Part 5
Mientras paladeábamos una copa de _vermouth_, Sabas se mostró locuaz y expansivo, pero sin deponer su natural gravedad. Hablóme de su familia y amigos. Observé pronto que poseía un temperamento analítico de primer orden, vista penetrante y seguro instinto para ver el lado flaco de las personas y las cosas.
Su hermana era una mujer discreta, cariñosa, de intención recta y noble...; pero tenía un carácter demasiado adusto, se complacía en llevar la contraria, faltando algunas veces a la cortesía, carecía de flexibilidad, de cierta dulzura absolutamente necesaria a la mujer; en fin, aunque bondadosa en el fondo, no se hacía amar. Bien hubiera querido protestar contra tal absurda afirmación. Precisamente su carácter tímido y resuelto, al mismo tiempo y su esquividez un poco salvaje, eran las cualidades que más me habían enamorado. Me abstuve, no obstante, de hacerlo por razones de prudencia.
Su cuñado era un infeliz, hombre trabajador, generoso, inteligente en los negocios... pero absolutamente incapaz para el conocimiento de las personas. Todo el mundo le engañaba y le explotaba. Luego, de un temperamento tan versátil que apenas emprendía cualquier negocio con gran fuego ya estaba cansado de él y pensando en otro. Esta circunstancia le había hecho perder mucho dinero. Las empresas en que se había metido no podían contarse: algunas de ellas serían muy beneficiosas si hubiera persistido; mas apenas tropezaba con las primeras dificultades, se abatía y las abandonaba. Sólo había mostrado constancia cuando cabalmente no la necesitaba: en los pozos artesianos. ¡Cuánto dinero llevaba ya enterrado aquel hombre en este funesto negocio! El único que realmente le había salido bien era el de los vapores, y ése no lo había emprendido él, lo había heredado de su padre.
Su amigo Castell poseía muchos conocimientos, se expresaba admirablemente y era inmensamente rico... pero no tenía pizca de corazón. Jamás había profesado cariño a nadie. Emilio se equivocaba de medio a medio pensando que le pagaba la adoración apasionada, fervorosa que por él sentía. "Pero no hay que tocarle este punto porque reñiría usted con él, como yo he reñido varias veces. En cuanto salga en la conversación el nombre de Castell, es necesario abrir la boca, poner los ojos en blanco y caer en éxtasis, como si apareciese una divinidad del Olimpo. Castell conoce esta debilidad de mi cuñado, se da tono con ella y la aprovecha. Por lo demás, el día que necesite de él ya verá qué caso le hace".
--Pues Martí me ha dicho que le facilitaba dinero para sus negocios cuando lo necesitaba--apunté yo.
--Sí, sí--contestó riendo sarcásticamente--, no dudo que le facilitará dinero; pero todos sabemos en Valencia cómo pararán estas liberalidades.
No quise hacer más preguntas. Eran interioridades de familia que no se debían sonsacar. Sabas prosiguió:
--Además es un hombre vicioso, inmoral. Está enredado hace años con una mujer y tiene de ella ya varios chicos; pero esto no es obstáculo para que traiga alguna querida siempre que hace un viaje al extranjero. Se le han conocido ya tres, una de ellas griega, ¡hermosa mujer! Las tiene una temporada y luego las despide como a un lacayo que no le sirve. Esto, como usted comprende, en una capital de provincia constituye un escándalo... pero como se llama D. Enrique Castell y tiene ocho o diez millones de pesetas, nadie se da por ofendido: los curas y los canónigos y hasta el obispo le quitan el sombrero de una legua.
--También me han dicho que son ricos sus tíos los señores de Retamoso.
--¡Oh, no! Esa es una fortuna mucho más modesta que se cuenta por miles de duros, no por millones... Pero todo ha sido ganado a pulso, ¿sabe usted? peseta a peseta detrás de un mostrador primero y luego de un escritorio.
--Su tía Clara, al parecer, es una señora de mucho entendimiento para los negocios.
Sabas soltó una carcajada.
--¡Mi tía Clara es una imbécil! No ha servido en toda su vida más que para hablar en inglés con las institutrices y pasear su nariz borbónica por la Glorieta y la Alameda. Pero mi tío Diego es el gallego más fino que ha nacido en este siglo. Se ríe de su mujer y es capaz de reirse de su sombra. No le considero capaz para las grandes empresas, no tiene, como ahora se dice, el genio de los negocios; pero yo le aseguro que para los que trae entre manos, que son generalmente de poca monta, no se ha conocido ni pienso se conocerá en mucho tiempo hombre más avispado.
Prosiguió de esta suerte mi elegante amigo haciendo el estudio de su familia con crítica implacable, pero sensata, graciosa también a veces. Pasó después a hablar de su ciudad natal, y hallé igualmente finas y atinadas sus observaciones acerca del carácter de los valencianos, de sus costumbres, de la política y la administración que regían en la provincia. Confieso que me había equivocado. Lo tomé a primera vista por un currutaco, un joven evaporado y frívolo. Resultaba ser hombre de buen entendimiento, observador e ingenioso, aunque un poco exagerado en el análisis y bastante severo.
Salimos del café, y antes de acercarnos a casa dimos otra vuelta por las calles. Natural como soy de la costa de Levante, hijo de marino y marino también, el aspecto de la gran ciudad mediterránea ejercía sobre mí una seducción particular. Las calles estrechas, tortuosas, pero aseadas, donde se encuentran comercios de gran lujo, el número crecido de vetustas casas de piedra de artística fachada pertenecientes a las nobles familias que la hicieron famosa y respetada en todo el mundo; sus _Torres de Serranos_, entre cuyas almenas se cree aún percibir la silueta del caballero; sus puentes de sillería; la Lonja, cuyo salón, de excepcional grandeza y hermosura, cobijó a los negociantes más opulentos de España; el bullicioso mercado al aire libre próximo a ella, todo manifiesta, a par que sus tradiciones mercantiles, la antigua y opulenta capital; todo me hablaba de la grandeza de mi raza.
Pedí a mi compañero que me guiase al mercado de flores. No tardamos en penetrar en un cobertizo de hierro donde a un lado y a otro, dejando paso por el medio, se veía una muchedumbre de mujeres de rostro pálido y ojos negros exhibiendo su mercancía: claveles, azucenas, rosas, lirios, malvarrosas y jazmines. La animación era grande en aquel pequeño recinto. Las damas con su rosario y libro de misa en las manos, plantadas delante de las vendedoras, examinaban con ojo inteligente el género, regateando infinitamente antes de decidirse a comprar. Los caballeros encargaban ramos y canastillas, dando instrucciones prolijas para su construcción. Hasta las humildes criadas y menestralas se acercaban con paso precipitado a los puestos, tomaban un puñado de flores, colocaban algunas en la cabeza, y dejando una ínfima moneda de cobre, se marchaban alegremente con las otras en la mano a proseguir sus rudas tareas. ¡Con qué entusiasmo las iban contemplando aquellas _filletas_! ¡Con qué placer aspiraban su fragancia!
Al pasar por delante de los puestos observé que la mayor parte de las vendedoras saludaban a mi amigo por su nombre, le dirigían sonrisas amables y le preguntaban si no tenía algún encargo que hacerles.
--Es usted popular en el mercado--le dije, riendo.
--Soy un buen parroquiano nada más--me respondió con modestia.
Y poniéndome después la mano sobre el hombro, me empujó hacia una de las puertas, donde, algo retirados y medio ocultos entre el follaje, nos situamos.
--Este es punto estratégico--me dijo--; verá usted cuántos talles salados desfilan en cinco minutos por aquí.
En efecto, las damas que entraban por la otra puerta, después de hacer sus compras o encargos, salían por ésta; cruzaban a nuestro lado, rozándonos con su vestido. Para todas tenía un requiebro, una palabrilla amable mi compañero. Bastantes de ellas le conocían y le saludaban; algunas se quedaban un instante paradas, respondiendo con gracioso tiroteo a sus frases galantes. Me sorprendía la desenvoltura con que aquel hombre, siendo casado y sabiéndolo todo el mundo, requebraba a las mujeres, y aún más, que éstas aceptasen sus galanterías sin reserva.
Muchos rostros hermosos he visto en los diversos países donde mi vida errante me ha llevado; pero nunca en tal profusión, tan finos, tan delicados, de una trasparencia de ópalo, de una pureza tan exquisita como ahora. Luego, ¡qué ojos! El alma volaba tras de su negrura y misterio ansiando anegarse en un sueño feliz. Ojos dulces, voluptuosos, impenetrables que parecen guardar al mismo tiempo el amor y la muerte.
Por entre las cabezas de la muchedumbre llegó hasta mí el relámpago de una mirada. ¡Era ella, sí, era ella! Aunque quedase oculta entre la gente, yo sabía que era ella y que se acercaba. Mi corazón comenzó a latir con violencia. A los pocos instantes apareció. Vestía traje de seda negro con mantilla: en una mano traía el libro de misa y el rosario anudado a la muñeca en forma de brazalete; en la otra, un puñado de claveles. Venía con su prima Isabelita y acompañadas ambas de Castell. No puedo explicar la impresión que me causó este hombre en aquel momento. El corazón se me apretó como a la vista de un peligro y la vaga antipatía que por la noche me había inspirado se transformó súbito en odio. La violencia con que nació en mí este sentimiento me sorprendió; pero no quise confesarme la causa. Traté de refrenarlo y me esforcé cuanto pude por aparecer amable y despreocupado.
Se detuvieron sorprendidos delante de nosotros. Castell e Isabelita nos felicitaron por el buen sitio que habíamos elegido.
--¡Qué no sabrá este pícaro tratándose de galanteo!--manifestó la hija de Retamoso dándole un golpecito en el hombro con su libro.
Y luego que hubo soltado la frase se ruborizó como una amapola.
--Vaya, prima--respondió Sabas--, ya sabes que por lo menos a tí no te he galanteado nunca. Pero estamos a tiempo. Te estás poniendo tan linda de algún tiempo a esta parte que voy a olvidar los lazos de familia.
Isabelita se ruborizó aún más, cosa que parecía imposible. Sabas insistió en sus requiebros. Castell vino en su ayuda. Mientras tanto, Cristina se hacía la distraída mirando a un lado y a otro: yo adivinaba que era por no tropezar con mis ojos. Sabas se fijó en ella y le dijo:
--Hermanita, ¿a que no eres capaz de ponerme uno de esos claveles en el ojal?
--¿Por qué no?--repuso ella.
Y entregando el libro a su prima, escogió el más hermoso y grande y se lo colocó donde pedía.
Por impulso irreflexivo y con una osadía que había perdido ya con aquella mujer dije entonces:
--¿Y para los demás no hay nada?
--¿Quiere usted?--me preguntó alargándome uno sin mirarme.
--No; quiero el honor de que usted me lo coloque en el ojal--repuse con firmeza.
Quedó un instante suspensa; hizo después algunos movimientos que revelaban su indecisión; por último, tomó al azar otro clavel y precipitadamente me lo puso también. Creí advertir (ignoro si fué ilusión) que sus manos temblaban al hacerlo. ¡Oh Dios, con qué placer las hubiera besado!
--¿Y yo no entro en turno?--dijo entonces Castell inclinándose con amable sonrisa.
--¡Ea, basta ya de clavelitos!--replicó ella con mal humor saliendo por la puerta.
--He llegado tarde--murmuró el banquero algo confuso.
--¿Quiere usted uno mío?--le preguntó tímidamente Isabelita.
--¡Oh, con placer infinito!
Y se inclinó rendido, sonriente, gozoso al parecer, mientras la niña le prendía el clavel en la levita. No obstante, comprendí que estaba despechado.
Seguimos todos a Cristina, y su prima se emparejó con ella, marchando detrás Sabas, Castell y yo. Pero no habíamos andado muchos pasos cuando aquél detuvo a una linda menestrala y se quedó diciéndole chicoleos. Castell y yo le aguardamos un momento; pero viendo que no tenía trazas de concluir, le dejamos para seguir a las damas.
--Este cuñado de Martín--dije a mi compañero--me parece un muchacho de entendimiento despejado.
--Es un crítico--respondió Castell lacónicamente.
--¿Cómo un crítico?--pregunté yo sorprendido.
--Sí; está dotado admirablemente para ver el lado débil y el fuerte de las cosas, para pesar y medir, para comparar, para penetrar en los laberintos de la conciencia... Pero estas facultades se devuelven siempre de dentro afuera; jamás se le ocurrió aplicarlas a su propio ser. Así que derrochando análisis, censuras, consejos muy justos y atinados resulta un hombre perfectamente insensato. Ha emprendido cinco o seis carreras y no ha terminado ninguna; ha derrochado su patrimonio en el juego y en francachelas; martiriza a su mujer, abandona a sus hijos y hoy tiene que vivir a expensas de su cuñado.
--¡Buen panegírico!--exclamé riendo.
--El mismo que usted oirá a todas las personas razonables de la población. Esto no obsta para que sea un hombre simpático, popular y generalmente querido: y es porque sus defectos no son lo que pudiéramos llamar vicios públicos, sino privados.
Nos emparejamos al fin con las damas y llegamos a casa de Martí muy cerca de la hora de comer. Los señores habían convidado, en honor mío, a los tertulios de la noche anterior, pertenecientes, exceptuando Castell, a la familia. Emilio me hizo sentar a la derecha de su esposa. El roce de su vestido, el perfume que se escapaba de su persona y aún más el misterioso flúido que me comunicaba su proximidad me tuvieron embriagado, inquieto. Hasta el punto que, queriendo mostrarme atento y galante con ella, apenas hacía ni decía cosa ordenada: mojaba el mantel al echarle agua, le preguntaba tres veces seguidas si le gustaban las aceitunas y dejaba caer el tenedor al ofrecerle una. Pero era feliz, no puedo ocultarlo. Ella se mostraba cortés y un poco más expansiva, me daba las gracias por mis atenciones y disimulaba con gracia mis yerros. Mas he aquí que cuando más alegre estaba veo que Castell fija la mirada en el clavel de mi ojal y me pregunta con la sonrisa fría e irónica que le caracterizaba:
--Capitán, ¿quiere usted mil pesetas por ese clavel que lleva usted?
--¡Mil pesetas!--exclamó Martí levantando la cabeza sorprendido.
Yo me turbé de un modo indecible, como si me hubieran sorprendido cometiendo un crimen. No supe más que sonreir estúpidamente y exclamé:
--¡Vaya unas bromas que usted tiene!
Pero Cristina había erguido con altivez su hermosa cabeza y dijo:
--Ribot es un caballero y no vende las flores que le regala una señora.
--¡Ah, se lo has regalado tú!--Y volviéndose a Castell:--Pero, Enrique, ¿quieres que Ribot te venda ese clavel cuando si me lo hubiese regalado a mí, aunque soy su marido, no te lo daría por toda tu fortuna?
Y al mismo tiempo clavó en su esposa una intensa mirada de cariño. La inocencia y nobleza de aquel hombre me conmovieron. A Cristina debió de llegarle al alma. Bajando de nuevo la cabeza, murmuró con acento concentrado:
--¡Por eso _tú_ eres _tú_!
Estas sencillas palabras eran un poema de ternura.
--De sobra sé--manifestó Castell con la misma indiferencia--que hay cosas en el mundo que no pueden ni deben comprarse con dinero. Desgraciadamente los hombres no tenemos para ellas término de comparación y nos vemos precisados a acudir a un objeto material y hasta grosero para hallarlo, aunque sea remoto.
--Pues yo no lo encuentro tan remoto--dijo Sabas--. Me parece que el dinero sirve bastante bien para casi todos los casos que se presenten. Aquí tiene usted otro clavel mejor que ése: me lo ha regalado una señora. Pues bien, Castell, se lo doy a usted por dos pesetas.
Los convidados rieron. Cristina aparentó enfadarse.
--¡Eres un grosero, un gañán!... Matilde, hazme el favor de arrancarle el clavel a ese puerco, que desde aquí no puedo.
Sabas se lo tapó con las manos.
--Espera un poco, hija, espera un poco. Si Castell no da las dos pesetas, entonces te lo entrego. Mientras no lo sepa, no.
--Aquí están--dijo Castell sacándolas del bolsillo y poniéndolas sobre la mesa.
--Ahí va--repuso Sabas quitándose el clavel y entregándoselo.
Esta broma produjo algazara en la mesa. Sin embargo, observé que a Cristina le hizo mal efecto. Insultó a su hermano con verdadera rabia y juró que en su vida le daría otra flor.
Mientras tanto yo tuve tiempo para reponerme de la extraña turbación que las palabras de Castell me habían causado. Concluímos de comer alegremente; pero Cristina no volvió a mostrarse risueña ni expansiva como antes.
Dos horas después tomé el tren para Barcelona, donde mi presencia se hacía indispensable. Fueron a despedirme a la estación Martí y Sabas. Aquél me hizo prometer una visita más larga.
--Después del viaje pendiente--le respondí--tengo pensado solicitar de la Compañía permiso para quedarme en casa el tiempo invertido en otro; mes y medio próximamente. Entonces vendré desde Alicante a pasar ocho o quince días con ustedes.
--Veremos si es usted hombre de palabra--replicó apretándome la mano cariñosamente al tiempo de ponerse el tren en marcha.
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VI
Ignoro qué relación tenga el agua salobre del mar con el amor; pero la experiencia me ha hecho comprender que debe de existir en aquélla alguna virtud misteriosa y estimulante. En tierra puedo alguna vez sobreponerme a mis sentimientos más vehementes y vencerlos. Una vez a bordo, soy hombre perdido. Cualquier pasioncilla insignificante toma proporciones gigantescas y en poco tiempo me derriba. Así sucedió que, proponiéndome en Valencia no hacer más caso de invitaciones halagüeñas ni volver a ponerme en mi vida delante de doña Cristina, y continuando en esta plausible determinación todo el tiempo que permanecí en Barcelona, tan pronto como me hallé a flote se desvaneció como el humo, me pareció un verdadero absurdo.
Ello fué que desde Hamburgo escribí a la casa armadora solicitando permiso de quedarme el tiempo de un viaje del barco en mi casa para arreglar asuntos de familia. Mientras duró el que estaba efectuando no pude pensar más que en la esposa de Martí. Ni aun en sueños la dejaba mi mente: cada una de sus palabras sonaba incesantemente en mis oídos, como si tuviese en mi cerebro un fonógrafo encargado de repetirlas, y estaban clavados en mi corazón todos sus gestos y ademanes. Al pasar por delante de Valencia, de regreso, la alegría de pensar que pronto iba a gozar de la vista de mi ídolo se mezclaba a un sentimiento de vergüenza y remordimiento. Temía su recibimiento desdeñoso... y temía también el afectuoso y cordial de su marido.
Me propuse no alojar en su casa para acallar un poco mi conciencia alborotada. Después de pasar seis días en Alicante me trasladé a Valencia con un amigo que la suerte me deparó para excusarme de ir a casa de Martí. No fuí directamente a ver a éste, sino que quise dejarlo para más tarde, y salí a dar un paseo por las calles. Pero al caminar por una de las más principales vi a tres señoras cerca del escaparate de una tienda de modas, y en seguida advertí que una de ellas era Cristina y las otras dos doña Amparo y doña Clara. Me acerqué a ellas por detrás saludándolas (nunca lo hubiera hecho). Cristina vuelve la cabeza y, como si viese algo espantoso, deja escapar un grito y corre precipitadamente algunos pasos. Mi estupor fué grande y la sorpresa de aquellas señoras tampoco fué pequeña. Comprendiendo inmediatamente lo extraño de su conducta, y avergonzada, se rehizo y vino a saludarme con extremada amabilidad. Explicó el grito y la huída manifestando que hacía algunos minutos les había pedido limosna un pobre de mala catadura y que en aquel momento, sin saber cómo, se le había figurado que el mendigo las seguía y venía a atacarlas. Doña Amparo y doña Clara se dieron por satisfechas y lo achacaron a los nervios y al estado interesante en que se hallaba, y hubieran querido entrar en una botica y administrarle algún antiespasmódico. Cristina se negó a ello. Yo sabía mejor a que atenerme y, porque lo sabía, me entristecí.
Martí me acogió con viva alegría; quiso luego enojarse porque no iba a hospedarme en su casa; pero yo, pertrechado con mi excusa, me sostuve firme, y no me pesó. Sabas también se manifestó complacido viéndome. Yo no pude menos de saludarle con sentimiento de compasión viendo en su rostro las huellas cada vez más ostensibles de sus constantes trabajos al sol. El resultado de ellos, a lo que pude entender, fué la adquisición de una boquilla toda de ámbar con sus iniciales grabadas, de la cual estaba tan orgulloso que parecía dar por bien empleados los afanes y desvelos que le había costado. La impresión que mi llegada produjo en Castell nunca pude averiguarla. Su cortesía ceremoniosa, glacial, le resguardaba de esta clase de averiguaciones. Sin embargo, la actitud ligeramente desdeñosa que con todo el mundo adoptaba me pareció que conmigo se acentuaba un poco más. Tal vez fuese aprensión; pero un secreto instinto me decía que aquel hombre me odiaba ya, y yo le pagaba en igual moneda.
Cristina se hallaba muy adelantada en su embarazo. Aunque las mujeres no suelen estar bellas en tal situación más que para sus maridos, yo la hallaba cada vez más bella y más interesante: prueba inequívoca de la profundidad del afecto que había logrado inspirarme. Su recelo y su inquietud respecto a mí iban en aumento, y este recelo era causa de que en ocasiones faltase a la cortesía. Desde luego se notaba que ponía empeño en no mirarme; pero la misma afectación con que lo ejecutaba podía demostrar que alguna agitación reinaba en su alma y que yo no le era en absoluto indiferente. Tal por lo menos era mi ilusión entonces.
Aunque no alojaba en su casa, la amabilidad de Martí y mi secreto deseo me empujaban a permanecer casi todo el día allí, a comer y a pasear con ellos. Me era imposible disimular el amor que sentía. A riesgo de ser notado (no por Martí, que era la inocencia personificada, sino por los otros), apenas apartaba la vista de Cristina. En cuanto se me presentaba ocasión le hacía ver lo que pasaba en mi alma. Si le caía cualquier objeto al suelo, yo era el que se apresuraba a recogerlo; si echaba una mirada a la puerta, ya estaba yo corriendo a cerrarla; cuando se quejaba de cualquier molestia, le proponía en seguida todos los remedios imaginables. Mostraba, en fin, por todo lo que la concernía un interés vivo y ansioso que me salía del corazón. Recibía ella estas atenciones con semblante grave, a veces huraño; pero yo comprendía que no dejaba de advertir ni la más leve, y esto me bastaba.
A veces me insinuaba demasiado. Mostrando disimulo me iba acercando poco a poco a ella, hasta que rozaba mi brazo con su vestido. Entonces se apartaba bruscamente y marchaba a colocarse en otro sitio. Estos desaires mudos me causaban dolorosa impresión. Pero estaban compensados por otros goces, fantásticos quizá, pero que no dejaban de ser por eso delicados. Cuando estábamos sentados a la mesa, aunque ponía como he dicho gran empeño en no mirarme cara a cara, no podía menos de distraerse, y sus ojos venían alguna que otra vez a chocar con los míos. Cuando esto sucedía, creía notar que su rostro se coloreaba levemente.
El amor no sofocaba por completo mi instinto de observación; quiero decir que amaba a la esposa de Martí y la estudiaba al mismo tiempo. Pronto vine a comprender que, además de aquella mezcla rara y graciosa de desenfado y timidez, de ruidosa alegría y gravedad ceñuda, existía en ella un fondo de sensibilidad exquisita, cuidadosa y hasta ferozmente guardado. El pudor de sus sentimientos era tan vivo que cualquier manifestación de ternura le causaba vergüenza. Prefería pasar por dura y fría antes de consentir que leyeran en su alma. Al revés de su mamá, que sólo estaba contenta dando o recibiendo mimos y besuqueando a todo el mundo, jamás hacía una caricia a las personas de su familia, y evitaba cuanto le era posible que se las hiciesen a ella. Su marido mismo, cuando se ponía un poco acaramelado, recibía su correspondiente sofión, que aceptaba casi siempre riendo. A pesar de eso, todos la querían entrañablemente, y consideraban su feroz esquivez como una rareza graciosa, complaciéndose a veces en mortificarla un poco.