La alegría del capitán Ribot

Part 6

Chapter 63,991 wordsPublic domain

Por razón de este carácter, cualquier expresión de afecto en su boca tenía valor inapreciable. Pero era menester hacerse los distraídos o fingir que no se advertía. Si se reparaba en ella y se le hacía entender, asunto perdido: volvía repentinamente a su brusquedad, cortando la gratitud con alguna frase irónica o desdeñosa. Tenía también un poco desarrollado el espíritu de contradicción, esto es, solía llevar la contraria a los demás, pero no por orgullo ni por mal humor, como pude convencerme pronto, sino porque, siendo tan profundamente reservada en sus afectos, le repugnaba que cualquiera los exhibiese con vehemencia. Y con esto ¡caso extraño! jamás hallé una criatura cuya fisonomía expresase mejor los movimientos y emociones del espíritu, hasta los más leves matices del pensamiento. El que la dominase por el momento, a despecho suyo y a pesar de los fuertes cerrojos con que aspiraba a guardarlo, salía por sus ojos, por los pliegues de su rostro, por todos sus ademanes y movimientos.

Martí se mostraba cada día más franco y cariñoso conmigo. Esto, como puede adivinarse, sólo a un villano podía alentar en su empresa. Á mí, que no me tengo por tal, me embarazaba y entristecía. Fuimos inseparables desde el primer momento. No sólo comíamos o tamábamos café juntos, sino que muchas veces exigía que le acompañase a evacuar sus negocios, y me hizo pronto su confidente y hasta me instaba para que diese mi opinión. Por último, a los cinco o seis días de mi permanencia en Valencia me propuso alegremente que nos tuteásemos, y sin aguardar mi respuesta se puso a hacerlo con amable cordialidad que me conmovió. Sentí mezcla de orgullo y humillación, de placer y pena: pensaba que la confianza de aquel hombre me acercaba materialmente a su esposa y me alejaba cada vez más de ella moralmente. Tuve ocasión de comprobarlo pocas horas después. Cuando fuimos a casa, aunque por vergüenza hice lo posible para que no se descubriera tan pronto nuestro modo nuevo de tratarnos, Martí lo hizo patente en seguida. Cristina alzó la cabeza sorprendida, nos miró a ambos un instante, bajó de nuevo los ojos y creí sorprender en ellos una sombría expresión de disgusto. Lo que pasó por su alma bien lo adiviné.

Martí me invitó al día siguiente a visitar su finca del Cabañal, donde tenía que dar algunas órdenes para el arreglo del jardín y la casa. Solían instalarse allí desde Mayo (mes que a la sazón corría); pero este año, a causa del própero suceso que se aguardaba, tendría que dilatarse el traslado. Le rogué que hiciéramos el camino a pie y a campo traviesa, a fin de contemplar las alquerías y jardines que hay entre la ciudad y el mar. Accedió de buen grado y a la hora del paseo nos encaminamos despacio hacia allá.

Mi compañero no cerró la boca desde que salimos de casa. La explicación de sus negocios le embargaba de tal modo que no paraba mientes en aquel delicioso campo tapizado de flores donde las blancas _barracas_ parecen palomas que vienen a posarse. En torno de estas casitas de techo puntiagudo, metidas casi siempre en un bosquete de naranjos, granados y algarrobos, se extiende un cultivo simétrico de flores y legumbres, grandes cuadros de claveles, azucenas, rosas, alelíes, mezclados con otros de fresa, alfalfa y alcachofas. Y corriendo entre ellos por sus caminitos bien trazados hermosos niños de tez morena que permanecían un instante inmóviles mirándonos con sus ojos negros y profundos. El padre, encorvado sobre la tierra, también levantaba la cabeza a nuestro paso y nos saludaba grave y silenciosamente llevándose la mano al tosco sombrero de paja.

Martí no veía esto ni veía siquiera el camino que íbamos pisando.

--Una de dos: o el negocio de los pozos sale bien, en cuyo caso no sólo espero pronto resarcirme del capital empleado, sino que constituirá una renta para mí y mis herederos, o sale mal, y entonces se perderá en apariencia el capital, pero no en realidad, porque tendré a mi disposición un personal inteligente, diestro y hábil en esta clase de trabajos, con el cual pienso emprender inmediatamente la canalización de un río en la provincia de Almería, donde existen grandes terrenos aprovechables y falta agua para los riegos y vías de comunicación. Es un proyecto que me da vueltas hace años en la cabeza. Bien sabes tú el tiempo y el dinero que cuesta en España crear un personal apto para cualquier negocio de éstos. No solamente faltan directores, capataces, destajistas, etc., sino que ni aun obreros para cierta clase de trabajos tenemos. Pues bien, yo, cuando termine bien o mal los pozos, tendré a mis órdenes ese personal.

--Me parece bien la idea--respondí distraído en la contemplación de la hermosa, matizada alfombra que se desplegaba delante de nosotros.

--¡Ya lo creo que lo es!--exclamó Martí con énfasis.--Pero estas ideas, amigo Ribot--añadió alegremente pasándome el brazo por encima de los hombros,--sólo vienen después de algunos años de experiencia... y a veces no vienen tampoco si falta lo principal, que es el sentido práctico y la vocación de los negocios.

--Sí; las aptitudes pueden perfeccionarse, pero no se adquieren.

--Tan cierto es eso, que ahí tienes a mi cuñado Sabas. Hice esfuerzos sobrehumanos para infundirle alguna habilidad, algún sentido, y no conseguí más que estrellarme. Cuantos asuntos le confié, a pesar de llevar instrucciones precisas y terminantes, han sido otros tantos fracasos. De tal modo que ha sido preciso dejarle en paz y no emplearle absolutamente en nada.

No pude menos de pensar que el castigo no debía de ser muy cruel para el cuñado, y aun me vino a la imaginación que acaso él lo hubiera provocado como ciertos niños viciosos provocan los de su aya; pero guardé para mi estas otras observaciones.

--Otro tanto pasa con mi amigo Castell. Talento penetrante, universal; cabeza privilegiada, erudición inmensa, conocimiento profundo de las ciencias y las artes, hasta de las mecánicas... Pero llega el momento de la aplicación, y es hombre que se detiene ante un grano de arena. Todo es obstáculos, vacilaciones, escrúpulos. Se desanima antes de comenzar y abandona cualquier negocio. Para llevar a cabo una empresa industrial no basta el conocimiento que da el estudio; es menester que quien la emprenda posea inteligencia esencialmente positiva y, sobre todo, que tenga como yo una voluntad de hierro.

Poco a poco nos íbamos aproximando al Cabañal. Dibujabanse ya las orillas del mar que extendía su gran mancha azul bajo un sol esplendoroso. Caminábamos envueltos en su luz respirando un ambiente perfumado. La alegría de aquel paisaje, sereno y luminoso como un cuadro de Tiziano, las escenas idílicas que aquí y allá tropezábamos, penetraban en el alma y la inundaban de suave felicidad. Al través de esta alegría, de este amable sosiego, Martí, con su hermosa cabellera ondeada, con sus grandes ojos inocentes, no me parecía un hombre tan positivo como era al parecer; ni completamente de hierro.

Antes de tocar en las primeras casas del lugarcito torcimos a la izquierda. Allá a lo lejos se parecía una casita blanca entre árboles que Martí me dijo ser su alquería. En el camino vi un cercado singular cuyos muros estaban fabricados de piedras perfectamente simétricas e iguales. Parecía en ruinas, y al través de sus grandes brechas distinguí algunos tendejones, grandes tubos de hierro enmohecidos sembrados por el suelo, ruedas y otros restos de maquinaria.

--¿Qué es esto?--pregunté sorprendido.

Martí tosió antes de responder, sacó un poco los puños de la camisa y profirió con gesto entre desabrido y vergonzoso:

--Nada... una fábrica de piedra artificial.

--Pero, al parecer, no funciona.

--No.

--¿A quién pertenece?

--Es mía.

--¡Ah!

Me callé porque comprendí en su actitud que el asunto le mortificaba. Seguimos algunos pasos más sin que se dignase echar siquiera una mirada a su fábrica abandonada; pero volviéndose de pronto exclamó:

--¡No te vayas a figurar que no he sabido fabricar piedra! Mira... todo ese cercado está construído con productos de la fábrica. Toma en peso una piedra y reconócela.

La tomé, en efecto, la examiné y vi que en la apariencia al menos tenía todas las condiciones de resistencia necesarias. Así me complací en manifestárselo. Martí me explicó la quiebra de la fábrica por la carestía de la mano de obra. Valencia era una provincia que desde siglos atrás había dejado de ser industrial para convertirse en agrícola; faltaban brazos. Luego el director facultativo tampoco había llenado cumplidamente su destino. La elevación de tarifas y fletes, etc., etc.

El asunto era, sin duda, enojoso para mi amigo. Hablaba sordamente y con la frente fruncida y evitaba el mirar hacia su desventurada fábrica. Así que, para no desazonarle más mostré el mayor desprecio posible por toda aquella maquinaria enmohecida y seguí adelante sin concederle una pizca más de atención.

Llegamos por fin a los muros de su huerta. Penetramos en ella por una puerta enverjada y atravesamos un lindo jardín para llegar a la casa. Ésta era de construcción modesta, pero bastante espaciosa y decorada en su interior con lujo. El mobiliario, propio para la estación de verano, sencillo y elegante. Pero lo que despertó mi entusiasmo fué el extenso parque que tenía detrás, cuyas tapias rozaban ya con la misma playa, a la cual se salía por una puerta también de hierro. Antiguamente había sido una finca productiva. El padre de Martí primero y luego éste la habían transformado en vasto jardín. Los caminos anchos y enarenados, orillados por naranjos, limoneros, granados y otras muchas clases de árboles frutales. Aquí un bosquecillo de laureles y en el centro de él una mesa de piedra rodeada de sillas; allá una gruta tapizada de jazmín y madreselva; más lejos un macizo de cañas o de cipreses, y en el centro una estatua de mármol blanco. Y como fondo para esta decoración, la línea azul del mar, sobre cuyas olas parece que van a caer las naranjas desprendidas de sus tallos. El sol, que ya declinaba, envolvía la huerta y el mar con llamarada viva; sus rayos de oro se enfilaban por los blancos caminos de arena, hacían resplandecer la casa enjalbegada, penetraban en los bosquecillos de ciprés y laurel, iluminaban la faz de mármol de las estatuas y quedaban colgados a las ramas de los árboles como los hilos de oro de una cabellera rubia. A la derecha asomaban por encima de la tapia los palos de los pequeños barcos de pesca con su sencilla jarcia y se extendía el pueblo del Cabañal, mezcla rara y pintoresca de chozas de pescadores y de aristocráticas mansiones donde veranean los próceres de la ciudad. Más lejos, el Grao y los mástiles elevados de sus vapores.

Martí me fué mostrando toda la huerta, aunque sin mucho placer ni orgullo. Los negocios pretéritos y futuros le embargaban y no sabía salir de ellos. Sólo al llegar a un rincón cerca de la playa pareció distraerse algunos instantes para enseñarme un pabelloncito de estilo griego que encajaba admirablemente en aquella risueña decoración. Por dentro estaba adornado con muebles tallados traídos de Italia, estatuas y jarrones.

Tenía una pequeña terraza o mirador sobre el mar, y encima de la puerta grabado un nombre que me causó leve estremecimiento.

--La construcción de este pabellón fué cosa de mi mujer. Por eso hice poner su nombre sobre la puerta.

Desde allí, a paso lento, nos volvimos a la casa por nuevos y siempre hermosos caminos de árboles. Tropezamos antes de llegar con una montañita artificial y sobre ella un castillete. En torno había un pequeño estanque imitando el foso. Lo atravesamos por medio de puente levadizo y ascendimos por un sendero estrechísimo entre setos de boj y naranjo, y llegamos a la cumbre en el mismo tiempo que lo digo. La senda, a pesar de sus engañosas revueltas, podía medirse por varas y aun por pulgadas. Sobre la puerta del castillete había grabado otro nombre que también me hizo estremecer, aunque de modo bien distinto.

--La idea de la montañita rusa y del castillo fué obra de mi amigo Castell, y, como es natural, le puse su nombre... que es el que mejor le conviene--añadió riendo.

Á mí el equívoco me hizo mucha menos gracia. Quizá tendría parte en ello la antipatía, cada vez más pronunciada, que el sujeto me inspiraba. Entramos en el diminuto castillo y subimos a su azotea. Desde allí se descubría admirablemente, no solamente el parque, que ya no parecía tan vasto, sino una buena parte de la huerta, todo el Grao y Puerto Nuevo y gran extensión de mar. Sobre sus olas menudas, innumerables, sobre el azul fuerte y oscuro de la masa de agua ensanchaba su bóveda de cristal el cielo matizado de suaves tintas de grana. El sol dejaba correr sobre las olas un río de oro. En la verde alfombra de la huerta, con sus interminables maizales, brillaban las pequeñas barracas blancas descansando en su nido oscuro de naranjos o cipreses. Más allá Valencia, el Miguelete, y a lo lejos la cadena circular de montañas, que en aquella hora aparecían teñidas de malva, de lila y violeta.

--¿Qué es aquel barracón?--pregunté herido desagradablemente por la vista de un edificio grosero de ladrillo que se alzaba en los confines del parque.

--Nada... aquello ha sido un conato de fábrica de cerveza--respondió secamente Martí.

Y de nuevo apareció surcada su frente por la arruga de marras.

--Pero, ¿no has llegado a fabricarla?

--Sí, se ha hecho alguna. Resultaba mala a causa de la calidad del agua. El maestro que hice venir de Inglaterra no me desengañó a tiempo y me obligó a gastar bastante inútilmente.

Tosió sin gana, se estiró los puños de la camisa, metió los dedos por su cabellera y bajó precipitadamente la escalerilla del castillo seguido por mí. Había en los ademanes de aquel hombre, lo mismo en los que expresaban alegría que disgusto, tanta cordialidad, una inocencia tan infantil, que yo me sentía cada vez más atraído hacia él. Me parecía que le amaba desde largo tiempo.

Salimos de la finca cuando el sol estaba ya próximo a trasponer las lejanas montañas. Caminamos la vuelta de casa atravesando de nuevo la huerta, sus campos de maíz, sus jardines y frutales. Era la hora de dejar el trabajo, y los huertanos, con el típico pañuelo liado a la cabeza, descansaban a la puerta de las barracas, bajo el fresco dosel de pámpanos de su parra. Los niños se subían sobre sus rodillas y bailaban sobre ellas, mientras la madre preparaba el arroz para la cena.

[imagen: una barra decorativa]

VII

Cuando llegamos a casa cerraba ya la noche. La familia estaba reunida en el comedor y la mesa puesta. Isabelita comía con sus primos y Retamoso y doña Clara se preparaban para marcharse sin su hija. Sabas y Castell también comían allí. Nos recibieron con alegría, y todos, exceptuando por supuesto Cristina, me saetearon a preguntas acerca de la impresión que me había causado la alquería. Mostréme entusiasmado, no tanto por cortesía como porque en realidad lo estaba. Describí con calor su encantadora situación, el gusto y esmero con que estaba cuidada, la elegancia del pabellón _Cristina_ (creo que en este punto insistí demasiado) y terminé diciendo que no tendría inconveniente en vivir allí toda la vida.

--¿En el pabellón Cristina?--preguntó con sonrisa irónica Castell.

--¿Por qué no?--respondí con tono resuelto echando una rápida mirada, a la esposa de Martí. Ésta parecía hallarse distraída en aquel momento. Yo adiviné, sin embargo, que no perdía una palabra de mi discurso.

--Entonces es que le gusta a usted vivir enjaulado como los canarios. Yo también viviría así de buen grado, pero a condición de que me cuidase la mano elegida por mí.

Y al decir esto también miró con el rabillo del ojo hacia Cristina, que tenía el rostro vuelto a otro lado y horriblemente serio.

--Pues yo, como no soy tan sibarita...--repliqué riendo--, no pongo condición alguna.

Martí dió algunas palmaditas cariñosas en la espalda de su amigo.

--¡Como si no te conociéramos todos, viejo calavera! Vivirías a gusto quince días y al cabo de ellos te sentirías harto de jaula, de alpiste y de las manos lindas que te lo echaban.

Castell protestó de este juicio manifestando que la veleidad en el amor no tanto depende del temperamento como de la vaga pero apremiante necesidad que todos sentimos de buscar el ser que responda a las íntimas aspiraciones del nuestro, a nuestros secretos anhelos o, en palabras más prosaicas aunque más positivas también, que se adapte exactamente a nuestro individuo físico y moral.

--Yo no he hallado como tú--concluyó diciendo atrevidamente--, entre tantas mujeres, la que realizase todas las necesidades de mi ser, muchas de las cuales son inconscientes quizá, pero no menos efectivas. Si cuando _tú o antes que tú_ (recalcó de un modo particular estas palabras) hubiera tropezado con ella, ten por seguro que mi carrera galante se habría detenido hace ya tiempo y no tendrías razón para llamarme, como ahora, viejo calavera.

La actitud, el acento y las furtivas miradas que el opulento naviero dirigió varias veces a Cristina mientras hablaba me confirmaron en la sospecha que concebí casi en el punto en que por primera vez tuve ocasión de hablarle, es a saber, que aquel señor galanteaba a la esposa de su íntimo amigo y socio.

El efecto que el esclarecimiento de esta sospecha me hizo fué deplorable. Sentí odio hacia mi rival, le apellidé en mi interior falso amigo, traidor, aleve. Pero al mismo tiempo una voz me gritaba en la conciencia que yo, aunque amigo reciente, no era un ser mucho más apreciable. Esta voz me turbaba de modo indecible.

Siguió la plática, y Castell tuvo ocasión de decir a Cristina, sin que nadie más que ella lo entendiese, cuanto le pareció. Su palabra flexible respondía admirablemente a todos los movimientos, revueltas y saltos que le placía imprimirle. Cristina hablaba con su madre; pero en su visible distracción y en la nube de inquietud que oscurecía su rostro cualquiera adivinaba que escuchaba cuanto Castell decía y que no era de su agrado. En aquel momento, a pesar de las arrugas de su frente y de la fiera expresión de sus ojos, me pareció más adorable que nunca.

Retamoso, ya con el sombrero puesto, se acercó a Castell, y, haciendo ademán de hablarle al oído, pero en realidad bastante alto para que lo oyese su mujer, le dijo con su gracioso acento galaico:

--Señor de Castell, tiene usted razón como un santo. La cuestión es el aciertu... ¡el aciertu! Si yo no hubiese tenido tan buen consejo para elegir compañera, ¿qué hubiera sido de este pobre hombre? ¡Qué prenda! ¿eh? ¡qué tesoro! ¡Silenciu! Guárdeme el secreto: a estas horas no tendría dos pesetas. ¡Silenciu! ¡Ps! ¡ps!

Y arqueando las cejas y haciendo visajes de admiración y contento reprimido, se alejó arrastrando los pies. Su cara mitad, que había oído perfectamente, le dirigió una mirada oblicua donde no resplandecía la gratitud y, arrugando su nariz aguileña, nos dió las buenas noches con imponente severidad.

Nos hallábamos en pie todos y preparados para sentarnos a la mesa. Martí, observando que su panecillo estaba un poco descortezado, exclamó, bromeando:

--Ya anduvieron aquí las patitas de mi rata. ¿Verdad, Cristina?

Ésta sonrió en señal de asentimiento.

--¡Me extrañaría que dejases de pellizcarme el pan algún día!

Entonces yo, a una vuelta que dió Martí para hablar con Castell, me acerqué disimuladamente a la mesa, tomé un pedazo de pan por el sitio en que Cristina lo había pellizcado y lo comí con inexplicable placer. No se le escapó a ella esto, y observé una ligera turbación en su rostro.

--¡Vaya, vaya a comer... y cada cual a su sitio!--exclamó con graciosa mueca de enfado.

Obedecí, humildemente, y me senté en el sitio de costumbre. La comida fué alegre. Martí estaba locuaz y risueño. Como si no se hubiese hecho cargo hasta entonces de las bellezas que guardaba su finca del Cañabal, las describió con el entusiasmo que yo le había comunicado en nuestro paseo. Terminó proponiendo que fuésemos allá por las tardes a merendar, ya que las circunstancias impedían trasladarse por completo. Es inútil decir el gozo con que escuché esta proposición. Cristina también la acogió con alegría y lo mismo el resto de los comensales. Sabas manifestó, con su gravedad habitual, que, quizá, no podría ir todos los días.

--No; contigo ya sabemos que no debemos contar. ¿Cómo has de dejar abandonados los negocios de la plaza de la Reina y del café del Siglo?--manifestó su hermana riendo.

--¡No es eso, hija mía!--exclamó picado el elegante--. Ya sabes que no soy muy sensible a los recreos campestres.

--Sí, sí; ya sé que estás por los urbanos y que no respiras bien sino en una atmósfera de humo de tabaco.

Doña Amparo acudió, como siempre, al socorro de su hijo.

--Me alegro mucho de que Sabas no venga, porque las merendetas siempre le han hecho daño al estómago.

--¡Qué le importa a Cristina que yo me ponga enfermo!--exclamó con afectada amargura el crítico.

--¡Pobrecito! Lo que te sienta admirablemente es cenar a última hora en el Círculo, con manzanilla y _champagne_.

Martí intervino para cortar la disputa de los hermanos, observando que doña Amparo se estaba preparando ya para desmayarse. Cada cual en materia de goces tenía sus preferencias y era insensato tratar de imponer los nuestros a los demás. "Todo el mundo tiene derecho a ser feliz a su manera", dijo Federico de Prusia; y si Sabas se sentía más feliz bajo techado que a cielo descubierto, no había motivo para incomodarse.

--Lo que sí le ruego--concluyó diciendo--es que, ya que él no sea de la partida, permita a Matilde y a los niños venir con nosotros.

Sabas accedió generosamente a este ruego y pareció todo conflicto conjurado; pero Cristina, que todavía deseaba hacerle rabiar un poco, dijo sonriendo malignamente:

--Por supuesto, eso debe entenderse en las tardes en que no haya botones que coser...

--¡Cristina! ¡Cristina!--exclamó Martí, medio enfadado, medio riendo.

Todos hicieron lo posible por reprimir la risa. Sabas alzó los hombros con aparente desprecio, pero quedó el resto de la noche amoscado.

Sin su compañía honrosa, pero con la de Matilde y el mayor de los niños, hicimos al día siguiente y en los sucesivos nuestra excursión al Cabañal. Nos trasportaban allá poco después de almorzar las galeritas de Martí y de Castell y nos traían a la ciudad al ponerse el sol. Todo este tiempo lo pasábamos charlando en la terraza del pabellón, mientras las damas bordaban o cosían; o paseando por los senderos del parque, donde también jugábamos como niños al volante y al aro. Algunas veces salíamos de la finca y recorríamos el pueblecito y bajábamos a la playa, entreteniéndonos buen rato viendo arribar las lanchas pescadoras; otras nos dirigíamos a la huerta y visitábamos algunas barracas, principalmente la de un cierto Tonet, antiguo criado de Martí, a quien pertenecía la labranza de que vivía. Allí descansábamos a menudo, y su mujer nos regalaba con altramuces y _cacahuets_ o nos servía algún refresco.

Pero el negocio importante de la tarde era la merienda o, por mejor decir, su preparación. Para que nos interesase era menester que se aderezase y comiese al aire libre. Trasportábamos la cocinilla de alcohol y el resto de los bártulos a algún lejano y sombrío paraje del parque. Las damas se ponían un delantal, los caballeros nos quedábamos en mangas de camisa, y unas veces haciendo chocolate o café, otras friendo el pescado que acabábamos de comprar en la playa, pasábamos una hora feliz. Tan feliz, que cuando la reunión me encomendaba la tarea de guisar una caldereta a la marinera y, con la cacerola entre las manos, me veía rodeado de mis marmitones y _marmitonas_, a quien despóticamente comunicaba órdenes precisas, ¡quién lo creería!, alguna vez llegaba a olvidarme de que estaba enamorado.