La alegría del capitán Ribot

Part 13

Chapter 134,013 wordsPublic domain

Respondí con algunas palabras insignificantes como éstas. No hizo señal de escucharlas. Siguió paseando en actitud meditabunda, y al cabo se plantó delante del balcón, de espaldas a nosotros, y quedó inmóvil mirando por los cristales. Luego abrió los bastidores y se quitó el sombrero para recibir mejor el fresco de la noche.

Cristina le miraba sin pestañear. En sus ojos se iba pintando una tristeza ansiosa.

Parecía consternada. Transcurrieron así algunos minutos en silencio. Al cabo, como si no pudiese resistir más tiempo aquel estado de tensión, se levantó vivamente y acercándose a su marido le dijo poniéndole una mano sobre el hombro:

--Vámonos ya a casa.

--Como tú quieras--respondió él secamente.

Salimos del pabellón y seguimos la calle de acacias que lo enfilaba. Traté de emparejarme con Martí y trabar conversación. Observé al instante que rehuía mi compañía, respondiendo con pocas y secas palabras. Antes de llegar a casa tomó el brazo de su esposa y apretó el paso dejándome atrás. Aquel mudo desaire me oprimió el corazón. Los seguí con tristeza, la cual fué cediendo el puesto a una sorda irritación al pensar con cuánta injusticia me trataba. Y según caminábamos se afirmó en mi espíritu la idea de entrar con él en clara y enérgica explicación y descubrir lo que pasaba.

Llegamos a la puerta de la casa. Debajo de la _marquesina_ de cristales que la resguardaba se detuvieron. Por las ventanas abiertas del comedor vi las sombras de Castell, Isabelita y D.ª Amparo.

--Vaya--les dije con afectada indiferencia--, ustedes a la cama y yo a la ciudad.

--¿No espera usted que mandemos enganchar el coche?--preguntó tímidamente Cristina.

--No; me apetece dar un paseo a la luz de la luna. Hasta mañana. Buenas noches.

Fuí a dar la mano a Emilio.

--No--me dijo con inusitada gravedad--; voy a acompañarte hasta la puerta de la finca. También me apetece dar un paseo.

Extendí la mano a Cristina. Me la estrechó por primera vez en su vida, con singular energía, clavándome al mismo tiempo una mirada suplicante y ansiosa. Yo, conmovido hasta el fondo del alma, cerré los ojos para indicarle que podía fiar en mí.

Nos apartamos, y a paso lento tomamos la calle que conducía a la puerta de salida. Martí iba con el sombrero en la mano y guardaba silencio obstinado. Yo aguardaba a que lo rompiese antes de despedirnos, prometiéndome ser fiel a la tácita promesa que había hecho. En efecto, al acercarnos a la tapia se detuvo y, esquivando mirarme, profirió:

--Los hombres casados, Ribot, suelen tener una susceptibilidad exagerada. No sólo los celos, que tanto atormentan, sino también el miedo al ridículo, les obligan a desconfiar muchas veces, aunque por temperamento sean confiados. A los amigos de estos hombres les toca, por lo mismo, no despertar tal susceptibilidad, conducirse en todas ocasiones con mucho cuidado y delicadeza. De este modo la amistad se afianza con la gratitud.

--Tienes razón--respondí--. Hasta ahora he procurado cumplir con esa obligación que todos los hombres tenemos, no sólo con los amigos, como dices, sino con el prójimo en general. Una fatal casualidad me acaba de colocar en situación que puede lastimar tu amor propio, ya que no tu honor. Entiende sin embargo, que Cristina...

--No hablemos de Cristina--interrumpió clavando sus ojos en los míos con firmeza--. Todas las noches del año, antes de dormirme, doy gracias a Dios por haberme unido a ella. Esta noche será lo mismo que las otras.

--Hablemos de mí entonces. Una fatal casualidad, repito, me coloca en situación de herir esa susceptibilidad que acabas de mentar. Lo deploro con toda mi alma, aunque no me hallo culpable. En todo caso, lo sería de una ligereza. Sin embargo, estos asuntos son de índole tan delicada, que una amistad reciente no puede contrarrestar los efectos de la más pequeña molestia. Si, como observo, tú la has experimentado, estoy resuelto a alejarme de aquí y no poner más los pies en tu casa.

No respondió. Caminamos en silencio los pasos que nos separaban de la puerta. Al llegar a ella se detuvo y, sin mirarme, dijo con voz temblorosa:

--Aunque lo sienta mucho, no puedo menos de aceptar tu resolución. Quizá me ponga en ridículo a tus ojos y a los de cualquiera que sepa lo que acaba de pasar... pero ¿qué quieres?... prefiero quedar en ridículo a que se turbe en lo más mínimo la tranquilidad que hasta ahora he disfrutado.

--Te sobra razón: yo, en tu caso, haría lo mismo--respondí--. Mañana a primera hora saldré de Valencia, y acaso no volvamos jamás a vernos. Quiero que sepas, no obstante, que esto me proporciona uno de los más profundos disgustos de mi vida. Aprecio tu amistad más de lo que te figuras, estoy agradecido a tu cariñosa hospitalidad y no me consolaré jamás de haberte causado inconscientemente un pequeño disgusto. Si algún día necesitases de mí, para todo me ofrezco.

--Gracias, gracias, Ribot--murmuró conmovido.

Tenía una mano sobre el pestillo de la puerta enrejada y con la otra sostenía el sombrero. No quise ponerle en el compromiso de darme la mano, y sin extenderle la mía salí al camino.

--Adiós, Martí--le dije volviendo la cara--. ¡Dios te haga tan feliz como lo has sido hasta ahora!

--Adiós, Ribot. Muchas gracias.

[imagen: una barra decorativa]

XV

La puerta se cerró. Al través de sus rejas le vi alejarse y perderse entre el follaje con la cabeza inclinada y descubierta como antes. Quedé solo en medio del camino. Un abatimiento profundo se apoderó de mí como si acabase de perder algo que interesase de cerca a mi existencia.

A paso lento comencé a apartarme de aquellos sitios tan gratos, persuadido de que no volvería a pisarlos jamás. En realidad, los últimos sucesos habían sido tan súbitos y atropellados que apenas podía darme cuenta de ellos. Un momento hacía representaba en aquella casa el papel de un amigo que va a transformarse en hermano. Ahora salía de ella como un extraño del cual se olvidaría pronto hasta el nombre. Mas en medio de aquella tristeza, en la noche triste que había caído sobre mi corazón, lucía una estrella bien amable: era la mirada suplicante de Cristina. En aquella casa quizá no se pronunciaría ya mi nombre, pero ella no podría olvidarlo jamás. Esta idea me produjo extraordinario consuelo. Seguí caminando con más firmeza, y cuando llegué a la esquina del muro que cercaba la finca me detuve. Lo contemplé un instante con melancolía y acercándome a él lo besé repetidas veces. Luego me alejé apresuradamente, avergonzado de que alguien pudiese verme.

La luna, en lo alto, bañaba el campo de luz transformándolo en lago dormido. La llanura se extendía delante de mí bordada por las crestas de las montañas que flotaban a lo lejos en un vapor blanquecino. Aquí y allá los bosquecillos de naranjos y laurel manchaban el blanco cendal, mientras algunos cipreses se erguían solitarios, inmóviles, alargando su sombra sobre el camino. Detrás, el mar rielaba tranquilo también, reverberando la luz de la luna.

La dulzura de aquella noche invadía mi corazón y lo refrescaba. El campo, cubierto aún de flores y perfumado por los olores penetrantes de los frutos maduros, adormía mis sentidos y calmaba la fiebre de mi pensamiento. Avancé con paso más ligero. Valencia en aquella hora dormía ya sobre su alfombra de flores. Las luces de sus calles brillaban lejanas como estrellas terrestres. Las del cielo formaban rico dosel protegiendo aquella ciudad afortunada.

Cuando me alejé buen trecho de la alquería, quise reposarme un momento. No tenía deseos de entrar en la población. Necesitaba coordinar mis pensamientos y trazar algún plan de vida, ya que en un instante se habían deshecho los que había formado. Sentéme en la piedra de un tornaruedas, saqué un cigarro, lo encendí y me puse a fumar con calma. Corto rato había estado allí, cuando sentí a lo lejos el rumor de un carruaje que se acercaba. Al principio no supe si venía de Valencia o del Cabañal. Cuando me convencí de que procedía de este último punto, sentí extraño desasosiego y pensé en ocultarme; pero volviendo inmediatamente sobre mi pensamiento, me determiné a quedarme. Pronto divisé los caballos; se acercaron; era el coche de Castell, como había temido.

Cuando estuvo próximo me planté en medio del camino y grité con acento imperioso al cochero:

--¡Para!

Éste hizo un movimiento de sorpresa, pero todavía empujó los caballos hasta tocar conmigo. Los cogí de la rienda y les obligué a detenerse a tiempo que, reconociéndome el muchacho, dijo:

--Buenas noches, don Julián.

Castell había sacado medio cuerpo por la ventanilla. Cuando me acerqué clavó en mí los ojos sorprendido; y llevando con fiero ademán la mano al bolsillo, exclamó:

--¡Si es una agresión, cuidado!

--No; no es una agresión--repuse yo levantando la mano en señal de paz--. Es que quiero hablar con usted.

--Envíeme usted sus padrinos y con ellos me entenderé--dijo orgullosamente.

--Antes de hacerlo necesito hablar con usted un momento--repliqué.

Me contempló atentamente unos instantes como si tratase de escrutar mis intenciones. Convencido sin duda de que no eran guerreras, abrió la portezuela y dijo fríamente:

--Entre usted.

Me coloque frente a él. El carruaje partió.

--Deseo saber--pronuncié al cabo de un momento--si ha sido usted quien avisó a Martí de que Cristina y yo nos hallábamos solos en el pabellón.

Abrió los ojos con no fingida sorpresa y respondió en tono malhumorado:

--No entiendo lo que usted me dice.

Comprendí que era cierto, y suavizando mi acento proseguí:

--Después que nos separamos, seguimos el camino de las acacias y entramos en el pabellón con objeto de que Cristina se repusiera un poco antes de ir a su casa. Se hallaba muy alterada y no quería presentarse a su marido en tal disposición. Al poco rato de estar allí vino Martí repentinamente; se ofendió, como es natural; tuvo conmigo una explicación y como consecuencia de ella salgo de su casa para no volver jamás.

--Nada sé de eso. Aunque no me encuentro obligado a darle a usted satisfacción alguna, porque tenemos una cuestión pendiente que se ha de ventilar en otro terreno, le afirmo que no he hablado con Martí una palabra de este asunto. Es usted dueño de creerme o no. Lo que no deja de sorprenderme es que, después de la explicación que acaba de tener con él, salga usted de su casa y a mi me haya hablado con la cordialidad de siempre.

--Es muy sencillo. No le he dicho una palabra de lo que acababa de oir.

--¿Ha dejado usted que le sospeche de traidor?--preguntó en el colmo de la sorpresa.

--Sí, señor.

--¿Y por qué ha hecho usted eso?

--Por gusto.

Me echó una mirada hostil y recelosa, alzó los hombros y guardó silencio. Yo lo rompí al cabo de un momento:

--Los gustos de los hombres, Castell, son rtan varios como sus fisonomías. Por muy enamorado que usted se halle de Cristina, creo estarlo yo más. La adoro con toda mi alma, con toda las fuerzas de mi corazón. Pero obtenerla por medio de una traición, lejos de causarme alegría, sería la mayor desgracia que podría ocurrirme sobre la tierra. Nunca más dormiría tranquilo. Acabo de hacer un sacrificio cruel; pero lo he hecho por el amor de ella, por el sosiego de mi conciencia. Estas lágrimas que usted ve en mis ojos ahora mismo refrescan mi alma, no la abrasan. Me voy; me voy para siempre. Usted se queda, y quizá con el tiempo logre lo que tanto apetece; pero errante por el mar, solo encima de la cubierta de mi barco, seré más feliz que usted. Las estrellas del cielo brillando sobre mi cabeza me dirán: «Alégrate, porque has sido bueno.» El viento silbando en la jarcia, las olas chocando en el casco, me dirán: «¡Alégrate, alégrate!»

La luz de la luna bañaba su rostro. Vi cómo se dibujaba en él poco a poco una sonrisa.

--Esas mismas olas que le dicen a usted cosas tan gratas el día menos pensado le tragarán como una mosca; el viento les ayudará a consumar la hazaña y las estrellas del cielo presenciarán el espectáculo tan serenas... Vive usted en un profundo error, Ribot. No hay otra felicidad sobre la tierra que poseer lo que se desea.

--¿Aunque para ello se hiera de muerte y por la espalda a un amigo?

Quedó un instante suspenso, pero en seguida dijo con firmeza:

--Aunque para conseguirlo sea necesario pasar por encima de los hombres.

--¿No hay bien ni mal entonces?

--En la existencia el bien de los unos es el mal de los otros, y así será eternamente... Alguna vez habrá usted visto un nido de golondrinas. Los pajaritos esperan ansiosos la llegada de la madre; al verla, pían, abren su piquito, y ella, con amorosa diligencia, los va cebando uno por uno. ¡Qué interesante! ¡Qué espectáculo tan tierno! ¿verdad? Pero a los mosquitos que huyen aterrados y al fin caen en el pico de la golondrina para servir de cebo a sus hijuelos, ¿les parecerá tan tierno y tan interesante? Por el contrario, usted ve a un hombre acercarse a otro cautelosamente, abatirlo de una puñalada, arrancarle del bolsillo el dinero y llevarlo a casa para proporcionar a sus hijos el sustento. ¡Qué horror! Se estremece usted y se aleja precipitadamente de aquellos sitios. ¿Por qué? Si usted fuese mosquito pasaría por allí zumbando alegremente.

--Pero nosotros tenemos conciencia.

--La conciencia no nos priva de estar tan fatalmente encadenados. Usted se encuentra enamorado de Cristina, como yo; ambos ansiamos poseerla; pero usted se detiene por miedo al remordimiento, mientras yo prosigo mi empresa sin ningún temor. Los dos obedecemos a un instinto. El mío es más sano, porque tiende a aumentar mi vitalidad, mientras el de usted tiende a disminuirla... No ría usted ni se muestre tan sorprendido... El remordimiento, en un mundo donde impera la necesidad, es absurdo. Piense usted que los héroes de Hornero y Esquilo no se detenían ante el fratricidio ni ante el incesto y, sin embargo, han sido los ejemplares más bellos y más nobles de la humanidad.

--Estoy lejos de oponerme a que usted aumente su vitalidad--repliqué con acento irónico--. Pero ¿no sería mejor que lo hiciese por medio de su propia mujer y no con la de otro?

--¡De otro!... ¡de otro!--pronunció sordamente--. Una convención como todo lo demás.

Quedó algunos momentos pensativo mirando el paisaje por la ventanilla. Yo le observaba con mezcla de curiosidad y repugnancia. Aquellos ojos azules de reflejos acerados me inspiraron por primera vez sobresalto.

--La virtuosa Draudpadi--comenzó a decir lentamente sin apartar los ojos del paisaje--, una de las heroínas más interesantes de la antigüedad india, poseía cinco maridos, los hermanos Pândavas. Aquellos héroes gozaban en común de su amor sin desdoro ni remordimientos. Si nosotros viviésemos en aquella edad, el acto de pretender a Cristina sería moral y plausible, puesto que ofreceríamos a una mujer dos nuevos protectores. ¿Por qué le causa a usted tanto horror compartir la mujer de un amigo? El mundo, que ha comenzado de este modo, puede terminar lo mismo.

--¡Que termine como quiera!--exclamé con ímpetu--. Ahora y siempre el causar voluntariamente un dolor será pecado.

--No sea usted niño, Ribot--repuso con suficiencia irritante--. No hay más que una sola verdad indiscutible en el mundo, y es ese impulso de la naturaleza que todos sentimos, la planta como el animal, el insecto como el hombre. En la región serena donde se aposenta la vida, la vida eterna, el dolor y la muerte no significan nada. El único y supremo fin del Universo es aumentar la intensidad de esta vida.

No respondí. Quedé a mi vez largo rato pensativo y silencioso mirando por la otra ventanilla hacia el camino. Al fin acerté a ver las primeras casas de los arrabales.

--Tenga usted la bondad de hacer parar--dije--. Me quedo aquí y mañana saldré de Valencia sin batirme con usted. Acháquelo a cobardía si quiere. Será un nuevo sacrificio que hago en aras de mi amor y de la amistad que debo a Martí. No aspiro a ser un héroe de Hornero como usted, ni sueño con saltar triunfante sobre los cadáveres de mis enemigos. Pare usted.

Me dirigió una larga mirada despreciativa y tiró del cordón, diciendo fríamente:

--No sé si será usted un cobarde; pero desde luego puedo asegurar que es uno de tantos ilusos como viven engañados acerca de sí mismos y del mundo que les rodea.

El coche paró. Abrí la portezuela y salté a tierra.

--Adiós, Castell--le dije sin darle la mano--. Siga usted hacia esa región feliz que no deseo conocer. Yo me quedo en esta otra más triste pero más honrada.

Alzó los hombros sin responder y apartando de mí los ojos con desdén tiró nuevamente del cordón. Luego se recostó cómodamente. El carruaje partió y yo comencé a caminar lentamente hacia mi casa. Dejé la blanca carretera, donde algunas casas diseminadas proyectaban su sombra, y me interné en el laberinto de las calles. Al pasar por la del Mar me detuve ante la casa de Cristina. En el balcón de su dormitorio había una mata de malvarrosa. Cerciorándome de que nadie me veía, trepé hasta ella y arranqué unas hojas. Fuí al hotel, subí a mi cuarto y me dormí dulcemente apretando estas hojas en la mano.

[imagen: una barra decorativa]

XVI

Otra vez a la mar. Tráfago de puerto, ruido de carga y descarga, quehaceres enfadosos en la oficina del consignatario. Después horas dulces, tranquilas, arrulladas por el canto de los marineros y los rumores del agua bajo la quilla. Aquel sueño de amor no dejó peso en mi alma. Al cabo de algunos meses sólo quedaba una impresión tierna y poética que daba realce a mi existencia. Sin embargo, cuando por la noche cruzaba por delante de Valencia y a lo lejos veía centellear las luces del Cañabal, me tengo sorprendido cantando sobre el puente en voz baja la despedida de _El Grumete_:

Si en la noche callada sientes el viento, etc.

Y mis ojos, sin poderlo remediar, se nublaban de lágrimas como los de una modista. Pero aquella racha pasaba y pronto recobraba el humor alegre que, gracias al cielo, pocas veces me abandonó en esta vida.

Supe en Barcelona, por un amigo, que Castell se había casado con Isabelita Retamoso. ¡Buen provecho! Más adelante tuve noticia por el mismo de que la Compañía de vapores se había deshecho y que ambos socios sostenían un pleito ruidoso. Al escucharlo no pude contenerme, y exclamé con íntima alegría:

--Arruinado tal vez ¡pero deshonrado, no!

Aquel amigo me miró con sorpresa, y me costó no poco trabajo evadir una explicación. ¿En este gozo no entraría por algo el amor propio satisfecho? Casi seguro. No me doy por santo y sé que ni los santos pueden prescindir enteramente del amor de sí mismos. Por último, al regreso de Hamburgo en cierto viaje, hallé en Barcelona una carta que me esperaba hacía algunos días. Era de Martí, aunque escrita por otra mano. Me decía que se encontraba bastante enfermo y agobiado de disgustos, y me invitaba con frases en extremo cariñosas a que le hiciese una visita, en el caso de serme posible. No explicaba sus pesares ni aludía tampoco al desabrimiento que habíamos tenido, quizá por no iniciar al amanuense en estos secretos; pero toda la carta respiraba vivo deseo de congradarse conmigo y hacerme olvidar la triste salida de su casa.

Inmediatamente tomé el tren de Valencia. Entré en esta ciudad anocheciendo, al año y tres meses de haber salido. Me alojé en el hotel que solía. Su huésped me recibió con muestras de afecto y me enteró, sin que yo se lo pidiese, de muchos pormenores del pleito entre Castell y Martí. Este se hallaba arruinado. Había perdido la participación que tenía en la línea de vapores, con la cual se había quedado su socio. Conseguido esto, como aún no quedase resarcido del capital prestado, Castell traspasó los restantes créditos. Los tenedores le subastaron todas sus propiedades, incluso la del Cabañal y hasta la casa que habitaba en la calle del Mar.

--Con todo eso--terminó diciendo mi huésped--, si al cabo don Emilio gozase de salud, como es joven todavía, muy trabajador y tiene gran cabeza para los negocios, es fácil que se repusiera... Pero el pobre está muy malito... muy malito. Yo no le he visto hace tiempo, pero todos me dicen que su enfermedad es de muerte.

Aquellas palabras me causaron impresión dolorosa. Nos llamaron a comer; pero aunque me senté a la mesa, apenas pude tomar alimento. Salí después con intención de ir a casa de Martí, que habitaba en un cuarto alquilado de la calle de Caballeros. Antes de llegar me volví, temiendo molestarle a aquella hora o causarle una emoción que le impidiese descansar. Enderecé los pasos al domicilio de su cuñado Sabas, para que éste le preparase, o en todo caso me aconsejara lo más conveniente. Me recibió su regordeta esposa con la afabilidad de siempre, tan viva, tan dulce, tan activa. Su marido idolatrado había salido ya.

--Estará en casa de Emilio--dije como cosa natural.

--No lo creo--respondió vacilante--. Vaya usted al teatro... Acaso esté allí... Como el médico encontró hoy mejor a Emilio, dijo que iba a celebrarlo.

Se ruborizó al pronunciar estas palabras. No mostré sorpresa para no aumentar su confusión. Después de besar a los niños, mis antiguos amiguitos, me encaminé al teatro indicado en busca de su elegante papá.

Cuando entré ya había comenzado la representación. Alcé la cortina del salón de butacas y pasee una mirada escrutadora por todo el ámbito del coliseo. No tardé en divisarle allá en una de las plateas del proscenio. Estas plateas, lo mismo en provincias que en la capital, son el recinto sagrado donde irradia sus destellos lo más exquisito de las razas superiores en cada localidad. Acostumbrados a dictar leyes a la muchedumbre, los jóvenes que allí se reunen hablan, disputan, fuman, bostezan, firmemente convencidos de que no tienen deberes que cumplir hacia la horda de esclavos que escucha pacíficamente la representación desde las butacas. Viven solos como los dioses en la cima del Olimpo, con la conciencia gozosa de su perfección y de su fuerza; hacen muecas a los actores, dirigen requiebros a las actrices, y de vez en cuando hablan en voz alta con sus pares los de la platea de enfrente por encima del rebaño de los desheredados.

Sabas pertenecía a la casta de los dominadores, aunque su rostro no ofreciese los rasgos fisionómicos que la caracterizan: ni la carne blanda, ni la tez pálida, ni los labios caídos, signos de la vida regalada.

Aquel rostro atezado, curtido, a trechos despellejado, ofrecía un aspecto profundamente industrial. Nadie extrañaría que hubiese llegado aquella misma noche de Madagascar o de Java, después de enriquecerse en una explotación de cautchuc. Así debía de sospecharlo la contralto de la compañía (mucho más opulenta de carnes que de voz), a juzgar por la tímida admiración y el rubor con que acogía sus frases candentes cada vez que las necesidades escénicas la obligaban a aproximarse a la platea.

Me senté en una de las butacas de atrás y aguardé a que bajasen el telón. Confieso que más que lo que ocurría en la escena me interesó el idilio que se desarrollaba entre la platea y el escenario. Sabas, apoyando la mejilla en la palma de la mano con una languidez puramente oriental, clavaba su mirada de serpiente fascinadora en la contralto. Esta, acometida de un temblor irresistible, hacía esfuerzos por huir aquella mirada y alejarse. En vano. A su pesar le miraba también hasta en las escenas más culminantes y, contra lo que exigía el papel, se apartaba bruscamente del tenor en los dúos amorosos para meter sus espaldas turgentes por las narices de aquel hombre fascinador y tropical. Escuchaba con estremecimientos su palabra vibrante como el grito del desierto, esperando tal vez que concluyese por ofrecerle cincuenta elefantes, un collar de perlas y la cabeza de tres rajahs enemigos.