sombras, a las que sólo podía expulsar de un reducido espacio.
Avellaneda contó al comisario todo cuanto acababa de saber por boca de Baselga. Los jesuítas conspiraban contra la libertad de su hija para apoderarse de sus millones y era preciso ponerla a salvo de tales asechanzas. Convenía, pues, casarla cuanto antes con el conde de Baselga, que la amaba: pero este acto no podía verificarse inmediatamente y él se sentía próximo a morir, inquietándole mucho la idea de que su hija iba a quedar sin el apoyo de un marido, por lo cual solicitaba el consejo del comisario.
Este escuchaba con gran atención desde que oyó que los jesuítas estaban mezclados en el asunto.
La monarquía de Luis Felipe, como nacida de una revolución, era muy poco afecta a la Compañía de Jesús y, además, la Prensa republicana hacía una continua campaña contra, la Orden, a la cual, no sin fundamento, atribuía la mayor parte de los males que afligían al país.
Estaba, pues, interesado el comisario, como agente del Gobierno, en combatir a aquella tenebrosa asociación que penetraba en todos los hogares y buscaba apoderarse de todas las fortunas, y de aquí que prometiese a Avellaneda prestarle toda su ayuda.
El enfermo, ante esta promesa, comenzó por pedirle le indicase qué es lo que podía hacer para asegurar la suerte de María mientras llegaba el momento de casarse.
--Lo único que puede hacerse en esta ocasión--contestó el comisario--es que conste de un modo formal que usted da su consentimiento para que la señorita contraiga inmediatamente matrimonio. Si por desgracia muere usted, yo quedaré encargado de activar el matrimonio y de impedir que esos negros enemigos de su tranquilidad intenten algo contra su hija. Mi deber, como funcionario, consiste en oponerme a las tramas del jesuitismo, al que usted no debe temer estando en Francia. La Compañía podrá tener gran poder en España, pero aquí nuestro Gobierno le tiene declarada la guerra, y crea usted que tendría un verdadero placer en que la policía tuviese que entender con alguno de sus individuos.
Avellaneda admitió el consejo del comisario, y éste despachó a su amanuense para que fuese en busca de un notario que vivía en el mismo distrito.
Transcurrieron algunos minutos sin eme nada viniera a turbar la calma que reinaba en aquella habitación.
Los dos amantes, de pie junto a la ventana, y velados por la sombra, se entregaban a una conversación sin fin, y, con ese egoísmo propio de enamorados, forjábanse los más hermosos ensueños, sin acordarse de que a pocos pasos de ellos se encontraba don Ricardo amenazado de muerte; Tomasa, sentada cerca de la pareja, los contemplaba con cariño, y de vez en cuando acudía al cuidado del enfermo: éste gemía dolorosamente y el comisario estaba inmóvil en su silla, con ademán distraído y como repasando en su memoria los asuntos que le ocuparían al día siguiente.
En esta situación se encontraban los cinco, cuando sonó la campanilla de la escalera.
--¡El notario! ¡Ya está ahí el notario!--dijo María, con alegría infantil.
--¿El notario?--murmuró el policía--. No sé; pero me parece demasiado pronto.
Sonaron pasos en la habitación vecina, y un hombre entró sin que la densa sombra le permitiera ser reconocido.
Cuando llegó al espacio iluminado, todos, a excepción del comisario, profirieron en una exclamación.
Era el señor García.
Este, por su parte, no se manifestó menos asombrado. Miró al comisario y palideció algo al fijarse en su fajín, signo de autoridad; pero cuando su mirada, profundizando en las sombras, adivinó, a pesar de su miopía, a Baselga y su amada, de pie junto a la ventana, perdió aquella serenidad que le caracterizaba y quedó estupefacto.
Con la rapidez del rayo pasó por su cerebro un torbellino de asombrados pensamientos. Ni remotamente podía habérsele ocurrido al entrar en aquella casa, que iba a encontrar a María, a la que había dejado en el convento algunas horas antes. ¿Cómo era aquéllo? ¿Cómo habían accedido las buenas madres del convento de Santa Isabel a soltar la rica presa que él les había entregado en nombre de la Compañía?
El asombro le quitaba aquella cínica audacia de jesuíta, que era su principal arma, y experimentaba una turbación sin límites.
La voz débil de Avellaneda le sacó de su asombro.
--Adelante, canalla--le gritó el enfermo--. Pasa adelante, y sufre al ver que la maldad no ha triunfado y que todas las tramas acaban de ser desbaratadas. ¡Ah, miserable! ¡Qué sería de ti si yo pudiese saltar de este lecho!
Esta exclamación de Avellaneda fué acompañada del choque que produjo un vaso al estrellarse en el pavimento, a los mismos pies del jesuíta. El enfermo, con mano débil, le había arrojado a la cabeza un vaso de medicamentos que tenía sobre la mesa de noche.
Aquella agresión, último arranque del carácter de Avellaneda, tímido en la juventud y atrabiliario en la vejez, sacó a Baselga de la estupefacción en que estaba.
Acordóse de lo mucho que María y él habían sufrido por culpa de aquel repugnante viejo sintióse dominado por su terrible cólera, y avanzó precipitadamente y con la diestra levantada sobre el señor García.
Este no esperó la agresión. Sabía bien de lo que era capaz aquel coloso, y con movimiento instintivo corrió hacia la puerta, no tan pronto que se librara de un puntapié que le hizo apresurar su marcha.
El conde quiso ir aún en su seguimiento, pero el comisario, a quien tal escena había sacado de su impasibilidad, cerró el paso a aquél, y gracias a este auxilio, el jesuíta pudo salir de la casa sin otro detrimento que el dolor que sentía más abajo de la espalda, a causa de la furiosa patada de Baselga.
Volvió a establecerse la calma en aquella habitación, pero el enfermo no recobró el estado de relativa tranquilidad que antes tenía.
La ruda impresión que había experimentado con la presencia del señor García, le produjo una agitación nerviosa que anunciaba la próxima aparición del delirio.
Todos temían que éste sobreviniese antes de la llegada del notario, y contaban los minutos ansiosamente examinando el estado del enfermo.
Por fin, llegó el depositario de la república, y todavía hubo tiempo para que don Ricardo, con sano juicio, pudiese manifestar su voluntad de que María se casase con Baselga, nombrando tutor de la joven al comisario de Policía, que se prestó a ello.
Después, mientras que el notario dictaba a su escribiente, cumpliendo las formalidades de la ley, el enfermo entraba en un furioso delirio, interrumpido por alaridos de dolor.
El médico, que llegó poco después, limitóse a mover la cabeza con expresión fúnebre, y dijo que allí nada le quedaba qué hacer.
A las dos de la mañana don Ricardo Avellaneda exhaló el último suspiro.
María y su amante presenciaron su agonía, y hasta muy entrado el día estuvieron velando el cadáver.
Era la primera noche que pasaban completamente juntos los dos amantes.
La felicidad se mostraba a Baselga bajo una forma fúnebre.
XIX
El fin de un jesuíta.
Eran las once de la noche, y desde las ocho que el señor García, sentado en un sillón del despacho del padre Fabián, esperaba pacientemente la llegada de éste.
El cerebro del viejo devoto era un hervidero de pensamientos.
La derrota que acababa de sufrir, aquel rápido desmoronamiento de la obra construída a costa de largos años y de inagotable paciencia, le producía una cólera sorda que se traslucía con gruñidos sordos y nerviosos estremecimientos.
La catástrofe le había sorprendido en los momentos en que más victorioso se creía y esto aumentaba aún más su pesadumbre.
Lo que más le aterraba era lo que pudiera decirle el padre Fabián al saber todo lo ocurrido.
Conocía muy bien a su superior y adivinaba cuán terrible iba a ser la explosión de su cólera.
Poseído de mortal angustia, el viejo deseaba salir cuanto antes de la cruel incertidumbre, y esperaba ansioso la llegada del jesuíta, pero al mismo tiempo temblaba siempre que algún ruido exterior le hacía creer en la proximidad del padre Fabián.
Cuando cerca ya de media noche sonó un gran estrépito en la habitación cercana al despacho y se oyó la voz colérica del padre Fabián riñendo con destempladas palabras a uno de sus fámulos, el viejo púsose en pie, y bajando la cabeza con expresión humilde, aguardó temblando.
Entró el jesuíta con precipitado paso abarcó con una terrible mirada la encorvada figura de su agente, y después arrojó sobre un sofá su sombrero de teja y la hopalanda de seda que llevaba sobre la sotana.