La aldea perdida Novela-poema de costumbres campesinas

Part 11

Chapter 114,020 wordsPublic domain

Huyósele á éste por completo la tristeza del alma al escuchar las esquilas y los mugidos de su ganado. Salió á la puerta con faz sonriente y comenzó á examinar sus vacas y á charlar animadamente con los dos zagalones que las conducían, haciéndoles mil preguntas y encargos. En un momento se reunió allí medio pueblo.

--¡Mira la Cereza, qué gorda viene!--exclamaba un chico.

--Mira la Garbosa; ya tiene una cría--decía otro.

--¡Mirad, mirad la Morica, qué grande se ha puesto! Era una becerra y ya parece una novilla--apuntaba un tercero.

Todos conocían á las vacas por sus nombres y sabían sus cualidades y sus defectos como si fuesen propias.

--¡No te acerques á la Parda, que es muy traidora!--¡Veréis, veréis la Garbosa cómo empieza á hacer de las suyas; ya le está metiendo los cuernos por el vientre á la Salia!

Y no sólo los pequeños, sino también los grandes de la aldea rodeaban el rebaño y daban su opinión con voz sorda y ademán recogido y suficiente, no á gritos descompasados como la plebe menuda. El ganado mugía, se agitaba tropezándose á menudo. Las terneras se empeñaban en mamar á sus madres; los criados las arrancaban prontamente de la teta. El capitán, en medio, acariciando el testuz de las vacas, tomándolas por los cuernos ó pasándoles la palma de la mano por el lomo, gozaba más en aquel instante que César en medio de sus legiones victoriosas. Y los dos grandes perros mastines, _Manchego_ y _Navarro_, traídos cachorros de Castilla, caracoleaban en torno suyo solicitando también una caricia.

Pero era necesario llevar aquellos animalitos á reposarse. D. Félix dió orden á los vaqueros para que los condujesen á Cerezangos y él también marchó con ellos. Cerezangos es una gran pradera distante menos de un kilómetro de la casa. Está asentada en la falda de una de las colinas que aprietan la estrecha garganta por donde corre el riachuelo de Villoria. Por debajo linda con éste y á su orilla tiene un hermoso soto de avellanos y tilos. Por arriba y por ambos lados se extiende la colina vestida de frondosos castañares. Aquel campo abierto, aquella mancha de un verde claro, contrastando con el más negro de su cinturón selvático, espaciaba la vista y la alegraba. Aquel campo era la finca predilecta del capitán, su regocijo y sus amores. En cuanto ponía los pies en él sentía un extraño fresco en el cuerpo y el alma; se le disipaban inquietudes y penas. No se pasaba día alguno en que no le hiciese su visita. Muchas veces dormía allí su siesta debajo de un tilo, arrullado por el _glu glu_ del riachuelo. Otras veces cuando el sol trasponía por encima de la colina solía tenderse de espaldas sobre el césped y pasar largo rato contemplando los abismos azules del cielo. Entonces se acordaba de su joven esposa, de su hijo Gregorio, muerto en la flor de la edad, creía verlos nadar en el éter sonriéndole, y algunas lágrimas resbalaban suavemente por sus mejillas.

Los criados encerraron el ganado en el establo que había en lo cimero del prado y le dieron pienso. D. Félix asistió con el debido respeto á este acto solemne. Luego dió orden para que se retirasen y volviesen poco antes de ponerse el sol á fin de conducir de nuevo el rebaño al monte. Él permaneció todavía un rato en el establo examinando y acariciando á sus vacas, hablándoles como si fuesen personas y no seres irracionales. Cuando se hubo cansado de ellas, salió por la puerta trasera del establo que se alza sobre un estrecho camino de la montaña, saltó la paredilla de un castañar de su propiedad también, y pico arriba ascendió por él lentamente entre los enormes, copudos castaños que le daban sombra. En lo más tupido y frondoso de este bosque había una fuente que manaba del suelo y formaba hoyo. La opinión de D. Félix, explícitamente declarada en público y en privado, era que no había agua más fina, más clara ni de mejor paladar en todo el concejo. ¡Ay del que osase impugnar directa ó indirectamente esta aserción!

Sentóse á su vera; reposó allí el calor un poco. Cuando le pareció conveniente se alzó, y después de sacar del bolsillo su enorme reloj de plata con estuche de concha, comenzó á descender con el mismo sosiego la vuelta de su casa. Era ya muy cerca del mediodía. El sol brillaba en lo alto enfilando el pico de la Peña-Mea. Como su resplandor era demasiado intenso, el capitán en vez de bajar por medio del prado á Entralgo prefirió seguir la calzada estrecha que lo rodeaba sombreada de avellanos y castaños. Por ella caminaba tranquilo y alegre cuando delante de él se apareció de improviso D. Lesmes caballero en su briosa jaca.

--¡Hola, amigo D. Lesmes! ¡Qué encuentro tan feliz! ¿Cómo á estas horas por aquí?--exclamó en tono jovial y un si es no es burlón.

El capellán se puso colorado hasta las orejas.

--Voy á ver al señor cura de Villoria que me han dicho se encuentra un poco enfermo.

--¡Siempre practicando obras de misericordia!... ¿Y qué tiene el señor cura?

--Pues según parece es un enfriamiento. Dice su sobrino que una de estas noches, sintiendo demasiado calor en la cama, se salió al corredor y se estuvo allí un rato en mangas de camisa... ¡Ya ve usted qué imprudencia!--replicó D. Lesmes reponiéndose instantáneamente, porque era hombre avisado y corrido.

--¡Ya, ya!... Ha sido una temeridad... Desengáñese usted, D. Lesmes, hay que andarse con mucho tiento en eso de ponerse á los balcones, aunque sea en estas noches calurosas.

El capellán enrojeció de nuevo. Para disimular su turbación comenzó á dar palmaditas en el cuello á la jaca, narró con cierta incoherencia los pormenores de la enfermedad del párroco, tales como se los había oído á D. Nicolás el médico la tarde anterior en la Pola. La conversación se prolongó algún tiempo. Hablaron también de las minas de Carrio y del ferrocarril, cuyos trabajos estaban comenzando. Mas por muchos esfuerzos que hacía no lograba D. Lesmes adquirir aplomo. Entre ambos interlocutores flotaba como una nube el recuerdo de la paliza de la noche, y este recuerdo alegraba maliciosamente los ojos del capitán y entristecía y avergonzaba los suyos.

Por fin se despidieron. El capitán prosiguió su camino con cara de risa murmurando:

--¡Vaya unos baquetazos lindos que te has ganado esta noche! ¡Vuelve por otros, tunante!

El capellán lo siguió con torvo semblante y rechinando los dientes decía:

--¡Maldita sea tu estampa! ¡Algún día me las pagarás, viejo estúpido!

Al atravesar el puente y entrar en el Campo de la Bolera, tropezó D. Félix con Maripepa que iba con un jarro de barro negro á la fuente. Estaba tan alegre que la detuvo y se puso á charlar con ella. Pero la coja no se hallaba de tan buen humor. Al instante comenzó á llorar hilo á hilo quejándose amarguísimamente de su hermana Pacha, que aquella noche la había castigado con inusitado rigor en su misma cama, sólo porque Regalado había ido á tocar la flauta delante de su casa.

--Unos azotitos, ¿verdad?--preguntó D. Félix pugnando por no reir.

--No; azotes no--respondió inocentemente la coja.--Me ha tirado del pelo, me ha dado de bofetadas y me ha pellizcado los brazos.--Mire usted, mire usted qué verdugón me ha hecho.

Y remangándose la camisa mostró en efecto en su brazo negro y rugoso una mancha morada.

--¡Tanto no; es un exceso!--manifestó D. Félix;--pero unos azotitos de vez en cuando no te vienen mal porque eres una chica muy coquetuela.

--¡Que no, D. Félix, que no!--exclamó la coja rebosando ya de gozo.--Nunca he sido coqueta... Si los hombres vienen detrás de mí, ¿tengo yo la culpa? ¿Cómo voy á impedir que me digan alguna tontería al pasar ó que se planten delante de casa por la noche?

--Pero tú les echas unas ojeadillas muy provocativas, y ¡claro! ellos acuden á la miel.

--Nada de eso. Les miro sin intención ninguna, ¡bien puede usted creerme!

Con la sonrisa de vanidad triunfante que contraía su boca desdentada, Maripepa estaba tan horrible que don Félix necesitó volver la cara y proseguir rápidamente su camino para no soltar la carcajada.

En esta disposición alegrísima llegó á su casa. Delante de ella, sentado bajo el corredor emparrado, con el sombrero en la mano y sudando como lo que era, como un buey, estaba el actuario D. Casiano. Cerca de él Regalado. Alzóse rápidamente al ver al capitán, adelantóse á él y lo estrechó contra su pecho ciclópeo como solía hacer este cíclope con los individuos de la raza humana, más débil que la suya, cuando quería demostrarles su benevolencia. Al mismo tiempo estallaba siempre sin saber por qué en sonoras, bárbaras carcajadas; quizá para dar algún desahogo al aliento todopoderoso de sus pulmones. D. Félix se dejó abrazar con más resignación que otras veces, y antes de enterarse de lo que allí le traía dió orden á Regalado para que hiciese traer unas botellas de sidra. Observó que el rostro de éste, contra su costumbre, no estaba alegre, sino sombrío; pero no hizo alto en ello. Tampoco el de D.ª Robustiana, que acompañó á la criada cuando vino á servir la sidra, expresaba como otras veces un humor jovial y sereno. Entonces sospechó que algún disgusto había ocurrido entre los cónyuges. Pero le llamó la atención el que Manolete, Linón, la criada, todos cuantos por allí andaban se mostrasen serios y hasta airados.

--¿Y qué es lo que le trae á usted por Entralgo con este calor, D. Casiano?--preguntó el capitán cuando hubieron bebido el primer vaso.

--¡Qué diablo! ¡qué diablo!... ¡Vaya con D. Félix! ¡Y qué bueno está! No pasan días ni años por él.

Pronunciando estas palabras, quiso de nuevo abrazarle; pero D. Félix, que empezaba á sentirse vagamente inquieto, rehuyó el abrazo. Ambos estaban en pie. Las botellas y los vasos descansaban sobre el poyo de piedra que rodeaba el nacimiento de la parra.

--Por supuesto á algún negocio lucrativo, ¿eh? ¡Desgraciado el paisano que caiga en poder de tal _lupus rapax_!

--¡Oh! ¡oh! ¡oh! ¡Qué mala idea tiene usted de nosotros, D. Félix!... No soy _lupus_, sino _agnus Dei_...

Y riendo se escanció bonitamente tres ó cuatro vasos de sidra, y uno en pos de otro dándose casi la mano los introdujo en las inmensas oquedades de su vientre, donde apenas se notó su presencia.

El capitán empezó á sentirse más inquieto. Ya sabemos que era hombre de poco aguante. Antes que don Casiano se llevase á la boca el vaso lleno que tenía en la mano le dijo con ímpetu:

--Pero vamos á ver, hombre, acabe usted de una vez, ¿qué diablo le trae á usted por aquí?

El actuario bebió el vaso de sidra con toda calma, lo depositó igualmente en el poyo, sacó el pañuelo y se limpió la boca tres ó cuatro veces con más sosiego aún bajo la mirada impaciente de D. Félix.

--Usted habrá oído hablar de una sociedad establecida en Gijón que se llama _Unión Carbonera_...

--No señor ni gana--respondió el capitán con su acostumbrada viveza.

--Es una sociedad muy respetable, compuesta de personas de posición, que se dedica á la explotación de minas...

--Sí, de minas y tontos... Todas esas sociedades son pillería.

--¡No! ¡no, D. Félix!--exclamó el actuario inflando los carrillos y abriendo mucho los ojos.--Ésta es muy respetable.

--Bueno, es una pillería respetable. Adelante.

--Pues esa sociedad--prosiguió D. Casiano, no sin sacudir antes con severidad su cabeza de troglodita--tiene denunciados hace años dos cotos mineros en Laviana, uno en Tiraña y otro en la cuenca del río de Villoria... Y es el caso que ahora quiere empezar la explotación de este último ampliando la línea férrea de Carrio hasta Villoria...

D. Casiano se detuvo.

--Adelante, hombre, adelante--exclamó con impaciencia D. Félix.

--Para ello es necesario entenderse con los dueños de las fincas que atraviese, comprarlas... ó indemnizarles de los perjuicios causados...

Otra vez se detuvo.

--¡Adelante! ¡adelante!

--Y al parecer, la línea debe pasar por el medio de su finca de Cerezangos...

El capitán saltó como si le hubiesen clavado un alfiler.

--¿Qué está usted diciendo?

--El ingeniero así lo ha manifestado á la sociedad y ésta me ha comisionado á mí para que me entendiese con usted--expresó el actuario con alguna vacilación--observando el efecto desastroso que sus palabras habían causado á D. Félix.

--¡Pues yo le digo que me río de esa sociedad, de ese ingeniero y de usted que me viene con semejantes embajadas!--exclamó aquél, aunque sin reirse como afirmaba, sino presa de un furor insano.

--Yo no hago más que cumplir un encargo, D. Félix... La sociedad quisiera entenderse con usted en buena armonía...

--¡Le digo á usted que me río de esa sociedad!--gritó D. Félix enteramente descompuesto.

D. Casiano, que estaba en pie, se dejó caer sobre el asiento turbado y abatido.

--Serénese usted, D. Félix... Serénese usted y hablemos en razón--articuló trabajosamente.

--¡Estoy sereno! ¡perfectamente sereno!... ¿Cuándo me ha visto usted perder la serenidad?--vociferó el capitán echando espumarajos por la boca.

--La empresa antes de acudir á la expropiación forzosa... está dispuesta... está dispuesta á dar á usted mucho más de lo que vale.

--¡Dígale usted á la empresa que se meta todo su dinero donde le quepa!...

--Es que...

--¡Es que nada! Hemos hablado ya bastante.

D. Félix hizo un gesto perentorio para imponer silencio y empezó á dar paseos por la plazoleta con la violencia de fiera enjaulada. De vez en cuando salían de su boca temerosas interjecciones y de su nariz resoplidos más temerosos aún. Regalado, los criados y algunos vecinos que por allí cruzaban le contemplaban con asombro y respeto. De vez en cuando dirigían miradas de odio al insolente que le había puesto en tal estado, al mísero D. Casiano. Éste con la cabezota baja maldecía interiormente del instante en que había aceptado semejante comisión.

D. Félix se detuvo repentinamente delante de él y tomándole por la solapa y sacudiéndole le gritó con frenesí:

--¿Sabe usted lo que le digo?... ¡Que antes que un hidepu.. de esos ponga un pie en Cerezangos le meto quince balas de plomo en la cabeza!

Si algún cetáceo supo alguna vez lo que era el miedo, fué D. Casiano en aquella ocasión.

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IX

Los hidalgos.

Aunque se sentó á la mesa no pudo comer. La cólera se le trasvertía de tal modo que no había lugar para que pasase el alimento. Á duras penas pudo D.ª Robustiana lograr que sorbiese una taza de caldo. Se alzó de la silla, bajó á su cuarto, atolondrado, confuso, sin saber qué partido tomar ante aquel alud que se le venía encima, aquella gran desgracia. Porque tal consideraba la profanación de su retiro ameno y deleitoso.

El capitán era más expedito de corazón que de inteligencia. Por eso, después de pasar cerca de una hora prensándose la cabeza, no halló arbitrio mejor en aquel aprieto que ir á consultar el caso con su primo César, uno de «los pocos sabios que en el mundo han sido», el octavo de la Grecia, á no haberse retrasado algunos siglos su nacimiento.

Tomó, pues, su bastón, se despojó del gorro sustituyéndolo con un sombrero blanco de fieltro y sin querer que ensillaran el caballo, porque su extrema agitación le impelía á caminar, emprendió el viaje de Villoria seguido del fiel Talín. Este Talín era un perrillo de color canela, nada grande, nada bello, nada inteligente, pero más impetuoso aún y casi tan magnánimo como su amo. Fué siempre su humor caprichoso y fantástico y por él se había dejado arrastrar á simpatías injustificadas y á antipatías más injustificadas aún que ocasionaran no pocos disgustos en la casa. Pero con la edad, pues era ya un viejo can, este humor se había exacerbado de modo increíble. Sus manías se habían convertido en verdaderas chocheces. En el pueblo se murmuraba bastante de él. En realidad no faltaba motivo para ello. Porque si bien jamás había sido confiado y cariñoso, hasta los últimos tiempos no llevó sus recelos al extremo ridículo de no consentir que la persona que hablase con su amo moviese poco ó mucho los pies. Como si meditase que los enemigos declarados no había que temerlos, pues el capitán daría buena cuenta de ellos, pero había que vigilar mucho á los que se presentaban con cara de amigos, así que uno de éstos se acercaba á D. Félix y le estrechaba la mano y se ponía á conversar con él, ya estaba Talín con ojo avizor. Se colocaba cerca de su amo, con la mirada fija en los pies del interlocutor. En cuanto éste descuidadamente los movía, se arrojaba sobre ellos y le hincaba los dientes desgarrándole el calzado y algunas veces la piel. Puede imaginarse el susto del buen hombre y el brinco que daría. D. Félix montaba en cólera, arrimaba un puntapié al indecente perro, le llenaba de denuestos, le arrojaba de su presencia. Todo inútil: á la primera ocasión, Talín se mostraba igualmente suspicaz y grosero.

Pues ahora caminaba delante con las orejas hacia atrás y el rabo tieso, mirando á menudo á su amo con ojos donde á la alegría natural que le producían las excursiones se juntaba cierta extraña inquietud. Lo mismo le acaecía siempre que á su amo se le antojaba ir á Villoria. Y había motivo para ello. El perro del mayordomo del marqués era su enemigo desde hacía largo tiempo. No podía pasar por delante del palacio, fuese de día ó de noche, sin que se arrojara sobre él como un tigre hircano. Talín no pensaba haberle dado pretexto para un odio tan encarnizado. En otro tiempo habían sido amigos. Sin saber por qué, de la noche á la mañana la amistad se trocó en aborrecimiento. Este cambio brusco, inesperado, le llenó de asombro y dolor. Porque si bien entre los hombres es frecuente, entre los perros no lo es tanto. Y no sólo se le declaró enemigo irreconciliable, sino que logró arrastrar á otro sujeto con quien no había tenido en la vida reyerta alguna, el perro de Tomasón el molinero. Tanto le odiaba el uno como el otro. No sorprenderá, pues, que Talín caminase nervioso como su amo, aunque por diferente motivo.

La estrecha cañada por donde corre el riachuelo de Villoria es de una belleza encantadora. Las colinas que la forman verdes, cubiertas á trechos de árboles. El río desciende tan pronto suave como rumoroso, pero siempre límpido. El camino sombreado de avellanos. Algunas veces la cañada se ensancha un poco, y entonces entre el camino que sigue pegado á la falda de la colina y el río queda cierto espacio que se prolonga formando una pradera más larga que ancha. Todas estas praderas pertenecían al marqués de Camposagrado y eran los pedazos de tierra más fértiles de la comarca. D. Félix las admiraba: se le hacía la boca agua cuando pasaba cerca de ellas: hubiera dado tres veces su valor por adquirirlas. Pero aún más las admiraba y las veneraba su criado Manolete. Ninguno más aficionado que él á los prados feraces entre los bípedos y acaso entre los cuadrúpedos. ¡Cuántas veces había insinuado á su amo que tratase de comprar estos prados! Imposible: el marqués no pensaba en venderlos.

Con poco más de media hora de camino dió nuestro capitán en el lugar de Villoria. Á Talín le temblaban las carnes de pasar por delante de la casa del marqués. Pero al fin pasaron y ¡oh dicha! nadie se metió con él. Su enemigo dormía ó no estaba en casa. Cuando salieron por el otro extremo de la aldea comenzó á correr alegremente y dando brincos sin pensar en la vuelta. Mas he aquí que unos cien pasos más allá, al revolver de la colina, divisa en un maizal á sus dos enemigos. Y es lo peor que también ellos le divisaron y en cuanto le divisaron emprendieron hacia él una carrera vertiginosa. Talín por su parte apretó los pies de tal modo que por mucho que corrieron aquellos bandidos no lograron darle alcance. Volviéronse mohinos al cabo de algún tiempo y al tropezar con el capitán su despecho les incitó á gruñirle; pero éste alzó el bastón de modo tan airado que huyeron sin realizar su propósito. ¡Para bromitas estaba nuestro hidalgo!

Un poco más allá de Villoria dejó la orilla del río y tomando un caminito de montaña, capaz sólo para las carretas del país, comenzó á subir la colina en dirección á Arbín. La cuesta era agria, pero no muy larga. Antes de un cuarto de hora tropezó con las tapias de la pomarada de su primo. Siguió pegado á ella algún tiempo y dió pronto con la casa que estaba en lo más alto.

La posesión de D. César no era grande ni feraz. Los terrenos de las colinas no son como los del valle, regados por todas las aguas que de ellas bajan. Pero estaba tan admirablemente cuidada, que alegraba la vista y daba mayores rendimientos que las mejores del llano. Y esto no por otra causa sino porque su dueño era el agricultor más inteligente de Laviana y aun de todo su partido. ¡Quién lo diría de un hombre tan aficionado á los placeres urbanos y á las artes imitadoras! La necesidad hace ley. D. César, nacido para los salones y las academias y los teatros, nunca había poseído medios de vivir en la capital. Su hacienda era corta; la posesión de Arbín y pocas más fincas en Villoria que le rentaban algunas fanegas de trigo. Por eso se aplicó con ahinco al cultivo de sus tierras, alcanzando pericia envidiable. Su pomarada, con ser más pequeña que la del capitán, producía doble cantidad de sidra: su huerta era rica como ninguna en frutas sazonadas, en legumbres y hortalizas. Vendía la sidra á los taberneros de la Pola y Langreo y vendía también los sobrantes de la huerta. Hasta tenía tiempo y humor para cultivar un número crecido de flores que eran el asombro y regocijo de las doncellas de Villoria.

Al poner el pie en la plazoleta que había delante de la casa, dos perros salieron furiosos ladrando.

--¡Quieto, Faón! ¡quieto, Safo!--gritó el capitán.

Los perros helénicos comprendieron que no era un bárbaro quien osaba pisar el suelo sagrado de la Hélade, lo reconocieron y le rindieron acatamiento moviendo el rabo. Al mismo tiempo Talín se acercó á ellos y cambió con Faón un saludo amical rozándole el hocico. Faón jamás había sentido celos de Talín, quizá porque la figura de éste no podía inspirarlos, quizá también porque ya estuviese hastiado de su ardiente amiga y meditase abandonarla.

La casa del señor de las Matas era de piedra amarillenta y carcomida, cuadrada, de un solo piso; grandes balcones de hierro forjado, enorme puerta claveteada formando arco; más antigua y más señorial que la de don Félix, pero también más pobre. En una de sus esquinas tenía el escudo y en el centro sobre la puerta de entrada una hornacina donde en otro tiempo, según los viejos, había estado un guerrero de piedra. D. César lo había sustituído por otra estatua de piedra también que le había regalado su amigo el canónigo de Oviedo. Esta escultura representaba un hombre barbado y vestido de larga túnica con un libro abierto en una mano y un compás en la otra. Era el conocido personaje emblemático que simboliza la Arquitectura; pero nuestro hidalgo quiso que representase á Sócrates y le puso este nombre encima y debajo el siguiente dístico:

_Aunque la ingrata patria tus afanes no premie_ _Al compás de tus obras siempre atiende_.

Bien sabía D. César que Sócrates no había escrito obra ninguna, pero se valía de este ardid retórico para expresar la influencia que los altos pensamientos del filósofo habían ejercido, justificando de paso los objetos que tenía en las manos.

Traspuso D. Félix la puerta y no viendo á nadie subió la escalera sin llamar, como quien tiene derecho á ello. Halló á su primo sentado en viejo sillón de cuero con un libro en la mano, esto es, en su posición natural de sabio. En el momento de sorprenderle, sus labios finos se plegaban en una sonrisa irónica. Pero al levantar los ojos y ver á su primo, aquella expresión maliciosa se trocó en otra de cordial alegría. Alzóse vivamente del asiento y vino á abrazarle.

--Salud, primo; soldado valeroso en otro tiempo, hoy rico propietario de esta comarca. Largo tiempo hace que esta humilde morada no ha tenido el honor de cobijarte.

D. Félix correspondió de buen grado á tan cariñoso saludo haciendo esfuerzos por sonreir.

--Estabas leyendo... Te he interrumpido, ¿verdad?