La América, Tomo I

Part 3

Chapter 33,903 wordsPublic domain

¡Cuánto no ha errado la sabia Europa al apreciar la situación de los Estados Unidos durante la guerra civil! Ahí están las opiniones de la prensa y de los primeros hombres de Inglaterra, los discursos de Gladstone, ministro de Hacienda, y los de otros estadistas, sobre aquella cuestión, para probarnos que si los ingleses dicen desatinos cuando tratan de juzgar á su propia nación bajo la forma republicana en América, mal pueden comprenderla mejor las demás naciones europeas; y que si no pueden ver claro á ese gigante de las naciones, ofuscados como están por sus vicios y preocupaciones, mal pueden siquiera divisarnos á nosotros, los hispano-americanos, que somos verdaderos _liliputanos_ distribuidos en repúblicas microscópicas para los ojos de la Europa.

Los más encopetados sabios del Viejo Mundo tienen una clave, que ha llegado á ser popular, para explicarse la existencia y los progresos de la República en Norte-América, y es la de suponer que son las condiciones territoriales y las de su población la que obran tal prodigio.

“¡Cuántas gentes, en efecto--dice Laboulaye[5]--, en lugar de rendirse á la evidencia prefieren engañarse á sí mismas, declarando que el gobierno de los Estados Unidos es una especie de _anarquía_ que se mantiene desde setenta años merced á la inmensidad de su territorio, á la raridad de su población, á la facilidad del trabajo, que son otras tantas condiciones que faltan á nuestro viejo Continente!”

¿Qué escritor, qué estadista, qué panfletero, qué diarista, qué politiquero, qué mercader, qué industrial de Europa no está imbuido en tal error? Lord Macaulay, el gran historiador inglés, que con sus elevados talentos y su alto criterio no sólo ganó fama, sino que conquistó un título de nobleza, escribía á Mr. Rand, de Estados Unidos, juzgando las instituciones democráticas bajo el imperio de aquel paralogismo.

“Desde mucho tiempo atrás--le decía--he tenido el convencimiento de que las instituciones democráticas, tarde ó temprano, deben destruir la libertad, ó á la sociedad, ó á ambas á un tiempo. En Europa, donde la población es densa, el efecto de tales instituciones sería casi instantáneo.

“Lo que sucedió en la Francia poco ha es un ejemplo. Pueden pensar ustedes que su país está exento de estos males. Yo francamente le confesaré que soy de una opinión enteramente diferente. La suerte de ustedes la creo infalible, aunque diferida por una causa física.

“Mientras que posean ustedes una ilimitada extensión de terreno fértil y desocupado, sin población proletaria, serán más ventajosamente acomodados que la misma clase de personas en el viejo mundo; y mientras esto suceda la política de Jefferson podrá existir sin ocasionar ninguna calamidad funesta. Pero vendrá el tiempo en que la nueva Inglaterra esté tan poblada como la vieja. El jornal del trabajador será tan reducido y fluctuará tanto entre ustedes como entre nosotros.

“Tendrán ustedes sus Manchesters y sus Birminghams, y en esos Manchesters y Birminghams centenares de miles de artesanos estarán sin duda en algunas ocasiones sin poder hallar trabajo. Entonces las instituciones de ustedes serán puestas á una prueba completa. La escasez y la miseria en todas partes del mundo, ponen descontenta y turbulenta á la gente trabajadora y la inclina á prestar fácil oído á los agitadores, quienes la enseñan que es una iniquidad monstruosa que un hombre tenga un millón de pesos mientras que otro no consigue con qué comer.

“En los años malos hay por acá bastantes murmuraciones, y en algunas ocasiones alborotos; pero poco importa esto, porque los que padecen no son los gobernantes. El poder supremo está en manos de una clase de la sociedad, verdaderamente poco numerosa, pero selecta y educada; de una clase que tiene la conciencia de estar profundamente interesada en la seguridad de la propiedad y en el mantenimiento del orden.

“Por esta razón los descontentos están firmes, pero benignamente refrenados. El mal tiempo pasa sin que se quite nada á los ricos para aliviar á los indigentes.

“Las fuentes de la prosperidad nacional principian á correr de nuevo; el trabajo se aumenta, el jornal sube, y todo recupera su tranquilidad y alegría habituales.

“He visto á la Inglaterra en tres ó cuatro ocasiones pasar por épocas tan críticas como la que acabo de indicar. Por tales épocas tendrán que pasar los Estados Unidos en el trascurso del siglo venidero si no en el presente. ¿Cómo pasarán ustedes por ellas?

“De todo corazón deseo á ustedes una salvación feliz. Pero mi razón y mis deseos están opuestos entre sí, y no puedo menos que presagiar lo peor. Es muy evidente que el gobierno de ustedes no podrá refrenar jamás á una mayoría agitada por la miseria y el descontento, porque entre ustedes la mayoría es el gobierno, y que tiene á los opulentos que siempre forman la minoría, absolutamente á su merced. Vendrá día que en el estado de Nueva York una gran multitud de gentes de las que ninguna haya tenido más que un medio almuerzo ni espera tener más que una media comida, elegirá una legislatura.

“¿Es posible dudar de la clase de legislatura que en tales circunstancias sería escogida? Á un lado hay un estadista predicando la paciencia respecto á los derechos legítimos y una observancia estricta respecto de la fe pública. Al otro hay un demagogo voceando y disparatando sobre la tiranía de los capitalistas y usureros y preguntando por qué á un individuo debe permitirse beber champaña y andar en coche, mientras que millares de gentes honradas carecen de lo necesario para mantenerse.

“¿Cuál de los dos oradores lleva más probabilidad de ser elegido y escuchado? Yo seriamente temo que ustedes en alguna ocasión de adversidad como la que dejo indicada cometerán algún acto que alejará la prosperidad de su país. Algún César ó algún Napoleón arrebatará con mano fuerte las riendas del gobierno, ó la República de ustedes será tan espantosamente robada y devastada por los bárbaros del siglo XX como fué el imperio romano en el V, con la diferencia de que los hunos y los vándalos que asolaron el imperio romano vinieron de afuera y que los hunos y vándalos de ustedes habrán sido engendrados dentro de su propio país y por sus propias instituciones[6]”.

Nos hemos complacido en copiar la opinión del escritor moderno más caracterizado de la Inglaterra, porque es la que predomina en todos los grandes hombres de aquella nación, la que aparece parafraseada y expuesta en todas formas en su prensa y en sus discursos. Pero como el noble lord se ha equivocado tan afortunadamente, todos los demás, prensa y estadistas, se acaban de llevar un chasco tan soberano con la terminación de la guerra norte-americana, que todavía no se reponen de su espanto.

¿Necesitaremos demostrar en América aquella equivocación? ¿Necesitaremos decir que la República ha triunfado en una portentosa crisis á la cual no pueden compararse, en magnitud y en poder, las que producen esos motines del hambre que con tanta frecuencia amenazan á la monarquía y á la aristocracia en la Gran Bretaña?

¿Y por qué no se realizaron los temores del sabio historiador en la crisis política que en medio de la producida por la guerra tuvo la República con motivo de la elección de presidente? Entonces hubo una numerosa clase hambrienta que explotaron á sus anchas los demagogos del partido _demócrata_, auxiliados por la autoridad del gobernador de Nueva York y por el oro que los esclavócratas y los ingleses y franceses protectores de los esclavócratas derramaban á manos llenas.

Entonces llegó el tiempo que para más tarde esperaba el lord de la literatura inglesa; entonces fueron puestas las instituciones democráticas á la prueba que él temía: el gobierno no se ocupó absolutamente en refrenar á esa mayoría agitada por la miseria y por el oro corruptor, y confió en el poder de aquellas instituciones y en el juicio del pueblo; y las instituciones triunfaron, y el pueblo republicano probó que quería la abolición de la esclavitud, con la reelección del viejo Abraham, y que el gobierno que se funda en la libertad, es decir, en los derechos individuales, no se bambolea siquiera por la demagogia ni por los motines.

El motín es una manifestación de la vida democrática en Norte-América; la autoridad casi nunca se toma la molestia de refrenarlo, y deja al interés individual, al pueblo que vive de sus libertades, que está interesado en la existencia de las instituciones y del gobierno que se las asegura, al pueblo que no ve sobre sí á un ente que está de más, con el título de rey, y que vive de la fortuna pública; al pueblo que no tiene una aristocracia que lo explote, que sea dueño de las tierras, que bebe champaña y anda en coche á costa del pueblo que muere de hambre; al pueblo libre, en fin, á la americana y no libre á la inglesa, el cuidado de sofocar y aun de castigar los motines.

Mas los ingleses se atendrán siempre á la opinión de Macaulay, á pesar de su falsedad, porque ellos no comprenden otra libertad que la suya, esa libertad que deben á los privilegios conquistados por su aristocracia. Sus nobles conquistaron para sí y para el pueblo la libertad individual, el derecho de votar sus impuestos, el de ser juzgados por sus iguales, y más tarde se aumentó ese caudal de derechos con la libertad de conciencia, aunque limitada por una iglesia oficial; la del pensamiento y la de asociación, aunque sujetas á trabas que las modifican, pues que las opiniones pueden ser justiciables, y el derecho de asociarse depende de condiciones que lo restringen.

En el goce de todos esos derechos el pueblo inglés se siente ligado á la aristocracia y la monarquía, y ambos saben que deben su existencia al goce de tales derechos por el pueblo, puesto que si el pueblo inglés no los poseyera, otra sería su situación y día había de llegar en que el hambre y el despotismo le hicieran despertar para tomar severa cuenta á la corona y al sistema feudal. Los derechos individuales son, pues, allí la salvaguardia de la monarquía y de la aristocracia, y el pueblo, que los ama, no tiene otra ambición que la de sostener esos poderes que se los aseguran, haciendo consistir su gloria en las distinciones sociales, que desea con avidez, porque nunca ha necesitado de la igualdad para ser libre, y siempre ha visto que la igualdad puede ser sacrificada sin mengua de su bienestar y de la libertad.

¿Podrá una sociedad semejante concebir un gobierno sin monarca hereditario, sin aristocracia y con un pueblo que posea esos mismos derechos en mayor extensión, que administre por sí mismo todos los negociados sociales y políticos y que posea la igualdad como base fundamental de tal organización? No, la República no cabe en la cabeza de un buen inglés, y por eso la nación entera mira con desdén á sus hijos de América, y no alcanza á concebir que en la América española pueden organizarse repúblicas duraderas. ¿Para qué se tomarían sus estadistas la pensión de estudiar á nuestros pueblos y de conocerlos? Somos en su concepto simples nacionalidades anárquicas, que tenemos una vida efímera, y que estamos destinados á servir de pasto á un gran imperio.

¿Serán capaces de comprender mejor que los ingleses la República de América las demás naciones de Europa cuyo evangelio político es la unidad y omnipotencia de la monarquía latina, esto es, el poder absoluto que domina la conciencia, el pensamiento, la voluntad, y que aniquila al individuo para engrandecer la autoridad, sea que ella esté en las manos de un monarca, de una aristocracia ó de un cuerpo de representantes del pueblo?

¿Quién ha comprendido en Francia al escritor más amante de la libertad, al simpático Tocqueville, al patriota más sincero, que consagró sus mejores años al estudio de la democracia en los Estados Unidos, para convencer á sus conciudadanos de que no eran libres, y de que estaban engañados al creerse tales porque habían conquistado la igualdad?

Veamos si no la situación actual de la ciencia política en cuanto al Estado y á los derechos individuales en Europa, y podremos calcular la inmensa distancia que separa en política al Nuevo Mundo del Viejo. Llama ahora la atención el publicista más notable que jamás haya tenido la Francia, M. Laboulaye, quien acaba de presentarnos un cuadro de las teorías de Guillermo Humboldt, de Mill, de Eœtvœs y de Jules Simón, que son, sin duda, los escritores contemporáneos que más profundamente han tratado la cuestión de la libertad y del Estado en Alemania, en Inglaterra y en Francia. Siguiendo á Laboulaye vamos á exponer y juzgar esas teorías, y después juzgaremos al mismo sabio escritor[7].

NOTAS:

[5] _Alexis de Tocqueville_, por Laboulaye.

[6] _London Quarterly Journal_, julio 1861.

[7] _L’Etat et ses limites_, por Laboulaye, 1860.

V

Humboldt no podía dejar de tomar como base la gran verdad que sobre el fin del hombre nos ha revelado la filosofía alemana; es á saber, que el fin más elevado que el hombre puede proponerse aquí abajo, que le prescriben las reglas inmutables de la razón, es el de desarrollar el conjunto de sus facultades, porque sólo en ese desarrollo puede consistir su perfección, como hombre, como cristiano, como ciudadano. Á juicio del gran escritor alemán, este mejoramiento no puede ser completo, ni el desarrollo armonioso, sino con dos condiciones: libertad de acción y diversidad de situación[8].

“El ideal de la Edad Media, como del siglo de Luis XIV es la unidad, la unidad en todas las cosas, en religión, en moral, en ciencias, en industria. Se procura obtener esta unidad por medios artificiales; es el Estado el que la impone y la mantiene. De este modo se consigue, no la unidad verdadera, que consiste en el acuerdo de los espíritus, sino la uniformidad, es decir, una regla exterior, una fórmula vacía que se hace aceptar á viva fuerza, domeñando toda oposición.

“El pueblo no cree, pero se calla; este es el reino del silencio y de la inmovilidad. Hoy no es así. Una concepción más exacta y más verdadera del alma humana nos ha dado una idea más justa de la unidad. En el hombre como en la naturaleza, admitimos variedades infinitas, y sólo podemos buscar la unidad viviente en el conjunto, en la armonía de esas notas diversas... Estas nuevas vistas han arruinado la antigua política.

“Al fin se ha comprendido que imponer la uniformidad por el despotismo de la ley es proseguir una obra mala y estéril. Para que un país sea rico, industrioso, moral, religioso, es necesario que nada estorbe á la expansión infinita de las aptitudes humanas; en otros términos: es preciso antes de todo considerar y respetar la libertad de los individuos. ¿Cuál es entonces el papel del Estado? Humboldt lo reduce á dos cosas: en el exterior, á proteger la independencia nacional; en lo interior, á mantener la paz. He aquí los límites del gobierno. En otros términos, Humboldt atribuye al Estado el ejército, la marina, la diplomacia, las rentas, la policía suprema, la justicia, la tutela de los huérfanos y de los incapaces; y le quita la religión, la educación, la moral, el comercio, la industria; y todo eso en virtud de estos dos principios: libertad de acción y diversidad de situación”.

Á nuestro juicio, como al juicio de todo americano, el escritor alemán comprendía el punto de partida, y de él sacaba un criterio seguro para apreciar debidamente las relaciones en que deben existir el Estado y la sociedad; pero las preocupaciones monárquicas, el espíritu estrecho que ha creado en Europa la dominación secular de esa misma doctrina de la unidad del poder extraviaron aquel criterio, y dieron una prueba más de que las nuevas vistas no han arruinado todavía la antigua política en Europa, y de que la concepción exacta y verdadera del alma humana, que ha dado á algunos sabios una idea más justa de la unidad, no es ni popular ni bastante poderosa para vencer en esos mismos sabios las preocupaciones.

Establecer que la misión del Estado es proteger la independencia en el exterior y mantener la paz en lo interior, no es limitar el gobierno, sino dejarlo en posesión de todos los poderes que hoy se atribuye para llenar aquellos fines, puesto que esos fines son el pretexto que los partidarios de la unidad del poder alegan para sostener el sistema absoluto. ¿Qué no se han permitido los gobiernos para defender la independencia nacional y para mantener la paz? ¿Acaso no han sacrificado siempre todos los derechos individuales, todas las facultades activas de la sociedad para constituir un poder fuerte que pueda conservar y defender aquellos dos fines supremos?

No, la misión del Estado es otra; es la de representar el principio del derecho en la sociedad, tanto en sus relaciones exteriores, empleando la fuerza, cuando sea necesario defender ese derecho, como en lo interior, para facilitar á la sociedad y á cada uno de sus miembros las condiciones de su existencia y de su desarrollo. Cuando el Estado limita su acción de esta manera, la paz interior es un resultado, y no un fin del Estado, como lo supone Humboldt; y si alguna vez se altera, no necesita el Estado traspasar las vallas del derecho, como no lo ha necesitado en los Estados Unidos del Norte durante la guerra de cuatro años, la más portentosa que han presenciado los siglos, y en la cual por primera vez en el mundo se ha presentado un gobierno que sin salir de los límites del derecho ha sabido llenar su misión.

NOTAS:

[8] _Ensayos sobre los límites de la acción del Estado_, por Guillermo Humboldt.

VI

Dice Laboulaye que las ideas de Humboldt han inspirado visiblemente el libro de Stuart Mill sobre la _Libertad_, que éste contiene á la sociedad en los mismos límites que Humboldt traza al Estado, y que el único reproche que él le haría, dejándole la responsabilidad de ciertas ideas particulares, es que su libro no muestra sino un lado de la cuestión, porque se ve allí la libertad, pero no se ve al Estado. “El gobierno aparece como un enemigo que es preciso combatir, la Administración como una llaga que es necesario reducir”.

Este reproche es injusto. Es verdad que Mill se propone principalmente, como él lo declara, “investigar la naturaleza de los límites del poder que la sociedad puede legítimamente ejercer sobre el individuo”; pero á cada paso también estudia y fija los límites que en su concepto separan la acción del Estado de la libertad individual.

Mill cree que la naturaleza humana no es una máquina invariable en su marcha y en su trabajo, sino una cosa viviente que crece y varía sin cesar, que tiene necesidad de independencia para desarrollarse en todo sentido; y aludiendo á los políticos que sostienen que el Estado debe reglar este desarrollo, porque dispone de todas las luces, de todos los recursos de la sociedad, se pronuncia enérgicamente contra semejante error.

El Estado vive del pasado, dice, no sabe nada del porvenir, todo lo que él puede hacer con su pretensa sabiduría es detener á la sociedad en el surco ya trillado, condenarla á la inmovilidad, lo que para un sér viviente es la muerte. Ahí está la China: los chinos son un pueblo de mucho talento, y, bajo ciertos respectos, de mucha sabiduría; ellos han tenido la fortuna de recibir en los tiempos antiguos muy buenas costumbres, obra de hombres á quienes no se puede rehusar el título de filósofos.

Los chinos han inventado un excelente sistema para imprimir su sabiduría y su ciencia en el espíritu de cada ciudadano, asegurando los puestos, el honor, el poder á los que mejor poseen aquella antigua sabiduría. Un pueblo que ha hecho eso habría, sin duda, descubierto la ley del progreso humano y debería estar á la cabeza de la civilización; pero, por el contrario, está estacionario y ha quedado en un mismo punto desde millares de años, y si alguna vez mejora, lo deberá á los extranjeros.

“Los chinos han alcanzado, más allá de toda esperanza, el objeto que persiguen con tanto celo los filántropos ingleses: han hecho un pueblo absolutamente idéntico; las mismas máximas, los mismos usos reglan el pensamiento y la conducta de cada uno de los chinos.

“Se ve cuál es el efecto de este sistema. Pues bien: no hay que engañarse. El despotismo de la opinión es el régimen chinesco, menos la organización; y si la individualidad no sacude su yugo, la Europa, á pesar de su noble pasado, aunque se dice cristiana, acabará como la China”.

No es esto todo. Mill, como lo reconoce Laboulaye, condena la intervención del Estado en la libertad individual á nombre de este principio de Economía política: “Siempre que la cosa pueda ser mejor hecha por los particulares que por el Estado, lo que sucede de ordinario, confiaos en la industria privada”.

También agrega que hay multitud de cosas que tal vez los particulares no harán tan bien como la administración, y que, sin embargo, deben remitirse á los ciudadanos, tales como el jurado civil, la administración municipal, los hospicios, las administraciones de beneficencia, las cajas de ahorro.

Sobre todo, Mill se pronuncia abiertamente contra la centralización administrativa, como el sistema más invasor de la libertad individual. “Toda función nueva--dice--atribuida al gobierno aumenta la influencia que ejerce y le atrae todas las ambiciones, todas las envidias. Si los caminos, los ferrocarriles, los bancos, los seguros, las grandes compañías por acciones, las universidades, los hospicios llegasen á ser otros tantos negociados del Poder; si además las administraciones municipales y las oficinas que de ellas dependen llegasen á ser otros tantos departamentos de la Administración central; si los empleados de todas estas empresas diversas fuesen nombrados y pagados por el Estado; si les es necesario esperar sólo del Estado su progreso y la fortuna, ni la libertad de la prensa, ni la constitución popular de nuestra legislación podrían impedir que la Inglaterra dejase de ser libre. Mientras más ingeniosa y eficaz fuese la máquina administrativa, tendría más inteligencia y energía y el mal sería mayor.

“Si fuera posible que todos los talentos del país fueran enrolados en el servicio del gobierno, si todos los negocios que en la sociedad requieren un concurso organizado y miras vastas y comprensivas estuviesen en las manos del Estado; si los empleos públicos estuvieran desempeñados por los hombres más hábiles, toda la inteligencia y toda la capacidad del país, además de la pura especulación, estarían concentradas en una numerosa _oficinicracia_, hacia la cual el país volvería sin cesar los ojos: la muchedumbre para recibir de ella la orden y la dirección, y los hombres capaces y ambiciosos para obtener un ascenso.

“Entrar en la Administración, y una vez entrado ascender, sería la única ambición. Bajo semejante régimen, no solamente el público, á quien falta la práctica, es inhábil para criticar ó contener en su marcha á las oficinas, sino que además reforma alguna se puede hacer si contraría el interés de la _oficinicracia_, á no ser que las circunstancias conduzcan al Poder á un jefe que tenga el gusto de las reformas. Tal es la triste condición del imperio ruso: el zar puede desterrar á la Siberia, á quien quiere, pero no puede gobernar sin las oficinas ni contra ellas. Sobre cada uno de los decretos imperiales las oficinas tienen un veto tácito, pues les basta no ejecutarlo.

“En países más adelantados ó menos pacientes, en que el público está acostumbrado á que todo se haga por el Estado, ó, por lo menos, á no hacer nada sin pedir al Estado su permiso ó su dirección, se echa naturalmente la culpa al gobierno de todo el mal que se sufre; y cuando el mal es más fuerte que la paciencia, el pueblo se subleva, se hace lo que llaman una revolución, en virtud de la cual se instala en el trono real otra persona que envía sus órdenes á las oficinas, y todo sigue marchando como antes, sin que las oficinas cambien y sin que nada sea capaz de reemplazarlas.