Part 10
Así que Baselga se decidió a decir la verdad, y dejó escapar un verdadero chaparrón de palabras que fué la relación completa y detallada de todo lo ocurrido entre él y la baronesa desde el día en que se conocieron hasta la hora presente.
El cura escuchaba con aparente atención las palabras del penitente; pero un profundo observador hubiera adivinado en él la distracción que le causaba oír por segunda vez la relación de sucesos que ya le eran conocidos.
Cuando Baselga, acalorado en la descripción de su última conquista, deslizaba algún detalle de color algo subido y se detenía como avergonzado, el clérigo le animaba con un gesto de benevolencia, y el joven seguía adelante en su relación, encontrando cierto placer en revelar a un hombre (aunque éste fuese un cura) toda la felicidad que había gozado.
Cuando el condesito terminó de hablar, vió con cierto recelo que don Claudio se ponía muy serio por primera vez y aún se alarmó más al oír que con voz algo irritada le decía:
--Después de lo que usted acaba de decirme, es casi imposible que yo le dé la absolución.
--¡Cómo! ¿Qué dice usted, padre mío?
--Usted, llevado de sus antiguos hábitos de galanteador irreflexivo, ha abusado de la generosa hospitalidad que le dispensó una mujer que aunque a primera vista parezca algo ligera es modelo de virtudes. La baronesa ha perdido su honor en los brazos del hombre a quien salvó la vida, y éste obraría con una deslealtad nunca vista e impropia de un caballero si se negara a reparar el mal que causó.
Baselga quedó anonadado bajo aquella severa reprimenda.
--Va usted a partir--continuó el sacerdote--dentro de breves horas, y Dios sólo sabe dónde podrán arrastrarle los azares de la guerra. El corazón de usted es ligerísimo, su facilidad amorosa grande en extremo, y casi es probable que cuando termine la guerra usted haya dado su afecto a otra mujer y olvidado a la baronesa, en cuyo caso, ¿cuál será la suerte de esa desgraciada señora, modelo de virtudes, pero a quien el amor ha hecho pecar?
--¡Oh!, no, padre. Yo nunca olvidaré a Pepita: la amo mucho.
--El amor, cuando no está santificado por la bendición del sacerdote, es fugaz pasión que el menor vaivén de la vida hace desaparecer. No basta que usted quiera a Pepita, es necesario afirmar esa pasión con algo más serio que los juramentos de amor.
--¿Y qué puedo hacer yo, padre mío?--dijo Baselga, a quien las palabras del cura habían conmovido.
--Hoy casi nada. La orden del rey le obliga a partir dentro de breves horas y no hay tiempo para que usted legitime por medio del casamiento canónico sus amores con la baronesa.
--Entonces, ¿cuál ha de ser mi conducta para que vuestra reverencia me dé la absolución?
--Ya que es imposible por el momento el borrar las anteriores faltas con el matrimonio, jure usted ante Dios que está en el cielo y en todo lugar que dará su mano y su nombre a la mujer amada tan luego termine la comisión que ahora le encarga su majestad.
--Dispuesto estoy a jurarlo, padre mío.
Entonces, Baselga, por indicación del cura, púsose en pie, y extendiendo su diestra a un antiguo cuadro que representaba a Cristo, macilento y negruzco, fué repitiendo el juramento que palabra por palabra le dictó don Claudio, y al final de cuya fórmula pedía para sí todos los tormentos del suplicio y los dolores de la tierra si dejaba de cumplir lo prometido.
El mastuerzo que con tanto valor sabía batirse en las calles de Madrid, sentíase ahora conmovido por las palabras que le hacía pronunciar el hábil capellán y le faltó poco para derramar lágrimas de alegría cuando le dijo don Claudio con acento melifluo.
--Hermano; de rodillas.
Oyó Baselga latinajos que no entendía y con ademán compungido recibió la bendición de aquella mano fina y aristocrática, que después besó contritamente.
--Ahora--dijo don Claudio levantando del suelo al capitán--, a luchar como un héroe por la santa causa de la Iglesia y del Rey.
--Lucharé hasta morir--contestó el joven con resolución que no daba lugar a dudas.
--¿No es verdad que se siente usted mejor después de la confesión?
--Me encuentro poseído de un bienestar inmenso.
--El pecador que tiene fe en Dios, siempre experimenta tan grata impresión después de desahogar su pecho de culpas.
--Ya hemos terminado--continuó el cura después de un breve silencio--; retírese usted a hacer sus preparativos de viaje y avístese con el señor Antonio, que ya ha recibido las instrucciones necesarias. Además, autorizo a usted para que cuando vea a la señora baronesa, le revele cuanto aquí ha ocurrido. Es una santa mujer que experimentará una alegría sin límites al saber que usted ha jurado ser su esposo tan pronto como lo permitan las circunstancias.
--¡Adiós, padre!--dijo el capitán con algún enternecimiento--. Que el cielo permita nos volvamos a ver pronto.
--¡Adiós, hijo mío! Que el Señor proteja a usted.
Y aquel Pedro el Ermitaño del realismo español, estrechó con cariño la mano del cruzado que iba a defender en los montes la tiranía del monarca y el restablecimiento de la Inquisición.
Cuando los pasos de Baselga hubieron dejado de sonar en la habitación vecina, el cura sonrióse con aire satisfecho, y dirigiéndose a la puerta del salón contraria a aquella por la que había salido el joven, levantó el pesado cortinaje, preguntando con voz meliflua:
--¿Está usted contenta, Pepita?
--Mucho, padre mío. ¡Cuánto tengo que agradecer a usted!
Y la baronesa, diciendo estas palabras entró en el salón. Sus mejillas estaban coloreadas por la alegría y en toda ella conocíase el vivo placer que le había causado la anterior escena.
--Esto es un servicio más que usted tendrá que agradecer a la poderosa Compañía que la protege desde la cuna.
--Lo agradezco con toda mi alma, padre Claudio, y crea vuestra reverencia que siento no corresponder con más fuerza a tan grandes y continuos favores.
--Con que tenga usted al rey mucho tiempo hechizado con sus gracias y disponga un poco de su voluntad, nosotros nos damos por satisfechos.
--Eso hago y eso haré tan bien como me sea posible. Mis ilusiones se realizan y desde la cumbre a que me elevan los favores de la Orden, podré servir mejor a los intereses de la Compañía. Unicamente me faltaba un marido, y éste ya le tengo gracias a la sabiduría de vuestra reverencia, que tan acertadamente sabe dirigir las conciencias. Querida predilecta del rey, pero teniendo que vivir oculta por no poder presentarme en sociedad como la viuda forastera, problemática y sin amistades, me es imposible servir tan bien a la Orden como lo haré el día en que figure en la corte como la esposa de un hombre que ha prestado grandes servicios a la causa del rey. Baselga es un necio, pero tiene algo de héroe, y si no lo matan, conseguirá abrirse paso y llegar a los más altos puestos. Yo necesitaba un marido de tal clase y vuestra reverencia me lo asegura valiéndose de su profundo talento que a todos convence. ¡Cuán agradecida debo estar a la Orden que me protege!
--Baronesa: el que trabaja "para la mayor gloria de Dios", se ve colmado siempre por el Altísimo de inmensas felicidades.
X
1823
En 1823 cambió por completo la decoración para liberales y serviles que con tanta saña venían combatiéndose hacía tres años.
Al rey que decía "a sus súbditos" "marchemos todos francamente, y yo el primero, por la senda constitucional", mientras ocultamente favorecía con dinero y con hombres las sublevaciones absolutistas en los montes de Cataluña y Navarra, le parecía todavía insuficiente el armar tropeles de fanáticos que combatieran en favor del Altar y del Trono, y solicitó el auxilio de Francia, que envió a España al duque de Angulema con sus cien mil hijos de San Luis.
Fué aquélla una época de desbordamiento y de impudor. Nunca se había visto un pueblo más propenso a la mudanza, a la traición y a la desvergüenza.
Largos años de tiranía habían corrompido el sentido moral de nuestro pueblo; la revolución sólo había servido para hacerlo más bullanguero, y ni una sola de las ideas democráticas que los oradores predicaban en los clubs, conseguía penetrar en aquella juventud que todavía era hija legítima y directa de la generación de Pan y Toros.
Los que antes iban con gran fervor a las procesiones o eran cofrades del Rosario de la Aurora, asistían ahora a los clubs, cantaban a grito pelado en las calles los himnos en moda u organizaban las manifestaciones cívicas. He aquí toda la reforma que la revolución consiguió hacer en el pueblo español.
El rey, a pesar de la Constitución y de todos los esfuerzos de exaltados y comuneros, seguía siendo la personificación del país; lo que el monarca hacía, los súbditos lo imitaban, y como Fernando VII era canallesco, desvergonzado y traidor, el pueblo no conocía ni aun de oídas el pudor político, y cuando aún repetía el eco sus gritos de ¡viva la Constitución!, volvía la hoja rápidamente para pedir a gritos el triunfo del rey "neto" y la vuelta de los felices tiempos en que funcionaba la Inquisición, los jesuítas dirigían el Gobierno y el amo de España mostraba el sobrehumano talento que le había dado Dios para presidir las corridas de toros.
La política, en los últimos tiempos de aquella época constitucional, estaba reducida a una serie de vergonzosos engaños. La agonía del trienio liberal puede definirse diciendo que fué una espantosa traición.
Fernando engañaba a los liberales, y mientras firmaba cuantos manifiestos le ponían delante y en los cuales se entonaban himnos laudatorios a la Constitución, solicitaba con gran urgencia el auxilio de las bayonetas francesas; Morillo hacía traición a sus compañeros los generales La Bisbal y Ballesteros; La Bisbal le imitaba y Ballesteros, por no ser menos, uníase a los invasores para derribar al Gobierno, que confiaba en el apoyo de sus espadas.
La Constitución era una enferma atacada de rápida tisis y los hombres, dueños del Poder, semejaban embrollada consulta de médicos pedantes, ocupados en discutir el nombre y etimología de los medicamentos que pensaban emplear, mientras la paciente se moría a toda prisa.
No faltaban liberales entusiastas dispuestos a dar su sangre por aquella Constitución que tantas veces habían jurado sostener, pero estaban en minoría y sus esfuerzos se perdían entre la indiferencia y el envilecimiento del pueblo.
El heroico Mina resucitaba en Cataluña la epopeya de la independencia, luchando con escasas fuerzas contra las hordas realistas y las legiones invasoras; pero su sublime tenacidad tenía el pálido reflejo de un rayo de sol en el fondo de putrefacta laguna.
Aquella revolución moría como mueren todas las formas de Gobierno que no llegan a ser populares. Sólo la clase media había abierto sus ojos a la luz de la libertad.
El pueblo, llevando todavía en su mente el recuerdo de los privilegios señoriales y de las rapiñas de la Iglesia, estaba tan ciego, que tomaba sus armas para defender la causa de los nobles y de los curas.
Pudo muy bien el Gobierno constitucional organizar una tenaz defensa que hiciera más lenta la marcha del tropel de alguaciles que Francia nos enviaba para reponer el absolutismo en su primitivo ser y estado.
Con esto no se habría salvado la libertad, pero habría caído con más honra, y los Borbones de la nación vecina no se hubieran engreído y puesto al nivel de Bonaparte por una guerra en la que los reclutas de la restauración no dispararon dos veces sus fusiles.
Pero los liberales adoptaron sus resoluciones con demasiada lentitud, confiaron su defensa a militares de dudosa fe política, y cuando vinieron a apercibirse de sus desaciertos, vieron sus órdenes desobedecidas y que la traición de sus generales dejaba libre el paso al chaparrón de la venganza absolutista que iba a caer sobre ellos con furor terrible.
El final del período liberal tuvo algo de la rapidez del vértigo y mucho de la vaguedad del sueño.
EL avance de las bayonetas francesas hizo salir de Madrid a toda prisa a ministros y periodistas, diputados y milicianos, formando inmensa caravana que, semejante al vagabundo pueblo de Israel, llevaba como arca santa la chusca persona de Fernando VII. Este se reía interiormente de la candidez de aquellos revolucionarios tan respetuosos siempre con el mismo hombre que les daba muerte. Todos ellos sabían que el mismo monarca era quien movía el ejército invasor que venía pisándole los talones, y ni a uno solo de los fugitivos se les ocurrió encargar a su fusil la misión de librar a España del monstruo que pocos meses después había de ensangrentarla con horribles venganzas.
El más vergonzoso rebajamiento se había apoderado de nuestro pueblo, y como si quisiera poner su adoración al nivel de su vileza, tributaba homenajes a los seres más abyectos.
El país, que doce años antes había admirado a Mina y al Empecinado, se entusiasmaba ahora con las proezas de cuatro bandidos que vestían el sayal frailuno y con la cruz en una mano y el trabuco en la otra, iban sembrando el incendio y la muerte, queriendo exterminar "a los negros" hasta la cuarta generación. Los mismos que habían aplaudido a Argüelles y a Muñoz Torrero, miraban ahora como dechados de sabiduría a los pedantes y covachuelistas que componían la Regencia de Urgel.
El "Trapense", una fiera con hábito, era el héroe de la situación. Creíase que su trabuco tenía el poder de hacer milagros, y cuando el fraile guerrillero, llevando a la grupa a la hermosa aventurera Josefina Comeford, penetró en Madrid, el mismo pueblo que tres años antes había tirado de la carretela en que iba Riego, se arrojó bajo las herraduras del caballo con la misma entusiástica indiferencia del indio que desea ser aplastado por el carro del ídolo y ganar el cielo.
Una bendición de aquella mano era una dicha que muchos solicitaban. La mano del "Trapense" estaba, sin duda, santificada por Dios, pues nunca la abatía el cansancio. Prueba de ello, era la rapidez y limpieza con que degolló uno tras otro, sin interrupción, setenta y seis soldados constitucionales, que fueron hechos prisioneros en la toma de Seo de Urgel.
Barrido de Madrid y Sevilla, el Gobierno liberal, siempre fugitivo y vagabundo con rumbos inciertos, fué a refugiarse en Cádiz. La Constitución de 1812, semejante al hijo pródigo, después de correr grandes aventuras, volvía decaída y derrotada a morir en el mismo punto donde nació.
Allí fueron a buscarla sus implacables enemigos, y el ejército de Angulema, en unión de algunas de las hordas realistas que le precedían, a guisa de avanzadas, estableció el sitio de Cádiz.
Los muros de la inmortal ciudad volvieron a conmoverse con el estampido de los cañones franceses; pero entre el sitio de 1810 y el de 1823, hubo tanta diferencia como la que existe desde el drama a la comedia.
Ni Angulema era Soult, ni aquellos liberales, fugitivos, desilusionados, y que se batían por "el qué dirán" y por dar a su bandera cierta gloria antes de plegarla, podrían compararse con los gaditanos de 1810, que, después de asistir a las sesiones de las célebres Cortes, empuñaban el fusil con la mente llena de sublimes pensamientos e iban a morir en las trincheras.
En el último sitio de Cádiz se luchaba sin ánimo de triunfar y únicamente por cumplir con el deber. Todos los personajes que estaban encerrados en Cádiz sabían cuál iba a ser su muerte y la aguardaban pacientemente. Argüelles pensaba en la próxima emigración; el canónigo Villanueva se entretenía escribiendo sonetos y letrillas contra Angulema y los absolutistas; el marino Valdés se convencía de que era inútil pensar en revivir la célebre defensa por él organizada en 1810, y, entre tanto, Fernando distraía sus ocios remontando cometas de varias formas y colores en el tejado de la Aduana, sistema de telegrafía óptica que enteraba a los sitiadores de cuanto en la plaza ocurría.
La toma del Trocadero fué la única operación que honró militarmente a los invasores; pero aquel simple acto de guerra, que resultaba una bagatela para las legiones de Napoleón, fué pregonado por la Fama del realismo como una hazaña al lado de la cual las proezas de Aníbal y de Alejandro quedaban obscurecidas.
La restauración borbónica, tan mezquina en Francia, como en España, necesitaba aumentar la importancia de los hechos para adquirir ese prestigio que tan necesario es a los tiranos.
Por desgracia para la causa realista, la gloria le volvía la espalda, y para que el mundo no se apercibiera de tal desdén, se veía obligada a falsificar los hechos. Ni más ni menos que esos amantes desdeñados en cuya boca los más insignificantes favores de la mujer ansiada se convierten en comprometedoras y decisivas concesiones.
XI
Cómo termina un calavera
Entre el tropel de esbirros de la tiranía, que como un cinturón de hierro y bocas de fuego rodeaba los muros de Cádiz, figuraba el conde de Baselga, realista decidido y hombre de gran porvenir, del cual se ocupaban periódicos tales como "La Atalaya de la Mancha", "El Regenerador", y otros papeluchos redactados por furibundos frailes, citando al Capitán de la Guardia como un modelo de fieles defensores del despotismo.
¡Quién podía saber con certeza el número de barbaridades que el ilustre Baselga había cometido desde agosto de 1822 hasta aquel momento, defendiendo en los montes con más aire de bandido que de militar la causa del Rey y de la Religión!
Al frente de unas guerrillas compuestas de fanáticos y de gente perdida, había pasado más de un año en los montes de Aragón, operando unas veces con entera independencia y otras a las órdenes de Bessieres, el aventurero francés que en 1822 era sentenciado a muerte por conspirador republicano y en 1823 se distinguía mandando a los feroces "feotas", nombre que los liberales daban a los defensores del absolutismo, por llamarse con énfasis soldados de la Fe.
Con gran disgusto de Baselga, las necesidades de la guerra le habían llevado de Aragón a Valencia, y de este último punto tuvo que salir para Andalucía, no pudiendo dirigirse a Madrid, donde ya funcionaba con el carácter de Gobierno la reaccionaria regencia formada en Urgel.
El conde ansiaba ardientemente ver a Pepita, cuyo recuerdo no se apartaba de su memoria, y ya que le era imposible cumplir su deseo, consolábase escribiéndola largas cartas siempre que le era posible, y en las cuales, con toda la corrección de que era susceptible su rudeza y pasando por alto los homicidios ortográficos, describía una vez más la constante grandeza de su pasión.
Cuando a principios de julio llegó aquel paladín del absolutismo a las inmediaciones de Cádiz con sus feroces hordas, más para entorpecer que para ayudar las operaciones de bloqueo que ejecutaban los franceses, el administrador de Correos de Puerto de Santa María le entregó una carta, cuya procedencia adivinó antes de abrirla.
El corazón le latió agitadamente, pues en las letras desiguales y arrebatadas de la cubierta, le pareció ver la nerviosa mano de Pepita manejando la pluma con loca precipitación.
Era la primera carta que recibía de la mujer querida desde que se separó de ella.
Al principio, Baselga sólo se fijó en las palabras cariñosas y apasionadas, en las promesas de eterno amor, en aquellos requiebros melosos y aniñados, propios de la imaginación de una criolla; pero después sus ojos que saltaban apresuradamente de renglón en renglón con el ansia de leer de un golpe toda la carta, paráronse sorprendidos en unas palabras misteriosas, cuyo significado no lograba comprender.
Pepita hablaba de circunstancias que hacían visible su deshonra, de sucesos acaecidos después de su partida que echaban un borrón sobre su buen nombre; aludía con cierto misterio al último mes de abril, y terminaba anunciando que el buen padre Claudio enviaba al campamento sitiador de Cádiz un hombre de confianza para que tratase con él de un asunto grave. "De tu resolución--decía Pepita--, del acuerdo que tú tomes, depende que yo viva o muera. La pérdida definitiva de mi honor acabará mi existencia."
Baselga leyó una y otra vez la carta, deletreó todas sus palabras, y, al fin, se quedó tan ignorante y confuso como al principio.
¿Qué peligros para el honor de Pepita serían aquéllos? El fogoso militar, pensando que la mujer amada pudiera encontrarse en apurada situación, soñaba ya en villanos enemigos y acariciaba la espada en su cinto, y en el cerebro la descabellada idea de partir inmediatamente con dirección a Madrid para emprender a estocadas a todos cuantos turbasen la tranquilidad de la hermosa baronesa.
El ver incluído en la carta el nombre del padre Claudio, excitaba aún más la curiosidad del condesito; pues éste reconocía que el afable sacerdote no se iba a mezclar en asuntos de poca monta ni a tomarse por éstos la molestia de enviar emisarios a Cádiz.
Dos días pasó Baselga dominado por una constante preocupación, y a tal punto llegó ésta, que por las noches los oficiales franceses y algunos guerrilleros que habían organizado una timba en el campamento, en la cual tallaba el conde por derecho propio, le ganaron cuanto dinero puso en la banca, sin que al antiguo fullero se le ocurriera sacar a plaza sus indiscutibles habilidades.
En la tercera noche, Baselga, que arruinado ya, había pasado de banquero a la simple calidad de mirón, fué avisado por su asistente de que fuera de la tienda le esperaba un caballero que decía acababa de llegar de Madrid.
Júzguese con qué rapidez acudiría el joven al llamamiento y cuál sería su sorpresa al conocer que el enviado del padre Claudio no era otro que el señor Antonio, el vejete realista que completaba su antiguo traje con un gran sombrero de los que se llevaban a principios del siglo, llamados de "medio queso".
El conde experimentó la mayor alegría al ver al eterno acompañante de su amada. Hasta le pareció que en él había algo que evocaba la seductora imagen de Pepita y que su mugrienta casaca exhalaba el mismo perfume de su hechicero cuerpo. Quien haya estado enamorado comprenderá inmediatamente tan extraña aberración.
No fueron pocas las preguntas que apresuradamente disparó Baselga sobre el vejete; pero éste, con gran calma, le agarró suavemente por uno de sus brazos y le fué alejando de la tienda.
--Si le parece a usted, señor conde--dijo el señor Antonio--, pasaremos por sitio donde no nos puedan oír, pues tengo que comunicarle cosas graves.
Dirigiéronse los dos hombres a los límites del campamento y comenzaron a pasear a lo largo de una de las trincheras, cuidando de no acercarse demasiado a un centinela que contemplaba curiosamente las idas y venidas de aquella pareja, cuyas sombras dilataba fantásticamente la luna sobre el suelo.
--Comenzaré por indicarle--dijo el viejo--que yo no vengo enviado aquí por mi señora, sino por el reverendo padre Claudio.
--Lo sabía desde anteayer.
--¿Le ha escrito a usted mi señora?--preguntó con sorpresa el vejete--. Lo ignoraba; pero ya nos lo recelábamos el bueno del padre y yo. La pobre baronesa... ¡le quiere a usted tanto!
Y el señor Antonio quedóse cabizbajo al decir estas palabras, como si lamentara en el fondo de su pecho que su ama se hubiese enamorado de semejante perillán.
--Yo--continuó el viejo con acento triste--conozco a la señora baronesa casi desde que nació, y aunque cometa una censurable irreverencia, digo que la amo como si fuese hija mía. Juzgue usted cuál será mi dolor hoy que la veo deshonrada.
--¡Deshonrada!..., ¿por quién?
--Usted lo sabe mejor que nadie. La señora, corazón sencillo e ingenuo, se dejó engañar por un hombre audaz que cayó moribundo a la puerta de su casa, y el premio de su cristiana caridad ha sido la deshonra.
--¡Señor Antonio! Mida sus palabras, que ya sabe usted quién soy yo y qué genio gasto. La señora baronesa me ama tanto como yo a ella; pero esto no autoriza a nadie para que hable de deshonra ni ponga mi honor en duda.
--Es ya inútil todo fingimiento. Lo sé todo, y así como yo, cuantos entran en nuestra casa de Madrid. La pasión carnal que usted encendió en el pecho de la señora la hizo caer, y hoy el fruto del pecado atestigua su deshonra.