Part 12
--¡Cómo! ¿La Compañía se opone a mi felicidad? ¿Y por qué motivos?
--Somos los representantes de Dios y hemos de procurar que éste no sufra menoscabo en sus intereses. María ha prometido ser su esposa y sería un grave pecado que nosotros favoreciéramos esta infidelidad contra el Señor de todo lo creado.
Baselga quedó anonadado.
Por experiencia propia sabía hasta dónde alcanzaba el poder de la Orden y se sentía atemorizado al saber que tendría ahora que luchar con ella para lograr la realización de sus ensueños.
El padre Fabián comprendió su desaliento y se propuso aprovechar tal situación para decidirle a olvidar su amor.
--Vamos, camarada--le dijo con acento amistoso golpeándole familiarmente en un hombro--. No hay que entristecerse tanto porque se pierda la esperanza de ser dueño de una cara bonita. Al fin y al cabo, sobradas mujeres hay en el mundo, y de seguro que ni usted ni yo bastamos para todas. ¿Qué gana usted con ponerse lánguido y triste como un amante de novela? Hay que divertirse. ¡Qué diablo!, la vida es la alegría, y un hombre puede vivir contento siempre que tenga a su disposición una mujer hermosa. Usted puede encontrarlas más bellas que esa señorita de Avellaneda, y es, por tanto, una bobada empeñarse en un amor que resulta imposible y que además choca abiertamente con los intereses de la Orden.
El conde, a pesar de su preocupación, no pudo menos de extrañarse ante aquellos consejos que hacían salir a la superficie el cinismo que indudablemente amontonaba en el pensamiento del jesuíta.
¡Y aquéllos eran los representantes de Dios! ¡Aquéllos los que trabajaban por poner todo el mundo bajo su dirección! ¡Lo que en el asunto buscaban indudablemente eran los millones de María!
Baselga no pudo seguir en sus dolorosas reflexiones que derrumbaban sus más firmes creencias, pues el padre Fabián siguió dándole cariñosas palmaditas y le dijo con melifluo acento:
--Conque quedamos en que usted olvidará a esa joven y vivirá en adelante como si no la hubiese conocido. ¿Estamos conformes, amigo mío?
El emigrado miró fijamente al jesuíta, y lentamente, como para dar más fuerza y valor a sus palabras, contestó:
--No, señor.
Entonces el rostro del rubicundo padre experimentó una radical transformación. Desapareció la seductora y bonachona sonrisa, siendo reemplazada por la impenetrable serenidad de una esfinge.
--Pues entonces, señor conde, siento manifestar a usted que en vista de su conducta deplorable y de su tenaz resistencia, la Compañía tendrá necesidad de apelar a ciertos medios.
Baselga levantó los hombros con expresión de desprecio, pero el padre Fabián no pareció hacer caso y siguió diciendo:
--Hablaré con franqueza. Permaneciendo usted en París, la señorita de Baselga sufrirá una continua tentación que podrá apartarla del santo camino del claustro, y, por tanto, interesa a la Compañía que usted abandone cuanto antes esta población. No dude usted que saldrá pronto de París.
--No adivino el medio, y me río de la amenaza. La Compañía no reina en Francia, y como yo soy un individuo pacífico que en nada llamo la atención de la policía, no es fácil que la autoridad me conduzca a la frontera.
--Saldrá usted de París, no lo dude. En todas partes tenemos amigos y el mismo embajador de España se encargará de pedir al Gobierno francés que lo conduzcan a usted a Inglaterra, a Suiza o a otra nación fronteriza, acusándole de conspirador carlista y pintándolo como un continuo peligro para el Gobierno español. Si usted no quiere que la Policía le pille desprevenido puede ir haciendo la maleta.
Dijo estas palabras el padre Fabián con tal expresión de omnipotencia, que Baselga no dudó de que las amenazas se cumplirían inmediatamente, pero a pesar de esto, por pasión y por despecho, continuó la resistencia.
--Haga la Orden lo que quiera, que yo no por esto desistiré de mi propósito ni prometeré una cosa que no puedo cumplir.
El conde manifestaba una resolución inquebrantable. Sabía que la Compañía podía causarle mucho daño, pero a pesar de esto, manteníase firme, prefiriendo sufrir una persecución feroz antes que resignarse a olvidar su pasión.
El jesuíta no parecía intimidarse por aquella resistencia. La horrible sonrisa, símbolo de la Orden, contraía cada vez con mayor violencia sus facciones, y mirando a Baselga con expresión de lástima, le dijo:
--Veo que es usted un valiente a quien no intimidan las amenazas. Pero, sin embargo, la Orden aún cuenta con medios para obligarle a lo que ella quiera, sin necesitar valerse de la policía francesa.
--Quisiera saber qué medios son esos--contestó con sorna el emigrado.
--Conde, hace usted mal en burlarse. Tratándose de la Compañía de Jesús, sólo puede bromear un loco o un imprudente. Tal vez se arrepienta usted demasiado pronto de saber que tengo en mis manos una prueba terrible contra usted. De seguro que esto no le dejará conciliar el sueño con tranquilidad.
--Vuelvo a repetir que quisiera ver esa prueba. Ya sabe usted, reverendo padre, que no es muy fácil asustarme.
--Pues bien, sépalo usted. De España acaban de remitirme un documento firmado por usted, en el que confiesa claramente haber estrangulado a su esposa, la baronesa de Carrillo.
Baselga estaba lejos de esperar aquel golpe. Nunca se le había ocurrido que tal documento pudiera salir de la cartera del padre Claudio, al que consideraba como su mejor amigo; así es que quedó anonadado y no supo qué contestar.
El padre Fabián le miraba con ojos de águila, y como para gozarse mejor en su desgracia, le preguntó con sorna:
--¡Vamos! ¿No contesta usted nada? ¿Cree ahora que la Compañía tiene poder para anonadar a los que le estorban? ¿No es usted ese señor asesino que firma el documento?
Transcurrieron algunos minutos, sin que Baselga contestase, y al fin repuso con balbuciente voz:
--¡No, no es posible! El padre Claudio no puede haberme hecho tan tremenda traición.
--El padre Claudio es, como yo, un buen servidor de los intereses de Dios y un fiel agente de la Orden, y los documentos que se confían a nuestras manos no son nuestros, sino de la Compañía, y todos los jesuítas pueden hacer uso de ellos, siempre que así convenga a los negocios de la comunidad.
El conde se convenció. Era verdad: el padre Claudio no era más que un jesuíta, y resultaba estúpido buscar en aquel hermoso autómata, movido por los hilos de una inmensa trama, los humanos sentimientos de amistad y de honor.
La sorpresa que en Baselga produjo el anuncio de aquel documento, que ya casi había olvidado, fué poco a poco amortiguándose, pues el emigrado pensó en la inutilidad de aquella prueba acusadora, hallándose él en territorio extranjero.
Aquel crimen, del que él no era el único culpable, se había cometido en España, y por el momento no corría ningún peligro de que la policía francesa, a instigación de los jesuítas, lo redujese a prisión.
Pero el padre Fabián parecía leer en su pensamiento por cuanto, adivinando sus reflexiones, le dijo:
--Sé lo que usted piensa, y se engaña sobre el uso que la Compañía se propone hacer de tal documento. No ignoro que, por el momento, para nada serviría si yo lo presentase a los tribunales franceses.
--¿Pues qué es lo que usted piensa hacer de él?--preguntó con acento de burla el emigrado.
--Ahora lo sabrá usted. Por última vez. ¿Accede usted buenamente a olvidar a la señorita Avellaneda?
--¡No! Eso no lo conseguiría nadie; aunque me matasen.
--Pues bien; mañana mismo una persona de confianza se encargará de enseñar a esa mujer que tanto ama usted, el documento en que confiesa ser el asesino de su esposa.
Esta vez el golpe fué certero, pues llegó rectamente al corazón. Un verdadero golpe de jesuíta.
Baselga experimentó un estremecimiento de horror. Aquello nunca había llegado a imaginárselo; era el colmo del sufrimiento. ¡Cómo! ¿Revelar a María el espantoso drama con que terminó el matrimonio de su amante? ¿Hacer que ésta supiera que el hombre amado era un asesino que estrangulaba mujeres? No; imposible; antes rugir de pena al considerar imposible la realización de su amor, que pasar por la inmensa vergüenza de que María conociera aquella sucia página de su vida.
Ahora conocía lo terrible que era aquella Orden, a la que estaba ligado; ahora aparecían justificados para él los incesantes ataques que en todo el mundo se dirigían contra la Compañía de Jesús.
Se necesitaba la fuerza de un gigante para vencer aquella sombría y colosal institución, ante la cual resultaba un pigmeo obligado a transigir.
Era ya inútil la resistencia, y había que confesarse vencido, anonadado, y dar aún las gracias a aquella tiranía con sotana que no levantaba el pie para pulverizarlo de un golpe.
Como el hombre que después de luchar con una fiera siente agotadas sus fuerzas y al fin cae entre sus garras deseoso de terminar cuanto antes el terrible combate y de morir, así Baselga se resignó a ser devorado, y con voz fosca, murmuró:
--Estoy dispuesto.
--Lo celebro mucho, hijo mío--contestó el jesuíta con voz meliflua--. Ya sabe usted lo que la Orden desea. Procure usted olvidar que existe en el mundo la señorita Avellaneda.
--Lo olvidaré.
--En cambio, nosotros olvidaremos por nuestra parte ese documento, que tanto le compromete.
--Gracias.
--Y qué... ¿No está usted contento con la Compañía? ¿Cree usted que con estas dulces exigencias le causa algún daño?
El tonillo melifluo con que fueron dichas estas hipócritas palabras, produjo a Baselga un estremecimiento de cólera.
Temió dar de bofetadas a aquel canalla que tenía su reputación en sus manos, y lanzando una mirada de feroz odio sobre el jesuíta, salió de la habitación ciego de ira y tambaleándose como un borracho.
El padre Fabián seguía sonriendo.
XV
El jesuíta próximo a triunfar
En casa del señor Avellaneda reinaba gran confusión.
El orden que regulaba los actos todos de aquella familia había desaparecido, dejando paso a esa confusión propia de todo hogar donde la enfermedad penetra.
El señor Avellaneda estaba enfermo de gravedad.
Después de aquella crisis nerviosa que experimentó al terminar su tempestuosa conferencia con Baselga, había caído en un angustioso abatimiento que le convertía en un ser despojado de voluntad.
Los dolores de la enfermedad de gota que sufría habían desaparecido, y ni un solo estremecimiento agitaba su empobrecido y débil cuerpo; pero, en cambio, comenzaba a indicarse en él una dolencia extraña, que ponía en extremo pensativo y preocupado al médico de la casa.
La hinchazón que continuamente tenía su pie izquierdo, había subido hasta más allá del tobillo y crecía rápidamente, amenazando invadir el resto del cuerpo.
El médico examinaba aquel fenómeno con sorpresa, y movía la cabeza con aire de duda, mostrándose poco seguro de su ciencia.
Varias veces preguntó a María y a la vieja criada, si el señor sufría del corazón, y sólo pudo conseguir contestaciones vagas y contradictorias, decidiéndose, al fin, a recetar digital, haciendo caso omiso de la hinchazón, que consideraba únicamente como superficial manifestación de un mal muy grave.
Don Ricardo abandonó el sillón de su cuarto y tendido en la cama pasaba las noches, quejándose unas veces con resignación, y otras con furor sin límites, asegurando que tenía dentro del pecho algo que le quemaba y le oprimía el corazón.
María pasaba las noches en vela, sentada a la cabecera del lecho de su padre, y a pesar de las continuas fatigas experimentaba una inefable delicia al ver que aquél, olvidando la expresión ceñuda con que la miraba en los primeros momentos, comenzaba a tratarla con el mismo cariño que cuando era niña y la llevaba a pasear al Luxemburgo.
Algunas veces, don Ricardo cesaba de quejarse, y extendía un brazo para acariciar aquella hermosa cabeza inclinada sobre él y atenta a la menor indicación para cumplirla inmediatamente. Había en aquella caricia tal expresión de melancólico dolor, y se retrataba tan claramente en los ojos del enfermo el convencimiento de que pronto iba a morir, que María, adivinando lo que pensaba su padre, volvía rápidamente el rostro para ocultar sus lágrimas.
Aquella casa, que de continuo estaba alegre con las carcajadas y las canciones de María y las palabrotas de Tomasa riñendo a las otras criadas, había quedado silenciosa y como envuelta en ese ambiente tétrico de los lugares donde la vida lucha con la enfermedad, y la muerte anuncia su próxima presencia. La luz del sol, filtrándose a través de los pesados cortinajes bañaba las habitaciones con una turbia claridad que dejaba los objetos en incierta penumbra, y el silencio monacal que imperaba en toda la casa sólo era turbado por los dolorosos lamentos del enfermo y la argentina vibración de la cucharilla, agitando el vaso del medicamento. Aquella atmósfera estaba impregnada de todos los olores de una botica.
El amable señor García faltaba muy pocas horas a aquella casa. ¿Cómo había él de abandonar a su amigo querido, a su protector, ahora que le veía tan gravemente enfermo?
Comía fuera de la casa, pues el cuidado del enfermo no permitía el regalo de tiempos pasados, pero así que quedaba libre de sus numerosas ocupaciones acudía inmediatamente, y su primer cuidado era preguntar a Tomasa, que le abría la puerta, cómo se encontraba el enfermo.
No había que hacerse ilusiones. Don Ricardo iba de mal en peor, y aquella terrible enfermedad que el médico no se atrevía a diagnosticar claramente y que le hacía mover la cabeza de un modo intranquilo, iba de mal en peor.
--Esa maldita hinchazón--decía Tomasa, indignada contra aquella dolencia traidora--, nos va a dar qué sentir. Sube y sube como si tuviera prisa en devorar a mi pobre señor. Ayer sólo estaba en la pantorrilla; ahora empieza a extenderse por la pierna, y no parará hasta que le llegue a la cabeza y ponga a don Ricardo hecho un monstruo. ¡Cuánto mejor era la gota que, aunque nos diera más que sentir, nos tenía más tranquilos! Le digo a usted, señor García, que es cosa de desesperarse y maldecir a esos médicos, que no tienen medios para combatir el mal.
Por lo regular, todas estas conferencias que comenzaban en el rellano de la escalera y terminaban en el comedor, tenían, por final, las lágrimas de Tomasa, que no podía conformarse con la idea de que don Ricardo iba a morir, y los consejos angelicales del señor García, que hablaba de Dios y de la resignación cristiana que debe mostrarse en la última hora.
Avellaneda ya no pasaba las veladas quejándose y en pleno dominio de su razón, pues a altas horas de la noche sentíase invadido por una terrible fiebre y deliraba de un modo alarmante, hasta el punto de que tenían que sujetarlo a viva fuerza, para que no se arrojara de la cama.
Su delirio era extraño y siempre estaba agitado por idénticas imágenes que le arrancaban palabras tan terribles que hacían llorar a María. El enfermo, en su delirio, creía hablar con Baselga, y le amenazaba con darle de palos acusándole de estar de acuerdo con su hija para envenenarlo con las medicinas que le daban. Aquella idea se había fijado tenazmente en el cerebro de Avellaneda.
Cuando estaba tranquilo y tenía clara la inteligencia, demostraba a su hija el mayor cariño y acogía todos sus cuidados y atenciones con sonrisas de gratitud; pero apenas la fiebre del delirio invadía su cerebro, volvía a gritar desaforadamente que le querían envenenar y acusaba a María de los más horrendos crímenes.
El señor García, que quedándose a velar al enfermo presenció algunas de aquellas locas agitaciones, sabía aprovecharlas hábilmente en favor de sus planes.
Llamaba aparte a María y la sermoneaba usando todos los tonos, lo mismo el paternal y benigno, que el de indignación propio de un hombre que ha sido engañado.
¿No veía el triste estado en que se hallaba su padre? Pues ella era la verdadera culpable, puesto que aquella enfermedad era un castigo de Dios, justamente ofendido por la infidelidad de la joven que había prometido ser su esposa y que después se enamoraba del primer pisaverde que encontraba a su paso. Aquello no tenía remedio, pues la cólera de Dios no reconoce obstáculo, y la pecadora, la infiel, iba a sufrir muy pronto el más tremendo dolor, viendo morir a su padre.
María lloraba con el mayor desconsuelo oyendo las amenazas que el autor del Universo le dirigía por boca de aquel viejo mugriento. A la voz del anciano devoto, todas sus antiguas aficiones religiosas, comprimidas hasta poco antes por la pasión amorosa, volvían a desatarse y a dominar su inteligencia, y María volvía a ser la muchacha mística y visionaria de otros tiempos que leyendo "El Año Cristiano", de Croisset, se sentía dominada por romántica admiración ante las hazañas de los santos o lloraba desconsolada con los tormentos de los mártires.
Sí, era verdad; ella había olvidado sus sagrados juramentos y Dios la castigaba con sobrado motivo. ¡Oh!, si las cosas pudieran hacerse dos veces. ¡Si no fuera ya tarde, cómo sabría ella enmendar su falta!
Apenas decía esto entre suspiros y lágrimas, demostrando su arrepentimiento completo, el señor García cambiaba de entonación y de aspecto, y, con acento paternal, hablaba de la misericordia de Dios, que no tiene límites, y de que no quiere el castigo del pecador, sino que éste se arrepienta.
--Aun es tiempo, hija mía--decía el beato con benevolencia--. Aun puedes remediar la grave ofensa que has hecho a Dios. Todavía estás a tiempo para cumplir tus promesas; y si es que sientes la misma vocación por la vida religiosa que en otros tiempos, debes entrar en la santa casa que ya conoces. Verías, si esto llegabas a hacer, cuán pronto sanaba tu padre, si es que Dios, con su omnipotente voluntad, quiere que viva y se arrepienta.
A las pocas conferencias María estaba ya convencida. El romanticismo religioso había vuelto a manifestarse en ella y pensaba, con inefable delicia, en que merced a su sacrificio conseguiría devolver la vida a su padre. Dios se apiadaría de su nueva esposa y le concedería cuanto le pidiese.
Además, don Ricardo era un impío, según decía el señor García a sus espaldas, un hombre que no asistía a ningún acto religioso, que leía continuamente a Voltaire y que se burlaba graciosamente del catolicismo. ¡Qué gran gloria para su hija el lograr mediante oraciones que Dios se apiadara de él y al morir le reservara un puesto en la gloria!
María manifestó a su antiguo preceptor que estaba dispuesta a ir al convento así que él se lo ordenase, pero le suplicó que la permitiese estar en aquella casa al menos hasta que perdiera su gravedad la dolencia que sufría su padre. Estaba tan resignada María a ser de Dios, que hasta esta súplica la hizo en tono débil mostrándose dispuesta a cumplir todas las órdenes del señor García, aunque estas desgarrasen sus más íntimos afectos. ¿No acababa de matar aquella pasión que tan feliz la había hecho? ¿No había prometido olvidar al hombre amado? Después de tan inmensas concesiones bien podía sacrificar en holocausto a Dios sus afectos de buena hija.
Cuando en aquella tarde el señor García, después de hacer repetir a la joven varias veces su deseo de entrar en un convento, salió de la casa para comer en un modesto restaurante, iba muy alegre y caminaba con la viveza de un joven.
Tan contento estaba que murmuraba exclamaciones de gozo, y él, tan sesudo y circunspecto en la calle, tenía el aspecto de un loco o de un borracho. Tenía motivos sobrados para bailar en medio de la acera, y hasta para entonar un himno en loor de la santa Compañía de Jesús, que iba a vencer y a hacer suyos quince millones de pesetas metiendo a María en un convento.
Pero el viejo jesuíta, a pesar de todo su entusiasmo, no perdía el instinto receloso y escudriñador propio de los suyos; así es, que no pasó desapercibido para él el movimiento de sorpresa y la precipitada fuga de un hombre que estaba en la plaza de San Sulpicio apoyado en la esquina de la calle Ferou y mirando de lejos las ventanas de la casa del señor Avellaneda.
El vejete sólo pudo verlo un instante; pero a pesar de la distancia y de su mirada cansada, lo reconoció inmediatamente. Era Baselga, que, sin duda, espiaba en aquel sitio, esperando una ocasión para enviar una carta a María, o tal vez para subir a la casa aprovechando la enfermedad del padre.
Aquello puso de mal humor al señor García.
¿Conque tales atrevimientos se permitía el señor conde? Había que vigilar muy atentamente para impedir que Baselga volviera a avistarse con María. ¡Quién sabe los inmensos perjuicios que a la Orden podía causar una nueva entrevista de los amantes! Las mujeres son caprichosas, con facilidad mudan de pensamiento, y era muy posible que las aficiones monásticas creadas por continuas y convincentes explicaciones se desvanecieran rápidamente al más leve arrullo del amante. Era necesario, pues, impedir que Baselga rondase la casa de su amada, tanto más cuanto que así se lo había prometido tres días antes al padre Fabián.
Mientras en el cerebro del señor García se agitaban estos pensamientos, el vejete habíase detenido y, al fin, como quien toma una resolución definitiva, volvió sobre sus pasos y, atravesando la rué Ferou por su parte alta, se dirigió a la de Vaugirard.
--Vamos a contárselo todo al padre Fabián--murmuraba el devoto.
A las nueve de la noche ya estaba el señor García sentado junto a la cama de su amigo Avellaneda.
La enfermedad se agravaba por momentos. La hinchazón había deformado por completo la pierna, y se extendía sobre el abdomen amenazando con invadir el pecho.
Don Ricardo respiraba trabajosamente, y sufría un delirio sin tregua. Con la mirada extraviada y los brazos agitados por un temblor convulso, agitábase en el lecho, y varias veces el señor García tuvo que abandonar su asiento para sujetar al enfermo y evitarle una caída.
El devoto se daba a todos los diablos al ver el estado en que se hallaba su amigo, no porque sintiera gran interés por éste, sino porque aquel delirio le hacía perder lastimosamente un tiempo precioso y le impedía la realización de sus planes.
Acababa de hablar largamente con el padre Fabián y necesitaba cuanto antes poner en ejecución los consejos que éste le había dado. ¡Y aquel condenado cerebro, que no se equilibraba y no sabía más que crear imágenes de envenenamientos!
Por fin transcurrida una hora, el delirio comenzó a calmarse, y el señor García fué ya acariciando la esperanza de que pronto podría hablar a su amigo.
La ocasión era propicia, pues María y Tomasa dormían en sus habitaciones, esperando la hora en que el vejete se retiraba y entraban ellas al cuidado del enfermo.
Hizo Avellaneda un rápido movimiento, cesó de suspirar y quedó mirando fijamente a su amigo, con cierta expresión de asombro.
El delirio había pasado y era preciso aprovechar aquel corto espacio de lucidez.
--¡Eh, don Ricardo!, ¿me oye usted?--preguntó el vejete con cierta angustia, como si temiese que su amigo volviera otra vez a delirar.
--Sí, amigo mío, me siento algo aliviado. ¿Cómo me encuentra usted?
--No está usted mal. Me parece que el caso no es grave.
--Eso creo yo algunos ratos; pero en otros... El médico dice que la cosa no va mal, pero creo que esto es tan sólo por no asustarme.
--Cree usted mal. El médico dice la verdad, pues usted no morirá de ésta.
--¿Lo cree usted así? ¡Si supiera cuán duro es pensar que la muerte se aproxima! Ya le llegará su mal rato, y pronto, porque usted es ya muy viejo.
--Espero tranquilo, confiando en la misericordia de Dios.
--¡Bah!... No haga usted esas muecas de beato, si no, me pongo más enfermo.
Calló el vejete, como arrepentido de haber causado enfado a su protector y sólo transcurridos algunos minutos, se atrevió a decir, dando la mayor expresión de veracidad a sus palabras:
--Esté usted seguro de que no morirá de esta enfermedad. Su convalecencia, según dice el médico, será larga y penosa, pero la salvación de la vida es segura.