La alegría del capitán Ribot

Part 4

Chapter 44,097 wordsPublic domain

--Con éste creo que son ya cincuenta y siete los fines que le conozco al mundo.--Y elevando la voz añadió:--He tratado a muchos hombres en la vida y puedo declarar que apenas uno se ha escapado de asignar al mundo su fin especial. Para los clérigos es el triunfo de la Iglesia; para los demócratas, la libertad política; para los músicos, la música, y para los bailarines, el baile... Y, sin embargo, el pobre mundo se contenta con existir, riéndose tal vez de tanto insensato como sucesivamente le va pisando.

Hizo una pausa y se reclinó más cómodamente en la butaca. Me sentí picado por aquellas palabras, y sobre todo, por el tono desdeñoso con que fueron pronunciadas. Iba a replicar con energía, pero Castell anudó su discurso exponiendo su pensar tranquilamente en una serie de razonamientos encadenados con lógica y expresados en forma elegante y precisa. No pude menos de admirar lo variado de su erudición, su ingenio penetrante, y sobre todo, la claridad y gallardía de su palabra. Jamás vacilaba para buscar la precisa. Como esclavas sumisas todas las del Diccionario acudían a la lengua para expresar fácil y armónicamente su pensamiento.

Sus teorías me parecieron extrañas y tristes. El mundo llevaba su fin en su existencia. La moral es una resultante de las condiciones especiales en que la vida se ha desenvuelto en nuestro planeta. Si el género humano se hubiese producido en las condiciones de vida de las abejas, sería un deber para las mujeres solteras el dar muerte a sus hermanos, como hacen las abejas obreras. Todas las manifestaciones de la vida, hasta las más altas, se hallan regidas por el instinto. El hombre virtuoso, lo mismo que el que llamamos perverso, se mueven por un impulso fatal de su naturaleza. La moral, que el hombre religioso mira como una revelación divina, no es más que una invención destinada a satisfacer tal o cual instinto.

Realmente no me encontraba con fuerzas para contrarrestar victoriosamente sus atrevidas aserciones. Mi lectura era abundante, pero deshilvanada, como hecha más para entretenerme que para instruirme. Por otra parte, no habiendo cultivado jamás la expresión, porque mi profesión no lo exigía, tropezaba con grandes dificultades para emitir los pensamientos.

Martí vino en mi ayuda cortando de un modo jocoso la discusión.

--¿A que no saben ustedes cuál es el destino de la mujer para mi cuñado Sabas?

Todos le miramos, incluso el interesado.

--Pegar botones.

--No sé por qué dices eso--murmuró aquél de mal humor echando mano a la pipa.

--¿Que por qué lo digo? No hay en la Península un hombre a quien le caigan más botones que a ti. Todavía no se ha dado el caso de haber ido a tu casa y no hallar a Matilde cosiéndote alguno.

Sabas masculló algunas palabras ininteligibles.

--Que lo diga ella--añadió Martí.

--Sí; se le caen bastantes--dijo la regordeta dama riendo.

Pero su marido le dirigió una mirada severa y se puso colorada.

--Se le caen como a todo el mundo--interrumpió D.ª Amparo desde su silloncito de raso encarnado--. Los botones no son eternos, y creo que mi hijo no ha de ir hecho un Adán por no dar a los demás la molestia de que le cosan los botones.

Dijo estas palabras con emoción, como si acabasen de acusar a su hijo de un delito.

--Aunque se le cayesen más que a todo el mundo la cosa tiene poca importancia y no merece que usted se ponga triste y se enfade con nosotros--repuso Martí.

--Me pongo triste porque parece que todos tenéis empeño en echar sobre mi hijo cualquier defecto. El pobre es bien desgraciado... El día que se muera su madre no tendrá quien le defienda...

Profirió estas palabras con más emoción aún. Quise advertir con asombro que hacía pucheros para llorar.

--¡Pero mamá!--exclamó su yerno.

--¡Pero mamá!--exclamó su nuera.

Ambos se mostraban pesarosos y consternados.

--Tal vez sea pasión de madre, hijos míos--siguió D.ª Amparo pugnando por no llorar--; pero no lo puedo remediar. Todos tenemos defectos en el mundo; pero una madre no puede ver los de sus hijos. Sufro horriblemente cuando cualquiera me los señala y mucho más cuando es una persona de la familia... ¡Me vienen a la imaginación unas ideas tan tristes! Se me figura que no os queréis... Creedme que moriría ahora mismo contenta si supiese que os queréis unos a otros tanto como yo os quiero...

El exceso de la emoción la impidió proseguir. Dejó caer la labor sobre el regazo, apoyó la frente en una mano y quiso sufrir un medio desvanecimiento. Su hija política se apresuró a llevarle el frasco de las sales y se lo dió a oler. Martí también acudió con solicitud filial. Ambos la prodigaron mil atenciones afectuosas, deshaciéndose en excusas. Gracias a sus palabras cariñosas, a mi entender, más que al frasco de las sales, la sensible madre recobró todos sus sentidos. En cuanto los tuvo completos besó tiernamente en la frente a su nuera y apretó la mano de Martí, pidiéndoles perdón por haberles disgustado.

Aunque conociese ya un poco el carácter y las manías de D.ª Amparo, no dejó de sorprenderme que Retamoso y su mujer, Isabelita y Castell apenas concedieron atención al incidente y continuaron hablando entre sí como si nada ocurriese. Sabas, el causante de la desazón, fumaba tranquilamente su pipa.

Así que hubo serenado a su suegra, Martí me invitó a salir con él del gabinete para mostrarme la habitación que me habían destinado. Era lujosa y elegante, excesivamente lujosa para mí, que toda la vida la había pasado en las estrecheces del camarote o en nuestra modesta vivienda de Alicante. Cuando llegamos, una doncella estaba haciendo mi cama bajo la inspección de la señora. Al entrar, sin ser oídos, ésta aplanchaba con sus manos delicadas el embozo de las sábanas. Nuestros pasos le hicieron levantar la cabeza y, como si la hubiesen cogido _infraganti_ de un delito, se turbó, dejó la tarea y dijo a la doncella con acento malhumorado:

--Bueno, siga usted ya ver si concluye pronto.

Iba a salir, pero su marido la detuvo tomándole una mano.

--¿Has dado orden para que traigan café frío y _cognac_?

--Sí, sí, Regina queda encargada de todo--respondió con alguna impaciencia, tirando de la mano y marchándose.

Yo saboreé aquella vergüenza con mal disimulado regocijo. Salimos de nuevo al corredor y dije a Martí por hablar y también por curiosidad:

--Parece que D.ª Amparo se ha disgustado un poco.

--¡Ha visto usted!--exclamó riendo del modo franco y cordial que le caracterizaba--. Cualquier cosa la altera. ¡Es más buena la pobre!... Yo la quiero como si fuese mi madre. Todo su afán es que nos amemos. Es tan sensible que la más mínima señal de indiferencia, el menor descuido la hiere profundamente y hasta la hace enfermar. Por eso, aunque andamos todos vigilantes y atentos con ella, no basta. Figúrese usted que yo he tomado la costumbre de besarla antes de ir a acostarme. Pues si un día se me olvida por casualidad, la pobre señora no duerme pensando si estaré enojado con ella, si me habrá ofendido sin saberlo, y por la mañana me echa unas miradas tímidas, angustiosas, que yo no entiendo; hasta que mi mujer me explica el enigma, me río y voy a desagraviarla.

Cuando tornamos al gabinete, los tertulios estaban en pie y despidiéndose. Castell me tendió su mano linda, ensortijada, con el desembarazo frío de los hombres de mundo, celebrando haberme conocido, etc. Sabas y su esposa se mostraron muy afectuosos. D.ª Clara, majestuosa y severa, me dió las buenas noches sin mentar a Júpiter ni a Pólux ni a ninguna otra divinidad del paganismo, lo cual me sorprendió. Retamoso aprovechó un momento de confusión para decirme medio en gallego:

--Puede que usted tenga razón, señor de Ribot, y que las mujeres no sirvan para los negocios. Pero la mía es una excepción, ¿sabe?... ¡Oh! ¡Una maravilla! Ya tendrá usted ocasión de convencerse, ¡Una verdadera maravilla! ¡Phs!...

Y arqueaba las cejas y ponía los ojos en blanco, como si tuviera delante de sí el Himalaya o las pirámides de Egipto.

Cristina los despedía en lo alto de la escalera con la gravedad amable que tan bien sentaba a su rostro interesante. Yo no tenía ojos más que para ella. D.ª Amparo besaba a todo el mundo, besaba a su hijo, a su nuera, a doña Clara, a Isabelita y hasta a Retamoso. Si no le dió un beso a Castell, creo que fué más por vergüenza que por falta de ganas.

Nos quedamos solos al fin los cuatro. Para prolongar un poco más la velada supliqué a Cristina que tocase al piano algún trozo de ópera. Móstrose complaciente y, sin responderme, se sentó en el taburete, tecleó ligeramente un momento y comenzó a cantar a media voz la serenata del _Don Juan_ de Mozart. Como no le conocía esta habilidad, mi sorpresa fué grande, pero mayor aún mi gozo. Era la suya una voz, dulce y grave a la par, de contralto. La música de los grandes maestros tiene el privilegio de conmovernos siempre; pero cuando la transporta a nuestra alma la voz de la mujer que se adora, entonces parece en realidad un acento escapado del cielo. Gocé algunos minutos una dicha imposible de explicar. Mi ser se transformaba, se engrandecía, temblaba de amor y de alegría. Cuando las últimas notas del gracioso acompañamiento se extinguieron, quedé sumido en éxtasis delicioso, sin darme cuenta de dónde me hallaba.

Martí me sacó de él bruscamente.

--Vaya, vaya, a descansar. El capitán se está durmiendo.

Nos levantamos todos. D.ª Amparo se retiró a su habitación, no sin que Martí le besase antes la mano, haciéndome al mismo tiempo un guiño malicioso.

--Si usted necesita algo--me dijo Cristina--no tiene más que sonar el timbre.

Y sin darme la mano me deseó una buena noche. Martí me acompañó hasta el cuarto y se despidió bromeando afectuosamente.

--Si es que usted no puede dormir sin el olor de la brea, capitán, mandaré traer un pedazo y lo quemaremos.

Cuando me hallé sólo, todas las impresiones de la noche se desprendieron de mi corazón como pájaros prisioneros y comenzaron a revolotear en torno confusamente. ¿Por qué estaba allí? ¿Qué pretendía? ¿En qué iba a parar aquello? La acogida cariñosa de esta noble familia me conmovía; la franqueza cordial de Martí me llenaba de confusión y vergüenza; pero la figura gentil de Cristina se alzaba delante de mí adorable, deslumbradora, borrando todo lo demás. La idea de estar tan próximo a ella cuando ya me había resignado a no verla más me inundaba de felicidad.--¿En qué pararía aquello?--volvía a repetirme.--Al fin me dormí besando el embozo de la sábana, que sus manos habían tocado.

[imagen: una barra decorativa]

V

Acostumbrado a madrugar, me levanté primero que nadie en la casa y salí a dar un paseo por la ciudad. Muchas veces había estado en ella y siempre me impresionó gratamente la animación sin ruido enfadoso de sus calles, su cielo sereno, su perfumado ambiente. ¡Cuán distintas, no obstante, habían sido aquellas impresiones de la sensación que ahora experimentaba!

La hermosa ciudad levantina despertaba. El pueblo comenzaba a discurrir por las calles; abríanse los balcones y algunos rostros blancos, nacarados, ornados de magníficos ojos árabes, se asomaban por detrás de las macetas. La huerta le enviaba, como saludo matinal, un soplo cargado de los aromas de sus claveles y alelíes, de sus malvarrosas y jacintos; el mar, brisa fresca y saludable; el cielo, los efluvios de luz radiosa. Valencia despertaba y sonreía a su huerta de flores, a su mar y a su cielo incomparables. Aquella situación privilegiada me hizo pensar en la Grecia antigua; y al ver cruzar a mi lado los rostros alegres, serenos, inteligentes de sus habitantes, me apetecía repetirles las famosas palabras de Eurípides a sus compatriotas: «¡Oh hijos amados de los dioses bienhechores! Vosotros recogéis en vuestra patria sagrada y jamás conquistada la gloriosa sabiduría como fruto de vuestro suelo, y marcháis perpetuamente con dulce satisfacción en el éter radioso de vuestro cielo.»

Dudo, sin embargo, que ningún griego o valenciano haya estado jamás tan contento como yo lo estaba ahora. Pero como todo instante alegre en la vida tiene aparejado y listo para entrar en fila otro triste, al llegar a casa experimenté el disgusto de no ver a Cristina. Martí y yo nos desayunamos solos en el comedor y supe de él que su esposa ya lo había hecho y se hallaba en su cuarto. ¡Qué hombre tan alegre y cariñoso aquel Martí! Lo mismo que si fuésemos amigos de toda la vida comenzó a hablarme de su familia, amigos, trabajos y proyectos. Estos eran innumerables: tranvías, reforma del puerto, ferrocarriles, ensanche de calles, etc. No pude menos de pensar que para llevarlos a cabo se necesitaba, no sólo enorme capital, sino una actividad sobrehumana. Martí parecía poseerla. A la sazón, además del tráfico de los vapores, que casi marchaba por sí mismo y le robaba poco tiempo, tenía en explotación unas minas de calamina en Vizcaya, en construcción algunas carreteras en diversas provincias y la apertura de pozos artesianos en Murcia. En esto último había consumido ya un caudal sin obtener grandes resultados; pero estaba seguro de lograrlos. "En cuanto tenga agua,--me dijo riendo--pienso venderla por copas como el Jerez." Se expresaba de un modo rápido, incoherente algunas veces, pero siempre insinuante, porque ponía toda su alma en cada palabra.

Contrastaba su expresión confusa y vehemente con la de su amigo y socio Castell, tan firme, tan clara, tan acicalada. Hablamos de él, y Martí se deshizo en elogios de su persona. No había, al parecer, en el mundo hombre más instruído, ni ingenioso, ni recto. Todo lo sabía; las ciencias no tenían secretos para él; el planeta no guardaba rincón que él no hubiera explorado. Era peritísimo además en materia de artes plásticas y poseía una colección de cuadros antiguos, adquiridos en sus viajes, famosa en España y en el extranjero.

--Pero... Castell es un teórico, ¿sabe usted?--concluyó por decirme guiñando un ojo--. Somos dos naturalezas opuestas y acaso por esto somos tan amigos desde la infancia. A él le ha dado siempre por estudiar el fondo y la razón de las cosas, por la filosofía, por la estética. Yo no entiendo nada de eso. Tengo un temperamento esencialmente práctico... Y si usted no lo achacase a jactancia, me atrevería a decir que en España hacen más falta los hombres útiles que los filósofos. ¿No le parece que hay plétora de teólogos, oradores y poetas? Si queremos colocarnos a la altura de los demás países de Europa es necesario pensar en abrir vías de comunicación, construir puertos, montar industrias, explotar minas. En mi esfera modesta he hecho cuanto he podido por el progreso de nuestro país, y si no hago más--añadió riendo--, crea usted que no es por falta de voluntad, sino por la ausencia de metales preciosos.

--¿Y Castell es socio de usted en esas empresas?--le pregunté.

--No; no estamos asociados más que en la línea de vapores... Es un hombre a quien marean los números. Es rico y quiere disfrutar tranquilamente de su fortuna. Pero aunque no se mete en negocios, cuando hace falta dinero lo facilita sin vacilar, porque tiene plena confianza en mí.

--Parece que esa inclinación a los negocios es de familia. Su tía Clara también participa del mismo temperamento--le dije para satisfacer la curiosidad que me aguijoneaba desde la noche anterior.

--Mi tía Clara es una mujer notabilísima... un gran talento... Pero creo, sin que esto sea hablar mal de ella, que el alma de la casa, quien los ha hecho ricos, es su marido... ¡Oh, el tío Diego se pierde de vista! No hay comerciante más hábil ni con más trastienda en toda la costa de Levante. Lo que a él se le pierda crea usted que no me bajaría a cogerlo.

--Pues, según me ha dado a entender él mismo, parece que es su señora quien le ilumina en los casos difíciles, quien realmente lleva el timón de los negocios.

--Sí, sí--respondió Martí sonriendo, un poco cortado--. No dudo que mi tía Clara le dé algún buen consejo; pero no los necesita... En Valencia le tienen por socarrón... Es posible que haya algo de verdad. Ya conoce usted a los gallegos...

Tosió para disimular su embarazo y procuró cambiar de conversación. Ya había podido advertir que le repugnaba verse obligado a murmurar. Sólo se hallaba en terreno firme cuando elogiaba, y lo hacía con tal fuego, que parecía gustar un placer singular en ello. Rara y preciosa cualidad que lo hacía cada vez más estimable a mis ojos.

Terminado el desayuno, pretextando mis ocupaciones, le dejé ir a las suyas y salí de nuevo a la calle. No tardé en tropezar con Sabas en una de las más concurridas. Me pareció más tostado aún y más negro que por la noche. Me saludó con gravedad y cortesía y, después de dar algunas vueltas juntos, me instó a acompañarle a su casa, pues necesitaba mudarse de ropa. Me sorprendió esta necesidad, pues no le veía mojado ni sucio. Más adelante pude averiguar que tenía por costumbre cambiar de traje tres o cuatro veces cada día, siguiendo la pragmática de la elegancia cortesana.

Mientras caminábamos hacia su casa, que no estaba lejos de la de su cuñado, me enteró de que poseía una colección de bastones y otra de pipas, cosa muy notable. Al parecer, era una de las curiosidades más dignas de visitarse en la ciudad, y con amabilidad, que agradecí mucho, se brindó a mostrármerlas. Habitaba una casa pequeña y agradable. Salió a abrirnos su señora, a quien dijo, lacónicamente:

--Vengo a mudarme.

Llegamos a su cuarto, e inmediatamente procedió a abrir los armarios donde guardaba los bastones. Eran muchos, en efecto, y muy variados, y los exhibía con un placer y un orgullo que me llenó aún más de asombro que su número y variedad.

--Vea usted este _palasan_; tiene cuarenta y dos nudos. Ha tenido cuarenta y tres; pero fué necesario quitarle uno, porque era demasiado largo... Mire usted este otro... palo de violeta; huele frotándolo. Huela usted... Este es de carey... Esta es una caña blanca legítima. Me la trajo el capitán de uno de los vapores de mi cuñado...

Se entreabrió la puerta del gabinete y apareció una cabecita rubia.

--Papá, mamá no nos deja venir a darte un beso.

--Hace bien; ahora estamos ocupados--respondió con solemnidad el padre, despidiendo al niño con un gesto.

Pero yo había acudido a la puerta y besé con placer aquella cabecita rubia. Era un niño precioso de seis o siete años. Detrás de él venía otro más pequeño, rubio también, y cerrando la marcha una niña como de tres a cuatro años, morena, con grandes ojos y cabellos negros rizados. No había visto nunca criaturas más hermosas. A todos los acaricié con efusión, y muy especialmente a la niña, cuyos ojos aterciopelados eran una maravilla. Pero ellos se mostraban tímidos y, sin atender a mis preguntas, miraban a su padre con recelo. El rostro de éste expresaba severidad y disgusto. Parecía ofendido de que yo hallase más notable la colección de sus niños que la de los bastones. Los besó por compromiso, y cuando su esposa vino corriendo a buscarlos, le dijo ásperamente:

--¿Por qué les has dejado entrar estando ocupado?

--Se escaparon mientras fuí a sacarte una camisa--respondió ella humildemente.

Y empujando a los chicos los echó fuera de la habitación. Después se sentó esperando que su marido terminase de exhibirme los bastones.

Concluyó al fin, y yo, sabiendo que le lisonjeaba, hice mil ponderaciones de su colección, lo que agradeció profundamente. Pidióme después licencia para vestirse delante de mí. Su esposa comenzó a maniobrar como el más consumado y también el más abatido ayuda de cámara. Le puso la camisa; le puso la corbata, se arrojó al suelo para abrocharle los botones de las botas. El feliz marido se dejaba vestir y acicalar con grave continente, mientras charlaba conmigo de los bastones y las pipas, cuyas colecciones eran, al parecer, el fin y el orgullo de su existencia. De vez en cuando dirigía alguna breve represión a su humillada esposa:

--No aprietes tanto... Menos barniz y más cepillo a las botas... Di a la muchacha que tenga cuidado de no embadurnar los botines... No quiero esta corbata, tráeme una de plastrón.

Pero al encontrarse con que le faltaba un botón en el chaleco quedó mudo de estupor.

Clavó en su esposa una mirada tan severa que la hizo enrojecer.

--No sé cómo se me pasó--balbució ella--. Lo eché de menos al limpiar la ropa... Lo dejé apartado para pegarlo...; pero me llamaron en la cocina... y cuando vine, al cabo de una hora, se me olvidó.

--Nada, nada, no he dicho nada. ¿Qué importa un botón más o menos?--profirió él con sonrisa sarcástica.

--Ya comprenderás que una distracción la tiene cualquiera.

--¡Si no he dicho nada, mujer! ¿Quién te hace cargo alguno? Un botón... Un botón... ¿Qué significa un botón comparado con un ratito de charla agradable con la planchadora?

--¡Pero, hombre, por Dios; no seas así!--profirió ella con angustia.

--¿Te he dicho algo?--gritó él entonces con furia.

Matilde calló y se puso a pegar el botón.

--¿Cómo he de ser, di?--siguió él con igual furor.

La esposa no levantó la cabeza.

Sabas, entonces, dejó escapar varios resoplidos, entreverados de palabras incoherentes y acompañados de un aspero crujir de dientes que la sonrisa sarcástica que contraía sus labios hacía aún más lúgubre y temeroso.

Mas con esfuerzo heroico consiguió pronto serenar su espíritu. Encerró los vientos, aplacó las olas y me dijo, amablemente:

--Es necesario, Ribot, que usted coma paella hoy. Ya se lo he dicho a Cristina. Tiene una cocinera mi hermana que guisa como un ángel.

Callé un momento, admirado y aun sobrecogido por tal grandeza de alma, y, al fin, respondí que tendría placer en dar testimonio de su habilidad.

Matilde concluyó de pegar el botón. Al levantar la cabeza pude observar en sus ojos algunas lágrimas.

Sabas dió la señal de marcha; pero antes envió a su señora en busca de los guantes, del bastón, del pañuelo; se hizo impregnar de esencia con un perfumador y dar la última cepilladura a las botas y algunos toques de peine a los bigotes. Matilde giraba en torno suyo como una mariposa, arreglándole la ropa y la corbata y el sombrero con sus manos blancas y regordetas. Se le había pasado el disgusto. Parecía alegrísima y miraba y remiraba por todos lados a su marido con orgullo. Y cuando él, para despedirse, le tomó la barba entre los dedos con ademán indiferente y protector, sus ojos brillaron con tal radiosa expresión de triunfo que parecía transportada al cielo.

En el pasillo nos salieron al encuentro los tres niños, que quisieron lanzarse a su padre para besarle; pero éste les detuvo con gesto amenazador:

--¡No! Ahora no puede ser... Me vais a llenar de baba.

Yo, que no tenía miedo alguno a ser manchado, los besé con placer, queriendo indemnizarles de aquel disgusto. ¡Vano empeño! Se dejaban acariciar por mí indiferentes, siguiendo con los ojos a su elegante y despegadísimo papá.

Matilde nos despidió desde lo alto de la escalera, sin tener tampoco ojos más que para su marido. Advirtiendo que el cuello de la camisa no se le veía bien a causa de la levita, bajó precipitadamente a levantárselo, y aprovechó la ocasión para darle algunos otros toquecitos con los dedos al bigote.

Eran las once de la mañana. Las calles rebosaban de gente. El sol brillaba en el cielo con todo su esplendor. Respirábase un ambiente perfumado, acusando que nos hallábamos en la ciudad de las flores. A cada paso tropezábamos con domésticas, llevando entre las manos grandes ramos y canastillas de ellas que sus amos enviaban de regalo a los amigos. En Valencia, las flores constituyen un obsequio tan general y sencillo que el envío de ellas equivale a un saludo. Al contemplar aquella profusión de rojos claveles, de rosas, de azucenas, que alegraban los ojos y embalsamaban el aire, no pude menos de decirme: «¡Dichosa ciudad donde tan precioso regalo significa tan poco que puede hacerse todos los días!»

De buena gana me hubiera paseado por las calles hasta la hora de comer; pero Sabas se creyó en el deber de invitarme a tomar un aperitivo y entramos en un café de la plaza de la Reina.