La alhambra; leyendas árabes

Part 4

Chapter 44,021 wordsPublic domain

Por eso el rey se paseaba triste, sombrío, apenado, por una de las estensas y sonoras cámaras de su palacio del Gallo de viento.

Por eso de tiempo en tiempo murmuraba exhalando un profundo suspiro:

--¡Aun no es tiempo que yo sea feliz!

VIII.

LA VENTA DE UNA MUGER.

Era ya tarde.

En medio de su distraccion escuchó el rey Nazar el ruido sonoro de las pisadas de alguno que se acercaba.

Entonces compuso su semblante para que nadie pudiese comprender por él lo que pasaba en su alma.

Levantóse el tapiz de una puerta, y un esclavo negro magníficamente vestido con un sayo de escarlata y con una argolla de oro al cuello, se prosternó y dijo con voz gutural y respetuosa:

--¡Magnífico sultan de los creyentes! un viejo enlutado solicita arrojarse á tus plantas: dice que vá en ello mas de lo que puede pensarse.

Al oir el rey Nazar que le buscaba un hombre enlutado, se apresuró á mandarle introducir, lo que en aquella hora no hubiese hecho por nadie, ni aun por sus mismos hijos.

Entró en la cámara algun tiempo despues un hombre alto, pálido, enteramente cubierto por un turbante blanco, y por un ancho alquicel, blanco tambien, sin dejar descubierto mas que un semblante huesoso en cuyas profundas órbitas se revolvian dos ojos brillantes como carbunclos.

Aquel hombre no se prosternó ante el rey Nazar: por el contrario adelantó hácia él, rígido, enhiesto, sin producir ruido al andar, como un fantasma, y con la mirada candente y fija en el rey Nazar, que retrocedió.

--¡No me conoces, Al-Hhamar, el vencedor y el magnífico! dijo deteniéndose á poca distancia del rey.

--Tú eres el viejo que acompañaba á la doncella blanca, dijo el rey Nazar sin poder dominar su fascinacion.

--Sí, yo soy el astrólogo Yshac, contestó aquel hombre permaneciendo inmóvil en el sitio donde se habia parado.

--Tú eres el que me dijiste, cuando yo te ofrecia montañas de oro por la doncella blanca: aun no es tiempo.

--Yo soy.

--¿Y á qué vienes?

--Vengo á venderte á Bekralbayda.

--¡A vendérmela! pide cuanto desees, cuanto quieras.

--Yo no quiero dinero.

--¿Qué quieres pues?

--Dos cosas solas.

--Habla.

--Quiero que Bekralbayda sea doncella de tu esposa.

--¡Ah! ¡poner junto á la terrible Wadah, á ese arcángel del sétimo cielo! ¿Sabes tú quién es Wadah?

--Soy astrólogo y mago: lo sé.

Tembló imperceptiblemente el rey Nazar.

Ni uno ni otro se habian movido del sitio donde se habian parado.

Vistos á cierta distancia parecian dos sombras; la una blanca, y la otra negra, que no se atrevian á unirse, que se rechazaban.

--¿Sabes que la sultana Wadah está loca?

--Lo sé.

Por un cambio natural en la disposicion del ánimo del rey, preguntó con ansia á Yshac.

--¿Sabes por qué causa está loca la sultana?

--Sí.

--Dímelo.

--Aun no es tiempo.

El rey se estremeció de nuevo.

--¿Y sabiendo que está loca la sultana quieres poner á su lado á Bekralbayda?

--Sí.

--¿Pero cómo pueden satisfacerse mis amores estando Bekralbayda al lado de la sultana?

--Ese es negocio tuyo.

--¿Y qué mas quieres para entregarme esa doncella aunque sea de ese modo?

--Ser tu astrólogo: vivir en tu alcázar.

--¡Y nada mas pides! esclamó con asombro el rey Nazar.

--Nada mas quiero, contestó con voz cavernosa el astrólogo.

--Puedes traer mañana á Bekralbayda al alcázar.

--Pues bien; mañana la traeré. A Dios.

Y salió tan silenciosamente como habia entrado, dejando fascinado y mudo al rey Nazar.

IX.

DE CÓMO EL PRÍNCIPE MOHAMMET ESTUVO Á PUNTO DE SER AHORCADO POR LADRON.

Bekralbayda era feliz.

Es verdad que aun no sabia el nombre de sus padres, pero sabia el de su amado.

Las sombras y el silencio habian protegido el delirio de sus amores con el príncipe.

El príncipe, por su parte no podia ser tampoco mas feliz: la muger de su amor era suya en cuerpo y en alma.

Los dos amantes se habian separado antes del amanecer, dándose cita para la noche siguiente.

Yshac-el-Rumi habia pasado la noche en vela, inmóvil, apoyado en el alfeizar del ajimez.

La dama blanca habia dado salida al príncipe por el portillo de una cerca.

Bekralbayda, embellecida por un nuevo encanto, se habia dirigido á su retrete, se habia arrojado en su lecho y habia dormido un sueño de amores.

El príncipe se habia encaminado á la Colina Roja, y se habia ocultado en las ruinas del templo de Diana.

Pero antes de entrar en ellas, habia arrojado una mirada al frontero Albaicin á la casa del Gallo de viento, y habia esclamado al ver el reflejo de una luz en un ajimez del retrete del rey Nazar:

--¿Porqué velará á estas horas mi padre?

Pasó el dia: un diáfano y radiante dia de primavera.

Llegó la noche.

Una noche serena, lánguida, tranquila, sin luna, pero dulce y misteriosamente alumbrada por los luceros.

El príncipe salió de las ruinas del templo, bajó á la márgen del rio y se encaminó á la casita blanca del remanso.

A la casita donde, sin duda, impaciente y estremecida de amor como él, le esperaba Bekralbayda.

Pero esperó una hora y nada interrumpió el silencio y la soledad de aquellos lugares.

Pasó aun mas tiempo y nadie vino á llevar al príncipe junto á su amor.

Encaminóse á la oscura gruta y penetró en ella, pero en vano procuró dar con la pendiente entrada por donde habia resvalado la noche antes, y que le habia llevado al palacio de la dama blanca.

Por todas partes, en todas direcciones, encontraba la roca tajada, áspera, húmeda y nada mas.

--¿Me habré engañado? se preguntó.

Y volvió á salir.

Pero aquella era la estrecha grieta cubierta de maleza por donde habia penetrado la noche anterior.

Para confirmarle en ello estaban allí las ramas que habia cortado con su yatagan para abrirse paso.

Sin embargo, aunque penetró una y otra vez, solo halló una estrecha escavacion en la roca, en la cual no habia ninguna abertura.

Desesperado, abandonó aquel lugar y subió á las cortaduras del rio y rodeó por los cármenes, buscando el postigo por donde le habia dado salida la dama blanca.

Pero no halló la cerca.

En cambio se perdió en un laberinto de enramadas, que se intrincaban mas á medida que el príncipe se revolvia mas en ellas.

Llegó un punto en que quiso salir y no pudo. No encontraba la salida, ni aun lograba dar con el rio cuya corriente le habia guiado.

--¿Habrá aquí algun encantamento? dijo.

Y apenas habia hecho esta esclamacion, cuando oyó un ronco ladrido, y poco despues se vió acometido por un enorme perro campestre y por una ronda de labradores armados de chuzos, uno de los cuales llevaba una linterna.

Cuando esto acontecia habia pasado ya largo tiempo. Era la media noche.

--Hé aquí el ladron de nuestras hortalizas...

--El talador de nuestras flores.

--El caballero que se divierte en matar nuestros perros y seducir nuestras hijas, esclamaron en coro aquellos hombres, con gran sorpresa del admirado príncipe.

La verdad del caso era, que como aquellos honrados labriegos tenian mugeres y parientas hermosas, algunos jóvenes caballeros habian dado en la flor de ir á meterse en vedado por aquellos frondosos cármenes, pisando las flores que encontraban á su paso, pero con la cautela y la malicia del ladron, favorecidos por alguna de las flores pisadas, y el príncipe Mohammet pagaba sin culpa las culpas de otros.

--¿Qué decis de vuestras flores y de vuestras hijas? dijo el príncipe: yo no vengo ni por las unas ni por las otras: me hé perdido en vuestros cármenes y os ruego que me saqueis de ellos.

--¿Qué te saquemos? pues ya se vé que te sacaremos: esclamaron los rústicos, pero será para llevarte preso al rey que nos hará justicia.

Estremecióse el príncipe.

--Vosotros no hareis eso, dijo, cuando sepais quién soy yo.

--Seas quien fueres, por ladron te tenemos ¿no has pasado nuestros términos de noche sin nuestra licencia?

--Yo no he encontrado cerca alguna.

--Tu has escalado la cerca: por lo mismo morirás ahorcado.

En efecto el príncipe habia saltado una pequeña tapia.

--¿Y para qué queremos llevarle al rey? dijo otro: nosotros podemos ahorcarle, ¿acaso no es un ladron armado? ¿no sabeis que el que coje á un ladron armado puede ahorcarle allí donde le pille?

--Pero yo no he hecho resistencia: esclamó el príncipe.

--¿Y quién sabe si la has hecho ó no? ¿lo dirás tú despues de muerto?

--Si vosotros me ahorcárais, mi padre os descuartizaria vivos, contestó con altivez el príncipe.

--Es que nosotros tenemos un padre que nos defenderá del tuyo por poderoso que sea: porque nuestro padre es el poderoso y justiciero rey Nazar.

--Pues bien de rodillas ante su hijo el príncipe Mohammet, dijo con altivez el jóven.

--¿Tú el príncipe Mohammet, el valiente y virtuoso hijo del rey Nazar? dijeron los rústicos: no puede ser; ¿qué tiene que buscar nuestro buen príncipe por estos sitios y á estas horas?

--Es un mal caballero que miente por salvarse.

--Un burlador de la justicia del rey y de nuestra honra.

--Un libertino.

--Un infame.

--Ahorquémosle.

--No; casémosle con la muger que vendrá á buscar y que sin duda es hija de uno de nosotros.

--Yo no conozco á vuestras hijas: os repito que soy el príncipe Mohammet.

--Pues bien; te llevaremos al rey, y el rey dirá si eres príncipe ó no.

Y arremetiendo á él, y sin que el príncipe pudiera valerse, le arrastraron consigo, le llevaron al otro lado del rio, y por el camino y la puerta de Guadix le metieron en el Albaicin.

X.

LA TORRE DEL GALLO DE VIENTO.

Aun velaba el rey la misma noche en que habia dado audiencia á Yshac, cuando un esclavo, el mismo que le habia anunciado la llegada del astrólogo, le anunció que unos labradores traian preso al príncipe Mohammet.

Porque el príncipe habia sido reconocido en el alcázar, y se habia detenido á los labradores, que estaban aterrados por su torpeza en haber preso al príncipe.

Nublóse el semblante de Al-Hhamar.

Era el primer disgusto que le daba su hijo.

Mandó que introdujesen al príncipe y los labradores.

El príncipe se presentó confuso.

Los labradores aterrados se arrojaron á los pies del rey Nazar.

--Perdon, señor, perdon, esclamaron: nosotros no conocíamos al esclarecido príncipe, tu hijo.

--El nos dijo quien era.

--Pero nosotros no le creimos.

--Porque los caballeros de Granada se entran de noche en nuestros cármenes.

--Y nos roban las flores...

--Las flores de nuestra alma.

--Nuestras esposas y nuestras hijas.

--Y creimos que el príncipe fuera uno de estos ladrones.

--Porque le encontramos dentro de nuestros cármenes.

--Que están cercados.

--Que están guardados.

--Nosotros no sabiamos que era el príncipe.

Impuso el rey Nazar silencio á los labradores, que hablaban á un tiempo y en coro, impulsados por el miedo, y preguntó á su hijo:

--¿Es cierto lo que estos dicen?

--Me han encontrado en los cármenes, señor, contestó el jóven.

--¿De noche y armado?

--Si señor.

--¡Idos! dijo el rey á los labradores.

Estos no esperaron á que el rey repitiese su mandato, y salieron en tropel como una jauria espantada, no sin sufrir algunos latigazos de los esclavos y de los soldados en su tránsito por el alcázar.

El rey Nazar se habia quedado solo con el príncipe, y le miraba ceñudo.

--¿No estabas en mi castillo real de Alhama? dijo al fin Al-Hhamar.

--Si señor, constestó el príncipe.

--¿No te habia mandado que no vinieses á Granada?

--Si señor.

--¿Por qué has venido? ¿qué causa grave tienes que alegar en tu disculpa?

El príncipe sabia que su padre estaba enamorado de Bekralbayda, y no se atrevió á confesar la verdad.

--Tu hijo no tiene disculpa ninguna, poderoso sultan de los creyentes, contestó.

--Si uno de tus walíes abandonase un gobierno que tú le hubieses encomendado, si su gobierno estuviese en la frontera enemiga, ¿qué harias?

--Mandaria cortar la cabeza al walí, contestó con mesura, pero con firmeza el príncipe.

--¿Porque el walí habria sido traidor y rebelde?

--Si señor.

--¿Tú eres príncipe: tú eres mi compañero en el mando? tú eres casi el sultan de Granada: tu culpa por lo mismo es mayor. ¿A qué has venido á Granada?

--Estaba triste en Alhama.

--¿Y tienes aquí tu alegría?

--Si señor.

--¿Y... tu alegría cómo se llama?

--Mi alegría no tiene nombre.

--¿Pero por qué has venido á Granada desobedeciéndome? ¿por qué has abandonado mi estandarte en la frontera?

--Por respirar las auras de la noche en los cármenes del Darro.

--¡Oh! yo sabré tu secreto, dijo el rey.

Y llamando á dos de los mas ancianos y prudentes de sus wazires[23] les mandó que encerrasen al príncipe en lo mas alto de la torre del Gallo de viento.

Esta antiquísima torre, cuadrada, alta, maciza, en la cual no se veia mas que estrechas saeteras y una ventana en cada frente, junto á las almenas, estaba largo tiempo hacia inhabitada y protegida por el terror supersticioso que inspiraba.

Decíase que habitaba en ella el _alma del rey Aben-Habuz el sabio_.

Esta torre estaba situada en el centro de un patio del palacio á que daba nombre, y en su parte inferior no tenia puerta. Entrábase en ella por su altura media, por un pasadizo cubierto, en forma de puente que la unia con uno de los lados del patio.

Aquel pasadizo tenia una puerta de hierro macizo y mohoso, cuyos cerrojos y candados era fama que no se habian abierto en centenares de años. Despues de aquel pasadizo y en el corazon de la torre, que parecia maciza tambien, se retorcia una estrecha escalera de caracol, iluminada apenas por la escasa claridad que penetraba cansada por estrechas y profundísimas saeteras, y en lo mas alto de la torre terminaba la escalera, en una cámara de ocho pies en cuadro, baja de bóveda y envejecida mas que por el tiempo por el humo de un hornillo que se veia como escondido en uno de los rincones.

En esta cámara á nivel del pavimento resquebrajado y sucio, una compuerta de hierro cerraba la escalera, y cuatro ventanas semicirculares se abrian en direccion á los cuatro puntos cardinales.

Además del centro ó clave de la bóveda descendia hasta la parte media de la altura de la cámara un eje de hierro, del que estaba suspendido un pequeño ginete de hierro tambien, con el caballo en actitud de correr y con la lanza baja.

Aquel eje se volvia obedeciendo á la veleta de la parte superior, y la punta de la lanza del caballero señalaba á la parte donde iba el viento.

Contábanse de esta torre cosas estupendas: decian que algunas noches se veia por sus altísimas ventanas un resplandor rojo como de infierno, y por entre sus almenas un humo luminoso: y de lo que mas se hablaba, era de un buho enormísimo, tan grande como la mas grande águila que anidaba junto á las almenas; y á propósito del resplandor, y del humo, y del buho, se contaban tales cosas, que bastaban para aterrar á los muchachos y hacerlos callar cuando se obstinaban en el llanto, para lo que tambien bastaba nombrar simplemente el alma de Aben-Habuz, fundador de la torre y del palacio que tenia á sus pies.

Por una coincidencia singular, el patio en que esta torre se levantaba, era el mas alegre y bello del palacio: esbeltas columnitas sostenian sus galerías, flores, fuentes y estanques se veian en su terreno, y en él vagaban las hermosas esclavas de la servidumbre de la sultana Wadah.

Porque en aquel patio estaban las habitaciones de la esposa del rey Nazar.

Veíase, además desde las ventanas de la torre toda Granada, la Vega, las sierras hasta los distantes confines: en una palabra, aquella torre era una escelente atalaya.

Los wazires condujeron hasta allí con un profundo respeto al príncipe, y este, que al asomarse á una ventana habia visto la Colina Roja, dijo á los wazires:

--Ahí, en el cercano monte, en las ruinas del templo romano, está mi caballo: no es justo que dejemos perecer á nuestro compañero de batalla; haced que le vayan á buscar.

Los wazires se inclinaron profundamente, y salieron dejando solo al príncipe, que á los primeros rayos del sol de la mañana se puso á contemplar desde su altura el estrecho valle por donde el Darro atravesaba á Granada.

Porque en las márgenes del Darro, moraba su vida y la mitad de su alma: Bekralbayda.

XI.

DE CÓMO EL REY NAZAR COMPRENDIÓ QUE NO PODIA SER FELIZ.

Al-Hhamar habia quedado profundamente triste.

A la tristeza por sus amores, se unia la que le causaba la rebeldía de su hijo.

Porque su hijo (sus ojos de padre se lo habian dicho) guardaba dentro de su alma un secreto.

¿Y qué secreto era este que no queria revelar á su padre?

Y mientras el rey Nazar se deshacia en conjeturas, la solucion del secreto entraba en su palacio con el caballo del príncipe, que los wazires habian ido á recojer en persona á la Colina Roja.

Uno de los wazires se presentó al rey.

Llevaba en las manos unas pequeñas pero pesadas alforjas de seda, bordadas, en cuyas bolsas se contenia sin duda dinero.

--Esto hemos encontrado sobre el caballo del príncipe, señor, dijo el wazir presentando las alforjas á Al-Hhamar.

El rey puso las alforjas sobre el divan y despidió al wazir.

Apenas se vió solo examinó con una impaciencia febril las dos bolsas de las alforjas; por su contenido esperaba deducir el objeto de la secreta venida del príncipe á Granada.

Pero solo encontró una razonable cantidad de _dirahmes_[24] de plata, lo que bastaba para un caballero, pero que era insuficiente para pagar una rebeldia: además encontró un pequeño envoltorio de seda.

Dentro de él halló dos cartas y un rizo do cabellos negros, sedosos, brillantes, largos, pesados, que exhalaban un delicioso perfume.

--¡Ha venido á Granada por una muger! ¡ama! ¿pero quién es esa muger? ruin debe ser cuando me la recata: estas cartas me lo dirán:

Abrió la primera que estaba escrita en verso y decia así:

«La perla de las perlas, la cándida y la pura...»

Era en fin la carta que el príncipe habia encontrado en su retrete en Alhama, la que le habia servido de medio para encontrar á Bekralbayda.

La segunda carta mas esplícita, era la que habia sido enviada al príncipe en su misma flecha desde la casita blanca.

Al leer el nombre de Bekralbayda que firmaba esta carta, el rey se sintió herido en el corazon.

--¡Con que se aman! esclamó: y acaso, acaso... sí... indudablemente: esta carta es una cita: y luego este rizo de cabellos...

El rey quedó profundamente pensativo, y se puso á pasear á largos pasos á lo largo de su cámara.

--Pero ellos no han podido conocerse, no han podido verse sino consintiéndolo ese viejo enlutado, ese Yshac-el Rumi, ese hombre estraño que me hace temblar. Pero si ese miserable sabe que mi hijo y Bekralbayda son amantes, ¿por qué me vende esa muger? ¡y con tan estrañas condiciones! no me ha pedido oro... únicamente que Bekralbayda esté al lado de la sultana Wadah, de esa terrible loca, y estar él á mi lado, ser mi astrólogo: ¡oh poderoso señor de Ismael! ¡tú dador de la ciencia! ¡tú misericordioso! aquí hay un misterio que no alcanzo á esplicarme: ¡ilumíname tú, señor, tú que amparas á los que en tí creen!... ¡ábreme camino, porque yo me siento cegar!

Y el rey siguió en su paseo, con la mirada escandecida, el aliento ardiente y entrecortado, las megillas pálidas, el paso incierto.

Luchaba dentro de sí de una manera espantosa.

--¡Oh? dijo al fin: Dios castiga en mí algun pecado de mi raza: yo no puedo ser feliz.

Y siguió paseando.

--¿Y por qué no? dijo de repente: ¿quién sabe? acaso...

El rey volvió á su paseo.

Anunciáronle que un viejo y una dama enlutados querian hablarle.

El rey Nazar hizo un movimiento semejante al de quien despierta de un sueño al impulso de una mano estraña; tomó un pergamino y escribió en él durante un breve espacio: luego dobló el pergamino y le selló.

--Que entren el viejo y la muger, dijo.

Poco despues entró Yshac-el-Rumi llevando de la mano y sin velo á Bekralbayda que inclinaba ruborosa la cabeza.

Entrambos se prosternaron ante el rey Nazar que los alzó.

--¿Sabes á lo que vienes á mi palacio? le preguntó Al-Hhamar.

--Sé que me han vendido al poderoso sultan de Granada, dijo con acento trémulo Bekralbayda.

--¿Pero no te han dicho que el sultan Nazar que te ama, quiere tu amor y no tu sumision?

Bekralbayda calló.

--Vas á servir á la poderosa sultana Wadah: está enferma: procura aliviar con tus consuelos sus dolencias: en cuanto á mí en ocasion mejor te diré cuánto eres grata á mis ojos. Entre tanto pon aquí tu nombre.

El rey la presentó el pergamino que habia escrito y sellado poco antes.

--¿Y qué es esto, señor? dijo con recelo Yshac-el-Rumi.

--Aquí, salva la voluntad de Dios, está decretado invariablemente el destino de Bekralbayda. Sellado con mi sello, signado con su nombre, nadie abrirá ese pergamino hasta que ella misma le abra.

Y llamando el rey á sus esclavos les mandó que llevasen á Bekralbayda á las habitaciones de su esposa.

Yshac-el-Rumi se quedó entre los sabios y astrólogos que vivian en el palacio del rey.

XII.

EL PALACIO DE RUBIES.

Habian pasado muchos dias.

El rey habia tenido muchas entrevistas con Bekralbayda.

El príncipe continuaba preso.

Yshac-el-Rumi empezaba por su ciencia á privar con el rey.

Ninguno mejor que él descifraba los sueños del rey, ni respondia mejor á sus dudas.

El rey Nazar empalidecia.

Comprendíase que minaba algo su existencia.

Sus ojos empezaban á tener cierto brillo fosforescente como los de la sultana Wadah.

Dormia poco, y aun así de una manera inquieta.

En medio de sus sueños, quien hubiera estado cerca de él, le hubiera oido pronunciar el nombre de su hijo y de Bekralbayda.

Una noche el rey velaba.

Tenia junto á sí en una pequeña mesa un cuadrante y un pergamino estendido.

El rey marcaba con tinta roja sobre el pergamino líneas y compartimientos, los media con un compás, y volvia á meditar y á marcar líneas y puntos y á tomar medidas.

Quien le hubiera visto entonces, no le hubiera creido el sultan de Granada, el poderoso Nazar, sino un alarife[25] que se ocupaba en formar el plano de un palacio.

El rey se ocupaba profundamente de su trabajo.

Pero de repente le interrumpió un ruido inesperado.

El batir de las alas de un pájaro.

El rey Nazar se estremeció y miró.

Vió un enorme buho que revolaba en su cámara.

El rey Nazar se puso mortalmente pálido, y se levantó en busca de su arco.

Pero el buho estrechó su vuelo sobre la mesa, apagó la lámpara y escapó por la ventana.

Entonces resonó á alguna distancia una carcajada hueca.

El rey Nazar dió voces: entraron sus esclavos con luces.

El rey Nazar hizo que encendiesen la lámpara, que cerrasen las celosías de los ajimeces y las puertas, y que trajesen al momento al astrólogo Yshac-el-Rumi.

Poco despues el viejo estaba delante del rey Nazar y á solas con él.

--Siéntate, le dijo el rey.

El astrólogo se sentó con la misma altivez que si hubiera sido otro rey.

--¿Sabes lo que me sucede? le dijo.

--Yo lo sé todo, dijo con autoridad el mago.

--Veamos.

--En primer lugar estás cada dia mas embriagado por los encantos de Bekralbayda.

--Es verdad.

--La sultana Wadah lo sabe y tiene celos.

--Es cierto.

--Bekralbayda quiere antes de ser tuya poner á prueba tu amor.

--¿Y me exige grandes sacrificios?

--Sé que á pretesto de que este palacio es triste, en lo que no la falta razon, te ha pedido que construyas para ella sola un alcázar.

--Es verdad.

--Tú te has puesto esta noche, poderoso sultan, á idear ese alcázar, y un buho ha entrado por la ventana y ha apagado la lámpara.

--¿Y por qué ese buho?...

--Porque ese buho quiere que ese alcázar se construya en el lugar donde está construido invisiblemente, el encantado Palacio-de-Rubíes.

--¡El Palacio-de-Rubíes!

--Sí, en la Colina Roja.

--Esplícame, esplícame eso.

--Escucha.

Reclinóse el astrólogo indolentemente en el divan, y empezó despues de algun tiempo de meditacion de esta manera:

--Allá en los primeros años despues de la conquista de los árabes sobre España, era señor de Granada Abu-Mozni-el-Zeirita.

Este rey, siendo ya viejo, murió y dejó su herencia, esto es, el señorío de Granada, á un sobrino suyo, viejo tambien, que residia en Africa, y que se llamaba Aben-Habuz.