Part 7
En la cumbre de ella se detuvo.
--¡Mi buen alarife Kathan-ebn-Kaleb! dijo el rey Nazar dirigiéndose á un anciano que iba entre su córte.
--¿Qué me mandas, poderoso señor?
--¿Ves aquellos pinares que sombrean la sierra?
--Los veo, señor.
--¿Ves esas piedras que se amontonan sobre el lecho del rio?
--Sí señor.
--Pues bien, derroca esos pinos, levanta esas piedras, y haz aquí el aduar de los cautivos.
Despues revolviendo su caballo, gritó:
--¡Ah del alcaide de mi guardia negra!
Adelantó un africano atlético.
--Te dejo seis mil soldados: guarda con ellos mis cautivos, y ten presente, que si te falta uno solo de los treinta mil que te entrego, te corto la cabeza: ahora mis buenos amigos á Granada.
Y solo con su córte se volvió al Albaicin.
--No hay duda, decian los wazires y los sabios en vista de todo aquello: el buen rey Nazar se ha vuelto loco.
* * * * *
* * * * *
Se levantó una ciudad rústica en la colina que habia señalado el rey por aduar de sus cautivos.
Los pinos habian sido derrocados de la montaña, y las piedras alzadas del lecho del rio.
La poblacion habia sido dividida en cuarteles.
Al frente de cada cuartel habia un alcaide encargado de vigilar á los cautivos y de cuidar que trabajasen.
En solo cuatro dias el aduar habia sido levantado.
Los cautivos ya no tenian nada que hacer, y sus guardianes se preguntaban:
--¿Querrá el rey levantar en estas solitarias breñas una ciudad?
Y volvian á recaer en la opinion de que el rey se habia vuelto loco.
Se acercaba el dia que el rey Nazar habia fijado á los mecánicos para que tuviesen concluidos los treinta mil morteros de granito negro con su maza.
Dos dias antes, el rey Nazar convocó su córte, salió con ella de su palacio del Gallo de viento, y tomó el camino de la sierra.
Al llegar á Dar-al-Huet[38], encontraron los que le acompañaban escuadronados sobre una loma los treinta mil cautivos custodiados por seis mil esclavos negros de la guardia del rey Nazar.
A una señal del rey la guardia y los cautivos siguieron tras de la córte, y caminaron hasta que llegaron á unos altísimos barrancos, sobre los cuales brillaba el sol en cortados mármoles de mil colores distintos: aquellas eran las ricas canteras de la sierra, las canteras del rey Nazar: una maravilla de la mano de Dios.
Aquellos lugares, famosos hoy por sus mármoles, se llaman el barranco de San Juan.
Muchos de los que iban con el rey no habian visto aquel prodigio, y les maravilló su hermosura. Pero lo que mas les maravilló, fué ver en el fondo del barranco una interminable sucesion de filas de morteros de granito negro con su maza.
Los canteros, los menestrales, orgullosos con su gigantesca obra, salian á recibir al rey Nazar tocando sus dulzainas y atabalejos, como celebrando una gran fiesta.
--¿Están los treinta mil? preguntó con anhelo el rey.
--Sí señor, contestó el que hacia de cabeza de los mecánicos: sin faltar ni sobrar uno.
El rey mandó que cada cautivo tomase sobre sus hombros un mortero, y se notó que solo quedaba un mortero, cuando llegó el último cautivo.
Cuando al dia siguiente entró el rey en Granada con aquella estraña procesion, todos se confirmaron en que habia perdido el juicio.
--¿A no ser, decian algunos, que quiera moler á todos sus vasallos?
Pero cuando los curiosos vieron algunos dias despues que á lo largo del rio Darro, desde Granada hasta su nacimiento, se estendian los treinta mil cautivos machacando arenas sacadas del rio hasta reducirlas á polvo; cuando vieron que lavadas aquellas arenas dejaban en el fondo de los morteros partículas de oro; cuando supieron que el oro obtenido por este medio por cada esclavo, ascendia al valor de mas de una dobla, entonces el desprecio se trocó en admiracion, y todos, chicos y grandes, esclamaron:
--¡El rey Nazar es un sabio!
XIX.
EL SURCO DEL REY NAZAR.
Y tenian razon.
El rey Nazar habia podido muy bien, para proporcionarse tesoros, oprimir á sus vasallos con impuestos; pero el rey Nazar sabia muy bien que los pueblos oprimidos suelen acabar por hacer pedazos á la mano que los oprime.
El rey Nazar sabia esto porque habia estudiado la historia de los tiempos y conocido las catástrofes causadas por los tiranos.
Además de esto, el rey Nazar queria ser amado por sus súbditos, y un rey para ser amado, necesita ser el padre de su pueblo, no su verdugo.
Habia preferido, pues, arrancar sus tesoros á la tierra de promision de que era rey.
Leyendo en una ocasion un antiguo libro romano, habia encontrado la manera de sacar el oro y la plata de las arenas de los rios.
El Darro era abundantísimo de oro, y el rey recurrió á él.
Hubiera podido tambien, estremando la tiranía, haber obligado á sus vasallos á aquel áspero trabajo de machacar arena durísima.
El rey prefirió que aquel rudísimo trabajo cayese sobre cautivos tomados en la tierra de sus enemigos.
Así es, que ningun sacrificio costaban los tesoros del rey Nazar á los naturales del reino de Granada.
Era, pues, un rey bueno y sabio.
Es verdad que las correrías de sus caballeros sobre las fronteras de los reyes con quien tenia ajustadas paces, produjeron algunas enérgicas embajadas; pero el rey Nazar contestó que no estaba en su mano el evitar aquellos sucesos, que en otras ocasiones los cristianos fronterizos hacian lo mismo con los moros, y despues de muchas idas y venidas no se volvió á hablar mas del asunto; los tratados de paz continuaron en su fuerza y vigor, y los cautivos machacando arena en las márgenes del Darro.
El rey Nazar era un gran rey.
Pero se preguntaban los que diariamente iban á ver trabajar á los cautivos:
--¿En qué empleará el rey Nazar tanto oro?
Porque todos sabian que el rey no era avaro, ni queria sus riquezas mas que para invertirlas de una manera útil y beneficiosa á su reino.
Habian pasado dos meses desde el dia en que los cautivos habian empezado á estraer oro de las arenas.
Los canteros, que por la labranza de los treinta mil morteros, habian obtenido el derecho esclusivo durante dos años á los mármoles de las canteras de la sierra, habian recibido del rey la órden de cortar grandes trozos á propósito para columnas, pavimentos y otras piezas de fábrica.
Aquel mármol habia sido pagado á gran precio por el oro del Darro acuñado en la Casa de la moneda.
--¿Qué obra irá á hacer el rey Al-Hhamar? se preguntaban los curiosos.
Al-Hhamar entre tanto hacia frecuentes escursiones con Yshac-el-Rumi á la Colina Roja.
La recorria en toda su estension, subia el repecho del monte, se estendia hasta el Cerro del Sol, bajaba hasta la Colina de Al-Bahul, y observaba todos los diferentes puntos de vista que se ofrecian desde estas alturas.
Al fin, un dia, se vió salir de la casa del Gallo de viento á Al-Hhamar seguido de su córte. Pero lo que mas se estrañó fué que entre la córte iban dos hermosos bueyes ayuntados, cubiertos de paramentos de seda y oro, y de penachos y campanillas de plata, y arrastrando un arado.
Cuando llegaron á la Colina Roja, el rey descabalgó y descabalgaron todos; el walí que guiaba la yunta la llevó por órden del rey á la parte estrema occidental de la colina; entonces el rey volvió sobre la tierra la corva punta del arado, y apoyándose fuertemente en la mancera, dijo clavando el hierro en la colina:
--¡Aquí será mi alcazaba!
Y los bueyes siguieron adelante guiados por el walí; y el rey tras ellos afirmado en la mancera y abriendo un profundo surco.
Asomaba el sol por cima de la Sierra Nevada, cuando la yunta empezó á andar en direccion de occidente á oriente.
El walí seguia guiando la yunta.
El rey se apoyaba en la mancera, y levantaba pedazos de tierra, acaso jamás tocada por el arado.
Detrás seguia la córte admirada.
Al llegar á la parte media de la Colina Roja, frente por frente del alto y distante monte de Aynadamar, el rey se detuvo y esclamó:
--¡Aquí se levantará mi trono de justicia!
Y luego siguió adelante.
--El rey Nazar vá á construir un alcázar, dijeron entre sí los cortesanos. ¿Pero por qué no lo construye allá arriba en lo alto del cerro?
La yunta siguió, y al llegar á un barranco torció á diestra mano, siguió la configuracion de la Colina hácia oriente, siguió torciendo á diestra mano, y al llegar á la parte media oriental de la Colina, se detuvo y dijo:
--¡Aquí abriré la puerta de mi alcázar sobre una torre de siete bóvedas!
Y siguió adelante.
Y los cortesanos repitieron:
--¿Por qué el rey no construye su fortaleza en lo mas alto?
Siguió la yunta marchando hácia la parte media occidental de la Colina al mismo punto donde el rey habia empezado el surco, pero antes de llegar á aquel punto se detuvo otra vez y dijo:
--¡Aquí se alzará la torre de la puerta por donde entrarán los que hayan menester justicia! ¡Torre y puerta del juicio se llamarán!
Y continuó.
--Pequeño alcázar construye el rey, murmuraron los cortesanos: ya han pasado los tiempos en que un Abd-el-Rahman construia la ciudad de Azarah.
Pero cuando el rey hubo llegado al punto de donde aquel surco habia partido, mandó que volviesen la yunta hácia el estremo occidental, del frontero cerro de Al-Bahul.
Habia que descender por un áspero repecho, bajar hasta la puerta donde empezaba el barrio de los Gomeles, y subir otro repecho para llegar á la Colina de Al-Bahul.
El walí, la yunta y el rey descendieron; cuando el rey llegó á la puerta de los Gomeles, se detuvo otra vez:
--¡Esta será la puerta de mis alcázares y castillos: aquí el siervo sacudirá su calzado para entrar en la morada real de su señor!
Y trepó por el opuesto repecho.
Y señaló con un surco á la redonda el cerro de Al-Bahul, y luego por la parte de oriente del cerro, abrió de nuevo el surco, trepó al cerro del Sol, siguió en un estensísimo círculo, rodeó su cumbre, abrió otro surco en el pequeño valle que separa al cerro del Sol del cerro que domina la Colina Roja, y al llegar á su estremo esclamó:
--¡Esta será la Silla del rey moro, su fortaleza y su atalaya, desde donde se verán sus jardines, su harem, el campo de escaramuza de sus ginetes, sus bosques y su alcázar; cascadas de aguas cristalinas se derrumbarán por las laderas, cubriendo de flores y de verdor esta tierra bravía y árida; cien torres con sus muros y treinta mil almenas, serán la coraza de esta maravilla, y sobre las ruinas del templo de los ídolos, se alzará la aljama dedicada al Dios Altísimo y único!
Los cortesanos no se atrevian á creer las palabras del rey, porque solo veian dentro del estendido surco que el rey Nazar habia abierto, una tierra rogiza, árida y pedregosa.
El rey descendió por la ladera de la Silla del moro hasta la Colina Roja, y cuando llegó á ella el sol trasponia en el occidente.
Al amanecer del dia siguiente un número incalculable de trabajadores, dirigidos por alarifes, á los cuales mandaba el alarife del rey, que obedecia á Yshac-el-Rumi, abrian profundos cimientos de torres y muros sobre el cerro, y una numerosa multitud de curiosos seguian maravillados aquella línea, que comprendia dentro de sí cuatro montes.
Granada estaba orgullosa con su rey.
Y eso que hasta entonces solo habia visto el surco del rey Nazar.
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LEYENDA II.
EL MIRADOR DE LA SULTANA.
I.
¿SULTANA Ó ESCLAVA? ¿AMANTE Ó HIJA?
Empezaron á cruzar por Granada centenares de pesadas carretas de bueyes, cargadas de mármoles labrados.
Veíanse las delgadas columnas de alabastro jaspeado y brillante y los bellos capiteles labrados de arabescos, y las primorosas fuentes, y las durísimas losas de mármol.
Acarreaban la piedra, y el ladrillo, y el estuco, y la cal.
En toda la estension que habia marcado el surco del rey, iban creciendo los muros y las torres, y levantándose los compartimientos, formando un verdadero laberinto.
Veíanse bajo tinglados de madera multitud de moros teniendo delante otros pedazos de madera, en que trazaban con el compás y con la escuadra las peregrinas labores que habian de enriquecer la obra maravillosa del rey Nazar.
Yshac-el-Rumi andaba entre ellos corrigiendo al uno, advirtiendo al otro, estimulando con alabanzas á los mas.
Por todas partes se trabajaba y la obra se veia crecer; un número incalculable de albañiles y de alarifes se empleaban en ella.
Los treinta mil cautivos continuaban robando su oro al Darro, y la Casa de la moneda no cesaba de acuñar aquel oro que inmediatamente se repartia entre los industriales de Granada.
Los cuatro montes se veian cubiertos de gente activa é incansable, y por todas partes resonaba el martillo, y por todas partes se escuchaba el sordo y contínuo ruido del pison de hierro, que hacia con tierra murallas de piedra.
El rey Nazar se levantaba con el alba, iba á buscar á Bekralbayda, se perdia con ella entre los bosquecillos de los jardines del harem de la casa del Gallo de viento, causando mortales angustias á su hijo el príncipe Mohammet que los veia desde su alta prision, y horribles celos á la sultana Wadah, que acechaba escondida tras las celosías de los miradores.
Despues de una hora de soledad con Bekralbayda, el rey Nazar iba á sentarse en su trono en la puerta de justicia del palacio del Gallo de viento: oía las quejas y las peticiones de sus súbditos; las castigaba ó premiaba, y despues de esto y de una ligera comida se trasladaba á la Colina Roja donde permanecia hasta la puesta del sol que se retiraban los trabajadores.
Entonces el rey se volvia á la casa del Gallo de viento, hacia su segunda comida, se encerraba en su cámara, y pasaba la noche hasta una hora avanzada leyendo antiguos libros, ó estudiando y comentando leyes.
La obra del Palacio-de-Rubíes crecia, pero su estraordinaria magnitud la hacia mas lenta de lo que el buen rey Nazar hubiera querido.
--¡Oh, señor Dios! esclamaba contristado: ¿no tendré yo vida para ver terminada y resplandeciente esta maravilla?
Pero habia una parte de la obra en que se habian agolpado cuantos trabajadores podian funcionar sin embarazarse los unos á los otros: los muros habian sido levantados en muy pocos dias; el interior habia sido embaldosado, alicatado, pintado, dorado y artesonado tambien en muy poco tiempo: al fin, un dia el sol pudo arrancar fúlgidos destellos de los vidrios y de las tejas de colores y de la aguja dorada de su cúpula.
Aquel era un pequeñito alcázar, al que el rey Nazar habia dado el nombre de Mirador de la sultana.
Se componia de una torrecilla que en su parte superior tenia una elegante columnata de alabastro, cerrada por la parte interior con celosías doradas.
Una galería con columnas semejantes é iguales celosías: tres pequeños retretes con alhamíes ó alcobas, pavimentadas de mosáicos, con las paredes labradas de preciosa y menuda labor: con leyendas del Koram y versos amorosos en sus inscripciones, con techos en que la madera imitaba de una manera maravillosa el cedro, el sándalo, el nacar, el marfil, la plata y el oro, entrelazados, combinados, dispuestos de una manera tal, que recreaban la vista y la perdian en cambiantes de luz, y en cien ingeniosas labores, formaban aquel delicioso apartamento.
Una escalera de mármol estrecha y como construida por el genio del misterio, conducia á otros no menos lindos compartimientos bajos, que daban á una galería semejante á la galería superior, de arcos calados sostenidos en columnas, y de aquella galería se pasaba á un jardin formado de repente, con árboles y flores trasplantados de los cármenes del Darro.
Las copas de los árboles frutales que se cruzaban; las galerías de cipreses y laureles que se estendian formando bóvedas, y que iban á concurrir en una cúpula de verdor, bajo la cual, en medio de un suelo cubierto de cesped, se veia una fuente de mármol de la que saltaba un rico surtidor, hacia que desde ninguna parte pudiese verse á las personas que vagaban por aquel jardin tan freco, tan sombroso, entre cuyas ramas estaban escondidos en jaulas ruiseñores y gilgueros y cuantos pájaros tienen un canto melodioso.
Al menos, dijo el rey Nazar cuando vió terminado aquel pequeñito alcázar, ya no moriré sin haber visto una de las maravillas de esta obra del hombre: ahora es necesario que venga á ser su alma una de las maravillas de la obra de Dios.
Y mandó poner en el alcázar alfombras y divanes y pabellones de oro, y cuando todo estuvo preparado, y en cada cámara una esclava, en la parte esterna; y en la parte que correspondia á los adarves de la fortaleza soldados de guarda, y en el jardin eunucos mudos, mandó trasladar á aquella primera construccion á Bekralbayda.
Vióse, pues un dia subir á la Colina Roja un palanquin cerrado, conducido por cuatro esclavos, y rodeado de una numerosa guardia mandada por un walí, que acompañaba al alcaide de los eunucos del rey.
Aquel palanquin pasó por medio de los trabajadores y fué á perderse en el pórtico del Mirador de la sultana.
Poco despues una jóven, cuya hermosura resplandecia mas que el deslumbrador brocado de su túnica; mas blanca que las gruesas perlas del collar que rodeaba su cuello; con los ojos mas resplandecientes que los diamantes que entrelazaban sus negrísimas trenzas, entró en las magníficas habitaciones bajas del Mirador de la sultana, acompañada del alcaide de los eunucos.
Aquella muger cuya hermosura resplandecia de tal modo, era Bekralbayda.
A pesar de lo anchuroso de los pliegues de su túnica de brocado, un ojo un tanto observador, hubiera notado que Bekralbayda estaba en cinta.
Este estado de maternidad, y la dulce palidez de sus megillas y lo apasionadamente melancólico de su mirada, en que ardia un fuego recóndito y casi divino, la hacian parecer mas hermosa.
--El poderoso, el invencible, el magnífico rey Nazar, dijo el alcaide, quiere que el lucero del amor, el sol de la hermosura, la sonrisa de Dios, el ramillete de dulzura, la esclarecida sultana Bekralbayda, vea si la contenta el alcázar que ha construido para ella.
--Yo no puedo llamarme ya Bekralbayda, dijo suspirando la jóven, por única contestacion á las hiperbólicas alabanzas del eunuco[39].
--Venturoso aquel, dijo inclinándose profundamente el eunuco, á quien dés una hermosa prenda de tus amores, estrella de las sultanas: á quien dés un príncipe poderoso ó una sultana tan hermosa como su noble madre.
--¡Me llamas sultana! dijo con acento de estrañeza y de gran interés Bekralbayda; ¡saludas á lo que nacerá si Allah lo permite, príncipe si es varon y sultana si es hembra! ¿Sabes tú, acaso, algo acerca de mi destino?
--Solo Dios sabe lo oculto, contestó inclinándose de nuevo y mas profundamente el alcaide de los eunucos.
--Me han puesto vestiduras régias, perlas sobre el seno, diamantes y esmeraldas en los cabellos; han puesto arracadas de gran valor en mis orejas, y ajorcas de oro, cuajadas de piedras preciosas en mis brazos; antes me han bañado en aguas olorosas, han vertido sobre mí esencias: ¿no se engalana así á las esclavas del harem á quien el señor elije para sus placeres?
--Pero el alcaide de los eunucos solo acompaña á las sultanas: solo las sultanas pueden llevar la piadosa empresa del rey Nazar (y el eunuco señaló con una mirada respetuosa, un roseton de diamantes y rubíes que Bekralbayda llevaba cerrando su riquísimo caftan sobre su medio desnudo seno, en el centro de cuyo roseton se veia el escudo real de Al-Hhamar, con su empresa en que se leia en caracteres africanos ¡solo Dios es vencedor!) Solo las sultanas son servidas por esclavas doncellas, y guardadas por esclavos negros: y una perla del jardin de Hiram, un rayo desprendido del sol, no puede ser esclava. Por eso te llamo sultana, alegría del mundo; por eso me humillo ante tí, lucero de los luceros.
Y se inclinó de nuevo.
--¿Pero nada seguro puedes decirme?
--Solo Dios sabe lo oculto, repitió el eunuco.
--¿Es decir que solo me acompañas para mostrarme este alcázar?
--Para que el esclarecido y poderoso sultan sepa si te agrada.
[imagen no disponible: Contempló profundamente conmovido à Bekralbayda
Lit de J.J. MARTINEZ Madrid LETRE dibº y Litº]
--Dí al noble y magnífico sultan Nazar, que para quien tiene el alma triste nada hay alegre; que para quien llora no hay nada hermoso mas que su esperanza, y que la soledad y las lágrimas son los mejores compañeros de un desventurado.
--Tú se lo dirás al señor, noble sultana, porque el señor se acerca: ya oigo la zambra que le saluda: el siervo no puede permanecer aquí; que Allah te acompañe y te cubra de prosperidad, luz de los cielos.
Y el alcaide de los eunucos hizo una profunda reverencia, se retiró andando para atrás y repitió su reverencia otras dos veces antes de desaparecer por la puerta.
Bekralbayda se sentó en un divan, y se replegó en sí misma, acongojada y pensativa; una dulce luz dorada que penetraba lánguida y vaga por las celosías de la cúpula, hacia brillar los diamantes de su prendido y daba un tono incitante y lascivo á la blancura de su cuello y de sus hombros desnudos; el blanco humo de un pebetero estendiéndose delante de ella, la hacia aparecer dulcemente velada y mas hermosa, con una hermosura eminentemente fantástica.
Y luego, aquella niña tan incitantemente hermosa, tan deliciosamente pura, con su tristeza de amor, con sus lágrimas de desconsuelo, con lo elocuente de la mirada de sus negros ojos, que se elevaban al cielo como implorando la misericordia de Dios, era una poesía viva, una poesía humana, colocada en medio de otra poesía inmóvil, muda, pero resplandeciente, como animada por la luz que hacia brillar sus arabescos dorados, sus alicatados de colores, su alfombra de oro y seda, mientras á través de una puerta se veia un fondo oscuro y misterioso, y á través de la otra las enramadas tupidas y verdes de los cenadores de jazmines y laureles, amortiguando la luz del dia, y dejando ver por alguna abertura un pedazo de cielo resplandeciente, azul, diáfano, incomparable.
Sintiéronse leves pasos por la parte de la puerta del fondo oscuro, y poco despues apareció en la puerta un hombre y se detuvo, se cruzó de brazos y contempló profundamente conmovido á Bekralbayda.
Ella ni habia sentido sus pasos ni le habia visto.
Un silencio profundo envolvia la cámara, silencio que solo rompian de una manera vaga por la parte del jardin, los lejanos y cadenciosos trinos de los pájaros; por la otra parte el zumbido unísono, ténue, perdido de los trabajadores.
El hombre que de una manera tan afectuosa, tan llena de interés, contemplaba á la jóven, era el rey Nazar.
Venia sencillamente vestido; únicamente brillaban en su cabeza entre su toca, las puntas de su corona, y la empuñadura de su espada entre su faja.
Durante algun tiempo permaneció inmóvil en su benévola contemplacion; luego adelantó y fué á sentarse silenciosamente en el mismo divan en que estaba replegada Bekralbayda, pero á cierta distancia.
Entonces la jóven pareció despertar de un sueño, se estremeció, levantó la cabeza, fijó una mirada ansiosa en el rey Nazar, y cruzando la manos, esclamó:
--¡Ah, señor!
--¡Yo te amo! dijo negligentemente el rey Nazar.
Bekralbayda se puso de pie, mas pálida aun que lo que estaba, aterida, muda, como aniquilada; guardó durante algunos momentos silencio, y luego esclamó:
--¡Pero yo no puedo amarte... no!... ¡no puedo amarte como tú quieres que te ame... no! ¡Allah, el grande, el poderoso Allah lo sabe: no puedo amarte así!
--Cuando te confesé mi amor, dijo reposadamente el rey Nazar, tú me contestaste...
--¡Mentí! ¡mentí! esclamó toda asustada Bekralbayda.
--Cuando te confesé mi amor, continuó impasible el rey, me dijiste, quiero ser sultana.
--¡Ah, misericordioso Dios! ¡Mentí!
--Yo te dije: en buen hora sea: Dios te ha dado en sus bondades una hermosura superior á la de las mugeres de la tierra; eres una hurí que el Altísimo ha permitido aliente en las entrañas de una muger: digna eres de ser sultana: mi esposa la sultana Wadah, ha enloquecido... está apartada de mí: tú ocuparás el lugar de la sultana Wadah, que por su locura se la puede considerar muerta.
--¡Ah, poderoso señor!
--Tú sabes que la locura de la sultana Wadah es verdad.