Part 9
--Así lo creo, y terminemos esta cuestión que tanto disgusto me causa. Te veo con charreteras de capitán, lo que demuestra que no has andado tardo en gozar el premio que te concedí a instancia de esta linda señora por tu heroísmo en el 7 de julio.
--Señor, vuestra majestad es muy magnánima conmigo.
--Ahora sólo te falta justificar ese ascenso con nuevas hazañas. Con vuestra desgraciada sublevación me habéis puesto en tremendo compromiso; los liberales me martirizan más que nunca y necesito de buenos servidores como tú que vayan a ponerse al frente de los fieles vasallos que en varias provincia se baten, formando las bandas de la Fe.
--Su majestad--dijo el conde con cierta fiereza--me tiene a sus órdenes como firme servidor. Mi sangre y mi espada están a su disposición.
--Bueno, retírate, y mañana recibirás órdenes mías. Procura en adelante tener la cabeza menos ligera y no comprometer con irreflexivos ímpetus el honor de una respetable dama.
El rey, en señal de despedida, tendió su mano al capitán, que con cara compungida, después de hincar una rodilla en tierra, la besó contritamente. ¡Pícara imaginación! ¿Pues no le pareció poco rato después al loco Baselga que aquella mano tenía algo del perfume gentil del cuerpo de Pepita?
El conde salió de la estancia acompañado del de Alagón, y entonces, Fernando, inclinándose con cierto garbo manolesco sobre la hermosa baronesa, que durante la anterior escena no había cesado de reír, exclamó:
--¡Chica! No has tenido mal gusto. Ese condesito es un animal, propio de tu carácter. Vais a formar una adorable pareja de locos; cada uno de género distinto.
--Le tengo alguna voluntad, tal vez por lo fácilmente que se amolda a todos mis caprichos. Es un matachín tan valeroso como inocente, lo que no impide que se tenga por un calavera consumado.
--Sin embargo, creo que después de esta escena no va a tener gran fe en ti y que te será difícil hacerle tu marido.
--Ya se encargarán de esto los buenos Padres.
--Buenos ayudantes tienes. ¿Qué no se logrará con su apoyo? A ellos debo la dicha de conocerte.
--Vuestra majestad está esta noche muy galante.
--Mi majestad lo que está es muy aburrido de ver que para que des un beso es necesario pedírtelo.
Sonó un beso tan fuerte, prolongado y escandaloso, que todavía lo hubiera oído Baselga a no estar en aquel instante hablando con el duque de Alagón.
Cuando los dos nobles llegaron al extremo del corredor, que poco antes habían pasado furiosamente agarrados y topando con las paredes, el capitán se paró para decir con ansiedad a su ilustre pariente:
--Pero tío, ¿qué es esto?
--Sobrino: cosas en las que harás muy bien en no mezclarte, si es que quieres ser fiel cortesano y buen realista. Y ahora que estamos solos, te advierto que si no fuera porque la violenta escena de antes no ha tenido más testigos que el rey y esa señora, a pesar de ser mi pariente y de toda tu fama de espadachín, te batirías mañana conmigo.
--Algo imprudente he estado, lo confieso; pero sepa usted que esa mujer me pertenece.
--Lo sé perfectamente, y también lo sabe el rey.
--¿El rey?... Pues entonces, ¿a qué viene aquí?
--Sobrino--dijo Alagón dando a su voz un tono misterioso--. A ti se te puede decir, pues eres de casa. La señora baronesa de Carrillo tiene un talento político de primer orden, y el rey viene aquí muchas noches a que le dé consejos sobre los actuales conflictos.
Aquella noche el conde no pudo dormir tranquilo. Tanta satisfacción le causaba ser amado por una mujer a quien el rey pedía consejo y que era casi un ministro universal con faldas.
IX
La confesión.
Al anochecer del día siguiente, Baselga supo por boca de su amada que en el salón de visitas le esperaba el padre Claudio, deseoso de hablar con él de asuntos muy graves.
¿Quién era el padre Claudio?
Entre la inmensa banda de tétricas sotanas que por turno iban pasando por los salones del vetusto caserón o se sentaban a la mesa de Pepita Carrillo, el padre Claudio constituía una brillante excepción, y tal vez por esto era recibido con más grandes honores.
Rodeado de tantos rostros huraños o forzadamente amables, pero siempre con el sello especial de la idiotez disimulada o de la astucia encubierta, el de aquel cura destacábase luminoso, atrayente y como esparciendo efluvios de una dulzura evangélica.
Era el padre Claudio muy joven para tener tan gran imperio sobre los que le rodeaban, pero sin duda este ascendiente se lo proporcionaba su hermosura física, su exterior simpático y el encanto dulce y persuasivo de su conversación.
Su cabeza, de fino cutis y cabello corto, ensortijado y aplastado sobre la frente, recordaba la de aquellos elegantes romanos del tiempo del Imperio; su figura era de proporciones artísticas y los pies y manos, por su pequeñez y delicadeza, casi hacían creer que la flamante y bien cortada sotana ocultaba el cuerpo de una fina damisela.
Hablaba con voz dulce y reposada y todas sus palabras tenían un carácter tan vagoroso, que las hacían casi semejantes a los perfumes agradables que exhalaban las vestiduras del elegante sacerdote.
Había devota que oyendo las palabras del padre Claudio quedaba extasiada en la contemplación de su tez fresca y transparente y de sus cabellos de un rubio apagado, pero brillante comparándolo mentalmente con el ángel Miguel y demás elegantes de la corte celestial.
Sólo un detalle venía a afear aquel rostro, modelo de bondad y hermosura angélica. Los que le trataban con cierta confianza sabían que su frente se contraía en ciertos momentos con coléricas arrugas, y que sus ojazos azules, cándidos y casi inmóviles, en muchas ocasiones dejaban pasar por su fondo rápidos chispazos de una ira tan intensa que asombraba y permitía adivinar en sus pupilas, en los instantes de alegría, una ambición que por lo inmensa causaba miedo.
Semejantes a esos mares tranquilos y risueños, cuna de belleza y de poesía que, cuando se alteran con el viento de la tempestad son más terribles que el Océano, aquellos ojos imponían, cuando, despojándose de su falsa expresión, transparentaban las pasiones que se agitaban en el cercano cerebro.
El padre Claudio era un hombre terrible, que unía con pasmosa habilidad la bondad con el odio, la sencillez con la astucia y la humildad con una ambición sin límites.
Aquel "dandy" de sotana era semejante a las pequeñas víboras de las selvas índicas, que escogen siempre por nido la corola de una flor.
Para él nada había imposible, ni retrocedía ante obstáculo alguno. Todo cuanto le era útil, lo tenía inmediatamente por moral, y de aquí que reparara poco en los fines de sus empresas, fijando únicamente su atención en los medios, pues tenía cierta preocupación de artista en su modo de obrar.
Aborrecía el ruido, el escándalo y los procedimientos brutales tanto como era partidario de la cautela, la sagacidad y los golpes rápidos y silenciosos.
Para el padre Claudio el rey de la Naturaleza no era el león, sino la serpiente, y le inspiraba más admiración el avance traidor, rastrero y espeluznante de ésta que el ataque brutal, pero franco e instintivo de aquél.
Pertenecía a la misma categoría que Nerón y demás delincuentes artistas que encubrieron sus más tremendos crímenes bajo un manto de belleza.
El padre Claudio era capaz de asesinar, con tal de que la hoja del puñal estuviera cubierta de rosas.
Esta quintaesencia de maldad le hacía ser más respetado y temido por sus compañeros y subordinados, y por otra parte, sus prendas físicas y aquel carácter de apóstol que tan a la perfección le disfrazaba, valíanle una admiración sin límites entre sus amigos devotos que ponían sus conciencias bajo la absoluta dirección del hermoso padre.
En casa de Pepita, don Claudio imperaba como un soberano; el señor Antonio mostraba ante él una servil humillación que ni el más adulador lacayo podía tener a su alcance, y hasta la casquivana baronesa no osaba en su presencia dejar la menor libertad a su estrafalario carácter, y acogía con aspecto contrito las dulces reprimendas que el padre tenía a bien dirigirla.
También en Baselga causaba gran impresión aquel cura elegante que apenas si tendría seis años más que él.
El condesito admiraba la finura de sus ademanes, su carácter simpático y su gran ilustración; pero aún había en su persona una cosa que le subyugaba más, y era que en ciertos momentos tenía el empaque de un caudillo, y el oficial de la Guardia profesaba admiración y respeto a todos esos hombres especiales que son enérgicos sin manifestarlo y parecen nacidos para mandar.
Tres o cuatro veces había comido con el padre Claudio en casa de Pepita y casi sintió tanto como ésta el que no fuesen más frecuentes las visitas del cura, pues le eran tan simpática su conversación sencilla, pero amena, como enojosa la presencia de los otros clerigotes, por lo regular groseros y bruscos en sus palabras y modales.
Cuando Baselga entró en el salón de visitas, el padre Claudio se levantó del sillón que ocupaba en un rincón oculto bajo la sombra.
El quinqué colocado sobre el ligero velador tenía puesta de tal modo la pantalla que bañaba con viva y rojiza luz medio salón, dejando la otra parte envuelta en la más densa obscuridad.
Besó el capitán aquella mano blanca fina y casi femenil que le tendió el cura con graciosa amabilidad, y se sentó, obedeciendo su indicación, junto a la lámpara que hacía resaltar todos los detalles salientes de su rostro enérgico.
Sacó el padre Claudio de una petaca de oro, cubierta de filigranas, dos cigarrillos casi microscópicos, que olían a perfumes de tocador más que a tabaco, y después que vió arrojar al militar las primeras bocanadas de humo, dió principio a la conversación.
--Señor conde, vengo de parte del rey, que, según creo se dignó hace poco tiempo anunciaros que os comunicaría pronto sus órdenes.
--Así es, padre Claudio. S. M. me honra distinguiéndome entre sus más fieles vasallos.
--El señor don Fernando (que Dios guarde)--y al decir esto el cura, a pesar de encontrarse casi invisible en la sombra, se inclinó por la fuerza de la costumbre--desea auxiliar por cuantos medios pueda a los buenos españoles que en Navarra, en Aragón y en Cataluña luchan por los santos derechos del Altar y el Trono, y para esto necesita del apoyo de todos sus leales servidores.
--Dispuesto estoy a obedecer sus órdenes. Mi vida es suya por completo.
--El rey tiene la certeza de ello, y por esto le designa a usted para que sea portador de varios encargos que envía a los defensores de la Fe, y al mismo tiempo ordena que se una usted a esas legiones de esforzados defensores de la legitimidad, con la seguridad de que allí será más útil su espada que en otro cualquier lugar.
--Dispuesto estoy a obedecer. ¿Cuándo tengo que partir?
--Mañana al romper el día. Debe usted agradecer al soberano esta determinación respecto a su persona. Aquí peligra su vida, y la Policía por un lado y los patriotas por otro, buscan a usted, tanto en Madrid como fuera de él, ganosos de castigarle como a uno de los principales promovedores de la jornada del 7 de julio. ¿Se acuerda usted del teniente Goiffeaux?
--Sí; un buen muchacho francés que pertenecía a mi mismo batallón. Es grande amigo mío; ¿qué ha sido de él?
--La semana pasada fué ajusticiado en la plaza de la Cebada, como autor del asesinato perpetrado a las puertas de Palacio en la persona del capitán Landaburu. Calcule qué sería de usted si fuera descubierto por esos furiosos liberales que tienen al conde de Baselga por el principal autor de tal hecho.
El joven capitán, a pesar de su carácter tan enérgico como ligero, no pudo menos de sentirse impresionado por el trágico fin de su amigo, y quedó durante algunos instantes silencioso y como en profunda reflexión. Por fin, rompió el silencio para preguntar:
--¿Y qué misión es la que me confiere el rey cerca de los caudillos de la Fe?
--Su Majestad desea que usted sea portador de cincuenta mil duros pertenecientes a la asignación que le da el Gobierno liberal y que él con un desprendimiento digno del mayor elogio destina a la formación de nuevas partidas realistas en el Alto Aragón que nos libren pronto de la maldecida Libertad. Usted se pondrá al frente de las que se vayan creando y de seguro que con una brillante campaña hará méritos para ser recompensado largamente por el soberano el día en que triunfe la buena causa.
Baselga, a quien el combate de la plaza Mayor, su amistad con Córdova y hasta el roce con Pepita habían hecho bastante ambicioso, soñaba desde poco tiempo antes con la gloria guerrera; así es que recibió con el mayor gozo aquel tácito nombramiento de caudillo del absolutismo.
--Padre Claudio--dijo con arrogancia y transparentando en sus ojos el entusiasmo que le dominaba--. Si habla vuestra reverencia con el rey, dígale que podrá tener servidores que valgan más que yo; pero tan entusiastas y decididos al sacrificio, ninguno. Iré donde me mandan y volveré vencedor más pronto o más tarde, pues de lo contrario seré un mártir más entre los innumerables que han dado su vida por la buena causa.
--¡El Dios de los ejércitos irá contigo y te protegerá!--dijo don Claudio con cierto aire de inspirado, y extendiendo su mano de dama dió la bendición al capitán.
El sacerdote, durante la anterior conversación había estado desde el fondo de la obscuridad observando aquel rostro brutal pero franco, en el que tan claramente se transparentaban las internas impresiones, y con exacto conocimiento de la situación, creyó muy del caso la reciente invocación bíblica que acabó de entusiasmar al inculto cruzado del fanatismo.
Baselga quedó como reflexionando bajo el peso de aquella santa bendición, y el clérigo dijo al poco rato:
--Mañana saldrá usted de Madrid al amanecer, precedido de un hombre de confianza que vendrá a buscarle, y fuera de las puertas encontrará un carruaje de camino bajo cuyos asientos, y en onzas de oro, estarán los cincuenta mil duros. El mismo hombre le dará cartas del rey para sus defensores en Aragón. De preparar a usted para que salga de Madrid sin ser conocido, se encargará el respetable administrador de la señora baronesa, quien le afeitará cuidadosamente y le dará unos hábitos de sacerdote que ya tiene en su poder.
--Haré cuanto indica vuestra reverencia.
--Mucha prudencia al atravesar las calles de Madrid, y piense usted que son muchos los que le buscan, que usted es muy conocido y que un sacerdote en estos abominables tiempos revolucionarios inspira tantas sospechas como en otras épocas veneración.
--No tema usted. Sabré fingir perfectamente, sólo por darles un buen chasco a esos aborrecidos liberales.
Quedaron después de esto callados un largo espacio los dos hombres, y al fin, el condesito fué el primero en romper el silencio, preguntando con interés:
--¿Sabe ya la señora baronesa mi próxima partida?
--La conoce perfectamente, pues ella ha sido la más interesada en proporcionarle ocasiones de lucir su heroico valor y alcanzar su legítima gloria.
Baselga, que hasta entonces había permanecido obsesionado por la ilusión de convertirse en un célebre caudillo, comenzaba a recordar apasionadamente a Pepita, cuya imagen se le aparecía ahora más seductora que nunca.
La idea de alejarse en breve de la mujer adorada aumentaba el valor de su hermosura, y el placer de sus caricias aparecía centuplicado en la imaginación de Baselga.
¡Abandonarla cuando en su ser no se había saciado la terrible hambre amorosa que su belleza provocaba! Aquel libertino defensor de los reyes y los curas, sentía cierta desesperación y aun se mostraba inclinado a maldecir las circunstancias que le arrancaban de las delicias del amor y le arrojaban rápidamente del cielo al suelo.
Don Claudio, siempre recatándose en la sombra, contemplaba fijamente al capitán, y en la sonrisa que vagaba por sus labios comprendíase la facilidad con que iba leyendo en la frente de aquél todos sus pensamientos.
--Señor conde--dijo el cura cambiando con gran maestría el tono de su voz, que de ligera y meliflua se trocó en grave--. Dentro de pocas horas va usted a partir para cumplir una importante misión y poner en práctica lo que, al ceñir espada, juró usted como cristiano caballero.
Baselga, que pensando en su próxima y dolorosa separación de la mujer amada tenía la frente apoyada en la mano, levantó la cabeza como sorprendido al oír aquellas palabras dichas en tono solemne.
--Va usted a entrar--continuó don Claudio siempre con la misma entonación--en esa vida accidentada y abundante en peligros, propia del valiente que tiene que luchar contra superiores y temibles enemigos. Grandes serán las aventuras de que estará erizada su próxima existencia; aunque el Señor tiene contados los días de sus criaturas, nadie sabe en el mundo cuál será la última hora de su vida y hay que temer a la muerte.
--¡Padre!--dijo Baselga con arrogancia--. Yo no la temo, y eso que no ha mucho me vi casi en sus brazos. Soldado soy y mi destino es morir en el campo de batalla: otra clase de muerte, la consideraría deshonrosa.
--Está muy bien lo que usted dice; pero considere que no todo es morir, que más allá de la tumba existe otra vida y que conforme a la doctrina que enseña la Santa Madre Iglesia hay que pensar en tener la conciencia lo más limpia de pecados que sea posible, para cuando hayamos de comparecer ante el Tribunal de Dios. El buen católico antes de morir descarga su pecho del peso de las culpas en el regazo del confesor. Usted va a cumplir una noble misión, en la que tal vez le busque la muerte. ¿Se encuentra el alma de usted limpia de culpas?
Baselga quedó anonadado por estas palabras y miró con gran confusión al sacerdote, que poco a poco había ido arrastrando su sillón hacia el que ocupaba el capitán, y que ahora avanzaba su cabeza de modo que destacara su artístico perfil sobre el foco de luz del quinqué.
El condesito estaba tan aturdido, como muchacho que en la escuela es sorprendido por el maestro en flagrante delito, y no encontraba palabras para contestar.
Excitado por la mirada bondadosa y angelical del cura se decidió al fin a hablar y al principio no consiguió más que embrollarse en un sinnúmero de confusas palabras.
--Yo... padre... la verdad... ando bastante descuidado en materias de religión. Creo en Dios, en Jesucristo, en el Papa y en todo lo que manda la Iglesia; en otros tiempos me sabía el catecismo de memoria, pero ahora... ya ve usted... los amigos, la vida militar, las locuras de la juventud... en fin, que hace mucho tiempo que no me he confesado y que, de morir en este momento, el diablo tendría mucho que hacer con mi alma.
--A tiempo está usted, hijo mío, de conjurar el peligro. En mí, que soy indigno representante de Dios, encontrará usted el medio de librarse del peso de tantas faltas.
--Yo quisiera confesarme, pero... ¿en este sitio? ¿En un salón de visitas?
--Dios está en todas partes y en todas también puede su sacerdote oír la confesión de un pecador. Acérquese usted más... así está bien. Y ahora si tiene usted verdadero fervor por reconciliarse con Dios, ábrame su pecho y no tema en revelarme la verdad sin miedo a la enormidad de los pecados pues el Supremo Hacedor no quiere que el culpable agonice bajo el peso de sus faltas, sino que viva y se arrepienta.
Estuvo Baselga por mucho rato cabizbajo, ensimismado y como contrayendo todos los pliegues de su memoria para que no quedara trasconejado el recuerdo de las más pequeñas de sus faltas; pero cuando ya se disponía a hablar, le interrumpió don Claudio para decirle:
--Supongo que no irá usted a imitar a ciertas devotas viejas que tienen como pecados nimiedades insignificantes y ridículos escrúpulos. Aquí más que confesor y penitente somos dos hombres, y, por tanto, hemos de hablar con franqueza e ir derechamente a la verdadera importancia de las cosas. Empiece usted, hermano, y diga todo aquello que considere realmente como pecado.
Baselga hizo un poderoso esfuerzo para romper los lazos con que el amor propio y la vergüenza sujetaban su lengua, y con el rostro teñido de rubor comenzó así:
--Padre; me acuso de haberme valido de mi habilidad en el juego para robar con malas artes el dinero de mis compañeros.
--Mala cosa es el juego; pero como culpables son igualmente todos los que se dejan dominar por vicio tan reprobable, no cayó usted en pecado mortal al explotar la simpleza de los que confían su suerte a la baraja. Adelante, hijo mío.
--Me acuso de haber hecho uso de mi espada, sin razón alguna, contra personas a quienes antes había ofendido, derramando su sangre injustamente.
--Gran pecado es atentar contra la vida del prójimo, mas sin embargo, todo aquel que lleve espada, se tenga por caballero y ostente un nombre ilustre, tiene el deber de velar por su prestigio personal y no incurrir nunca en la nota de cobardía. Además, así como la Providencia veló por la vida de usted podía haber ocurrido todo lo contrario, en cuyo caso tanto se exponía usted como su contrincante a morir en el lance. No es, pues, muy grave este pecado. ¡Animo, hijo! ¿Cuáles son los otros?
--Yo fuí el que instigué a los soldados a dar muerte en la plaza de Palacio al capitán Landaburu, y confieso que el recuerdo de su mujer viuda y de sus hijos huérfanos me ha quitado el sueño muchas noches.
--Digno de execración es siempre el asesinato; pero hay que convenir en que aquel hecho nada tuvo de tal. La muerte violenta de Landaburu fué uno de tantos incidentes propios de época de agitación, y sin duda aquel desgraciado fué designado por Dios para servir de triste ejemplo a sus compañeros en política y hacerles ver prácticamente cuán terrible es el fin de los hombres que se separan de las buenas doctrinas. Landaburu era un impenitente revolucionario a quien usted conocía muy bien; ¡quién sabe si Dios quiso castigarle por sus malos pensamientos y lo escogió a usted como ejecutor de sus venganzas! No es, pues, tan enorme este pecado. Adelante, hijo mío, adelante.
Baselga estaba encantado por la bondad de aquel sacerdote que todo lo encontraba bien; que en vez de las reprimendas esperadas, le dirigía amables sonrisas y que demostraba un empeño paternal por desvanecer todos los remordimientos en el pecho del penitente.
Con un confesor tan "de manga ancha" que sabía desmenuzar los pecados de modo que perdieran su carácter horrible, dejándolos reducidos a simples faltas, se podía hablar con entera tranquilidad, y por eso el condesito, cobrando cada vez más confianza, repasó por completo todo lo grave de su pasado y al fin llegó a sus amores con la baronesa.
Al pensar en tal aventura, su lengua se detuvo. El capitán creía circunstancia indispensable en todo galanteador caballeresco guardar eternamente el secreto de sus amores; así es que no se mostró propicio a revelar lo ocurrido en aquella casa entre Pepita y él; tanto más cuanto que el padre Claudio era amigo de la baronesa.
El sacerdote, que con mirada atenta seguía contemplando al joven, pareció adivinar nuevamente los pensamientos que se agitaban bajo su frente, y para desvanecer todo escrúpulo dijo así:
--Hace usted mal si es que piensa ocultarme por miras particulares algún suceso importante de su vida. Engañándome a mí engaña usted a Dios, y de poco puede servir a su alma una confesión incompleta e inspirada en miras egoístas. Todas las preocupaciones mundanas deben expirar al pie del confesonario; para el representante de Dios no han de guardarse secretos, tanto más cuanto que lo que usted diga aquí quedará como encerrado en una tumba. ¡Vamos!, decídase usted, hijo mío, y ya que se ha propuesto implorar la protección de Dios descargando su conciencia de culpas, no oculte ni una sola de éstas.
El condesito, impresionado por aquella voz dulce y atractiva decidióse a hablar, aun faltando a su condición de amante reservado y silencioso. Además pensó en que Pepita se confesaba igualmente con don Claudio y que, como buena católica, ya le habría revelado todo lo ocurrido.