Part 33
Y mientras Satanás decia estas palabras, Leila cayó sobre el diván, y se puso fria, muy fria.
Murió.
XXVII.
En aquel mismo punto Abraham, á despecho de su ciencia, veia morir en el palacio al califa.
Salió de allí con el alma entristecida, y cuando entró en su casa, encontró á Leila muerta.
Sus hijos dormian.
Cuando los despertaron los gritos de desesperacion de su padre, miraron á su madre muerta con los ojos enjutos.
Abraham lloró desconsoladamente sobre el cadáver de Leila.
Luego la mandó embalsamar como á una sultana, y la sepultó bajo una ostentosa tumba.
Despues, no permitiéndole su dolor vivir en Damasco, redujo á un pequeño volúmen sus tesoros, empleándolos en piedras maravillosas, en perlas incomparables, y en algunas telas de púrpura, oro y piedras preciosas que solo podia comprar un rey poderoso.
Cargó su tesoro en un asno, puso sobre él á su hija Zelpha, y acompañándole su hijo Jamné, salió un dia de Damasco.
* * * * *
Por aquel tiempo el caudillo Ocba-ebn-Nafhe, habia conquistado el poniente de Africa.
Abraham, para poder vender sus costosísimas joyas, fué á buscar aquel ejército vencedor que se habia enriquecido con los despojos de la victoria.
Pero una vez en la parte occidental de Africa en Tánger, supo Abraham que mas allá, al otro lado del estrecho de Alzacab, estaba la tan poderosa tierra de las Hespérides; que eran señores de ellas unas gentes riquísimas; y que allí podria vender sus tesoros, y llorar tranquilamente bajo un cielo tan azul como el de la Siria, á su perdida Leila-Fatimah.
Abraham se embarcó con sus hijos y con el jumento que conducia su tesoro, y pasó el estrecho.
Al fin puso sus plantas en España.
Y una tarde, ya te acuerdas, hermano lagarto, al encontrarse Jamné en un bosque solitario, en este mismo bosque al lado de esta sima, vió llegada para él la ocasion mas propicia para deshacerse del viejo padre, y apoderarse de su tesoro y de su hermana.
Ya sabes lo que sucedió la tarde de horrores.
--Sí, sí, lo sé, amiga culebra.
--Pero lo que tu no sabes, es que en la misma hora en que fué arrojado á la sima por sus malditos hijos Abraham, se contaban justos tres veces siete años, desde que Abraham poseyó la maldita hermosura de Leila-Fatimah.
--¿Y no sabes mas, hermana culebra?
--Sí, sé que el alma de Abraham, por no haber sido dócil al consejo de los siete astrólogos á quienes habia consultado, cuando Leila le propuso ofender á Dios, estará penando hasta que sobre esta sima se levante una torre fuerte de siete suelos, que será la puerta de un alcázar como no habrá otra sobre la tierra, y hasta que muera en este alcázar y venga á penar en la torre, una muger que haya sido parricida, adúltera é incestuosa.
--¿Y quién te ha dicho eso, hermana culebra?
--El alma en pena de Abraham.
--¿Y no sabes lo que fué de los hijos de Abraham?
--No se lo pregunté.
--Dios es vengador, y justo é inexorable, hermana culebra.
--Tienes razon, hermano lagarto. Dios es Dios y no hay otro Señor que él: él ha criado este sol que abrasa mas de lo que yo quisiera, y me voy á mis profundidades.
--Y yo á mi grieta.
La culebra y el lagarto desaparecieron, y yo me quedé horrorizada, amigo ruiseñor, y no pude descansar, añadió la golondrina: de modo que cuando me puse en camino por la tarde para Toledo, estaba tan rendida, que me he visto obligada á pararme aquí.
--Vente á mi nido, y en él descansarás: es blando y mullido, dijo amorosamente el ruiseñor.
--Dios castiga á los adúlteros, dijo con enojo la golondrina, y como ya he descansado, me voy de un vuelo á mi nido del alcázar de Toledo.
Y la golondrina voló, y el ruiseñor se quedó gorgeando:
--¡Solo! ¡solo! ¡solo!
XXVIII.
Asenéth permaneció por algun tiempo inmóvil donde se habia sentado.
Luego, á pesar de la terrible historia de sus abuelos, que habia oido cantar á la golondrina, se levantó y dijo:
--¡Yo amo á Ervigio!
Y se volvió al palacio maravilloso.
Aun dormia á los pies del diván, donde habia estado reclinada, su padre.
Asenéth le contempló profundamente.
--¿Con que si te dejo tu fuerza, esclamó la jóven maldita, despedazarás á mi mas amado?
Jamné, aunque dormido, hizo un movimiento que parecia una contestacion afirmativa á la pregunta de su hija.
--¡Oh! no le despedazarás, dijo Asenéth, porque yo te reduciré á un estado miserable.
Y pronunciando un horrible conjuro, esclamó:
--¡Oh tú, hombre convertido en leon, conviértete en un perro viejo é impotente.
Inmediatamente el leon se trasformó en un perro lanudo, cojo, ciego, miserable, que empezó á arrastrarse gruñendo dolorosamente á los pies de Asenéth.
Pero Asenéth, le hirió con el pie en el vientre, le arrojó lejos de sí, y abandonó la cámara donde Jamné, castigado de nuevo por Dios, quedaba lanzando dolorosos ahullidos.
XXIX.
Al dia siguiente, cuando Asenéth se encontraba mas abstraido en sus pensamientos de amor, tembló el alcázar todo, y yo, Satanás, dije desde las entrañas de la tierra:
--Ervigio me ha encontrado pescando en la orilla del rio, ha tenido valor para arrostrar el encanto, y tú y él sois mios.
Inmediatamente Ervigio se presentó á Asenéth.
A la vista de su hermosura, el noble godo palideció y tembló.
--¿Quién eres tú, diosa, dijo, que así brillas ante mis ojos con la plenitud de tu hermosura?
Yo soy tu esclava, dijo la impaciente Asenéth, arrojándose en sus brazos.
Y Jamné, ciego, cojo, viejo, enfermo, vagaba gruñendo dolorosamente al rededor de la habitacion donde su hija, olvidándose de todo, deliraba entre los brazos de Ervigio.
Y Ervigio permaneció siete dias en el alcázar encantado, y siempre que salia del misterioso retrete de amor de Asenéth, encontraba á Jamné, y le daba con el pie, esclamando:
--Horrible y asqueroso animal, ¿qué haces en el paraiso de las delicias?
Y Asenéth no reparaba en que su padre habia sido maltratado, y seguia bebiendo con sus ojos enamorados, la mirada de amor de Ervigio.
La noche del sétimo dia, él y ella se sentaron en el mismo lugar donde ella habia oido la conversacion del ruiseñor y de la golondrina.
Ervigio estaba profundamente pensativo.
--¿Por qué estas triste, alegría de mi alma? dijo Asenéth: ¿no tienes aquí cuanto puede desear una criatura? ¿ó es que mi hermosura no es ya bastante para alegrarte ni mi amor para satisfacerte, señor de mi alma?
--¡Ah! no, no, dijo Ervigio: pero yo quiero ser rey.
--¡Rey! ¿y de los godos acaso?
--Sí.
--Pero Wamba es su rey.
--¿Y qué importa? ¿no me amas tú?
¡Qué si te amo! tu eres mi luz y mi vida, pero...
--¿Quieres ser rey?
--Sí. Mas que eso: quiero vencer á Wamba.
--¡Le vencerás! ven conmigo.
Ervigio siguió á Asenéth que le llevó al alcázar mágico.
Dejóle en una cámara, se encerró en otra, y á poco salió con un pomito de oro en las manos.
--Haz que den esto á Wamba y eres rey, le dijo.
--¿Y cómo he de hacerlo sino salgo de este alcázar? contestó el godo.
--¿Me olvidarás, Ervigio, cuando te encuentres fuera de aquí? dijo Asenéth rodeándole los hermosos brazos al cuello.
--Antes se olvidará el sol de alumbrar el dia que yo te olvide, repuso Ervigio.
--Pues bien, sino vinieres cuando seas rey, yo iré á buscarte. Acuérdate de que me quedo.
Ervigio besó amorosamente los ojos de Asenéth.
--Vas á verle en el alcázar de Wamba.
Apenas pronunció Asenéth estas palabras, cuando Ervigio se vió en las galerías del alcázar de Toledo.
Y entonces le pareció un sueño lo que le habia acontecido en el alcázar mágico; pero vió en sus manos el pomo de oro que le habia dado Asenéth, y esclamó:
--No ha sido un sueño: hé aquí el filtro que me ha dado la maga enamorada. Veamos si por medio de este filtro seré rey.
Y buscó en el alcázar á uno de sus parciales en quien tenia estremada confianza Wamba, y se encerró con él, y estuvieron hablando largo tiempo.
XXX.
Al dia siguiente, Wamba adoleció.
Habia bebido el filtro compuesto por Asenéth.
Perdió el sentido súbitamente á las primeras horas de la noche, y todos creyeron que moria.
Para enterrarle con muestras de humildad, cortáronle el cabello, señal de nobleza entre los godos, y le pusieron la mortaja.
Cuando Wamba volvió en sí, y encontró su cabeza trasquilada, esclamó:
--Hé aquí que queda franco mi trono á los traidores, porque yo no puedo ser rey[94].
Y en aquel mismo punto, pidió que le trajesen á Ervigio.
Wamba estaba loco.
--Yo he muerto le dijo; pero tú vives y eres fuerte; ¿querrás tú la corona que se me ha caido de la cabeza? ¡Ah! ¡ah! ¡y qué bien llevarás tú mi corona!
Y los parciales de Ervigio, aprovechándose de aquella estraña locura de Wamba, le hicieron firmar la renunciacion de su corona en Ervigio.
Luego Wamba espresó su deseo de retirarse del mundo, y partiendo á Pampliega tomó el hábito de monge.
Ervigio era rey de los godos.
Debíalo á las artes mágicas de Asenéth, y sin embargo de la embriaguez de su grandeza se olvidó de Asenéth.
Y en vano Asenéth le llamó; en vano desesperada con su soledad y con sus lágrimas me evocó y me pidió que la ayudase.
--Mata á Ervigio, decia yo.
Pero ella no se atrevia á matarle porque le amaba.
Pasaron siete años; siete años desde que Ervigio poseyó á Asenéth y Ervigio murió.
Murió de una enfermedad desconocida, y Asenéth á causa de su ciencia le vió morir, se aterró y esclamó:
--Sea yo llevada de esta tierra maldita, donde le he conocido, donde le he amado, donde le he esperado y donde reposan sus cenizas: conviértame Dios en una fiera, que no pueda amar á hombre, ni de hombre ser amada, y noche de quebranto y de duelo sea conmigo.
Y apenas Asenéth, impulsada por su desesperacion, habia pronunciado estas palabras, cuando se encontró en un profundo y oscuro antro.
Junto á ella habia un perro.
Pero un perro formidable: habia pasado el poder de Asenéth, y su padre habia recobrado su fuerza de leon.
Asenéth, convertida en leon, rugia de dolor por la muerte de Ervigio.
Y entonces Jamné fué dueño de su hija, y así vivieron algun tiempo en aquel profundo antro los dos malditos.
Pero Jamné fué un dia muerto por unos cazadores.
Asenéth quedó sola.
Y en su soledad dió á luz esos dos gemelos que tengo sobre mis rodillas; el uno hombre con cabellos, ojos y piel de leon, el otro estraña mezcla de leon y de perro.
Ya sabes la larga historia de los padres y de los abuelos de ese niño, y de ese perro, Almedí.
¿Quieres ahora que te dé los amores de la Eva maldita?
XXXI.
Almedí habia escuchado atentamente aquel largo relato, y se habia estremecido mas de una vez.
Cuando Satanás concluyó aquel cuento, Almedí invocó poderosamente á Dios.
Entonces la Eva, la hermosísima Eva maldita, y el maravilloso alcázar que la contenia desaparecieron.
Solo quedaron delante de Almedí, el pequeño hombre-fiera, y el estraño cachorro de perro y de leon.
Almedí circuncidó al hombre-fiera y le puso por nombre Jask-Al-bahul.
Buscó una nodriza á propósito para cada uno de los dos hermanos, y se dedicó á la enseñanza del que podia comprenderle y serle comprensible, por que Almedí no conocia el lenguaje de los animales.
Cuando Jask-Al-bahul fué crecido, le contó su historia, revelóle que aquel lanudísimo perro era hermano suyo, que debia tratarle como á tal, y ser bueno y temeroso de Dios si queria apartar de sobre sí la maldicion que pesaba sobre su familia.
Jask-Al-bahul, por el contrario de los suyos, crecia en la virtud, amaba á su hermano, aunque bajo aquella figura, y el feróz perro era para él, como para Almedí, sumiso y manso como un cordero.
Y pasaron así desde el nacimiento de Jask-Al-bahul y de su hermano, tres veces siete años.
Almedí murió, teniendo de un lado al hombre-fiera y del otro al perro-leon.
Despues que le hubieron enterrado y honrado, Jask-Al-bahul, dijo á su hermano:
--Hemos quedado solos, pero somos fuertes y valientes; yo voy á vender la escasa herencia que nos ha dejado el buen Almedí, y compraré una lanza y un caballo, iremos al ejército de los árabes que siguen sus conquistas en Africa, y ganaremos nuestro sustento en batalla.
El perro movió la cola y lanzó un leve gruñido como aprobando la determinacion de su hermano, y éste vendió lo que les habia dejado Almedí; compró una lanza y un caballo y salió de Tánger precedido de su hermano que rastreaba el camino.
El perro-leon habia tomado el camino de las montañas, y caminaba aprisa, tan aprisa, que apenas podia seguirle el caballo de Jask-Al-bahul.
--¿Y dónde me llevas, hermano? decia Jask.
El perro seguia rastreando y callando, y cada vez mas de prisa.
Al fin, para no perderle de vista, Jask tuvo que poner su caballo á la carrera.
Muy pronto se aventuraron en la montaña.
Corria el perro, y corria el caballo.
--¿Y adónde me llevas, hermano? decia Jask.
Y el perro y el caballo, el uno detrás del otro, seguian corriendo.
Llegó la tarde, bajo el sol, apareció la noche y lució en los cielos la luna.
Y el perro y el caballo seguian corriendo.
De repente se presentó á los ojos de Jask una llanura inmensa, inmensísima.
Las anchas colinas de arena, se perdian en el horizonte.
Allá á lo lejos se veia una ciudad.
Y antes de la ciudad una torre.
Y el perro siguió corriendo hasta la torre.
Algunos hombres pasaban por el camino en sus camellos, y decian á Jask:
--¿Vas á caso en busca de la doncella pálida, buen caballero? Si así es, que Dios te ayude.
Y uno tras otro siete viageros, dijeron las mismas palabras á Jask.
Cuando le habló el sétimo, Jask procuró detener á su caballo, y por primera vez, el caballo obedeció; paróse, y delante de él se tendió en tierra el perro.
--Díme tú por tu vida, así Dios te ayude, ¿qué doncella es esa pálida, de que me hablas?
Detuvo el viagero su camello y contestó:
--Esa doncella es la mas hermosa doncella del mundo; túvola el rey de estas regiones, Almunassar, de una maga con quien se habia casado; pero por ser tan hermosa esta doncella, su madre, que no queria que se casase sino con un hombre muy valiente, hizo que el rey Almunassar encerrase á la doncella en una torre, que es aquella que se vé allá, bajo los rayos de la luna, y para que la guardase, puso un jigante, que siempre de dia y de noche sin comer y sin dormir, está dando vueltas alrededor de la torre con su clava al hombro. Muchos caballeros muy valientes, atraidos por la fama de la hermosura de Aydamarah, que este es el nombre de la doncella pálida, y aun por el tesoro que encontrara con esta doncella el que venciese al jigante, han venido, pero los huesos de todos blanquean allá alrededor de la torre formando una muralla horrorosa, porque han venido miles de caballeros y á todos los ha esterminado el jigante, que es invulnerable y solo puede matársele hiriéndole en el ojo izquierdo: pero tiene puesta sobre el ojo una defensa de acero tan fuerte, y es tal su destreza para guardarse de los golpes, que todos los que han pretendido matar al gigante han perecido; además, para vencerle es necesario pronunciar al herirle ciertas palabras misteriosas que nadie sabe; con que así, buen caballero, si vas en busca de la doncella pálida, que Dios te ayude.
Y tras estas palabras el viagero arreó á su camello, y siguió su camino.
Jask era tan valiente como la fiera á quien se parecia tanto, y bastó con que conociese aquel peligro, para que desease vencerlo.
--Y llévame á la torre donde se guarda por ese gigante la doncella de la frente pálida, la hermosa hija del rey Almunassar y de la maga, dijo al perro:
Y el perro partió de nuevo á la carrera, y siguióle á la carrera el caballo de Jask.
Y se acercaba la torre, se acercaba hasta el punto de ver sus almenas y sus ajimeces, y el jigante que como una muralla de hierro movible, daba vueltas alrededor de ella, relumbrando bajo los rayos de la luna.
Y el perro y Jask seguian corriendo.
De improviso se escuchó un bramido tan aterrador y tan fuerte como el de una tempestad desencadenada, y se vió venir hácia el perro y hácia Jask al jigante.
Y resonaban las piezas de su armadura, retemblando y retumbando á la redonda con un estridor atronante y pavoroso, y parecia que la tierra temblaba bajo los pies del monstruo, que adelantaba con su terrible maza en alto.
El perro se paró, se replegó sobre sí mismo amenazador y rugiente, y Jask detuvo su caballo, y requirió su lanza para arrojarla al jigante, antes de que éste pudiese tocarle.
Llegó al fin el momento, faltaba poco espacio para que llegase á los dos hermanos el jigante, cuando Jask se aseguró en los estribos, y poniendo su corazon en Dios, esclamó arrojando su lanza contra el monstruo:
--¡Señor! ¡señor! ¡tú solo eres el Fuerte y el Invencible!
Y despues de haber arrojado su lanza con toda la fuerza de su brazo de leon contra el gigante, cerró los ojos y esperó la muerte.
Pero en aquel punto oyóse un estruendo horrible; tembló la llanura y gimieron los distantes ecos.
Jask abrió los ojos, y vió al jigante tendido delante de él; su lanza estaba clavada en el ojo izquierdo del monstruo.
[imagen no disponible: Le llevaron á una hermosa cámara]
Y al mismo tiempo se abrió la puerta de la torre, y lucieron antorchas y sonó una alegre música, y aparecieron doncellas vestidas de blanco, cada una de las cuales llevaba en las manos una luminaria.
Y todas aquellas doncellas cantaban en coro y decian en su canto:
«Bien venido sea el esposo, el esposo de la doncella pálida.»
«Para él, valiente entre los valientes, hermoso entre los hermosos, guarda Aidamarah su hermosura.»
«Bien venido sea el esposo de la doncella pálida á poseer su belleza y sus tesoros.»
«Bien venido sea.»
Y las doncellas adelantaron, y llegaron á Jask y se arrodillaron y le presentaron un palanquin en que Jask subió, y las doncellas blancas le llevaron á la torre, y una conducia su caballo, y otras rodeaban y acariciaban á su hermano el perro.
Y cuando llegaron á la torre, otras doncellas le desnudaron y le lavaron con aguas olorosas, y le vistieron preciosas túnicas.
Y entonces, otras doncellas mas hermosas aun le tomaron en medio, y cantando y tocando alegremente, le llevaron á una hermosa cámara.
XXXII.
A la puerta de aquella cámara se retiraron las doncellas.
Jask adelantó solo.
La puerta se cerró silenciosamente.
Y entonces de un divan se levantó una doncella cuya hermosura deslumbró á Jask.
Y se acercó á él y le miró, y luego se arrojó en sus brazos.
El perro, que habia seguido á Jask, que nunca se separaba de él, gruñó dolorosamente y se echó á los pies del divan sobre la alfombra de pieles de tigre.
XXXIII.
Súpose que el jigante guardador de la hermosísima Aidamarah habia sido vencido por un estrangero, y el rey Almunassar corrió á ver á aquel á quien los hados habian consentido llegar á tanta ventura.
Maravilló al rey el estraño color de los ojos y de los cabellos, y de la piel de Jask; pero no se estrañó de encontrar á Aidamarah enamorada locamente de él, porque Jask era muy hermoso.
Y hubo fiestas, y zambras, y regocijos, y luminarias en la córte de Almunassar.
Y se celebraron con régia pompa y aparato las bodas de Jask y de Aidamarah, y á ellas asistió tristemente echado á los pies de su hermano el perro-leon.
Y cuando pasaron las fiestas, y la zambra, y la luna de las delicias, el rey Almunassar llamó á su yerno y se encerró con él y le dijo:
--Mi reino, hijo mio, es un reino desconocido, puesto en los linderos del desierto, donde no llegan los de otras tierras. Yo no sé de donde tú vienes, ni quiénes son los tuyos, ni te lo pregunto, porque eres hermoso y valiente; has librado á mi hija y la harás venturosa; pero para que esa ventura sea completa, es necesario que mi reino, que está gobernado en justicia, tenga paz: unos vecinos bárbaros y feroces nos la turban; enemigos que no hemos podido vencer, que vienen todos los años y nos roban y desaparecen despues en el desierto. ¿Te atreverias tú, hijo mio, á ir contra esas gentes?
Jask aseguró al rey Almunassar que iria contra aquellos bárbaros y los venceria.
--Innumerables son como las arenas del desierto y jigantescos como las rocas. Si ellos no nos destruyen completamente, es para que podamos criar nuestras hijas y enseñarlas el canto y la danza; pero cuando nuestras hijas están crecidas, vienen y nos las arrebatan.
--Yo venceré á esos descreidos, señor, dijo Jask, los venceré, y tu reino quedará libre y tranquilo.
--Necesario será construir torres con ruedas, dentro de las cuales vayan nuestros soldados, dijo el rey; de otro modo, los jigantes del desierto nos despedazarian á la primera embestida.
--Iré yo solo, señor, dijo Jask, y con la ayuda de Dios los venceré.
--¡Tú solo!
--¿No vencí al terrible jigante que guardaba á mi esposa?
--¡Dios es misericordioso y vencedor! dijo el rey Almunassar.
Y se despidió triste de Jask, porque su hija le amaba, y Jask acometia una empresa en la que debia morir.
Los jigantes del desierto eran innumerables.
XXXIV.
Al dia siguiente muy temprano, y mientras su esposa dormia, Jask se levantó silenciosamente, besó á Aidamarah en la boca sin despertarla, se vistió la armadura, y sobre ella una túnica de oro; bajó á las caballerizas, enjaezó su caballo, montó en él, y precedido de su hermano el perro, salió antes de que fuese de dia y sin que nadie le viese, de la ciudad por un postigo del muro.
Cuando se vió en el campo y lejos de la ciudad á punto que alboreaba, se detuvo ante una fuente, descabalgó, hizo su ablucion, y dirijió á Dios desde el fondo de su alma la oracion de azobhí (del alba).
Luego se volvió al perro y le dijo:
--Sus, hermano mio, guia, guia al campo de los jigantes.
Y el perro partió rastreando y á la carrera.
Y las palmeras se quedaron atrás.
Y se quedaron atrás las colinas verdes.
Y se quedaron atrás los arroyos.
Y el perro seguia rastreando y corriendo sobre ásperas y peladas rocas.
Graznaban las águilas en las altísimas cortaduras.
Zumbaba contra ellas el viento.
Rocas y águilas se quedaron atrás.
Y el perro seguia rastreando y corriendo sobre montes de arena roja, como si la hubiesen empapado en sangre.
Mas allá solo habia una niebla roja é impura, como el resplandor de un horno.
Y acá y allá se oia el rugido de los leones y de las panteras.
Y las colinas rojas su quedaron atrás.
Y ya no se escuchó el rugido de las fieras.
Y el perro seguia rastreando y corriendo entre la niebla roja é impura.
Y el caballo de Jask le seguia.
Y Jask se inclinaba sobre el arzon de su caballo, con la adarga al pecho, y la lanza en ristre, invocando el nombre de Dios.
De repente se escuchó una voz dulcísima que parecia salir de las entrañas de aquella tierra enrojecida:
--«¿El hermoso caballero, á dónde va?
»¿A dónde va el hermoso caballero?
»El aire de fuego secará sus ojos, y sus plantas se abrasarán, como si pisase sobre un volcan.
»¿El hermoso caballero, dónde va?
»Si logra pasar la niebla encendida encontrará mas allá la muerte.
»Cada grano de arena se levantará contra él.
»Cada átomo del sol le herirá.
»Mas allá de la niebla de fuego están los hambrientos jigantes.
»¿El hermoso caballero dónde va?
»Vuélvete á la tierra verde y humbrosa, gentil caballero.
»Donde corren los arroyos, y las tórtolas cantan entre los álamos negros.
«Vuélvete donde la amada de tu alma llora por tu ausencia.
«Vuélvete si no quieres que su llanto no se seque jamás.»
--¿Quién eres tú, génio misterioso, que así me hablas? dijo Jask deteniendo su caballo; tu acento es dulce como el gorjeo del ruiseñor, y melancólico como el zumbido del vientecillo de la tarde en las hojas de la palmera. ¿Por qué no te dejas ver de mí?
Tembló ligeramente la tierra, arrojó una llamarada roja, y quedó ante Jask una muger hermosísima.
Sus cabellos negros, negrísimos, y tan largos que caian hasta sus pies en anchos rizos, estaban ceñidos por una corona de mirto seco.
Su semblante era moreno, sus ojos negros, brillantes, ardientes, y su túnica blanca con una blancura que deslumbraba.
La hermosura de aquella muger, quemaba el corazon.
--¿Quién eres? la preguntó Jask.