Part 4
Los liberales, por una extraña apatía, habían dejado a los guardias que permaneciesen tanto tiempo sublevados en los alrededores de Madrid; pero era de esperar que de un momento a otro cayeran sobre ellos, aplastándoles con el peso de su superioridad, y por esto los directores del movimiento decidieron tomar la ofensiva presentándose inesperadamente en la capital y poniendo de su parte la gran ventaja de la sorpresa.
El condesito de Baselga ayudó mucho a Córdova en la tarea de decidir a los compañeros a caer sobre Madrid.
Aquel matoncillo de corte deseaba con ansia tomar parte en una función de guerra y hacer contra la libertad algo más serio que darse de sablazos con los milicianos en la plaza de Palacio o de bofetadas con los patriotas que aplaudían en la tribuna de las Cortes.
El deseo de los más levantiscos se impuso a la cautela de los más prudentes, y los cuatro batallones emprendieron la marcha a las diez de la noche.
Baselga mandaba una compañía, y muchas veces volvió la cabeza durante la marcha para contemplar el ciento de altas gorras de pelo que en correctas líneas se movían detrás de él entre el bosque de cañones de fusil que brillaban al fulgor misterioso de un cielo sin luna, pero poblado de estrellas.
Allá abajo debía estar Madrid, el antro donde se guarecía el monstruo liberal que aquellos caballeros andantes del absolutismo iban a exterminar; y los guardias miraban ansiosamente hacia adelante, como queriendo entrever los contornos de la población en la semiobscuridad de la noche.
Cuando los cuatro batallones llegaron a las tapias de Madrid, apoderáronse fácilmente de un portillo y entraron en la capital.
Cambió entonces el aspecto de aquellas fuerzas. Algunos de los reclutas de la Guardia, entusiasmados por el buen resultado de la sorpresa, gritaron: "¡Viva el rey neto!"; pero las escasas voces fueron ahogadas por los veteranos, soldadotes duchos en la guerra, que llevaban sobre su pecho, en forma de cruces, el recuerdo de las más célebres campañas de la Independencia y a quienes la gente llamaba los barbones de Ballesteros, por la gran afición que demostraban a dejarse crecer los pelos de la cara.
Había que caer por sorpresa sobre los liberales; era preciso no avisarles con gritos ni disparos, y por esto los batallones, a la desfilada y rozando las casas, fueron deslizándose a lo largo de las calles.
Aquellos paladines de la legitimidad monárquica avanzaban con la vil cautela del asesino que va a caer sobre el enemigo descuidado.
Pronto cesó tal situación. Al volver la cabeza del primer batallón una esquina, encontróse frente a una patrulla liberal que recorría, vigilante, la ciudad. Sonó un tiro, después una descarga, y los vivas a la Constitución y al absolutismo se confundieron con el tremendo rugido de la fusilería.
Había ya empezado el combate y Madrid despertó de su sueño.
La milicia corrió a las armas; elevóse en las calles un rumor semejante al bostezo de la fiera que despierta sorprendida por el primer tiro de los cazadores, y en los puntos más céntricos de la capital fueron reuniéndose los batallones de la milicia nacional y los patriotas armados que deseaban luchar por la libertad.
La plaza Mayor era el punto cuya posesión más interesaba a los insurrectos realistas y allí se dirigió la Guardia Real en varias columnas y siguiendo distintas rutas.
Baselga, sin separarse de Córdova, al que profesaba tanto respeto como admiración, púsose al frente de los quinientos hombres que iban a atacar la plaza por el callejón llamado del Infierno, y denodadamente comenzó a avanzar.
Aquel truhán palaciego era valiente y tenía la audacia del bandido cuando se ve en peligro.
El tiroteo que se inició en la calle de la Luna había puesto en guardia a los defensores de la plaza Mayor, y al extremo de aquella angosta y oscura callejuela, bajo el amplio arco que daba acceso a la plaza, destacábanse, al rápido resplandor de los fogonazos, los enormes chacós de los milicianos terminados en orondos pompones, y las figuras bizarras, aunque poco militares, de aquellos tenderos, abogados y oficinistas que en días tranquilos jugaban a soldados con infantil complacencia y que en aquella noche, por uno de esos raros fenómenos que surgen en la historia cuando menos se les espera, se disponían a morir como héroes.
La espesa granizada de balas de fusil rugía en la estrecha garganta de la callejuela, salpicando las paredes, acribillando puertas y ventanas y derribando los acometedores, de los cuales muchos avanzaban apegados a los muros y amparándose de sus huecos y salientes, mientras que otros, situados en el centro de la angosta vía, hacían fuego a pecho descubierto o desafiaban a la muerte, siguiendo adelante sin otra defensa ante su pecho que la punta de la bayoneta.
Baselga atacó con el ardor de un granadero. En el primer empuje se vió próximo a la sombría arcada, cuyas negras fauces se iluminaban con el instantáneo relámpago de la fusilería; casi llegó a tocar con la punta de su espada aquellos grupos de azules capotes, charreteras encarnadas y gigantescos morriones que cubrían, como animada barricada, la entrada de la plaza; pero inmediatamente tuvo que retroceder, pues se encontró solo. Ninguno de aquellos guardias de tan reconocida bravura había conseguido avanzar tanto.
Los audaces estaban tendidos en el suelo y los demás se replegaban al fondo de la callejuela, hostigados por las incesantes descargas de fusilería.
El condesito volvió adonde estaban los suyos y allí encontró a Córdova, que, con el rostro contraído por el furor y los ojos saltando de sus órbitas, arengaba a los soldados y se disponía a cargar a la bayoneta, forzando de este modo la entrada de la plaza.
Formóse la columna. Agitando sus espadas pusiéronse al frente los oficiales y aquella masa de hombres y de hierro que por debajo era monstruo de innumerables y feroces piernas, y por arriba confusa aglomeración de bayonetas y colosales gorras de pelo, partió con arrolladora furia sobre el montón de milicianos que servía de inexpugnable muralla a la arcada y que esperaba el ataque con el frío y terco valor del hombre pacífico a quien el entusiasmo convierte en soldado.
La granizada de plomo no detuvo al monstruo de hierro en su precipitada carrera; el suelo de la calle tembló bajo tan uniformes y aceleradas pisadas, y sobrevino el choque, brutal, ensordecedor y furioso como el tremendo topetazo de dos bestias prehistóricas.
Las bayonetas de una y otra parte se cruzaron buscando con rabia los enemigos pechos; los fusiles, todavía humeantes, voltearon sobre las cabezas, esgrimidos como mazas de combate, y a las respiraciones jadeantes acompañaron rugidos de rabia, gemidos de dolor y vivas a la libertad y al absolutismo.
El brutal encuentro duró sólo algunos instantes. Pugnaron ambas masas por repelerse mutuamente; las filas de la milicia parecieron abrirse un tanto con los movimientos de la lucha, y un gran número de guardias, aprovechando el claro, introdujéronse en la plaza con la audacia del que comienza a sentirse vencedor.
Un nuevo obstáculo vino a cerrarles el paso. Allí estaban, hasta entonces inactivos, los jinetes de Almansa, aquel terrible regimiento de Caballería cuyos soldados y oficiales eran el núcleo de todas las sociedades secretas y el principal elemento de las algaradas revolucionarias y que ostentaban el lema de "Libertad o Muerte".
Cayó el tropel de caballos con arrolladora furia sobre la manga de guardias que iba introduciéndose en la plaza, y éstos viéronse arrollados y obligados a retroceder.
Aquellos terribles liberales sabían pegar recio con sus sables, y cuantos intentaron oponerse a la carga cayeron acuchillados por los centauros de la revolución.
Deslizábanse los viejos soldados por entre los grupos de caballos, pugnando por llegar al centro de la plaza; pero por todas partes encontraban cerrado el paso y tenían que retroceder esquivando con el fusil un diluvio de tajos y estocadas.
Baselga había sido de los primeros en penetrar en la plaza y quiso resistir antes que ser empujado por la Caballería nuevamente al callejón.
A los sablazos de los jinetes contestó con toda su habilidad de consumado espadachín; pero en una de las ocasiones que levantó su espada, un sable, resbalando a lo largo de ésta, cayó sobre su hombro derecho arrancándole media charretera y rompiéndole la clavícula.
Cayó inútil el brazo a lo largo del cuerpo; su mano abandonó la espada y se consideró próximo a perecer entre aquel torbellino de hombres, caballos y sables que vertiginosamente le envolvía.
Afortunadamente para él, la fuga de los guardias lo arrastró, y con toda la vaguedad de un sueño vino a recordar, cuando volvió a encontrarse en el fondo de la callejuela, lo que había ocurrido en la plaza y cómo salió de ella entre empujones, golpes y bayonetazos esquivados, por aquella arcada tan valientemente defendida por los milicianos.
Baselga, al verse con los suyos, que habían vuelto a rehacerse, recobró su habitual energía, y para demostrar con cierta pueril complacencia que no hacía gran caso de la herida, creyó muy propio proferir algunas interjecciones contra aquella "gentecilla" de la milicia que tan dura era de pelar y con tanta tenacidad defendía su alabada Constitución.
Para ser unos tenderillos--como decía Baselga despreciativamente--, se batían muy bravamente aquellos milicianos que juzgaban la Constitución del 12 como el arca santa en cuyo interior se encerraba el tesoro de todas las verdades y la suprema felicidad.
Ni por un instante decaía el entusiasmo de los defensores de la plaza Mayor y nadie se hubiera imaginado horas antes que aquellos batallones de la milicia, a los que daban cierto aspecto ridículo los honrados burguesillos de rostro bonachón y abdomen prominente, haciendo esfuerzos por tomar dentro de su uniforme un aire marcial, pudieran llegar a tal grado de heroísmo.
Mezclados entre los milicianos que vivaqueaban desde el anochecer en la plaza, figuraban los principales personajes de la revolución, los que gozaban de más grande popularidad.
Riego, vestido de paisano y presentándose como un simple diputado, animaba a los milicianos con marcial elocuencia e interrumpía su peroración para coger el fusil de un herido y dispararlo contra los asaltantes.
El general Morillo, el héroe de las guerras de América, con aquel gesto avinagrado que le era característico, dirigía la defensa sin bajar de su caballo, presentando fácil blanco a los tiros de los asaltantes.
El jefe de la milicia era el brigadier Palanca, aquel médico toledano que en la guerra de la Independencia abandonó la curación de enfermos para matar franceses y que a fuerza de seguir la original táctica de las guerrillas llegó a convertirse en un completo y popular caudillo y poco después en ardiente liberal.
Estos tres personajes mezclados con un sinnúmero de generales, diputados, periodistas y oradores de club, que eran la representación más genuina de aquella época revolucionaria, constituían el núcleo de la defensa, siendo el alma de aquel gigante de hierro y fuego que alargaba sus brazos relampagueantes y estremecedores por todas las avenidas de la plaza.
La defensa, en vez de decrecer con el tiempo, iba en aumento conforme transcurrían las horas, pues los liberales recibían nuevos refuerzos de los extremos de la capital.
Las columnas de la Guardia Real, lejos de manifestar debilidad al ver aumentado el peligro, redoblaban su empuje semejante al toro que se enfurece pugnando por derribar con la testa un resistente obstáculo.
Pronto tuvieron los sediciosos que luchar con un nuevo y terrible enemigo.
Los guardias, desde el fondo de las tres calles por donde dirigían sus ataques, vieron rodar bajo las arcadas bultos informes e inanimados que arrastraban los defensores de la plaza produciendo sordo ruido.
Al poco rato ya no fué la fusilería únicamente la que barrió las calles. Un fogonazo más intenso que los anteriores enrojeció las sombras, sonaron detonaciones ensordecedoras y la metralla rasgó rugiendo el espacio para ir a incrustarse en aquellas masas de carne que se amontonaban, preparándose a un nuevo ataque.
Los cañones daban una terrible superioridad a los liberales y los guardias reconocían que era preciso apoderarse de ellos o resignarse a morir despedazados por aquella lluvia de hierro.
Preparáronse a hacer el último esfuerzo y a morir si necesario era antes que retroceder y ser barridos por aquel vendaval de plomo. Había que hacer callar a las bocas de bronce aunque tuvieran que obstruirlas con sus propios cuerpos.
Sin otro guía que la desesperación, rugiendo de rabia, en completo desorden y viendo abiertos a cada instante nuevos claros en sus filas, partieron veloces las columnas, como si quisieran aplastar aquellas barricadas de hombres y cañones.
Estos redoblaron sus rugidos y pronto tuvieron junto a sus fauces de bronce el tropel de desesperados que buscando la muerte, aclamaban al rey, que a aquellas horas estaba en su palacio, si no muy tranquilo, bastante descansado.
Aquella lucha furiosa hasta llegar a la demencia tomó un carácter tan grandioso como el de los combates homéricos.
Los continuos fogonazos rasgaban en lívidas fajas la densa oscuridad y a su instantáneo resplandor destacábanse los movedizos contornos de aquel gigantesco montón de hombres tenaces en su idea de permanecer firmes o de avanzar.
Con la fantástica y atropellada rapidez de las visiones del delirio, vislumbrábanse en los instantáneos focos de luz que producía la pólvora, las casacas azules de los guardias con sus rojas franjas sobre el pecho a modo de alamares, las amplias levitas de los milicianos, las rojas charreteras en desorden, los rostros contraídos por el furor o ennegrecidos por la pólvora con la horripilante expresión de una imagen dantesca, las gorras granaderas y los morriones pugnando y entremezclándose y más encima un bosque centelleante de espadas y bayonetas, machetes y escobillones de artillería que se agitaban buscando la presa sobre quien caer.
Los cañones hacían fuego a quemarropa. Cada vez que rugían trazábase en la apretada masa de hombres un surco rojizo; retrocedía aquélla con instintivo movimiento y en el claro que existía por un momento, tendidos en el suelo o pugnando por sostenerse, como espectros de una pesadilla, veíanse seres mutilados y horribles que se retorcían con las contorsiones de infernal dolor.
Aquello ya no era el combate de soldados civilizados, era la apoteosis de la guerra, desprovista de toda conveniencia y mostrándose en su salvaje desnudez. La pasión política y la desesperación convertía a los combatientes en fieras. Un poeta al describir la nocturna batalla la hubiera comparado en tal momento a un canto con estrofas de hierro y fuego entonado en loor de la brutalidad de los hombres.
No podía durar mucho tiempo aquella hecatombe espantosa.
La Guardia, más por irreflexivo espíritu de conservación que por miedo, retrocedió, recibiendo por la espalda el fuego de sus enemigos; pero como avergonzada de su fuga, apenas se reconcentró al extremo de las calles, volvió otra vez al ataque con furia todavía creciente.
Aquellos jóvenes oficiales, calaverillas de la guerra, que habían efectuado la insurrección de la Guardia con la misma ligereza que una aventura amorosa, comprendía ya la terrible situación en que voluntariamente se habían colocado; veían claramente el compromiso terrible contraído con sus soldados, a quienes llevaban a la muerte y con su rey, que aguardaba el triunfo, y se arrojaban decididos sobre el enemigo pensando más en la muerte que en la victoria.
Hay que hacer justicia a aquellos jóvenes fanáticos del realismo absoluto que acometieron la loca aventura del 7 de julio y ensalzar el valor heroico que desplegaron por tan despreciable causa.
El condesito de Baselga estaba fuera de sí.
Sentíase avergonzado y loco de rabia al pensar lo que dirían al día siguiente las duquesas de la corte sabiendo que "los tenderos" de la milicia habían derrotado a los valientes y dorados mozalbetes de la Guardia; y esta idea horripilante le arrastraba al suicidio.
Ya no pensaba en penetrar en la plaza; tan sólo quería morir abrazado a uno de aquellos cañones que tanto daño causaban y que vinieran después las hermosuras cortesanas y hasta el mismo rey a contemplar el cadáver de tan glorioso mártir del absolutismo.
Guiado por tal idea, mostrábase bravo entre los bravos, marchando el primero en la columna, a pesar de que sólo con gran dificultad podía mover su brazo derecho.
La metralla pasaba rozándole y hacía caer a los que más cerca estaban; pero ni una sola vez se desviaba para tocar a aquel insensato que la llamaba a gritos. Los rugidos de los cañones parecían a Baselga sarcásticas carcajadas de la muerte que se burlaba de un amante tan porfiado.
Varias veces llegó a tocar con su brazo casi inútil el bronce de aquellos cañones, y otras tantas retrocedió arrastrado por el reflujo de los asaltantes, que sólo por algunos instantes podían permanecer batiéndose cuerpo a cuerpo y recibiendo las descargas a quemarropa.
En más de una ocasión la bayoneta de un miliciano pudo atravesar su pecho con un solo ligero empuje; pero los defensores de la portalada le respetaron, admirando su valor y tal vez compadecidos de su juventud.
Iba ya acercándose el amanecer, las sombras eran cada vez menos densas, y la Guardia, extenuada por tan gigantescos esfuerzos y cada vez más combatida por sus enemigos, convencióse de que era inútil su empeño.
Apenas esta convicción se extendió por las filas, aquellos bravos batallones, en los que figuraban los más aguerridos veteranos del ejército español, declaráronse en fuga.
Comenzaba el cielo a empaparse con la claridad de los rápidos crepúsculos del verano; esa luz azulada y vaga propia del amanecer, coloreaba los objetos, y los guardias, como horrorizados del desolador aspecto del campo de batalla, y aun del que ellos mismos presentaban, desordenáronse y apelaron a la fuga con dirección al palacio real en busca de asilo, como los facinerosos de las épocas de fanatismo que, huyendo de la justicia, se acogían al sagrado de las iglesias.
Los oficiales intentaron detenerlos; pero se vieron desobedecidos, arrollados, arrastrados por aquella vertiginosa corriente de hombres, y pronto los batallones, pocas horas antes de tan brillante aspecto, corrieron azorados, revueltos y en espantoso desorden, perseguidos de cerca por los defensores de la plaza Mayor.
Al entrar en la calle del Arenal aguardábales una tremenda sorpresa.
Las fuerzas liberales que ocupaban la Puerta del Sol acababan de recibir tres cañones del Parque y enviaron un certero golpe de metralla a aquel tropel de fugitivos.
Baselga marchaba de los últimos, avergonzado de la huída, y corría tan sólo para detener a sus soldados, que eran sordos a las voces de mando.
Cuando sonaron los metrallazos desde la Puerta del Sol, vió caer a dos soldados que iban delante, y al mismo tiempo sintió en una pierna un golpe semejante al de un tremendo garrotazo.
Miró... y estaba lleno de sangre. Algo entre angustia y asfixia subió de su estómago a la cabeza, parecióle que el suelo tiraba de él, y tambaleándose como un borracho fué a detenerse con dolorosa voluptuosidad en el umbral de una gran puerta.
A través de la nube sangrienta que empañaba sus ojos, vió Baselga pasar por el centro de la calle, con la rapidez de una tromba, a los batallones de la Milicia y del ejército liberal, que, con la bayoneta calada, iban en persecución del enemigo.
Después, todo quedó a su alrededor desierto y silencioso.
Un rápido y creciente entumecimiento invadía el cuerpo de Baselga, y sus facultades se amortiguaban gradualmente.
Cuando estaba ya próxima a extinguirse en él la noción del ser, le pareció que alguien tiraba de sus hombros y lo arrastraba.
--¿Será esto la muerte que llega?--pensó el destrozado realista.
E inmediatamente su cerebro quedó inmóvil, sumergiéndose en la sombra.
III
La casa misteriosa.
Desde principios de siglo, llamaba la atención de los vecinos de la calle del Arenal y aun de los que no siéndolo pasaban a menudo por dicha calle, un gran caserón situado frente al antiguo convento de San Felipe Neri, que tenía ese aspecto enigmático y terrible de los edificios sobre los que pesa una leyenda terminada con su correspondiente maldición.
Ancha puerta eternamente cerrada y casi revestida con las pellas de barro que sobre ella iban arrojando sucesivas generaciones de muchachos; largos y panzudos balcones aprisionando entre el labrado de hierro de sus balaustradas espesas capas de polvo y telarañas que se extendían hasta cubrir las rotas vidrieras; paredes pintadas al fresco con escenas mitológicas y atrevidos aleros con canalones terminados en boca de dragón que en los días de lluvia arrojaban un verdadero diluvio sobre los transeúntes; éstos eran los detalles más llamativos y principales de aquella fachada que bajo la máscara de su decrepitud inspiraba horror a todos los vecinos.
En las rendijas de la gran puerta crecían bosques en miniatura que movían mansamente sus verdes cabelleras al pasar un transeúnte por cerca de aquélla, y las ninfas y dioses olímpicos pintados en el muro estaban descoloridos por la lluvia y los vientos y ostentaban con ademán triste unas carnes enfermizas y amarillentas que habían surgido muchos años antes sobradamente rosadas del pincel de un artista italiano.
Allí se encerraba un misterio; algo sobrenatural, algo gordo que haría, sin duda, estremecer de horror hasta erizar el cabello; pero aunque resulte triste el confesarlo, no andaban muy conformes las tradiciones del barrio acerca del terrible suceso ocurrido en aquella enigmática escena.
En tal caserón, lo mismo podía haber vivido algún maldito hereje que vendiendo su alma al demonio fué arrastrado por éste al infierno en la hora de la muerte, con rayos, truenos y nubes de azufre a estilo de comedia de magia, que algún marido que terminara las adúlteras relaciones de su esposa dando de puñaladas a la amorosa pareja, y marchando después a un convento, no sin antes dejar bien cerrada la casa para que nadie pisara más el lugar del espantoso crimen.
Todas las leyendas de aquellos tiempos de fanatismo, credulidad y afición a lo absurdo, podían haber ocurrido en el caserón, incluso la de haber servido de fábrica a monederos falsos, que era lo que opinaba un barbero de la vecindad, hombre de cierta despreocupación y de eterno sentido práctico, que en punto a suposiciones se adelantaba algunos años a sus contemporáneos.
Sea cual fuera la historia de aquel caserón, por todos desconocida y que a causa de esto cada cual relataba a su modo, lo cierto es que en el barrio y en las gradas del fronterizo convento de San Felipe, lugar del célebre "mentidero", era objeto de muchas conversaciones y de cierta preocupación respetuosa. Las viejas al pasar junto a él, hacían la señal de la cruz; los muchachos sólo en un arranque de audacia se atrevían a ensuciar su frontera arrojándola pellas de barro, y al cerrar la noche, más de un transeúnte, al acercarse al tétrico edificio, lo contemplaba con recelo y apresuraba el paso.
Por desgracia para los espíritus inquietos y amigos de novelerías, pronto cesó aquel misterio, pues una mañana aparecieron abiertos los antiguos balcones, mientras que por el ya franqueable portón entraban y salían a cada momento, para arreglar las diligencias propias de una instalación laboriosa, unos cuantos criados, entre los que se distinguían dos enormes negros y un vejete de aspecto tan ruin como repulsivo, que miraba a todos con airecillo de superioridad.
Ocurrió esto a mediados de 1819, cuando la primera reacción anticonstitucional estaba ya próxima a terminar y los absolutistas se iban alarmando en vista de las muchas conspiraciones liberales que se descubrían y las inequívocas muestras de revolución que se notaban en las provincias.