La aldea perdida Novela-poema de costumbres campesinas

Part 10

Chapter 104,026 wordsPublic domain

Cuando se hubo acercado al riachuelo tendió la vista á ver si había llegado Demetria. No la vió por allí. Entonces siguió un instante por sus orillas, sombreadas de avellanos, hasta el paraje más oculto y umbrío, donde solían lavar las doncellas de Entralgo cuando en el verano los rayos del sol quemaban demasiado. Allí la encontró. Acababa de llegar y tenía depositado en tierra su cesto de ropa sin haberlo tocado todavía. Flora hizo lo mismo con el suyo, y después de haber cambiado algunos besos cariñosos, charlando alegremente, comenzaron su tarea. Sacan todo aquel lienzo, lo sueltan en el remanso que el arroyuelo hacía, se despojan de la falda, de los zapatos y las medias, del pañuelo; se quedan medio desnudas con el blanco seno y los brazos al descubierto. Y tomando de aquel montón de ropa flotante cada cual una prenda empiezan á sacudirla, á frotarla, á estrujarla y también por intervalos á azotarla contra la piedra lisa que cada una tenía delante. La charla no se interrumpe ni cuando oprimen la ropa, ni cuando la empapan en jabón ni cuando la sueltan para que el agua la bañe. Pero cuando se hace más íntima, más discreta es en los cortos momentos de respiro, cuando las nobles doncellas se yerguen para hacer descansar sus brazos y sus piernas entumecidas. Entonces se hablan al oído y sonríen mientras el arroyo cristalino besa con placer sus pies desnudos.

Mas he aquí que Demetria se va quedando grave sin saber por qué, grave y pensativa. Flora lo advierte y le pregunta el motivo. Tarda en responder la zagala. Al cabo desahoga su pecho y le cuenta sus inquietudes, sus tristezas engendradas por las palabras que se le escaparon á su hermano Pepín el día del Carmen. Verdad que estas palabras llovían sobre mojado. Por eso sin duda le habían causado impresión tan honda.

Flora se apresuró á tranquilizarla. Todo aquello no era más que envidia, cuentos y chismes que debía despreciar. Y en último resultado, aunque fuese, verdad ¿por qué se apuraba tanto? Lo de la Inclusa no tenía visos de ser cierto por ningún lado que se mirase. El tío Goro y la tía Felicia, siendo jóvenes y esperando todavía familia, no estaban necesitados en aquélla época á sacar de la Inclusa una niña para adoptarla. En todo caso lo probable sería que fuese la hija de algunos señores que la hubieran dado á criar á personas de su confianza.

Decía esto Flora porque hacía ya tiempo que tenía sospechas vehementes del origen de su amiga. Á ésta no la consolaban, sin embargo, tales palabras. Amaba tanto á los que siempre había llamado padres que la idea de que no lo fuesen la llenaba de dolor.

Flora también quedó silenciosa al cabo. Ambas prosiguieron un buen rato su tarea sin decirse palabra. Al cabo aquella levantó la cabeza y sonriendo maliciosamente exclamó:

--¡Si será verdad lo que dijo la tía Rosenda, la noche de la lumbrada!

Demetria ya no se acordaba; la miró sorprendida.

--Sí, que tú y yo nos parecemos en la historia... Porque yo también sospecho que no soy lo que parezco--añadió ruborizándose.

Demetria, profundamente interesada, olvidándose en un punto de sí misma, la instó para que se explicase. La gentil morenita se hizo de rogar. Le daba mucha vergüenza manifestar quién sospechaba que fuese su padre.

--¡Aciértalo, aciértalo!--le decía á su amiga riendo.

--¿Pero cómo?--exclamaba ésta.

--Verás... voy á darte las señas... Es un caballero, no es un aldeano... guapo... rico... Tú le conoces.

Demetria permaneció un instante pensativa.

--¿D. Antero?--preguntó al cabo inocentemente.

Flora soltó una carcajada.

--¡Pero, niña, tú no estás sana de la cabeza! Si don Antero tendrá unos treinta años y yo voy á cumplir diez y ocho... ¿Me había de tener á los doce?

Demetria se puso colorada.

--Es más viejo que D. Antero--prosiguió Flora--y es más rico también... y más llano... y más campechano y amigo de los pobres...

--¿Es de Laviana?

--Sí, de Laviana.

--¿Es de la Pola?

--¡Anda! Si te digo eso ya lo tienes acertado... Pero, en fin, te lo diré, pues de otro modo llevas traza de no acertarlo en la vida... No, no es de la Pola.

Demetria volvió á quedar pensativa. Dibujándose al cabo una sonrisa en sus labios de coral, preguntó tímidamente:

--¿El capitán?

Flora bajó la cabeza sin responder y se puso á restregar con furia la prenda que tenía entre las manos. Ambas permanecieron silenciosas. Al fin Flora, sin levantar su rostro y con voz un poco temblorosa, dió cuenta á su amiga de los motivos que tenía para sospechar que era hija de D. Félix. Jamás había oído el nombre de su padre. Sabía que su madre la había dado á luz en Castilla, pero había ido allá en cinta ya. Era soltera. Si algún labrador fuese su padre, tendría que ser de Laviana y no dejaría de saberse... Luego, una vez, siendo niña, estando en la cama, oyó hablar á sus abuelos, que la creían dormida, y por ciertas palabras vino á sospechar que recibían dinero del capitán á causa de _la niña_. La niña no podía ser más que ella... Luego, D. Félix la trataba con tal afecto...

La linda morenita se entretuvo largo tiempo á contar pormenores, la mayor parte de ellos pueriles. Mas no por eso los escuchaba Demetria con menos atención.

Cuando más embebidas se hallaban en su plática novelesca suena fuertemente el emparrado de avellanas que las resguardaba. Aparecen de improviso en aquel recinto dos negras y siniestras figuras, las de aquellos dos mineros que ya conocemos, Plutón y Joyana. Flora da un grito penetrante y corre desalada por la margen del riachuelo. Demetria queda inmóvil y pálida y clavándoles una mirada colérica les pregunta:

--¿Quiénes sois y qué venís á hacer aquí?

--Somos dos lobos y venimos al olor de la carne--responde cínicamente Plutón clavando una mirada codiciosa en el alto pecho de la doncella.

Ésta se apresuró á abrochar la camisa y respondió con acento de soberbio desdén:

--Si no sois lobos, no parecéis hombres con esas caras negras de infierno.

En efecto, los dos compadres acababan de salir de la mina y venían embadurnados de carbón.

Flora, avergonzada de su cobardía, viendo á Demetria hablar con ellos, volvió sobre sus pasos.

--¡Qué diablo de hombres!--exclamó riendo.--Me habéis asustado.

--De poco te asustas, morena--dijo Joyana acercándose á ella para saciar mejor sus ojos lúbricos. Y poniéndose almibarado, añadió:--Tú sí que me tienes á mí asustado y encogido y muerto con esa carita de cielo y ese garbo y esa sal que derramas...

--¿Que derramo sal?... Prueba esta agua y verás cómo no está salada--repuso la traviesa niña tomando un poco del río con el hueco de la mano.

Joyana quiso probarla, en efecto, pero antes que lo efectuase Flora se la arrojó á la cara. Con esto el minero se alegró mucho más y sonreía haciendo muecas de mono.

--Oye, Plutón: ¿no es verdad que apetece comerse esta manzanita colorada sin mondarla siquiera?

--¡Ay, Plutón!--exclamó Flora soltando una estrepitosa carcajada--¡Ay, Plutón! ¡qué gracia!... ¡Toma, Plutón!... ¡aquí, Plutón!

Y se retorcía de risa, dándose en las rodillas con las palmas de las manos.

--¡De qué te ríes tú, bestia!--profirió el designado por aquel nombre mirándola iracundo.

Flora no hizo caso alguno de su cólera y siguió riendo á boca llena. Por fin dijo:

--Me río porque D. Félix tuvo hace algunos años un perro que se llamaba como tú... Por cierto que rabió y Regalado le mató de un tiro.

--Pues yo, sin rabiar, si te descuidas te voy á clavar los dientes--manifestó Plutón echándole una mirada torva.

--No seas tan valiente--respondió la niña sin perder un punto de su alegría.--¿Y por qué te llaman Plutón? Ese no es nombre de cristiano.

--Porque les da la gana--respondió el minero secamente.

La verdad que él mismo no sabía el origen mitológico de su mote. Su padre, que era guarda de herramientas en la mina de Arnao, cerca de Avilés, tenía en el fondo de ella una caseta de madera donde solía dormir. Allí sorprendieron los dolores de parto á su madre y allí le echó al mundo. Mr. Jacobi, ingeniero alemán, director de la explotación, hombre letrado y no poco bromista, comenzó á llamarle Plutón por haber nacido debajo de tierra, y Plutón le quedó.

--Parece--siguió después el minero, mirándolas á entrambas con sus ojos de fiera traidora--que no os gustan las caras manchadas de carbón... Os alegran más las que están salpicadas de leche y borona como las de aquellos zotes que os acompañaban en la lumbrada del Carmen...

--¡Podían no gustarnos más!--exclamó con desenfado Flora.--Aquéllos son hombres... y vosotros unos micos.

--Pues á ese zángano que te corteja--profirió Plutón dirigiéndose bruscamente á Demetria--nadie le corta el pescuezo más que yo.

Demetria le miró estupefacta con más sorpresa que indignación. Flora volvió á dar suelta á su risa.

--¿Sabes lo que digo?--manifestó al cabo encarándose con Plutón.--Que si Nolo te coge con un dedo te manda dando volteretas por encima de aquel monte que allí ves y se llama Peña-Mea.

--¡Lo veremos!--profirió el minero con voz ronca.

--Sí, te veremos por el aire y te verán los paisanos del concejo de Aller cuando allá caigas--replicó la traviesa zagala con la misma risa burlona.

Joyana se acercó á su compañero y le habló unas palabras al oído. Los ojos sangrientos de Plutón brillaron con gozo malicioso. Luego se acercaron un poco más á las jóvenes, Joyana hacia Flora, Plutón hacia Demetria. Y haciéndose una seña se arrojaron de improviso sobre ellas sujetándolas fuertemente y aplicando al mismo tiempo sonoros y lúbricos besos en sus mejillas. Á pesar de los rabiosos esfuerzos de las zagalas para desasirse, de sus gritos y de sus insultos, los infames sátiros las estuvieron besando hasta que se saciaron. Y cuando se hubieron saciado las soltaron y se alejaron riendo, mientras ellas, sacudidas por una violenta cólera, agarraban del río enormes pedruscos y se los lanzaban con una fuerza que sólo la indignación y la vergüenza pueden prestar.

Desaparecieron al cabo de su vista por detrás del espeso matorral de mimbreras y avellanos. Quedaron las zagalas un momento inmóviles. Al encontrarse después sus ojos, se dejaron caer una en brazos de otra sollozando amargamente. Desahogada por el llanto su aflicción, notaron que tenían el rostro manchado. Y por un movimiento simultáneo comenzaron á tomar apresuradamente agua del río y á frotarse con tal ahinco que al poco tiempo sus cándidas mejillas quedaron más rojas que las cerezas.

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VIII

El capitán.

Don Félix Cantalicio Ramírez del Valle descansaba en la fortaleza blindada que tenía por dormitorio pocos días después del suceso que acabamos de narrar. Habían sonado ya las dos de la noche en el reloj con música del salón de arriba, se hallaba en la cama desde las once; y sin embargo sólo había logrado echar un sueñecito de media hora. Le acaecía esto muchas veces. El capitán era hombre de poco dormir, al menos de noche. De día solía echar siestas repentinas y fantásticas donde menos pudiera imaginarse, en el establo cuando iba á inspeccionar el ganado, en la iglesia oyendo misa, y hasta montado á caballo cuando recorría los caminos pedregosos del concejo. Tal molesto trastorno en las horas del reposo le enfadaba mucho consigo mismo, pero infinitamente más con cualquiera que osase ponérselo de manifiesto. Aunque se le viese dormido por el día no había que hacer de ello mención. D. Félix tomaba cualquier advertencia acerca de este punto como un insulto.

Había encendido la luz ya tres ó cuatro veces y tomado entre las manos un tomo de la Historia sagrada; había creído conciliar el sueño otras tantas; pero en cuanto daba un soplo al velón volvía á quedar despabilado. Al fin se resignó á permanecer en esta forma con los ojos abiertos dejando vagar su pensamiento por aquellos asuntos que más le interesaban. Lo que más le interesaba por el momento eran las indemnizaciones que iba á tomar pronto por los terrenos expropiados en Carrio. Al fin no había tenido más remedio que ceder ante la fuerza mayor. Las tierras iban á ser partidas por el ferrocarril minero, y un puñado de oro iba á caer en sus manos. Lo agrio con lo dulce. Porque si D. Félix amaba apasionadamente sus tierras, no amaba con menos pasión el oro. Bastante de este precioso metal tenía escondido dentro de las paredes del desván y en los ángulos oscuros de sus vigas.

También le preocupaba en aquel instante Flora que debía partir por la mañana para Lorío. Aquella aldeanita risueña, cariñosa, traviesa se le iba metiendo por el corazón adentro; le costaba cada vez más trabajo prescindir de ella. ¿Sería cierta la sospecha que la zagala había osado comunicar con su amiga orilla del río? Sí; era cierta. D. Félix, poco después de quedar viudo, había tenido por criada á una muchacha hija de unos arrendatarios de Lorío. Y aunque embargado todavía por el dolor de la pérdida de una joven esposa y adorando su memoria, su temperamento ardiente y exuberante le arrastró á seducir á aquella doméstica. Quedó en cinta. D. Félix, para evitarle la vergüenza envióla á Castilla facilitándole todo lo necesario. Murió allá. El capitán hizo que se trasportase la criatura á Lorío, donde fué criada por los abuelos, á quienes desde entonces protegió con eficacia si no muy ostensiblemente.

Mientras sus hijos legítimos fueron niños, el fruto de su desliz le preocupó poco: lo veía rara vez, porque el amor de ellos llenaba su corazón. Mas al fallecer su hijo Gregorio en Oviedo y al partirse para allá María, la imagen de Flora fué adquiriendo mayores proporciones en el círculo de sus pensamientos. Ya no se limitaba á asentir cuando D.ª Robustiana le proponía llamarla á pasar unos días en Entralgo: él mismo se arrojaba á proponerlo ó buscaba ocasión para ello. El ama de llaves fomentaba esta inclinación porque Flora era con ella tan tierna como respetuosa.

Á D. Félix le pesaba, pues, de su marcha; tanto, que ya buscaba en su cerebro algún pretexto para llamarla de nuevo así que trascurriesen algunos días. Embebido en estas imaginaciones se hallaba cuando sonaron en la puerta dos golpecitos discretos. Dió un salto en la cama y preguntó despavorido:

--¿Quién va?

El capitán era bravo, pero vivía con la perpetua pesadilla de los ladrones. Un día ú otro esperaba el asalto.

--Soy yo, señor, soy yo--dijo una voz de falsete al través de la cerradura.

--¡Ah! eres tú, Robustiana. ¿Qué hay?

--¡Señor, hay ladrones en casa!

El capitán dió un salto mucho mayor y quedó de pie sobre el pavimento. Al fin había llegado el momento supremo; había sonado la hora del combate.

Sin encender luz introdujo la mano por entre los colchones y sacó un enorme fusil de pistón. Después se acercó á la puerta y posando los labios sobre la cerradura preguntó en voz de falsete también:

--¿Dónde están?

--Un hombre saltó la tapia de la huerta; le sentí caer sobre el montón de leña que hay allí arrimado. Me asomé y le vi acercarse á la casa y escalar la pared--respondió D.ª Robustiana por el mismo procedimiento.

--¿Despertaste á Regalado?

--Sí señor, y espera armado con su escopeta á que usted le ordene qué ha de hacer.

D. Félix meditó algunos momentos el plan de batalla. Sentía en aquel momento una viva emoción que acaso no fuera enteramente desagradable. La perspectiva de un combate después de tantos años de paz despertaba sus dormidas energías de soldado. Se creyó, pues, en el caso de apelar á sus conocimientos militares. Hallólos un poco polvorientos allá en un rincón de su cabeza. De buena gana hubiera abierto el antiguo tratado de estrategia que tenía en su librería más polvorienta aún: pero no había tiempo.

--Dí á tu marido--manifestó al cabo con autoridad militar como si se dirigiera á un ayudante de órdenes--que suba al corredor de la parra por si se intenta el asalto por entrambas fachadas. Despierta inmediatamente á Manolete y le das este fusil y que suba al corredor de la cocina de arriba para que, en todo caso, sus fuegos se crucen con los de Regalado. Despierta también á Linón y dale este trabuco y que me siga á la huerta. Yo voy en descubierta para ver si flanqueo al enemigo y le tomo por retaguardia.

--¡Ay, madre mía del Carmen, amparadnos!--exclamó D.ª Robustiana temblando fuertemente con las dos armas en la mano.

--¡Silencio!... Tú y Flora y la criada os encerraréis en el gabinete de atrás y arrimad los colchones al balcón por si alguna bala atraviesa la madera.

--¡Ay, santo Cristo de Candás!

--¡Silencio, te digo!... Despierta á Linón sin hacer ruido... No le chilles... sacúdelo.

D.ª Robustiana se alejó en la oscuridad. El capitán se dirigió á tientas á uno de los rincones, tomó otro fusil y salió al portal. De allí penetró en la gran cocina de los jornaleros, abrió con sigilo la puerta de la huerta y entró en ella. En cuanto dió unos pasos y echó una mirada á la casa, pudo ver á la escasa claridad de las estrellas el bulto de un hombre encaramado en el balcón del cuarto que ocupaba Flora. Acercóse solapadamente hasta ponerse debajo de él y oyó que llamaba suavemente y decía muy quedo: Flora... Florita...

--¡Así Dios me mate si no es D. Lesmes!--dijo para sí D. Félix reconociendo, en el colmo de la sorpresa y la indignación, al capellán de Iguanzo.

Tan inesperado desenlace le llenó de despecho; porque en aquel momento no le hubiera pesado de andar á tiros. Se creyó en ridículo y desairado. Además encontraba altamente ofensiva para él la conducta de aquel sujeto. Así que, sin vacilar, sacó la baqueta del fusil y aproximándose y empinándose cuanto pudo le aplicó un par de palos en las piernas con toda su fuerza. D. Lesmes reprimió un grito y se dejó caer al suelo. El capitán le atizó con igual rabia otros tres estacazos en las espaldas sin proferir una voz. Sin quejarse tampoco los recibió el capellán, y en cuanto pudo se dió á correr como un gamo hacia la tapia y la saltó con agilidad increíble.

En aquel momento llegó Linón con su trabuco y en calzoncillos. D. Félix le metió la boca por el oído para decirle:

--Es un mozo que venía á galantear á Flora.

El adusto Linón sonrió en la oscuridad.

--Ya sé quién es: el hijo de la tía Javiera de Fresnedo--manifestó con su habitual sagacidad.

D. Félix no quiso desengañarle, ni tampoco á Regalado y su mujer, con quienes inmediatamente se reunió. No le pareció bien divulgar la calaverada de un personaje eclesiástico, por más que sólo de un pelo estuviese colgado de la santa madre Iglesia. Así, el pobre Jacinto de Fresnedo cargó de modo real con la culpa de D. Lesmes y de un modo ideal con los palos. Florita se prometió hacerle pagar cara la vergüenza y la molestia que le hizo experimentar.

Terminada de tal modo feliz aquella aventura temerosa, cada cual se volvió á la cama.

--¡Zángano! ¡más que zángano! ¡pendejo! ¡rijoso!... ¿Para qué quieres tú á esta niña? ¿Para casarte? No, porque si sueltas las rentas de la capellanía te mueres de hambre. Para seducirla y reirte de ella después como has hecho con otras, ¿verdad?... Yo velaré, ¡yo velaré, tunante!...

Y en estas disposiciones protectoras, el capitán, en vez de velar, se durmió como un santo.

Eran ya bien las ocho de la mañana cuando se despertó. Lo primero que pensó al mirar el reloj fué que Flora pudiera haberse marchado sin despedirse y llamó en alta voz á D.ª Robustiana. No, Flora aún estaba en su cuarto arreglándose. D. Félix, cuando se hubo retirado el ama de gobierno, abrió su armario, acercó á él una silla, se encaramó sobre ella, sacó algunos legajos y tomó un bote de hoja de lata que había detrás de ellos. Lo abrió, y después de contemplar con emoción su contenido, sacó de él una moneda de oro de ocho duros y volvió á colocarlo en su sitio y á cerrar el armario. En seguida silenciosamente subió arriba y fué al cuarto de Flora.

--Pensaba que te habías marchado sin despedirte de mí, niña--dijo suavizando de un modo sorprendente su voz.--Me desperté tarde contra mi costumbre...

--¡Había de marchar sin decirle adiós, señor!... ¿Qué idea tiene de mí?--exclamó la zalamera morenita anudando sobre la cabeza su pañolito de seda encarnada y retocándose los rizos frente á un espejillo mal azogado.

--Bien... bien... me alegro--repuso D. Félix algo acortado (porque empezaba á sentir cierta cortedad frente á esta muchacha).--Has de decirle á tu abuelo que si uno de los molares está casi inútil, como me mandó á decir, puede renovarlo y que me lo ponga en cuenta. Y que no permita al colono de D. Casiano que tome agua de la acequia, que no tiene derecho á ello. Y que si necesita cortar algún roble para arreglar el estanque puede hacerlo... No te olvides, ¿eh?...

No, no se olvidaría. Tampoco se olvidaba de colocarse bien sobre la garganta la triple sarta de corales y colgarse de las orejas los pendientes de perlas regalo del capitán y estirar con la punta de los dedos los cabos del pañuelo á fin de que cayesen con gracia sobre las sienes.

--Mira, Florita... te voy á hacer un regalo, hija mía... pero no se lo digas á nadie--siguió el capitán con voz levemente alterada.

Y al decir esto llevó mano al bolsillo. Pero en el mismo instante echó una mirada á la calle por el balcón medio abierto y vió á la vieja Rosenda que desde lo alto de su hórreo los espiaba.

--¡Ya está aquella bruja fisgando!--exclamó poniéndose serio.--Ven acá, Florita, ven á mi cuarto.

Y enderezando los pasos hacia la escalera la bajó seguido de la joven y se entró en su cuarto.

--Toma esta media onza--dijo sacando al cabo la moneda de oro del bolsillo.--Es para ti... para ti nada más, para que te compres cintas... confites... lo que quieras. No digas nada á tus abuelos, porque ya sabes, llorando miserias te sacarían los cuartos... ¿Verdad que no?...

Flora hacía signos negativos con la cabeza, pero en el fondo de su alma estaba diciendo: «¡Qué cosas tiene este D. Félix! ¡Cómo voy á negar el dinero á mis abuelos si veo que lo necesitan!»

--Bueno, ahora adiós, hija mía. Has de volver pronto, ¿eh?... cuando recojamos el maíz y haya _esfoyaza_. Ya te avisará Robustiana... Linón te habrá puesto jamugas en el caballo, ¿verdad?... ¿No?... Bien, bien, ya sé que montas perfectamente, pero ten cuidado, hija, no vayas á caerte. Que te acompañe Manolete de espolista para traer luego el caballo... Adiós, hija, adiós... No te des atracones de avellanas; ya sabes que te hacen daño...

El irascible capitán no sólo parecía un padre en aquel momento, sino una madre tierna y cuidadosa. No se atrevió á darla un beso aunque buenas ganas se le pasaron, pero tomó su linda barba entre los dedos y la acarició. Mas como al hacerlo volviese los ojos, por ese secreto instinto que nos advierte el peligro, hacia la ventana, observó que cruzaba por delante Rosenda. La vieja había dado rápidamente la vuelta á la casa, vió lo que quiso ver y sonrió.

--¡Maldita bruja que Dios confunda! ¡Un día la mato! ¡la descerrajo un tiro!--exclamó el capitán pálido y paseando sus ojos airados por la habitación como si buscase el arma homicida. Flora se había puesto como una amapola.

Al fin se partió para Lorío y D. Félix quedó solo y contra su costumbre un poco melancólico. Vino á sacarle de su tristeza la llegada súbita é inesperada del ganado que tenía pastando en los montes de Raigoso. Este ganado no bajaba definitivamente á invernar hasta los primeros días de Octubre y estábamos en los de Agosto, pero solían traerlo á Entralgo una vez durante el verano para que su dueño viese por sus ojos el estado en que se hallaba y si era necesario dejar alguna res en casa ó venderla.

La entrada triunfal de aquel lindo rebaño, compuesto de cuarenta ó cincuenta vacas con sus crías, era siempre un acontecimiento magno en la pequeña aldea. Al oir sonar de lejos ya las grandes esquilas que llevaban las reses colgadas al cuello, la turba infantil de la población se estremecía; dejaba sus juegos ó las faldas de sus madres y corría al encuentro de la vacada. Luego la seguía con gritos de alegría hasta la plazoleta donde se alzaba la casa de D. Félix.