Part 4
“Un pueblo habituado á hacer sus propios negocios ofrece un espectáculo muy diferente. Dejad á los americanos sin gobierno: al punto improvisarán uno y dirigirán los negocios comunes con inteligencia, orden y decisión. Así debe ser un pueblo libre; todo pueblo que tenga esta capacidad está cierto de ser libre; no se dejará jamás dominar por un hombre ó por una corporación, porque él sabrá siempre manejar las riendas de la Administración central. Pero en un país en que todo se dirige por las oficinas, no se hará jamás nada contra su oposición.
“Concentrar la experiencia y la habilidad de la nación en un cuerpo que gobierna al resto del país es una organización fatal: mientras más perfecto sea el sistema, con más facilidad se alcanza á dirigir y á enrolar á los hombres capaces, y es mayor la servidumbre de todos, incluso la de los mismos funcionarios públicos. Los administradores son tan esclavos de su máquina como los administrados lo son de sus administradores. Un mandarín de China es el instrumento y la cosa del despotismo tanto como el más humilde paisano. Un jesuita es el esclavo de su orden, aunque la orden exista por el poder y la importancia colectiva de todos los miembros.
“Lo que acaba siempre por hacer el valor de un Estado es el valor de los individuos que lo componen. Un Estado que sacrifica la elevación y la elasticidad intelectual de los ciudadanos á un poco de más habilidad administrativa ó á esa apariencia de habilidad que da la práctica de los detalles; un Estado que aun con miras bienintencionadas subyuga á los individuos para hacerlos instrumentos más dóciles, verá al fin que con hombres pequeños no se hacen grandes cosas: la perfección mecánica, á la cual lo inmola todo, acabará por no servirle de nada, por falta de aquel elemento vital que arrojó para que la máquina marchase más fácilmente.
“Tal es la conclusión de Mr. Mill--exclama Laboulaye, después de copiar lo que se ha leído--; es un desmentido dado á la sabiduría del día; el autor se pone á través de la corriente, resiste á una opinión poderosa en el continente, que aún gana terreno en Inglaterra”...
Entonces, si Mill defiende la libertad individual de las invasiones del Estado y de la Administración, ¿por qué se le reprocha que en su libro sobre la _Libertad_ no se ve el Estado? Él no señala, porque no entra en los propósitos de su libro, el modo cómo debe organizarse el Estado para dejar á la libertad individual toda su acción; pero determina todos los vicios de que adolecen hoy los gobiernos constituidos en Europa para considerarlos como verdaderos enemigos de los derechos y de las facultades activas de la sociedad, en cuya ruina fundan aquellos gobiernos su imperio.
No está allí el defecto de la obra de Mill, sino en que con su teoría justifica los mismos vicios que él reconoce, ó á lo menos les presta una cómoda defensa, como lo hace Humboldt al señalar los principios que en su concepto deben oponerse al sistema que predomina en el Viejo Mundo. Á Humboldt y á Mill les ha pasado lo que á los sabios con la electricidad y el magnetismo: que conocen estos elementos de la naturaleza, pero no los comprenden ni pueden explicar sus leyes.
Aquellos políticos conocen también la libertad, estudian sus aplicaciones y aun ven sus resultados benéficos, pero no la comprenden, porque están preocupados por los errores que el sistema viejo, el sistema de la fuerza, el de la unidad absoluta del Estado, hace pasar como verdades inconcusas en la sociedad europea.
Si así no fuera, ¿cómo podría establecer Mill que “en una sociedad civilizada, el Estado no puede intervenir en la vida de un individuo sino para impedirle _dañar á otro_?” ¿Cómo podría sostener que la libertad del individuo debe limitarse por el daño que puede hacer á los demás? El individuo, dice Mill, es dueño de sí mismo, de su cuerpo y de su alma, y esa es una soberanía que ningún extraño tiene derecho de trabar; pero desde que él mismo establece que el Estado puede intervenir en el uso de esa soberanía para impedir que el individuo dañe á otro, semejante soberanía desaparece en presencia del poder del Estado, que es el único que puede juzgar de aquel daño y que tiene poder de encontrarlo allí donde á él le convenga verlo.
Tal concepción de la libertad es tan falsa, que en América no hay quien no reconozca su absurdo. Una hábil escritora americana preguntaba á propósito de esta doctrina, á qué podrían quedar reducidas la libertad de imprenta, la de asociación, todas las demás libertades de que tanto se enorgullecen los ingleses, desde que le fuese lícito al Estado calificarlas como dañosas y limitarlas en virtud del daño que en su concepto produjeran á la sociedad ó á otros individuos.
Esta teoría no señala al Estado sus verdaderos límites; de modo que aun cuando ella reconozca que la libertad es el derecho de los individuos y de la sociedad, reconoce también como legítimo el poder absoluto, cuyos vicios, cuyos extravíos y cuyas invasiones contra la libertad señala el mismo autor con tanta verdad y con tan admirable precisión.
Mill no tiene una idea clara de la libertad, á pesar de que la descubre y la reconoce en todas las esferas de la actividad humana, así como los físicos ven la electricidad en todos sus fenómenos sorprendentes sin comprenderla. Para él la libertad no es otra cosa, en último resultado, que la protección del individuo contra todas las tiranías, sea que éstas vengan del Estado ó de la sociedad. Mas procede suponiendo la existencia de un gobierno irreprochable en su origen y en su organización, y hallando el peligro solamente en la opresión de las mayorías sobre las minorías ó el individuo, se propone buscar el punto en donde comienzan la competencia de la sociedad y la del individuo, que hasta ahora no han sido netamente definidas; y encuentra ese principio salvador en la protección de sí mismo, que es el único objeto que autoriza á los hombres, individual y colectivamente, á intervenir en la libertad de acción que pertenece á sus semejantes. El criterio que establece para reconocer esa protección de sí mismo, para descubrir cuáles son los casos en que el daño causado por la libertad individual puede autorizar la intervención de la sociedad para limitarla, es el principio de _utilidad_.
“La utilidad--dice--es la solución suprema de toda cuestión moral; pero la utilidad en el sentido más extenso de la palabra, la utilidad fundada sobre los intereses permanentes del hombre como sér progresivo. Estos intereses, yo lo afirmo, no autorizan la sumisión de la espontaneidad individual á una presión exterior, sino en cuanto las acciones de cada uno tocan á los intereses de otro. Si un hombre hace un acto dañoso á los demás, hay evidentemente motivo de castigarlo por la ley, ó bien, si las penalidades legales no son aplicables en conciencia, por la desaprobación general.
“Hay también muchos actos positivos para el bien de los demás, que un hombre puede ser justamente obligado á ejecutar; por ejemplo, el de ser testigo ante la justicia, el de tomar parte en la defensa común... Además, se puede, en justicia, hacerle responsable ante la sociedad si él no cumple ciertos actos de beneficencia individual, que son por todas partes del deber de un hombre, tales como salvar la vida de su semejante é intervenir en la defensa del débil. Una persona puede dañar á los demás, no solamente por sus acciones, sino también por su inacción, y en todo caso ella es responsable del perjuicio”.
Tenemos, pues, que el hombre, según el filósofo inglés, está sujeto en todos sus actos y omisiones, en todo lo que hace y deja de hacer á la utilidad de los demás. Pero ¿en qué consiste esa utilidad, quién la define y califica? ¿Consiste en el bien del mayor número, como decía Bentham, ó se funda en los intereses permanentes del hombre como sér progresivo, según dice Mill?
Mas ¿cuál es ese bien, cuáles son esos intereses? ¿Ha habido jamás en el lenguaje político palabras más vagas y más susceptibles de servir tanto al despotismo como á la libertad que esas en que la desacreditada escuela utilitaria ha creído encontrar la panacea salvadora, el gran criterio de la filosofía moderna?
No reproduciremos aquí los formidables argumentos ante los cuales la escuela de Bentham había enmudecido por tantos años, para hacer callar á su restaurador.
Bástenos notar lo que con tanto acierto ya ha notado el traductor francés del libro de Mill, esto es, que son tantas las excepciones que se ve precisado á poner á su teoría el economista inglés, que al fin la destruye y la hace inútil en sus aplicaciones.
“El deber de hacer el bien--dice Mill--debe ser impuesto con reserva”; “la asociación--exclama--, derecho individual, derecho inviolable y sagrado, debe ser leal é inofensiva”. Pero, ¿qué de reglas no son necesarias para ajustar la primera de aquellas excepciones á la teoría y para reglamentar aquel derecho sagrado, á fin de que no llegue á ser dañoso? ¿Qué derecho individual, por sagrado que sea, no queda entonces sujeto al poder absoluto del Estado, que á nombre de la sociedad es el que tiene el poder de señalar el punto en que esos derechos comienzan á dañar la utilidad general, el bien común, los intereses permanentes?
Si Mill hubiera comprendido que la libertad no es otra cosa que el uso del derecho, como lo comprendemos prácticamente los americanos; si hubiese advertido que el derecho es todo aquello que tiene el carácter de una condición voluntaria de nuestra existencia y desarrollo; si se hubiera fijado en que el fin del hombre sólo consiste en el desenvolvimiento de todas sus facultades físicas, morales é intelectuales, se habría salvado de ir á buscar la base de sus teorías en el sistema de la utilidad y en la multitud de excepciones contradictorias de que ha necesitado echar mano para evitar la vaguedad peligrosa de este sistema. Entonces habría comprendido mejor el papel que le corresponde desempeñar al Estado en presencia de los derechos de la sociedad y del individuo, reconociendo que el Estado no tiene otro fin que la aplicación del derecho, y que, por tanto, está limitado por la justicia, sea que esté constituido en un monarca, en una oligarquía ó en un gobierno popular. Hace años que los americanos tenemos como un artículo de nuestro evangelio político: que “la soberanía tiene su fundamento en la justicia, y sólo en ella debe el poder que la ejerce buscar la sanción de todos sus actos; que, por tanto, las autoridades que ejercen la soberanía no pueden desviarse de este principio, _ni pueden tener otras atribuciones_ que las que sean indispensables para llenar su objeto”[9].
Cuando se conciben de este modo la libertad y el Estado se ve claramente cuál es el punto en que principia la competencia de la sociedad y la del individuo, punto que el filósofo inglés y los más adelantados publicistas europeos no pueden definir netamente, porque buscan la solución de las cuestiones políticas sin salir de la esfera de las preocupaciones que han engendrado allí el sistema de la fuerza y la monarquía, que es su expresión más genuina.
Pero en donde aparecen más en relieve los errores de Mr. Mill es en el libro que ha consagrado al estudio del _gobierno representativo_, en el cual, creyendo haber comprendido el gobierno republicano ó democrático, no ha hecho otra cosa que presentarnos la aristocracia representativa de la Gran Bretaña, explicando sus ventajas y vituperando sus vicios. No rechazamos, no, el modo de ver enteramente británico, ni el elevado criterio inglés con que el autor juzga su propio gobierno.
Antes bien, reconocemos, y tenemos como una gran verdad, que la América española se habría ahorrado muchas revoluciones y mucha sangre si en lugar de seguir los funestos errores de los políticos franceses, que tanto la han preocupado, hubiera tomado sus ejemplos y sus modelos de los publicistas ingleses. Lo que ahora criticamos en el libro de Mr. Mill es la pretensión que tiene de juzgar el gobierno democrático, que no conoce, porque esa pretensión podría extraviar á los americanos hasta al punto de condenar lo bueno que tienen y de adoptar arbitrios contra vicios que no tienen, y que sólo serían buenos allí donde existen esos vicios, es decir, en la Gran Bretaña.
Mr. Mill reconoce que el gobierno democrático es el mejor, no porque en él esté limitado el poder al ejercicio justo de la soberanía, de modo que puedan coexistir con él los derechos del individuo y de la sociedad, que es lo que llamamos _libertad_, sino porque en su concepto el gobierno democrático _tiende á aumentar la dosis de las buenas calidades de los gobernados colectiva é individualmente_. Este es su criterio para saber cuál es el mejor gobierno, pues á su juicio _el mejor gobierno para un pueblo es el que tiende más á darle aquello sin lo cual no puede el pueblo adelantar_.
Estas son pobres vaguedades, que podrían servir tanto al sultán de Turquía, al zar de Rusia y al emperador de Francia para creer que sus gobiernos son los buenos, porque dan á sus pueblos aquello con lo cual pueden adelantar, como á los americanos para sostener que sus repúblicas son mejores, porque tienden á aumentar la dosis de las buenas cualidades de los gobernados, y Mr. Mill llega á ellas imaginándose que ha descubierto una gran verdad, y que ha salvado la gran dificultad con que han tropezado los políticos que, buscando el criterio del buen gobierno, han dicho que es el mejor aquél que concilia el _orden_ con el _progreso_.
El publicista inglés examina prolijamente estos dos términos, y, asustado de su vaguedad, porque ve que el orden y el progreso son palabras acomodaticias que se prestan á mil acepciones, cae en otras vaguedades mayores, creyendo que con ellas ha definido con precisión las ideas que representan orden y progreso en su sentido más justo.
Su error consiste en creer que realmente _orden_ y _progreso_ son los fines sociales y políticos de todo gobierno; pues no se da cuenta de que tal error es una invención francesa, con la cual se ha pretendido defender la doctrina de la unidad del Estado, es decir, la monarquía latina, que á nombre del orden y del progreso aniquila y sacrifica los derechos individuales, la libertad de la sociedad.
El orden, ó, mejor dicho, la permanencia de las instituciones á merced de la obediencia y amor de la sociedad; y el progreso, el adelanto, la mejora de la sociedad, no son ni pueden ser los fines políticos del Estado, el objeto de su acción, sino que son puros resultados de la armonía que existe cuando el Estado se limita á representar el principio del derecho y á suministrar las condiciones de existencia y de desarrollo á todas y á cada una de las esferas de la actividad social.
El autor ha columbrado confusamente esta verdad, cuando ha dicho que: “encontrándonos obligados á tener como piedra de toque de un gobierno bueno ó malo un objeto tan complejo como los intereses colectivos de la sociedad, de buen grado trataría de clasificar esos intereses en grupos determinados, indicando las cualidades necesarias que debe tener un gobierno para favorecer cada uno de estos intereses”. Pero he aquí cómo una de las reminiscencias de la monarquía europea ha venido á ocultar la verdad á la poderosa inteligencia del filósofo inglés.
Es cierto que en el desarrollo de los diversos intereses de la sociedad debe hallarse el criterio de un buen gobierno; pero no es cierto, como creen los monarquistas europeos, que el gobierno debe poseer las cualidades especiales necesarias para regir cada uno de esos intereses. Nada más funesto que suponer que el gobierno puede y debe dictar sus leyes á la moralidad, á la educación, al pensamiento, á la industria y á cada uno de sus diferentes ramos, á la religión y aun á la vida del individuo y de la sociedad, debiendo poseer conocimientos especiales para cada uno de esos objetos.
No, esas ideas fundamentales de la sociedad son otras tantas esferas de la actividad humana, en las cuales es necesario dejar al individuo toda su acción, debiendo limitarse la del Estado simplemente á facilitar á cada una de ellas las condiciones de su existencia y desarrollo; porque todo lo que hiciera el Estado para reglar la actividad del hombre y someterla á prescripciones más ó menos sabias, no produciría otro efecto que el de coartar esa actividad y sujetarla á leyes que la naturaleza no le ha impuesto.
Así, pues, no hay necesidad de acometer la empresa que arredró á Mill, de estudiar cuál es la especialidad de cada uno de los elementos ó intereses de la sociedad, para clasificarlos y distribuirlos, y “poder construir la teoría del gobierno con las teorías distintas de los elementos que componen un buen estado de sociedad”; pues basta comprender que la verdadera teoría del gobierno consiste en dejar á cada uno de esos elementos en entera libertad, porque el Estado no tiene absolutamente otra misión respecto de ellos que la de facilitarles su existencia y desenvolvimiento, sin necesidad de estudiar ni de comprender la especialidad que cada uno tiene.
Por otra parte, el autor cree que los gobiernos se hacen por los hombres, que se puede escoger entre sus diversas formas la que mejor convenga á un pueblo; é inducido por este error se detiene largamente en establecer las reglas que deben observarse al excogitar una forma de gobierno, dejándose llevar por sus arbitrarias teorías hasta suponer que el gobierno representativo no puede sentar bien sino en el pueblo que sepa obedecer y que tenga la capacidad de hacer lo necesario para mantenerlo.
Mas todavía, preocupado por el sistema de representación de su país, en que la aristocracia de la nobleza ó de la industria se apoderan de las elecciones para elevar las mediocridades que se ponen á su servicio y dejar á las minorías sumidas en su pérdida, sin acción ni voz para hacer valer sus intereses, cree que éstos son vicios comunes de todos los gobiernos representativos, y no vacila en declarar que todas las democracias que actualmente existen, inclusa la norte-americana, son falsas, porque son un gobierno de privilegio de la mayoría sobre la minoría.
Tendríamos que escribir un libro tan voluminoso como el del autor inglés para enunciar y confutar sus errores, errores que pueden ser funestos á los americanos si no se aperciben de que todas las falsas miras del filósofo inglés y todos los absurdos que él presenta como remedios de males que no tiene la democracia, son efectos de que no la conoce, y que trata de juzgarla por la aristocracia representativa de la Gran Bretaña, atribuyéndole todos los vicios de ese fenómeno que entre los ingleses ha producido la transacción de la monarquía, de la aristocracia y de los plebeyos.
Dejaremos, pues, aquella tarea, y nos limitaremos á observar que es bien extraño que el autor que ha reconocido que “uno de los beneficios de un gobierno libre es esa educación de la inteligencia y de los sentimientos que baja hasta las últimas filas del pueblo, cuando es llamado á tomar parte en actos que tocan directamente á los altos intereses del país”, se empeñe al mismo tiempo en convencernos de que el gobierno representativo necesita en el pueblo que lo adopta condiciones especiales que nunca será posible hallar reunidas, y en las cuales figura la capacidad de obedecer, como si hubiera pueblos más ó menos rebeldes, y como si la obediencia no fuera el resultado genuino del triunfo del derecho en los pueblos libres, así como lo es el terror en los pueblos esclavos.
Una forma de gobierno no se escoge, y aunque no _brota_ como una producción de la naturaleza, según la expresión de Mill, brota, sí, de circunstancias sociales independientes de la voluntad de los que creen escogerla á su arbitrio. Los hombres más sabios de la revolución hispano-americana creían también que no siendo nuestros pueblos como los de Atenas ó Esparta ó como el de los Estados Unidos del Norte, no podía plantearse la República; pero la unidad del Estado absoluto estaba despedazada y en su lugar se levantaban los derechos individuales sobre la ancha base de la igualdad social y política; la sociedad mudaba de vida, regeneraba sus ideas, sus creencias, sus hábitos; el principio de autoridad desaparecía del Estado, de la religión, de la moralidad, y la individualidad recobraba sus fueros para convertirse en egoísmo, en ambición y para elevar el señorío de las pasiones: el fanatismo religioso dejaba su imperio á la incredulidad; las falsas costumbres sociales y domésticas iban á convertirse en una escandalosa desmoralización; no bastaba vencer á los ejércitos del rey, era necesario vencer á la sociedad vieja, para crear desde luego la _nueva_; y entonces sucedió lo que tantas veces hemos repetido: que la forma republicana vino como un resultado lógico, imprescindible, á pesar de que todavía hay americanos bastante ciegos para no reconocerlo.
“La _república_, hemos dicho, debía completar lo que las balas habían principiado. El gobierno republicano, fundado en la soberanía y en el interés de la nación, era el único medio de restablecer de un modo legítimo y conforme á la dignidad humana el principio de autoridad en el Estado, en la religión, en la moralidad. El gobierno republicano sólo podía tener el poder de restablecer la unidad social, de encaminar y ennoblecer las ambiciones y de fundar la nueva sociabilidad americana en bases fijas, en ideas exactas y verdaderas. El gobierno de los privilegios, el gobierno de uno solo ó de varios no habría traído otra consecuencia que la de perpetuar la lucha, contrariando los intereses generales, haciendo difícil la regeneración. Por eso es que siempre hemos visto la anarquía y el combate de la revolución en dondequiera que los americanos, olvidando esta verdad, se hayan apartado de los principios de la verdadera República”[10].
La República representativa se estableció, pues, en América porque brotó de las circunstancias; y si todavía no sale de sus ensayos, no es porque se haya faltado en su establecimiento á las reglas del filósofo inglés, sino porque, aparte de circunstancias que más adelante estudiaremos, los errores de los publicistas europeos nos han alejado de la verdadera base fundamental de aquella forma de gobierno, esto es, del principio del derecho.
NOTAS:
[9] Véanse nuestras _Bases de la Reforma_, octubre 28 de 1850.
[10] _Nuestra historia constitucional del Medio Siglo_, cuadro cuarto, II.
VII
No es menos europea, y, por consiguiente, errónea, la teoría política que ha desarrollado en su obra _De la influencia de las ideas reinantes sobre el Estado en el siglo XIX_ el barón alemán Eœtvœs, húngaro notable en la revolución de 1848, y, por consiguiente, liberal. El problema que él se propone resolver es la coexistencia del Estado todopoderoso con la libertad individual, la libertad religiosa, la libertad de enseñanza, la libertad de la prensa, la libertad municipal y la libertad de la asociación, y cree haberlo conseguido con limitar la acción del Estado á la defensa de la independencia nacional y á la protección de los intereses morales y materiales de los ciudadanos. Para defender en lo exterior la independencia nacional y para proteger en lo interior los derechos de cada uno, es necesario que el Estado tenga un gran poder, una fuerza considerable, y como no puede haber fuerza sino en la reunión de los medios y de la voluntad, la única organización, el único sistema que puede dar esta unión de los medios y de la voluntad es la _centralización_, una centralización enérgica.
Pero esta centralización tiene sus límites: el Estado no es la sociedad ni el individuo, pues hay una vida especial é individual que no es de su resorte; mas en todo aquello en que él debe obrar es necesario que su poder sea _absoluto_, centralizado: _Imperium nisi unum sit, esse nullum potest_. Los grandes imperios son necesarios como garantía de la nacionalidad y de la independencia.