La araña negra, t. 1/9

Part 6

Chapter 64,071 wordsPublic domain

--Caballero; el rey no se equivoca nunca, ni obra jamás como un canalla. Es un representante de Dios en la tierra, y sus actos son indiscutibles. Hay que analizar bien los hechos para atreverse a calificarlos. ¿Quién le asegura a usted que don Fernando no veía en lontananza amenazada su existencia por los vencedores liberales y únicamente para congraciarse con ellos dió aquellos gritos? ¿Valen unas palabras sin importancia la existencia de un rey? Nuestro monarca tiene el deber de vivir para que sea feliz nuestro pueblo e hizo bien en asegurar su existencia con unas palabrejas que esos liberales podrán interpretar como gusten, pero que no tienen importancia.

El ínclito de Baselga quedó aplastado por aquella lección de realismo, y miró al vejete aún con más admiración.

--Además, caballero--continuó el señor Antonio--, en todos los asuntos hay que guiarse por los consejos de la sabiduría. ¿Cree usted que los padres jesuítas son los hombres más sabios del mundo?

Baselga no tenía motivos para contestar, pues en su corta vida nunca había tratado a ningún discípulo de Loyola; pero recordando elogios que muchas veces había oído, y guiándose por sus aficiones reaccionarias, creyó muy del caso hacer un gesto como extrañándose de que hubiera quien pusiera en duda tan terminante verdad.

--Celebro que usted lo reconozca--dijo el vejete--. Pues bien; los jesuítas enseñan que para lograr un fin no hay que reparar en los medios, y el señor don Fernando no ha hecho más que seguir tan sabia máxima al obrar esta mañana del modo que ya he dicho.

El herido asintió a tales razonamientos, y como aunque le gustaban mucho las palabras del vejete, sentía cada vez más imperiosamente la necesidad de descansar, deseó que acabara pronto aquella conferencia para él fatigosa, y cerró los ojos.

--Comprendo que usted necesitará mucho descanso, porque su estado, aunque no peligroso, es bastante grave. Me retiro, pues, y le advierto que apenas necesite el más leve auxilio, aquí tiene a Pablo, que está completamente a su servicio y que dormirá a la puerta de su alcoba.

El negro afirmó las palabras del señor Antonio con una estúpida sonrisa.

Baselga, que comenzaba a sentir invadido su cuerpo por una atroz calentura, preguntó con interés:

--¿Ha dicho el cirujano cuánto tiempo tendré que permanecer de este modo?

--¿Tiene usted mucha prisa en abandonar esta casa?

--Siento impaciencia por ir a participar de la misma suerte que aquellos de mis compañeros que no hayan muerto.

--Pues siento decir a usted que tendrá que resignarse a permanecer mucho tiempo aquí aun cuando se encuentre bueno, a menos que quiera morir en un cadalso.

--¡Un cadalso!... ¿Tan cruelmente piensan los liberales castigar nuestra sublevación?

--Es que usted no es sólo reo de insurrección, sino de haber ocasionado la muerte a su capitán a las mismas puertas del palacio real.

--¿Cómo sabe usted eso?

--Señor conde de Baselga--dijo el vejete irguiéndose con cierta majestad--; cuando se forma parte de instituciones poderosísimas, aunque sólo sea como humilde átomo, se sabe mucho y se tiene conocimiento de todos los hechos de importancia y de quiénes son sus autores. Yo sé quién es usted, conozco su vida hace algún tiempo y también los grandes servicios que ha prestado a la buena causa de Dios y el Rey.

El desmesurado amor propio de Baselga sintióse halagado por aquellas palabras de tan entusiasta realista, y, a pesar de su calentura vió con dolor que el buen viejo se alejara.

--¡Buenas noches--dijo éste haciendo un ceremonioso saludo--, que usted descanse! Y en cuanto a ti, Pablo, ya sabes que estás aquí para obedecer las órdenes de este caballero.

Estaba ya el señor Antonio en la puerta de la alcoba, cuando Baselga, incorporándose cuanto pudo, le dijo, procurando reproducir el tono galante que había aprendido en los salones del regio palacio:

--Salude usted en mi nombre a la señora de la casa, y hágala patente mi profundo agradecimiento por su auxilio.

Volvióse el señor Antonio y dijo con expresión respetuosa:

--La señora baronesa de Carrillo, a pesar de su juventud y hermosura, es tan católica como juiciosa, y está aún más interesada que nosotros en defender los sagrados privilegios del rey.

V

Niña Pepita.

Era ya el octavo día que Baselga estaba en aquella cama, que, a pesar de ser mullida, monumental y de interminable anchura, resultaba para el joven potro inquisitorial que le producía las mayores desazones.

Nunca había permanecido él tanto tiempo acostado, y su sangre juvenil, a pesar de estar debilitada, enardecíase con aquella larga inercia, impulsando al subteniente a adoptar locas resoluciones.

El cirujano que le asistía estaba maravillado. Nunca había visto una encarnadura tan privilegiada como la de aquel hermoso animal, para quien las heridas graves eran insignificantes rasguños a juzgar por la facilidad con que se cicatrizaban y la poca molestia que le producían.

A los ocho días, Baselga estaba ya poco menos que bueno, y su único mal consistía en la gran debilidad que experimentaba a causa de la mucha sangre que perdió.

La herida del hombro estaba casi cicatrizada y la de la pierna, aunque no tan adelantada, la tenía ya próxima a curarse.

Baselga, obligado a permanecer inmóvil, distraía su fastidio dejando vagar su imaginación por el espacio de las ilusiones, y como la política sólo ocupaba en las aficiones del subteniente un lugar secundario, claro está que su pensamiento había de reconcentrarse en el objeto de todos sus apetitos; la mujer, y que esta mujer había de ser la baronesa de Carrillo, aquella niña Pepita, de que hablaba el negro tantas veces como se acercaba a la cama y de cuya hermosura hacía los más hiperbólicos elogios.

El joven, a excepción de los ratos que hablaba de política y de los sucesos del día con el señor Antonio, pasaba todo el tiempo conversando con el negro Pablo, sondeándole y excitándole su afición a charlar para ir recogiendo, entre la hojarasca de una palabrería bárbara e insustancial, detalles interesantes sobre la vida y el modo de ser de aquella beldad desconocida que ocupaba su pensamiento.

Conocía ya el subteniente hasta en sus menores detalles la historia de la baronesa y la clase de belleza que poseía.

Guiándose por las revelaciones del negro, sabía que niña Pepita era morena, que sus ojos negros tenían un mirar tan pronto grave como picaresco, y que su cuerpo poseía toda la majestad de una reina de teatro.

Su vida era vulgar aunque salpicada de alguno que otro lance novelesco.

Su padre fué el barón de Carrillo, criollo descendiente de uno de los compañeros de Hernán Cortés y que gozaba en Méjico de una buena fortuna sin límites, consistente en tierras que se encargaban de hacer productivas, animados por las caricias del látigo, innumerables cuadrillas de esclavos.

Solterón huraño e incorruptible, aquel hombre americano parecía nacido únicamente para las intrigas y las luchas que creaban el fanatismo religioso y el deseo de cimentar el poder universal de la Iglesia. Los jesuítas disponían a capricho de su persona y bienes, pues el barón de Carrillo cifraba todo su anhelo en aparecer como el soldado de la intolerancia más decidido y audaz de cuantos seguían el estandarte de Loyola.

Al expulsar Carlos III de España y sus dominios la negra polilla jesuítica, el de Carrillo, por inspiración propia o siguiendo los consejos de los dueños de su conciencia, protestó con las armas en la mano contra la pragmática del rey e inició una revolución de fanáticos, en la que le siguieron los ignorantes indios de tres rancherías. Pero el movimiento no tomó cuerpo y los jesuítas viéronse arrojados de Méjico, mientras que el barón, vencido por las tropas del Gobierno, fué encontrado en una fortaleza y contempló confiscada por la justicia toda su enorme fortuna.

Aunque el tribunal encargado de juzgarlo le consideró como traidor al rey, por ciertas consideraciones le perdonó la vida, y como premio a su afección por los jesuítas, fué condenado a eterna prisión, así como a la pérdida de todos sus bienes.

La calma de la cárcel y el fastidio que produce la soledad, arraigaron en aquel hombre adusto, fanático y casi autómata, un afecto hasta entonces desconocido, pues el barón, con la salud profundamente quebrantada y casi próximo a la muerte, se enamoró como un loco de la hija del comandante de la fortaleza donde vivía encerrado. La muchacha correspondió a su pasión y el resultado de tales relaciones fueron un casamiento y la venida al mundo de niña Pepita, que no conoció a sus padres, pues éstos murieron cuando tenía poco más de dos años.

La hija única del barón de Carrillo quedaba pobre y casi desamparada, pues la inmensa fortuna de su padre, al ser confiscada por el Estado, se había deshecho en manos de éste; pero a pesar de ello, nada faltó a la niña, cuyo progenitor era considerado por muchos como un mártir de la causa de Dios.

Un poder superior parecía velar por el bienestar de aquella niña, de cuya educación se encargó un señor Antonio García, comerciante de Veracruz hombre cristiano y honrado--según decían sus amigos--y que manejaba en su tráfico enormes capitales, que nadie sabía de dónde procedían, así como tampoco persona alguna podía averiguar dónde iban a depositarse las pingües ganancias que le producía su incesante comercio.

El ocuparse tal persona y algunas más de idéntica clase y profesión de la suerte de la criatura, hizo pensar y aun decir a ciertos incrédulos que el jesuitismo no había desaparecido de Méjico, pues aunque los padres con sotana habían sido barridos por la pragmática de Carlos III, aún quedaban allí los jesuítas de hábito corto, valiéndose del inmenso poder de su tétrica asociación para monopolizar el comercio y toda clase de industrias: pero tales palabras no pasaron de insignificantes murmuraciones, y la baronesa de Carrillo creció siempre amparada por oculta protección, hasta que a los dieciséis años se casó, o la casaron, con el nuevo gobernador de Acapulco, noble español, algo ya entrado en años, tan licencioso y calavera en la juventud como devoto en la madurez, y a quien el Gobierno envió a Méjico para que, robando con su alto cargo a indígenas y europeos, pudiera tapar las brechas que en su fortuna habían hecho el vicio y la disipación.

Acapulco era entonces puerto de gran importancia, del que partían los convoyes marítimos a Filipinas y el gobernador, su joven esposa y aquellos comerciantes misteriosos que habían amparado a ésta en su infancia supieron exprimir bien el jugo de tal feudo que derramaba por los abiertos poros de tributos, derechos de aduanas y gabelas, chorros interminables de peluconas.

Por desgracia para niña Pepita, llegaron los tiempos en que a los indígenas les pareció muy pesado vivir unidos a una nación que les explotaba dispensándoles el gran favor de tenerlos en perpetua barbarie, y comenzó la insurrección a levantar cabeza, obligando al gobernador de Acapulco a ejercer de guerrero saliendo a campaña en busca de los rebeldes.

Algunos años permaneció indeciso el éxito de la lucha; pero, por fin, la fortuna púsose de parte de los insurrectos, y como el esposo de la baronesa había demostrado su religiosidad y buen celo realista, fusilando a cuantos revolucionarios caían en sus manos, le tocó a su vez desempeñar el papel de víctima, y al caer prisionero de sus enemigos fué macheteado de suerte que su cadáver, al ser encontrado, sólo pudo identificarse por algunos indicios.

Quedó la bella Pepita viuda a los veintiséis años, sin familia y libre, y como no era prudente permanecer más tiempo en aquel país donde la revolución ganaba terreno por instantes y se corría peligro de que se cumpliera el refrán de "lo mal ganado se lo lleva el diablo", la baronesa púsose en camino para España, llevando en su compañía la fortuna adquirida en Acapulco y a aquel señor Antonio, su eterno protector, que abandonó los negocios por la misma razón que su protegida.

Esta historia fué conociéndola Baselga a trozos, por boca de aquel negro que la relataba de un modo incoherente y teniendo el joven necesidad de llenar con su imaginación algunos claros que resultaban en lo narrado.

El romántico nacimiento de niña Pepita--como llamaba el negro a su ama, siguiendo la costumbre de los de su raza--, el país de donde procedía y el afán de lo desconocido, excitaban en el condesito el deseo de ver de cerca a aquella hermosura de un género para él completamente nuevo, pues toda su crónica amorosa reducíase a las marquesas y duquesas de Palacio, señoras elegantes y distinguidas, pero de edad ya algo madura, gastadas como meretrices apenas se mostraban con intimidad y afligidas por dolencias que dejaban en sus cuerpos indelebles rastros.

Aquella mujer, en cuya casa estaba, había de ser algo muy diverso a las ya por él tratadas; en su amor encontraría algo nuevo y original, que hasta entonces ignoraba, y esto le hacía desear con ansia el conocerla.

Baselga amaba ya a una mujer sin haberla visto; si es que amor puede llamarse la brutal pasión con mezcla de curiosidad que dominaba a aquel atleta, a pesar de su postración física.

Había, además, en aquella mujer un nuevo atractivo, y era algo de misterioso en su vida, pues el condesito, que tenía en su memoria el catálogo de todas las mujeres jóvenes, hermosas y elegantes que residían en Madrid y que sabía al dedillo sus nombres y aun las familias a que pertenecían, no recordaba haber visto nunca en el paseo del Prado, en el teatro del Príncipe ni en ningún otro punto de reunión de la sociedad distinguida a aquella baronesa de Carrillo, que, por otra parte, no debía tener gran deseo de ocultarse del mundo, pues habitaba una casa con honores de palacio en una de las calles más céntricas de la capital.

Cavilando Baselga continuamente sobre la incógnita hermosura pasóse los días de su curación, y tan preocupado llegó a estar, que en sus diarias conversaciones con el señor Antonio ya no se cuidaba de hablar de política ni de preguntar por la situación del rey y la suerte de Córdova y demás compañeros de la Guardia, pues hábilmente quería hacer recaer siempre la plática sobre la señora de la casa; pero el astuto vejete, que miraba al subteniente desde una altura inmensa, sabía desbaratar con una sola palabra todas las artimañas preparadas por aquél para hacerle hablar.

El señor Antonio tenía buen cuidado en decir al joven todos los días que la señora baronesa se interesaba por su salud, que deseaba su pronto restablecimiento y que ya tendría el gusto de saludarlo tan pronto como se lo permitieran las conveniencias sociales; pero en el resto de la plática no nombraba más a su señora, y, además, adivinando los pensamientos del joven, procuraba que éste tampoco trajera su recuerdo a la conversación.

Llegó, por fin, el día en que el cirujano, después de examinar minuciosamente las heridas, viéndolas perfectamente cerradas y limpio de calentura al paciente, le permitió que se levantase de aquel lecho que tanto le atormentaba.

Baselga no tardó en aprovechar el permiso, y calándose una bata del señor Antonio que le prestó el negro, salió de la cama para dar algunos pasos vacilantes por la habitación e ir, por fin, rendido por tal esfuerzo y la falta de costumbre, a sentarse en un sillón colocado junto a la única ventana de aquella estancia.

A través de los verdosos cristales veíase un patio de paredes negruzcas, cuyo extremo superior estaba bañado por el sol refulgente, propio de una mañana de verano.

El subteniente, obligado por el cansancio a permanecer en aquel sillón, distinguía, mirando arriba, un pedazo de cielo azul impregnado de esa luz viva y deslumbradora que embellece hasta los lugares más tristes y la hermosura de la naturaleza penetraba hasta el fondo de su pecho, produciéndole gran alegría y despertando en su cerebro un mundo de risueñas ideas.

Baselga se sentía feliz. Experimentaba la misma impresión que el náufrago que, después de luchar con las impetuosas olas y sentir bajo sus pies el abismo, pisa el firme suelo de la playa y se considera en salvo.

Sus heridas, la proximidad de la muerte, la terrible tragedia del 7 de julio, le parecían terribles ensueños de la noche anterior; su debilidad de convaleciente era lo único que le recordaba tales sucesos; pero, en cambio, sentía su pecho repleto de la satisfacción que le causaba la vida, encontraba el mundo más hermoso que nunca, mostrábase orgulloso de su juventud y de su fuerza, y su imaginación revolvía mil planes de futura felicidad.

Parecía que uno de los rayos de aquel sol que brillaba arriba, se había deslizado en el interior del cráneo de Baselga, para dar a todas sus ideas un color de rosa.

No pudiendo resistir el joven su satisfacción y deseoso de demostrarse a sí mismo que la debilidad de la convalecencia no había de causarle tan gran cansancio, se levantó del sillón, irguiéndose con arrogancia como si estuviera en una formación de la Guardia frente a Palacio, y con un paso que quiso hacer marcial, encaminóse a un gran espejo que ocupaba casi un lienzo de pared y se miró en él de pies a cabeza.

¡Vamos! Había que reconocer que la cara no estaba del todo mal. La tez la tenía descolorida y el pelo estaba enmarañado; pero esto le daba cierto aire interesante y romántico, muy propio para causar impresión en una mujer de carácter novelesco.

Baselga, satisfecho de su rostro, bajó su vista para examinar su cuerpo y..., ¡gran Dios!, no pudo contener un grito de sorpresa y de furor al verse en tan ridícula catadura.

La bata del señor Antonio ya le había parecido, al ponérsela, tan desteñida, sucia y mugrienta como todos los trajes del vejete; pero ahora contemplaba en el espejo lo mal que caía sobre su cuerpo y sentía impulsos de romperla en menudos pedazos.

Aquella pieza confeccionada para un cuerpo poco robusto, resultaba estrecha y corta puesta sobre las carnes del gigantesco condesito, y éste no podía ver sin sentir escalofríos de rabia sus piernas robustas y vellosas que asomaban por bajo la bata para ocultar sus extremos en unas pantuflas viejas, tan grandes, que a cada momento se escapaban de sus pies.

¡Dios de Dios! ¡Cuán ridículo estaba! Ahora lo único que le faltaba es que a la linda baronesa de Carrillo se le ocurriera entrar a visitarlo para burlarse gentilmente viéndole en tal facha.

Solamente la idea de que esto pudiera ocurrir, le helaba la sangre al fatuo subteniente, que sólo temía en el mundo al ridículo ante las mujeres; pero aún vino a hacer más grande su terror el oír de repente cierto roce de cortinas y el sonido de una carcajada femenil, a duras penas contenida.

El condesito quedó como petrificado, y durante algunos momentos no se atrevió a moverse ni a volver su vista hacia la puerta; pero no tardó en revivir en él su instinto de conquistador, y rápido cual un relámpago lanzóse a la entrada de la alcoba, tras cuyo tapiz le observaban indudablemente.

Cuando llegó a tal punto y levantó la cortina, no encontró a nadie, pero pudo oír el rumor de unos pasos ligeros que se alejaban y aun le pareció distinguir en la puerta fronteriza a la que él ocupaba, el extremo de una flotante falda azul, que desapareció con la rapidez de momentánea visión.

Baselga no dudó ya. La hermosa baronesa era quien le había observado tras aquel cortinaje y esto le puso de un humor infernal.

Nunca, ni aun en los días de mayor desesperación, había llegado él a imaginarse que una mujer hermosa debía contemplar al oficial más guapo de la Guardia en el mismo traje de un avaro de sainete, envuelto en viejos trapos manchados de grasa y con las piernas al aire.

Después de tal suceso, ¿cómo iba él a enamorar a una mujer que había tenido que reírse al verle en tan grotesca catadura?

Baselga, enterrado en su monumental sillón, pasó junto a aquella ventana un día de perros, y cuando el negro Pablo entró con su pucherete de enfermo, sintió la necesidad de desahogar su rabia y casi estuvo tentado de tirarle los platos a la cabeza.

Para colmo de tristezas, el joven, al dar algunos paseos por la estancia notó que su pierna derecha, aquella en que había recibido el casco de metralla, no funcionaba con regularidad y al andar le obligaba a balancearse sin gracia alguna.

Estaba cojo y el descubrimiento hay que decir que espantó a aquel valiente.

El que no había temblado durante el terrible combate de la plaza Mayor, se horrorizó de pensar que su hermoso físico acababa de ser afeado por un defecto visible.

No era muy de notar aquella cojera. Algún descuido de la curación, algún tendón interesado por la herida; pero lo cierto es que el subteniente ya no podía andar con aquella gallardía que tanto le distinguía en la corte.

Otro detalle para que se malograra la conquista de aquella Pepita que era su continua preocupación.

Acabó esto por poner a Baselga de un humor endiablado, y después de rasgar en dos manotadas la mugrienta bata del viejo, se metió en cama al anochecer, echando maldiciones a la Constitución de 1812, a Riego y a todo liberal, como si en ellos residiera la culpa de lo ocurrido en aquel aciago día.

Soñando en faldas azules, que se escapaban ligeras, en carcajadas burlonas, en batas sucias que le oprimían como corazas de hierro y en batallones de guerreros cojos, pasó el joven toda la noche presa de nerviosa inquietud, y cuando un rayo de sol le despertó traspasando los vidrios de la ventana y posándose en sus ojos, lo primero que éstos vieron en su silla cercana fué algunas prendas de ropa interior de fino hilo y un uniforme nuevo y vistoso de oficial de la Guardia Real.

Baselga, para convencerse de que no soñaba, saltó inmediatamente de la cama, y cuando, tocando aquellas prendas flamantes y ricas, se convenció de que estaba despierto, sintióse dominado por infantil alegría y comenzó a ponérselas con la satisfacción del muchacho que viste por primera vez su traje de hombre.

Cuando el condesito acabó de abrocharse su casaca azul, fué a mirarse en el gran espejo y experimentó una alegría sólo comparable por lo grande al disgusto del día anterior.

Sin salir de la habitación encontró todo lo necesario para lavarse y acicalarse y con fruición deleitante usó de aquellos artículos de perfumería puestos sobre una consola dorada y que eran reconocidos por el joven como procedentes de un tocador femenil.

En Baselga, el estómago era el órgano que más parte tomaba en todas las impresiones; así es, que cuando el negro entró con un enorme canjilón de chocolate y una pirámide de bollos de Jesús, devoró el contenido de los dos platos en un santiamén; y después, con aire satisfecho, encendió un cigarrillo y se preparó a preguntar al criado algo sobre su señorita.

Pero el negro Pablo le ahorró tal trabajo, pues con aire confidencial dijo casi al oído del subteniente:

--Hoy va a tener usted una visita. Niña Pepita vendrá a verle.

--¿Cómo lo sabes?

--He oído cómo se lo decía al señor Antonio, preguntándole si estaba ya aquí el uniforme que hace unos días encomendó. El otro uniforme tuvimos que tirarlo, pues estaba roto y sucio de sangre.

--¿Y sabes si tardará mucho la visita?

--No puedo asegurarlo. Niña Pepita tiene mucho que hacer por las mañanas. Ahora está en misa y después tendrá que hablar con los padres que vienen a verla casi todos los días.

--¿Qué padres son esos?

--Niña Pepita conoce muchos curas; ellos y dos señores que vienen algunas noches, son las únicas visitas de la casa.

El subteniente iba a preguntarle más; pero en esto se oyó un lejano campanillazo y el negro recogió apresuradamente los platos y salió diciendo:

--La señora vuelve de misa. Ya está ahí.

Baselga quedó paladeando la alegría que le causaba saber que de un momento a otro iba a presentarse allí aquella mujer que, aunque desconocida, era la señora de sus pensamientos.

Algunas veces acudió a su memoria el recuerdo de lo ocurrido en la mañana anterior, y esto le hizo experimentar cierta turbación; pero inmediatamente renacía su antigua osadía de conquistador y ansiaba la llegada de la incógnita beldad.