Part 7
Y, sin embargo, lo estaba cada vez más, no hay que dudarlo. Ni cuando decía a Cristina en tono imperioso: «Tráigame usted la sal», ni cuando la reprendía ásperamente por cortar el pescado tan menudo se me pasaba por la imaginación que pudiera existir bajo el sol criatura más perfecta. En el campo desaparecía la gravedad ceñuda que a menudo observaba en ella. Su humor se tornaba alegre, inquieto, ruidoso, inventaba mil travesuras para hacernos reir y de sus labios fluían continuamente frases agudas. Era el alma de nuestras excursiones, la sal que las sazonaba.
Yo no podía apartar los ojos de ella. La oía y la contemplaba como un idiota. A veces no lo era tanto, sin embargo, y me esforzaba en llevar agua para mi molino. Por ejemplo, una tarde, estando en el pabellón, nos mostró un dedal que se había comprado. Todos lo examinaron, y yo después que todos también lo hice, reteniéndolo con disimulo. Pasó un largo rato: nadie se acordaba ya del dedal. Pero cuando salimos para ir a merendar, al cruzar por delante de mí me dijo sin mirarme:
--Ponga usted el dedal en aquel cestito.
No valía con ella ser astuto y solapado: todo lo veía, todo lo advertía.
Otra tarde en que su cuñada Matilde tocaba el piano y ella estaba en pie volviéndole las hojas del libro, me acerqué silenciosamente por detrás. Y fingiendo hallarme arrobado por la música y atentísimo a las corcheas del libro, devoraba con los ojos su cuello de alabastro y el finísimo vello en que su cabellera negra venía a morir y perderse como una melodía que se extingue _pianissimo_. Pues bien, como si tuviera la facultad de ver detrás de sí, llevó la mano al cuello del vestido y lo alzó con ademán de impaciencia. Era una advertencia y una reprensión.
Mas a pesar de sus mudos desaires y reprensiones y del ceño con que solía mirarme, yo me sentía feliz a su lado. Y era porque en estos desaires y en la severidad de su rostro no traslucía desprecio alguno a mi persona ni deseo de mortificarme. Procedía todo de un noble aunque exagerado sentimiento de dignidad, sin contar con el intenso cariño que profesaba a su marido, del cual a cada momento tenía pruebas bien claras. Ni aun en esto se desmentía la exquisita delicadeza de sus sentimientos. En vez de mostrarse con él rendida y mimosa, como en su caso hubieran hecho tantas otras, huía en mi presencia de hacerle caricia alguna y evitaba cuanto le era posible que él se las hiciese. A veces se quejaba él, riendo, de tanta severidad, pero ella permanecía inflexible.
De su espíritu de justicia y de la estimación que le inspiraba me dió más de un testimonio, aunque siempre tácitos. Había ido una mañana a su casa. No estaban en el comedor más que ella y su madre. Se le ocurrió llamar para que le sirviesen un vaso de agua. Yo me anticipé al criado: fuí al aparador, tomé una copa y una bandeja y me disponía a escanciar el agua y servirla cuando me interrumpió secamente:
--No; deje usted; ya no tengo sed: fué sólo un capricho.
Quedé acortado y aún más triste que acortado. Abrevié la visita y me retiré. Por la tarde me quedé en la fonda y no fuí al Cabañal como de costumbre. Por la noche, al entrar en su casa cuando acababan de cenar, lo hice con semblante grave y procuré no mirarla. Pero bien observé que ella me miraba y aun quise advertir que lo hacía con expresión humilde. A los pocos momentos se acercó a mí y me dirigió la palabra con inusitada amabilidad y procuró desagraviarme. Yo me mantuve rígido. Entonces ella, con sonrisa graciosa que jamás podré olvidar, dijo en voz alta:
--Ribot, hágame usted el favor de alcanzarme una de aquellas copas y echarme un poco de agua.
Se la serví riendo. Ella también rió un poco antes de beberla y mi rensentimiento se deshizo como el hielo al calor de aquella sonrisa.
Castell era casi siempre de la partida en nuestras excursiones al Cabañal. Alguna rara vez mandaba solamente su _galerita_ o su _familiar_. Ya no podía dudar de que festejaba a Cristina y también de que había advertido el amor que yo sentía por ella. Pero dada su inconmensurable altura, debía parecerle yo un rival poco temible, porque no pude notar en él ningún cambio. Seguía tratándome con la misma refinada cortesía, no exenta de protección y también ¿por qué no decirlo? de cierta benevolencia compasiva. Verdad que esta compasión la extendía Castell a casi todos los seres creados y aun pienso que no habría error en afirmar que trascendía de nuestro planeta para difundirse por otros astros lejanos. Por regla general a nadie escuchaba más que a sí mismo; pero una que otra vez, si estaba de humor, nos invitaba a emitir nuestra opinión, nos hacía hablar con la complacencia que se tiene en oir a los niños y sonreía dulcemente escuchando un rato nuestra charla insustancial y nuestros pequeños disparates. Era un verdadero examen de segunda enseñanza. Cuando se dignaba escudriñar mis escasos conocimientos, no podía menos de imaginar que yo era un microscópico insecto que por casualidad había caído en su mano y a quien daba vueltas en todos los sentidos entre dedos ensortijados.
Todos le escuchaban con gran deferencia. Martí se manifestaba siempre orgulloso de poseer tal amigo y creía de buena fe que ni en España ni en los países extranjeros existía un hombre (en terreno teórico, por supuesto, porque en el práctico ya se sabe, allí estaba Martí) que pudiera comparársele; pero aún con más recogimiento que él le escuchaba Isabelita, la prima de Cristina. Es imposible imaginar una atención más completa, una actitud más sumisa y devota que la de esta niña de perfil angelical cuando Castell tomaba la palabra. Su rostro, puro, nacarado, se entornaba hacia él y permanecía inmóvil como en éxtasis; sus ojos inocentes no pestañeaban.
La que menos placer sentía escuchando las disertaciones del opulento negociante era, a mi ver, Cristina. Aunque se esforzaba por ocultarlo, no tardé en adivinar que la ciencia del amigo y socio de su esposo no le interesaba. Se distraía a menudo, y en cuanto encontraba pretexto plausible para levantarse de la silla lo hacía. ¿Necesitaré decir que esta falta de veneración hacia un representante de la ciencia nada la hizo desmerecer a mis ojos? Creo que no.
Además notaba que Cristina, ajena en apariencia a los proyectos de su esposo y que nunca los contrariaba cuando éste los exponía con su franqueza habitual delante de nosotros, experimentaba fuerte molestia cuando Castell los alentaba. Le era de todo punto imposible ocultarlo. Así que el millonario, con frase acicalada, comenzaba a hacer pomposamente el elogio de Martí, de su vista clara, de su decisión y actividad, el semblante de Cristina se descomponía; perdían sus mejillas el poco color rosado que tenían, arrugábase su frente y los hermosos ojos adquirían extraña fijeza. Generalmente no podía resistir hasta el fin. Levantábase y salía de la habitación de un modo brusco. El bueno de Emilio, embriagado por el goce y la gratitud, no podía advertirlo.
¡Qué alma la de este hombre tan noble, tan sencilla, tan generosa! La casualidad me hizo enterarme de un rasgo suyo que aún más le elevó a mis ojos. Con la confianza que desde el primer día me había otorgado penetré en su despacho sin anunciarme en momento poco oportuno. Su suegra sollozaba (por variar) en un sillón, mientras él, de espaldas a la entrada, estaba abriendo la caja de caudales. Al sentirme se volvió rápidamente y empujó la puerta de la caja para cerrarla. Estaba un poco más grave y pensativo que de ordinario; pero la expresión bondadosa de su rostro no había desaparecido. Me saludó haciendo un esfuerzo para aparecer jovial, y, volviéndose luego a su suegra y poniéndole una mano sobre el hombro, le dijo cariñosamente:
--Vamos, mamá; no hay que apurarse. Todo quedará arreglado esta tarde. Váyase ahora con Cristina y descanse un poco. No vaya a ponerse enferma.
--Gracias! ¡Gracias!--murmuraba la sensible señora sin dejar de llorar y moquear.
Al cabo recobró, en parte al menos, la energía vital y salió de la estancia, no sin darme a mí un fuerte y convulsivo apretón de manos y tirar tres o cuatro besos desde la puerta a su yerno. Éste sacudió la cabeza y dijo sonriendo:
--¡Pobre mujer!
Yo le dirigí una mirada interrogadora, pero sin atreverme a formular con palabras la pregunta. Martí se encogió de hombros y murmuró:
--¡Ps! ¡Lo de siempre! El hijo abusa de la bondad de esta pobre señora y le proporciona muchos disgustos.
Como advertí que no deseaba entrar en más explicaciones, me guardé de pedírselas y hablamos de otra cosa. Pero un instante después entró Cristina en el despacho, no de buen talante, y le preguntó:
--Mamá te ha pedido dinero, ¿verdad?
--No, hija mía--respondió Martí ruborizándose un poco.
--No me lo niegues, Emilio. Lo sé todo desde esta mañana.
--Bien; y aunque así fuese, ¿qué? La cosa no es para que esa frentecita se arrugue tanto--replicó él tocándola cariñosamente con el dedo.
Cristina permaneció silenciosa y pensativa unos instantes.
--Ya sabes--dijo al cabo con firmeza--que yo jamás me he opuesto a tus esplendideces con Sabas. Si me ha gustado verte generoso con todos, aún más debía agradarme tratándose de un hermano. Pero me he preguntado muchas veces: Esta generosidad de Emilio ¿traerá en realidad buenas consecuencias? ¿No alentará a mi hermano a continuar la misma vida perezosa y disipada? Si estuviese solo en el mundo podría mimársele sin tanto peligro: cuando llegara a faltarle tu apoyo ya vería él la manera de reducirse a lo estrictamente necesario. Pero tiene mujer, tiene hijos, y temo que éstos paguen las consecuencias de tu generosidad y de las costumbres que, gracias a ella, no abandona su padre... Además--añadió bajando más la voz y temblando un poco--, hoy no tenemos grandes obligaciones... pero podemos tenerlas...
--¡Ya lo creo que podemos!--exclamó Martí soltando la carcajada--. Me parece que la primera no tardará muchos días en llegar.
Las mejillas de Cristina se enrojecieron súbitamente. Emilio, cambiando de tono, se acercó a ella y, pasándole el brazo cariñosamente por encima de los hombros, le dijo:
--Tienes razón en esto, como la tienes en todo cuanto dices. Eres cien veces más sensata que yo. Tal vez si hubiera venido Sabas a pedírmelo me hubiese negado, porque ya estoy un poquillo harto de sus barrabasadas... Pero ha venido tu madre... la he visto llorar... y francamente, no sabes la impresión que esto me produce.
Cristina levantó hacia él sus ojos, donde brillaba inmensa gratitud; temblaron sus mejillas, y temiendo, sin duda, no poder reprimir su emoción, salió precipitadamente de la estancia.
--¡Probrecilla!--exclamó Martí, riendo otra vez--. Tiene mucha razón. Sabas es un majadero.
--Ha jugado, ¿verdad?--pregunté yo animado por la confianza que me otorgaban.
--Mejor sería decir que se ha dejado pelar por unos advenedizos. ¡Es así el hombre! Ayer ha perdido bajo su palabra cinco mil pesetas.
--Bajo su palabra... y bajo tu garantía--apunté yo.
--Es posible..., pero ¡qué se va a hacer! No es suya toda la culpa. Tiene una madre demasiado blanda.
--Y un cuñado demasiado bueno--pensé.
Martí me pasó el brazo por detrás de la espalda, y en esta forma nos encaminamos al gabinete de costura en busca de Cristina y doña Amparo. Allí estaban ambas; aquélla, seria, cejijunta; ésta, completamente repuesta de sus emociones. No tardó en llegar Matilde, que almorzaba con ellos. La observé triste y como avergonzada. Poco después entraron dos señoras, visita de confianza, y la conversación se animó, aclarándose la atmósfera pesada que reinaba en el gabinete.
Cristina salió un momento para alguno de sus quehaceres domésticos, y noté que dejaba olvidado el pañuelo sobre la silla. Entonces, con el disimulo y la habilidad de un consumado ratero, me fuí acercando a ella, me senté como por distracción, me apoderé, sin que nadie lo advirtiese, de aquel precioso objeto y lo sepulté en mi bolsillo. Inmediatamente me levanté y volví al lugar que ocupaba antes. Cristina apareció en seguida y advertí que dirigía la vista a todos sitios en busca del pañuelo; luego me clavó una mirada, y creo firmemente que adivinó en mi actitud que yo lo guardaba. Entonces, no atreviéndose a preguntar por él en voz alta, y, al mismo tiempo, no queriendo dar su brazo a torcer y pasar porque me lo cedía, dijo, sordamente, buscando por los rincones de la estancia.
--¿Dónde estará mi pañuelo?
Nadie más que yo podía advertirlo, porque todos estaban distraídos con la conversación. Al cabo vi que se sentaba en la silla y tomaba de nuevo su labor en silencio.
Iban a almorzar. Me marché a la fonda a hacer lo mismo, sin aceptar su invitación. Tenía vehementes deseos de gozar a solas de mi preciosa conquista: porque la consideré tal en mi loca presunción después de lo que acababa de observar. Una vez en mi cuarto, y asegurándome bien de que la puerta estaba cerrada y que nadie me espiaba por el agujero de la llave, saqué el pañuelo del bolsillo y me entregué a una serie de locuras que aún hoy recordándolas me hacen ruborizar. Aspiré su perfume con embriaguez, lo besé infinitas veces, lo coloqué sobre mi corazón jurando serle fiel eternamente, lo guardé junto con los retratos de mis padres, lo saqué otra vez para besarlo y otra vez lo guardé. En fin, llevé a cabo todos los desatinos imaginables, más propios en verdad de un estudiantillo de retórica que del capitán de un vapor de tres mil toneladas.
[imagen: una barra decorativa]
VIII
Por la tarde fuí con la familia al Cabañal, como de costumbre. Martí no nos acompañó por tener que evacuar cierto asunto (¿sería el de las cinco mil pesetas que perdió su cuñado?) De todos modos fuí lo bastante egoísta para alegrarme de su ausencia. Durante el viaje, y en las horas que permanecimos en la alquería, observé en la actitud y en los ademanes de Cristina algo que hacía temblar mi corazón de gozo y esperanza. No puedo explicar por qué, sin mirarme ni dirigirme una sola vez la palabra me sentía inundado de una felicidad celeste; pero así fué. Pasamos toda la tarde en el pabellón. Las damas trabajaban en su costura o bordado; yo leía o hacía que leía. Cristina, acometida de extraña languidez, no se levantó de su silla como a menudo solía hacer. Mientras los demás reían y bromeaban la vi permanecer silenciosa y grave, aunque sin ceño alguno. Su rostro estaba levemente enrojecido: mi imaginación me sugirió la idea de que era por los pensamientos que flotaban en su alma y por la vergüenza que le inspiraban. Nos fuímos luego a tomar chocolate a la casa, y mientras lo hicimos observé en ella la misma seriedad resignada y tierna; expresión que pocas veces reflejaba su rostro movible. Parecía embargada por suave enternecimiento no exento de vergüenza y melancolía. En el oscuro y desierto horizonte de mi vida empezaba a apuntar la claridad: así me lo decía el corazón. Durante aquella tarde memorable fuí tan feliz como deben serlo los ángeles en el Paraíso o el autor de un drama cuando sale a recibir los aplausos al escenario entre el barba y la dama joven.
Después de comer en mi hotel fuí a tomar café al Siglo con objeto de pasar luego un rato en casa de Martí. Encontré al penetrante Sabas con su pipa colgada de la boca sentado entre varios amigos, a quienes arengaba del modo grave y juicioso que le era peculiar. Me saludó con la mano, de lejos, y poco después, viéndome solo, se apartó del grupo y vino a reunirse conmigo.
Estaba de humor jovial y no parecía poco ni mucho meditabundo ni avergonzado por su calaverada del día anterior. Hablamos de nuestras diarias excursiones al Cabañal y se las describí como muy animadas y deleitosas. No quiso contradecirme abiertamente; pero comprendí por su gesto más que por sus palabras que miraba todo aquello como niñerías indignas de un hombre serio y maduro como él. Por lo que pude entenderle, Valencia guardaba placeres de más subido precio, otros encantos, y era lástima que yo me fuera sin gustarlos. No dijo cuáles eran; pero, dado lo que ya sabía, puedo suponer que debían relacionarse directa o indirectamente con la _ruleta_.
--¿Ha visto usted la famosa fábrica de piedra?--me preguntó de pronto con grave entonación, mientras en sus ojos bailaba una sonrisa maligna.
--Sí, la he visto.
--¡Buen negocio! ¿Y la no menos celebérrima manufactura de cerveza?
-También.
--¡Mejor negocio aún! ¿verdad?
Y allá en las profundidades de su garganta sonó una carcajada que no llegó a salir porque en aquel momento chupaba con ahinco la pipa. Yo estaba confuso, como si fuesen a ofender a alguno de mi familia, y le respondí en términos vagos que los negocios salían buenos unos y otros malos y que el resultado, más que de la inteligencia y la actividad de quien los emprendía, solía depender de circunstancias fortuitas.
--Eso rezará con otros, no con mi cuñado--respondió con gravedad sarcástica--. Los negocios de Emilio son siempre brillantes, porque es un genio práctico, esencialmente práctico.
--A mí me parece un hombre muy inteligente--manifesté con cierto embarazo.
--Nada, nada; no rebajo un ápice. Es un genio práctico, y su amigo Castell un genio teórico.
--En cuanto a ése ya podíamos hablar un poco--repliqué sonriendo para desviar el escalpelo hacia aquel antipático sujeto.
--Son dos genios ambos, cada uno por su estilo; los únicos genios que tenemos en Valencia.
Yo no sabía qué hacer ni decir. Aquel tono sarcástico me molestaba extraordinariamente. Sabas debió de advertirlo, porque, cambiándolo al cabo por otro más serio, se puso a hacer, como de costumbre, un análisis escrupuloso y razonadísimo de la conducta de su cuñado. Era de ver y admirar la gravedad, el aplomo, el aire de inmensa superioridad con que aquel hombre hablaba de los demás, la penetración con que descubría los móviles recónditos de todos los actos, la fuerza incontrastable de sus argumentos, los vaticinios tristísimos que formulaba. El caso es que yo no podía menos de hallar atinadas casi todas sus observaciones; pero como ya le conocía, me maravillaba y me indignaba al mismo tiempo escuchándole. Traté de llevarle la contraria; pero viendo que esto no servía más que para mejor hacer lucir la perspicacia y seguridad de sus juicios, en cuanto tomé café y fumé un cigarro me despedí de él.
--De todos modos--le dije apretándole la mano--, no cabe duda que Emilio es un hombre muy bueno y tiene mucho talento.
--Convenido--respondió él devolviéndome el apretón--; pero confiese usted que no le vendría mal un poco de sentido común.
Salí del café colérico y entristecido. De buena gana le hubiera soltado a la cara a aquel zángano lo que había sabido casualmente por la mañana. Me dirigí con lento paso hacia la casa de Martí; pero en el camino mis pensamientos tomaron una dirección sobrado melancólica. Me invadía de tal modo cierto malestar moral, que ya por la mañana había comenzado a punzarme mezclándose a mis sabrosas esperanzas, que no tuve ánimo para subir las escaleras, y desde el portal me volví al hotel y me acosté.
¡Noche memorable aquella para mí! Tan pronto como apagué la luz comprendí que iba a tardar mucho en conciliar el sueño. Una turba de pensamientos corría desbocada por mi cerebro, agitándolo, martirizándolo. La imagen graciosa de Cristina venía en el centro de ellos, pero no lograba aplacar su ardor ni reprimir su carrera. En vano repetía mi fantasía la escena del pañuelo y aquel adorado semblante enternecido y confuso cuya vista me había hecho feliz todo el día. En vano evocaba la dicha celeste que en plazo más o menos breve iba a descender sobre mí. Fuese ilusión o realidad, yo pensaba que la naranjita comenzaba a amarillear y respondía ya con leve temblor a las continuas sacudidas que mi mano daba al árbol. Quizá no tardaría en caer en mi regazo. Pero debía confesarlo; este porvenir halagüeño no me dejaba alegre y tranquilo, como pudiera esperarse. Si tuviese este poder, también lo tendría para cerrar mis párpados, y no lo hacía. Mis ojos estaban cada vez más abiertos; la frente me abrasaba la mano cuando la ponía sobre ella; todo mi cuerpo experimentaba extraño desasosiego que me obligaba a cada instante a cambiar de postura. Aquel extraño dolor, cuyos primeros leves alfilerazos había sentido durante el día, me clavaba ahora las uñas de un modo intolerable.
Este malestar no era otra cosa que el remordimiento. Para que un hombre sea realmente feliz es menester que esté contento de sí mismo, y yo no lo estaba. Otra imagen melancólica, dolorosa, venía siempre detrás de la de Cristina en la procesión interminable de mis pensamientos, turbando la dicha que yo entreveía. Era la de Martí. ¡Pobre Emilio! ¡Tan bueno, tan generoso, tan inocente! Su suegra le sacaba el dinero y le arruinaría sin escrúpulo para alimentar los vicios de un hijo gandul; su fraternal amigo le vendía; su cuñado, a quien colmaba de beneficios, se burlaba de él públicamente. No tenía a su lado más corazón amante y fiel que el de su esposa. ¡Y yo, un advenedizo, a quien había concedido tan franca y cariñosa hospitalidad, iba villanamente a arrebatárselo! Esta idea oprimía mi corazón, me hacía desgraciado. En vano me esforzaba por representarme con bellos colores la dicha de ser amado de Cristina, el goce intenso de la pasión, la alegría del triunfo. En vano trataba de amenguar mi delito con ejemplos, trayendo a la memoria las faltas de otros. En mis oídos sonaba siempre una voz severa asegurándome que, conseguido mi objeto, sería infeliz. Y mis nervios, alterados, me hacían dar vueltas y vueltas entre las sábanas, con los ojos cada vez más abiertos.
Trascurrían las horas y sonaban lentas, sonoras, melancólicas en el reloj de la catedral. Quería con empeño cerrar los ojos y dormirme; pero unos dedos ardorosos e invisibles me levantaban de nuevo los párpados. Al fin me incorporé bruscamente en la cama, encendí la luz, me vestí, me puse a pasear por la habitación. Y cuando hube caminado algún tiempo, penetrando en los asilos más secretos de mi corazón, comprendí lo que era necesario hacer. Apelé al cloral, al más seguro cloral, al que jamás ha dejado de darme resultado en noches como ésta de insomnio y conflicto. Renuncié de una vez a mis deseos, a mis esperanzas, a los goces del amor y a los halagos del amor propio. Entré armado de látigo en mi espíritu y arrojé de él esa voluntad pérfida que tan pocos placeres nos da y tantos resquemores nos causa. Trabajo me costó, porque huyendo de mí se escondía por todos los rincones, me obligaba a perseguirla de cerca y no dejarla punto de parada. Pero al fin logré echarla de veras y quedé en medio del gabinete fatigado, sudoroso, como quien acaba de cumplir una obra bien trabajosa, pero tranquilo. Torné a desnudarme, caí en el lecho, y el dios alado hijo del Sueño y de la Noche me trasportó en sus brazos al misterioso palacio de su padre.
Cuando desperté el sol esparcía ya desde lo alto del firmamento sus rayos de oro sobre la ciudad. En cuanto me vestí fuí derecho a casa de Emilio. Estaban reunidos en la sala de costura los esposos y con ellos doña Amparo, Isabelita y doña Clara, una modista y una doméstica. La primera pregunta que me dirigieron fué por qué no había ido la noche anterior. Me disculpé con un dolor de cabeza. Cristina, que bordaba cerca del balcón, no levantó la suya, pero observé en su rostro la misma expresión soñadora, de suave enternecimiento. Así que me puse a hablar con los demás también noté que me dirigió alguna rápida y tímida mirada.
Aproveché un momento en que estaban todos distraídos y me acerqué a ella. Saqué su pañuelo del bolsillo, y en voz no tan alta que los tertulios pudieran oirlo ni tan baja que pudieran sospechar algún secreto, le dije:
--Ayer guardé distraídamente un pañuelo de usted pensando que era el mío. Hasta que llegué a casa no observé la equivocación. Aquí lo tiene usted.
Levantó la cabeza; me dirigió una intensa mirada de sorpresa; tiñóse su rostro de vivo carmín; cogió con mano temblorosa el pañuelo que yo le tendía y de nuevo humilló su frente al bastidor.