La alegría del capitán Ribot

Part 14

Chapter 144,020 wordsPublic domain

Cuando terminó el acto fuí sin dilación a la platea. Sabas me recibió con la gravedad indiferente que es en todos los países cultos complemento dichoso de la elegancia. Expliquéle sin preámbulos mis deseos. Acogiólos con benignidad, y desdeñando su conquista emprendida, seguro como los héroes de llegar siempre a tiempo para vencer, tomó el sombrero y salimos del teatro. Marchamos algún tiempo silenciosos. Sentía mi corazón oprimido por un sentimiento de tristeza en el cual observaba, sin embargo, con espanto cierta ansiedad de algo placentero. Este algo no era otra cosa que la presencia de Cristina. Sí, lo reconozco con vergüenza: aun en aquellas dolorosas circunstancias me preocupaba más ella que ninguna otra cosa de este mundo.

Sabas se paró de pronto, apartó la pipa de los labios, y después de mirarme atentamente unos instantes profirió con solemnidad:

--Ya lo ve usted, amigo Ribot. Las locuras de mi cuñado han tenido al fin el resultado que yo había anunciado tantas veces.

--¡Pobre Emilio!--exclamé.

--¡Sí, bien pobre! Á la fecha no tiene una peseta ni quien se la preste.

Acercó de nuevo la pipa a los labios y aspirando en ella la fuerza motora siguió caminando.

--Lo peor de todo es que, según me han dicho, su enfermedad es bien grave.

No tuvo a bien responder a esta observación. Al cabo de un rato separó otra vez la pipa de la boca y quedó inmóvil.

--¿Le parece a usted, amigo Ribot--exclamó con acento de indignación--, que un hombre con familia tiene derecho a prodigar caprichosamente su capital y a dejar a esta familia en la miseria?

Alcé los hombros sin saber qué contestar, sospechando que Sabas se incluía entre los miembros más respetables de aquella familia arruinada.

Volvió a meter la pipa entre los dientes, y puesto, sin duda, en comunicación con la corriente eléctrica, adquirió movimiento. No tardó en interrumpirlo sacando aquélla de la boca. Hizo rápidamente la limpieza de la máquina escupiendo y prosiguió:

--Comprendo perfectamente que un hombre célibe disponga como quiera de sus recursos; que un día se levante de la cama de mal humor y arroje por el balcón todo lo que tiene. Al cabo, nadie más que él pagará las consecuencias de sus caprichos. Pero cuando un hombre no vive solo en el mundo, cuando tiene sagrados compromisos que cumplir, lanzarse en especulaciones insensatas y disipar una hacienda de importancia, me parece una conducta, no solamente necia, sino también inmoral.

Ya no dudé que Sabas incluía entre aquellos compromisos sagrados el de seguir proporcionándole a él los medios de someter a su dominación todas las sopranos y contraltos que se presentasen en el horizonte valenciano, y por no decir algo impertinente determiné callarme. En esta forma, usando de la pipa como de un manipulador de máquina eléctrica para detenerse o caminar a su antojo, y vertiendo en cada manipulación raudales de sabiduría crítica, alcanzamos finalmente la casa en que habitaba su cuñado.

No era suntuosa como la de la calle del Mar, pero sí nueva y de aspecto elegante. Subimos al piso segundo, que era el que ocupaba, y llamamos. Salió a abrirnos Regina, la antigua doncella, que no pudo reprimir un grito de sorpresa:

--¡Oh, don Julián!

--¡Silencio!--exclamé llevando el dedo a los labios.

Y apoderándome en seguida de mi ahijada, que llevaba en brazos, la cubrí en silencio de besos tiernos y apasionados. Pero no los recibió ella tan en silencio como fuera de desear. Asustada de mis barbas, y acaso pinchada por ellas, puso al instante el grito en el cielo.

Oí la voz de Cristina.

--¿Qué es eso?

Y asomó por el fondo del corredor. Al verme quedó suspensa, pero reprimiéndose al instante se dirigió con paso precipitado hacia mí tendiéndome ambas manos con ademán cariñoso.

--¡Oh, capitán! ¡Mi pobre Emilio se muere!

Vi sus ojos nublados de lágrimas. Apreté con efusión aquellas hermosas manos que me tendía y murmuré algunas palabras de duda. Quizá sus temores fuesen exagerados. Emilio había gozado siempre poca salud; pero esta clase de temperamentos suelen durar muchos años. Pregunté si podía vérsele a aquella hora, y habiéndome respondido afirmativamente, me dispuse a entrar. Cristina no me lo consintió sin prepararle antes. Estaba muy nervioso y aquella emoción podía hacerle daño. Mientras iba a cumplir este deber piadoso, Sabas aprovechó la oportunidad para tenderme su negra mano de colono asiático y despedirse con la expresión enérgica y concisa que le caracterizaba. Por la puerta, que aún estaba abierta, le vi descender la escalera, llevando en sus ojos ardientes la desolación y el llanto para la contralto.

--¡Que pase, que pase al momento!

Era la voz de Emilio, un poco enronquecida, pero todavía vigorosa. Me dirigí precipitadamente hacia el sitio donde había sonado y entré en una estancia donde el lujo de los muebles formaba contraste con la modestia de la decoración del techo y las paredes. Estaba reclinado en una butaca, con dos almohadones detrás de la espalda, vestido con elegante traje de casa. La luz de un quinqué le hería de lleno el rostro, donde podían observarse bien claras y bien aciagas las señales de la tuberculosis. Pero estaba hermoso aquel rostro, más hermoso y más interesante que nunca lo había visto. La barba más crecida y los cabellos también, unido a la blancura de la tez y a sus grandes ojos negros melancólicos, le daban un aspecto de _Nazareno_. Aquellos ojos brillaron al verme con su expresión inocente y cordial. Se apoderó de mi mano, y estrechándola cariñosamente entre las suyas, repitió en voz baja varias veces:

--¡Capitán! ¡capitán! ¡capitán! ¡Qué bueno eres!

Yo me hallaba conmovido hasta no poder hablar.

--¿Cómo me encuentras? Muy mal, ¿verdad?--preguntó al cabo de largo silencio.

--Espera que te vea mejor--respondí haciendo un esfuerzo sobre mí para ocultar la emoción que me dominaba.

Al mismo tiempo acerqué el quinqué a su rostro y fingí que le examinaba con gran atención.

--¿Sabes lo que tienes tú?--dije al cabo--_¡Morriña!_

--¿Qué es eso?--preguntó abriendo mucho los ojos.

--Cierta enfermedad que padecen los gallegos cuando pierden una cantidad que excede de cincuenta céntimos.

Vi dibujarse en sus labios una sonrisa, y dirigiendo a su esposa una mirada de alegría exclamó:

--¡El mismo de siempre! No me lo han cambiado, no.

Comprendí que lo más piadoso en aquel momento era seguir bromeando. Hice de tripas corazón y abrí la llave de las payasadas, ya que no puedo decir donaires. Pronto tuve el gusto de oirle reir a carcajadas. Su rostro se animó, sus ojos brillaron; a los pocos minutos charlábamos con la misma alegría que si estuviese completamente sano y no hubiese perdido un céntimo de su capital.

Cristina nos contemplaba con sonrisa melancólica. Sentíase feliz viendo a su marido animado, aunque entendía que no podía durar mucho tiempo.

En efecto, un golpe violento de tos vino a interrumpir tristemente nuestra charla. Se quedó lívido, medio asfixiado, apretando la cabeza entre las manos.

--El frío de la noche te hace daño, Emilio--dijo Cristina--. Es hora ya de que te retires a descansar.

Alzó la mano, haciendo con ella enérgicos signos de negación. Cuando se calmó el acceso y pudo hablar, exclamó:

--¡No me lo llevéis todavía! Me siento mucho mejor. El capitán es una bocanada de oxígeno: me trae el aire puro del mar.

Permanecí otra media hora más por darle gusto. Al cabo me retiré, no sin haberle prometido volver al día siguiente por la mañana. No quise entrar a ofrecer mis respetos a doña Amparo. Tuve noticias por Sabas de que había tomado la resolución, hacía algunos días, de desmayarse en cuanto veía la cara de cualquier amigo. Como la hora me parecía intempestiva para la producción de este fenómeno orgánico, lo diferí para otra más adecuada.

Cristina salió a despedirme a la puerta.

--¿Cómo le encuentra usted?--preguntó clavando en mí una mirada ansiosa.

--No le encuentro bien... pero todavía hay hombre... ¡Quién sabe! ¡quién sabe!

Nadie dejaba de saberlo. Ella también lo sabía; pero buscaba la infeliz algún medio de ocultárselo.

Me retiré con la cabeza aturdida y con el corazón destrozado. Aquel esfuerzo que había hecho por aparecer jovial trastornó mis nervios y no me dejó dormir. ¡Pobre Martí! Nunca me pareció tan bondadoso, tan inocente, tan digno de ser amado. Ni una palabra, ni la más insignificante alusión al proceder traidor de su amigo Castell ni a la manera inhumana con que le había arruinado. Y en los días sucesivos, lo mismo. Su alma no sólo sabía evitar la basura como los pies de las damas elegantes, pero ni aun creía en ella.

Escribí a la casa armadora haciéndola saber que por razones de salud me quedaba aquel viaje en tierra y me constituí en acompañante y enfermero de mi desgraciado amigo. Poco me apartaba de él. Cuando lo hacía observaba en sus ojos una tristeza tan verdadera que me incitaba a quedarme. Cada día iba perdiendo fuerzas, le observaba más demacrado y caído. Comenzaron a combatirle frecuentes y crueles disneas que ponían su vida en peligro. Mientras duraban yo le daba aire con un abanico. Cristina le frotaba las sienes con éter. Pero en cuanto salía de ellas, como el hombre que ha logrado eludir un peligro inminente y se encuentra cuando menos lo esperaba sano y salvo, se ponía locuaz y alegre y nos aseguraba que muy pronto podría salir a la calle y encargarse de sus negocios.

¡Sus negocios! Ni la enfermedad ni la ruina le habían podido arrancar la manía de los proyectos y la afición a las grandes empresas industriales.

--¡Si supieras, capitán, la idea que está bullendo hace días en mi cerebro!--me decía una vez clavando en mí sus ojos cándidos y sacudiendo la melena--. Un proyecto grandioso y sencillo al mismo tiempo. A quince kilómetros de Valencia se puede producir un salto de agua en el río. Con este salto puedo crear una fuerza de mil caballos. Suponiendo que pierda doscientos en la tracción, aún me quedan ochocientos, que, bien distribuidos, moverían casi todas las industrias de la ciudad y darían luz a toda ella. Los industriales y el Municipio obtienen una economía enorme, y para el dueño del salto resultaría un negocio brillante. Porque verás...

Aquí pidió papel, sacó un lápiz y se puso a trazar números con el mismo ardor y entusiasmo que si los operarios acabasen de instalar la gran máquina eléctrica, distribuyendo la fuerza entre los industriales de Valencia, a éste tantos caballos, a aquél cuántos, como si la tuviese almacenada en casa.

Cristina y yo cambiamos una mirada por encima de su cabeza y nos dijimos con ella cuanto había que decir. En otro tiempo esta manía era un peligro. Hoy podía servirle de consuelo. Así que, en vez de contrariarle, le seguimos el humor y ensalzamos su proyecto hasta las nubes. Se puso tan alegre que sus mejillas se colorearon y sus ojos, tan apagados ya, brillaron de placer. Cristina no pudo resistir la emoción y salió precipitadamente de la estancia. Yo seguí admirando calurosamente su proyecto a fin de que no advirtiese nada y llegué a prometerle mi pequeño capital para la empresa. Con esto su alegría subió de punto. Pero cambiando repentinamente de expresión, apoderándose de una de mis manos y mirándome con tristeza esclamó:

--¡No, Ribot, no!.. Por más que el negocio sea bien claro, yo tengo muy mala suerte... No expondré tu capital.

--No hay exposición--repliqué.--Te lo cederé de buen grado, porque me parece que el negocio ofrece seguridad.

--¡Absoluta seguridad!--profirió con acento de convicción inquebrantable que en otra ocasión me hubiera hecho sonreir--. Pero no te daré participación en él hasta que marche y empecemos a repartir dividendos.

¡Pobre Martí! Él era quien se marchaba a paso acelerado. Sus mejillas se hundían, el círculo obscuro que rodeaba sus ojos se dilataba, pasaba las noches tosiendo y los días atormentado por dolores y disneas.

Con esto, los desmayos de doña Amparo eran cada vez más frecuentes y prolongados. Su sensibilidad se había sobrexcitado de tal modo que el aleteo de una mariposa le hacía caer en convulsiones de las cuales no podía recobrarse sin cubrir de besos y lágrimas previamente el rostro de todos los presentes. A mí, por ser el amigo más constante, me tocó la mayor parte de estas inundaciones.

Sabas venía todas las mañanas a las once, antes de dar el acostumbrado paseo entre calles y tomar el _vermouth_. Si el médico había dicho que el enfermo tenía menos fiebre (y lo decía a menudo para infundirle aliento), ya teníamos á nuestro elegante tan satisfecho que para celebrarlo no podía menos de almorzar en el café y marcharse luego de jira con algunos amigos de ambos sexos.

Nos acercábamos, sin embargo, al desenlaze. A medida que la hora fatal se aproximaba, Emilio se mostraba menos aprensivo, ocupado constantemente en hacer cálculos y trazar proyectos. Aun en medio de la noche pedía papel y garrapateaba cifras.

--La semana que viene creo que podré salir a la calle--me dijo una mañana--. No tengo nada ya. El dolor de los riñones ha desaparecido, la lengua está casi limpia; en cuanto se me quite esta tos que no me deja dormir, quedo completamente sano... Hoy tengo ganas de andar; de dar un paseo largo.

Y para comprobar sus palabras se alzó de la butaca y dió algunos pasos por la estancia.

--Voy al comedor--dijo abriendo la puerta--. ¡Verás qué sorpresa doy a Cristina!

Echó a andar, en efecto, por el pasillo. Yo me quedé mirándole desde la puerta de su habitación. Cuando se hallaba hacia el medio, el infeliz vaciló un momento, y antes que yo pudiera acudir en su auxilio cayó cuan largo era sobre el pavimento.

Han pasado algunos años desde entonces y aún no se me ha borrado del alma la sonrisa melancólica y avergonzada que me dirigió al acercarme.

--¡Esto va mal, capitán!

Lo levanté y lo transporté en brazos a su butaca. Pesaba menos que un niño. Tanto Cristina como yo le reprendimos su imprudencia, convenciéndole fácilmente de que aquella debilidad dependía sólo de la falta de alimento. En cuanto empezase a comer más acudirían las fuerzas rápidamente y daríamos largos paseos por la huerta como antes.

Pero aunque Cristina conociese la gravedad de su estado y no se forjase ilusiones respecto al desenlace, todavía observaba en ella cierta ignorancia o descuido en cuanto al plazo, que no dejaba de producirme inquietud. Pensaba, sí, que la enfermedad era de muerte; mas por las palabras que salían de su boca advertía yo que juzgaba el término fatal muy lejano. Yo lo veía más próximo.

Y aún estaba más cercano de lo que presumía. Al día siguiente de su caída en el pasillo fuí a verle entre diez y once de la mañana. Contra su costumbre, todavía no se había hecho vestir. Decía que se hallaba un poco fatigado a causa de la tos. Yo le embromé achacándolo a pereza y me senté a su lado. Charlamos de política y de los sucesos locales que había leído en los periódicos. Le encontré, en efecto, más fatigado y con graves señales de abatimiento en el rostro. A pesar de eso mostrábase locuaz y contento como siempre. Al fin determinó levantarse; pero antes convinimos en que tomase una tácita de caldo con jerez, que le daría fuerzas. Salió Cristina a prepararlo.

Pocos instantes después el enfermo cayó en un ataque de disnea de los que a menudo le acometían. No quise llamar, por no asustar a Cristina, y comencé a darle aire con el abanico como otras veces, esperando que no tardaría en recobrarse. Sin embargo, sin saber por qué, me sentía ahora más turbado. El corazón me latía fuertemente viendo aquel rostro tan pálido, con los ojos cerrados y la boca abierta, aspirando angustiosamente el aire. A medida que transcurrían los segundos mi zozobra aumentaba. El miedo se apoderó de mí y llevé la mano al botón del timbre. Pero en aquel instante Martí abrió los ojos y sonrió con dulzura. Me tranquilicé y le dije:

--¡Ánimo! Ya pasó.

--Abre ese balcón. No veo bien--me respondió.

Aquellas palabras volvieron a turbarme. El balcón estaba abierto. Sin embargo, hice ademán de complacerle; mas al tratar de apartarme se apoderó de una de mis manos:

--¡Ribot! ¡Ribot!--gritó clavando en mí sus ojos desencajados--. ¡No te vayas...! ¡Me muero...! ¡No te vayas!

Se había incorporado y apretaba convulsivamente mi mano. Su mirada cambió de expresión repentinamente, quedando opaca, vidriada. Dobló la cabeza como si estuviese descoyuntada y cayó, pesadamente, hacia atrás.

El horror, la estupefacción me dejaron un instante inmóvil, clavado al suelo. Pero volviendo sobre mí tomé su cabeza entre mis manos y, apretándola contra el pecho, le grité, a mi vez:

--¡Martí! ¡Amigo mío, hermano mío! ¡No te vayas! En este mundo de perfidia quedan muy pocos hombres como tú.

Y besé aquella frente por donde no había pasado jamás la sombra de un pensamiento vil.

En aquel instante una mano rozó mi espalda. Me volví como si me hubiesen pinchado y pude ver unos ojos desmesuradamente abiertos por el terror y una figura pálida que se desplomaba.

[imagen: una barra decorativa]

XVII

Renuncio a expresar lo que ocurrió en aquella casa al morir Emilio. Todos le adoraban; para todos era un padre amantísimo dispuesto a sacrificar sus gustos a los de los otros. El dolor, la consternación de Cristina fueron tan grandes que temimos por su vida. Transcurridos, no obstante, algunos días, fué necesario pensar en negocios. Los de Martí se encontraban tan embrollados que aquella desgraciada familia estaba expuesta a caer en la miseria. El único llamado a tomar la dirección de ellos, por ser el pariente más cercano, era Sabas; pero este hombre profundo, para quien el corazón humano no tenía repliegue alguno, desdeñaba los pormenores prosaicos de la existencia. Semejante a un dios, vivía en perpetua alegría, alejado de los trabajos y zozobras que afligen a los humanos. Fué necesario que yo empuñase las riendas. Pedí licencia definitiva y me puse a la obra con poca inteligencia, pero con ardor y voluntad ilimitados. Esta voluntad me salvó. Al cabo de seis meses de trabajo asiduo, luchando con acreedores y abogados y escribanos, logré desenredar la madeja. Solventadas las deudas todas, aún le quedaba a Cristina una corta renta con la cual podía vivir sin lujo, pero decorosamente. Respiré tranquilo y gocé de mi triunfo como si hubiera dado fin a una empresa gigantesca.

La gratitud de Cristina constituía para mí la más dulce recompensa. De un modo grave y reservado, como hacía ella todas las cosas, me la daba a entender constantemente. Esto, unido a las inocentes caricias de mi ahijada que comenzaba a gorjear mi nombre llamándome «tío Ribot» como si la sangre nos uniese, resarcía plenamente mis fatigas. Lo único que me apenaba era el observar con qué cuidado escrupuloso reducía Cristina los gastos de su casa y la estrechez a que se sometía. Yo la encontraba exagerada: su renta la permitía algún mayor desahogo; pero no me atreví a representárselo. Por otra parte, comprendí al cabo que aquella economía no le causaba dolor alguno, antes gozaba con ella pensando quizá en acrecer por este medio la herencia de su niña. Más tarde averigüé, no sin cierta indignación, que sus ahorros servían para sostener la casa de su elegante hermano. Éste seguía aplicando el filo de su escalpelo a todos nuestros actos. Persuadido de que nunca llegaría el talento de su hermana ni mi habilidad en los negocios a proporcionarle medios de conquistar ni una mala corista de zarzuela, se decidió, al fin, a ingresar de _croupier_ en el Círculo.

Nada de su antiguo esplendor echaba menos Cristina, como pude cerciorarme: ni las suntuosas habitaciones, ni los ricos trajes, ni el coche, ni los criados. Sólo la alquería del Cabañal excitaba en ella un recuerdo melancólico. Cuando la mentábamos solía quedarse triste y pensativa. Era bien natural. Su pasión por el campo, por la vida libre y tranquila, estaba reforzada en este caso por las dulces memorias que aquella finca guardaba en su seno. Allí se habían deslizado las horas más felices de su existencia.

Después de haber podido observarlo en diversas ocasiones nació en mí cerebro el pensamiento atrevido de comprarla. Hice rápidamente el balance de mi caudal. Como soy hombre de pocas necesidades, podía sacrificar la tercera parte y quedarme lo suficiente para vivir. En cuanto me convencí de ello empecé a ponerme nervioso. No pude sosegar hasta que me trasladé a Barcelona, donde residía el banquero a quien se había adjudicado la finca, y me puse al habla con él. El Cabañal se había subastado en diez y ocho mil duros. En seguida comprendí que su dueño se daría por satisfecho con soltarla en el mismo precio, pues las utilidades se invertían todas en los gastos que ocasionaba si se la había de conservar como hasta entonces. Al cabo de algunas conferencias y bastantes regateos otorgamos la escritura, exigiendo yo el mayor sigilo. Acto continuo, y por medio de escritura también, hice donación de la finca a mi ahijada. Con ambos documentos en el bolsillo y el corazón lleno de alegría me restituí a Valencia, donde antes de tomar posesión de la alquería fuí comprando o encargando los muebles necesarios, semejantes en un todo a los que tenía la casa. Me costó algún trabajo, pero lo cumplí con gozo inexplicable. No hay para qué decir que donde me esmeré y puse los cinco sentidos fué en el gabinete tocador de Cristina. A fuerza de prolijas investigaciones pude hallar algunos de los muebles auténticos y los compré; otros los mandé contrahacer y salieron bastante parecidos. Ya que los tuve a mi disposición me posesioné de la finca, rogando a las personas que intervinieron y al hortelano que la cuidaba que me guardasen el secreto.

Se acercaba el cumpleaños de mi ahijada. Algunos días antes hice trasladar los muebles a la alquería y me puse a ordenarlos en la misma forma que antes tenían. Conocía tan bien la disposición de aquella casa que no me fué difícil darle la misma apariencia. El gabinete de Cristina me ocupó mucho tiempo, pues aspiraba a que no faltase un pormenor. Los muebles, las cortinas, los enseres del tocador, hasta la colcha de la cama, todo fué restaurado o copiado con la posible exactitud.

El día del cumpleaños llevé por la mañana un lindo juguete a mi ahijada, prometiéndole regalarle otro por la tarde. Y por la tarde invité a su mamá y a doña Amparo a dar un paseo por el campo y a merendar en cualquier paraje solitario para celebrar aquella fecha memorable. Alquilé un coche. El cochero, prevenido por mí, después de pasearnos buen rato, nos condujo a las cercanías del Cabañal. Allí hice parar, y les dije:

--Señoras, no sé si habré cometido una tontería. Si es así, pido perdón de antemano. Conociendo la pasión que Cristina ha tenido siempre por la alquería del Cabañal, hice preparar allí la merienda. Soy amigo de Puig, su dueño, y cuando estuve en Barcelona me dió permiso para entrar en ella cuando y con cuantas personas quisiera. Repito que me perdonen este paso si les parece inconveniente.

Doña Amparo lo halló muy bien y se alegró en el alma de visitar otra vez aquella finca que tanto le placía. ¡Pero había que ver el semblante de Cristina! Jamás se me ofreció más sombrío ni contraído. Tuvo imperio, sin embargo, sobre sí misma para callar, y yo, aparentando no hacerme cargo de su molestia, di orden al cochero de seguir.

El hortelano y sus peones hicieron el papel de recibirnos como huéspedes y nos condujeron amablemente hasta una glorieta donde había hecho poner la mesa. Antes de merendar les invité a dar un paseo por la alquería; pero Cristina rehusó vivamente alegando tener herido un pie. Como doña Amparo no quiso dejarla sola, me fuí con mi ahijada y la niñera y nos recreamos corriendo y retozando por aquellas frondosas avenidas. Cuando volvimos observé que Cristina tenía los ojos enrojecidos y que su mamá se inclinaba con señales evidentes hacia el _no ser_.