La alhambra; leyendas árabes

Part 30

Chapter 304,157 wordsPublic domain

--Voy á buscar á esa doncella.

--¡Oh! pues no sigas, señor mio, porque esa doncella enamorada está á tus pies.

Y Zelpha echándose atrás el velo, y descubriendo su resplandeciente hermosura, aumentada por sus resplandecientes galas, asió las manos de Wamba que la levantó en sus brazos.

Nadie los veia mas que la blanca luna que acababa de aparecer en el oriente.

XI.

Por un postigo del muro de Toledo, entraban aquella misma noche una muger envuelta de los pies á la cabeza en un velo blanco, y un hombre envuelto asimismo, de la cabeza á los pies, en una clámide roja.

El hombre y la muger atravesaron las calles de la ciudad, subieron á lo alto, y el hombre se detuvo junto al muro de un frondoso huerto, y llamó á un postigo.

Un esclavo abrió, y el hombre y la muger entraron.

Siguieron adelante, y penetraron en una noble cámara estensa y hermosa.

Pero los adornos de aquella cámara eran banderas africanas, y los muebles severos, y las paredes desnudas de tapicerías.

Una lámpara de hierro la iluminaba.

Cuando estuvieron dentro, la muger se desenvolvió de su velo y el hombre de su clámide.

Eran Wamba y Zelpha.

* * * * *

Zelpha, durante muchos dias, permaneció al lado de Wamba.

Su tienda estaba cerrada, y los rugidos del leon hambriento asustaban á los vecinos y á los que pasaban por la calle.

Zelpha, sin embargo, no parecia.

XII.

Pero llegó un momento en que Zelpha tuvo celos.

Celos, no ciertamente de una muger, sino celos de la guerra.

Wamba la habia dicho:

--Voy á partir á Africa.

--Llévame contigo, habia contestado Zelpha.

--Aquella tierra abrasa, tus megillas se quemarán bajo aquel sol ardiente, y luego... esponerte á los peligros... no, no: el guerrero, solo debe llevar al combate su lanza y su escudo.

Wamba era muy firme; Zelpha no tenia sobre él mas poder que el de su hermosura, y se acercaba el dia de la partida.

Zelpha quiso detenerle, y no pudiendo detenerle por su voluntad, pensó en valerse de un filtro.

Pero no queria confiarse á nadie, ni podia tampoco hacer el filtro en el palacio de Wamba.

Una mañana muy temprano, con el pretesto de ir á visitar su casa, salió del palacio de Wamba.

Al acercarse á la tienda, la sorprendieron los horribles rugidos del leon su hermano, y una espiral de negro humo que salia por encima de la casa.

--¿Qué será eso? dijo Zelpha.

Aquello era que Jamné, que aunque habia perdido la forma de hombre no habia perdido la inteligencia, hambriento, celoso, desesperado, habia llamado al infierno y hablaba conmigo.

Me pedia que yo le restituyese á su forma de hombre y á su poder de hechicero.

Pero yo no podia hacerlo, porque Jamné estaba hechizado por un conjuro invencible para mí.

--Pero le dije: Zelpha se acerca.

Jamné se echó á temblar.

--Y me maltratará, dijo, porque me aborrece y es cruel.

--Zelpha no puede maltratarte, le dije.

--¿Y por qué?

--Porque ha perdido su poder y su ciencia al perder su pureza entre los brazos de Wamba.

--¡Ah! esclamó Jamné en un rugido mezcla de dolor y de alegría; ¿conque Zelpha apagará la sed de mi amor?

--Recuerda que es tu hermana.

--¿Y qué me importa?

--Ofenderás á Dios, y Dios te castigará.

--Yo la amo.

--Si tu hermana es tuya, concebirá y tendrá una hija.

--No importa.

--Zelpha morirá al ser madre, y su hija heredará la ciencia y el poder que ella ha perdido.

-¡Ah!

--Y como has amado á tu hermana amarás á tu hija, porque estás maldito de Dios; y tu hija, que no le conocerá, será mas cruel contigo que lo ha sido Zelpha.

--¡No importa! esclamó rugiendo con mas fuerza Jamné, yo la amo.

--Pues héla que abre la puerta, le dije; quedad en paz.

Y desaparecí.

XIII.

Lo que sucedió cuando Zelpha abrió la puerta fué horrible.

Jamné, irritado, hambriento, feróz, enamorado, tomó de su hermana una venganza completa.

Zelpha fué suya, y no solo fué suya, sino que fué su esclava.

Zelpha no volvió á ver á Wamba.

Habia partido á la guerra y estaba en Africa.

Jamné habia dicho á su hermana.

--Abre la tienda y vende; toma una esclava que te sirva, y tú y yo, ya que por tu crueldad y tu infamia me veo reducido á esta forma, que solo tú podias quitarme, y que ya no puedes porque has perdido tu poder, comamos y vivamos lo mejor posible. El daño que me has hecho se vuelve contra tí; te ves reducida á ser la amante de un leon, cuando podias haberlo sido de un hombre. Abre la tienda y toma la esclava, pero no pienses en mas, porque yo estaré siempre junto á tí y en cuanto intentares huir te despedazaré.

Zelpha hizo lo que Jamné la mandaba, porque tenia miedo.

Habia probado su poder mágico, y su antiguo poder no habia respondido.

Desde el momento en que habia perdido su pureza entre los brazos de Wamba habia perdido su poder, y habia quedado reducida á la condicion de una muger vulgar.

Jamné en cambio, habia recobrado todo su poder mágico menos para volver á su antigua forma.

En el tiempo preciso, desde que Zelpha habia caido de nuevo en poder de su hermano, dió á luz una hija.

Aquella hija, tenia los cabellos y los ojos del color de los del leon, y la piel dorada.

Pero era un prodigio de hermosura.

Zelpha, murió al darla á luz.

Jamné evocó á una hada maldita para que la criase, y la hada se presentó y amamantó á la niña.

Jamné la puso por nombre Asenéth, y quiso obtener por mí lo que no podia obtener por sí mismo.

Y repitiendo sus conjuros, me evocó.

--Génio, me dijo, cuando me presenté á él; un palacio encantado para guardar á mi hija, y criarla para mí.

Apenas habia dicho estas palabras, cuando se encontraron en un palacio magnífico.

Pero todo en él era rojo; el oro, las piedras preciosas, las columnas de pórfido, hasta las aguas que corrian de las fuentes.

Aquel palacio, era invisible para los que no conociesen su encanto, y estaba guardado por un lago de sangre.

Solo un hombre podia entrar en él, el hombre para quien habia nacido destinada Asenéth.

Hadas condenadas la sirvieron como esclavas, y mecieron su cuna durante su infancia. Génios invisibles y malditos, llenaban para ella los aires en armonía, y de encantos los sueños.

Para ella, el alcázar encantado no era rojo.

Tenia por do quiera, frescos y brillantes apartamentos en que corrian sobre fuentes cristalinas, aguas olorosas, hasta cuyas cúpulas subia el fragante humo de los perfumes; aquellos apartamentos, salian á deliciosos jardines donde habia cuantos árboles, cuantas flores, cuantas plantas crió Dios, para arrojarlas sobre el mundo, cada cual en su lugar y su estacion. Curvos y trasparentes lagos, relumbraban acá y allá en medio de los jardines, bajo un sol siempre eterno, siempre brillante, siempre de rayos tibios, en un firmamento siempre azul, por el cual solo pasaban nubecillas rosadas, nunca la densa y negra niebla de la tormenta.

Ella, que era espíritu de tinieblas, solo conocia al dia.

Ella, que era el producto y el castigo á un tiempo de un horrible pecado, no conocia los pesares.

La felicidad moraba en su alma, y amaba desde los primeros años, con toda su alma, con toda su voluntad á un ser que veia niño como ella, cuando era niño, mancebo cuando fué muger, á quien veia, digo, por todas partes, en las nubecillas rosadas del cielo, en el fondo de los lagos, entre las flores de los jardines, á la sombra de las enramadas, en los ángulos de sus retretes, entre el humo blanco y aromático de los pebeteros, y sobre los surtidores de las fuentes.

Asenéth oia su voz que le decia; yo te amo, en el murmurio de las aguas, en el vuelo de las brisas, en los cantares lejanos y perdidos que las hadas malditas entonaban para adormirla.

Y cuando se dormia, le veia en sus sueños; pero en sus sueños, como en su vigilia, jamás tocaba á aquel mancebo, ni se obstinaba por llegar á él: bastábale con ver su hermosura, con amarle, con sentirse amada de él. Asenéth, que habia heredado toda la ciencia que su madre habia perdido, que era por lo tanto mas sábia que su padre Jamné, sabia que al cumplir los quince años se decidiria su destino, que perteneceria á su padre si vencia al hombre de su amor cuando entrase en el palacio encantado, ó que perteneceria al hombre de su amor, si este le vencia.

Jamné, menos sábio que su hija, no conocia sus pensamientos.

La acompañaba continuamente como un perro, y se echaba á sus pies, y aunque la desesperacion y la terrible fiebre de que adolecia la fiera, en la cual se habia trasformado su hermana, le aquejasen, no rugia por no despertar ó incomodar á su hija con sus rugidos.

Para Jamné, el palacio encantado no era ni claro, ni fresco, ni oloroso.

Por el contrario, era horriblemente rojo, lleno de un aire cálido que abrasaba su pecho, y respiraba por todas partes el nauseabundo olor de sangre fresca que irritaba sus ardientes fauces.

XIV.

Llegó, no la primavera del año, porque en el alcázar encantado todo el tiempo era una perpétua primavera para Asenéth, y un abrasador estío para Jamné, sino la primavera de la vida de Asenéth.

Faltaba únicamente un dia para que la doncella maldita cumpliese los quince años.

Aquella noche, cuando Jamné dormia á los pies del diván de su hija, Asenéth fijó en él una mirada sombría.

--Mañana, dijo, el diablo, mi esclavo, se pondrá á pescar en el rio, y si pasa por allí el amado de mi alma, le traerá á mis brazos.

Y si para entonces, tú eres leon, despedazarás á mi amado.

Pero si eres perro, mi amado le despedazará á tí y yo quedaré libre de mi encanto.

Y Jamné bien ageno de la crueldad de su hija, dormia.

Asenéth se levantó, fué á un ajimez de su retrete, y miró á las estrellas.

--Hablad para mí, dijo.

Y las estrellas temblaron en su inmensidad y enviaron á Asenéth trémulos resplandores.

Asenéth, leyó en aquellos resplandores las siguientes palabras:

--«Evoca al génio de la vida.»

--Poderoso génio de la vida, dijo Asenéth asiendo un amuleto obra del sábio rey Salomon, ven.

Apareció un génio horroroso.

Tenia cuatro pechos, cuatro ojos, cuatro manos y una cabellera de fuego.

En la una mano tenia una llave de oro, y en la otra una llave de plomo.

Su cabeza era de jóven, su pecho y sus brazos de hombre, su vientre hinchado y sus pies vacilantes.

Andaba en paso lento, pero no cesaba de andar.

Asenéth, siguió tras él, porque el génio no se detenia.

A medida que adelantaba, su paso se hacia mas rápido; marchaba por un camino rodeado de jardines.

--Poderoso génio, le dijo Asenéth: ¿sabes para que te he llamado?

--Sí. Tú temes a tu padre, tienes poder para trasformarle, para debilitarle y entregarle al furor de tu amante.

--Y dime: ¿mi amante le matará?

--No, dijo el génio, porque tú padre no ha cumplido aun su destino.

--Y dime, ¿cuál es el destino de mi padre?

--El de llevar al último límite la maldicion de su raza. Tu serás la ramera de tu padre.

Se estremeció Asenéth.

--¿Y no puedo evitarlo?

--Sí, si tienes valor para ello.

--¿Y qué he de hacer?

--Cuando mañana llegue á tí Ervigio...

--¿Se llama Ervigio, el amado de mi alma?

--Sí, y por tí morirá, ó por tí será rey.

--¡Será rey! dijo con altivez Asenéth, y yo seré reina.

--Tú serás la ramera de tu padre, si Ervigio no muere delante de tí despedazado por él.

--¿Y si yo eso hiciere?...

--Tú, has nacido destinada en tu pureza á Ervigio, tú le amas desde antes de nacer; tú por él has enloquecido; consentir en su muerte seria lo mismo que matar tu alma: Dios aceptaria tu sacrificio, te perdonaria por él, y perdonaria á tu familia. Tú habrias sido la víctima espiatoria.

--¡Matando á Ervigio!

--Sacrificándote en él.

--No, dijo con una inmensa valentía Asenéth.

--Tú y los tuyos caereis en el fuego eterno.

--No importa.

--¿Entonces para qué me has llamado?

--Para preguntarte cuantos son los dias de mi padre.

--Mas que los tuyos.

--¡Ah! ¿y cómo podré yo hacer para que los dias de ese maldito terminen mañana?

--De ningun modo.

--¿Pero puedo dejarle encantado en mi palacio?

--Dios romperá el encanto cuando llegue la hora del castigo.

--¿Pero Ervigio, será mi esposo?

--Será tu amante...

--¿No mas que mi amante?

--Ervigio cuando sea rey te abandonará.

--No le haré rey.

--No puedes, á no ser que le dejes despedazar por tu padre.

--Yo soy sábia, soy hechicera...

--Lo que está escrito, se cumplirá.

--Desaparece de mi vista, génio maldito.

El génio de la vida desapareció con estruendo en las entrañas de la tierra.

Asenéth se sentó pensativa bajo un árbol de sus jardines.

Brillaba una luna plácida y tranquila.

Y apenas se sentó, oyó cantar un ruiseñor.

Asenéth comprendia el lenguaje de las aves, y oyó que el ruiseñor decia:

--¿Qué haces tú ahí, hermana golondrina, desvelada en un nido ageno?

--Estoy muy cansada y no he podido llegar al alcázar de Toledo; me he parado en este ciprés, y sin embargo no he podido dormirme.

--¿Te ha sucedido algo que te aflija, hermana?

--Sí; esta mañana con el alba salí de Africa; allí quema ya el sol, y los manantiales están secos, rugen los leones sedientos y los vencejos caen sofocados de calor.

Yo habia dejado mi nido en el alcázar de Toledo, y dije á mi esposo:

--Amado mio, yo me voy á España, sígueme.

--Tengo que arreglar aquí unos negocios con nuestro rey, se acerca la grande partida, pero vete tu sola si el calor te sofoca, ya sabes el camino, arregla nuestra casa para cuando lleguemos.

Me despedí de él, y llegué á España cuando ya el sol quemaba.

Estaba muy cansada.

Volaba entonces sobre la hermosa tierra del Iliberis.

Mis alas estaban doloridas.

Abatí el vuelo sobre un frondoso bosque y me escondí con delicia en un sicomoro.

¡Ay hermano ruiseñor! estaba escrito que yo no reposase.

Apenas habia plegado mis alas y esponjado mis plumas, cuando he aquí que de una negra sima que se veia á poca distancia desde el sicomoro, salió un culebron enorme.

Yo me aterré y me dí por perdida, y no pude moverme.

Creí morir.

Pero el culebron, no reparó en mí.

Empezó á silvar, y yo entendia sus silvidos.

El culebron decia:

--Hermano lagarto, el de las escamas blancas, verdes y azules, ven.

Ven, hermano lagarto, el de las escamas azules, verdes y blancas.

Y se oyó ruido entre la yerba, y un lagarto enorme se asomó al borde de la sima y se puso á mirar á la culebra agitando la cola.

--¿Qué sucede, hermana mia? dijo el lagarto.

--¿Te acuerdas? dijo la culebra.

--¿De qué?

--De la tarde de horrores.

--¡Ah! ¿de aquella tarde en que un anciano de barba blanca, que venia montado en un asno, y acompañado de sus dos hijos, hombre y muger, se detuvo al pié de la acacia junto á la fuente?

--Sí. ¿Te acuerdas?

--Me acuerdo de que el viejo se apeó, se sentó junto á la fuente, sacó su hijo provisiones de unas alforjas, comieron él y su padre y su hermana, y luego el viejo se tendió bajo la acacia y se durmió.

--¡Sí! ¡sí! veo que te acuerdas, y te acordarás tambien de que los dos hijos del viejo eran muy jóvenes: el tendria veinte años y ella catorce. El era hermoso y fuerte, y ella delicada y pura como una flor.

--Sí, es verdad, dijo el lagarto; él se llamaba Jamné y ella Zelpha.

--¿Y eran judíos?

--Y malditos.

--¿Te acuerdas?

--El asno que era muy fuerte iba muy cargado y pacia la yerba; pero paciendo, paciendo, no quitaba ojo del viejo que dormia.

--¿Y no te acuerdas de mas? dijo la culebra.

--¡Vaya! me acuerdo de lo que dijeron los dos malditos, ¿y tú?

--Yo tambien.

--Jamné se acercó á su padre y le examinó atentamente: el viejo no se movia: entonces Jamné sacó de entre su hopalanda un largo y reluciente puñal, y acercó su hoja á la entreabierta boca de su padre.

La brillante hoja del puñal no se empañó.

--Nuestro padre no despertará, dijo Jamné á Zelpha.

--¿Y por qué? dijo Zelpha.

--Porque nuestro padre ha comido un dátil que yo traia guardado para él desde Africa.

Zelpha se encojió de hombros.

--De modo que, dijo, lo que el asno trae sobre sí, es nuestro.

--Nuestro es el tesoro de perlas, diamantes y telas preciosas que trae sobre sí el asno.

--¿Y dónde iremos á llevar esas riquezas?

--A la córte imperial de los godos, á Toledo. Pero para que no interrumpan el sueño de nuestro padre, acostémosle en un lecho eterno.

[imagen no disponible: Asieron el cadáver de su padre,..... y le arrojaron en medio de la sima

Lit de J.J. Martinez, Madrid. Letre dibº y litº]

--¿Y cómo abriremos ese lecho? no tenemos mas hierro que tu puñal.

--Aquí hay una ancha sepultura, dijo Jamné señalando á la sima.

--¡Ah! es verdad. El diablo nos esperaba, dijo sonriendo de una manera horrible Zelpha, y ha abierto la sepultura de nuestro padre.

--Ayúdame á arrojarle en ella, hermana.

--¿Y no temes que algun dia nos llame á esta sepultura la voz de nuestro padre? dijo Zelpha:

--Dios es Satanás, dijo impíamente Jamné, ¿te acuerdas, hermano lagarto?

--Vaya si me acuerdo, y me acuerdo tambien de que al escuchar aquella blasfemia me estremecí: los hombres son impíos, porque son soberbios, y una poca de ciencia les hace revelarse contra Dios: los dos hermanos malditos eran sábios, conocian la ciencia del mal, y como el dios del mal era quien les inspiraba, creian que no habia mas Dios que Satanás: Satanás, á quien el asesinato, el parricidio y la impureza son agradables. ¡Vaya si me acuerdo! Luego, los dos hermanos asieron el cadáver de su padre, el uno por los pies, y el otro por la cabeza, le mecieron un momento y le arrojaron en medio de la sima.

--Y luego, añadió la culebra, los dos miserables se acercaron al asno: ¿te acuerdas de lo que sucedió?

--Sucedió que el asno al acercarse el parricida, se volvió y le dió una coz en la frente y no le hizo daño, pero marcó sobre su frente maldita una mancha roja é indeleble.

--Así fué, así fué, hermano lagarto. Luego Jamné castigó al asno, montó en él á su hermana Zelpha, tiró del jumento y desaparecieron entre los árboles.

--Yo me quedé horrorizado, dijo el lagarto.

--Y yo tambien, añadió la culebra.

--Y yo, dijo la golondrina, que escuchaba todo esto, sentia que las plumas se me arrancaban de la carne, amigo ruiseñor.

--Los hombres son infames y réprobos, añadió el ruiseñor; se gozan en el mal: yo no los puedo ver.

--Ni yo: el año pasado me destruyeron mi nido.

--Y á mi hace pocos dias me mataron mi compañera, por eso canto tan tristemente.

--¡Pobre ruiseñor!

--¿Y no dijeron mas el lagarto y la culebra?

--Sí, sí dijeron: y yo los escuchaba, porque aunque tenia mucho miedo, tenia mas curiosidad.

--Hembra al fin, dijo el ruiseñor.

--Pues como decia, continuó la golondrina desentendiéndose en la observacion del ruiseñor, el lagarto y la culebra siguieron hablando, y yo escuchándolos.

--Tú y yo, dijo la culebra, cuando desaparecieron los dos infames, nos despedimos escandalizados y llenos de horror por lo que habiamos visto, tú te metiste en tu grieta y yo me bajé abajo á lo profundo, donde tú no has querido nunca bajar.

--Está aquello muy lóbrego y muy oscuro; y aunque tú me has dicho que en pasando de lo oscuro hay maravillas, he tenido miedo: en una ocasion quise bajar, y al llegar á cierto punto me volví asustado: se oia un ruido atronador, sordo, espantable.

--Es el alma de Abraham, el padre de Jamné y de Zelpha, que se revuelve rugiente y maldice de contínuo á sus hijos y á las generaciones de sus hijos.

--Y tiene razon, dijo el lagarto.

--Pero él se tuvo la culpa de lo que le sucedió: bien claro se lo dijeron los astrólogos.

--¿Y qué le dijeron los astrólogos? preguntó el lagarto.

--Oye la historia de Abraham.

El lagarto se acomodó en la yerba para oir mejor, y yo apliqué mi oido con cuanta atencion pude; mi curiosidad crecia.

--Hace veinte años, un médico judío que ya pasaba de los treinta, entró montado en un asno por una de las puertas de Damasco.

Aquel médico era Abraham.

Conocia las virtudes de las yerbas, y sabia hacer filtros; pero nunca habia hecho venenos ni invocado á Satanás: era demasiado caritativo para que pudiese hacer lo uno, y harto temeroso de Dios para que pudiese hacer lo otro. Siendo muy niño habia perdido á sus padres, y entrado á servir para que lo sustentase á un famoso médico árabe. Le acompañaba á las montañas y á los valles á buscar yerbas salutíferas, y luego á ver á los enfermos: en doce años que estuvo al lado del médico se hizo tan sábio como él, y conoció todas las yerbas que él conocia, y aprendió á curar todas las enfermedades que él curaba. Con el ejemplo del sábio árabe, que era muy religioso, se hizo creyente, temeroso de Dios, y caritativo y buen hombre.

El médico árabe le queria como á un hijo.

Y sin embargo, el mismo dia en que Abraham cumplia sus treinta años, y siendo ya muy viejo el médico árabe, éste le dijo:

--Ya eres hombre crecido, sabes todo lo que yo sé y no es bien que continúes en la servidumbre: te compraré un asno, una bolsa y yerbas medicinales, y te irás por el mundo á probar fortuna.

--Pero yo no quiero separarme de tí, que eres mi padre, dijo Abraham: quédante pocos años de vida y quiero estar á tu lado para cerrarte los ojos.

--Tú no puedes permanecer en mi casa, dijo el médico, porque si permaneces vendrá sobre tí y sobre mí una gran desgracia.

--¿Pero qué desgracia puede sucedernos, siendo como lo somos, piadosos y guardadores de los preceptos de Dios?

--No puedes permanecer en mi casa, dijo el anciano.

--Si tú me arrojares de ella, me iré, pero permaneceré en la ciudad esperando que pase tu enojo y que me llames á tí.

--Yo no estoy enojado contigo, pero te aconsejo y te mando que salgas de mi casa. Dios lo quiere.

--¿Y no me dirás el secreto de tu resolucion?

--No debo decírtelo. Vé, hijo mio, vé, que donde quiera que fueses, irá contigo mi bendicion.

Era tal y tan firme la resolucion del anciano médico, que Abraham se vió obligado á obedecer: tomó la bolsa y algunas ropas que le dió el viejo, montó en el asno y se alejó llorando y desolado; pero no salió de Alejandría, en cuya ciudad moraban, sino que se fué á vivir á un barrio fuera de los muros, y se dió á conocer como médico, y empezó á curar y adquirir fama, hasta el punto de que se hizo en muy pocos dias el médico mas famoso de la ciudad.

--¿Quién te ha contado esa historia, hermana culebra? dijo con acento de incredulidad el lagarto.

--Me la ha contado el alma del mismo Abraham, hermano lagarto, dijo ofendida la culebra; y si tú no hubieses sido cobarde y hubieras bajado al último suelo de la sima, al palacio encantado y maravilloso donde pena Abraham por desobediente á Dios, el alma de Abraham te hubiera contado tambien esta historia.

--No te ofendas, amiga culebra, dijo el lagarto; pero es tan maravilloso lo que me cuentas...

--Pues aun quedan mas maravillas.

--¿Y dime, por qué amando de tal modo á Abraham el viejo médico árabe le echó de su casa?

--Por que el viejo tenia una hija hermosísima.

--¡Ah! ¿y se habia enamorado de ella Abraham?

--No, porque Abraham no la conocia. El médico tenia escondida á su hija como un tesoro.

Porque Abraham era avaro y fundaba en su hija grandes esperanzas.

Leila-Fatimah[92] era una doncella de diez y seis años.

Parecia que Dios se habia complacido en ella.

Si algun hombre la hubiera visto hubiera desfallecido de amor como á la vista de una hurí.

Su frente era un arca de pureza, sus ojos dos lumbreras de amor, sus cabellos redes de almas, y su cuello, y su seno, y su talle, atractivo de corazones.

Al verla en sus primeros años tan hermosa, el avaro médico dijo:

--Mi esposa me ha dado una perla: pues bien, embellezcamos esta perla; rodeémosla de atractivos, pulámosla y hagámosla tan hermosa que sea inapreciable.

Y la enseñó todo lo que sabia, que no era poco, y quiso que aprendiese lo que él no sabia, que era mucho.

Buscó á una maga y la pagó espléndidamente para que enseñase á Leila-Fatimah la ciencia de los astros y de lo infinito; pero del infinito que viene de Dios, no de lo infinito del mal, que viene del diablo.

Pero la maga era mala, y sin que lo supiese el viejo médico enseño á Leila-Fatimah la ciencia de lo oculto, y la hechicería y la cábala.