La América, Tomo I

Part 2

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[2] En el _Español de ambos mundos_ y en el precioso libro titulado _Ensayo sobre las revoluciones políticas y la condición social de las repúblicas colombianas_, París, 1861, nuestro amigo J. M. Samper repitió el pasaje preinserto. Samper llama _Colombia_ á la parte del Nuevo Mundo que se extiende desde el Cabo de Hornos hasta la frontera septentrional de Méjico, y _América_ lo demás del continente.

[3] Esto es tan cierto, que se puede asegurar que las obras más recomendables que se han publicado en Europa durante los últimos años sobre América, lo son por las nociones de Geografía física y de Estadística comercial que contienen, mas no por el modo como han presentado á la sociedad. El Brasil y las repúblicas del Plata han sido con preferencia el objeto de esos libros; pero si no son éstos una apoteosis mentirosa, como _L’empire du Brésil_, del conde de la Hure, son compuestos bajo las inspiraciones de un espíritu tan estrecho, ó son tan incompletos en sus apreciaciones históricas y políticas, que es imposible que los lectores europeos puedan sacar de ellos otro provecho que el saber si les conviene ó no emigrar para el Plata en busca de fortuna. Las condiciones sociales, políticas é históricas de la sociedad americana quedarán siempre ignoradas, á pesar de esos libros.

II

¡Para qué enumerar en comprobación de estas verdades los numerosos hechos que están en la memoria de todos los americanos, y que sólo olvidan los que creen que la Europa haría una excepción á su ignorancia y á sus preocupaciones anti-americanas en favor de los que se le manifestaran sumisos!

Esa ignorancia y esas preocupaciones jamás se han manifestado más arrogantes y más invasoras que en la época presente, ahora en los momentos de la gigantesca lucha que acaba de terminar en los Estados Unidos del Norte. Dejemos á un testigo presencial trazar el cuadro de la actitud de los europeos en aquella situación. J. Debrin escribía desde Nueva York en agosto de 1863 lo siguiente:

“La propaganda europea ha encontrado tantos y tan serviles criados, dispuestos á desfigurar la verdad en el continente americano con respecto á la gran revolución de los Estados Unidos de América, y tal ha sido el constante empeño de esos asalariados de los monarcas y del clero de Europa en difundir apreciaciones erróneas, y relaciones impudentemente mentirosas, sobre la marcha política y social y sobre los acontecimientos de la guerra de este país, que en verdad se necesita mucho celo y mucho talento, por parte de un corresponsal que quiere ser veraz, imparcial y concienzudo, para merecer crédito de los mal informados pueblos de la América del Sur.

“Europa--ó cuando menos las potencias occidentales europeas, Inglaterra, Francia y España, de mancomún con el obscurantismo teocrático del clero archipapista--, en una palabra, la Europa retrógrada, la Europa aristocrática y monárquica, la Europa esencialmente antiliberal, ha comprendido desde hace muchos años que contra la perpetuación de su predominio se había levantado en el continente de América un poderoso enemigo.

“El republicanismo americano ha sido durante muchos años la perenne pesadilla de los reyes, de los magnates oligarcas, y de la frailesca hueste esclava de la ambiciosa, hipócrita, despótica, anticivilizadora, absurda é imposible corte romana.

“Pero el republicanismo americano sólo era temible á los ojos de la Europa retrógrada, en cuanto podía presentarse grande, glorioso, fuerte, y por lo mismo, seductor.

“Por el contrario, el republicanismo de los pueblos de este continente que se mantuviesen débiles, poco populosos, tardíos en el progreso material, vacilantes en su marcha política, trabajados por discordias intestinas amenazados en su prosperidad por ambiciones personales, con preocupaciones sembradas en las masas por un clero ignorante y ávido de riqueza y predominio, con un mero simulacro de marina mercante, sin sombra siquiera de marina de guerra, con insignificantes relaciones comerciales, sin caminos de hierro, sin navegación fluvial, sin telégrafos y casi sin medios de recíproca comunicación, ese republicanismo poco asustaba á la gran facción antiliberal europea.

“En el último tercio del siglo XVIII, Washington _el Bueno_ comenzó una revolución, cuyo complemento se halla hoy encomendado á Lincoln _el Honesto_.

“Esa revolución dió por primeros frutos la independencia y la libertad de gran parte de la América Septentrional--la emancipación del pueblo francés en 1797--, la difusión de las ideas liberales, así en el continente europeo como en todo el americano--el desprestigio de la ridícula teoría del derecho político divino--la civilización propagada por la revolución francesa--y finalmente la independencia y libertad de los más de los pueblos de la América del Sur y de todos los de la América Central.

“Merced á aquella gloriosa revolución, la democracia y la República echaron hondas raíces en el suelo americano.

“Erigióse triunfante, bella, colosal, la República de los Estados Unidos de América; y muy pronto desde Río Grande hasta el San Lorenzo floreció una nación independiente, pujante, vigorosa y cada día, cada hora creciente, en la cual el gobierno popular, libre, antimonárquico, antiteocrático, demócrata-republicano, presentó un admirable y seductor ejemplo de la prosperidad que pueden prometerse los pueblos que saben sacudir la opresión de los reyes, la dominación teocrática y el roedor despotismo oligárquico.

“Los Estados Unidos de América vinieron á ser el modelo de las repúblicas. Adolecían todavía de defectos debidos á la conservación de antiguos vicios, imposibles de desarraigar en un día ni en un año. La revolución no se había consumado; pero su fruto, la República hija de la revolución, llevaba en sí el germen de su propio desarrollo y la savia que, tarde ó temprano, había de operar naturalmente su mejoramiento y completar de suyo y por infalible necesidad su perfección.

“No pudo faltar un Washington para su principio y fundamento. No había de faltar, un día ú otro, un Lincoln, para su consolidación y completo remate.

“Washington llevó á cabo su tarea de creación. Lincoln llevará á cabo la suya de perfección. Ambas requerían patriotismo, espíritu de libertad y hombría de bien á toda prueba. La Providencia, que había decretado el establecimiento y la perfección del gobierno libre republicano en el suelo privilegiado de América, se hubo de crear los instrumentos para aquella obra revolucionaria: Jorge Washington--Jorge el Bueno--fué encargado de echar sus cimientos. Abraham Lincoln--Abraham el Honesto--tiene la gloriosa misión de completar la cúspide del gran monumento de la libertad moderna.

“En este monumento ha tenido fija la vista, por espacio de más de medio siglo, la Europa retrógrada.

“La pujanza y el engrandecimiento de la República democrática de los Estados Unidos han sido un mentís continuo á los asertos con que los monarcas de derecho divino pretendían presentar como imposible en la práctica el gobierno de los pueblos.

“La constante manía de la Europa retrógrada ha sido, durante cincuenta años, la destrucción de la República de los Estados Unidos de América.

“Por esto no ha cesado un punto de calumniar. Por esto ha tratado por todos los medios posibles--sin desechar los más bajos y deshonrosos--de desvirtuar su prestigio. Por esto su principal mira ha sido la de presentar odioso á los pueblos de la América del Sur y de la América Central el gobierno de los Estados Unidos.

“Por esto ha patrocinado y pagado en este país varios periódicos y un enjambre de mercenarios corresponsales, cuya misión exclusiva ha sido la de desfigurar la verdad, y la de inventar hechos y anécdotas, cuya lectura pudiese hacer concebir á los pueblos de las demás repúblicas de este Continente la idea de que el pueblo de los Estados Unidos era un pueblo de salvajes, sin virtudes cívicas, sin maneras sociales, sin conciencia moral, sin base alguna de vida estable, ni de prolongada existencia posible como nación.

“Temerosos los gobiernos de la Europa monárquica occidental de que la grandeza de los Estados Unidos pudiese alentar á las demás repúblicas americanas en su propósito de no dejarse subyugar otra vez por sus antiguos colonizadores, y, por otra parte, ávidos de restablecer en todas ellas su antiguo y ominoso coloniaje, han tratado de erigir una valla entre la gran República, ya próspera y potente, y las demás que, comparativamente hablando, son aún débiles, ó, por lo menos, no han tenido bastantes años de existencia para robustecerse y desafiar con sus solas fuerzas la ambición del filibusterismo británico, francés y español.

“Fenómeno digno de observación es el que han presentado en el último medio siglo aquellas tres potencias, ambicionando un mismo objeto, cada una para su propio provecho, con exclusión de las demás, y, sin embargo, de perfecto acuerdo en el empleo de los medios que para su objeto adoptaban.

“Inglaterra, Francia y España han estado deseando sin cesar la reconquista de la América Central y Meridional. Ninguna de ellas la quería sino para sí. Todas ellas habían de ver con disgusto las conquistas que las otras hiciesen en este continente. Pero, con la esperanza de coger para sí el fruto cuando estuviese maduro, todas han trabajado de mancomún para madurarlo.

“Así es como los intereses políticos de aquellas tres naciones (entre sí diametralmente opuestos) se han convertido en interés común, cuando se ha querido facilitar el robo de los pueblos americanos.

“El interés teocrático ha agregado á la maquinación de aquellas tres coronas el auxiliar poderosísimo del papismo y de la retrógrada ambición clerical.

“Y, ¡cosa extraña!, hemos visto en los últimos veinte años á Pío IX--el papa (masculino) de los católicos romanos--y á la reina Victoria--la papa (femenina) de los protestantes anglicanos--darse la mano, á pesar de su antipodismo espiritual, cuando se ha tratado de vilipendiar la República de los Estados Unidos y de preparar en la América del Sur terreno para la reconquista europea y para la muerte de la libertad democrática.

“La papa anglicana ha mantenido á sus satélites diseminados por toda la América Central y Meridional, sin otra misión que la de sembrar calumnias contra los Estados Unidos y presentar odioso el nombre de _yankee_. El clero del papa romano ha sido igualmente celoso en la misma misión.

“Supongo--aunque no me consta--que habrá algunas honrosas excepciones de respetables eclesiásticos amigos de la justicia[4]; pues es un hecho innegable que la _generalidad_ del clero católico en las repúblicas meridionales de América se ha mostrado incansable en denigrar á los Estados Unidos y en presentar á los ‘americanos del Norte’ como herejes, enemigos de Dios y combustible infalible para el fuego en que han de arder eternamente los que no creen ó no observan lo que nos manda la Santa Madre Iglesia.

“En eso de crear un odio profundo contra los _yankees_ en las masas del pueblo americano meridional han estado de plenísimo acuerdo el papa que se llama ‘ortodoxo’ en Roma y la _papa_ que se llama ‘ortodoxa’ en Inglaterra. Ante este común propósito ha desaparecido su irreconciliable antagonismo.

“En los antagonismos políticos entre Inglaterra, Francia y España se ha hecho notar la misma desaparición fenomenal cuando se ha tratado de lanzar de común acuerdo un anatema contra los Estados Unidos.

“Francia y la Gran Bretaña se detestan _cordialmente_.

“España aborrece de muerte á Inglaterra. Inglaterra mira con el más altanero menosprecio á España. La escarnece desde Gibraltar. La insidia desde Portugal. La envidia en Cuba. La mortifica en su trata africana. Las dos naciones se abominan recíprocamente.

“Entre la Corte de Versalles y la de El Escorial existe el mismo afecto _sincero_ que ha existido siempre desde Francisco I y Carlos V. Una corte que ambiciona y ejerce la tutela y otra que por temor se somete á su dictado no pueden mantener entre sí más afectos que los que engendran por una parte el desprecio y por otra el odio, la humillación y el deseo de venganza.

“En el Estrecho de Gibraltar las tres naciones (desde Gibraltar, desde Ceuta y desde Argel) se contemplan una á otra con el odio más _sincero_, y todas ellas están acechando el momento de la decadencia de sus rivales para poder exclamar con vengativo júbilo: ‘¡Por fin el Mediterráneo es mío!’.

“Y casi en todos los demás ángulos del mundo hay algún punto en que Francia é Inglaterra se odian como rivales.

“Ni pueden perdonar á España su antigua gloria en el continente americano, por lo cual vieran ambas con disgusto que en él volviese á sentar la planta la que una vez fué de él arrojada con merecida ignominia.

“Las tres codician colonias en América; pero las codician para sí. No las quieren para sus dos rivales.

“Se detestan en la Europa Occidental; pero no se odian menos cordialmente en la América del Mediodía.

“Á más de los aquí citados, tienen cien y cien otros motivos de inveterado y esencial antagonismo. Sin embargo, aunque su política trasatlántica se propone un objeto final tan distinto para cada una de ellas, admirable es la armonía que ha reinado entre las tres durante veincinco ó treinta años, cuando se ha tratado de calumniar á los Estados Unidos ante los pueblos de las otras repúblicas de América.

“La propaganda española y francesa contra todo lo que es _yankee_, en el continente meridional americano no ha sido menos activa, menos celosa que la propaganda británica y la propaganda clerical.

“Los emisarios de la reina Victoria y de lord Derby; los emisarios de Napoleón III y de Drouyn de Lhuys; los emisarios de Isabel II y de Concha, y los clérigos de Pío IX y de Antonelli, todos ellos movidos por distinto objeto final, han adoptado un medio idéntico, y con idéntico celo han trabajado en él.

“Este medio ha sido engañar á los pueblos meridionales de este continente, haciéndoles creer que la República de los Estados Unidos tenía infaliblemente que desmoronarse y reducirse á la impotencia; que su gobierno era una utopía imposible, y que su pueblo era un pueblo vándalo, sin ley y sin Dios, desprovisto de toda civilización, inmoral, ateo, salvaje, ominoso, aborrecible.

“Esta obra de falsedad no ha sido tarea de un día. Hace veinticinco años que se fundó en Nueva York el _Courrier des Etats Unis_; hace quince años que existe la _Crónica de Nueva York_. No menos fecha cuentan el _Correo de Ultramar_ y el _Eco Hispano-Americano_. Durante diez y seis años continuos el _Diario de la Marina_, de la Habana, ha dedicado con incansable perseverancia cuatro ó cinco columnas cada veinticuatro horas á la inserción de artículos de fondo ó de cartas de sus corresponsales de Nueva York, en que á más de los defectos reales de los Estados Unidos se han inventado embustes sin cuento, para poner injustamente en ridículo sus _pretendidas_ costumbres, sus _pretendidas_ leyes, su _pretendida_ política y su _pretendida_ historia.

“Los falsos asertos de todos esos periódicos y corresponsales, devotos á la oposición sistemática de cuanto es ‘americano’, y desnudos de toda conciencia siempre que se ofrece oportunidad de propalar calumnias contra la República de los Estados Unidos, se han diseminado con pródiga asiduidad por todas las demás repúblicas del Continente, todo con el _santo_ objeto de que éstas concibiesen odiosidad contra la mayor de sus hermanas, y lejos de confiar en ella para ayuda y de imitarla como modelo, se enemistasen con su gobierno, despreciasen á su pueblo, y antes que apelar para consejo ó para socorro á los Estados Unidos, se entregasen ciegamente á la tutela y dirección de los _desinteresados_ ministros y de los cónsules _inmaculados_ de España, de Francia y de la Gran Bretaña.

“Asombra la perseverancia con que, durante una larga serie de años, esa propaganda antiamericana ha persistido en su obra de imprudente falsedad.

“¡Cuán eterno fué el clamor contra los Estados Unidos porque, según pretendían la _Crónica_ y los corresponsales del _Diario de la Marina_, esta República quería apropiarse la de Santo Domingo!... Y, sin embargo, hoy no existe república en Santo Domingo. España ha comprado al traidor Pedro Santana; y con la ayuda de aquel renegado ha representado una farsa ridícula, cuyo desenlace ha sido el robo de aquel país para la _virtuosa_ corona de España.

“¡Cuántas columnas de infamias y de diatribas contra los Estados Unidos no ha publicado por años enteros el abyecto y bajo todos conceptos despreciable _Courrier des Etats Unis_, porque, según él falsamente pretendía, el gobierno de Washington atentaba contra la independencia de la República de Méjico!... Y, sin embargo, hoy no existe ya la _República_ en Méjico. Invadió villanamente su territorio una triple horda filibustera, que no se avergonzaron de acaudillar la reina de Inglaterra, el emperador de Francia, la reina de España y el clero del Papa romano.

“Los ingleses y los españoles echaron pronto de ver que sólo trabajaban para el clero y para Napoleón. Retiráronse, no por justicia ni por vergüenza, sino por miedo y por conveniencia, y Napoleón y el clero, apelando á la más ignominiosa farsa que jamás la hipocresía y el latrocinio hayan presentado en su historia antigua ó moderna, han quitado á Méjico su nacionalidad, han degollado allí la República y han convertido aquel país libre, soberano é independiente en una colonia de Francia.

“En Guatemala las intrigas del filibusterismo europeo están trabajando para hacer de toda la América Central, mediante la estólida ambición del ignorantísimo y fatuo Carrera, una colonia europea.

“El Ecuador está ya vendido por un traidor innoble al monarca de Francia, y sólo falta que Napoleón III diga que ‘ha llegado ya la hora’, para que desaparezca de aquel suelo la República, y la traición y las bayonetas extranjeras impongan en él el coloniaje francés”.

* * * * *

“Ni se crean seguras, por más ricas, más prósperas y más unidas las Repúblicas Argentina, Chilena y Peruana. Son _repúblicas_, y esto basta para que su muerte esté decretada por la Europa retrógrada monárquico-clerical. Son países de América, y esto basta para que los monarcas occidentales europeos las consideren como colonias _suyas_, como _patrimonio_ de sus coronas, como sus _esclavas_ por derecho divino.

“¡Hasta cuándo se obstinarán en cerrar los ojos á la luz de los hechos los pueblos libres de la América meridional!”...

NOTAS:

[4] La única que se ha presentado es la del clero de Chile, que sabiendo que en España se contaba con su opinión, suponiéndolo monarquista, aprovechó la ocasión de la ocupación de las Chinchas para hacer alta profesión de su amor á la República y de su americanismo.

III

Con todo, no solamente los retrógrados, sino aun los que se precian de liberales en Europa, son también víctimas de una repugnante ignorancia acerca de nuestra situación. No extraña ver á los senadores del Imperio atribuir á Napoleón III el pensamiento de un Congreso americano, que nació aquí con nuestra revolución; lo extraño es oir en el seno de ese mismo Parlamento de Napoleón á M. Thiers tronar contra la perpetua anarquía en que vive la América y hablar de nuestras revoluciones como un mercader que se sintiera contrariado en sus especulaciones, sin comprender el origen ni los fines de los movimientos políticos que produce la regeneración de nuestro Continente.

Lo extraño es oir á Palmerston, el liberal por excelencia, el ministro que tiene por principio adelantarse á las reformas, y oir á Russell y demás estadistas ingleses cuando tratan de justificar su adhesión á las pretensiones filibusteras de la Francia en Méjico, ó cuando tratan de sostener á cañonazos una reclamación injusta en América, como la de Whitehead en Chile; y leer su prensa cuando trata de juzgar á las repúblicas americanas. Lo extraño, en fin, es ver la prensa liberal española cuando toma á su cargo las cuestiones americanas, sosteniendo que la España no puede ser potencia de primer orden en Europa, ni ponerse al nivel de la Gran Bretaña y de la Francia en América si no se hace respetar con sus cañones, si no intimida á las repúblicas del Perú y Chile, que han necesitado ser calumniadas para ser acusadas de dar á los españoles un trato que, si bien lo merecían, no se les ha dado jamás.

Los liberales franceses nos calumnian porque no nos estudian ni comprenden, ó, más que todo, porque ellos mismos no tienen ideas exactas del sistema liberal, preocupados como están por los principios monárquicos que han profesado ó que pretenden asociar con la libertad.

Más tarde demostraremos este hecho, cuya enunciación parecerá temeraria á los que se imaginan que los sabios franceses ven claro en materia de libertad.

Los liberales ingleses, sin embargo de que son los únicos que comprenden que la libertad no es otra cosa que el uso de los derechos individuales que les asegura la Magna Carta, no conciben que éstos puedan coexistir sino con la monarquía aristocrática que se los ha concedido, y que aman por tradición y por costumbre, con la pasión que el poder del hábito inspira á los ingleses, y nos calumnian porque esas ideas los preocupan contra la República, y porque en sus relaciones con la América no quieren admitir otro interés que el de sus factorías y el de sus mercaderes, y aspiran á que todo se sacrifique á semejante interés.

Los liberales españoles nos insultan porque no alcanzan á comprender, en su estrechez de miras y en su preocupado espíritu, que para ponerse al nivel de la Inglaterra y de la Francia necesita la España en América importar y exportar tantas mercaderías como ellas, y no olvidar la historia de ayer para venir á hacerse amar á cañonazos, cuando no consiguió hacerse temer con todos los horrores de su despotismo y los de la guerra. Por lo mismo que la España tiene pocos intereses comerciales en América, nos conoce menos, con ser como somos sus hijos, no sus hijos perdidos, sino hijos que hacemos honor á la familia.

Y es tal la ignorancia, y son tales las preocupaciones con que allí se consideran las cosas de América, que se cree que hemos perdido social y moralmente con la independencia hasta el grado de haber degenerado y de haber caído en la miseria y aun en la imbecilidad.

No hace mucho tiempo que nuestro amigo y maestro D. Joaquín de Mora publicó en la _América_, de Madrid, un prolijo y elocuente escrito, para probar que los americanos éramos _capaces de gobernarnos_ y capaces de vivir en sociedades organizadas.

Basta de hechos que prueban la ignorancia de la Europa sobre la América española. Los americanos los conocen y no hay entre ellos quien no refiera alguna anécdota auténtica de las infinitas que han ocurrido á los hijos de este Continente en la civilizada Europa, cuyas gentes se han quedado estupefactas al hallar un americano que no era salvaje, que no vestía plumas ó que no era rojo ó cetrino, como los indígenas de la conquista.

IV

Lo peor es que aun cuando los europeos estudien á la América, están condenados por sus preocupaciones á no juzgarla bien. ¿Qué saben ellos de gobierno republicano, ni de libertad, ni de derechos, para comprender nuestra situación?

Los europeos no pueden ni quieren comprender lo que pasa en América; no pueden, porque están connaturalizados con los principios fundamentales de la monarquía latina (no hablamos de raza), que han llegado en ellos á ser un sentimiento que los preocupa y los apasiona, cualquiera que sea la elevación de su inteligencia y la nobleza de sus aspiraciones; y no quieren, porque están habituados también á despreciar á la América y no alcanzan á concebir que ella tenga algo que enseñarles en moral, en ciencias sociales.

De la América inglesa han imitado el sistema penitenciario, é imitan diariamente su industria poderosa, llevando á sus talleres las máquinas de guerra ó las industriales, y hasta las prensas de imprenta de los norte-americanos; pero no pueden convencerse de que esa República admirable pueda servirles de modelo para su aprendizaje social y político.