Part 3
No se verificó tal esperanza. Martí se presentó solo, manifestando que su mujer se sentía fatigada y con jaqueca. Pensé que era un pretexto y me causó tristeza. Quizá disipado el primer instante de alegría efusiva, habría vuelto la desconfianza y el rencor a su corazón.
Antes de una hora Martí y yo éramos excelentes amigos. Me pareció hombre simpático, de genio abierto, cariñoso, alegre y un poco cándido. Los cien negocios que tenía entre manos no le dejaban vagar para fijarse mucho tiempo en una misma cosa. Saltaba en la conversación de uno a otro asunto con ligereza, aunque siempre mostrando despejo y energía. Yo le dejaba hablar observándole con una curiosidad intensa. Lo que más impreso me quedó de él en aquella primera conversación fué cierto modo de ahuecar su cabellera ondeada metiendo los dedos por detrás a modo de peine y tosiendo levemente cuando iba a expresar alguna idea que juzgaba importante. Este ademán, que en otro quizá pareciera ridículo, resultaba en él gracioso y de amable ingenuidad. No puedo expresar claramente los sentimientos que Martí me inspiraba entonces. Eran una mezcla indefinible de simpatía y repulsión, de curiosidad y recelo que sólo podrá explicarse el que se haya encontrado alguna vez en situación análoga a la mía.
El _Urano_ debía zarpar al día siguiente en la marea de la tarde. Por la mañana me presenté en el hotel a despedirme de mis nuevos amigos. Martí y su suegra expresaron con calor su disgusto por mi marcha. Cristina no se presentó. Estaba encerrada en su alcoba arreglándose, a lo que pude entender, y no tuvo la amabilidad de pedirme que aguardara: antes, al contrario, se despidió tan apresuradamente que parecía temerlo.
--Adiós, Ribot--gritó desde adentro--. Dispénseme que no salga: es imposible en este momento. Que lleve usted un viaje muy feliz y le repito un millón de gracias. No olvidaremos jamás lo que usted ha hecho. Buen viaje.
Martí quiso que almorzara con ellos; pero tenía mucho que hacer y rehusé. Además, lo confieso, me sentía tan melancólico que deseaba verme en la calle. Tanto él como doña Amparo me hicieron mil amables ofrecimientos para que cuando volviese a Barcelona, ya que el vapor se detenía allí siempre ocho o diez días, hiciese una escapatoria a Valencia. Lo mismo él que su esposa tendrían gran placer en hospedarme en su casa. Vime necesitado a prometérselo, pero con el designio formado de no cumplir la promesa. Había siempre dificultad en dejar el barco; pero sobre todo la frialdad hostil que advertía en doña Cristina no me alentaba a ello.
Por la tarde se presentó a bordo para apretarme otra vez la mano antes de marchar. Me instó de nuevo calurosamente para que no dejase de hacerle una visita. Volví a prometérselo con la reserva mental ya indicada. Al cabo nos despedimos muy afectuosamente y me hice a la mar prosiguiendo mi viaje a Hamburgo.
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IV
Sólo cuando me hallé sobre el puente entre el cielo y el mar pude darme cuenta de la impresión que en mi espíritu había causado la esposa de Martí. ¡Cuántas horas había pasado de aquel modo en la soledad del océano entregado a mis pensamientos! Pocas veces habían sido tristes. Mi vida, después de la profunda pena que la muerte de la novia de que he hablado me hizo experimentar, se había deslizado generalmente tranquila, si no feliz.
Nací en Alicante, hijo de padre marino. Mostré en la segunda enseñanza afición al estudio. Mi padre hubiera deseado que fuese abogado ó médico; todo menos marino. Pero yo hallaba las carreras con que me brindaba asaz prosaicas, y arrastrado del romanticismo propio de la adolescencia y de mi temperamento un poco soñador y fantástico preferí justamente esta carrera. Cedió mi padre con disgusto en la apariencia, tal vez halagado en el fondo por el aprecio que hacía de su profesión: me hice piloto en corto tiempo: navegué en dos viajes a Cuba como agregado. Pero habiendo fallecido la única hermana que tenía y quedando mi madre demasiado sola, me vi impulsado a quedarme en casa y llevar en Alicante la vida de señorito ocioso. Á nadie sorprendió eso. Como se decía que mi padre había reunido un razonable caudal, me eximía de buen grado de la dura ley del trabajo.
Pocos años después me enamoré. Concertóse mi matrimonio, y se hubiera llevado a efecto si Matilde, que así se llamaba mi futura, no hubiera enfermado. Se esperó a que mejorase, y esperando, esperando, la buena y hermosa niña se murió. Fué tan violento el dolor que experimenté que se temió por mi salud y hasta por mi razón. Mis padres no hallaron medio más adecuado para curarme que hacerme viajar. Lo acepté con indiferencia. De nuevo navegué como segundo en un vapor de la misma compañía en que estaba empleado mi padre. Al cabo de pocos meses éste quedó paralítico del reuma y mientras se curaba los armadores me confiaron interinamente el mando del _Urano_. Desgraciadamente mi padre no pudo ejercerlo de nuevo: arrastró algún tiempo una existencia penosa y al cabo falleció. Mi madre hubiera deseado que dejase la profesión y viviese de nuevo a su lado y ocioso; pero me había acostumbrado de tal modo a la mar y a la existencia varia y activa, hoy en un puerto, mañana en otro, del navegante, que no pudo la cuitada persuadirme a ello. A bordo, pues, de mi vapor, al cual había tomado gran cariño, cumplí los treinta y seis años. Murió mi madre y poco después se efectuó el lance que acabo de relatar.
Digo, pues, que a solas con mi pensamiento entendí que D.ª Cristina se había apoderado demasiado de él. Su imagen flotaba ante mí como un sueño. Aquella mirada, tan pronto grave como picaresca, de sus ojos negros, aquel pudor susceptible, su firmeza, su rubor de colegiala contrastando con un desenfado gracioso; luego su facilidad en el perdón, la ternura reprimida que había mostrado a su marido, todo tendía a idealizarla. Pero más que nada, lo confieso, contribuía a ello mi propio temperamento y la soledad en que el marino pasa lo más del tiempo. Después de la muerte de Matilde, no había vuelto a ocuparse mi corazón con un amor verdadero. Devaneos, aventuras de algunos días, bureos en los diferentes puntos de escala. Así había llegado a ver las primeras canas en mi barba y cabello. Pero mi natural romántico, aunque dormido en el fondo del corazón, no había muerto. Las aventuras truhanescas, las zambras corridas en los puertos, lejos de asfixiarlo, lo hacían revivir. Nunca me sentía más pensativo y melancólico que después de una de estas noches de orgía. Para recobrar el equilibrio me tumbaba bajo la toldilla con un libro entre las manos; aspirando a plenos pulmones el aire puro del mar y abriendo mi alma a las ideas de los grandes poetas y filósofos, me tornaba la paz y la alegría. La lectura fué siempre el recurso supremo de mi vida, el bálsamo más eficaz para mitigar sus inquietudes.
La aventura de D.ª Cristina me trasportaba en plena idealidad, me hacía respirar el ambiente en que me hallaba más sano y feliz. Así que detenía complaciente mi pensamiento sobre ella, sin pensar que esto pudiera acarrearme ningún disgusto. Muchas veces, al cruzar a mi lado en cualquier puerto una joven hermosa, procuraba guardar su imagen en la retina tenazmente. Luego, en la soledad del mar, la evocaba mi fantasía, la hacía vivir colocándola en situaciones diversas, la hacía hablar y reir y enojarse y llorar, dotándola de mil cualidades amables. Y abrazado a este fantasma pasaba algunos días dichoso. Hasta que llegaba a un puerto y se disipaba o era sustituído por otro.
Pues ahora quise hacer lo mismo. No pude lograrlo sino a medias. Doña Cristina no había cruzado fugazmente a mi lado como tantas otras mujeres hermosas. La impresión que de ella me quedó era mucho más honda; había agitado casi todas las fibras de mi ser. En vez de representármela a mi gusto, la veía como se me ofreciera en la realidad. Y volvía a sentir la vergüenza y la tristeza que me había hecho experimentar. Por otra parte, su estado de casada privaba a mis sueños de la amable inocencia que otras veces tenían, los teñía de un matiz sombrío poco gustoso para la conciencia.
Estas razones me determinaron a trabajar para alejarlos de mi mente. Procuré distraerme de tales imaginaciones, olvidar a la bella valenciana y recobrar la calma. Gracias a mis esfuerzos, y aún más, a mis prosaicas ocupaciones, no tardé en lograrlo. Mas al cruzar la costa de Levante, de vuelta de Hamburgo, cuando doblé el cabo de San Antonio y se extendió ante mi vista aquella campiña de suavidad incomparable que Valencia recoge y cierra con su huerta eternamente verde como un broche de esmeralda, la imagen de doña Cristina se me ofreció de nuevo más ideal, más seductora que antes; se apoderó de mi imaginación para no dejarla ya más.
No sé cómo fué, pero al día siguiente de llegar a Barcelona, arreglados apresuradamente los negocios más precisos, confié el barco al segundo y me metí en el tren de Valencia. Llegué al oscurecer, me alojé en un buen hotel, comí, me vestí de limpio y acicalé con más pulcritud que lo había hecho en mi vida y salí a la calle en busca de la casa de Martí.
Sólo entonces me di cuenta de la tontería que había hecho. Sabía bien que Martí me recibiría con los brazos abiertos, y aun agradecería mi visita; pero ¿qué pensaría de ella su esposa? ¿No recelaría que era interesada y se pondría en guardia? La idea de que pudiera sospechar que quería hacerle pagar con un galanteo molesto el servicio de Gijón me abochornaba. Estuve tentado a dar la vuelta al hotel, meterme en la cama y partir al día siguiente sin dar cuenta a nadie de mi estancia en Valencia. Sin embargo, un impulso irresistible me arrastraba a verla de nuevo. Un instante, tan sólo un instante, para grabar su imagen más profundamente en mi espíritu y después partir y soñar con ella toda la vida.
Caminando a paso lento llegué a la plaza de la Reina, sitio el más céntrico y concurrido de la ciudad. La noche estaba serena, el ambiente tibio, los balcones abiertos; delante de los cafés, los parroquianos sentados al aire libre. ¡Y pensar que dejaba allá en Hamburgo a los pobres alemanes tiritando aún de frío! Sentéme debajo del toldo del _café del Siglo_, tanto para tranquilizarme como para dejar que en casa de Martí terminasen de cenar. Cuando calculé que ya era tiempo entré por la calle del Mar, que cerca de allí desemboca. Seguíla entre turbado y alegre, y me detuve delante del número que Martí me había indicado. Era una de las casas más suntuosas de la calle, elegante, de moderna construcción, con elevado piso principal y un ático de buen gusto encima. El portal grande, adornado de estatuas y plantas y esclarecido por dos mecheros de gas. Uno de los balcones estaba entreabierto y por él se escapaban en aquel momento las notas alegres de un piano.--¿Será ella quien lo toca?--me pregunté con emoción--. Gocé algunos instantes de aquella música y me acerqué al fin a la puerta. El portero llamó a un criado, el cual, enterado de que deseaba hablar con su amo para un asunto urgente, me hizo pasar al despacho. No tardó en presentarse Martí. ¡Qué grito de sorpresa! ¡Qué abrazo cordial me dió! Luego, llevándome por un corredor y hablándome en falsete para no privar de la sorpresa a su esposa, me empujó hacia la puerta de un gabinete donde había gente.
--Cristina, ahí tienes una mala persona.
Estaba sentada al piano. Al oir la voz de su marido volvió la cabeza: su mirada se encontró con la mía. Apartóla instantáneamente y se volvió de nuevo hacia el piano, con la misma rapidez que si hubiera visto algo muy triste o espantable. Pero, dominándose, casi al mismo tiempo, se levantó y, avanzando hacia mí con sonrisa forzada, me tendió la mano diciéndome:
--Mucho gusto en verle, Ribot. Agradecemos infinito su visita....
Yo tenía el corazón apretado y no pude menos de responderle con cierto despecho:
--No la agradezca usted. Ha sido casual. Tenía un asunto que evacuar en Valencia y por eso me hallo aquí.
Martí me abrazó de nuevo riendo.
--Me encanta esa franqueza ruda de los marinos. Así se debe hablar. Fuera esas mentiras convencionales que a nadie engañan y sólo sirven para declararnos por farsantes. Lo importante es que le tenemos a usted aquí y que su visita nos causa un vivo placer.
Luego, volviéndose a los circunstantes, añadió, no sin cierto énfasis:
--Señores, les presento al capitán del _Urano_. ¡No tengo más que decir!
Se acercó a darme la mano un joven extraordinariamente flaco, de piel rugosa y tostada como si acabase de ejecutar largos y penosos trabajos al sol, prematuramente calvo, y de cuya boca pendía una pipa enorme atiborrada de tabaco. Vestía con elegancia, aunque poca curiosidad.
--Mi hermano político Sabas.
Llegó después otro sujeto de la edad de Martí, poco más o menos, más alto que bajo, rubio, de bigote exiguo y sedoso, ojos azules de mirar firme y escrutador, pelo lacio y atusado con esmero. Vestía igualmente a la moda, pero con una pulcritud que contrastaba con la negligencia del otro.
--Mi íntimo amigo y socio D. Enrique Castell.
Éstos eran los únicos hombres que allí había. En seguida me llevó delante de D.ª Amparo, que hacía _crochet_ sentada en un silloncito de raso encarnado; después me presentó a la señora de su cuñado, una mujercita regordeta, carirredonda, rubia, con ojos azules, que sentada en un diván tenía sobre el regazo un bastidor en que bordaba. A su lado estaba una jovencita de diez y seis o diez y siete años, cuyo rostro de corrección admirable, suave y nacarado ofrecía la misma expresión de tímida inocencia que las vírgenes de Murillo. Era hija de una señora de cabello blanco, nariz aguileña, fisonomía severa e imponente que estaba sentada al lado de una mesilla dorada, con un periódico en las manos. Martí me la presentó como su tía Clara, prima hermana de su madre política.
Toda esta sociedad me acogió con extremada benevolencia, y muy particularmente doña Amparo, que con los ojos rasados de lágrimas me estrechó ambas manos fuertemente y me las retuvo largo tiempo hasta que el exceso de la emoción la obligó a soltarlas para llevarse el pañuelo a los ojos. En los primeros momentos la conversación versó sobre el percance de aquella señora. Se hicieron elogios de mi conducta, que me avergonzaron y pusieron inquieto, y se discutieron las causas que habían originado el suceso. El cuñado de Martí, con voz cavernosa y velada, tal vez por el abuso del tabaco, censuró agriamente la conducta de las autoridades de Gijón, que no tenían alumbrado de un modo conveniente el muelle. Respondí yo que los muelles estaban casi todos alumbrados de la misma manera por no hallarse originariamente destinados a paseo público, sino a la carga y descarga de las mercancías. Insistió él manifestando que de hecho en todas las ciudades marítimas los muelles constituyen un sitio de esparcimiento. Repliqué yo que en ese caso los paseantes debían de atenerse a las consecuencias. Martí vino a cortar la disputa preguntándome en qué hotel había dejado mi maleta para enviar por ella. En vano quise oponerme. Observé que mi negativa le molestaba, y al cabo consentí en ello tanto más cuanto que toda la familia se unió a él para rogármelo.
Mientras tanto Cristina tecleaba al piano con mano distraída, hablando al mismo tiempo con su cuñada. Vestía una elegante bata suelta de color rojo, al través de cuyos pliegues quise adivinar que estaba encinta. Siempre que podía la miraba con intensa atención. Y como lo advirtiese, se mostraba inquieta, nerviosa y ponía empeño en que su mirada no tropezase con la mía.
Martí salió a dar las órdenes oportunas para mi alojamiento. Su amigo y socio, que había guardado silencio, reclinado con negligencia en la butaca, una pierna sobre otra, se puso a hacerme preguntas sobre mis viajes, los fletes, las escalas y todo lo referente al comercio a que los buques de nuestros armadores se dedicaban. La plática adquirió todo el aspecto de un examen, porque Castell demostraba saber tanto o más que yo de tales asuntos; había viajado mucho, conocía dos o tres lenguas a la perfección y de sus viajes no sólo había sacado útiles conocimientos para los negocios comerciales, sino una muchedumbre de noticias etnográficas, históricas y artísticas que yo estaba lejos de poseer. Era un hombre realmente instruído, pero no pude menos de notar que le placía demasiado exhibir su ilustración, que redondeaba con esmero los períodos al hablar y se escuchaba, y que, sin faltar a la cortesía, no ocultaba el poco aprecio que hacía de las opiniones de los demás. En suma, aquel buen señor no me fué simpático, aunque reconociese las estimables cualidades de que estaba adornado. Tenía una voz clara, pastosa, de predicador, y accionaba grave y noblemente, lo cual le permitía lucir su mano, que era breve y bella y adornada de sortijas.
Entró Martí de nuevo, y su tía Clara, sin abandonar el periódico, le interpeló:
--Vamos a ver, Emilio, ¿cómo han quedado los aceites? ¿No es cierto que han subido esta semana veinte céntimos?
--Sí, tía, tengo entendido que han subido y que subirán más aún.
--¡No podía menos!--exclamó en tono triunfal--. Se lo he anunciado a Retamoso el mes pasado y no me ha hecho caso. Es tozudo como buen gallego y de una vista tan corta para los negocios, que apenas ve más allá de sus narices. Si no me tuviese a su lado estoy persuadida de que muy pronto daríamos quiebra.
La voz de aquella señora era vibrante, poderosa; su cabeza escultural se erguía con tanta altivez al hablar, su nariz aguileña se hinchaba y sus ojos parpadeaban de un modo tan imponente que en su presencia se creía uno transportado a los tiempos heroicos de la república romana. Cornelia, la madre de los Gracos, no pudo ser más severa y majestuosa.
Martí tosió evitando responder, por no atreverse a llevar la contraria a su tía y no ofender tampoco a su tío.
--¿Y qué me dices de la baja del cacao?--prosiguió con el acento heroico que si hubiese preguntado a un cónsul por una legión sorprendida y deshecha por los galos.
Martí se contentó con alzar los hombros.
--Aún tenía valor para negarme que estaba herido de muerte--añadió con creciente altivez--. Sólo a un hombre de criterio estrecho, completamente inepto para las especulaciones al por mayor, se le pudo ocultar. Así que vi llegar los vapores de Ibarra cargados de _guayaquil_ me dije: «¡Alto! Este grano está de baja.»
--Sin embargo, el tío Diego suele saber dónde le aprieta el zapato--se atrevió a manifestar Martí.
--¡Ya lo creo! Detrás de un mostrador despachando queso y bacalao por cuarterones no tendría precio. Pero como negociante es un desdichado, y sólo porque yo me he tomado la molestia de pensar por los dos hemos podido llegar donde nos hallamos.
En aquel momento apareció en la puerta un hombre bajo, regordete, de tez pálida, ojos pequeños y calvo, el cual saludó con acento marcadamente gallego.
--Buenas noches nos dé Dios.
--¡Hola, tío Diego!... ¡Adiós, Retamoso!...
Doña Clara, cogida infraganti, convirtió de nuevo los ojos al periódico, sin perder por eso un átomo de su dignidad. Su marido, que por lo visto no había oído nada, fué dando la mano a los circunstantes, besó a su hija, y al llegar a ella le dijo con acento afectuoso:
--No leas de noche, mujer; ya sabes que te hace daño a los ojos.
Doña Clara no le hizo caso. Retamoso, volviéndose a los circunstantes, profirió con profunda convicción:
--No puede estar ociosa jamás... Isabelita, hija mía, ruega a tu mamá que no lea. Ya sabes que le hace mucho daño... Cuando no lee, echa cuentas; cuando no echa cuentas, baja al almacén a tomar notas; cuando no toma notas, escribe cartas; cuando no escribe cartas, habla en inglés con la institutriz de los Ricarte... Es una cabeza privilegiada. No sé cómo puede hacer tantas cosas a la vez sin aturdirse ni cansarse...
A D.ª Clara debió parecerle sospechoso el panegírico porque, en vez de agradecerlo y alegrarse, hizo un gesto de reina ultrajada.
--No me aturdo por tan poca cosa, querido, porque me he educado en otra forma que las mujeres de tu país. Si allí siguen hilando todavía al lado del fuego, en el resto del mundo desempeñan un papel algo más lúcido. Aquí está un marino--añadió señalándome--que ha viajado mucho y puede certificarlo.
Yo me incliné murmurando algunas frases de cortesía.
--Pues así y todo no me prohibirás que admire tu talento--siguió Retamoso en tono exageradamente adulador.--¿No lo sabe todo el mundo en Valencia? ¿Voy a ser yo solo el que lo ignore o finja ignorarlo?... ¡Cuántas mujeres hay que se han educado como tú y no son capaces, sin embargo, de hacer en un mes lo que tú haces en un día!
--Diga usted, Ribot--manifestó D.ª Clara dirigiéndose a mí, como si no oyese a su marido, el cual prosiguió murmurando frases lisonjeras, abriendo los ojos mucho y arqueando las cejas para expresar la admiración de que estaba poseído,--en tanto puerto como usted ha visitado ¿no ha encontrado mujeres con tanta o más aptitud que los hombres para los negocios?
--Algunas he conocido al frente de casas de comercio poderosas, guiándolas con bastante acierto, sosteniendo correspondencia en varios idiomas y llevando los libros con perfecta exactitud. Pero... le confieso ingenuamente que una mujer metida con placer en especulaciones industriales o inclinada a la política y los negocios se me figura una princesa que por gusto vendiese fósforos y periódicos por las calles.
--¿Cómo es eso?--exclamó D.ª Clara irguiendo su cabeza romana.--¿De modo que usted piensa que el papel de la mujer se reduce a ser un animal doméstico que el hombre acaricia o castiga a su antojo? ¿La mujer debe, por lo visto, vivir eternamente en completas tinieblas, sin estudiar, sin instruirse?
--Que se instruya si quiere--repliqué yo;--pero, en mi sentir, la mujer no necesita aprender nada, porque lo sabe todo...
--¡Eso! ¡eso!--interrumpió Retamoso con entusiasmo.--Esa ha sido siempre mi opinión... Isabelita--añadió dirigiéndose a su hija,--¿no te he dicho mil veces que tu mamá lo sabe todo antes de haberlo aprendido?
Por los labios de Martí vi que vagaba una sonrisa. Cristina se levantó del taburete donde se hallaba sentada y salió de la habitación.
--No entiendo lo que usted quiere decir--manifestó D.ª Clara con cierta acritud.
--Las mujeres saben hacernos felices, haciéndose felices a sí mismas ¿Qué otra sabiduría puede igualar a ésta en la tierra? Los trabajos de los hombres, las llamadas conquistas de la civilización tienden a realizar lenta y penosamente lo que la mujer ejecuta de una vez y sin esfuerzo, hacer más soportable la vida aliviando sus dolores. Siendo, como es, la depositaria de la caridad y de los sentimientos suaves y benévolos, guarda en su corazón el secreto de los destinos de la humanidad, y trasmitiéndolos por herencia y educación a sus hijos contribuye de un modo más seguro que nosotros al progreso.
--Eso es más galante que exacto--interrumpió Castell con su firmeza impertinente--. La mujer no es la depositaria del progreso, ni ha contribuído siquiera a él. Estudie usted la historia de las ciencias, las artes y las industrias, y no hallará un solo descubrimiento útil que se deba al ingenio o al trabajo de una mujer. Esto demuestra claramente que su cerebro es incapaz de elevarse a la esfera en que se mueven los altos intereses de la civilización. La mujer no es la depositaria del progreso; es únicamente depositaria de la forma y, como a tal, sólo deben exigírsele dos cosas: la salud y la belleza.
--Tendría usted razón--repliqué--si la única fase del progreso fuese la de los descubrimientos útiles. Pero hay otra a mi entender más importante; la fraternidad de los hombres, la ley moral. Este es el verdadero fin del mundo.
Castell sonrió y sin mirarme dijo en voz baja: