Part 29
Comprendió al fin, por lo que sus primeras tentativas astrológicas le revelaron, que nada sabria si no evocaba al diablo.
Estremecióse el bueno de Almedí, porque era religioso y justo, y no le gustaba tratar con los espíritus condenados; pero con la intencion de servir á Dios, se subió á una torrecilla de su casa y conjuró á Satanás.
Apenas habia pronunciado su conjuro, cuando oyó un zumbido sordo y tenáz y vió un moscardon negro y reluciente que habia entrado por la ventana y volaba alrededor de su cabeza.
--En el nombre de Dios altísimo y único, dijo Almedí, ¿eres tú el arcángel rebelde?
--Yo soy, contestó una voz que zumbaba como el vuelo del moscardon.
--¿Y por qué te me presentas en esa forma?
--Porque es la mas á mano que he encontrado.
--Eres mi esclavo.
--Ya lo sé: has pronunciado el conjuro mas terrible de Salomon.
--Toma otra forma, dijo Almedí.
--Esa es una tiranía inútil que le puede costar cara, contestó el maldito.
--Toma otra forma, repitió con doble imperio Almedí.
--Sea, pues que tú lo quieres.
Y no solo tomó otra forma el diablo, sino que la tomó tambien el interior de la torrecilla donde estaba Almedí.
Este vió, primero, una dama hermosa sobre toda ponderacion, engalanada sobre todo encarecimiento, que fijaba en él una mirada enamorada, dulce capaz de volver locos á cien faquíes ascéticos: la habitacion se habia trasformado en un retrete dorado, matizado, resplandeciente, adornado con divanes, con lámparas, con alfombras, como no habia visto ningun Almedí.
El bueno del faquí, en cuanto vió aquella hermosísima niña con sus sedosos cabellos negros sueltos en largos y anchos rizos sobre los desnudos hombros; la rica y doble gargantilla de perlas que rodeaba su cuello de blancura deslumbradora y descansaba sobre un seno medio descubierto; los encantos irresistibles que se veian á través de la magnífica y descuidada túnica, se olvidó de los dos engendros que le habian llevado los cazadores de leones y del deseo de saber su historia. Y sin embargo, la hermosísima jóven tenia en los brazos al pequeño hombre-fiera de cabellos y ojos de leon, y á sus pies, echado en el diván de seda y oro, al estraño animal, monstruosa mezcla de la deformidad del leon y del perro.
Y aquella niña, ó por mejor decir, el diablo, acariciaba á los dos pequeñuelos, y al recibir sus caricias, el niño lloraba y el perro ahullaba.
--¡Eh! ¿qué tal te parezco? dijo el diablo con una voz tan cavernosa, tan estridente, de acento tan cruelmente burlon, que no parecia sino que lo pronunciaba otra persona detrás de la jóven.
--Vete, dijo el faquí creyendo que el diablo se habia escondido tras de la hermosa niña que ocupaba el diván.
Al pronunciar Almedí su mandato, hermosa, diván y retrete desaparecieron, y solo quedaron el niño llorando y el perro ahullando.
Pero Almedí habia perdido su alma.
Se habia enamorado frenéticamente de Satanás, ó lo que era lo mismo, aunque él no lo sabia, de la hermosa doncella.
Y la llamó á voces, descompuesto el semblante, temblándole la larga barba.
Una carcajada mugeril, pero dulce, incitante, tentadora, le contestó.
Almedí corrió al ángulo de la torrecilla donde habia resonado aquella carcajada con los brazos estendidos creyendo que el diablo habia hecho invisible á la hermosa dama.
Pero al llegar á aquel ángulo donde nada encontró, en el ángulo opuesto resonó otra carcajada mas dulce, mas sonora, mas incitante.
El diablo jugaba con Almedí al esconder, y entretanto el pequeño hombre-fiera y el aborto de perro y leon acrecian en su llanto y sus engruñados.
Tenian hambre.
Despues de algun tiempo de inútil lucha, el faquí se sentó en medio de la habitacion agotadas sus fuerzas.
Inclinó la cabeza sobre sus rodillas, cerró los ojos y alimentó el recuerdo de aquella hermosísima vision que habia desaparecido.
Y recordando, vino á recordar que aquella vision se le habia presentado á causa de su conjuro al diablo.
Y como ardia en deseos de volver á ver á aquella seductora doncella, volvió á conjurar á Satanás.
Entonces un sapo negro y verde, como si hubiera caido del techo, cayó sobre la halda de la túnica de lana blanca del faquí y se puso á mirarle frente á frente.
--¿Eres tú, Satanás? dijo Almedí.
--Yo soy, dijo una voz atronadora que no se podia concebir saliese del cuerpo del sapo.
--¿Por qué has tomado esa figura? dijo Almedí.
--¿Qué, no soy yo dueño de tomar la figura que mas me agrade? ¿No dices tú en tus sermones en la grande aljamia: Buenos creyentes, temerosos de Dios; cuando entre en vuestra casa un moscon negro y reluciente, zumbando, zumbando, orad á Dios á fin de ahuyentarle, porque ese moscon es el diablo que viene á susurrar en vuestros oidos palabras de perdicion: cuando veais junto á una fuente un sapo negro y verde, aunque os aqueje la sed no bebais, porque aquel sapo será el diablo que habrá escupido en el agua, y si bebeis os hará suyo? ¿Por qué te quejas, pues, de que yo tome las dos figuras que tú me has supuesto?
--Hazme ver á la doncella blanca de los ojos negros, dijo Almedí, que á duras penas habia tenido paciencia para escuchar la réplica del diablo.
--No quiero, dijo éste; eres un viejo ridículo: ¿qué se ha hecho de tu santidad? Eva la ha desvanecido como el sol desvanece la niebla.
--¿Se llama Eva la doncella hermosa?
--Eva es la muger, ó por mejor decir, el conjunto de tentaciones de todas las mugeres.
--Pues bien, que aparezca Eva.
--Quiero ser generoso contigo; renuncio á tu posesion; no quieras ver á Eva, pues que si la vés eres mio.
--¿Pues no era Eva la que he visto?
--Era Eva, despues de haber hablado conmigo, la Eva del pecado y de la impureza; la que perseguia á Adan por los bosques del paraiso perdido, poniéndose entre él y Dios.
--Mientes; en tiempo de Eva, no se habia descubierto el oro, ni las perlas, ni existia Cachemira, ni Kufa, ni Damasco.
--Pero existen hoy, y yo he vestido á Eva como he querido. Estos sábios son insufribles: ¿si sabré yo lo que me hago?
--No, no lo sabes, porque te estoy pidiendo que me presentes ante los ojos á Eva, y resistes.
--Porque tengo lástima de tí, pobre tonto.
--Me obligarás á que pronuncie de nuevo el conjuro.
--No, no lo hagas, porque el sonido de ese conjuro me hace padecer horriblemente; pero ya que me obligas, voy á vengarme de tí: mira.
Sintió Almedí un sonido semejante al de una tienda de tela sútil y crugiente que se desplegase sobre su cabeza.
Y en efecto, una tienda se habia desplegado.
Tienda tegida de hilos sútiles y resplandecientes de mil colores como los rayos del sol que pasan por la lluvia: compartidos estos colores en labores caladas, en sútiles mallas que dejaban ver una luz resplandeciente, pero de una manera dulcísima, grata sobre todos los alhagos á los sentidos. Sostenian la tienda columnas en que no se veian mas que los resplandores de las piedras preciosas de que estaban cuajadas, y que giraban incesantemente, pareciendo un raudal purísimo que subia del pavimento.
Y aquel pavimento era un relumbrante alicatado (mosáico) de diamantes, de rubíes, de carbunclos, de esmeraldas, de topacios, de amatistas, de perlas negras y de perlas blancas, de cuantas preciosidades encerró Dios en las entrañas de la tierra y en las profundidades de los mares.
Y en medio del pavimento habia una fuente labrada de un solo diamante, y de la fuente surgía un agua clarísima y tan olorosa, tan rica de ambrosía como los manantiales del paraiso donde apagará su sed el justo toda una eternidad con sola una vez que beba una sola gota.
Y mas allá de la fuente, tendida en un lecho cándido y resplandeciente como la luna, habia una muger, mas hermosa que todas las hermosuras de la tierra, mas resplandeciente que la tienda en que se encontraba, y casta y pura como el pensamiento de un niño que murmura las primeras palabras con que su madre procura encaminar su espíritu á Dios.
Y tenia los cabellos, las cejas y las pestañas tan negros, que junto á ellos hubieran parecido blancas las alas de un cuervo de Egipto.
Y eran sus megillas como los arreboles del sol de la mañana.
Y era su carne tan blanca, que junto á ella hubiera parecido negra la nieve de las cumbres donde no se posa planta humana.
Y una túnica riquísima pero trasparente aumentaba los hechizos de aquella imágen de la muger que Dios crió para que fuese como la sultana de las huríes, para hacer feliz á Adan en el paraiso.
Era la imágen de Eva antes del pecado.
Almedí cayó de rostro sobre el pavimento con el alma abrasada en un fuego impuro, y adoró á Satanás en la imágen de Eva.
El niño-fiera, y el cachorro de perro y de leon, el uno entre los brazos y el otro á los pies de la Eva maldita, lloraban, gritaban, ahullaban, rugian con mas fuerza que nunca.
--Levántate, dijo la ronca y temerosa voz del diablo. Eres ya mio; pero quiero concederte un medio de volver á tu libertad. Voy á decirte en una historia, en la historia de esos dos hermanos, á dónde pueden llevar á una criatura el olvido de Dios por la muger, y por los impuros placeres de un amor idólatra.
--Dame á Eva, replicó Almedí.
--Te la daré, si me la pides despues de haber escuchado la historia de esos dos hermanos, y señaló al niño y al perro.
--Dame á Eva.
--Escucha.
Y dominado por un poder oculto y misterioso, Almedí con los ojos fijos en la imágen de Eva, sentado sobre sus rodillas, inmóvil, pálido, atento, escuchó.
Y el diablo le contó una historia.
Y la historia era esta.
VII.
Hay allá, en las tierras de occidente, una tierra fértil, de cielo radiante, cubierta de flores y de verdor.
La guardan sierras que la dan su nieve en claros raudales; la surcan rios que fertilizan sus praderas, y sobre la vega y sobre sus montes se ven alquerías blancas y torres bermejas.
Esta tierra, paraiso del mundo, jardin de delicias, huerto de amores, bendita y riente, guardada por Dios para los mas valientes y fervorosos de sus escogidos, estaba entonces en poder de unos cristianos, nietos de unos bárbaros que habian venido á las regiones del mediodia, desde las regiones donde jamás se derrite el hielo.
Aquellos cristianos eran los visigodos.
Corria el año de seiscientos sententa y cuatro.
Era rey de los visigodos Wamba.
Wamba, á quien habian obligado á ser rey.
Este rey era muy bravo.
En los primeros tiempos de su reinado subleváronse algunos de sus mas poderosos vasallos; pero Wamba fué sobre ellos, los venció y les puso en temor y respeto de su nombre.
Entre estos grandes, habia uno que se llamaba Ervigio.
Era mancebo y hermoso á maravilla, y tenia tanta soberbia como hermosura.
Era pariente del pasado rey Recesvinto, y aunque no se atrevia á declarar abiertamente sus intentos, alentaba esperanzas de ser rey y se procuraba en secreto parciales.
Pero luchaba con el temor que imponia la bravura de Wamba, y andaba desalentado y triste.
VIII.
Una tarde de primavera, Ervigio se paseaba solo por las huertas del Tajo, á los pies de la altura donde se asienta Toledo.
Iba pensativo, pensando en como haria para arrebatar á Wamba su corona y ceñirla á su cabeza.
El sol trasponia.
Ervigio se alejaba por la orilla del rio.
De repente tropezó en un objeto, y oyó una voz áspera que se quejaba.
Ervigio habia tropezado con un hombre, que estaba sentado al borde de una roca sobre el rio, con una caña de pescar en la mano.
Aquel hombre era muy singular, tan pequeño que apenas llegaba á la cintura de Ervigio, jorobado, patizambo, tuerto y viejo.
Alzóse al ser tropezado en ademán amenazador y puso mano ferozmente á su puñal y se encogió como el tigre para dar el salto sobre su presa.
Ervigio puso mano á su espada.
Pero al verle el enano, se amansó, envainó su puñal, sonrió horriblemente, arrojó su caña al rio, y dijo con acento singular entre burlon y cruel.
--He aquí que el rio no me ha dado ni un solo pececillo, pero la tierra me ha dado una buena pesca. Yo te esperaba.
--¿Qué me esperabas?
--Sí, ella me habia dicho: el dia en que te sentares en la roca, y echares tu anzuelo al rio y no sacares del agua peces, desde que el sol salga hasta que se ponga, aquel dia habrás encontrado al que mi alma adora.
--¡Ah! dijo Ervigio; ¿esa profecía te la habia hecho conocer una muger?
--Sí, poderoso y afortunado señor, una vírgen hermosa.
--Déjame continuar mi camino, dijo Ervigio, que como estaba poseido de la ambicion, rechazaba al amor.
Pero el enano no se apartó del sendero.
--El sol se ha puesto y no he sacado del rio ni el mas pequeño pececillo; tú eres, pues, el mancebo á quien ella ama, yo te esperaba, has venido y yo te he hallado, rey de los godos.
--¡Rey de los godos! esclamó Ervigio.
--Sí, tú serás rey por el amor de ella. Sígueme.
Y el enano saltó de la roca abajo á la selva, y Ervigio, que habia oido saludarle como rey por aquel estraño jorobado le siguió.
IX.
Habia en el centro de una oscura selva de encinas, sobre una eminencia, rodeada por un arroyo, una torre triste y solitaria, cubierta de musgo y enmohecida su puerta de hierro.
Nadie, ni una sola persona se veia ni en el claro de la selva, ni al pie de la eminencia donde estaba construida la torre, ni en la torre misma.
Esta no tenia ventanas ni respiradero alguno al esterior.
Ninguna senda se veia en el bosque que condugese á la torre.
Era de noche y brillaba la luna.
Una luna rojiza y opaca.
Dominaba en torno de la torre y en el bosque un silencio de muerte.
Pero en medio de este silencio, se oyó de repente como el ruido de dos espadas que cortaban la maleza.
Poco despues, por un sendero que ellos mismos se habian abierto, aparecieron dos seres humanos.
El uno alto, esbelto, que andaba con gran magestad.
El otro pequeño, contrahecho, monstruoso, que remedaba en su andar al lobo traidor cuando se acerca al redil que guardan los mastines.
Eran Ervigio y el jorobado, á quien habia encontrado pescando en la márgen del rio.
Adelantaron entrambos hasta la torre, y cuando llegaron á su puerta, el enano dijo á Ervigio:
--Si tú eres aquel á quien ella espera, la puerta de la torre se abrirá al tocarla tú.
--¿Hay en esto algun arte de Satanás? dijo Ervigio.
--¿Y qué te importa? ¿no quieres ser rey?
La ambicion habló mas alto que el temor de Dios en el corazon de Ervigio, y tocó con una mano audaz las planchas de hierro de la puerta de la torre.
Apenas la habia tocado Ervigio, cuando la puerta se abrió con un silencio pavoroso.
Dentro no se veian mas que tinieblas.
--Si eres tú á quien ella ama, dijo el jorobado, cuando entres dentro, las tinieblas desaparecerán y oirás maravillas.
Ervigio impulsado siempre por su ambicion, penetró en la torre.
Apenas habia penetrado en el lóbrego dintel, cuando apareció á sus ojos iluminado por un resplandor rojizo, un ancho lago de sangre, en medio del cual habia un palacio rojo tambien, y reluciente.
--¡Oh! esto es horrible, dijo Ervigio.
--Para ser rey es necesario atravesar ese lago.
Una barca negra, á la que nadie guiaba, salió por las puertas del alcázar rojo, que se abrieron, y adelantó hasta tocar á la orilla donde se encontraban Ervigio y el enano.
Entrambos saltaron dentro.
Apenas habia tocado Ervigio la negra barca con sus plantas, cuando ésta se hundió entre un remolino del lago, desapareciendo entre sus rojas ondas.
Y se oyó la voz del enano que rugia en medio del estruendo atronador del remolino.
--La virgen maldita ha encontrado á su maldito esposo, y su generacion es mia.
Y aquellas palabras retronaron, se estendieron, vibraron y fueron repetidas por mil ecos pavorosos.
X.
Y ahora, dijo Satanás dirijiéndose á Almedí, quiero que sepas quien era la muger que habia atraido así con sus encantamientos al ambicioso Ervigio.
Era una doncella que aun no habia cumplido los quince años, hermosa á maravilla, pero con una hermosura terrible.
El color de su tez era dorado, sus cabellos dorados tambien, sus ojos leonados con las pupilas negras, flexible el cuerpo como el de una pantera, y esbelta, gentil, y voluptuosa á maravilla.
Era una muger como no habia dos sobre la tierra.
Parecia una mezcla de fiera y de criatura humana.
Y á pesar del color de su piel, de sus cabellos y de sus ojos, era tal la brillantez, la suavidad y la trasparencia de su piel, tan sedosos, tan ricos, tan rizados sus cabellos, tan grandes, poderosos y lucientes sus ojos, tan preciadas las joyas que la engalanaban, y tan ricas y tan bellas tas túnicas que vestia, que no hubiera habido un hombre que la hubiese visto que no hubiera desfallecido de amor.
Era judía, y se llamaba Asenéth.
Su madre se habia llamado Zelpha, y habia sido una jóven hermosísima.
Pero con una hermosura semejante á la de las demás mugeres, y enteramente distinta de la de su hija.
Zelpha habia tenido un hermano judío tambien, y que se habia llamado Jamné.
Jamné habia sido mercader de sedas, y de púrpura y de paños preciados.
Habia sido un miserable, vendido á mí, y cuando hubo cometido cuantos crímenes son imaginables, el robo, la calumnia, la usura, la hechicería, y el envenenamiento, quiso cometer el último y mas horrible de los crímenes: el incesto.
Zelpha, la hermosísima Zelpha, era sin embargo sábia: su madre, famosa hechicera, la habia enseñado la astrología judiciaria, y el arte de los ensalmos y de los encantamientos, y á confeccionar filtros y hechizos, y á evocar los muertos, y á hacer comparecer los vivos, y á leer en sus pensamientos.
Zelpha, que era mas sábia que su hermano, adivinó sus intentos, y antes de que éste la hechizara para reducida á su voluntad, determinó hechizarle á él.
Para ello, una noche se arrancó tres de sus hermosos cabellos negros, los ató cabalísticamente, los quemó á la luz de su lámpara y me llamó.
Era una doncella hermosa y de quien yo esperaba mucho, y me presenté á ella en la forma de un hermoso mancebo.
--Sé, me dijo, que mi hermano quiere hacerme suya. Yo le aborrezco. Verme entre sus brazos sería para mí un tormento horrible.
--¿Y por qué aborreces á tu hermano?
--Es miserable y receloso, dijo; me tiene vestida de lana parda, me da de comer pan de avena y me tiene encerrada donde ni aun la luz del sol veo.
--¿Y qué quieres?
--Quiero... lo que no alcanza á hacer la ciencia que me enseñó mi madre. Yo quisiera castigar á mi hermano por la tiranía con que me trata, y por la impureza que por mí siente: es una bestia feróz.
--¿Y te vales de mí? la dije.
--Sí, me contestó.
--¿Y qué me darás en cambio?
--Estoy enamorada de un hombre.
--¿Y qué hombre es ese?
--El duque godo, Wamba.
--Valiente hombre.
--Y hermoso.
--Y temeroso de Dios. No sé si podrán vencerlo tus malas artes.
--Wamba sueña conmigo.
--¡Ah!
--Sí; un dia que estaba yo muy triste porque se habia despertado en mi alma el primer deseo del amor, evoqué la imágen de un hombre, que fuese hermoso, noble, rico, valiente y que no hubiese amado á ninguna muger.
Cuando yo le evoqué era la alta noche, y mi aposento estaba envuelto en tinieblas: entre mi lecho y la pared apareció un hombre como de unos treinta años.
Era rubío, blanco, y sus ojos azules eran tan hermosos, que me abrasaban de amor.
--¿Quién es ese hombre? ¿cómo se llama? pregunté al espíritu.
Entonces sobre su cabeza, en la pared oscura, apareció en letras de fuego este nombre: WAMBA.
--¿De qué pueblo es y qué religion profesa? añadí.
--Es lusitano; de la ciudad de Igeditania, descendiente de los visigodos, y cristiano: magnate de la córte de sus reyes, es un capitan bravo é invencible, y tanto ama la guerra, que no ha sentido amor por muger alguna.
--Que mi imagen vaya al sueño de ese hombre, y que me ame, dige al espíritu.
Entonces ví que los ojos de Wamba me miraban con amor y con deseo; que se fijaban en mi boca y en mi seno desnudo, y que sus megillas palidecian.
Wamba me habia visto en sueños, y obedeciendo á mis conjuros, me amaba: ahora bien; yo no puedo romper mis prisiones, ayúdame tú, Satanás. Convierte á mi hermano en una bestia feróz obediente á mi voluntad.
Entonces yo trasformé en leon á Jamné y le traje humilde y manso á los pies de Zelpha.
--Has hecho mi voluntad, dijo ella, y te lo agradezco.
--Pues si no me das lo que te pido, volveré á tu hermano á su antigua forma y te entregaré á él.
--¿Y qué quieres?
--Quiero la descendencia que tuvieres de Wamba.
Zelpha, mala hija y mala hermana, era tambien antes de serlo mala madre.
Maltrató á Jamné, que habia encontrado en sus mismos crímenes el castigo, abrió sus arcas y sus armarios, se apoderó de sus riquezas, se vistió como una sultana, y al dia siguiente abrió la tienda, y se puso á vender telas, joyas y perfumes, teniendo á sus pies al leon rojo en que yo habia trasformado á su hermano.
Y no sabes tú con cuanta rábia veia Jamné, en cuyo cuerpo de leon vivia su alma de hombre, á su hermana engalanada, hermosísima, magnífica, prodigando sus sonrisas á los compradores, y escuchando sus palabras de amor.
La tienda de la hermosa judía, que tenia á sus pies encadenado y manso á un formidable leon de Africa, llegó á ser la mas concurrida de Toledo: frecuentábanla los caballeros mas principales, y todos enamoraban á Zelpha, y ella los escuchaba á todos, pero solo se bajaban sus ojos y se estremecia su corazon ante un hombre.
Aquel hombre era Wamba.
Con asombro de todos los que conocian la severidad del noble godo, y su desprecio á las mugeres, le vieron concurrir á la tienda de la hermosa israelita y palidecer de celos cuando veia á esta hablando ó sonriendo con otro señor.
Zelpha queria irritar la pasion de Wamba, y se veia reducida á esperarlo todo de su amor, porque el amor que sentia por Wamba la dominaba haciendo inútil su ciencia de hechicera.
Wamba pasaba todos los dias por la tienda de Zelpha y entraba en ella con frecuencia la compraba telas, joyas y perfumes, la miraba mucho de una manera ardiente é involuntaria, pero no la decia una sola palabra de amor.
Un dia por la mañana, cuando Zelpha abria su tienda, y amarraba por la parte de adentro á su hermano, trasformado en leon, un esclavo negro se sentó á la parte de afuera de la tienda y se puso á mirar de hito en hito á la jóven.
--¿Qué quieres? le dijo esta con altivez.
--Si no te enojaras, lumbre de Dios, dijo el esclavo, yo te daria un mensage que traigo para tí.
--¿Tal es, que pueda ofenderme?
--Es un mensage de amor.
--¿Quién te envia?
--Un señor muy noble y muy rico.
--¿Cómo se llama?
--Wamba.
--¡Ah! dijo Zelpha.
--¿Qué diré á mi señor? preguntó el esclavo.
--Díle que esta tarde pasearé á la puesta del sol por las huertas del rey.
--¿Y nada mas?
--Nada mas.
El esclavo partió.
Zelpha cerró la tienda, porque necesitaba ataviarse deslumbrantemente para parecer mas hermosa á su adorado Wamba.
Entrelazó sus cabellos de diamantes y de perlas de los que habia amontonado su hermano, se vistió con las mejores túnicas de lino de seda y de brocado, que tenia para venderlas á precios exhorbitantes en la tienda, en todo lo cual invirtió mucho tiempo, comió de una manera suculenta á pesar de su impaciencia para que el ayuno no la robase sus bellos colores, y allá á la tarde, dejando encerrado y hambriento á su hermano, que rugia de hambre y de rabia, se envolvió en un largo velo que la cubria de pies á cabeza, y en paso lento se encaminó á las huertas del rey y se puso á vagar por entre las alamedas á las orillas del rio.
Vió bajar con impaciencia el sol al occidente y ponerse al fin.
Si Zelpha hubiese conservado para con Wamba su poder de hechicera, le hubiera evocado.
Pero Zelpha amaba, y el amor domina y no permite otra hechicería.
A punto que el sol se ocultaba, apareció por una avenida de la alameda un caballero ricamente vestido.
Zelpha le reconoció á pesar de la distancia, su corazon se agitó, y se sentó para esperar á su amado Wamba en una piedra al lado de la corriente.
Wamba llegó hasta ella.
--¿Serás tú acaso á quien yo busco?
--¿Y á quién buscais, señor? contestó temblorosa Zelpha.
--Busco á la doncella mas hermosa de Toledo.
--¿Será esa acaso la judía de la calle del Sol?
--¡Oh! ¡ella es á quien amo! Adios.
--¿Por qué te vas, señor?