La alhambra; leyendas árabes

Part 3

Chapter 34,022 wordsPublic domain

--¿Pero para qué me has llamado?

Bajó los ojos de nuevo Bekralbayda, su rostro se cubrió de un rubor vivísimo, tembló y quiso en vano pronunciar algunas palabras.

El príncipe insistió, y entonces ella, levantó el bello y purísimo semblante, miró frente á frente con ansiedad al príncipe y contestó.

--Te he llamado para ser tu esclava.

Y luego se cubrió el rostro con las manos, y procuró en vano contener su llanto.

--Aquí hay un misterio que no comprendo, luz de mis ojos: ¡tú mi esclava! ¡tú, que eres la señora de mi alma! ¡tú, por quién únicamente vivo! ¡tú lloras por mi causa! ¿qué misterio es este, sol de hermosura? ¿qué maldicion pesa sobre nosotros que así te aflije mi presencia? ¿Será acaso que Eblís[10] se ha puesto entre nosotros, encerrado en el cuerpo de Abu-al-abu?

Al pronunciar el príncipe estas palabras sonó á alguna distancia de él, á sus espaldas, la misma carcajada acerada, fria, sarcástica, burlona, que habia escuchado antes.

Bekralbayda volvió azorada el rostro á donde habia sonado la carcajada, y el príncipe se puso violentamente de pie.

--¡Ah! dijo la jóven á media voz, como para sí misma. Ya lo sabia yo. ¡Estaba ahí!

--¿Quién estaba ahí? preguntó el príncipe que habia escuchado estas palabras.

--Abu-al-abu, contestó la jóven en el mismo tono.

--¡Oh! ¡buho maldito! esclamó el príncipe.

Entonces resonó otra vez la carcajada pero lejana, muy lejana.

Entonces asió con ánsia Bekralbayda las manos del príncipe.

--¡Oh! esclamó con acento ardiente y precipitado: ¡estamos un momento solos! ¡quien se rió antes, quien se ha reido ahora: no es el buho, es Yshac-el-Rumi: el viejo que me guarda!

--¡Ah! esclamó el príncipe.

--El fué quien me llevó á Alhama: él quien me hizo reparar en tí: él quien comprando á uno de tus esclavos, introdujo en tu cámara unos versos; él quien arrancó la flecha; quien puso en ella la gacela... él quien te ha traido aquí.

--Pero...

--Necesitamos aprovechar el tiempo; yo te amo, te amo, príncipe, como me amas tú; y...

La jóven se detuvo, miró entre la espesura á un ajimez de la casita blanca y esclamó con alegría.

--¡Estamos libres, enteramente libres! ¡podemos hablar cuanto queramos sin temor de ser escuchados! ¡podemos comprendernos!

--No te entiendo.

--¿Ves aquel ajimez?

--Sí.

--¿Ves un hombre que esta apoyado en él, y tras el cual se vé el reflejo de una lámpara?

--Sí.

--Pues bien, aquel es Yshac-el-Rumi.

Dicho esto Bekralbayda respiró libremente como quien descansa de una larga jornada, guardó algun tiempo silencio y luego dijo al príncipe.

--Escúchame, te voy á contar una historia.

El príncipe escuchó con toda su alma.

V.

UNA HISTORIA MUY SENCILLA.

Una alborada de primavera subió Yshac-el-Rumi, al terrado de su casa.

En él encontró un canastillo de palma primorosamente labrado, y cubierto de hermosas flores.

De entre las flores salia el vaguido de una criatura al parecer recien nacida.

Yshac quitó las flores y encontró debajo una niña vestida de blanco.

Pendiente del cuello de la niña se veia un amuleto, y á su lado un pergamino en que estaban escritas estas palabras:

«Una sultana la ha dado á luz. Las buenas hadas la han llamado Bekralbayda.

»Que ojos humanos no vean su hermosura, porque seria desgraciada y lo serias tú.»

Yshac, me sacó del canastillo, llamó á una nodriza y me crió secretamente.

Porque aquella niña, como te lo ha dicho mi nombre, era yo.

No recuerdo los primeros años de mi infancia.

Sin embargo, algunas veces como un sueño lejano, confuso, creo recordar á una muger.

Recuerdo tambien confusamente que era muy jóven y muy hermosa.

Yshac afirma, sin embargo, que no me vió otra muger que mi nodriza, que era una rústica que nada tenia de hermosa, mientras que la muger que yo creo recordar era hermosísima.

Pasaron los años.

Este jardin, estos árboles, estas fuentes han visto mi infancia y mi juventud; fuera de ellos yo no habia visto nada, ni persona humana, mas que á Yshac-el-Rumi, que se ocupaba en cultivar mi espíritu.

Parecia que viviamos solos.

Yo no escuchaba en la casa ruido alguno.

Y á pesar de esto bastaba con que yo estuviese durante algun tiempo fuera de mi retrete, oyendo la sabia palabra de Yshac, que me sujetaba todos los dias á muchas horas de estudio, para que al volver viese renovadas las flores en los búcaros, renovado el fuego y los perfumes de los braserillos, limpio y arreglado el lecho.

Yshac no se habia separado de mí; luego alguien, á quien yo no sentia, á quien yo no veia, nos acompañaba en la casa.

Yo preguntaba á Yshac, pero Yshac callaba.

Cuando insistia solia responderme.

--Aun no es tiempo.

Yo me entristecia al pensar en el misterio que me rodeaba.

Porque Yshac me habia enseñado á leer, á escribir, á componer frases valiéndome de las flores, y me habia dado libros en que se hablaba de un mundo que yo no conocia, de un mundo en que habia poderosos y nobles reyes, hermosas sultanas, valientes caballeros, enamorados, damas, fiestas, aventuras, amores.

¡Oh! yo ansiaba conocer todo esto, y cuando espresaba mi deseo á Yshac me decia:

--Aun no es tiempo.

--¿Pero cuando llegará ese tiempo? le dije cansada ya de tan misteriosa contestacion.

--Cuando hayan pasado sobre tu vida veinte años: cuando el amor haya hablado á tu corazon.

--¿Y cuándo hablará en mi corazon eso que tú llamas amor?

--Aun no es tiempo, me contestaba Yshac.

Me resigné al fin y pasé mi vida entre flores y fuentes; entre la armonia del canto de mis ruiseñores y de mi guzla.

Yo no conocia á otra persona que á Yshac; no tenia mas amigo que á Abu-al-abu.

El viejo buho habia sido mi compañero desde la infancia: en cuanto oscurecia entraba por una ventana ó por un ajimez en la habitacion que yo me encontraba, se posaba sobre mi hombro, ó sobre mis rodillas, ó sobre un almohadon del divan: esponjaba su plumaje, batia levemente las alas, y lanzaba de tiempo en tiempo un ténue silvido; Abu-al-abu queria sin duda decirme algo; pero yo no comprendia su lenguaje.

Cuando yo le acariciaba pasando mi mano sobre sus alas, Abu-al-abu se estremecia y repetia sus silvidos mas ténues, mas dulces y esponjaba mas su plumaje y acababa por dormirse.

Yo amo á ese pobre viejo; él y mis pájaros y mis flores, son los únicos que tienen para mí demostraciones de afecto; y sonoros cantos y suaves perfumes.

Yshac está siempre sombrío, hosco, me mira con sobrecejo, habla conmigo muy pocas palabras, y con mucha frecuencia en medio de la noche, me estremece su risa, esa risa dolorosa y terrible, esa risa de condenado.

Pasaba así mi vida; llegó al fin un dia en que me sentí llena de una vida nueva; sentia en mi corazon una ansiedad lenta, dulce, pero que á pesar de su dulzura me atormentaba, cuando leia los hermosos poemas de Antar: cuando leia que un caballero enamorado iba venciendo peligros en busca de una dama encantada, yo me decia:

--¿Cuál será el caballero que me saque de mi encanto?

Yo quiero que sea blanco como las cándidas rosas de mi jardin; que tenga los ojos negros como el fondo de las grutas del rio; que sea mas gentil que el álamo, mas amoroso que el ruiseñor cuando trina: yo quiero que mi amado sea valiente, leal y buen caballero: yo le quiero ver en el esplendor de su poder y de su juventud.

--Y yo preguntaba al buho:

--¿Dónde está el amado de mi alma?

Y el buho silvaba dolorosamente.

Y preguntaba al ruiseñor, y el ruiseñor callaba.

Y preguntaba á las flores, y las flores parecia que querian apartarse de mí volviéndose sobre su tallo.

Y preguntaba á Yshac, y él me contestaba:

--Aun no es tiempo.

Y al escuchar estas desconsoladoras respuestas, mis ojos se llenaban de lágrimas y en mi pensamiento despierta, y en mis sueños dormida, veia yo al mancebo de mí amor, mas enamorado, mas valiente, mas generoso, enlazadas mis manos á las suyas, viviendo en su vida.

Y--Yo le amo, yo le espero, decia al buho y al ruiseñor y á las fuentes y á las flores.

Y todos ellos me contestaban de una manera dolorosa como si hubieran querido decirme:

--El amor de tu amado será fatal para tí.

Y empecé á ponerme pálida, como los claveles cuando les falta el rayo del sol.

Y empezó el sueño á huir de mis noches, y la paz desapareció completamente de mis dias.

Todo era triste para mí.

El cielo y la tierra: el sol y las nubes: y las flores.

Un dia... hace muy poco tiempo, Yshac me dijo:

--Ha llegado la hora.

--¿La hora de conocer á mi amado?

--Sí, me contestó.

Al dia siguiente me montó en un asno sencillamente enjaezado y cubierta con un haike, y él detrás, cubierto con su albornoz, me sacó del jardin; seguimos el rio abajo, atravesamos una hermosa ciudad, salimos a una deliciosísima vega y caminamos por ella hácia donde se pone el sol.

Aquella noche llegamos á otra ciudad rodeada de fuertes muros y altísimas torres.

¿Qué ciudad es aquella, pregunté á Yshac, que brilla como plata bajo la luz de la luna?

--En esa ciudad está el amado de tu alma, me contestó.

Y no dijo mas palabra, por mas que le pregunté.

Dormimos aquella noche en una casa, junto al rio, cerca de la ciudad.

Mejor hubiera dicho que pasamos la noche, porque yo no dormí.

En medio de mi vela me sorprendió el ruido de un aleteo.

Era Abu-al-abu que entraba por la ventana.

El pobre viejo nos habia seguido.

Se posó sobre mi hombro y estuvo largo rato silvando á mi oido de una manera lastimosa: luego se precipitó por la ventana y desapareció.

Al amanecer, Yshac me hizo montar en el asno y me llevó... al lugar donde te ví.

Cuando entramos, él mismo me quitó el haike y quedé con el rostro descubierto.

Todos me miraban, damas y caballeros.

Todos estrañaban, sin duda mi luto y el de Yshac.

Yo miraba á todos los mancebos que pasaban junto á mi ó que estaban á mi lado: ninguno era el de mis sueños, el ser á quien yo amaba sin conocerle.

Pero de repente sonó una música poderosa de trompetas y atabales, de dulzainas y añafiles, y entró el rey en la plaza.

A la derecha del rey venias tú.

Al verte mi corazon se estremeció, fijé en tí mis ojos y ya no los aparté mas.

Porque tú eras el hombre de mi amor. Mi corazon me lo dijo.

Pero tú me miraste un momento, y luego... apartaste de mí los ojos y no me volviste á mirar mas.

En cambio otro hombre me miraba tenazmente.

Era el rey.

Yo apartaba los ojos del rey, los fijaba en tí y no veia nada de lo que tenia alrededor.

Y las fiestas se acabaron y tú desapareciste, y yo quedé ciega y desdichada, con el corazon frio y los ojos llenos de lágrimas.

Al dia siguiente Yshac me trajo otra vez al jardin.

Al entrar en él me dijo:

--Tu amado vendrá y tú serás sultana.

Yo te esperaba.

Hoy me dijo Yshac:

--Tu amado vendrá esta noche: tú saldrás á su encuentro: las flores y las fuentes y las enramadas serán vuestros únicos testigos. Sé su esclava.

Yo quise hablar pero Yshac me dijo con fiereza.

--El destino lo quiere: la esclava debe esperar á su señor: pero que su señor no sepa la historia de su esclava; porque si la supiera moririas tú y moriria él.

Yshac no nos escucha, añadió Bekralbayda: está en aquel ajimez, y yo he podido contarte mi historia, he podido decirle te amo, soy tu esclava; tú eres la sed de mi corazon, el sol de mi vida; te veo, me escuchas y soy feliz.

Mientras Bekralbayda habia contado su sencilla historia al príncipe, la luna habia descendido y se habia ocultado al fin: la sombra habia cubierto árboles, fuentes y flores: despues que calló Bekralbayda, no se vió mas que la sombra de Yshac-el-Rumi en el ajimez en que lucia un resplandor opaco, ni se oyó mas que el murmullo de las fuentes y el aleteo de un buho que revolaba entre la enramada.

VI.

EL REY NAZAR VISTO POR EL LADO HISTÓRICO.

Mohammet-ebn-Abd-Allah-ebn-Juzef-ebn-Al-Hhamar-al Nazar[11], el vencedor y el magnífico, sultan de Granada, era un poderoso rey, valiente y justiciero, que habia logrado reunir dentro de los muros de Granada, de la ciudad rival de Damasco, todos los restos dispersos del pueblo moro español, que las conquistas del santo rey Fernando III habian arrojado sucesivamente de Sevilla, de Córdoba, de Ubeda, de Baeza y de Jaen.

Granada, pues, habia reconcentrado en una reducida estension de terreno una poblacion inmensa: sus villas se habian ensanchado; la Vega, las vertientes de Sierra Nevada y las Alpujarras, se habian salpicado de aldeas, alquerías y castillos, y la misma Granada habia visto aparecer rápidamente sobre las laderas de sus montes, los barrios del Zenete y del Albaicin, fundados por los fugitivos de Baeza.

Granada en un dia de combate arrojaba por sus puertas ochenta mil ginetes, que juntos con los caballeros y gente ligera de la Vega y de las montañas componian un ejército de doscientos mil hombres fuertes y prácticos en la guerra contra el cristiano.

Fernando III, por la parte de Castilla y Andalucía, y don Jaime de Aragon por la de Valencia y Murcia, se vieron contenidos por aquella última barrera en que habian concentrado su pujanza los restos vencidos de los moros españoles.

Como cabeza de este reino de esta última esperanza de los moros en España, se veia al poderoso Ebn-Al-Hhamar-al-Nazar.

Digamos algo de este rey, el primero de la dinastía Nazerita, y fundador de la Alhambra.

Al-Hhamar era descendiente de la tribu de los beni-al-Ansari[12], un pariente ó sobrino de un Ansari que acompañó á Mahoma en su fuga de Medina á la Meca, llamado Ebada, habia venido de la Arabia á establecerse en España en los tiempos de la conquista de los árabes sobre la Península. De este Ansari, pues, descendia Al-Hhamar.

Pero fuese por las vicisitudes de la fortuna ó por otra causa cualquiera, los padres de Al-Hhamar eran labradores de Arjona, entonces populosa y rica villa de la Andalucía oriental.

A pesar de la escasa fortuna de sus padres, Al-Hhamar fué educado ventajosamente.

Era de despierto ingenio, y le enviaron á la universidad de Córdoba.

Gallardo, galan, fuerte y valiente causaba ya en su mocedad temor á los alentados, y habiendo demostrado aficion al ejercicio de las armas; su padre le dió una bolsa, una lanza y un caballo, le predicó un sermon que duró una hora larga acerca de la generosidad, del valor y demás deberes de un caballero, y le envió á buscar fortuna por el mundo.

Fuése á Córdoba con algunas cartas de recomendacion que habia recogido de sus parientes de Arjona y hubo de resignarse, por el momento, no á entrar con un cargo en el ejército, sino á desempeñar algunos oficios administrativos. Al fin, aprovechando las disidencias y las guerras civiles en que habia caido el califato de Córdoba, bajo el gobierno de los emires sucesores de Juzef-Amir Al-Mumenin, sirviendo ya al uno ya al otro, pero atendiendo siempre á la justicia de la causa á cuya defensa se decidia; ganada una y otra victoria, adquirió muy pronto en el ejército el dictado de Al-Nazar[13] que debia dar nombre á la dinastía fundada mas tarde por él.

Empezaba á menguar la sangrienta luna de los almoravides[14]; el califato de Córdoba se habia hundido; la guerra civil le despedazaba: los Almohades[15] predicando su doctrina religiosa que los almoravides llamaban herética, habian irrumpido de Africa sobre España, y Lotawak-Aben-Hud, último de los emires almoravides, luchaba con todas sus fuerzas.

Al-Hhamar sirvió á Aben-Hud, pero muy pronto volvió las armas contra él: tomó á Jaen por asalto, se apoderó de Arjona, de Guadix, de Baeza, y se hizo proclamar en los pueblos sujetos á su señorío, sultan y altísimo emir de los fieles[16].

Quedóse aislado Aben-Hud.

En aquellas circunstancias los reyes de Castilla y de Aragon, don Fernando el Santo y don Jaime el Conquistador, emprendieron á un tiempo su espedicion de conquista sobre los moros, el uno por la parte de Andalucía, el otro por la de Valencia.

Sorprendida Córdoba en una lluviosa noche de invierno, por Domingo Muñoz, alcaide de Andujar, vé ocupado su barrio de la Ajarquia[17] sin poder echar de él á los audaces cristianos que se han fortalecido dentro de la ciudad. Avisan á Aben-Hud para que acuda con su ejército, pero ha acudido antes el rey de Castilla. La traicion de un prisionero castellano que Aben-Hud envia á reconocer al ejército enemigo, le hace creer que las fuerzas de este son infinitamente superiores á las suyas, y se retira dejando en libertad á Fernando de estrechar á Córdoba entregada á sí misma.

En su retirada encuentra Aben-Hud á un mensagero del emir de Valencia que le pide auxilio contra el rey de Aragon que le estrecha; se decide Aben-Hud á prestárselo, pero en el camino, una noche en el castillo de Almería, es ahogado por el walí Abderraman, que proclama á Al-Hhamar.

Huérfana Granada asimismo de emir por la muerte de Aben-Hud, proclama al afortunado caudillo, y encuéntrase por lo tanto Al-Hhamar, rey del estado mas considerable de la dominacion musulmana sobre España, despues del califato de Córdoba.

Esta ciudad, Valencia, Murcia y despues Sevilla, han caido en poder de los cristianos, lo que resta á los moros en España, es ya la única y esclusiva monarquia del rey Nazar.

Sin embargo, se vió obligado á aliarse con Fernando III, á ayudarle con un cuerpo de caballería á la conquista de Sevilla, á declararse su vasallo rindiéndole pleito homenage y á pagarle un tributo anual.

Esto no aconteció sino despues de haberse visto obligado Al-Hhamar á rechazar una entrada de los cristianos, y hacer despues levantar el estrecho sitio que puso sobre Granada el mismo Fernando III[18].

Tal era la historia del rey Nazar. Valiente, sabio, religioso, defendió su reino, fundó en él escuelas y mezquitas, y se dedicó á la proteccion de las artes y de la industria.

Sin embargo, este gran rey moraba aun en la antigua casa del Gallo de viento; no tenia un alcázar digno de su grandeza y de su poder; Al-Hhamar-al-Nazar antes que en la suya propia, habia pensado en la felicidad de sus vasallos.

VII.

EL REY NAZAR VISTO POR EL LADO DE ADENTRO.

Habia nacido Al-Hhamar en Arjona, el miércoles 9 de la luna de Xaban[19] del año 591 de la hegira[20]; contaba pues, cuarenta y cinco años en el momento en que le presentamos á nuestros lectores.

Era sin embargo, muy hermoso; sus cejas estaban negrísimas y pobladas y en su larga barba bermeja, semejante al oro, no asomaba una sola cana; sus megillas blancas y brotando el color de la salud, no tenian arrugas; sus ojos brillaban con la fuerza de la juventud y tenian el reflejo de la prudencia: la toca blanca que envolvia su cabeza, dejando ver las puntas de oro de su corona, y su largo caftan negro, daban una gran magestad á su aspecto.

El rey Nazar era todavía hermoso, y sino era jóven no parecia viejo.

Aun podia pensar en el amor.

En amores habia sido muy desgraciado Al-Hhamar.

Su primera esposa, Zobeya, madre del príncipe Mohammet-ebn-Abd-Allah, habia muerto al dar á luz á este príncipe.

La segunda, que no habia sido su esposa, sino su cautiva, su esclava, la princesa Leila-Radhyah, habia desaparecido dejando un rastro de sangre en la casa de Nazar.

La tercera, Wadah, era una muger terrible, una africana hermosísima, madre de su segundo hijo el príncipe Juzef, de la cual hacia mucho tiempo que le tenia apartado una repugnancia invencible, una antipatía mortal.

Wadah, la soberbia africana, le amaba; y sus celos eran un continuo tormento para Al-Hhamar.

Y sin embargo, Wadah no tenia razon alguna para tener celos del rey Nazar.

No amaba á ninguna muger.

Ni aun pasaba de las puertas de su harem.

El rey Nazar hubiera podido pasar por un morabitho[21] á no ser por sus academias con sus sabios y poetas, ó por sus continuas escursiones por sus estados para asegurar con su presencia el amor de sus vasallos y la fidelidad de sus alcaides y walíes.

Gozaba Nazar de una profunda paz como rey: en su reino todo florecia: sus ejércitos eran inumerables: tenia satisfecha su ambicion.

Pero como hombre estaba en una contínua guerra con un deseo misterioso, con una sed no satisfecha: estaba solo en el mundo: el amor de sus hijos no era bastante para satisfacer aquel deseo.

Necesitaba otro amor.

La sultana Wadah no podia tampoco satisfacerlo: un contínuo y sombrio disgusto que se veía impreso en su semblante, y su soberbia siempre provocadora, siempre agresiva, la separaban del rey.

Y luego habia dos fantasmas ardientes en forma de muger que se levantaban dentro de su alma.

Lejano, perdido allá en la inmensidad de los recuerdos el uno; cercano, candente, abrasador, el otro.

La una muger era la sultana Leila-Radhyah.

Al-Hhamar no habia podido olvidarla.

Podia decirse que la sultana Leila-Radhyah habia sido su primer amor.

La habia buscado en vano, en vano habia gastado sus tesoros para descubrir su paradero.

Una circunstancia terrible le hacia recordar de una manera sombría su pérdida.

Durante sus amores con Leila-Radhyah, Al-Hhamar habia contraido con Wadah uno de esos casamientos que se llaman de conveniencia. Wadah era poderosa.

Se la atribuia un poder mágico.

Ya hemos dicho que los moros son muy dados á la supersticion.

Cuando conoció Al-Hhamar á Leila-Radhyah, mejor dicho, cuando se apoderó de ella, era simplemente walí[22]; su cautiva era una doncella de sangre real hija de un poderoso emir de Africa.

Al-Hhamar que al verla habia sentido por ella un amor voráz, necesitando de consuelo por la muerte de su esposa Zobeya, madre del príncipe Mahommet, ni se atrevió á devolver la doncella real á su padre, porque esto era perderla, ni á casarse con ella, porque sabia demasiado que el rey de Tlemcen no se avendria á dar por esposa á un simple walí una sultana hija suya.

La ocultó, pues, en su casa, gozó sus amores, é hizo feliz durante algun tiempo á la pobre jóven que le amaba y todo lo posponia á su amor.

Pero llegó un dia en que Al-Hhamar se casó con Wadah, quedando reducida Leila-Radhyah á la posicion de una concubina, de una esclava que ningun derecho tenia.

Poco despues desapareció como hemos dicho Leila-Radhyah, dejando en su aposento sangrientas señales. El rey la creyó muerta y la lloró.

Aquella misma noche, Al-Hhamar escuchó en las habitaciones de su esposa, la hermosísima Wadah, terribles gritos, gritos semejantes á rugidos de leona.

Cuando entró en aquellas habitaciones, encontró á Wadah medio desnuda, destrenzados los cabellos, delirante, frenética, buscando acá y allá, levantando tapices, asomándose á los ajimeces, mirando al oscuro fondo de los patios y gritando sin intermision:

--¡Asesinos! ¡asesinos! ¡asesinos!

Wadah mostraba en sus manos un pequeño lienzo cuadrado de seda manchado de sangre.

Cuando vió á Al-Hhamar, guardó el paño entre sus ropas descompuestas y lanzó una horrible carcajada.

En vano la preguntó Al-Hhamar acerca de sus gritos, de aquel lienzo ensangrentado, de aquel desvarío: Wadah guardó el mas profundo silencio.

Al dia siguiente Al-Hhamar supo por los alcaides de su harem, que dos esclavos habian desaparecido.

El uno era Leila-Radhyah, el otro un cautivo cristiano.

Wadah desde aquella noche no volvió á sonreirse ni á hablar: amaba á Al-Hhamar con delirio, pero le rechazaba con horror; algunas veces en el mismo punto en que se estremecia de placer entre sus brazos le rechazaba gritando:

--¡Asesino! ¡asesino! ¡asesino!

Al-Hhamar habia llegado á sentir horror hácia Wadah, y á recordar con mas intensidad á su perdida Leila-Radhyah.

La otra muger cuyo recuerdo se levantaba próximo, ardiente, tentador en el alma del rey Nazar era Bekralbayda.

Desde tres dias antes que la habia visto en las fiestas de Alhama no habia podido olvidarla.

Nunca habia sentido un deseo mas exigente.

Aquella niña llenaba su alma, pero sin destruir el amor que sentia hácia Leila-Radhyah.

Habia llamado en vano á Yshac-el-Rumi.

Yshac le habia contestado:

--Aun no es tiempo.

--¿Pero de qué familia es esa niña?

--No es tiempo, replicaba Yshac.

--¿Es libre ó esclava? añadia el rey.

Y como si solo se hubiera provisto de una sola respuesta Yshac, repetia:

--Aun no es tiempo.

Y sin pronunciar otra palabra el sabio se despidió del rey, dejándole envenenada el alma.