La alhambra; leyendas árabes

Part 34

Chapter 344,011 wordsPublic domain

--Yo soy Giazul, el génio del desierto, respondió la hermosa jóven; mi carro es la niebla roja, y mis potentes caballos son el Simoun.

Al desplegarse mi túnica, se enrojece el cielo, la tierra tiembla espantada, las palmeras gimen, las rocas se estremecen, las águilas apresuran su vuelo, y las fieras rugen asombradas y yertas de espanto.

Al ruido de mi carro de combate, los caravaneros palidecen, los camellos apresuran su marcha, y los caballos corren, corren, corren, gimiendo.

Cuando yo he pasado, ni palmeras, ni rocas, ni águilas, ni fieras, ni caravanas; montes de arena blanca y reluciente, son las fúnebres huellas de mi paso.

¡Ay del insensato que se atreva á poner la planta en mis dominios, si no le ayuda Dios el Misericordioso y el Invencible!

Vuélvete, hermoso caballero, vuélvete; aunque yo plegue mi túnica y duerma mientras tú pasas;

Aunque las arenas del desierto permanezcan inmóviles, mas allá están los terribles jigantes.

No quieras condenar al dolor de la viudez á tu amada, y á la orfandad á la hija que vive en sus entrañas.

--¿Qué importa que muera yo, si muero por salvar un pueblo entero? dijo Jask.

Destellaron un brillante relámpago los ojos de Giazul.

--Noble y generoso es lo qué acabas de decir, esclamó el génio; quiero ayudarte. ¿Pero tienes tú el alma bastante fuerte para resistir á la prueba?

--Habla, poderoso génio, habla; dijo Jask.

--Solo puedes vencer de una manera á los jigantes.

Allá lejos, muy lejos, hay una laguna salada.

Entre las rocas de sus orillas relumbra cuajada la blanca sal.

Si tú lograses llegar hasta la laguna salada;

Si llenares de la sal que blanquea sus orillas el saco de tu caballo;

Con esparcir á tu alrededor aquella sal cuando te acometiesen los jigantes habrás vencido.

Los jigantes habrán sido esterminados.

Pero para llegar á la laguna salada, es necesario esponer el cuerpo y el alma.

En el camino encontrarás por do quiera la tentacion.

Y si á la tentacion cedieres, serás convertido en roca, en roca del desierto, y dentro de ella encontrarás tu infierno.

--Dios el Altísimo y Unico me ayudará.

--Voy á abrirte el camino de la laguna salada. Ese camino está lleno de peligros; ¡ay de tí si no sabes vencerlos!

El génio se elevó de la tierra.

Su blanca túnica se abrió como un abanico.

Sus negros cabellos se estendieron alrededor de su frente como una negra aureola.

Sus ojos brillaron como dos soles.

Sus dos brazos estendidos, parecian tocar el uno el oriente y el otro el occidente.

Sonó un sordo y potente bramido, tembló la tierra, y el génio creció, creció, creció, hasta cubrirlo todo.

Y las arenas del desierto se levantaron en potentes remolinos, y una atmósfera de fuego envolvió á Jask, á su caballo y á su hermano el perro.

Y el caballo inmóvil con las orejas rehiladas, temblaba.

Y el perro-leon lanzaba un poderoso ahullido.

Y Jask invocaba á Dios.

Y pasaban junto á él las ardientes arenas, los fragmentos de las rocas, las palmeras arrancadas de su asiento.

Pasaban sin tocarle.

Sin tocar á su hermano el perro.

Y la tromba aumentaba, y el ronco mugido crecia, y el perro ahullaba con mas fuerza, y el temblor del caballo crecia.

Y Jask, con el corazon sereno, continuaba invocando el nombre de Dios.

Pasó la tromba.

A la niebla caliginosa é impura, sucedió un cielo azul y radiante, como Jask no le habia visto jamás.

La tierra estaba cubierta de verdor.

Frescos bosquecillos se levantaban en torno de claros lagos, y el camino por donde Jask marchaba, estaba cubierto de flores.

Jask caminaba solo: su hermano el perro y su valiente caballo, habian desaparecido.

Cerca se veia una magnífica ciudad.

Al fijar en ella sus ojos Jask, las puertas de la ciudad se abrieron.

Por ella salió una comitiva numerosa.

Venian delante ginetes armados con arneses resplandecientes, guiados por un estandarte dorado: tras los ginetes, se oia una música tan armoniosa que regalaba los sentidos.

Aquellos ginetes avanzaron rápidamente.

Al llegar junto á Jask, su caudillo echó pie á tierra, y se arrodilló á los pies de Jask.

--Tú eres nuestro rey, le dijo mostrándole una corona que traia un magnate en una bandeja de oro sobre un paño de púrpura.

--Yo soy un viajero, contestó Jask; dejadme pasar: yo voy allá lejos, muy lejos.

--Si eres nuestro rey, nada se opondrá á tu voluntad: esclavos tuyos seremos, y esclavos tuyos serán los pueblos cerca y lejos, porque nosotros somos invencibles.

--Yo no soy soberbio, dijo Jask Al-Bahul; ¿para qué quiero esclavizar á nadie? Dejadme pasar.

--Si fueres nuestro rey, serás el mas temido de los hombres, dijo el que estaba arrodillado á sus pies.

--Yo no quiero que me teman mis vasallos, sino que me amen, esclamó Jask; dejadme pasar.

--Si fueres nuestro rey, serás como Dios, porque nuestra corona es mágica.

--Yo adoro al Dios Altísimo y Unico, repuso el jóven. Dejadme hacer mi camino, dejadme pasar.

Entonces desapareció todo lo que se habia presentado ante los ojos de Jask, y se encontró marchando por el mismo camino.

Las tentaciones de la soberbia nada habian podido con él.

Siguiendo el camino, se encontró en un bosque de sauces.

El ambiente era fresco y balsámico, mullido y espeso el césped sobre que marchaba, y salpicado de bellas florecillas; una armonía sensual parecia salir de entre las enramadas; una ambrosía suavísima halagaba los sentidos.

Al revolver de una senda, Jask se encontró de repente en un espacio redondo, en medio del cual habia un pequeño lago.

Alegres y seductoras risas se escuchaban, como si las produjesen mugeres invisibles.

Jask vió agitarse una forma hermosísima en el fondo cristalino del lago.

Luego se rompió su tersa superficie, y salió al encuentro de Jask una hada desnuda.

Fascinaban sus miradas, embriagaba su aliento; sus brazos estrechaban á Jask, su seno se comprimia contra el suyo, su boca fresquísima y llena de ambrosía, le besaba, y su acento ardiente y opaco le decia:

--¡Yo te amo!

--Yo solo puedo amar á una muger, dijo Jask rechazando á la hada.

--Aidamarah es una mortal, y yo soy el génio inmortal del amor; mis placeres serán para ti eternos; yo te anegaré en delicias y cada dia seré mas hermosa, mas resplandeciente; ámame porque yo desfallezco por tí.

--Mi corazon es de Aidamarah, esclamó de nuevo Jask, y rechazó vigorosamente la tentacion.

--Tú serás como Dios, si me poseyeres, dijo la hada.

--No hay mas Dios que Dios el Altísimo y Unico, esclamó Jask.

Y la hada impura, y el trasparente lago, y el sombroso bosquecillo, desaparecieron.

La lujuria habia sido tan impotente para con Jask, como lo habia sido la soberbia.

De repente Jask, se encontró en un palacio: un viejo encorvado y trémulo, marchaba delante de él: llevaba un haz de llaves.

Aquel viejo, se detenia de tiempo en tiempo delante de una fuerte arca.

--Hé aquí plata, decia volviéndose á Jask.

Jask seguia adelante.

El viejo dejaba el arca abierta, adelantaba á Jask, abria otra arca y le decia:

--Hé aquí oro.

Jask seguia andando mas de prisa.

El viejo corria y se adelantaba.

--Hé aquí perlas y rubíes, esclamaba abriendo otra arca.

Jask, siempre en silencio, apresuraba su paso.

Pero el viejo se ponia delante y abria otra arca.

--Hé aquí esmeraldas y carbunclos.

Y Jask corria.

El viejo se adelantaba jadeando, y abria otra arca.

--Hé aquí diamantes grandes como huevos de paloma.

Y Jask apresuraba su carrera.

--El que posea estas riquezas, será señor del mundo, gritaba el viejo no pudiendo seguir á Jask.

--No hay mas Señor que Dios en la tierra y en los cielos, esclamó Jask.

Entonces desapareció el palacio.

Jask habia triunfado de la avaricia, como habia triunfado de la soberbia y de la lujuria.

De repente Jask se encontró desnudo, roto, y pobre en la plaza de una ciudad; todos los que pasaban y los que se cruzaban, se le ponian al paso, le miraban descaradamente, y se le reian.

--¿Adónde irá este? esclamaban.

--El horrible.

--El imbécil.

--El mendigo.

--El cobarde.

--El hijo de la ramera.

--Insultadle, para que no se atreva á mostrar su hediondez entre nosotros.

Y Jask impasible decia:

--Apartaos y dejadme hacer mi camino.

--¿Y adónde irás tu? ¡á algun tremedal, único lugar digno de tí!

--Arrojadle lodo hasta que le sepulteis; ¿quién le ha traido á manchar con su presencia nuestra hermosa ciudad?

Y le arrojaban lodo y le escupian, y Jask seguia adelante sin irritarse y esclamando siempre:

--Dejadme, dejadme hacer mi camino.

--Es un cobarde, decia una muger impura; ¿no veis cual sufre los insultos?

Y le hirió con su chapin en la cara.

--No hay otro valiente que Dios, esclamó Jask; solo El es el Fuerte y el Invencible.

Desapareció todo aquello.

Jask habia vencido á la ira como á la soberbia, á la lujuria y á la avaricia.

Pero estaba cansado y hambriento, no caminaba ya sobre flores, ni sobre alfombras, ni sobre plazas enarenadas, trepaba penosamente entre ásperas rocas.

Durante mucho tiempo sufrió, pero al fin no pudo resistir.

--Tengo hambre y sed, dijo.

--Come y bebe, señor, dijo un génio apareciendo de repente y mostrándole una hermosa tienda.

Jask entró en ella.

Encontró dentro un blando diván, y delante del diván, sobre una magnífica alfombra, vió vagilla de oro, y copas y trasparentes frascos.

Y las fuentes llenas de viandas, y los frascos llenos de licores.

--Come, señor, y reposa, dijo el génio.

Jask examinó los manjares; pero todos estaban prohibidos por la ley.

Aquella gran diversidad de platos, estaban compuestos con las diferentes partes del cerdo.

El pan estaba amasado con la manteca de este animal.

Los frascos estaban llenos de licores.

--Agua y pan de avena, dijo Jask.

--Deja eso para los miserables, señor, dijo el génio; ¿qué importa la ley? tienes hambre y sed, estás cansado, come, bebe, reposa, si no morirás.

--¡Dichoso del que muere alimentando su alma con el temor de Dios! dijo Jask.

Entonces los manjares y la tienda y el génio, desaparecieron.

Jask habia triunfado de la tentacion de la gula, como de las tentaciones anteriores.

Pero se encontraba marchando por un terreno mas árido y quebrado, bajo los rayos de un sol abrasador.

--¡Oh, Señor, Señor, sostenme! esclamó; ¡dame tu fortaleza, porque me siento desfallecer!

Y siguió su camino vacilante, trémulo, débil, seca la garganta, sufriendo el crudo aguijon del hambre, desvanecida la cabeza.

Resbaló sobre una roca, y cayó desde una altura inmensa.

Encontróse del lado de un camino por donde pasaba mucha gente.

Unos iban en hombros de sus esclavos, otros ginetes en poderosos caballos, otros en camellos, otros en jumentos, aquellos en carretas de bueyes.

Todos hacian cómodamente su camino.

Jask, hambriento, estropeado, se arrastraba sobre sus manos.

--Mira, decia una voz misteriosa á su oido; aquel faquí va cómodamente sentado sobre las hamugas, va satisfecho y repleto. ¡Si tú fueras como él!

--Dios le prospere, decia Jask.

--Aquel walí va ginete en un poderoso caballo, mira como galopa... allá va, allá va... ya se pierde... ya se perdió... y tú sigues arrastrándote.

--Dios me ayudará para que llegue al fin de mi camino.

--Pero tu camino es un camino doloroso...

--Todo camino es dulce y toda fatiga poca, cuando se marcha á una buena obra. El camino estrecho y áspero, es el camino del paraiso.

Y al decir estas palabras Jask, se encontró de repente de pie, fuerte, sin hambre, sin sed, con sus sandalias nuevas y en las manos su báculo de viaje.

Habia sufrido su miseria sin irritarse ante la dicha de los demás.

Habia vencido á la envidia.

Marchaba por un camino ancho y llano.

A lo lejos, pero muy lejos, legísimos, se veia relumbrar una línea blanca en el horizonte.

--¿Será aquella la laguna salada? esclamó; pero si es, ¡cuán lejos!

Y siguió andando.

De repente sintió que sus miembros se entumecian, que sus párpados se ponian pesados, que una suave languidez se apoderaba de su cuerpo.

--¡Oh! ¡cuán lejos está el lago de las aguas saladas! esclamó.

Entonces dijo una voz tentadora á su oido:

--Mira, allí hay un sombroso bosquecillo de acacias; en él las aves difunden su grata armonía, y los arroyos murmuran dulcemente; los rayos del sol abrasan, queda aun mucho dia, descansa y luego á la tarde continuarás tu camino.

--El que se detiene en el camino del bien, se espone á caer en la tentacion, no me detendré hasta que agotadas mis fuerzas caiga. Entonces Dios tendrá piedad de mí, porque no habrá consistido en mi voluntad.

--El lago de las aguas saladas está muy lejos, y te rinde la fatiga.

--Confio en la misericordia de Dios que me dará su fortaleza.

Aun no habia acabado de pronunciar estas palabras Jask, cuando se encontró cabalgando de nuevo en su caballo, que corria, corria, siguiendo al perro, que corria tambien.

Jask habia vencido á la pereza, como á las otras seis mortales tentaciones.

Dios le habia premiado.

Su caballo le llevó con la velocidad del huracán, á las orillas del lago de las aguas saladas.

Entonces una voz maravillosa, voz que parecia provenir de los cielos, le dijo:

--Descansa y cobra fuerzas para cumplir la voluntad de Dios.

Jask desmontó y se echó á dormir bajo la sombra de una roca.

Su hermano el perro, se echo á sus pies y se durmió tambien.

El caballo inclinó la cabeza y durmió.

XXXV.

Pasó la tarde, pasó la noche, y llegó el alba del dia siguiente.

Jask, su hermano y su caballo, dormian.

A la primera claridad de la mañana, la misma voz que le habia ordenado que descansase, despertó á Jask.

--Levántate y prepárate, dijo; el momento se acerca.

Jask despertó, despertó á su perro, y despertó al caballo.

Entonces Jask, tomó el saco donde llevaba el pienso de su cabalgadura, le vació, y le llenó de la sal cuajada entre las rocas.

Cuando le hubo llenado, Jask montó de nuevo á caballo y dijo al perro-leon:

--Hermano mio, llévame al campo de los jigantes.

El perro partió á la carrera bordeando la laguna salada.

El caballo le seguia rápido como una exhalacion.

Muy pronto la laguna se quedó atrás.

Se acercaban á una selva de árboles jigantescos, de negros follajes, y en cuyo seno solo se veian tinieblas.

El perro se lanzó en aquella selva.

Le siguió el caballo.

Apenas hubieron revuelto el primer seno de la selva, se encontraron en una oscuridad profunda.

El perro seguia corriendo en medio de las tinieblas y ladrando.

El caballo corriendo y relinchando.

Jask entonando un himno á la grandeza de Dios.

Y parecia que los árboles chocaban rudamente sus troncos.

Y se oia el áspero y terrible estridor de las ramas que se desgajaban.

Y el mugido sordo y pavoroso de torrentes invisibles.

Y de tiempo en tiempo un relámpago azul temblaba entre las tinieblas esclareciéndolas por un instante.

Y á su resplandor momentáneo se veian agitarse sombras jigantescas girando en torbellino alrededor de Jask.

Y se oia espantoso chocar de armas.

Y rechinar de carros.

Y relinchos de caballos.

Todo esto llevado por un huracán pujante que rebramaba, que zumbaba, que silbaba, pero que no se sentia.

Y todo aquello era pavoroso, terrible.

Sin embargo, Jask tenia su corazon puesto en el Señor Fuerte, y su confianza en El, y no se aterraba.

Y el perro corria y corria.

Y el caballo le seguia, le seguia como una exhalacion.

¿Cuánto tiempo duró el paso de Jask por la selva de los Espantos?

Solo Dios lo sabe.

Al fin se encontró en una llanura árida.

En medio de ella, allá lejos, muy lejos, se alzaba una ciudad jigantesca.

A pesar de la distancia, Jask veia sus puertas de quince codos de altura, y las enormísimas piedras de sus muros.

El camino por donde marchaba Jask estaba sembrado de huesos humanos.

Apenas el caballo de Jask hubo puesto los cascos en aquella llanura, cuando se oyó un horrísono estruendo en la distante ciudad.

Por sus cien puertas empezaron á rebosar en la árida llanura ejércitos de jigantes.

Sus voces formidables como las del trueno, juntas y discordantes, ensordecian el espacio.

El perro se hizo atrás, se sentó amenazador y rugió.

El caballo se plantó, enbiestó el cuello y tembló.

Solo Jask permaneció impávido.

Y los jigantes adelantaban inundando la llanura.

Desnudos y negros y feroces eran, con pinos por clavas en las manos.

En medio de ellos ondeaba una bandera, tan grande como una gran nube, y que ocultaba los rayos del sol.

Y adelantaban los jigantes con la velocidad de la tormenta.

Cuando estuvieron cerca, Jask escitó á su hermano y aguijó á su corcel.

El perro y el caballo, aunque estremecidos de terror, se lanzaron de frente contra los jigantes.

Jask llevaba un puñado de sal en la mano.

Cuando ya le separaba muy poca distancia de los monstruos, cuando sus jigantescos cuerpos le daban sombra, cuando casi podian alcanzarse con las clavas, cuando le rodearon rugientes y amenazadores, Jask arrojó á su alrededor el puñado de sal que tenia en la mano.

Entonces los primeros jigantes, los que estaban mas próximos á Jask, se detuvieron y quedaron inmóviles; sus formas se hincharon; de negros que eran se convirtieron en rojos, y al cabo quedaron convertidos en enormes rocas.

Jask pasó entre ellos arrojando á derecha é izquierda puñados de sal.

A medida que adelantaba, quedaban á los dos lados en su marcha rocas y rocas; rocas que habian sido jigantes.

Cuando llegó á la ciudad, á la ciudad monstruosa, huian desordenados delante de él, millares de monstruos aterrados por el ejemplo de la desgracia de sus compañeros.

Delante de todos iba el que llevaba la bandera.

Pero el perro y el caballo corrian mas que los jigantes.

Los alcanzaban, y Jask arrojaba nuevos puñados de sal, y aparecian nuevas rocas.

Al fin solo quedó un jigante, pero doblemente mayor que los otros.

Aquel era su rey.

Aquel llevaba la inmensísima bandera.

Jask no le alcanzó hasta el centro de la plaza de la ciudad.

Y aquella plaza era un campo de muchas leguas.

Jask arrojó un puñado de sal al jigante, que inmediatamente se convirtió en roca.

Y la bandera cayó de sus manos, y se estendió en la plaza.

Y Jask recorrió la ciudad arrojando sal en medio de ella.

Y no menguaba la sal del saco, por mucha que Jask sacaba.

Y las casas y los palacios, y las calles y las plazas, se convertian en montañas, en cordilleras, en valles.

Y de los valles, y de las vertientes de las montañas, salian mugeres y hombres y niños, innumerables cautivos que los salvajes tenian aprisionados para alimentarse con ellos, y cuyas prisiones habia roto la fortaleza del alma de Jask, que no habia caido en el pecado, ni temblado ante el terror.

Y Jask tardó siete dias en trasformar la ciudad maldita, y á la tarde del sétimo, se encontró de nuevo en la que habia sido plaza de la ciudad, y que entonces era un campo yermo y estenso, en medio del cual estaba estendida la roja bandera de los jigantes.

Y el perro y el caballo se precipitaron sobre aquella bandera; y sobre la bandera puso los pies la innumerable muchedumbre de viejos, jóvenes, mugeres y niños que Jask habia libertado.

Y cuando no quedó ni uno solo que no estuviese sobre la bandera, esta se levantó en los aires y flotó rápidamente en el espacio, y poco despues descendió: y Jask y los que le acompañaban se encontraron en una llanura, delante de las puertas de la ciudad del rey Al-Munassar.

Los habitantes, que habian visto aparecer á lo lejos sobre el horizonte aquella nube roja, adelantar rápidamente hácia la ciudad, pasar sobre ella y descender, salieron asustados no sabiendo lo que aquello fuese.

Pero cuando vieron adelantar á Jask-Al-bahul, sobre su corcel de guerra precedido de su perro, y seguido de gentes que habian sido robadas en años anteriores por los jigantes, una esclamacion de júbilo y de alegría retumbó en los aires en honor de Jask.

Y Aidamarah se arrojó desfallecida en sus brazos.

Porque le habia creido muerto.

Jask habia invertido en su espedicion, siete veces siete dias.

XXXVI.

Los libertados y sus familias, proclamaron su padre á Jask.

El rey Al-Munassar renunció con alegría su corona, y la puso sobre sus sienes.

La bandera de los jigantes, doblada y redoblada, fué á servir de alfombra á la grande Aljama, y en ella se bordaron inscripciones en loor de Dios por mandato de Jask que no quiso que se consagrasen en honor suyo.

Su reino desde entonces fué feliz y próspero; ya no se vieron talados los campos, ni yermas las aldeas.

Los moradores durmieron tranquilos sin temor á los jigantes, y no hubo uno solo que no fuese á ser testigo del prodigio de la trasformacion de aquellos monstruos en rocas.

Sobre cada una de aquellas rocas, habia una palma agostada y estéril.

Aquella palma habia sido la clava del jigante.

XXXVII.

Algun tiempo despues, y cuando Jask era un rey adorado por sus vasallos y respetado por sus vecinos, que le pagaban tributo, Aidamarah dió á luz una niña.

En la fiesta de las buenas hadas, pusieron por nombre á aquella niña Zairah.

Era hermosa á maravilla, de apacible sonrisa y de mirada dulce y tranquila.

Jask quiso saber el horóscopo de su hija, y los astrólogos, despues de haber consultado siete veces las estrellas en siete veces distintas, le dijeron:

--Tu hija ¡oh rey! está sujeta á grandes desgracias.

--¿Y qué desgracias son esas?

--Tendrás otros dos hijos, el uno se llamará Jacub y el otro Kaibar.

Jacub será un hermoso mancebo, pero continuará en él la maldicion de tu raza, que el Altísimo ha suspendido para tí.

El otro será salvage y feróz, amará la sangre y el crímen y participará de la crueldad y la malicia de tus padres.

Tus hijos serán tu postrera prueba.

Si la resistieses sin entregarte á la desesperacion y sin blasfemar de Dios, se abrirán para tí las puertas del paraiso.

Pero prepárate, rey, porque le esperan grandes dolores.

--Cúmplase la voluntad de Dios, replicó Jask: ¿y qué dolores son esos que Dios me envia para prueba? ¿os los han puesto patentes los astros?

--Tu hermosa Aidamarah morirá cuando dé á luz á Kaibar: sus entrañas se romperán al dar á luz á tal monstruo.

--Dios me la ha dado, y Dios puede quitármela, esclamó Jask con los ojos llenos de lágrimas. ¿Y cuándo morirá la luz de mi alma?

--Pasadas tres veces siete lunas.

--¿Y qué mas desgracias me amenazan?

--Pasados tres veces siete años, tus hijos conocerán á su hermana y la amarán.

--¡Oh, Señor!

--Y ella amará á su hermano Jacub y será suya.

--¡Oh, Señor!

--Y Kaibar conocerá tambien á su hermana, y la amará.

Y ambos por el amor á su hermana se venderán á Satanás.

Y despues el un hermano matará á su hermano por celos de Zairah.

--¡Oh, Señor, Señor, y cuán dura es esta prueba! esclamó Jask: y decidme, añadió; vosotros que sois sabios, ¿no sabeis si hay algun medio para prevenir tanta desgracia?

--Consultaremos de nuevo á los astros, dijeron los astrólogos.

Y el rey esperó á que trascurriesen otras siete noches.

--Señor, le dijeron los astrólogos trascurrido este tiempo: no te queda mas que una esperanza dudosa.

--¿Y cuál es esa esperanza?

--Aparta de tí á tu hija Zairah.

--¡A la prenda de mi amor!

--No la veas jamás.

--¡Ah!

--Pon entre tu reino y el lugar donde se encuentre los mares.

--¡Desdichado de mí!

--Entrega su crianza á varones justos y mugeres virtuosas, que no sepan que es hija de rey.

--¿Y para qué eso?

--Para que sea como si tu hija no hubiera nacido.

--Si así salvo su alma y la de mis otros hijos, lo haré.

--Además procura que tu hija no sea vista mas que durante su primera edad por los que pusieres á su lado para que aprenda á conocer á Dios. Luego, que nadie la vea ni ella pueda ver á nadie.

--¡Desdichada hija mia!

--Así acaso se librará de su funesto destino, y del crímen tus otros hijos.

--Cúmplase la voluntad de Dios.

--Pero para que esa dudosa esperanza se realice, es necesario que apartes de tí á Zairah antes que tu esposa dé á luz á otro hijo.

Y los sabios se inclinaron profundamente ante Jask y le dejaron solo.

XXXVIII.

Era Jask tan temeroso de Dios, que no vaciló en arrostrar el nuevo y terrible sacrificio que el Señor le exigía.