La aldea perdida Novela-poema de costumbres campesinas
Part 9
«¿Todo eso para qué?--decían acercando con mano trémula los pucheros al fuego.--¿No habéis vivido hasta ahora sin necesidad de hurgar la tierra como los topos? ¿Os ha faltado un pedazo de borona y un sorbo de leche? ¿Qué más queréis? ¡Servid á Dios y morid en vuestras camas como cristianos y no como perros en esas cuevas de infierno!»
Los maridos, sentados alrededor del fuego y picando sus cigarros en espera de la cena, rebatían tales argumentos. «Era necesario beneficiar lo que Dios había puesto debajo de la tierra. Si en aquel valle había leña en otras partes no, y necesitaban el carbón para calentarse y guisar su comida. Además, pasar toda la vida con borona, leche y judías era bien duro. Puesto que debajo de los pies tenían el dinero necesario para procurarse algunas comodidades, ¿por qué no recogerlo? En otras partes los jornaleros comían pan blanco, tomaban café, bebían vino y en vez de aquellas camisas de hilo gordo que ellos gastaban se ponían á raíz de la carne unas camisetas de punto suaves, suaves, como la pura manteca.»
Los niños estaban de parte de sus padres. Éstos les prometían comprarles un tapabocas y unas botas altas como gastaban los mozalbetes en Langreo, así que ganasen por sí mismos algunos cuartos. Con tal perspectiva no les arredraba bajar á la mina. Hasta preferían esto á la escuela, orgullosos de la precoz independencia que su calidad de obreros les proporcionaba.
En Canzana y en Carrio, parajes donde se habían hecho las primeras excavaciones y donde se proyectaba trazar el ferrocarril para mejor beneficiarlas, el viento de la ambición había levantado los cerebros. Fuera del tío Goro, que por su cualidad de hombre letrado se creía en el caso de opinar siempre como el párroco y el capitán de Entralgo, apenas quedaba un individuo del sexo masculino que no se hallase excitado por la idea de enriquecerse. Y como de Carrio y Canzana eran los cinco ó seis paisanos que en el lagar quedaban rezagados, no es maravilla que todos estuviesen conformes en celebrar los nuevos acontecimientos y en vaticinar enormes prosperidades para el concejo.
Martinán, que por la mañana pensaba lo mismo y quiso discutir con D. Félix, ahora había dado la vuelta. Espíritu dialéctico ante todo y aficionado á las batallas intelectuales por el placer que esto le producía y los triunfos que alcanzaba, jamás veía aparecer en el horizonte una idea, una opinión cualquiera, que no desprendiese de su carcaj una saeta para encajársela. Todos contra él. Él contra todos. Los labriegos, bien cargados ya de sidra, voceaban, se descomponían, mientras el tabernero, con la cabeza siempre despejada y bien repleta de argumentos (quizá también de sofismas) sonreía con desdén.
--Dices, Juan, que las minas serán nuestra felicidad.
--¡Eso! ¡eso digo!--exclamaba el paisano con furor.
--Pues yo te digo que acaso, acaso serán nuestra desgracia.
--¡Martinán, eres un burro!--gritó otro paisano que allá en un rincón libaba silenciosamente el jugo de la manzana.
--Te digo que acaso sean nuestra desgracia y voy á probártelo--expresó Martinán con calma sin hacer caso de la interrupción.--Tú bien sabes que en las minas se matan algunas veces los hombres... ¿no me lo negarás?...
--¿Y eso qué importa?--profirió Juan más enfurecido.--Porque un pelafustán se muera ¿va á dejar el concejo de aprovechar la riqueza que tiene bajo tierra?
--¿Pero me lo niegas?
--No te lo niego.
--Pues bien, por la muerte de un hombre se pierde una familia. Ya sabes que cuando falta el padre se marcha el pan; la mujer y los hijos perecen. ¿No me lo negarás?
--No te lo niego: ¡adelante!
--Por la ruina de una familia se pierde un caserío; tampoco me lo negarás. Ya ves lo que sucedió en las Llanas. En cuanto el tío Roque cerró el ojo, los rapaces vendieron al capitán los prados y las tierras y embarcaron en Gijón para la Habana: las rapazas se fueron á servir á Oviedo: el tío Meregildo, que mientras vivió su hermano fué buen paisano, comenzó á dormir en las tabernas hasta que hundió lo que tenía... En fin, ya lo sabes; allí ya no hay más que unos cuantos establos.
--Bien, bien, ¿qué quieres decir con eso? Arrea un poco.
--¡Ten paciencia, hombre, ten paciencia! Verás qué pronto todo lo que tú has dicho se lo lleva el viento.
--¡Martinán, eres un burro!--volvió á gritar el borracho recalcitrante desde su rincón.
Martinán se volvió tranquilamente hacia él y le dijo:
--Si soy un burro, mándame mañana una fanega de cebada y te daré las gracias.
Los paisanos rieron á carcajadas. Todos le abrazan hechizados por tan espiritual salida.
Martinán, henchido de orgullo y regodeándose anticipadamente con la derrota de aquellos bobalicones, iba á proseguir y cerrar su victorioso _sorites_, cuando de pronto se abre con estrépito la puerta que daba á la Bolera y aparece Bartolo, el hijo belicoso de la tía Jeroma, con el rostro espantosamente pálido, sin garrote en las manos y sin montera en la cabeza. Echó una mirada torva y ansiosa por el recinto, y antes que los presentes pudiesen decirle una palabra, corrió á un tonel vacío y se metió de cabeza por la pequeña compuerta, desapareciendo como un relámpago. No habían pasado cinco segundos cuando se dibujó en la puerta la silueta de Firmo de Rivota.
--Buenas noches, amigos.
--Buenas las tengas, Firmo.
--¿No ha entrado aquí hace un momento Bartolo el de la tía Jeroma?
Martinán, dando prueba brillante de diplomacia y corazón, le respondió:
--Sí; acaba de entrar, pero ha salido sin detenerse por la otra puerta y se ha metido en la pomarada.
Firmo quiso seguirle. Martinán le dijo:
--Es inútil que le busques. La pomarada está más oscura que una cueva y tú no la conoces como él. Antes que dieras muchos pasos en ella ya él la habrá saltado y estará en su casa.
El mozo de Rivota se encogió de hombros con cólera y desdén y profirió sordamente:
--Bueno... otro día será. Échame un vaso de sidra, Martinán.
El tabernero se apresuró á cumplir la orden. Firmo se arrimó para beberlo al tonel mismo en que estaba escondido Bartolo. Al cabo de unos momentos de silencio uno de los paisanos le preguntó sonriendo:
--¿Querías decir un recado á Bartolo?
--Sí, una palabrita al oído nada más--respondió el mozo fijando sus ojos airados en el techo.
Nuevo silencio. Todos le contemplan con atención y curiosidad.
--Si tienes mucha prisa, esta misma noche antes de retirarme pasaré por su casa y se lo diré--manifestó con sorna Martinán.
--No--replicó Firmo,--es menester que yo le vea.--Y después de vacilar un poco añadió:--Es que quiero que me enseñe los pedazos de un garrote...
--Toma, ¿y por eso tienes tanta prisa?--exclamó Martinán riendo.--De noche se ve mal. Déjalo para cuando haga día claro... Además, ¿para qué diablos quieres ver un palo roto?
--Es que dice que lo ha roto ayer en mis espaldas y anda por ahí enseñando los cachos á todo el mundo.
--¿Á todo el mundo menos á ti?
--¡Claro!... Y ya ves tú, ¿quién ha de tener más gusto que yo en ver cómo ha quedado ese vardasco?
Los paisanos celebraron la ocurrencia. El mozo se humanizó y bebió sonriendo otro vaso.
--Acaso te habrán engañado, Firmo--manifestó uno de ellos.--Bartolo es un infeliz, incapaz de hacer daño á nadie.
--¡Bartolo es un burro!--profirió el mozo volviendo á encresparse.--Y más cobarde que una liebre. Entre todos los mozos de Entralgo no hay ningún zampatortas más que él. Por eso es el único que chilla. Siempre relatando hazañas y en cuanto tocan á repartir leña ya se está escondiendo...
--¿Cómo escondiendo?--exclamó Martinán.--Estás equivocado, Firmo. Nunca supe yo que Bartolo se haya escondido.
Los paisanos prorrumpieron en grandes carcajadas.
--¡Siempre, siempre!--dijo Firmo con ímpetu.--En la romería del Obellayo se acurrucó en una mata de zarza y allí se estuvo mientras hubo palos. Ayer noche, al comenzar la gresca, buscó la puerta de su casa y se trancó. Y hoy, antes que le alcanzara ningún vardascazo, se echó por el castañar arriba, camino de las Llanas, para venir ahora.
--¿Y cómo diste con él?
--Llegábamos unos cuantos amigos de correr á los de Villoria, cuando vimos un mozo saltar al camino delante de nosotros. «Así Dios me salve si aquél no es Bartolo», dije yo en seguida. Le conocí, aunque la noche no está muy clara, por lo derrengado. Me echo á correr detrás y le grito: «¡Aguarda, aguarda un poco, Bartolo!» ¡Ay, amigos! ¡Quién le veía escapar por el prado del señor cura abajo!... Bien podéis creerme que perdía el culo.
--Todo no, pero un poco no le vendría mal perderlo--aseguró un paisano.
--Sí; aún le quedaría bastante--replicó Firmo.
--Pero yo no puedo creer que Bartolo se esconda, ¡vamos!--dijo otro, recalcando el chiste de Martinán.
--Pues que se esconda ó no se esconda--profirió Firmo,--en cuanto le vea le salto todas las muelas. Podéis decírselo á ese zote. Y adiós, que me esperan.
Pagó los dos vasos y terciando la montera para dar testimonio visible de aquella resolución, tomó el garrote que tenía arrimado al tonel y traspuso majestuosamente la puerta.
Los tertulios esperaron á que Bartolo saliese de su escondite; pero viendo que no daba cuenta de sí y temiendo que le hubiera ocurrido algo malo, uno de los labriegos llamó con el garrote sobre el tonel.
--Bartolo, Bartolo.
El rostro del hijo belicoso de la tía Jeroma apareció en la compuerta.
--¿Ya escapó ese cerdo?--preguntó paseando una mirada siniestra por el lagar. Y como le respondiesen que sí, se apresuró á desempaquetarse. Una vez en pie, bramando de ira, se arroja sobre el garrote de uno de los paisanos, se lo arranca de las manos, lo empuña con las suyas indomables y se lanza á la puerta rugiendo:
--¡Puño! ¡repuño! Tanto insulto no lo aguanta el hijo de mi madre. ¡Aunque se esconda debajo de la tierra he de atrapar hoy á ese puerco y le he de abrir la cabeza!
Los tertulios, claro está, se apresuran á detenerle. Le sujetan. Forcejea él desesperadamente, soltando espumarajos de cólera por la boca. Al cabo logran que se siente y después que beba un vaso de sidra y se calme, evitando de esta suerte una noche aciaga para Rivota.
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VII
Ninfas y sátiros.
La Aurora dejaba el lecho del bello Titón para esclarecer el frondoso valle de Laviana cuando Regalado dejó el de su esposa D.ª Robustiana, la más noble de las mujeres. Inmediatamente anuncia su propósito de marchar á Langreo, donde tiene que perseguir algunos deudores morosos de su principal. Va á la cuadra, hace limpiar al Gallardo, su caballo tordo, preside al acto solemne de enjaezarlo, y después entra de nuevo en casa y prepara con gran cuidado las alforjas.
En el corazón magnánimo de D.ª Robustiana se cuela de rondón una extraña inquietud que le quita el aliento para tomar el chocolate habitual. Pregunta con voz trémula á su marido si necesita alguna vitualla. Responde él negativamente: se propone pasar allí dos ó tres días y alojará en la célebre posada de la Garduña. Ella duda. El día anterior le vió en la romería hablando quedo y aparte con Celedonia, una viuda hermosa del valle de Bimenes. Y se alarma pensando si su esposo correría como otras veces á olvidar el lecho nupcial en los brazos de aquella sirena engañadora. Aprovechando un instante en que el mayordomo sale de casa para dar otra vuelta por la cuadra, examina las alforjas, que ya tenía preparadas, mete la mano en ellas y tropieza con algunas libras de chocolate, dos botellas de vino de Jerez y un tarro de _cabello de ángel_, lo más exquisito que ella misma había fabricado aquel año. Su alarma crece. Mete la mano más adentro y tropieza con el estuche de la flauta. D.ª Robustiana palidece, queda consternada. Un torrente de lágrimas se desprende al fin de sus ojos. Aquel pormenor musical acaba de aniquilarla.
En esta triste situación la sorprendió Flora al entrar para darle los buenos días. Vuela hacia ella, la abraza y le pregunta anhelante qué le sucede. D.ª Robustiana, temiendo que llegue su marido, la toma de la mano y la conduce al cuartito que ocupaba la zagala, y allí desahoga en ella su pecho. «¡Un tarro de dulce! ¡tres libras de chocolate! ¡botellas de Jerez!»
--Señora, ya sabe usted que el chocolate es malo en las posadas.
--¿Y para qué quiere tres libras?
--No sabrá el tiempo que necesite permanecer en Langreo.
--¡Y la flauta! ¿la flauta? ¿Para qué necesita la flauta? ¿Les va á tocar á los colonos alguna polka para hacerles pagar la renta?--exclama la buena señora con desesperación.
D.ª Robustiana no conocía la mitología; no estaba por lo tanto enterada de que el tracio Orfeo había llevado á cabo empresas mayores con su lira. Como tampoco lo estaba Flora, no pudo tranquilizar su espíritu con esta cita histórica. Quedó, pues, silenciosa y perpleja mientras la atribulada señora se entregaba cada vez más reciamente al llanto. Pero al cabo nació una idea en su frentecita morena, debajo de sus ricitos negros. Y sin comunicarla á su protectora sale de la estancia, baja las escaleras de la casa, se detiene delante de la habitación de D. Félix y llama suavemente con la mano. Nadie responde. Vuelve á llamar más fuerte.
--¿Quién es?--pregunta con aspereza una voz.
--Soy yo, D. Félix... Si no le molestase...
--¡Ah! ¿Eres tú, hija mía?...--responde otra voz mucho más suave.
Inmediatamente se escuchan unos pasos; suenan cerrojos y cadenas; se abre la puerta y aparece el capitán envuelto en una bata que había sido verde esmeralda, luego fué verde malva y ahora era gris plomo. En los pies babuchas y en la cabeza un gorro de terciopelo negro con borla de seda.
--¿Qué te ocurre, hija mía?
Antes de responder Flora pasea una mirada de infantil curiosidad por la estancia, cosa que al capitán le hace poca gracia. En vez de ocupar una de las grandes habitaciones del piso principal el señor Ramírez del Valle dormía, se lavaba y leía y hacía sus cuentas en un pequeño cuarto de la planta baja que tenía su entrada por el portal y una ventana enrejada á la calle. Si no comía allí también era porque las migajas atraían los ratones. En este cuarto había una cama de madera con cortinas de damasco de lana, un lavabo de hierro, una mesa y una pequeña librería. Lo demás todo armas; armas en los rincones, armas colgadas de las paredes, armas sobre la mesa, armas en la librería y hasta armas debajo de la cama y entre sus colchones. Trabucos, carabinas de chispa, carabinas de pistón, de un cañón, de dos cañones, pistolas de arzón, cachorrillos, sables, puñales, navajas. ¿Sería que el capitán, á pesar de su pregonado amor á la paz y sus instintos bucólicos, guardase allá en los repliegues del corazón grato recuerdo de su vida de guerrero? No por cierto. Aquel repleto arsenal respondía tan sólo al constante temor en que vivía de los ladrones. ¿Los había en Laviana? Tampoco, pero los había en Castilla, desde donde habían llegado cierta noche formando una partida montada y salvando la cadena de montañas á robar á su pariente D. Zacarías de Bello en el concejo limítrofe de Aller. Como D. Zacarías él también ahuchaba doblones de oro en botes de hoja de lata y los escondía en el desván. Nada tendría de extraño que aquellos bandidos se tomasen la molestia de andar un poco más para recogerlos. Antes que esto acaeciese, D. Félix estaba resuelto á defenderse hasta quemar el último cartucho. En este caso, duraría el fuego lo menos quince días. Había pensado también fortificarse más colocando un cañón en la azotea de la casa; pero los albañiles le dijeron que se quebrarían las paredes si alguna vez lo disparase y desistió. De todos modos, aquel cuarto con rejas de hierro en la ventana y triple cerrojo en la puerta era una fortaleza inexpugnable. Á menos que el capitán hiciese una salida temeraria, no lograría el enemigo apoderarse de ella.
--Si no le molestase...--volvió á decir Flora.
--No, no me molestas--respondió con dulzura y sonriendo el capitán.
--Regalado se va ahora mismo á Langreo. ¿Le envía usted allá?
El capitán se puso serio repentinamente. Á pesar de la predilección que sentía por aquella chiquilla, no pudo menos de reconocer que la pregunta era atrevida é indiscreta.
--¡Pchs! Negocios... negocios de hombres--murmuró sordamente.--Anda, vé á decir en la cocina que me hagan el chocolate.
--Es que D.ª Robustiana está llorando y dice que su marido no va á Langreo, sino á Bimenes en busca de una viuda que se llama Celedonia--manifestó con graciosa entereza la chica.
D. Félix abrió los ojos sorprendido y al instante brilló en ellos una sonrisa maliciosa.
--¡Este Regalado!--exclamó sacudiendo la cabeza con amable condescendencia.
Las flaquezas amorosas de su mayordomo le causaban más gracia que disgusto. Se las perdonaba de buen grado porque él mismo había caído en ellas y aún parecía dispuesto á caer si la ocasión se ofreciese. En cambio ya se guardaría de equivocarse en dos pesetas al rendir cuentas: le habría arrojado el tintero á la cabeza.
--Bueno, bueno--añadió sin dejar de sonreir;--vé á tranquilizar al ama. Ya arreglaremos eso.
Y en efecto, hizo llamar al mayordomo y le dijo que aquella tarde era preciso ir á Villoria á ver un castañar que le proponían en venta. Con esto se deshizo por entonces la maquinación seductora de Regalado, quien se fué á la cocina con las orejas gachas. Sospechando en seguida por ciertos signos de dónde procedía el obstáculo, mientras engullía el almuerzo silenciosamente, arrojaba miradas furiosas sobre su esposa y Flora. En cuanto terminó se levantó con violencia del escaño, sacó la flauta de las alforjas y se fué camino del molino, donde había una molinera obesa con quien también daba celos á D.ª Robustiana. Pero ésta, adivinando que aquellos amoríos no interesaban ya su corazón inconstante, quedó sosegada y tardó poco en recuperar su buen humor habitual.
Flora quería ir á lavar al río. Así lo había convenido con Demetria para juntarse las dos y pasar algunas horas de charla. Sin manifestar lo último á D.ª Robustiana, le propuso lo primero. Cedió en seguida la mayordoma: la ropa blanca era su dulce manía. Subieron al piso alto, amontonaron la ropa sucia en una gran cesta, pero antes de colocarla sobre la cabeza de la doncellita, D.ª Robustiana tuvo la condescendencia, para ella siempre sabrosa, de mostrarle una vez más los armarios de la ropa. La emoción con que un sacerdote místico abre el sagrario donde se guarda el Sacramento no es comparable al gozo inefable y al respeto con que D.ª Robustiana abría las puertas de aquellos grandes, vetustos armatostes de nogal, donde se guardaba la ropa blanca de la noble casa de Ramírez del Valle. En cuanto daba la vuelta á las llaves y los goznes rechinaban, el resto del mundo desaparecía no sólo para sus ojos, sino para su memoria. Ya podían allá abajo morir los reyes y desquiciarse los imperios, hundirse las islas y abrirse los volcanes, D.ª Robustiana, arrobada en la contemplación de tantas y tantas docenas de sábanas bordadas y manteles adamascados, no saldría, bien seguro, de su éxtasis feliz. ¿Por ventura allá en Madrid la reina tendría en sus armarios tanta ropa? Quizá. D.ª Robustiana, sin embargo, se autorizaba el dudarlo.
Luego que con mano trémula hubo expuesto á la vista de la joven aquellos mágicos tesoros de hilo y la obligara por medio de un silencioso recogimiento á penetrarse de su grandeza, la ayudó por fin á colocarse la cesta sobre la cabeza y la despidió dándole un sonoro beso en la mejilla.
--Anda, hija mía... No te mojes mucho... No te pongas al sol... No batas demasiado la ropa contra la piedra... No gastes mucho jabón.
Y allá va Flora camino del río con mucho más peso en la cabeza que las damas que pasean sus sombreros _dernière creation_ por el Retiro, pero acaso con menos en el corazón. El sol bañaba por completo la aldea; se derramaba por el césped ocupándose en deshacer las gotas de rocío; brillaba rojo en los tejados; penetraba en las copas de los árboles trasformándolos en enormes globos de trasparente esmeralda. ¡Allá va Flora! El camino estrecho que conduce desde la casa de D. Félix á la Bolera, tapizado por entrambos lados de zarzamora, está solitario. Mas una legión de ninfas y de amores que retozan en aquel instante por la pomarada de D. Félix asoman su cabeza por encima de las paredillas y de las zarzas que la recubren para contemplar á la gentil aldeana, señalan con el dedo sus labios de cereza, sus ojos negros brillantes, su marcha airosa, cuchichean y sonríen. ¡Allá va Flora! El Céfiro, recordando los encantos de su esposa inmortal que llevaba el mismo nombre, cree verlos reproducidos y se estremece de gozo, tiembla en sus labios, acaricia con suavidad sus mejillas tersas, se introduce entre sus rizos negros y los agita blandamente sobre la frente.
Al desembocar en el Campo de la Bolera, cuyo borde lame el riachuelo de Villoria, tiene un encuentro. El capellán D. Lesmes venía de este pueblo caballero en una jaca torda, linda y briosa. Era D. Lesmes, como ya sabemos, hombre apuesto, se hallaba en la flor de la edad y era además fachendoso, y sobre todo galán y enamorado. No es maravilla, pues, que al ver á la aldeana hiciese parar en firme á su caballo y pusiera cara de pascua.
--Buenos días, Florita, buenos días. No esperaba yo antes de llegar á casa tan feliz encuentro. Pero Dios es muy bueno y cuando menos se piensa favorece á sus criaturas.
--¡Qué criaturita de Dios!--exclamó Flora riendo con malicia.
--De Dios soy, hija mía, pero también quisiera ser tuyo.
--¡Virgen! ¿Y qué iba á hacer yo con usted si fuese mío?
--Cuanto quisieras, hermosa. Ningún corderito de ocho días sigue á su madre con más afán que yo te seguiría.
--¿Balando y todo?
--Balando también--respondió el tonsurado después de titubear un instante.
--Pues principie usted ahora, á ver cómo lo hace.
--¡Oh, qué mala! ¡qué mala eres, Florita!--exclamó acariciando al mismo tiempo con la punta de su látigo la mejilla de la joven.--¿Vas al río?
--Al río voy.
--¡Quién fuera trucha para morderte una pantorrilla y chupar esa sangrecita dulce! ¡Quién fuera anguila para deslizarme entre tu ropa y registrar tus secretos!... Pero no... ¡Quién fuera ratón para ir ahora mismo á tu cuarto y esperarte allí y salir por la noche para soplarte al oído!
--¡Madre mía!--dijo la aldeana riendo.--¡Pues no quería usted ser pocos animales: cordero, trucha, anguila, ratón!... ¡ni el arca de Noé!
Es posible que Flora no supiera todo lo linda que era. Es posible igualmente que lo supiese demasiado bien. Pero lo que no puede dudarse es que D. Lesmes quedó en aquel instante tan profundamente convencido de ello que se puso serio de repente, dejó escapar un suspiro y acariciando con su mano temblorosa el cuello de la jaca exclamó:
--¡Ay, Florita, qué hermosa... qué hermosa eres!... ¿Estarás muchos días en Entralgo?
--Algunos todavía.
--Pues cuando menos lo pienses vendré por la noche á llamar á tu ventana... Adiós, Florita; adiós, botón de rosa... adiós, clavel de Italia, ¡adiós! ¡adiós!
Y D. Lesmes descargó su emoción hincando las espuelas á la jaca, que botó como una pelota y se alejó brincando con fragor por la calzada pedregosa.
Flora permaneció un instante inmóvil contemplándole con ojos risueños y triunfantes. Luego, haciendo un gracioso mohín de desdén, se volvió y emprendió de nuevo su camino.