La alhambra; leyendas árabes

Part 6

Chapter 63,962 wordsPublic domain

--Perdónale, señor, perdónale... aunque no sea mas que por la memoria de tu perdida Leila-Radhyah.

Pronunció la sultana con tal sarcasmo estas palabras, que el rey empezó á sospechar lo que nunca habia sospechado: que su esposa hubiese tenido parte en la muerte de la princesa.

Y como si Wadah solo hubiese recobrado por un momento la razon para aterrar al rey Nazar, volvió á su violento estado de locura.

El rey salió aterrado de la cámara.

Apenas se perdió el ruido de las pisadas del rey, cuando Wadah se alzó del suelo donde de nuevo se habia sentado, sombría, terrible: en sus ojos habia vuelto á aparecer la razon.

--¡La ama! ¡ama á esa doncella! esclamó: ¡ha palidecido al saber que Bekralbayda ama á su hijo! Pues bien: ¡mis celos mataron á Leila-Radhyah! ¡mis celos matarán á Bekralbayda!

Y acabó de componer el desórden de sus ropas: recogió sus cabellos y salió lenta y fatídica de la cámara dorada, por una puerta opuesta á aquella por donde habia salido el rey.

XIV.

LO QUE SE VEIA DESDE LA TORRE DEL GALLO DE VIENTO.

Mientras pasaba la luna fijada por plazo por Yshac-el-Rumi para mostrar al rey la reproduccion de las maravillas del Palacio-de-Rubíes, acontecian en el palacio del Gallo de viento pequeños sucesos pero graves, y que no son para pasados en olvido.

El príncipe se desesperaba en la prision de la torre.

Encerrado allí como una águila en su jaula sufria esa tortura lenta del prisionero, que vé los azules horizontes, la gente que vá y que viene, que entra y que sale, y la envidia, porque su paso no puede estenderse mas allá de los muros de su prision.

Inaccion forzada, terrible, que irrita, que desespera, que desalienta, y tanto mas cuando no se conoce el término de ese estado aflictivo, cuando no se sabe si se saldrá de la prision para la tumba ó para el destierro.

Y cuando el que está preso ama como amaba el príncipe: cuando se tienen celos como el príncipe los tenia: cuando se vé desde la prision lo que el príncipe veia lodos los dias, la vida llega á hacerse insoportable.

Al amanecer, por medio de las calles de cesped de un jardin que veia el príncipe desde su empinada prision, atravesaba una forma blanca, leve y gentil y se perdia entre la espesura de los bosquecillos.

Aquella forma, aquella muger hechicera, era Bekralbayda.

Poco despues una forma negra, lenta, grave, magestuosa, se perdia por el mismo lugar por donde habia entrado la jóven.

Aquella forma negra, aquel hombre de andar reposado y magestuoso, era el rey Nazar.

Pasaba el tiempo: el príncipe devorado de celosa rabia contaba por cada instante un siglo.

Al fin el rey y Bekralbayda salian del bosquecillo, atravesaban juntos el sendero y se perdian bajo los pórticos.

No era solo el príncipe el que veia esto.

Lo veia la sultana Wadah, estremecida de rabia desde sus miradores.

Veíalo tambien estremecido de una cruel alegría desde una torrecilla del muro, el astrólogo Yshac-el-Rumi.

Llegó al fin el plazo prefijado por el astrólogo.

Una noche entró en la cámara del rey con un voluminoso rollo de pergaminos.

Hízole sentar Al-Hhamar y le dijo:

--Estoy impaciente por construir ese alcázar: mi amor hácia tu hija es cada dia mas grande.

--Mi hija es muy afortunada, poderoso señor.

--Pero tu hija se obstina en no corresponder á mi amor sino cuando haya construido para ella un alcázar.

--Aquí tienes las trazas de él, magnífico sultan, cuadra por cuadra, rico y magestuoso, como ha querido hacerle Dios.

El astrólogo estendió uno por uno todos los pergaminos.

En él estaban pintadas primorosamente las habitaciones del alcázar, los patios, las fuentes, las galerías caladas, las blancas columnatas de mármol, los claros estanques, los techos de oro, rojo y azul, las cúpulas estrelladas; una gran inmensidad de esquisitas labores, de alicatados maravillosos, de labradas maderas, de celosías, de puertas: aquello era un prodigio que maravilló al rey.

--Mira, señor, le decia el astrólogo, cuán bello es este patio: sus columnatas forman un espeso bosque cuando se le mira desde sus galerías, y los graciosos arcos parecen las copas de jóvenes palmeras que se cruzan; mira cuán magnífica es esa fuente que se sustenta sobre esos doce leones: pues las cuatro salas que rodean el patio, parecen robadas del paraiso: sus cúpulas son cielos estrellados y sus ajimeces parecen tan hermosos como los ojos de una hurí.

--Indudablemente Dios es grande sobre todas las grandezas, decia el rey, y este alcázar es una de sus maravillas.

Sus arcadas son tan ligeras, que parece que ha de hacerlas mover la brisa; sus columnas son tallos de azucenas en búcaros de nacar.

Sus estanques son espejos de Dios, y cada uno de sus jardines parecen el chal de una hurí.

¿Qué hombre podrá realizar tanta maravilla?

Ya no estraño que el rey Aben-Habuz se volviese loco al ver tanto prodigio.

--Tú realizarás esta obra admirable, poderoso sultan Nazar, dijo el astrólogo.

--Yo he construido en mi Granada cien mezquitas y doscientos algibes, dijo el rey: yo he abierto á la ciencia multitud de escuelas: yo he rodeado el recinto de muros que orlan mil y treinta torres y treinta mil almenas: yo he invertido ciertamente en todas esas obras grandes tesoros: ¿pero qué tesoros bastarian para construir este alcázar, maravilla de las maravillas?

--El palacio en que vives no es digno de tu grandeza.

--Sea feliz y próspero mi pueblo, que yo tengo bastante con una torre para morar y una piel de tigre para reclinar mi cabeza, como el viejo rey Abu-Mozni-el-Zeirita.

--Tú amas á mi hija.

Calló el rey.

--Mi hija no te concederá su amor, sino cuando hayas construido para ella este rico alcázar.

--Tu hija me pide mucho. Es una esclava demasiado cara.

--Mi hija será sultana.

Se estremeció el rey.

--Mi hija es mas hermosa y mas preciada que ese alcázar que tanto te enamora.

Meditó un momento el rey, y luego dijo levantándose de una manera decidida.

--¡Construiremos el alcázar de las maravillas, Yshac! ¡yo te lo juro!

XV.

UNO PARA CADA ALMENA.

Y es de advertir que cuando el rey Nazar formó la resolucion de construir aquel magnífico alcázar, no tenia una sola dobla en su tesoro.

Porque el rey Nazar invertia sumas cuantiosísimas en la construccion de hospitales, mezquitas, escuelas, y otros establecimientos, y en pagar sabios que enseñasen al pueblo.

El rey habia concebido un proyecto, para llevar el cual á cabo, envió cartas á todas las villas del reino, llamando á todos los caballeros sus vasallos.

Ocho dias despues hervia Granada en forasteros.

Deslumbraban las galas y el aparato con que aquellos habian venido á la córte, y las posadas estaban llenas, y se preguntaban los unos á los otros para qué habria hecho el rey aquel llamamiento.

Al fin un dia los convocó el rey Nazar á su palacio de la torre del Gallo de viento, y cuando todos estuvieron reunidos, salió vestido magníficamente en un caballo cubierto de paramentos de brocado, llevado de las riendas de púrpura por dos wazires, rodeado de sus sabios y de sus walíes y seguido de los esclavos negros de su guardia.

Precedian al rey Nazar timbaleros y trompetas, y de este modo, llevando tras sí á todos los nobles que habia convocado, bajó por Al-Acab[31] á la calle de Elvira, y atravesando el barrio que poblaba la tribu de los Gomeles, subió á la Colina Roja.

En el centro de la cumbre habia una magnífica tienda de seda y oro levantada para el rey.

Delante de la tienda habia un trono.

Cuando el rey Nazar llegó junto al trono, descabalgó y descabalgaron los de su comitiva, y de igual manera descabalgaron los caballeros.

El rey subió sobre el trono, rodeándole los de su séquito, y luego delante del trono y en media luna se estendieron todos los nobles, que pasarian de cuatro mil.

El rey Nazar paseó por ellos una mirada orgullosa.

La mirada de un rey que contemplaba delante de sí una caballería tan rica, tan noble y tan valiente.

--Os he llamado, dijo el rey, para concederos una gracia.

Salió una aclamacion unánime de las bocas de los caballeros.

--Todos sois nobles y valientes, y la paz en que estamos con el cristiano, os tenia ociosos y disgustados, convertidos en labradores.

Contestaron al rey unánimes señales de asentimiento.

--Mirad las distantes sierras: aquellas son las fronteras de nuestro territorio: de una parte hácia la tramontana tenemos á Murcia, de otra á Jaen, de otra á Córdoba, y allá al frente á Africa.

Volviéronse las miradas de los caballeros á las distantes fronteras con una avaricia feroz.

--Vosotros volariais sobre vuestros caballos y sobre vuestras almadias, atravesariais esas fronteras y ese mar, y hariais la guerra si yo os lo permitiese.

--¡Sí, sí, sí! gritaron enardecidos de entusiasmo todos los caballeros.

--Pero yo no puedo permitiros la guerra; tengo asentadas las paces con los reyes de Castilla y Aragon y con los emires de Africa.

Nublóse el atezado rostro de todos aquellos bravíos guerreros.

--Mi estandarte real no puede ir delante de vosotros, añadió el rey Nazar.

--¿Y cómo hemos de pasar las fronteras cristianas y embestir las riberas de Africa, tienes asentadas paces con los emires moros y los reyes cristianos? dijo uno de los caballeros.

--Yo no puedo permitiros la guerra: pero vosotros podeis hacer una sola algarada[32].

Volvió á brillar la alegría en el rostro de los caballeros.

--¿Una algarada á todo trance, señor? dijo el mismo anciano.

--Sí, respondió el rey.

--¿A la redonda en las fronteras del reino?

--Sí.

--¿Y contra las riberas de Africa?

--Sí.

--¿Y ningun daño nos parará, poderoso señor?

--Ninguno; pero atended lo que os voy á decir.

Creció el silencio entre los caballeros.

--Os permito una algarada de sol á sol contra las fronteras de Córdoba, Jaen, y Murcia, y contra la ribera opuesta de Africa frente á nosotros. Una algarada de sol á sol y nada mas. ¿Me entendeis bien?

--Sí, sí, poderoso señor.

--Pero entended mejor lo que os voy á decir: dentro de ocho dias me habeis de entregar en Granada treinta mil cautivos.

--¡Treinta mil cautivos! esclamaron con asombro los caballeros moros.

--Sí, treinta mil cautivos, dijo el rey: uno para cada almena.

--¿Pero dónde encontraremos tantos cautivos, poderoso señor?

--Buscadlos; y... al campo vuestras banderas; á la mar vuestras fustas: pasados ocho soles, me habeis de entregar en Granada treinta mil cautivos, uno para cada almena.

Y el rey despidió á sus caballeros y se volvió á su castillo.

--¡Treinta mil cautivos! decian poco despues aquellos feroces guerreros galopando por los caminos en busca de sus villas y alquerías.

--¡Uno para cada almena! murmuraban otros pensativos.

--¿Qué pretenderá hacer el rey Nazar? añadian todos.

XVI.

UNO PARA CADA CAUTIVO.

Maravilláronse los sabios y aturdiéronse los ignorantes con la estraña resolucion del rey Nazar.

¿Para qué queria aquellos treinta mil esclavos?

¿Qué treinta mil almenas eran aquellas de que habia hablado?

No se murmuraba de otra cosa en la córte.

Pero creció la maravilla cuando el rey llamó á ciertos oficiales que se ocupaban en labrar piedras, y encerrado con ellos en su castillo, les dijo:

--Yo tengo en la sierra canteras de preciosos mármoles: mio es el blanco y brillante, que al marfil semeja: mia la serpentina verde como la esmeralda: mio el granito rojo, verde y azul, y el manchado, que imita á la piel del tigre: ¿cuánto me dareis si os dejo sacar mármoles por dos años de esas canteras?

--Te daremos diez mil doblas marroquíes, señor, dijo el principal de aquellos menestrales.

Movió el rey la cabeza.

--Te daremos veinte mil doblas marroquíes.

Repitió el rey su movimiento negativo.

--Te daremos treinta mil doblas marroquíes.

--Dadme treinta mil morteros de granito negro, dijo el rey, uno para cada cautivo.

--¡Ah! señor, ¿y con qué compraremos el granito?

--Tomadle de mis canteras.

--¿Y cómo traeremos tanto mortero?

--Dejadlos al pie de las canteras.

--¿Y en cuánto tiempo, señor, hemos de arrancar el granito y labrarlo?

--En quince soles.

--¡Ah, poderoso señor! ¡tú quieres que hagamos maravillas!

--Vuestro es el mármol de todo género que podais arrancar durante dos años de mis canteras: pero habeis de entregarme dentro de quince soles treinta mil morteros de granito negro con su maza, uno para cada esclavo.

Consultaron algun tiempo entre sí los menestrales.

--¿Y si dentro de los quince soles nos faltase algun número de morteros, señor?

--Entonces perdereis los que hallais fabricado y no os daré nada.

Volvieron á consultar entre sí los mecánicos.

--Dentro de quince soles, señor, dijeron, tendrás al pie de las canteras de la sierra, treinta mil morteros con su maza.

--Sí, sí, dijo el rey: eso es, treinta mil: uno para cada cautivo.

Los menestrales salieron maravillados:

--¿Para qué querrá el rey, se decian, treinta mil morteros?

XVII.

¡EL REY NAZAR SE HA VUELTO LOCO!

Uno de los que mas se maravillaban y mas recelosos andaban con la determinacion del rey Nazar, era el mismo que le habia metido en la tentacion de construir el Palacio-de-Rubíes.

Yshac-el-Rumi.

Aquel estraño viejo daba en vano vueltas á su imaginacion para adivinar los proyectos del rey.

El destino que queria dar á aquellos treinta mil esclavos y el objeto á que destinaba aquellos treinta mil morteros, eran dos acertijos.

Sin embargo, aquellos dos acertijos, como veremos mas adelante, eran de muy facil resolucion.

A pesar de la facilidad de esta resolucion, Yshac-el-Rumi no daba con ella.

Lo que demostraba que tenia mas de charlatan que de astrólogo.

Sin embargo, Yshac-el-Rumi, como veremos mas adelante no era un hombre malo.

Se habia propuesto motivar un gran acto de justicia, y para ello se habia valido como medio de lo maravilloso, porque sabia demasiado lo dados que eran á la supersticion los musulmanes.

Y cuando decimos los musulmanes, como separando de ellos á Yshac-el-Rumi, parece que decimos que Yshac no era musulman.

En efecto, no lo era originariamente: su mismo sobrenombre de Rumi lo decia[33].

Si ahora os contáramos la historia de Yshac-el-Rumi, perderia gran parte de su interés nuestro relato.

Básteos saber que Yshac-el-Rumi no era astrólogo mas que en la charla, que el cuento del rey Aben-Habuz habia sido una invencion suya para maravillar al rey, que el encantado alcázar de Rubíes era una mentira, y que los hermosos planos, dibujos y vistas que habia mostrado al rey y que tanto le habian encantado, los habia comprado á un alarife africano que habia muerto en la miseria, sin lograr que ningun emir de oriente quisiese gastar sus tesoros en la construccion de aquel magnífico alcázar con el cual habia soñado veinte años de su vida, invertidos en la composicion, distribucion, trazas y adornos que estaban demostrados en los pergaminos.

El alarife moribundo, vendió á Yshac-el-Rumi aquellos planos, dibujos y trazas mediante á una estraña condicion, fundada en una historia de amores y desgracias, y por algunos dirahmes de plata con los cuales debia ser comprada una sepultura de piedra.

El alarife habia entregado todos los sueños de su vida á Yshac-el-Rumi, á trueque de una estrecha vivienda donde dormir por toda una eternidad.

Además, el alarife habia entregado á Yshac-el-Rumi una muger y una niña.

La muger era hermosísima, la niña daba señales de serlo.

Fiel Yshac á su juramento, habia embalsamado y puesto en su lecho de piedra al africano: se habia consagrado á aquella niña y á aquella muger, y estaba á punto de realizar los sueños del difunto.

El rey Nazar conocia á la niña.

El príncipe Mohammet la amaba.

Porque aquella niña era Bekralbayda.

El alcázar maravilloso iba á construirse.

Pero no podia Yshac-el-Rumi sacar en claro para qué queria el rey Nazar aquellos treinta mil cautivos y aquellos treinta mil morteros.

Y no era solo Yshac-el-Rumi el que andaba pensativo y confuso por aquel misterio: llegó á interesarse en él todo el reino.

Porque autorizados los walíes, capitanes y arrayaces vasallos del rey Nazar para entrar en algara por las tierras cristianas y las riberas de Africa, empezaron á tomar gente á sueldo, y no se veian por do quier mas que escuadrones armados y banderas tendidas, atravesando la Vega y los desfiladeros de las montañas: y por otra parte los alarifes y labradores de mármol, buscaban cuantos oficiales podian, y pagándolos á precio de oro, se los llevaban á las canteras del rey, donde trabajaban de dia y de noche.

Entre tanto el rey Nazar hacia frecuentes escursiones con Yshac-el-Rumi, y llevando consigo los maravillosos pergaminos, á la Colina Roja.

--Pero aquí no cabe este alcázar, decia á su falso astrólogo: será necesario subir con los muros por la ladera del cerro, y correr por su cumbre, y bajar despues á la Colina de Al-Bahul, cerrando las dos alas del alcázar como con un herrete, con una muralla que cierre el barrio de los Gomeles. ¡Oh! ¡quién tuviera vida para ver terminada esta maravilla!

Yshac se maravillaba de que el rey Nazar pidiese á Dios vida y no tesoros para construir aquel alcázar.

--Muy rico debe ser el rey, decia para sus adentros.

--Cien torres y treinta mil almenas en ellas y en los muros, decia el rey Nazar contemplando los planos: un cautivo para cada almena, un mortero para cada cautivo: treinta mil dirahmes de oro cada un dia; ¡sí, sí, por Allah! hay lo bastante para construir una nueva Damasco. ¡Treinta mil cautivos! ¡uno para cada almena! ¡treinta mil morteros! ¡uno para cada cautivo! ¡treinta mil dirahmes de oro cada un dia!

Yshac-el-Rumi se contristó, porque creyó que el rey habia perdido el juicio, y esto echaba á tierra todos sus proyectos.

Y no era solamente Yshac el que pensaba de esta manera.

Los habitantes de Granada decian tambien, pero en voz baja por temor de ser castigados:

--¡El rey Nazar se ha vuelto loco!

XVIII.

¡EL REY NAZAR ES UN SABIO!

Pasaron los ocho dias que el rey habia concedido á los caballeros del reino para un solo dia de algarada alrededor de las fronteras y al frente de la costa.

El mismo dia en que se cumplia el plazo, amanecieron delante de las puertas de Granada los cuatro mil caballeros, con sus banderas y sus taifas en número de cincuenta mil hombres[34].

En el centro del aduar ó campamento formado por cada una de estas taifas, se veian las presas hechas en las fronteras cristianas y en la ribera de Africa, consistiendo la mayor parte de estas presas en cautivos.

Notábase que todos estos cautivos eran hombres y hombres robustos; si los caballeros habian hecho cautivas, se habian abstenido sin duda de llevarlas á Granada, enviándolas con algun ligero resguardo á sus posesiones.

El rey Nazar que esperaba, no sin fundamento, que sus caballeros cumplirian fielmente su promesa, estaba preparado, y cuando le avisaron de la presencia de aquellas gentes de la Vega, salió de su castillo rodeado de su córte y seguido por los mismos esclavos de su guardia.

Cuando el rey salió á la Vega por la puerta de Elvira, las dulzainas, las trompetas, los tambores, los atabales y las atakeviras de sus caballeros, tocaron la zambra, á la que contestaron los músicos del rey.

Al pasar por medio de los cerrados escuadrones, los soldados gritaban:

--Al-Hhamar le galib[35].

A lo que el rey Nazar contestaba, sonriéndose benévolamente, á walíes y soldados.

--¡We! ¡le galib ille Allah![36]

El rey llegó al fin acompañado por los xeques[37] de las tribus, y de los principales walíes, á una magnífica tienda alrededor de la cual habia amontonado un botin inmenso.

--Hé ahí poderoso y magnífico señor, dijo el mas anciano de los xeques, señalándole los despojos amontonados, la quinta parte de nuestra presa que te corresponde como emir y sultan de los creyentes.

Y empezó á poner de manifiesto la presa.

Consistia esta en dinero, en oro y plata, en cálices, copones, viriles, cruces, ornamentos y otros objetos sagrados robados á las iglesias, y por último, en una multitud de armas y de alhajas de uso particular.

--Buena grangería habeis hecho, dijo el rey.

--Nos ha costado en cambio mucha sangre, señor.

--Si los cristianos se dejasen entrar á saco sin resistencia, las algaras serian el mejor entretenimiento del mundo: todo tiene su precio: la presa de las algaras se paga.

--Allá quedan sobre la sangrienta frontera centenares de muslimes y millares de infieles.

--Pero no es esto lo que os he pedido.

--Espera, espera, señor; dentro de la tienda está la presa que han hecho los que han pasado á Africa.

Entró en la tienda el rey Nazar.

Estaba enteramente cubierta de telas de brocado: la mirra, el aloe y el incienso, formaban grandes montones; brillaban, dentro de cajas, diamantes y perlas y otras piedras preciosas. Veíanse en gran número pieles de leon y de tigre, y en el centro una gran caja llena de doblas marroquíes.

--Pero yo no os he pedido oro, ni perfumes, ni alhajas, ni preciosidades, dijo el rey Nazar: y ¡ay de vosotros, si solo esto habeis traido!

--Es, dijo el xeque, que entre africanos y españoles, te traemos justos y cabales los treinta mil esclavos.

--¡Los treinta mil esclavos! esclamó el rey.

--Sí, poderoso señor.

--¿Y todos fuertes y robustos?

--Sí, magnífico señor, porque hemos matado á los viejos, á los niños y á los enfermos.

--¡Treinta mil cautivos! esclamó el rey: ¡un dirahme de oro cada un dia por cada cautivo!

--¡Treinta mil dirahmes de oro cada un dia! murmuraron por lo bajo los circunstantes. ¿Y de dónde vá á sacar ese tesoro el rey Nazar?

--El rey Nazar está loco.

--¿Y dónde teneis esos treinta mil cautivos? dijo con ansia el rey Nazar.

--Al punto van á pasar por delante de tí, magnífico sultan.

Y saliendo algunos walíes, se oyó poco despues la música tañendo la zambra.

El rey Nazar, en la puerta de la tienda, á caballo, rodeado de su córte, á ambos lados los xeques y los walíes espedicionarios, empezaron á pasar por delante de él entre ginetes moros escuadronados, los cautivos.

Iban delante los africanos atezados y fieros en medio de su vencimiento: todos jóvenes, todos robustos, todos bravíos: su número llegaria á diez mil: venian despues los cautivos españoles, avergonzados por su derrota, pero al mismo tiempo altivos: conocíase que pertenecian á todas las clases y condiciones, desde el orgulloso noble hasta el humilde pechero: todos fuertes, todos robustos, todos jóvenes; pero impresas en las frentes de todos la desesperacion de la desgracia.

El rey Nazar contempló los esclavos trasportado de alegría.

En aquellos tiempos estos azares de la fortuna eran tan comunes, que la desolacion de un esclavo no conmovia á nadie.

Aquella época endurecia el corazon.

Por lo tanto nada tenia de repugnante la alegría del rey Nazar.

Cuando hubieron acabado de pasar los cautivos, el rey Nazar se volvió á los xeques y á los walíes, y les dijo:

--Guardaos vuestra presa por completo: yo no os he pedido oro sino cautivos; me los habeis traido y estoy satisfecho.

Y haciendo que se encargasen de la guarda de los cautivos los walíes de los seis mil de su guardia negra, se fué con su presa la Vega adelante.

--¡No quiere oro! esclamaban maravillados los espedicionarios: ¡y le hemos ofrecido una riqueza inmensa! no hay duda: ¡el rey Nazar está loco!

* * * * *

Entre tanto el rey, llevando consigo su córte y sus treinta mil cautivos, custodiados por sus seis mil esclavos negros, rodeó por fuera de los muros, llegó al lecho del rio Darro, y siguió por su corriente arriba.

Siguiéronle la córte, los esclavos y los cautivos.

El rey atravesó la ciudad, se metió por las angosturas del rio, y siguió adelante.

--¿A dónde irá el rey? se preguntaban los señores de su córte.

Pero el rey seguia caminando en silencio y aguijando su caballo, siempre contra la corriente del rio.

El rey avanzaba, el sol habia llegado á su mayor altura, y el rey seguia aguijando á su caballo.

Habian quedado atrás los frondosos cármenes y las alegres alquerías, y empezaron á marchar por las anchas ramblas de la montaña, cerca del nacimiento del rio.

Al fin el rey dejó el lecho del rio, y trepó por el repecho de una colina deprimida y estrechísima.