Part 5
Estaba entonces la curiosidad de las gentes más excitada que nunca, así es que a los pocos días ya sabían los vecinos de la calle del Arenal quién era la persona atrevida que iba a habitar una casa de tan malos antecedentes.
Era la baronesa de Carrillo, joven señora americana, viuda de un alto funcionario, muerto en Méjico por los insurrectos, y que venía a España para salvar su vida y las muchas peluconas que constituían su fortuna, de los riesgos que pudieran correr entre el torbellino de la revolución.
Esto lo supieron los vecinos de boca de uno de aquellos negrazos a costa de pagar algunos vasos de vino en la taberna más cercana, y también lograron tener la certeza de que la tal señora era muy buena católica y temerosa de Dios, pues en su viaje la había acompañado un sacerdote y eran muchos los curas que la visitaron en todas las poblaciones de importancia que atravesó desde Cádiz a Madrid.
Esta última circunstancia tranquilizó a los curiosos vecinos y desterró de su ánimo toda sospecha de complicidad diabólica.
Una señora que estaba en tal intimidad con las gentes de iglesia, no podía tener ninguna relación con los malos espíritus que hasta poco antes habían habitado aquella misteriosa casa.
Los sucesos públicos que a poco sobrevinieron, el ruidoso triunfo de la revolución y las agitaciones propias de un pueblo que al verse en posesión de su libertad experimentaba idéntica impresión que un muchacho con zapatos nuevos borraron muy pronto en los vecinos de la calle del Arenal la curiosidad que les producía todo lo que se relacionaba con el célebre caserón y sus habitantes.
Las algaradas continuas, los motines a diario, los frecuentes paseos nocturnos del retrato de Riego a la luz de antorchas y las agitadas sesiones de los Clubs patrióticos, eran motivo de pública preocupación y más que suficiente para que la gente se olvidara de los chismes y enredos de vecindad que poco antes constituían su delicia y eran el tema obligado de conversación.
Poco a poco, en el transcurso de año y medio, el misterioso caserón de la calle del Arenal, a pesar de que su puerta sólo se abría varias veces cada día y de que la señora que lo habitaba tenía cierto empeño en dejarse ver poco, se convirtió en una casa vulgar, incapaz de llamar la atención de nadie.
Si los compadres del barrio no hubiesen estado tan ocupados en los asuntos políticos, y en vez de asistir por las noches a las tumultuosas sesiones de "La Fontana de Oro", a oír los revolucionarios discursos de Alcalá Galiano, o a las Juntas organizadoras de la Milicia Nacional, hubiesen permanecido, como antaño, tomando el fresco a las puertas de sus casas, de seguro que hubieran visto algo digno de ser comentado y discutido.
Casi todas las noches el postigo de la gran puerta se abría lenta y silenciosamente casi al mismo tiempo que por la parte de Palacio aparecían en la calle dos hombres altos y recios que, a pesar de estar ya bien entrada la primavera de 1822, iban embozados en largas capas, semejantes a las usadas por los majos del Matadero.
Los dos embozados caminaban con afectada naturalidad hasta llegar a la casa, pues así que estaban junto al entreabierto portón, miraban a todos lados rápidamente y con alarma, acabando por desaparecer en la negra abertura que inmediatamente quedaba cerrada.
Aquellos dos hombres y algún que otro cura, de aire humilde y sonrisa seráfica, eran los únicos visitantes de la señora de la casa.
Aunque en la calle no dominara, por causa de las circunstancias, el mismo espionaje que antes, no por esto faltaban comadres curiosas que se hicieran pronto cargo de tales visitas.
Una vez conocidas éstas, la curiosidad se interesó en averiguar más, y pronto hizo un gran descubrimiento.
En una corta temporada que la familia real residió en los jardines de Aranjuez las nocturnas visitas quedaron interrumpidas.
La consecuencia que la curiosidad sacó de tal hecho fué inmediata. Los dos embozados pertenecían a la corte y eran, sin duda, condes o duques que se rozaban con las personas reales.
Dos años antes, cuando el grito nacional era "¡vivan las cadenas!", y la aspiración de todo buen español "ser un gran servil", tal descubrimiento hubiera bastado a aplacar la curiosidad de las vecinas, pues el deseo de saber lo que no las importaba, podía hacerlas dar con sus huesos en la Galera; pero no en balde se estaba en pleno período revolucionario y dominaba el deseo de conocer todos los secretos de los de arriba para hacerlos públicos y que el pueblo supiera qué clase de gentes eran aquellos nobles que se tenían por seres privilegiados.
Noches enteras pasaron las buenas vecinas tras las ventanas y rejas, espiando a los dos embozados, por si lograban distinguir sus rostros.
Pero fué inútil su intento, y no consiguieron distinguir la más pequeña parte de sus caras, cubiertas por las alas del sombrero, el embozo de la capa y la sombra de la noche.
La casualidad vino a satisfacer, por fin, los deseos de las curiosas.
Una noche (pocos días antes de la sublevación de la Guardia Real), el postigo se abrió como siempre y los embozados aparecieron al extremo de la calle, justamente cuando por la parte de la Puerta del Sol llegaba un mozalbete, a quien la sobra de alcohol hacía andar en zigzag, y que daba rienda suelta a su buen humor cantando con largos intervalos y algún relincho la copla liberal de 1813:
"Un realista en un mesón llamaba por que le abrieran, y tanto y tanto llamó que le abrieron... la cabeza."
Los dos embozados, al ver aquel inoportuno transeúnte, procuraron evitar su encuentro marchando hacia el centro de la calle; pero el borracho, con la tenacidad imprudente propia de los que están en tal estado, puso especial empeño en manejar sus poco obedientes pies, de modo que fuera a tropezar con aquéllos.
Yendo de un lado a otro de la calle, los unos por evitar el encuentro y el otro buscándole, vinieron por fin a chocar.
El mozalbete dió con su barriga un fuerte golpe al más alto y elevó su aguardentosa cara a la altura del embozo, pugnando por deshacer éste, al mismo tiempo que exclamaba con ronca voz:
--¿Quién eres tú? Si tienes mucho frío, ven a echar unas copas.
El importuno se vió pronto sacudido por los dos embozados, que, sin preocuparse de que dejaban sus rostros al descubierto, le agarraron con sus manos, y después de moverlo en todas direcciones, le arrojaron al suelo.
El borracho cayó sentado, conmoviendo el suelo con sus posaderas, y en tan cómica actitud permaneció mucho rato, siguiendo con vista asombrada a los dos embozados, el más alto de los cuales reía estrepitosamente, procurando ahogar las carcajadas con el embozo.
Cuando ambos hubieron penetrado en el viejo caserón, el borracho, sin abandonar su actitud, rascóse la frente, como quien duda, y al fin murmuró, con la satisfacción del que se despoja del peso de un secreto:
--Que me maten, si ésos no son Narizotas y su alcahuete.
Las vecinas, que habían presenciado en sus escondites la anterior escena, oyeron estas palabras, que fueron para ellas una completa revelación.
Efectivamente; de los dos personajes, el más bajo tenía todo el aire del duque de Alagón, favorito de Su Majestad y autor de servicios semejantes a los que el jefe de los eunucos presta al Gran Sultán, y en cuanto al más alto, era, sin duda, el ser privilegiado cuyo retrato, por la gracia de Dios, figuraba en todas las monedas.
En la puerta de dicha casa fué donde cayó herido el conde de Baselga.
IV
El señor Antonio.
A ser poeta el gallardo subteniente de la Guardia Real, el tiempo que permaneció sin volver a la vida le hubiera proporcionado tema suficiente para componer un poema describiendo las vagorosas fantasías de la nada.
Hubo un instante en que perdió la noción de ser; pero este estado negativo desapareció, y del mismo modo que se sale del sueño no para despertar, sino para entrar en el ensueño, Baselga comenzó a sentir y a pensar, sin volver por esto a la vida real, pues entró de lleno en las nerviosas fantasías del delirio.
Sus oídos zumbaban como si fuesen cañones conmovidos por ensordecedores disparos; le parecía que su cuerpo se hundía en un lecho de espuma de jabón, cuya profundidad no tenía término, y por encima de sus ojos, que veían estando cerrados, desfilaba una interminable procesión de seres vagorosos de color azulado y formas grotescas, a fuerza de ser extravagantes, que en la confusa memoria del subteniente despertaban el recuerdo de los célebres cartones dibujados por Goya, inagotable almacén de raras imaginaciones.
Algunas veces entre aquel extravagante desfile de visiones contorneábanse rostros conocidos aunque desfigurados por diabólicas sonrisas y, ¡cosa rara!, siempre eran aquellas fantásticas caras las de seres que tenían motivos más que suficientes para odiar a Baselga. Dos o tres muchachos de la Guardia, a quienes el subteniente había señalado con su sable por quejarse de sus fullerías en el juego, desfilaron haciendo visajes de alegría por encima de sus cerrados ojos, y tras ellos, pálido, ensangrentado y llevando en los labios el nombre de su mujer y de sus hijos, pasó el desgraciado Landaburu, aquel mismo capitán a quien por sus ideas liberales había hecho asesinar Baselga el día en que los batallones iniciaron su sublevación en la plaza de Palacio.
Aquellos fantasmas despertaban en el ánimo del atolondrado subteniente algo semejante a un remordimiento y los contemplaba con miedo como temiendo su venganza ahora que él se encontraba débil e incapaz de defensa.
Pronto experimentó algo que le hizo estremecer y dar gritos de miedo y de dolor. Los terribles fantasmas le rodearon con sus invisibles manos, comenzaron a arañar en sus heridas excavando hondo, como si buscasen algo, y cuando se cansaron de ver correr la sangre las oprimieron con sus pesados brazos, causando al infeliz un dolor que le estremecía de pies a cabeza.
Un calor insufrible se apoderó de todo su cuerpo: a Baselga le pareció que el cerebro hervía dentro del cráneo y que éste iba a estallar de un momento a otro, y tornó a abismarse en la sombra del no ser.
Cuando volvió a recobrar cierta noción de existencia, no fué para delirar, pues abrió los ojos y se convenció de que estaba en el uso de sus facultades aunque éstas estuviesen amortiguadas de un modo alarmante.
Lo primero que vieron sus ojos fueron otros, grandes, saltones y de un blanco amarillento, que le miraban muy de cerca y que correspondían a un rostro negro como el carbón, adornado con una boca de labios hinchados y coronado por una cabellera crespa y enmarañada.
Baselga, como buen realista católico, era supersticioso, y lo primero que a su debilitado cerebro se le ocurrió pensar fué que había muerto y que aquella cara negra y horrible que casi rozaba la suya era la del diablo en persona.
Pronto se tranquilizó, reparando a continuación de tal rostro el cuello de una casaca galoneada propia de un servidor de casa grande, pues repasando rápidamente en su memoria las leyendas piadosas y los cuentos de cuartel en que el diablo aparece bajo las más distintas formas, recordó que éste en sus ratos de buen humor sólo había descendido a disfrazarle de fraile, pero nunca se le había ocurrido vestirse de lacayo.
No tardó en salir de dudas, pues la cara negra habló, y arrastrando las sílabas con ese acento meloso de los americanos, preguntó al subteniente:
--¿Cómo se siente el niño?
A Baselga no se le ocurrió hablar y por toda contestación se sonrió de un modo lúgubre.
--Hace bien el niño en no hablar--continuó el negrazo con acento cariñoso--. Los hombres malos le han hecho mucho daño y en casa todos temíamos que iba a morir. Yo y el negro Juan fuimos los que bajamos a por el niño esta mañana cuando estaba casi muerto en la puerta.
El subteniente, impulsado por el reconocimiento, quiso incorporarse para dar la mano al negro; pero inmediatamente sintió agudas y estremecedoras punzadas en el hombro y la pierna, donde tenía las heridas.
Fijó su atención en estas partes de su cuerpo y notó que las tenía oprimidas con fuertes vendajes que le causaban cierta angustia.
--No se mueva el niño--dijo el negro con su acento indolente--. No se mueva, y si quiere algo pídalo que yo se lo traeré.
Separóse el negro al decir esto de la cama y entonces notó Baselga que junto a ésta y sobre una mesita ardía un quinqué con pantalla verde, objeto que entonces era de reciente novedad y que sólo se permitían usar las gentes acomodadas.
Aquella luz acabó por traer al herido a la realidad.
--¿Qué hora es?--preguntó con voz desfallecida después de hacer un gran esfuerzo.
--El reloj de San Felipe ha dado las nueve hace muy poco.
--¿Desde cuándo estoy aquí?
--Desde esta mañana, señor. La niña, desde el balcón, vió caer a su merced junto a la puerta y nos mandó bajar para que le entráramos en casa y no lo remataran los hombres malos. Toda esta noche pasada hemos estado oyendo los tiros; la niña no ha dormido, y el negro Pablo, que soy yo, quería ir, como en Méjico, a disparar contra los enemigos del rey.
Estas palabras acabaron de despertar los recuerdos en la memoria de Baselga, hasta entonces embotada. Aquello de "enemigos del rey" hizo revivir en el subteniente la pasión de conspirador absolutista y rápidamente acudieron a su mente los recuerdos de todo lo ocurrido en la noche anterior y al amanecer de aquel mismo día.
Baselga experimentó ansiosamente el deseo de saber cuál había sido la suerte de sus compañeros de armas, y preguntó con voz angustiada:
--¿Qué ha ocurrido en Madrid desde que caí herido?
--No sé, ciertamente, cuál ha sido la suerte de la Guardia. Negro Pablo no ha salido de casa en todo el día, porque la señora no ha querido que fuera yo en busca de un médico. El señor Antonio ha sido el encargado de traer al cirujano esta mañana y al volver le he oído hablar con la niña de graves sucesos que han ocurrido en la plaza de Palacio. Lo único que sé de cierto es que los hombres malos pasan a grandes grupos por la calle, cantando y dando vivas a eso que llaman libertad.
--No hay duda--murmuró Baselga, dejando caer la cabeza con desaliento--; esos tenderillos nos han vencido.
En aquel momento, amortiguados y como si provinieran de larga distancia, llegaron hasta la alcoba centenares de voces que con bastante discordancia cantaban el himno de Riego y daban vivas a la Constitución.
Era el pueblo liberal que todavía celebraba con alegres manifestaciones el triunfo de la mañana.
Baselga, a pesar de su debilidad y postración, se agitó como para huir de aquellas voces que llegaban hasta él con sonido debilitado por muros y cortinajes, y cerró los ojos.
--Señor--dijo el negro--. La niña y el señor Antonio me han encargado les avisara apenas recobrara usted los sentidos.
--¿Quién es la niña?--preguntó Baselga con extrañeza.
--Es mi ama, niña Pepita, la señora baronesa de Carrillo, viuda del gobernador de Acapulco.
--Y ese señor Antonio, ¿quién es?
--Es el señor; pero digo mal... no es el señor, pero poco le falta. Es como si dijéramos el amo de todos los que aquí vivimos, menos de la señorita.
--Será el administrador.
--Administrador, no, señor; pero sí una cosa parecida. Algunas veces--continuó el negro, sonriéndose con cierta malignidad--da consejos terminantes a la niña, que ésta sigue aun contra su gusto.
--¿Es joven tu ama?
--Casi como usted, y crea que si aquí se dejara ver tanto como en Méjico, había de encontrar a cientos los adoradores.
--Es guapa, ¿eh?--dijo Baselga, que a pesar de su triste estado comenzaba a preocuparse de niña Pepita, llevado de sus eternas aficiones galantes.
--Pronto la verá usted y podrá juzgar. Muchas señoras miro cuando salgo por Madrid, pero pocas he encontrado que puedan comparársele.
--Bueno; la veré y daré con justicia mi opinión.
Baselga, después de decir esto con displicencia, cerró los ojos, como para indicar al negro su cansancio, y ladeó un poco la cabeza, huyendo del reflejo de la luz.
El negro Pablo quedóse un rato mirándolo con estúpida fijeza, y únicamente se movió cuando le pareció oír pisadas que lentamente se acercaban.
Fuése el negro a la puerta de la alcoba, y sacando la cabeza por entre los cortinajes, reconoció al recién llegado.
--Señor Antonio--dijo con voz queda--, el niño se ha despertado ya. He hablado con él y ahora mismo acaba de cerrar los ojos.
Apartóse el negro y entró en la alcoba el señor Antonio.
Su figura era extraña, y atendida la época resultaba un espantoso anacronismo.
Ocurría aquella escena a mediados de 1822. Las modas igualitarias y democráticas inventadas por la Revolución francesa hacía ya bastantes años que imperaban en España, y, sin embargo, aquel hombre vestía como en tiempos de Carlos III, que sin duda fueron los de sus mocedades.
Llevaba el pelo largo, recogido con una cinta sobre la nuca y trenzado en coleta, y su traje componíase de chupa y calzones de paño negro, raído, manchado y polvoriento; camisa con girindola, medias de color indefinible y zapatos con hebillas holgados como pantuflas.
Tenía el rostro apergaminado y surcado por innumerables arrugas que al menor gesto titilaban y se ponían en movimiento semejante al oleaje de un mar alborotado, y sus ojos hundidos y pequeños apenas si marcaban la pupila verde, inmóvil y gatuna tras el empañado cristal de unas enormes gafas con pesado armazón de plata.
En el porte de aquella persona original percibíanse detalles que a primera vista conocíase eran característicos, y de éstos los más notables eran: el gran pañuelo de hierbas, asomando siempre sus mugrientas puntas por entre los faldones de la casaca; el rosario, de cuentas gastadas por el uso, escapando su extremo por uno de los bolsillos de la chupa, mientras que del otro colgaba, sirviendo de cadena del reloj, una rastra de medallitas terminada en esa cifra casi cabalística que designan los devotos con el título de "Nombre de María".
El señor Antonio, tal vez por ser pequeño de estatura y falto de carnes, no andaba encorvado humildemente, como muchos de su clase; pero a falta de tal rasgo de servil amabilidad, disponía de una sonrisa que, aunque afeaba más aquel rostro chato propio de una momia, le daba cierto tinte de seráfica inocencia.
Baselga, que al notar la presencia del recién llegado había abierto los ojos, contempló con atención a aquel personaje de exterior tan raro, mientras que éste le miraba dulcemente con sus ojos claruchos de un modo que parecía pedirle perdón por la molestia que le causaba.
El señor Antonio, después de vacilar, se decidió a ser el primero en hacer uso de la palabra, y buscando en los registros de su voz el tono más melifluo y humilde, preguntó:
--¿Cómo se siente usted, caballero?
--Mal, muy mal--contestó Baselga, a quien causaban gran incomodidad los apretados vendajes.
--No lo extraño. Ha perdido usted esta mañana mucha sangre, y, además, las heridas son de consideración. A pesar de esto, tengo la satisfacción de manifestarle que su vida no corre peligro.
--¿Ha visto bien mis heridas el cirujano?
--Perfectamente. Es un hombre tan cristiano como inteligente, amigo de la casa e interesado en salvar la vida de todo buen defensor del rey y nuestra sacratísima religión. Cuando le extraía las balas esta mañana murmuraba oraciones para que Dios librara pronto a usted de aquel espantoso delirio, en el cual creía ver fantasmas que le arañaban las heridas.
Baselga recordó entonces su atroces pesadillas, de las cuales aún quedaba rastro en su memoria. Las manipulaciones del cirujano le habían parecido, en estado tan anormal, crueles tormentos de seres fantásticos.
--Hay que reconocer--continuó el señor Antonio--que Dios ha querido poner hoy a prueba la paciencia de los suyos destruyendo la obra de los buenos.
--¿Es usted de los nuestros?--preguntó Baselga mirando ya con cierta simpatía a aquel hombre que por su aspecto extraño le había sido antipático a primera vista.
--¿Y quién no lo es, caballero oficial?--contestó el vejete con enfática solemnidad--. Todo buen español debe ser enemigo de esos hombres desaforados, sin conciencia ni respeto a las leyes divinas y humanas, que no tienen más santos ni santas que Riego y la Constitución, que quieren la perdición de la Iglesia y de sus sagrados e inviolables derechos, que han arrojado a los buenos padres jesuítas que nuestro señor don Fernando VII había vuelto a España para que labrasen nuestra felicidad y que si Dios no lo remedia acabarán igualmente con el rey, pues a nombre de esa libertad que siempre tienen en los labios, aspiran a que desaparezca todo lo antiguo y más digno de veneración. ¡Locos! ¡Infelices! ¡Mentecatos! ¿Pues no hay entre ellos quienes hablan de eso que llaman democracia y hasta quieren poner en práctica aquí las infernales doctrinas de aquellos bandidos que hicieron el noventa y tres de Francia? ¡Imbéciles! Como si las naciones pudieran existir sin reyes que las gobiernen y frailes que las eduquen.
Y el vejete, que hablando al principio en tono natural, había ido exaltándose poco a poco, paseaba nerviosamente al decir las últimas palabras y cada uno de los epítetos que dirigía a los liberales, lo marcaba con iracundas patadas que daba contra el suelo como si bajo de sus pesados zapatos tuviera a la "Fontana de Oro" y a todos los clubs revolucionarios que funcionaban en Madrid.
Baselga comenzaba a mirar con admiración a aquel hombre.
El subteniente, a pesar de todo su entusiasmo monárquico, era incapaz de hilvanar un párrafo realista de elocuencia tan conmovedora como aquél y confesaba su pequeñez intelectual ante el vejete que poco antes le parecía despreciable.
El señor Antonio era, sin duda, un sabio tan eminente como el canónigo Ostolaza u otro de los frailes de la camarilla de Fernando, y el condesito de Baselga comprendía que podía recibir de sus labios grandes enseñanzas con que deslumbrar, el día que se encontrara restablecido, a sus compañeros de batallón.
Estuvo el subteniente mucho rato silencioso por si el viejo quería seguir hablando sin tener él la imprudencia de interrumpirle el curso de la peroración, y en vista de que no decía nada más contra la situación política, se atrevió a preguntarle, con la cortedad de un discípulo al dirigirse a su maestro:
--Diga usted, ¿qué ha ocurrido esta mañana al llegar los batallones de la Guardia a la plaza de Palacio?
--Una cosa inaudita. Los campeones de la Fe han sido derrotados y acuchillados por esos herejes. Dios, como antes he dicho, ha querido probarnos. Los batallones llegaron a la plaza, y allí se detuvieron. Sus perseguidores, los liberales, llegaron poco después y también descansaron las armas impuestos por ese respeto que inspira la mansión de los reyes. Entraron en tratos Morillo y los demás generales del Gobierno con el rey nuestro señor para ajustar las condiciones con arreglo a las cuales habían de rendirse los guardias; pero éstos, no queriendo pasar por tal deshonra, volvieron a tomar las armas, y bajando al Campo del Moro, huyeron de enemigos tan superiores en número.
--Y entonces, ¿qué sucedió?--preguntó Baselga con ansiedad.
--La caballería liberal y, sobre todo, el maldito regimiento de Almansa, cuyos individuos son todos francmasones o comuneros, aprovechándose del terreno llano, cargó a los cuatro batallones, y antes de que pudieran éstos formar el cuadro, los acuchilló a su gusto, dejando el campo sembrado de cadáveres.
--¿Y el rey?--volvió a decir el subteniente con impaciencia--. ¿Qué hacía el rey?
--El señor don Fernando, asomado a un balcón de su palacio, azuzaba a los liberales contra los guardias, gritando: "¡A ellos, hijos míos! ¡Que se escapan! ¡No dejéis uno con vida!"
--Eso es una gran canallada--dijo Baselga irreflexivamente dejándose llevar de su indignación.
El señor Antonio quedóse mirándole fijamente por algún tiempo, y, al fin, dijo con frialdad y calma: