Part 15
De nada de esto quise enterarme. Alegre y chancero como nunca, comencé a partir los manjares y a distribuirlos, secundado por la niñera y el mozo del hotel que los había llevado. Con gran esfuerzo, y para no dejarme adivinar su disgusto, Cristina tomó algunos, muy pocos bocados. Doña Amparo tampoco comió mucho. Pero Julianita, la niñera y yo supimos cumplir con nuestro deber. Al terminar se destapó una botella de _champagne_. Entonces yo, poniéndome en pie, levantando a mi ahijada con un brazo y tomando en la otra una copa, exclamé:
--¡A la salud de Julianita! ¡A la salud de mi niña!
Acerqué primero la copa a su boquita de clavel, y después bebí el resto de un trago.
--Te he prometido un regalo para esta tarde y voy a cumplir la promesa. Te regalo esta alquería, de la cual has sido despojada. Para ti la he comprado hace unos días. Recíbela, hija mía, con este tierno beso que estampo en tu mejilla, y haga el cielo que en ella disfrutes días largos y felices.
Cristina se alzó de su asiento pálida y trémula.
--¡Ribot!... ¡No puede ser!--profirió con voz alterada.
--Ahí están la escritura de compra y la de donación--respondí presentándole los documentos.
--¡Pero mi hija no puede aceptar un sacrificio tan enorme!
--Tengo pocas necesidades y ningún pariente cercano. La ley me concede la facultad de elegir heredero... Ya está elegido--añadí poniendo la mano sobre la rizada cabecita de mí ahijada.
Quedó inmóvil, silenciosa, con la mirada clavada en el suelo. Al cabo salió de la glorieta sin despegar los labios y se encaminó hacia la casa. Yo la seguí de lejos, dejando el cuerpo inanimado de doña Amparo a los cuidados de la niñera y el mozo. Observé que aceleraba el paso. Cuando llegó a la puerta iba casi a la carrera. Se detuvo un instante, besó la pared y entró.
Sentí sus pasos al través de las estancias, oí sus exclamaciones de alegría y llegué a punto de verla entrar en su gabinete. Al tender la vista por él dejó escapar un grito y cayó de bruces y sollozando sobre el lecho de madera blanca. Me acerqué y le dije:
--Este gabinete guarda todavía entre sus paredes el perfume de una vida santa y tranquila. Los muebles que estaban diseminados por la ciudad y que nada decían a sus dueños, al verse otra vez juntos se sienten dichosos y le hablarán, Cristina, el lenguaje dulce y misterioso de los recuerdos. Me considero feliz al entregárselos, y más feliz aún de haber trabajado muchos días para que llegase este momento.
Se alzó del lecho y, tendiéndome una mano, me respondió con voz temblorosa:
--¡Gracias, Ribot! ¡Muchas gracias! Ha sido usted para nosotros un amigo fiel. Dios le pagará el bien que nos ha hecho, porque yo no puedo pagárselo.
Me sentí conmovido hasta el fondo del alma por aquellas sencillas palabras.
--Cristina--repliqué--, acepto el dictado que usted noblemente me otorga. He sido para usted y para Emilio un amigo leal; he velado por su honor y por sus intereses con incesante cuidado. Pero he velado con más diligencia aún sobre mis pensamientos, porque el pensamiento es inquieto y contra mi voluntad podría ir derecho a ofenderla a usted. Nada tengo que reprocharme. La he amado a usted siempre, como la amo ahora, con el respeto que se tiene a los seres divinos. Pero a despecho de mis esfuerzos por sofocarlo, levanta la cabeza en mi alma un anhelo y siento que no hallaré sosiego si no le dejo vivir o de una vez no le mato... Perdón, Cristina, por la pregunta que voy a hacerle... ¿No podré esperar que algún día me dé otro nombre que el de amigo?
Quedó grave y silenciosa, con la mirada fija en el suelo. Luego se sentó en una silla próxima a la mesilla de noche, apoyó el codo en ésta y la cabeza en la mano, y así permaneció en actitud reflexiva. Yo doblé la rodilla a su lado y esperé.
--Levántese, Ribot--dijo posando en mí una mirada triste y afectuosa--. Me causa pena y vergüenza ver a mis pies al hombre que ha endulzado los últimos instantes de mi marido, que ha sacrificado por mí su bienestar y por mi hija su fortuna. El corazón me dice que a este hombre no puedo negarle ni aun la existencia si me la pidiese. Pero ¿no piensa usted, Ribot, que hay algo entre nosotros que debe detenernos, algo que empañaría la dicha a que usted tiene derecho? Recuerde las circunstancias en que nos hemos conocido, examine los secretos impulsos que le han traído a esta tierra, los que usted ha sentido después, sus luchas interiores, sus pensamientos, sus dolores y alegrías durante los tres años y medio que acaban de transcurrir...... Y dígame francamente si no imagina que alguna vez la conciencia nos diría al oído que no habíamos procedido con toda delicadeza. Yo creo que sí; y como le conozco a usted bien, sé que bastaría para turbar la serenidad de su vida. Esto en cuanto a lo de adentro. En cuanto a lo de afuera, ¿no se le ocurre que al vernos unidos podría nacer en el mundo una infame sospecha que fuese a herir en su tumba a un ser querido?
Comprendí la verdad que encerraban aquellas palabras y sentí el corazón oprimido. Acudió el llanto a mis ojos. Me tapé la cara con las manos para ocultarlo.
--¡Cómo! ¿Llora usted, Ribot?--exclamó acercando su cabeza a la mía--. ¡No, por Dios!... No llore usted, amigo mío... Yo no tengo derecho a causarle la más insignificante pena... Estoy dispuesta a seguir su suerte, si usted quiere.
Hice signos negativos con la cabeza y respondí:
--Déjeme usted llorar un minuto. Esto pasará.
Corrieron mis lágrimas en abundancia. Al levantar la cabeza observé que también corrían por sus mejillas. Me puse en pie y, secándome con el pañuelo, le dije sonriendo:
--¿Lo ve usted? Ya pasó. La tristeza y yo nunca hemos sido amigos muy constantes.
Entonces me tomó las manos, las apretó con fuerza y, mirándome fijamente, exclamó:
--¡Y sin embargo, estoy persuadida de que no le haría a usted desgraciado! Después de mi marido, ningún hombre me ha inspirado una estimación y un afecto tan profundos.
--Esas nobles palabras--respondí conmovido--no sólo me dan fuerzas para vivir, sino para hallar la vida amable. Yo necesito poco para ser feliz, Cristina. Si tantas veces, reclinado en el puente de mi barco, me sentí dichoso contemplando el brillo de las estrellas, ¿por qué no he de serlo ahora mirando esos ojos tan dulces, tan francos, tan serenos? Dejeme usted verlos todos los días, y yo le prometo vivir siempre alegre y tranquilo.
[imagen: una barra decorativa]
XVIII
Cumpli la promesa. Mis días corren desde entonces felices y serenos. Fijé mi residencia en Alicante; pero paso larguísimas temporadas, casi la mitad del año, en Valencia. Y cuando aquí estoy, en casa de Cristina me consideran no como un amigo, sino como miembro de la familia. Ninguno deja de alegrarse cuando me ve llegar; pero sobre todo mi ahijada, una niña encantadora de cinco años, con tanta luz en los ojos como su madre. En cuanto siente mis pasos corre a mi encuentro gritando y saltando, se cuelga de mi cuello, me cubre de besos y me tira de la barba de un modo que a cualquiera haría saltar las lágrimas... de placer.
En este momento escucho su voz en la escalera:
--¡Tío Ribot! ¡Tío Ribot!
Mientras permanezco en Valencia, todas las mañanas viene a buscarme al hotel con su niñera. Salimos juntos; nos paseamos por la Glorieta y por las calles; entramos en las confiterías (Julianita las conoce todas mejor que el investigador de Hacienda) y compramos dulces; vamos al mercado de las flores y compramos flores. Y cuando suena la hora del almuerzo llegamos a casa cargados de cartuchos y ramos. La mamá sale a abrirnos. Sus ojos hermosos brillan de alegría y alguna vez se humedecen también de gratitud.
Nada más apetezco. Seguro del afecto de los seres que amo y de mi propia estimación, contemplo con calma el curso de las Horas divinas. La nieve cae lentamente sobre mi cabeza, pero no llega al corazón: Ni la pálida envidia ni el negro tedio penetran tampoco en él. Y si, como he oído repetidas veces a Castell, la vida no tiene sentido, yo estoy persuadido de que he sabido dárselo. Para mí tiene un sabor delicado, exquisito. Soy el artista de mi dicha: este pensamiento aumenta mi gozo.
Y cuando la muerte inexorable llame a mi puerta no tendrá que llamar dos veces. Con pie firme y corazón tranquilo saldré a su encuentro y le diré entregándole mi mano: «He cumplido con mi deber y he vivido feliz. A nadie he hecho daño. Ora me invites a un sueño dulce y eterno, ora a una nueva encarnación de la fuerza impalpable que me anima, nada temo. Aquí me tienes.»
¡Pero no, no es la muerte quien llama en este momento a mi puerta! Es la vida esplendorosa, inmortal, divina. Desde mi balcón abierto la siento y la veo. El sol nada en el firmamento y desparrama sus rayos por la huerta. Las flores brillan y exhalan su perfume. Esta luz y estos aromas me embriagan. Todo ríe, todo se agita, todo canta en el mundo que diviso desde mi balcón. Todo ríe, todo se agita, todo canta en el mundo mágico que he creado en mi pecho. Hermosa es la vida. Su soplo fecundo acaricia mis sienes. ¡Qué alegría en esta fresca mañana de primavera! Los pájaros entre el follaje cantan con voz melodiosa un gozoso concierto a los rayos del sol.
Pero yo no cambiaría por todas sus voces melodiosas la que ahora me llama impaciente desde la escalera.
--¡Tío Ribot, que te espero!
--Allá voy, hija mía, allá voy.
FIN
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Los errores corregidos por el transcriptor del texto electrónico:
más lúcido=> más lucido {pg 63}
perdón por haberles disgutado=> perdón por haberles disgustado {pg 70}
me dijo ríendo=> me dijo riendo {pg 77}
un cafe de la plaza=> un café de la plaza {pg 86}
nanifestó la hija=> manifestó la hija {pg 94}
para qua sea=> para que sea {pg 97}
ademas de aquella=> además de aquella {pg 106}
lenvantaba la cabeza=> levantaba la cabeza {pg 109}
imediatamente=> inmediatamente {pg 110}
fafricados de piedras=> fabricados de piedras {pg 112}
al través de sus grades brechas=> al través de sus grandes brechas {pg 112}
una fabrica=> una fábrica {pg 113}
jarmín y madreselva=> jazmín y madreselva {pg 114}
motañas=> montañas {pg 117}
dijo soriendo malignamente=> dijo sonriendo malignamente {pg 125}
que jamas podré olvidar=> que jamás podré olvidar {pg 129}
y a un pienso=> y aun pienso {pg 130}
no le intereba=> no le interesaba {pg 131}
Tenía vehemente deseos=> Tenía vehementes deseos {pg 137}
Emilió cerró al fin las=> Emilio cerró al fin las {pg 166}
ejecutó nna porción da maniobras=> ejecutó una porción de maniobras {pg 186}
la niña de brazos de la nobriza=> la niña de brazos de la nodriza {pg 195}
pudiera con el tiempo transformase en afecto=> pudiera con el tiempo transformarse en afecto {pg 200}
qne manifieste=> que manifieste {pg 202}
preminente=> prominente {pg 206}
a nigún amigo=> a ningún amigo {pg 226}
discurrrir acerca de=> discurrir acerca de {pg 232}
mis falcultades=> mis facultades {pg 237}
de alguuo que=> de alguno que {pg 237}
interrumpió ella inpetuosamente=> interrumpió ella impetuosamente {pg 240}
sería más edecuado=> sería más adecuado {pg 243}
peguntó tímidamente=> preguntó tímidamente {pg 253}
an varios como sus fisonomías. Por muy enmorado=> tan varios como sus fisonomías. Por muy enamorado {pg 262}
La virtosa Draudpadi=> La virtuosa Draudpadi {pg 265}
axclamó=> exclamó {pg 280}
no podía recrobrarse=> no podía recobrarse {pg 284}
para infundilrle aliento=> para infundirle aliento {pg 285}
teníamos s nuestro elegante tan satisfecho=> teníamos á nuestro elegante tan satisfecho {pg 285}
alegre y tanquilo=> alegre y tranquilo {pg 300}
tacita de caldo=> tácita de caldo {pg 287}