La aldea perdida Novela-poema de costumbres campesinas
Part 12
--Un deudo de tu valía no es importuno jamás. El libro que tenía en la mano puedo tomarlo y dejarlo cuando se me antoje; pero á ti, primo querido, sólo te tomo cuando te quieres dar... Leía en este momento los _Acarnianos_ de Aristófanes y me reía viendo de qué modo el poeta pinta á Pericles lanzando como Júpiter rayos y relámpagos que van á trastornar la Grecia. Ya Cratinos le llamaba humorísticamente «el padre de todos los dioses».
--Tú gozas siempre que encuentras alguna palabra contra el _Olímpico_. Me parece que llevas el odio demasiado lejos. Pericles, aunque disipó los tesoros de Atenas y contribuyó á su corrupción, me ha dicho el cura de la Pola que vivía con modestia y frugalidad, retirado de la sociedad, renunciando á los placeres; y que en los cargos que le confiaron mostró un desinterés y una probidad inalterables.
El capitán era también enemigo de Pericles. D. César había logrado arrastrar en su odio á todos sus parientes y amigos íntimos. Pero la disposición colérica en que ahora se hallaba le impulsó á llevar la contraria á su primo.
--¡Pura comedia!--exclamó éste exaltándose.--Su reserva, su exterior modesto y su andar pausado eran un papel aprendido y bien desempeñado para embaucar al pueblo de Atenas, á ese _Demos_ bobalicón que pinta Aristófanes en los _Caballeros_, como un viejo irascible y sordo que se deja conducir por los charlatanes... ¡Frugalidad!... ¡desprecio de los placeres!... ¡Que se lo pregunten á la milesiana Aspasia!... Pericles fué un corruptor en todos los órdenes, un tirano que saqueó indignamente á los aliados para recrear á los atenienses y tenerlos propicios... Ya sé... ¡ya sé!--añadió con voz sorda y temblorosa--que se ha dicho por ahí que yo era partidario de los _peloponesos_... ¡Es una vil calumnia! Jamás he pertenecido á la Liga ni tuve conatos de acercarme á ella. Yo no hubiera firmado la vergonzosa paz de Antálcidas aunque me cortasen la mano derecha... Puedes decírselo así al señor cura de la Pola que de poco tiempo á esta parte encuentra tan admirable á Esparta--añadió sarcásticamente.--Y puedes recordarle también las sangrientas palabras de Plutarco: «Por la batalla de Leuctres había perdido la preponderancia; mas por la paz de Antálcidas perdió el honor».
No quiso D. Félix llevar más adelante la contraria á su primo viéndole irritado. No tenía interés en ello porque era, como se ha dicho, más bien enemigo que amigo de Pericles, aunque sólo de oídas conociese al _Olímpico_. Sabía medianamente el latín y conocía un poco la historia de Roma, pero la de Grecia ni saludarla siquiera.
--Bueno, dejemos á los griegos y vengamos á los españoles. Yo tenía que consultar contigo un asunto y para eso he subido hasta aquí.
D. César se serenó de pronto. Era el hombre más apacible de la tierra siempre que no se tocase á su enemigo.
--¡Me gusta tu franqueza!--exclamó riendo.--No puedes negar que eres un veterano de la Independencia. Tienes la misma pasta que los vencedores de Maratón y de Platea. Mas por Júpiter, que no te dejo hablar otra palabra si no consientes en reposar un poco el calor y tomar algún corto refrigerio.
Cedió de buen grado D. Félix, porque se hallaba un poco cansado y hambriento. El señor de las Matas llamó con las palmas de la mano. No tardó en presentarse una zagala, ni hermosa ni limpia, que le servía para aderezarle la comida, cuidar y ordeñar su única vaca, llevar el rocín á beber y darle pienso, etc., etc. Porque nuestro hidalgo no tenía otro servidor. La huerta y la pomarada él las cuidaba con sus propias helénicas manos. Cuando necesitaba ayuda se la pedía á algún vecino que por corto estipendio, y á veces sin él, se la prestaba.
Por eso la sala en que ahora estaba leyendo dejaba mucho que desear en cuanto al aseo. Los muebles antiquísimos y polvorientos, el suelo desigual y polvoriento, los libros rugosos y polvorientos también. Poseía D. César un número considerable de volúmenes, aunque ninguno había salido de los tórculos menos de dos siglos antes. Pero nuestro hidalgo los amaba como si se hallasen en la frescura de su juventud.
Tardó poco la mozuela, que no se llamaba Amarilis, ni Mirtale sino Pepa, en traer un tarro de miel, un queso, pan moreno de la tierra y vino de Castilla. La miel era de las colmenas que cerca de la casa poseía D. César. Éste sostenía que era más dulce y más fragante que la del Himeto, cosa que nadie se cuidaba de poner en duda en Laviana.
Cuando el capitán hubo comido según sus deseos, que ya los tenía vivos, su primo le ayudó á beber la botella de vino blanco de la Nava, no sin antes dejar caer algunas gotas al suelo en honor de los dioses. Era su costumbre siempre que libaba. Sorprendía un poco á los que con él se hallaban; pero D. César nunca dió explicación de este proceder, quizá por temor de que lo echasen á broma, quizá también por el desprecio real que sentía hacia los bárbaros.
Salieron por fin de casa y entraron en la huerta. Allí tuvo ocasión una vez más D. Félix de admirar la habilidad y profundos conocimientos de su primo en materia de horticultura. ¡Qué orden! ¡qué cuadros de coles rozagantes y frescos! ¡qué esparraguera deleitosa! ¡qué primor de albaricoqueros y cerezos colocados en espalera! No se hartaba el buen capitán de examinarlo todo y de hacer preguntas y preguntas, aspirando con ansia á penetrarse de aquel arte supremo, pero bien persuadido de que jamás lo lograría. Respondía el señor de las Matas con amable condescendencia y la misma convicción. Porque sabido de antiguo tenía que su primo era un excelente ganadero, pero nada más que mediano hortelano.
De la huerta pasaron á la pomarada y aún fué mayor la alegría y la admiración de D. Félix al verse entre aquellos manzanos tan finos y peinados como elegantes damiselas. No eran como los suyos enormes, frondosos; pero en cambio soportaban en cada rama cuantas manzanas podían, y éstas eran más fragantes y azucaradas. D. César los trataba con una severidad inflexible que pasmaba á su primo. Les exigía siempre la misma ó mayor cantidad de fruto; y si alguno se descuidaba ó se mostraba reacio, concluía por arrancarlo de cuajo y plantar otro en su lugar.
Subieron á lo más alto de la finca. En aquel paraje había construído D. César un templete circular sostenido por columnas. No eran éstas de mármol desgraciadamente porque los recursos del hidalgo no lo consentían, pero estaban enjalbegadas primorosamente y de lejos producían el mismo efecto. Desde aquel templete abierto se disfrutaba una vista deleitosa. Un gran círculo de colinas y montañas. Desparramados sobre sus faldas multitud de caseríos. En lo más alto á la izquierda la gran Peña-Mea. En el fondo á la derecha el pueblecito de Villoria, un grupo de casas blancas donde se destacaba la iglesia y el oscuro palacio medio derruído de los marqueses de Camposagrado.
Cuando se hubieron sentado en los toscos sillones que allí había, el capitán expuso á su primo el objeto de su visita. Quedó pensativo D. César algunos momentos. Al cabo profirió con su majestad acostumbrada:
--Nada hay para el hombre más pesado que advertir cómo le arrebatan cuando menos lo imagina aquellos bienes que constituyen su dicha, el único recreo de sus días. No dudo, primo querido, que será para ti asaz doloroso verte privado de esa hermosa finca donde tenías puestos tus amores, donde jugaste de niño, donde reposas de viejo, donde los árboles que tu mano ha plantado se yerguen soberbios en el espacio, y las reses que tú criaste pacen con sosiego sus hierbas aromáticas... Pero ésta es la ley fatal del Universo. Nada hay estable en él. Un fuego esparcido por la naturaleza lo consume y lo renueva sin cesar. «Todo corre, todo marcha, nada se detiene--dice Heráclito.--No se baja dos veces por el mismo río.» En vano es que nuestras débiles manos quieran detener la rueda de la vida. Pasaron los griegos, pasaron los romanos y pasaremos nosotros... Hace ya tiempo que siento el ruido de la ola que nos ha de arrebatar. Desde que comenzó la explotación de las minas de Langreo comprendí que nuestra vida patriarcal, nuestras costumbres sencillas iban á fenecer. Y en efecto, amado primo, te lo diré con franqueza: ¡Demetria ha muerto!...
--¿Cómo que ha muerto?--exclamó el capitán alzándose con su acostumbrada presteza y dirigiendo á su primo una mirada de consternación.--Ayer la he visto buena y sana...
--No, no es la hermosa zagala de Canzana por quien tú te interesas la que ha muerto--repuso D. César con sonrisa benévola.--Es la gloriosa Demetria, la diosa de la agricultura, la diosa que alimenta, como la llama Homero... ésa que vosotros los latinistas llamáis Ceres--añadió con cierta inflexión desdeñosa. Demetria ha muerto y se prepara el advenimiento de un nuevo reinado, el reinado de Plutón. Saludémosle con respeto, ya que no con amor... ¡Con amor no! Yo no puedo amar á ese dios subterráneo que ennegrece los rostros y no pocas veces también las conciencias. La Arcadia ha concluído. Esta raza sencilla y belicosa de nuestros campos desaparecerá en breve y será sustituída por otra criada en el amor de las riquezas y en el orgullo. ¡Ya conozco esa raza! Las pocas veces que algún negocio me lleva á Oviedo, al atravesar la comarca de Langreo, mi pantalón de trabillas, mi frac, mi sombrero de felpa y el pobre rucio que monto excitan la risa de aquellos ricos mineros. Desde sus viviendas suntuosas unos hombres de la nada, hijos de labriegos y menestrales, me señalan con el dedo á sus vecinos haciendo escarnio de mi figura y mi pobreza. ¡Qué vamos á hacer! La lucha es imposible, amado primo. Á la aristocracia sucede la plutocracia. Pero ésta pasará también, consolémonos con ello. Sufre, pues, con paciencia que profanen tu hermoso asilo. Eurípides lo ha dicho: «Contra el destino y la necesidad no existe refugio».
--¡Pero contra los bandidos y canallas existen los trabucos, y yo tengo en mi casa algunos cargados hasta la boca!--exclamó exasperado el capitán.
No fué posible convencerle. El Sr. de las Matas se esforzó en vano en traerle á la razón representándole la inutilidad y los peligros de cualquier oposición. Á todo respondía con palabras descompuestas y furiosas, agitado por un frenesí de cólera que no le permitía ni ver claro ni hablar con coherencia. Por último, se despidió, dejando á su primo inquieto y melancólico, y emprendió la vuelta de Entralgo en un estado de exaltación que no predecía nada bueno.
El mísero Talín volvió á sus inquietudes no tanto por advertir la excitación de su amo como por la necesidad de pasar nuevamente por Villoria. Y en efecto, aunque procuró refugiarse entre las piernas de aquél al cruzar por delante del palacio del marqués, no le valió. El perro del mayordomo cayó sobre él con tal ímpetu que á poco le descuartiza. Gracias á que D. Félix le socorrió prontamente descargando recios garrotazos en el lomo del pirata, logró escapar de sus garras. Y cuando salieron del pueblo por largo trecho el buen Talín fué resoplando unas veces, otras gimiendo, otras blasfemando en un estado de agitación sólo comparable al de su dueño.
El sol declinaba. El camino, más fresco y más umbrío que antes, el aire embalsamado con los aromas del campo, el dulce murmullo del río no lograban calmar á nuestro hidalgo. Pero al revolver de una de las sinuosidades de la cañada vió de pronto el rostro mofletudo de D. Prisco y súbito descendió la calma á su espíritu. Siempre le acaecía lo mismo. La cara del párroco de Entralgo, sin saber por qué, ejercía un efecto sedante bien definido sobre sus nervios. Venía éste caballero en un rucio matalón enjaezado con albarda.
--¿Hacia dónde caminamos, D. Prisco?--preguntó ya alegremente el capitán teniendo del ramal al burro.
--Villoria--manifestó aquél con su acostumbrado laconismo.
--¿Va usted á dormir allá?
--Sí. El cura está enfermo. Mañana San Roque.
--¡Ah, no recordaba! Cierto, cierto... mañana San Roque... ¿De modo que hoy no podemos echarla?
--Aguardando toda la tarde.
--Sí, sí... lo creo... No me fué posible. Tuve que hacer una visita á mi primo César--manifestó D. Félix poniéndose de nuevo sombrío.
--Si usted quiere... Aquí traigo baraja--gruñó don Prisco llevando la mano con vacilación á las alforjas.
--¡Hombre, bien!--exclamó el capitán tornando á serenarse.--Es una buena idea... Tres jueguecitos nada más, ¿verdad?
--Nada más--masculló el cura.
Echóse un poco hacia atrás éste hasta quedar sentado sobre el trasero del borrico, dejando un buen pedazo de albarda al descubierto. Y sobre este pedazo á guisa de mesa colocaron la baraja y comenzaron su brisca, D. Prisco montado, el capitán en pie con los codos apoyados sobre la montura.
Después de los tres juegos echaron otros tres y después otros tres... Otros tres en seguida... Hasta que la noche los sorprendió en tan interesante situación. Cuando ya no vieron las cartas las soltaron y se despidieron hasta el día siguiente.
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La torga.
En los días siguientes la cólera del capitán en vez de calmarse se fué exacerbando de un modo imponente. No hablaba de otra cosa. El día y la noche se los pasaba vociferando contra los mineros y especuladores, jurando, amenazando. «Que siga, que siga ese expediente de expropiación forzosa. Cuando llegue el momento de que alguno de esos canallas ponga el pie en Cerezangos, ya verá cómo se le recibe.» Y ya tenía formado su plan estratégico y distribuídas las fuerzas: Linón y Celesto en lo cimero del prado; él con Manolete en lo fondero; los dos criados pastores en el centro como fuerza de reserva. Todos los vecinos de Entralgo estaban inquietos, sacudían la cabeza con tristeza vaticinando una catástrofe. Porque todos conocían el carácter violento, arrebatado del capitán. No dudaban que, exasperado como estaba, pudiera cometer una acción que ocasionase su ruina.
La Providencia no quiso que un tan bravo caballero fuese á morir en una cárcel. Se encargó de sacarle aquella espina del corazón con otra mayor. Tres días después de la visita á D. César recibió carta de su cuñada Beatriz en que le noticiaba que su hija María había sufrido un vómito de sangre. El médico no le había concedido gran importancia, pero sí había manifestado que urgía llevarla á Panticosa á tomar sus aguas salutíferas. Esperaban por él para acompañarla. Aquella noticia desgarró su corazón. «¡Sí, sí; como su madre, como su hermano!» El buen hidalgo sollozó cual si ya la hubiese perdido. Arregló su equipaje con presteza, dejó encargo á Regalado para que lo enviase á Oviedo en un mulo, y montando á caballo partió él delante acompañado de su criado Manolete.
La nueva causó en la aldea dolor. Todos amaban á aquella familia y deploraban que D. Félix quedase á su edad enteramente solo y su noble casa sin herederos. Se habían forjado la ilusión de que la señorita María casase con algún caballero de Oviedo ó Gijón y viniese á establecerse á Entralgo y lo alegrase con tertulias y fiestas á que era tan inclinada. Pasados algunos días, el suceso trascendió á todo el concejo y llegó á oídos de Flora que habitaba con sus abuelos un molino apartado un tiro de carabina del pueblo de Lorío. Y así como lo supo quiso hacer una visita á su amiga D.ª Robustiana y enterarse de si era tan grave la enfermedad como la pintaban. Una tarde, después de comer y haber terminado con todos los menesteres de la casa, se encaminó á pie hacia Entralgo. Encontró al ama de gobierno muy afligida y se enteró de que D. Félix había salido ya de Oviedo para Panticosa con la señorita María. La buena de D.ª Robustiana, como los demás vecinos, tampoco concebía grandes esperanzas: pensaba que la señorita estaba herida de muerte. Cuando hubieron charlado largamente, Flora se despidió de ella prodigándole cuantos consuelos pudo. La mayordoma quería que se quedase unos días en Entralgo, pero la joven le hizo presente que el lunes era día de colada ó lavado en su casa y no podía aceptar la invitación. Le prometió, sin embargo, venir pronto á acompañarla.
Al salir Flora tropezó reunidas más allá del Barrero, en el camino que domina la vega, á las tres _sabias_ del lugar, la tía Jeroma, madre del glorioso Bartolo, Elisa y la vieja Rosenda. Departían según su costumbre, fumando cigarrillos envueltos en hojas de maíz y sentadas en el suelo orilla del camino. Al verla se alzaron muy solícitas y le hablaron con agasajo inusitado. Se enteraron de las noticias que había de D. Félix y su hija y las comentaron largamente, con la garrulería bien sabida de las comadres. Flora se despidió al cabo. Cuando se hubo apartado unos pasos Elisa la llamó.
--Florita.
--¿Qué decías?
--¿Ves esa hermosa tierra que tanto produce?--manifestó con sonrisa maliciosa apuntando á la Vega sembrada de maíz que se extendía debajo del camino.--Pues más tarde ó más temprano será tuya.
--¿Mía?
--Sí, tuya... Y cuando lo sea, acuérdate de estas pobrecitas amigas y no les subas la renta.
Las otras dos mujerucas le clavaban igualmente sus ojos sonrientes, maliciosos.
Flora entendió y una ola de sangre le subió al rostro y le apretó la garganta. Ella, tan charlatana, no pudo proferir una palabra. Volvióse rápidamente y se alejó á paso vivo.
El rubor no la dejó en todo el camino. Marchaba en un estado de confusión y vergüenza que la impedía ver el suelo que pisaba. De vez en cuando sus labios se movían murmurando:
--¡Qué brujas, Dios mío, qué brujas!
Pero debajo de aquella vergüenza latía un pensamiento dulce más vergonzoso aún. Y Flora, que era una excelente muchacha, hacía esfuerzos inútiles por sofocarlo, por volverlo al infierno, de donde sin duda había salido.
Era sábado. Á la noche, luego que hubieron cenado, se puso á limpiar y frotar los utensilios de la cocina mientras su abuela devanaba en el argadillo algunas madejas de hilo y su abuelo componía una nasa de mimbre para pescar truchas en la presa del molino. Éste se componía de cuatro estancias separadas por tabiques de varas de avellano entrelazadas y recubiertas de cal y arena; una mucho más grande que las otras, donde rodaban las tres muelas dentro de sendos cajones de madera; la cocina, de menor tamaño, pero también grande, y dos pequeños dormitorios. En la ventanita de uno de ellos, el destinado á Flora, sonó un golpe. Levantaron los tres la cabeza con sorpresa, pero observando que no repetían, la bajaron otra vez. Imaginaron que sería el viento. Al cabo de un rato sonó otro golpe. Entonces Flora se dirigió resuelta á su cuarto y preguntó:
--¿Quién anda ahí?
--Soy yo, Flora--respondió la voz de Jacinto de Fresnedo.--¿Puedes abrir?
La joven tardó unos instantes en contestar como si vacilara.
--Perdona, Jacinto. Nos íbamos en este momento á acostar, porque ya es un poco tarde.
--¡Niña!--exclamó desde la cocina el abuelo.--Eso no está puesto en razón. En mi tiempo nunca se dejó marchar á un mozo que viene de lejos sin convidarle á descansar. Abre á ese muchacho.
Flora atravesó la estancia de los molares y abrió la puerta que se hallaba en el fondo. Jacinto tardó unos segundos en acudir porque tuvo que dar la vuelta al edificio. Flora le condujo sin despegar los labios á la cocina.
--Santas noches, tía Blasa. Dios le guarde, tío Lalo.
Los viejos recibieron con agrado al joven porque les gustaba y tenían en estima á su familia. Se informaron de ella con interés: también del ganado. Jacinto les notició que la Pinta había parido hacía tres días un jato. El tío Lalo torció el hocico: aquella vaca no les daba más que becerros.
--Es verdad--repuso Jacinto,--pero en cambio la Morica ya nos dió tres jatas seguidas y váyase lo uno por lo otro.
El joven se sentó enfrente de los viejos al otro extremo de la cocina en una tajuela dejando en el medio el lar sobre el cual ya no había fuego. Flora después de vacilar un poco vino á sentarse á su lado.
--¿Habéis metido ya toda la yerba en la tenada?--preguntó el tío Lalo.
--Está toda dentro desde el miércoles.
--¿Mucha?
--Poca, poca. Nuestro terreno es de secano y este año ha caído poca agua.
--Verdad. Pero en ese terreno cunde mejor la avellana que en el nuestro. Estoy en fe que tu padre no apañó menos este año de diez ó doce cargas.
--Diga usted quince, tío Lalo, y dirá la verdad--replicó el chico sonriendo triunfalmente.
--¡Lo ves tú!
El tío Lalo se puso á loar las tierras de secano por lo mismo que las suyas eran de regadio.
Al cabo, observando que Jacinto tenía deseos de hablar aparte con Flora, cerró la boca y siguió componiendo la nasa mientras la abuela hacía rodar el argadillo también en silencio.
El mozo de Fresnedo murmuró algunas frases al oído de la joven con su timidez acostumbrada. Flora le respondió con displicencia, con mayor displicencia de la que solía usar con él, aunque siempre había usado bastante. Jacinto quedó confuso. Tornó á hablarle y ella á responderle con igual aspereza. Entonces permaneció silencioso. Al cabo de algunos momentos Flora le interpeló con violencia acerca de su visita nocturna en Entralgo. Aquello estaba muy mal hecho. Debía de comprender que no hallándose en su casa era indecente el ir á llamar de noche al balcón de su cuarto. D. Félix lo había oído y salió pensando que era un ladrón. Todos en la casa se levantaron; un verdadero escándalo. Aquello no se lo perdonaba.
Jacinto oyó la filípica estupefacto. Negó rotundamente que hubiera estado en Entralgo ni menos que se hubiera atrevido á llamar en el balcón de su cuarto. Flora no quiso creerlo. Sin embargo, tanto juró y perjuró y tan sofocado se puso que la irritada zagala no pudo menos de rendirse al calor de sus palabras, aunque quedándole todavía alguna duda. Guardaron silencio prolongado. Jacinto con la cabeza baja y el semblante triste jugaba con su garrote esparciendo las cenizas del lar. Flora con la cabeza baja también y el rostro ceñudo enredaba con su delantal haciéndole pliegues. Al cabo de largo rato, sin levantar los ojos y conmovido, habló el mancebo de este modo:
--Bien lo veo, Flora; bien lo veo hace tiempo. Para ti yo no soy nada; soy menos que una castaña pilonga ó que una cereza negra. Por más que trabajo para darte gusto, para que me mires con algún apego, no puedo, en verdad, lograrlo. Ni te agrada ninguna de mis palabras ni reparas siquiera en las penas que por ti estoy pasando. Si te digo algo de lo que aquí dentro del pecho tengo, sueltas á reir como una loca y cambias en seguida la conversación. Si me ves con claveles prendidos á la montera (que sólo para ti los prendo yo), entornas los ojos á otro lado como si no quisieras verlos porque yo no te los ofrezca. Si te traigo de la romería rosquillas no las quieres; si te doy un puñado de avellanas las tomas por compromiso, cascas una entre los dientes y das las otras á las amigas... En fin, que mi persona te apesta y mis palabras te cansan, más que el chillar de un carro... Si quieres que no venga más por aquí dílo de una vez y no volveré. Ni me verás más en las romerías á tu lado, ni te sacaré á bailar, ni volveré á plantar el ramo delante de tu ventana la noche de San Juan... Y si también lo mandas no volveré á decirte siquiera ¡adiós, Flora! cuando pases á mi vera. Pasaré cerca de ti como si no te conociese, aunque el corazón me quiera salir por la boca. Ni sufrirás tampoco mucho tiempo la pena de encontrarme por esta tierra. Allá en la Habana tengo un tío que es hermano de mi madre y que ya escribió muchas veces para que fuese con él alguno de nosotros. Pues bien, en el mes de Octubre, después que ayude á mi padre á cortar el maíz y sacudir la castaña, me embarcaré en Gijón y no me verás más... ¡nunca más!... El pobre Jacinto allá morirá solo y sin consuelo... Tú cásate, cásate, Flora, cásate con un mozo más guapo, más rico que yo, y que Dios te haga con él muy feliz... Pero cuando vayas á la iglesia y te arrodilles delante del Cristo de la Misericordia, acuérdate del pobre Jacinto que tanto te quiso y reza por su alma un padrenuestro...