La aldea perdida Novela-poema de costumbres campesinas

Part 13

Chapter 134,021 wordsPublic domain

Al pronunciar las últimas palabras se le anudó la voz en la garganta al mancebo, las lágrimas saltaron á sus ojos y trató de levantarse para marchar. Pero Flora le detuvo tirándole por la manga de la camisa. También ella estaba llorando.

--No, Jacinto, no soy tan dura como piensas--articuló quedo y con trabajo.--Mi corazón no es de piedra, pero soy rapaza todavía y no sé bien lo que hago. Sin querer te habré ofendido más de una vez, y si es así, perdóname. Si tú me quieres como dices, yo nunca dejé tampoco de quererte... Pero las mozas no podemos decir lo que nos pasa aquí dentro del pecho como vosotros... Ni está bien que lo digamos; tú bien lo sabes. La vergüenza nos traba la lengua y el miedo á que os riais de nosotras nos hace ariscas aunque estemos por dentro más derretidas que una manteca... No llores, Jacinto, no llores, porque me partes el alma... Vive seguro de que si algún mozo logró hasta ahora que le tuviese ley fuiste tú. Te lo juro por esta cruz bendita...

Y al decir esto Flora besó conmovida sus propios dedos que había puesto en cruz.

Jacinto vió de repente todos los ángeles y arcángeles, serafines y querubines, tronos y dominaciones del cielo. Y viéndolos desfilar tan hermosos, tan brillantes y risueños, permaneció atónito, arrobado con tal expresión de estúpido embeleso, que si Flora no estuviese tan conmovida y hubiese vuelto hacia él su rostro, le suelta sin remedio una carcajada.

--¿Quieres más, zarramplín, quieres más?--exclamó ella al cabo de un rato entre risueña é irritada limpiándose con el delantal las lágrimas que corrían de sus ojos.--¡Ya me sacaste del alma lo que tenía allí guardado, gran zorro!

Y al mismo tiempo le aplicó en el brazo un soberano pellizco. Jacinto lo recibió con más gusto que si todos aquellos ángeles y serafines que veía cruzar radiantes le hubiesen besado en la mejilla. Pero aún estuvo algunos momentos sin poder articular una palabra. Al fin se les desató á ambos la lengua. Ella, vencida ya aquella vergüenza que la obligaba á parecer desdeñosa, mostró en seguida la travesura y alegría de su genio. Él tardó más tiempo en recobrarse y nunca se recobró del todo porque su timidez era congénita.

--¿Cómo has venido esta noche por acá?--le preguntaba ella.--Yo pensé que estarías en la lumbrada de la Pola.

--Ya sabes que no me gustan las lumbradas.

--No digas eso: dí que te tiraba más la querencia hacia Lorío, aunque sea mentira--replicaba ella clavándole una mirada enloquecedora.

--¡Oh, no es mentira!

--Sí, es mentira, embustero, es mentira... ¿Ves cómo te pones colorado?... ¡Porque es mentira!

Y al mismo tiempo le propinaba otro bárbaro pellizco que el bienaventurado Jacinto recibía con el mismo éxtasis y recogimiento.

--¿Viniste por Entralgo?

--No, vine por el monte á caer sobre Rivota.

--Has hecho bien, porque podías tropezar con los mozos de este pueblo que son muy burros.

El joven se encogió de hombros con profundo desprecio.

--Los mozos de Lorío no me hacen á mí daño. Ya sabes que los de Fresnedo estamos apartados hace tiempo de toda bulla.

--¡No te fíes, son muy burros!

Apuntada por segunda vez esta opinión tan poco favorable al desenvolvimiento psíquico de sus compatriotas y contraria enteramente á la ley de la evolución, Flora se creyó en el caso de dar otro pellizco á Jacinto, aunque más suave que los anteriores, y decirle que era un grandísimo cazurro y que hiciese el favor de no provocarla más. Jacinto no sospechaba que la hubiese provocado, pero lo dió por bueno y sonrió con toda la malicia de que era capaz, que no era mucha. Visto lo cual Flora persistió en tomar venganza de sus zorrerías, pellizcándole sin piedad y dándole fuertes empujones que le hacían tambalearse en la tajuela.

Los viejos mientras tanto silenciosos proseguían su obra, pero el sueño empezaba á acometerles y daban alguna que otra cabezada. La acequia que corría por debajo del molino con su murmullo sordo y el ruido monótono que hacían los molares de piedra al rodar en los cajones convidaban á dormir. La charla de los jóvenes en voz baja era cada vez más íntima.

Un gato gris con rayas amarillas comenzó á restregarse contra las faldas de Flora y concluyó por saltar á su regazo. La joven le acarició distraídamente pasándole suavemente la mano por el lomo. Mas he aquí que Jacinto, acometido de súbita ternura por el animalito, quiere también acariciarle, pero se equivoca, y en vez de pasar la mano por su lomo, la pasa por la de Flora. No hay para qué añadir que esta equivocación lamentable le costó un buen zurriagazo.

La noche avanzaba y el mozo de Fresnedo, que antes había mostrado tal prisa de marcharse, ahora estaba pegado con pez á la tajuela. Flora, viendo que sus abuelos daban cada vez más frecuentes y más largas cabezadas le insinuó la idea de que se fuese, pero él se hizo el sueco. Al poco rato tornó á insinuárselo de un modo más perentorio. Á otra puerta. Jacinto siguió incrustado en el asiento como si allí hubiera nacido y criádose. Pasaron algunos minutos más, y observando que el tío Lalo estaba ya dormido con las narices sobre la nasa y á la tía Blasa se le había caído el ovillo, le dijo con impaciencia:

--¡Rapaz, márchate ya!

Y al mismo tiempo le dió un fuerte empujón que le hizo perder el equilibrio y caer con la tajuela. ¡Qué risa la de Flora! ¡Qué risa la de Jacinto! Al ruido se despertaron los viejos, los miraron con asombro y prosiguieron su tarea. Naturalmente, era necesario otro cuarto de hora para celebrar la ocurrencia; y así se cumplió á la letra.

--Vaya, vaya, ya estás aquí de más, Jacinto--dijo al cabo ella haciendo esfuerzos inútiles por ponerse seria.--Si no te vas en seguida te restrego la cara con ceniza.

¡Ca! No haría ella eso: no se atrevería á tanto.

--¿Que no me atrevo? ¡Ahora verás!

Y tomando un puñado de ceniza se lo arrojó á la cara. Jacinto comenzó á toser y estornudar porque se le había metido por boca y narices. Y venga de sacudirse con el pañuelo y venga de reir á carcajadas uno y otro. Con esto levantaron de nuevo la cabeza los viejos más atónitos que antes. Y ¡claro! fué necesario otro cuarto de hora para celebrar tan peregrina bromita.

Mas al fin ¡oh dolor! no hubo más remedio que levantarse. Jacinto lo hizo con todas las precauciones imaginables como si se hallase atacado de un reuma agudo y no pudiese soportar el más leve movimiento. Despidióse de los abuelos que medio dormidos le dieron las buenas noches y muchas memorias para sus padres. Flora desprendió el candil que colgaba de la campana de la chimenea y le acompañó hasta la puerta. Una vez allí le invitó á que tuviese un momento la luz mientras ella iba á su cuarto por un recado. Al instante volvió y con mano temblorosa, esforzándose en aparecer severa, le colgó de los botones de plata del chaleco los cordones con herretes de su justillo.

--Para que los luzcas mañana en la romería de Nuestra Señora del Otero--le dijo bajito, muy bajito.

Y no pudiendo soportar la vergüenza dió un soplo al candil, un empellón á Jacinto y atrancó la puerta apresuradamente. El mozo de Fresnedo tornó á ver las visiones de antes, pero mucho más brillantes, mucho más deslumbradoras. Y como estaba deslumbrado comenzó á marchar trompicando por el camino pedregoso en dirección á su pueblo.

Los viejos se habían ido á la cama. Flora hizo lo mismo. Pero antes abrió la ventana de su cuarto porque se hallaba harto sofocada. Miró al valle. ¡Qué hermoso estaba, bañado por la dulce claridad de la luna! La presa del molino como una cinta retorcida de plata corría hacia el río entre dos filas de avellanos. Jirones de tenue niebla colgaban de la punta de los altos olmos y abedules. Miró al cielo. ¡Cómo brillaba la luna allá en lo alto, serena, majestuosa! ¡Qué guiños maliciosos le hacían las estrellitas azuladas!

¡Faunos, ninfas y amores que la vísteis desde la pomarada de D. Félix, venid ahora! ¡Venid á contemplar el rostro de Flora encendido en pura grana!

Allá se oía el ruido de los zapatos claveteados de Jacinto que se alejaba. La voz del mozo rompió el silencio de la noche cantando:

_¡Ay, que su amigo la espera!_ _¡Ay, que su amigo la aguarda!_ _Al pie de una fuente fría,_ _al pie de una fuente clara._

Una sonrisa divina iluminó el semblante de la niña y cantó también muy quedo siguiendo el romance:

_Que por el oro corría,_ _que por el oro manaba._

Dejaron de sonar los pasos del joven. Su voz se fué perdiendo en las encrucijadas del camino. Flora permaneció todavía algunos instantes á la ventana pensativa y sonriente. Al fin la cerró, se desnudo á toda prisa y se metió en la cama. Murmuró sin dejar de sonreir las oraciones acostumbradas, y sonriente, siempre sonriente, se quedó dormida. ¡Ah, si supiera!...

Jacinto marchaba con paso ligero hacia Fresnedo por el camino llano de Entralgo, en vez de tornar por el monte como había venido. Era más largo, pero no tenía prisa de llegar á casa. Su corazón necesitaba narrar su dicha á los árboles y al río, al valle y á los montes, á la luna y á las estrellas. Y como adivinaba que la tarea iba á ser larga, procuró dar un rodeo para ganar tiempo. Marchaba cantando, y mientras cantaba iba recordando y mientras recordaba iba soñando despierto.

Antes de llegar á Rivota, en un recodo del camino sombrío y temeroso oyó una voz que gritó:

--¡Alto!

Y á pocos pasos delante de sí distinguió los bultos de unos cuantos mozos que sin duda venían de la lumbrada del Otero.

--¿Quién me da el alto?--preguntó con arrogancia el joven.

--Yo soy Jacinto, yo soy--respondió la voz de Toribión de Lorío con la misma altivez.

--¿Y qué me quieres, dí?

--Quiero que grites «¡viva Lorío!» ó que pagues el portazgo.

--Ni yo grito viva Lorío ni tú eres capaz de hacerme pagar el portazgo--replicó el mozo dando un paso atrás y blandiendo su garrote.

--Ahora lo veremos--rugió Toribión lanzándose sobre él.

Chasquearon los garrotes. Jacinto resistió briosamente el ímpetu de aquel coloso, y esquivando con destreza sus golpes pudo alcanzarle con más de un garrotazo. Pero los amigos que con él venían le secundaron innoblemente. Todos alzaron los palos. En vano brincando hacia atrás con increíble ligereza y haciendo molinete con su palo se defendía de la lluvia de golpes. Al fin se vió perdido y comprendió que era necesario volver la espalda y huir; mas al hacerlo se vió sujeto por las manos de un mozo que cautelosamente y aprovechando la oscuridad se había deslizado hasta ponerse detrás. Otras manos cayeron sobre él al instante y le aprisionaron. Le arrancaron el palo y con él, para más ignominia, le sacudieron las costillas.

--¿Qué hacemos ahora?--preguntó al cabo Toribión.--¿Le dejamos marchar?

--No; debemos torgarlo para que no vuelva á cortejar fuera de su quintana--manifestó un mozo que había rondado á Flora algún tiempo sin resultado.--Los otros tres (pues eran tres los que acompañaban á Toribio) quisieron oponerse. Sin embargo, Toribión se puso de parte del primero.

--¡Á torgarlo! ¡á torgarlo!--exclamó soltando bárbaras carcajadas.--Que vaya á contar á los de Villoria cómo tratamos á los que no quieren gritar «viva Lorío».

Toribión sentía celos de aquel bravo mozo que osaba resistírsele. Además era primo de Nolo, á quien temía y aborrecía al mismo tiempo.

Y en efecto, lo torgaron; esto es, le amarraron su propio palo por la espalda á los brazos con las correas de los zapatos. Una vez así crucificado le soltaron el botón de los calzones, que cayeron á los pies, sirviéndole de grillos. Y riendo de la gracia y dirigiéndole groseros sarcasmos, siguieron hacia Lorío, dejándole en medio del camino en tal triste y bochornosa disposición.

Era punto menos que imposible caminar de aquel modo. El estorbo de los calzones hacía que sus pasos fuesen tan menudos que para salvar corto trecho necesitaba largo tiempo. Por otra parte, aunque quisiera tomar el camino del monte, la forma en que llevaba los brazos no lo consentía, pues era estrecho y desigual y se exponía á caer y no poder levantarse. Se resignó á seguir el de Entralgo. Bien avanzada la noche llegó á este pueblo. Tuvo intento de llamar en una puerta para que le librasen de aquel martirio; pero al hacerlo le acometió tal vergüenza que renunció á ello y prefirió seguir hasta Villoria. Cuando alcanzó á ver las primeras casas era ya muy cerca del amanecer. Se dirigió á la de uno de sus tíos que allí vivía, quien le desató al cabo, le consoló y le ofreció una cama para descansar. Harto lo necesitaba el desesperado mancebo.

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XI

Madre é hija.

Una viajera en aquella misma hora asciende con fatiga por la cuesta de Canzana. El sol todavía no asomaba su disco resplandeciente por encima de las montañas. La fresca brisa de la mañana juega con sus cabellos grises, levanta el fino chal de seda con que se envuelve. Su figura es arrogante; su rostro marchito conserva las huellas de una hermosura singular; su tez es blanca, sus labios finos, sus ojos altivos.

Es D.ª Beatriz de Moscoso, de la clara estirpe de los Moscosos, próxima deuda del capitán. Había llegado la noche anterior á Entralgo sobre un caballo con jamugas y acompañada de un solo criado espolique. La sorpresa de D.ª Robustiana fué inmensa al verla entrar por casa.

--¡Señorita!--exclamó con voz angustiada y plegando sus manos.

--No; no ha muerto--respondió gravemente la señora comprendiendo la tácita pregunta que aquella exclamación significaba.--Han llegado felizmente á Panticosa y parece que no está peor.

No dijo más. La mayordoma no osó preguntarle tampoco porque bien conocido tenía el genio altivo de las cuñadas de su señor.

Cuando hubo cenado, antes de retirarse á descansar preguntó dónde se hallaba el pueblecillo de Canzana. Regalado y su esposa se lo explicaron. Informóse después de si habitaba en él un cierto sujeto llamado Gregorio que tenía por esposa una mujer llamada Felicia. Efectivamente allí vivían tales sujetos. Nada más preguntó. Dió las buenas noches y se retiró á la habitación que D.ª Robustiana le había preparado.

Cuando ésta y su consorte se encontraron solos miráronse con ojos donde brillaba la sorpresa y el triunfo.

--¡Ella es!--exclamó Regalado con voz de falsete.

--¡Ella es!--respondió D.ª Robustiana sin alzar más la voz.

¡Sí, ella era! ¡Cuánto tiempo, cuánta astucia, cuánta saliva habían gastado para averiguar aquel secreto sin conseguirlo! Y ahora se les venía á las manos cuando menos lo imaginaban. Habían sido de los primeros en sospechar que Demetria no era hija del tío Goro y la tía Felicia. Éstos tenían efectivamente una niña de pocos meses que estuvo á punto de morir de un ataque de epilepsia. La ofrecieron al Cristo de Candás y se salvó. Y como la fiesta de esta veneranda imagen se efectuaba en aquellos mismos días, la llevaron á allá. Cuando volvieron observaron los vecinos que la niña no parecía la misma, pues si bien en el tamaño no se diferenciaba gran cosa, estaba mucho menos adelantada, como si en vez de tener tres meses fuese sólo nacida de algunos días. Nadie, sin embargo, osó formular ninguna sospecha de sustitución hasta que Regalado pudo observar que entre D. Félix y el tío Goro mediaba alguna relación oculta. Una vez les vió hablar con animación y en voz baja en el pórtico de la iglesia, callándose inmediatamente cuando él se aproximó. En otra ocasión, al pasar por delante del dormitorio de su señor, observó que éste conversaba también en secreto con el tío Goro; escuchó un momento y pudo convencerse de que D. Félix le entregaba dinero. Nació en su mente la idea de que la niña Demetria era hija de su señor: se lo comunicó á su esposa en secreto: ésta, con igual reserva, lo puso en conocimiento de una de las comadres más adictas á su persona. En poco tiempo y en reserva se lo comunicaron unos á otros los vecinos de la parroquia y vino á saberse en toda ella.

Duró esta creencia ó presunción algunos años. Sin embargo, al cabo, por algunas circunstancias que á su atención se ofrecieron, Regalado vino á sospechar que se hallaba en un error, que Demetria, si bien no era hija del tío Goro, tampoco lo era del capitán. Buscó, investigó, caviló. Todo fué inútil. El resto de los vecinos, como no tenían los motivos que el mayordomo para cambiar de opinión, siguieron aferrados á la antigua.

Poco después de amanecer D.ª Beatriz salió de su habitación vestida, se desayunó cambiando pocas palabras con D.ª Robustiana y volvió á enterarse del camino que conducía á Canzana. El ama de gobierno la invitó á asomarse á uno de los balcones y le mostró allá sobre la meseta de la colina el pintoresco pueblecillo y medio oculto entre los árboles el camino que desde Entralgo llevaba á él. Aunque Regalado trató de acompañarla y guiarla, D.ª Beatriz se opuso resueltamente á ello. Salió sola de casa, llegó al Campo de la Bolera, salvó el puente de madera echado sobre el riachuelo y comenzó á ascender lentamente el sendero de la montaña.

Su fisonomía serena, impasible no denotaba la agitación que en su alma reinaba. Jamás había soñado en tomar la resolución que ahora estaba realizando. Cuando aquel bandido la engañó, su orgullo padeció aún más que el corazón. Entregó con absoluta indiferencia el fruto de sus amores y juró interiormente no verlo más en la vida. D. Félix, que se hallaba á la sazón en Oviedo, lo recogió y se encargó de llevarlo á criar á la montaña. Pero la casualidad hizo que sus convecinos el tío Goro y Felicia pudieran prohijar aquella desgraciada niña. La suya se había muerto de un segundo ataque de epilepsia al pasar por Oviedo de regreso de Candás.

Fué un capitán del batallón de Pontevedra el autor de aquel fiero desaguisado. Festejó rendido á D.ª Beatriz mientras estuvo de guarnición en Oviedo; ganó también el favor de su madre D.ª Leonor, viuda de Moscoso, y de D.ª Rafaela su hermana. Porque era el oficial hombre galán, afable y divertido y se hacía querer de cuantos le trataban. Entraba en casa y se le consideraba como un hijo. Cuando vino repentinamente la orden al batallón de trasladarse á Vitoria, la noticia cayó como una bomba en aquella casa tranquila y conventual. El capitán solicitó de D.ª Leonor el permiso de casarse en secreto con su hija antes de partir, pues de otro modo era imposible á causa de las muchas diligencias que se necesitaban. Cedió la viuda: efectuóse la ceremonia en casa de la novia: bendijo á los desposados el capellán del batallón: asistieron sólo tres compañeros del capitán. Finalmente, éste se partió y al cabo de dos ó tres meses se supo que estaba casado ya hacía años en Sevilla y separado de su esposa. Puede calcularse la estupefacción, el dolor, la indignación de aquella noble familia. D.ª Beatriz estaba en cinta. Su madre adoleció tan gravemente que antes de un mes pasó á mejor vida. Le aconsejó á la traicionada joven que hiciese perseguir al criminal y lo enviase á presidio lo mismo que á sus cómplices, pero ella se negó resueltamente á ello. El orgullo, más que la piedad, fué parte á mantenerla en una actitud de soberbio desdén. En bastantes años no puso el pie en la calle. Ni con su misma hermana cambió una palabra acerca de la niña que había llevado á criar D. Félix. Sólo de vez en cuando entregaba á éste en silencio algún dinero. En silencio también lo recibía su cuñado y lo entregaba después á quien iba destinado.

La compañía de su sobrinita María, que comenzó á pasar largas temporadas en Oviedo y por último casi vino á vivir enteramente, alegró aquella casa sepulcral. La niña parecía tenerles amor y acomodarse bien á sus costumbres y manías. Pero aquella súbita enfermedad, aquel vómito de sangre heraldo siniestro de una muerte cierta, causó profunda impresión en el alma de las linajudas damas. D.ª Beatriz en particular sintió su corazón desgarrado, y en virtud de la gran turbación que de ella se apoderó comenzaron á punzarle los remordimientos. Imaginó que Dios le enviaba aquella severa advertencia por el abandono cruel en que había dejado á su hija. Cavilosa y triste durante algunos días y consultada con su confesor y con su hermana, resolvióse á recoger el fruto de sus amores, llamarla hija y hacerla su heredera. El médico había aconsejado que María pasase el invierno en Málaga. D. Félix acató tal consejo y decidió no volver á Asturias hasta el verano siguiente. Pocos días después de su partida D.ª Beatriz emprendió el camino de Entralgo.

La cuesta de Canzana es agria. La dama, sometida desde hacía largos años á una clausura casi completa, la sube con trabajo. A menudo se detiene y derrama una mirada por el valle que se extiende á sus pies. No su incomparable hermosura la cautiva, no la brisa matinal suave y fragante la embriaga. Una arruga profunda surca su frente, signo de intensa preocupación, de temor y de anhelo. Su faz, ordinariamente blanca, se tiñe ahora de carmín por la fatiga.

Cuando menos lo esperaba, en una de las revueltas del retorcido camino se encontró con las primeras casas de la aldea.

--¿Conoces á un hombre que se llama Gregorio?--preguntó á un niño que jugaba en la calle.

El niño la miró con asombro y no respondió.

--Vamos, dí, ¿conoces á un hombre que se llama Gregorio, que tiene por mujer á una que se llama Felicia?--volvió á preguntar con impaciencia.

El mismo asombro y el mismo silencio por parte del chico.

Pero una mujer que estaba en un corredor tendiendo ropa y había oído la última pregunta, respondió por él.

--Sí, señora, sí; el tío Goro y la tía Felicia viven en aquella casa que tiene un árbol grande delante. Vea usted; ahora sale el tío Goro con un jarro á ordeñar.

D.ª Beatriz se dirigió á la casa señalada. El tío Goro ya había entrado en el establo. Acercóse á la puerta, que como de costumbre en el campo estaba abierta, y manifestó su presencia con el saludo tradicional, exclamando en alta voz:

--¡Ave María Purísima!

--Sin pecado concebida--respondió desde arriba Felicia bajando acto continuo.

Al encontrarse enfrente de la dama fué grande su sorpresa.

--¿Me conoce usted?--preguntó D.ª Beatriz con lacónica severidad.

El semblante de Felicia se cubrió de intensa palidez.

--Sí señora, la conozco.

No la había visto más que una sola vez en su vida y apenas había tenido tiempo para grabar sus facciones en la memoria. Pero ahora más que la memoria se lo decía el corazón.

--Me sorprende y me alegro de que usted me reconozca. No quise que nadie me acompañase desde Entralgo. Cuanta menos gente se entere, mejor. Ya adivinará usted á lo que vengo...

Felicia la miró con intensa atención sin despegar los labios.

--Vengo por Demetria... ¿Dónde está?

Felicia se puso todavía más pálida.

--Arriba está--dijo con voz apenas perceptible. Repentinamente se había quedado ronca.

--Llámela usted.

--Demetria, baja--quiso gritar la pobre mujer. Pero su voz salió tan débil que apenas pudo llegar arriba.

Sin embargo, Demetria, que había oído rumor de conversación, bajaba ya la escalera. Al ver una señora se detuvo sorprendida.

Hubo unos momentos de silencio. Aquellas tres personas se miraron sin despegar los labios. Al cabo Felicia con voz temblorosa dijo:

--Demetria, acércate... Esta señora viene á buscarte... Lo que te han dicho era la verdad... Aquí tienes á tu madre; yo no lo soy...

Al pronunciar las últimas palabras estalló la pobre mujer en sollozos y ocultó el rostro entre las manos. El de Demetria se cubrió también de palidez y miró de frente á la dama con ojos donde no se leía el amor filial.

--Acércate, niña, acércate--profirió D.ª Beatriz dulcificando su voz.--Yo soy tu madre... Las circunstancias han hecho que hasta ahora no haya podido darte el nombre de hija; pero Dios no ha querido que muera privada de ese placer... Acércate, hija mía.

Demetria bajó todas las escaleras y se aproximó á la señora.

--¿Me das un beso?--dijo ésta tomándola de la mano y con voz donde se traslucía la emoción.

La joven se aproximó aún más y gravemente puso los labios en el blanco rostro de su madre.