Part 8
En los primeros días de su restablecimiento, notó Baselga que el número de clérigos convidados era grande, siendo aquéllos cada vez diferentes, y tampoco le cayó en saco roto la afición que tales señores tenían a mirarlo como un bicho raro y la maña con que sabían sondearlo, haciendo que expusiera sus opiniones políticas, sin que él se diera inmediata cuenta de ello.
Afortunadamente, el desfile de negras sotanas y caras austeras o astutas cesó muy pronto, y sólo de tarde en tarde aparecía a la hora de comer alguno de aquellos pájaros, que eran de mal agüero para el amor de Baselga.
¡Cuán feliz era éste cuando a la hora de comer sólo se reunían en torno de la mesa Pepita y el sombrío administrador!
La baronesa era un encantador diablillo que mortificaba al joven haciéndole al mismo tiempo concebir risueñas esperanzas.
Se burlaba lindamente cuando con palabras alambicadas pretendía expresarla su amor; a cada uno de sus floreos estúpidos, aprendidos en los salones de Palacio, respondía arrojándole a las narices bolitas de pan; contestaba a los continuos pisotones por bajo de la mesa con alguna graciosa coz; le recordaba su cojera, defecto que hacía salir de quicio al condesito, y cuando ya había puesto bien a prueba su voluntad y estaba una vez más convencida de su amorosa paciencia, le llamaba "¡hijo mío!", con aquel tono zalamero que producía en el pecho de Baselga extrañas vibraciones, le tiraba cariñosamente de las patillas, y hasta algunas veces le permitía que le besara la mano.
Cuando Pepita no estaba de mal humor permitíale estar en su saloncito mientras ella hacía alguna labor, rezaba oraciones o tocaba el piano, y allí se pasaba el joven las horas muertas recorriendo con la vista una y otra vez todos los detalles de aquel hechicero cuerpo desde los pies a la cabeza, o quedándose como hipnotizado al escuchar a la baronesa, que con su voz pastosa y sonora de contralto cantaba danzas mejicanas o sentimentales romanzas italianas, en que el poeta hablaba siempre de amor, de besos y de morir.
Aquella habitación, que parecía impregnada por el perfume de Pepita, era para Baselga como un oasis delicioso en el desierto de su vida. Las paredes, rameadas por el pincel de pintor churrigueresco; los cuadros de santos y santas; el retrato obscuro en que el difunto gobernador de Acapulco ostentaba su rostro avinagrado y los dos loros chillones y aleteadores, eran testigos cada día de fogosas declaraciones repetidas por centésima vez, siempre con idénticas palabras, de irónicas carcajadas que parecían no tener fin, de audaces tentativas del condesito, que quería prevalerse de la fuerza de sus músculos y de soberbias bofetadas con acompañamiento de sonrisas que terminaban siempre el conflicto.
Baselga estaba cada vez más desesperado.
Pensando a todas horas en Pepita y su rara conducta, el menguado cerebro del condesito acabó por sacar la consecuencia de que la baronesa le amaba. Y si no..., vamos a ver. Si a Pepita le era antipática su persona, ¿por qué sufría aquella pasión tenaz, y viéndole ya curado no le plantaba con muy buenas palabras en la puerta? ¿Por qué quería tenerle en su casa y no le permitía salir ni aun de noche, diciéndole que le buscaban con gran empeño por Madrid los revolucionarios, con los cuales había ido a palos tantas veces antes de la sublevación de la Guardia? ¿Por qué, en fin, tras las crueles burlas y los golpes, que aunque dados con acompañamiento de sonrisas no eran por esto menos pesados, se cuidaba tanto de desenojarlo con palabras cariñosas o con alguna que otra concesión?
El joven, haciéndose tales reflexiones, se convenció de que la baronesa le amaba y que debía esperar a que ésta modificase su conducta extravagante.
Pronto tuvo ocasión Baselga de convencerse de que al menos una vez su cerebro había pensado con cierta cordura y que nada perdía en esperar.
El verano hacía sentir sus rigores con ese encono que guarda siempre para la coronada villa, población privilegiada por la naturaleza, pues el invierno la dedica sus más crueles y mortíferos fríos y el estío sus más abrasantes e irresistibles calores.
En el interior de aquel caserón se respiraba una atmósfera pesada y sofocante, y era preciso buscar el viento de la calle, que tenía un poco más de frescura y pureza.
Aquella noche Pepita observó con su adorador una magnanimidad sin precedentes, pues en vez de despedirse de él al poco rato de terminada la cena y rezado el rosario, como ocurría siempre, enviándole a su cuarto a que charlase con el señor Antonio hasta la hora de acostarse, le invitó a pasar al saloncito, en el que sólo entraba de día, y puesta ya en el camino de las concesiones, le permitió asomarse al balcón.
Eran ya más de las nueve; la luna alumbraba el otro lado de la calle, dejando envuelta en la obscuridad la fachada de la casa, y transitaba poca gente, pues era noche en que por ciertas agitaciones políticas del momento, la gente bullanguera estaba aplaudiendo en los "clubs" patrióticos a los oradores más fogosos. No había, pues, peligro de que Baselga fuera reconocido por algún transeúnte.
Pepita estaba adorable puesta de pechos al balcón y contemplando con soñolienta mirada aquel trozo de cielo azul que parecía un toldo tendido entre los tejados de ambos lados.
Desde aquel balcón no se veía la luna, pero su luz daba un tinte blanquecino al azulado éter sobre el cual los titilantes astros destacaban sus cuerpos de inquieto brillo, semejantes a las pupilas de un niño martirizadas por extraordinario resplandor.
Era una de esas noches en que se siente con más fuerza que nunca el deseo de vivir y en las que debe ser más dolorosa y desesperante la llegada de la muerte; noches en que la inspiración, despertada por el tibio ambiente de la naturaleza, sale de la mansión de lo desconocido y desciende sobre el cerebro humano, o en que el amor se infiltra en la sangre para conmover los cuerpos jóvenes y exuberantes de vida con agudos pinchazos de pasión que hacen desperezarse hambrienta la bestia carnívora que todos llevamos dentro de nuestro ser.
Baselga se encontraba a sí propio desconocido. Sentía una dulce embriaguez y un abandono voluptuoso y hasta le parecía que iba a caer nuevamente en el feo vicio de hacer versos.
Aquel viento caliente que cada vez que abría la boca se colaba hasta el fondo de su pecho, le enardecía la sangre y le producía igual efecto que si estuviera en una de las alegres francachelas con sus compañeros de batallón apurando a docenas las botellas.
En la agradable obscuridad que envolvía al balcón, percibía el opaco perfil de aquel rostro encantador y sentía impulsos de morder sus labios frescos y sensuales y la barbilla, partida por delicioso hoyuelo.
Su olfato aspiraba con delicia el perfume embriagador que exhalaba aquel cuerpo robusto, incitante y de artística exuberancia, cubierto por un vestido de verano de traidora sutilidad, pues al más ligero roce dejaba adivinar la tersa finura de aquellos miembros ocultos como misterioso tesoro.
Baselga se apoyaba cada vez con más fuerza sobre el hermoso busto, y una de sus manos, deslizándose por la barandilla, fué a buscar otra de las de Pepita, oprimiéndola con fuerza así que la encontró.
La baronesa, faltando a su costumbre, no protestó; dejó hacer a su adorador, y hasta le pareció a éste que aquella mano tibia y satinada correspondía a sus amorosos apretones, sin que por esto la dueña dejara de mirar al cielo.
--¡Si supieras cuánto te amo!--murmuró Baselga con voz tenue al mismo tiempo que doblaba su cabeza descansándola sobre el hombro de Pepita.
Esta salió entonces de su celeste contemplación, y volviendo los lindos ojos, miró al condesito de soslayo con expresión de cariño.
--¡Oh!, ¿me amas?, ¿me amas?--preguntó el joven con entusiasmo, creyendo adivinar la expresión de aquella mirada.
Pepita parecía poseída por la misma embriaguez que su adorador, y éste, siguiendo su instinto o como queriendo aprovecharse de aquella excitación que la contemplación de la Naturaleza producía en la hermosa, rodeó con su brazo la gentil cintura, atrayendo a la baronesa sobre su pecho.
Pero aquella caricia produjo en Pepita un efecto semejante a una descarga eléctrica.
Conmovióse todo su cuerpo con rápido estremecimiento, agitó su cabeza como si despertara de un pesado sueño y se separó del joven con rudo empuje, yendo a colocarse al otro extremo del balcón, en la actitud sombría propia de una mujer ofendida.
--Fernando--dijo con voz vibrante por la cólera, después de contemplar con cierto ceño al condesito--. Eres un hombre enfadoso por lo tenaz, y acabaré por aborrecerte si persistes en tu conducta.
--Señora, yo...
--Háblame de tú, como antes lo has hecho. ¿No te satisface esta concesión? Tuteémonos ya que nos amamos.
--¡Por fin! ¡Oh, felicidad! ¿Tú me amas?
--Sí, te amo; ¿para qué seguir ocultando tanto tiempo mi pasión? Te amo, pero no te acerques tanto; no pretendas arrancarme por la fuerza una sola caricia, porque te aborreceré.
--¿Por qué tan esquiva?
--Respeta los caprichos de mi carácter. Soy una loca, pero conviene que sepas que aquel hombre que por mí quiera ser amado, tendrá que considerarse siempre inferior a mi persona y obedecerme en todo. Si yo me diera por vencida y cayera trémula, pasiva y sin voluntad en tus brazos, yo tendría que ser tu esclava en vez de tu señora.
--Yo seré a tu lado todo cuanto quieras: tu esclavo, tu servidor en cuerpo y alma; dispón de mí como gustes, pero no huyas, no me arrojes lejos de ti, me abraso..., ten compasión de mi amor.
Y Fernando adelantó algunos pasos; pero Pepita fué retrocediendo hasta llegar a un extremo del largo balcón, y levantando su diestra, dijo con voz que tenía algo de rugido:
--¡Si avanzas más, te abofeteo como a un esclavo! ¿Crees tú que a mí se me conquista por el sistema aprendido en el Cuerpo de guardia? ¿Te figuras que a una mujer como yo se la domina con cuatro suspiros y oprimiéndola por la cintura? Soy dueña absoluta de mis pasiones y me avergonzaría de que éstas me dominaran alguna vez. Yo mando en mi voluntad sin que ésta logre dominarme nunca, y aunque te amo, me creería deshonrada si cayera en tus brazos sin darme exacta cuenta de ello. Yo seré tuya cuando me plazca y no cuando lo quiera el amor.
--¿Qué debo hacer, pues?
--Esperar.
--Es imposible; me devora la impaciencia. Además, tú eres muy loca, y ¿quién me garantiza que mañana me querrás lo mismo que hoy?
--¡Imbécil! Una mujer como yo sólo ama una vez, y el hombre que logra interesarla puede estar seguro de su felicidad.
--¿Y tú me amas así?
--Mucho antes de que tú cayeras herido a la puerta de esta casa y de que lograras conocerme, ya tu nombre había llegado a mis oídos, y mi curiosidad me había arrastrado a conocerte personalmente. Te conozco muy bien, y el amor no realza a mis ojos tu persona. Sé que eres un inocente lleno de fatuidad, que te crees irresistible por tu fama de espadachín y algunas fáciles conquistas; pero a pesar de todo hay en ti algo que para mí te distingue de los demás hombres, y te amo. No tengo inconveniente en manifestártelo: te amo.
--¡Angel mío!--exclamó Baselga, halagado por aquel "te amo" tan encantador, y avanzando nuevamente.
--¡No te acerques, o te golpeo! Si quieres que te aborrezca, no tienes más que desobedecer mis mandatos. Esta situación es insostenible para ti, que eres impaciente, y para mí, que la encuentro ridícula. Retírate, que en tu habitación te aguardará Antonio. Habla con él de política, intenta distraerte y espera, procurando no ser importuno.
--¿Y cuándo seré feliz? ¿Cuándo podré llamar mía a la mujer que me ama?
--No tengas prisa y consuélate con la esperanza de que he de ser tuya antes que de otro. El día en que me encuentres más fría, más desapasionada, más dueña de mi voluntad, entonces será cuando me arrojaré en tus brazos. La hora de mi caída no la habéis de determinar ni tú ni el amor: he de señalarla yo misma; yo, a quien de hoy en adelante obedecerás con la fidelidad pasiva de un ser sin voluntad.
VIII
Una sorpresa.
Llegó, por fin, para el impaciente Baselga la hora de su felicidad, que fué aquella en que se contempló dueño de la mujer ansiada.
Después de la nocturna escena en el balcón, transcurrieron aún muchos días sin que la baronesa se mostrara dispuesta a acceder a los deseos del condesito; pero por fin, éste se consideró dichoso viendo, cuando menos lo esperaba, caer en sus brazos el ansiado tesoro de belleza.
Sentada al piano e interrumpiendo el canto de aquellas melancólicas romanzas italianas, fué como Pepita declaró a Baselga, con una mirada llena de voluptuosidad y hechiceras promesas, que estaba dispuesta a ser suya.
Aquella fué la primera vez que el audaz joven logró acercarse a Pepita sin miedo a sus bofetadas, y desde entonces pudo considerarse dueño absoluto de la mujer cuya imagen tantas noches le había robado el sueño.
Los dos amantes se entregaban a su pasión, sin recelos ni preocupaciones, y casi puede decirse que hacían una vida marital.
Los criados, y especialmente los dos negros, nada parecían comprender, y en cuanto al señor Antonio, como miraba siempre al suelo, le era fácil dejar de ver las muestras de cariño que se daban los arrulladores pichones.
Baselga estaba en sus glorias. Jamás en sus ensueños de libertino había soñado una mujer como aquélla, y a veces, en los instantes de mayor placer, llegaba a dudar si estaba despierto, o era víctima de fantástica ilusión.
Aquel hércules del absolutismo, en materia de amores había estado reducido hasta entonces a conquistas sin importancia, y ahora que su buena estrella le deparaba tanta felicidad experimentaba la misma impresión que el ebrio de baja estofa que, al verse dueño de abundante depósito de puro néctar, quisiera tener cien bocas para beber más aprisa.
El amor de aquel calavera novel y de aquella mujer casquivana conocedora del mundo, no tenía nada de la dulce placidez de las pasiones sublimes, pues estaba reducido a un delirio carnal, pero tan fuerte y arrollador que casi llegaba a la locura.
Baselga mostrábase cada vez más confuso en lo tocante a su querida. Antes de realizar la conquista (que de tal sólo tenía el nombre), creía que lograría conocer el verdadero carácter de Pepita; pero conforme iba ganando su confianza y penetraba en los secretos, materia de cariñosas confidencias, encontrábase más desorientado, no sabiendo, al fin, en qué concepto tener a su amada.
A todas horas mostrábase dominante y celosa de que su voluntad imperara sobre las de todos cuantos la rodeaban.
Si Baselga, en sus raptos de entusiasmo amoroso, había prometido ser su esclavo, ahora veía realizado su ofrecimiento, pues Pepita procedía con él, así que se veía desobedecida, casi del mismo modo que con los dos negros.
Pero fuera de este rasgo dominante, todos los demás de su carácter eran tan ligeros, variables e indecisos, que acusaban un desarreglo cerebral.
Entregábase al placer con el instinto carnívoro propio de una fiera insaciable, y cuando más dominada parecía por la locura apasionada, cambiábase rápidamente la expresión de su rostro, sus ojos arrojaban lágrimas y con voz quejumbrosa comenzaba a condolerse de sus grandes pecados y a pedir a la Virgen y a todos los santos que la perdonasen.
Unas veces llamaba a Fernando, gritando como una loca, su ángel bueno, su Dios, y le besaba en la boca y en los ojos, acabando por morderle la nariz; y otras le arrojaba de su lado con varonil empuje, le amenazaba iracunda y le decía que en su cuerpo se encerraba el diablo que quería tentarla y hacerla suya para arrastrarla al infierno.
Dos o tres veces que Baselga, valiéndose de su intimidad con Pepita, intercaló en su conversación soeces juramentos de cuartel en que las cosas de la religión no salían muy bien libradas, la joven tornóse pálida mostrando una indignación sin límites, y en cambio, cuando por la falta más pequeña daba de puñetazos a los infelices negros, blasfemaba como una furia, sin que, al parecer, le importara un ardite lo que pudieran pensar de ella en el cielo.
El condesito estaba asombrado por aquel carácter original, que cada vez se hacía más raro; pero como al fin su voluntad no era de las que podían sostener grandes resistencias, ni su cerebro de los que se entregan a largas observaciones, optó pronto por la pasividad y se entregó por completo a aquella mujer que hacía de él cuanto quería.
¡Cuán feliz se consideraba el ínclito don Fernando! Los celos eran lo único que de vez en cuando, como tétrica sombra, turbaban su dicha; pero como no tenía ningún fundamento para dudar de la fidelidad de aquella mujer, tales pensamientos se desvanecían rápidamente y apenas si conseguían tener fruncido su entrecejo breves minutos.
Pepita salía poco de casa, y todo el día y gran parte de la noche lo pasaba a su lado, procurando endulzar aquella reclusión forzosa a que lo obligaba la vigilancia de los liberales.
Por miedo a las murmuraciones de los criados y por no hacer demasiado ridícula la posición del señor Antonio en la casa, Baselga se retiraba todas las noches a su cuarto antes de las doce, pero durante las horas que seguían a la cena y después de bien rezado el rosario, los dos amantes, agitados por todos los caprichos de una concupiscencia nunca harta, daban abundante pasto a la bestia carnal que se agitaba furiosa dentro de sus cuerpos.
Algunas veces, la nocturna entrevista no se verificaba, con gran disgusto del joven.
Pepita alegaba para ello indisposiciones momentáneas o actos de devoción que había de hacer en determinados días, y el condesito tenía que darse por satisfecho con tales explicaciones e ir a pasar la velada con el señor Antonio, que siempre, con cierta superioridad, se ocupaba de cuestiones tan atractivas como hablar contra Carlos III o su ministro el conde de Aranda, y sobre los graves males que producía a su patria el general descreimiento sostenido por la masonería.
Una noche de aquellas en que Pepita se encerró a las nueve en sus habitaciones, Bastera encontróse al poco rato cansado por la monótona charla del vejete, y deseando salir de su habitación y dar un paseo por la casa, pretextó una apremiante necesidad física para abandonar al señor Antonio, quien pareció mostrar algunas contrariedades por la salida del joven.
Las habitaciones principales estaban ya a obscuras, pero el joven, habituado a pasar por ellas, avanzó con resolución, aunque tropezando de vez en cuando con algún mueble.
Baselga sintióse acometido de pronto por una curiosidad digna de un amante. ¿Qué haría Pepita en aquellos instantes? ¿Pensaría en él? ¿Estaría rezando a sus santos favoritos, cuyo catálogo era interminable?
Apenas se hizo tales preguntas, tomó una resolución algo indigna de su caballerosidad, pero propia de un amante apasionado.
Con el intento de espiar a su amada, dirigióse a tientas hacia el célebre saloncillo inmediato al cual se encontraba el dormitorio de la hermosa; pero al llegar al corredor que conducía a aquél, encontró cerrada la puerta.
Miró por la cerraja y a lo lejos vió, amortiguada por la densa sombra interpuesta, una gran faja de luz que marcaban los entreabiertos cortinajes del saloncillo.
El corazón del condesito latió con violencia; no por considerar que allá dentro, envuelta en aquella luz, estaba la mujer amada, sino porque le pareció escuchar el amortiguado eco de una voz que no era la suya, pues tenía un timbre hombruno y aun cierta gangosidad que no le era desconocida.
Algún tiempo pasó escuchando con una oreja aplicada al ojo de la cerraja y haciendo los mayores esfuerzos por percibir aquella conversación muchas veces interrumpida y que llegaba hasta él como el susurro de una lejana fuente.
¡Oh desesperación! Aquellos sonidos confusos perdían, al llegar a él, su contorno de palabras y no podía adivinar su significado. La voz hombruna le ponía fuera de sí. No cabía dudar: Pepita se libraba de él algunas noches para encerrarse con un hombre.
Esta idea hizo renacer en su pecho todos los celos infundados y sin objeto, que tantas veces le habían atormentado, y por primera vez sintió, con la vehemencia propia de su carácter algo salvaje, la pasión que ha sido autora muchas veces de las más célebres venganzas.
Siguiendo los impulsos de su voluntad, hubiera derribado a patadas aquella puerta penetrando como un torbellino destructor en el cuarto de Pepita; pero aunque parezca extraño, hay que decir que aquel gigantazo tenía cierto respeto y no poco miedo a su amada; de tal modo había conseguido esclavizarlo la gentil mejicana.
Esto le hizo revestirse de paciencia, y siguió escuchando, a pesar de que con ello experimentaba en su parte moral horribles tormentos.
Fuese realidad o fantasía de su imaginación acalorada por los celos, lo cierto es que de pronto llegaron a sus oídos alborozadas carcajadas, y hasta le pareció que con ellas iba mezclado su nombre. Entonces ya no quiso escuchar más. La puerta tembló, conmovida por tremenda patada que hizo cesar el murmullo de aquellas voces.
Baselga, por la fuerza de la costumbre, se llevó la mano al costado buscando la espada, y al notar que no la tenía pensó en sus robustos puños, capaces de echar abajo una pared.
--Abre, Pepita--mugió con su vozarrón, enronquecido por la ira--. ¡Abre, o echo la puerta abajo!
Durante algunos instantes la más profunda calma contestó a tales palabras; pero por fin oyéronse pasos varoniles en el largo corredor, y la puerta se abrió, delineándose en la obscuridad la figura de un hombre de aventajada estatura.
Apenas se presentó éste, Baselga se arrojó sobre él, y agarrándole por los hombros con sus férreas manos, de dos soberbios empujones y chocando a cada paso con las paredes del pasadizo, lo arrastró al saloncillo.
Cuando el apretado grupo que formaban aquellos dos hombres, agitándose, tropezando con los muebles y llevándose tras de sí los cortinajes, llegó, semejante a veloz proyectil, al centro del saloncillo, Baselga prorrumpió en un juramento y, manifestando una sorpresa sin límites, soltó a su contrincante, que de seguro guardaba indelebles señales de sus manos.
A la luz del rojo fanal que pendía del florón del techo, acababa de reconocer a su pariente y protector el duque de Alagón.
Pero la anterior sorpresa no valió nada en comparación con la que experimentó al volver la vista y ver sentado frente a Pepita, que le miraba sonriendo irónicamente, un personaje de gran nariz, ojos maliciosos y chuscos, cabeza poco poblada y labios abultados y colgantes, que reía con cierto aire canallesco al ver la original entrada de los dos hombres.
--¡Señor!--murmuró Baselga con la mayor confusión, haciendo una gran reverencia.
Entretanto, el duque de Alagón se rascaba los hombros en actitud compungida, como para borrar las huellas que en ellos habían dejado los dedos de Baselga, y su amo, sin cesar de reírse, le dijo con voz algo gangosa:
--Duque, ¡vaya un pedazo de bruto que tienes por pariente! Este jayán te paga los beneficios a coscorrones.
--Señor--dijo el joven con humildad--, perdóneme Su Majestad este arrebato.
--Necesitado estás de perdón, pues tal manera de presentarse es impropia de un oficial de mi Guardia, y más en casa de una señora. ¿Es así como correspondes a la hospitalidad de la baronesa de Carrillo?
Baselga hubiera querido desaparecer como por ensalmo, pues estaba pasando uno de los ratos más malos de su vida. Verse amonestado duramente por su rey, y puesto en ridículo ante la mujer querida, constituía una situación demasiado fuerte para aquel realista y enamorado.
--Di, incorregible calavera--continuó el soberano--. ¿Te parece bien venir a estorbar los negocios de tu rey con tales escándalos?
--Señor--contestó Baselga, que buscaba una ocasión de lucir su realismo a toda prueba--, si yo hubiera sabido que aquí se encontraba mi rey y señor, me hubiera guardado de entrar sin ser llamado.