Chapter 6
--¡Sea!--replicó Juana animándose--, un hermano... si así lo quiere... Pero, en fin, él me ha salvado, esto es lo que hay de cierto. Cuando iba a tomar gusto por los placeres prohibidos, es él quien me ha vuelto al de los placeres permitidos... Y si su mujer no es hoy una mujer mundana, es quizá a él a quien lo debe usted... y quiere usted matarle, ¿es eso justo y honorable? Diga.
--Justo o no, haré lo que pueda; se lo prometo; vamos, déjeme.
--Pero ¡gran Dios! qué hombre es usted, si no me cree... y si creyéndome persiste en sus designios de odio y de venganza... No, no, no dejará de hacer usted un llamado a su razón, a su justicia y a su lealtad... No quisiera herirle, Dios lo sabe... pero en un interior como el nuestro, en una situación como la mía... ¿qué quiere que una joven haga de su tiempo, de su corazón, de su pensamiento y de su vida?... Usted tiene sus queridas... déjeme siquiera mis amigos... y puede estar seguro de que tendrá que elegir entre los amigos confesados, y los amantes ocultos.
--Pero, decididamente--exclamó el señor de Maurescamp--, ¿qué es lo que quiere usted? ¿qué me pide? Prentende, acaso, ¡esto sería demasiado fuerte! que vaya a tender la mano al señor de Lerne, excusarme con él, y pedirle que vuelva a reanudar sus relaciones con usted?
--Sí--contestó con energía...--eso es lo que le pido. Sin excusas, se entiende; y al pedirle esto, le pido una cosa enteramente justa, honorable y sensata... porque en realidad es el único medio de reparar el mal que ha hecho a su honor y al mío... Es el único medio de imponer a las calumnias, a las que ha dado origen con su conducta de esta noche, y a las que este duelo daría un carácter irreparable de verdad. Si es capaz de hacer justicia a su mujer inocente, la verdad tiene mucha fuerza, le creerán, y yo, amigo mío, si pudiera comprender lo agradecida que le quedaría, con cuán piadoso respeto se lo probaría, respetando en adelante sus susceptibilidades, que tal vez he descuidado demasiado... ¿y quién sabe, también si esa acción generosa, no sería entre nosotros un nuevo vínculo?... Probados los dos por la desgracia, mejor instruidos por, la experiencia... y los pesares... ¿quién sabe si nuestros corazones no se unen?... ¡quién sabe! ¡bah! de usted dependería, se lo aseguro... llegar a ser para mí mi mejor, mi único amigo.
--Todo esto es muy bello, sin duda--dijo el señor de Maurescamp, enderezándose dentro de su corbata--, pero es puramente novela... ¡Siempre ese miserable espíritu de romanticismo que les pierde a todas!
--¡Ah, mi Dios!--replicó la pobre mujer, vertiendo lágrimas...--pues bien, ¿qué es lo que queréis? decid, ¿qué exige?... ¿que despida al señor de Lerne, que no le vea más?... ¿que le sacrifique esta amistad, y cuantas pueda tener en adelante? Sea, se lo prometo... me comprometo a hacerlo... viviré sola... viviré como pueda... a más, mi hijo crece... me ocuparé de él... él será mi amigo... Sí, así será... se lo juro, y cumpliré mi palabra... Pero, por favor, por favor, amigo mío, no lleve a efecto ese duelo... No hay razón, no hay motivo para ello; es una monstruosidad, se lo aseguro. ¡Mire, se lo pido de rodillas!
Y echose a sus pies, desatinada y llorosa.
--Se lo pido con las manos juntas... con todo mi corazón, con todas mis lágrimas... sed bueno... se lo ruego; tened compasión, no me desespere...
--¡Vamos, ahora es melodrama!--dijo Maurescamp, rechazándola.
--¡Ah, desgraciado!--exclamó la joven levantándose, y enjugando sus ojos; y tomándole violentamente las dos manos añadió con voz contenida:
--No sabe usted lo que hace, no, no lo sabe; no le diré que mate, sería demasiado decirle, pero usted me condena.
Y soltándole con ímpetu las manos:
--Puede irse--dijo--, ¡adiós!
El señor de Maurescamp salió.
Permaneció la joven por algunos momentos agobiada y como anonadada sobré el tapiz, el cabello en desorden, la mirada fija y seca, agitando una mano por intervalos, con un movimiento de extravío. Fue sacada de aquel abatimiento por algunos ligeros golpes dados a la puerta de su salón. Levantose inmediatamente. Era su camarera, anunciándole que la señora de Lerne deseaba hablar un momento con la señora baronesa.
--¡La señora de Lerne!
--Sí, señora... ¿Diré que la señora está un poco enferma? La señora no tiene buen aspecto.
--Hazla entrar.
La señora condesa de Lerne apareció, lívida, la mirada extraviada, todas las líneas de su cara hundidas, y convulsas. Sin fijarse desde luego en el desorden en que se hallaba Juana, fue hacia ella con el paso rígido de un espectro y dijo clavándole la vista:
--¡Su marido se bate mañana con mi hijo!
--Lo sé--contestó Juana--; acaba de decírmelo.
--¡Ah!--replicó amargamente la anciana señora--. ¿Acaba de decírselo? ¡Es el acto de un cobarde!
--Sí, pero usted, ¿cómo lo sabe?
--Por Luis, el viejo criado de mi hijo, que ha sospechado algo hace poco, y que después ha oído toda la conversación de los testigos.
--¿Y usted sabe, señora--replicó Juana--, que no hay nada malo entre su hijo y yo?
A la verdad que aquello era nuevo para la vieja condesa. Y en su tribulación, no pudo disimular una especie de sorpresa candorosa:
--Pero, entonces--dijo--, ¿no hay pruebas?
--¿Pruebas de qué? ¡Puesto que no hay nada!...
--¿Y su marido no ha querido creerla?
--No.
--Entonces, ¿nada hay que esperar?
--¡Nada!
La señora de Lerne dejose caer en un sillón y quedó inmóvil, muda, inerte. Después de un silencio, Juana se le acercó.
--¿Su hijo está en su casa?
--Sí.
--¿Su carruaje está abajo?--insistió Juana--. Pues bien, partamos... iré con usted... quiero verle.
Mientras hablaba, cubría su cabeza con un velo y envolvíase en sus pieles.
La señora de Lerne se levantó indecisa.
--¿Es prudente lo que hace?
--¿Qué cosa peor puede suceder?--dijo Juana con un gesto de suprema indiferencia, induciéndola a salir.
La condesa vivía en la Avenida Montaigne. En un momento estuvieron allí. Mientras iban, impuso a Juana con palabras entrecortadas de todo lo que sabía, de la causa aparente del duelo, del nombre de los testigos, del arma elegida, de la hora y lugar de la cita.
Era cerca de la una de la mañana, y Jacobo terminaba sus últimas disposiciones, cuando vio con estupor abrirse violentamente la puerta de su biblioteca y dar paso a Juana.
--¡Ah, Dios mío!--exclamó--. ¡Usted... es posible!
--Sí, lo sabemos todo, su madre y yo--dijo Juana sofocada--, y he venido, he querido venir... aquí estoy.
--¡Mi madre también!...--murmuró Jacobo--. ¡Ah, qué contrariedad!... ¡Qué desagrado! Pero, ¡pobre amiga mía! ¿qué viene a hacer aquí? Se pierde.
--Lo sé--contestó dolorosamente dejándose caer en una silla--, pero he querido verle una vez más.
Y sollozaba.
--Querida señora... hija mía...--dijo él con dulzura; tomándole la mano--; reponeos; se lo pido, y volved pronto a su casa... Esté usted segura de que este duelo no tendrá consecuencias funestas... Entre dos hombres que saben tirar, y que son casi de la misma fuerza, un duelo no es más que un asalto sin peligro.
--¡Ah, le odia tanto!
Las lágrimas la sofocaron.
--De modo que esto ¡se acabó! ¡Se acabó para siempre! ¡Oh, qué injusticia! ¡Dios mío! ¡qué injusticia!
--Querida hija mía--repuso Jacobo--, retírese, se lo pido... ¿supongo que no tratará de quitarme la calma en este momento? ¿No es cierto?... Decidle a mi madre también, que le suplico que sea razonable, que no hay ni la sombra de un peligro, ni la sombra... si quiere dejarme tranquilo.
--Pues bien--dijo Juana levantándose--. Adiós, pues, adiós; mucho nos hemos querido, ¿no es verdad?
--Sí, hija mía, sí.
Mirolo algunos instantes sin hablar, y acercándose un poco:
--Sí--repitió.
Y presentándole su frente:
--Bésame ahí--dijo--, a fin deque, si mueres, tengas a lo menos eso.
Jacobo depositó un beso en los cabellos de Juana, y sosteniéndola con un brazo, condújola fuera de la habitación hasta las primeras gradas de la escalera.
--Pronto, a su casa--díjole besándole la mano precipitadamente.
Y alejose.
XII
La señora de Maurescamp volvió pronto a su casa, conducida por la señora de Lerne. Su ausencia había sido corta. Sus criados no vieron nada de extraordinario y su imprudente paso quedó ignorado de su marido.
Hacia las cinco de la mañana acababa de adormecerse, quebrantada por el cansancio y las emociones, cuando la despertó un ruido que se sentía arriba de su cabeza. Sentía pasos y roces sordos, sobre el piso; comprendió que su marido procedía anticipadamente a los preparativos del viaje.
Un momento después oyó el rodar de un carruaje por el patio, después bajo la bóveda de la entrada; había partido.
Levantose. Su cabeza ardía. Abrió una de las ventanas que daban al jardín y cruzó sus brazos sobre la baranda. El aspecto del cielo, de las nubes, de las paredes, de las primeras hojas, todo tomaba a sus ojos un aspecto extraño y fantástico. Escuchaba vagamente el alegre murmullo de una bandada de gorriones que saludaban el amanecer de una bella mañana de primavera.
Salió bruscamente de su contemplación para ir a presidir, como tenía por costumbre, el levantarse de su hijo y su arreglo matinal. Prolongó aquellos cuidados lo más posible, tratando de hacerse la ilusión de un estado de cosas regular y tranquilo.
Cuando la mañana avanzó, su soledad, en medio de las ansias que la devoraban, llegó a serle intolerable, y decidiose a llamar a su madre. Su ternura generosa había trepidado hasta entonces en hacerla participar de aquellas horas angustiosas. Pero sentía que perdía la cabeza. Informó, pues, a la señora de Latour-Mesnil de lo que pasaba, por medio de un billete que le envió con un expreso.
Si la madre de Juana hace mucho que no figura en las páginas de este relato, es porque no teníamos nada que decir que el lector no haya adivinado. Una palabra bastará, sin embargo, para llenar este vacío.
La señora de Latour-Mesnil se moría poco a poco, a causa del bello casamiento que le había hecho hacer a su hija. Sufría de una afección al hígado, complicada con graves desórdenes del corazón. Era en vano que Juana, no solamente no le hiciera reproches, ni aun le confiase nada. Era demasiado mujer, y demasiado madre; había sufrido demasiado ella misma, para que pudiera engañarse sobre la verdad de las cosas, y no se perdonaba la extraña ceguedad con que había entregado a su hija a un destino peor que el suyo.
Algunas madres se consuelan del amor oficial de sus hijas con la felicidad de contrabando que les conocen, o que les suponen. Tales consuelos no eran para la señora de Latour-Mesnil, y si algo podía, agravar más el dolor y los remordimientos de haber entregado su hija a una desgracia irreparable, era la mortal aprensión, de que tal vez la había entregado tan bien al deshonor.
Muchas habían sido sus perplejidades al respecto, y el solo día feliz que la pobre mujer hubiese tenido, en muchos años, era el reciente en que su hija, viendo su inquietud por su relación con el señor de Lerne, le había saltado al cuello exclamando:
--¡Mira como te abrazo!... no lo haría así, si fuese culpable. ¡No! ¡no me atrevería!
La señora de Latour-Mesnil, a quien el billete de su hija había dado la primera noticia sobre el duelo del señor de Maurescamp con el señor de Lerne, llegó a casa de su hija a eso del mediodía. Primeramente entre las dos mujeres hubo más lágrimas que palabras. Después de los primeros desahogos, sintiose Juana más aliviada al contestar a las preguntas reiteradas de su madre, refiriéndole lo que sabía sobre las circunstancias del desafío, los incidentes del baile, la escena entre ella y su marido y hasta su visita precipitada a casa de Jacobo.
Mientras hablaba con una volubilidad febril unas veces caminando, otras sentada, no dejaba de lanzar rápidas miradas alrededor de la chimenea. Ella sabía que el duelo debía efectuarse a las tres y media. A medida que la hora fatal se aproximaba, sentíase más agitada, pero hablaba menos; su andar maquinal de un salón a otro, se aceleraba; su semblante se encendía, y sus labios no hacían sino articular por intervalos algunas exclamaciones de niña:
--¡Oh mamá!... ¡mi pobre mamá!... ¡qué crueldad!... ¡qué injusticia!... ¡qué injusticia!... ¡Dios mío!
Su madre, alarmada por su estado de exaltación, se levantó y trató de llevarla a su dormitorio.
--Ven a tu cuarto, hija mía--decíale--, vamos a rezar.
--¿Rezar? ¡madre mía!--le dijo Juana con dureza--. ¿Y por quién quiere que rece? ¿Por mi marido o por el otro?... ¿Quiere que sea hipócrita o sacrílega?
--¡Ah! ruega por tu pobre madre, que tiene tanta necesidad de perdón--exclamó la señora de Latour-Mesnil arrodillándose y ocultando su frente entre las manos.
--¡Madre, madre mía!--dijo Juana levantándola con fuerza, y estrechándola contra su corazón. ¿Qué tengo que perdonarle? ¿no me he engañado yo también?
--Tú podías engañarte... ¡Pero yo!... yo, tu madre, tu consejera, tu guía; instruida por la vida. ¡Ah, cuán culpable he sido! ¡Cuán culpable en no haber elegido mejor para ti! Para ti tan digna de ser feliz, ¡pobre hija mía!... A ti, que eres tan honesta, ve a donde te he conducido.
--Pero soy siempre digna, madre mía--dijo Juana, distraída.
Repentinamente, mostrole con el índice la esfera del reloj. La señora de Latour-Mesnil vio que eran las tres; una sonrisa nerviosa crispaba los labios de Juana. Tomose del brazo de su madre y se paseó sin pronunciar una palabra. Suspiraba profundamente de tiempo en tiempo.
Después de algunos momentos:
--Probablemente ya todo habrá concluido--dijo--, porque para esas cosas son muy exactos, y duran poco tiempo, según dicen... pero lo que hay de terrible es que no sabremos nada hasta de aquí a dos o tres horas. He hecho una cosa, que quién sabe si la aprobará usted... pero, ¿a quién podía dirigirme para tener noticias? Me era imposible esperar hasta mañana, porque el señor de Maurescamp, naturalmente, no me escribirá... Por eso, le he rogado a Luis, el viejo sirviente del señor de Lerne, que me envíe un despacho, así que todo haya terminado.
La señora de Latour-Mesnil, anonadada, no contestó sino por un movimiento indeciso.
En ese momento sintieron el timbre del vestíbulo que daba a la habitación del conserje. Como la puerta del hotel había permanecido rigurosamente cerrada toda la mañana, aquel anuncio de una visita parecioles singular.
--¡Ya!--murmuró Juana, acercándose vivamente a una ventana que se abría sobre el patio--. ¡Ya! ¡es imposible!
Corrió la cortina y reconoció en el personaje que subía la escalera de la galería, a un maestro de esgrima, o más bien a un preboste nombrado Lavarede, que tenía por costumbre venir al palacio tres veces a la semana para tirar las armas con el señor de Maurescamp. Muy celoso de su habilidad en la esgrima, a pesar de frecuentar asiduamente la sala de armas, ejercitábase también en su casa, tal vez para no hacer sabedor al público de todos los secretos de su manejo.
La aparición de aquel hombre, en medio de los pensamientos que preocupaban a Juana y a su madre, las llenó de admiración y alarma. Interrogábanse en voz baja con inquietud, cuando un sirviente se presentó a la puerta del salón, y dijo:
--Señora, es el señor de Lavarede, el maestro de armas, que no sabía que el señor barón estuviese de viaje, y pregunta si el señor barón estará muchos días ausente, y si podrá volver pasado mañana.
--Decid que no sé, que se le hará prevenir.
El sirviente salió.
Después de algunos momentos de reflexión, la joven lo volvió a llamar.
--Augusto--le dijo--, deseo hablar al señor Lavarede... hazle entrar en el comedor, voy a bajar.
Y volviéndose a su madre:
--Venga conmigo--añadió--, quiero hablar dos palabras con ese hombre... después iremos al jardín... nos hará bien... hace muy buen tiempo... venga.
Bajaron dándose el brazo y se encontraron en el comedor con un hombre como de cuarenta años, que tenía la apostura dura y correcta de un militar, en traje de particular.
--Caballero--le dijo la señora de Maurescamp, con una voz un poco temblona--, deseo hablarle... Mi marido partió esta mañana para Bélgica... parece que ignora usted el motivo de su viaje...
--Sí, señora, lo ignoro.
--¿Los sirvientes no le han dicho nada?
--No, señora.
--Tal vez ellos mismos lo ignoran; ha pasado todo tan rápidamente... Pues bien, señor, la causa de ese viaje, ¿la sospecha usted, la adivina, sin duda, en el estado de tribulación en que nos ve a mi madre y a mí?... ¡A estas horas el señor de Maurescamp se bate en duelo! El maestro de armas sólo contestó con un ligero movimiento de sorpresa y un serio saludo.
--Señor--replicó la señora de Maurescamp, cuya palabra era al mismo tiempo precipitada e indecisa--, señor, ya comprenderá nuestra ansiedad... ¿Puede decirnos algo para tranquilizarnos?
--Perdón, señora, ¿puedo saber quién es el adversario?
--El adversario es el señor de Lerne.
--¡Oh! en ese caso puede estar bien tranquila.
Juana miró fijamente a su interlocutor.
--¿Tranquila?... ¿por qué?
--El señor conde de Lerne, señora--añadió el preboste, es uno de los que frecuentan nuestra sala, lo era al menos... conozco perfectamente su fuerza... tiraba muy bien, y hubo un tiempo en que hubiera podido luchar con el señor barón... pero después de su duelo con Monthélin ha perdido mucho... se cansa pronto, y no es dudoso que el señor barón dé pronto cuenta de él. Pienso, pues, que la señora puede estar tranquila.
--Entonces--dijo Juana después de una pausa--, ¿usted cree que va a dar muerte al señor de Lerne?
--¡Oh, matarle! espero que no... pero indudablemente le herirá o le desarmará, lo que es más probable, sobre todo si la querella no es muy seria.
--Pero, en fin, señor--replicó la joven balbuceando--; ¿usted cree... está seguro, que no tengo nada que temer por mi marido?... ¿que no puede ser herido?
--Estoy persuadido de ello.
--Bien, señor... gracias; le saludo, señor.
Siguiole con la vista, hasta que hubo salido, y tomando después la mano de su madre:
--¡Ah, madre!--dijo--. ¡Siento que me voy volviendo criminal!
Las puertas ventanas del comedor se abrían al nivel del jardín. La madre y la hija entraron en él y se sentaron juntas en un banco rodeado de lilas cuyas hojas empezaban a brotar. Apenas sentada Juana exclamó:
--Madre mía, después de lo que ha dicho ese hombre, si le mata... será un verdadero asesinato...
--Hija mía querida, te ruego que te calmes; ¡me haces tanto mal, tanto mal!... A más, lo que ha dicho ese hombre es por tranquilizarnos... porque, en fin, tu marido no es un monstruo, y entre gente de honor, no pueden suceder ciertas cosas. Si el señor de Lerne sufre realmente del brazo, si su brazo está debilitado...
--Sí--dijo Juana--, muchas veces me he apercibido de ello.
--Puen bien--prosiguió la madre--, tu marido lo habrá notado inmediatamente y se habrá contentado con desarmarle.
--¡Ah, madre mía, le odia tanto! ¡nos odia tanto a los dos!... y no es bueno, a más de eso; ¡es malo!
Sin embargo, se adhirió a aquel pensamiento que le sugería su madre: eso es bastante verosímil, si el señor de Maurescamp era hombre de honor, como el mundo lo entiende... no querría abusar de la desigualdad de fuerza... después, habríase acordado durante el viaje de todo lo que ella le había dicho... habría reflexionado más a sangre fría, habría llegado casi convencido de su inocencia... casi tranquilo... menos ávido de venganza...
Sentía también en todo lo que la rodeaba una influencia benéfica y tranquilizadora; sentíala en el silencio de aquel jardín con sus altos muros enclaustrados, en el aire puro y en el azul del cielo. En el olor de las plantas, y en la suavidad de un bello día, que ya declinaba. La imaginación no puede sino difícilmente asociar las ideas de violencia y escenas de sangre, a la tranquilidad encantadora de la naturaleza y a los que respiran el bienestar del campo y sus jardines, que ese bienestar debe reinar por todas partes.
El tiempo corría, mientras tanto, sin ninguna nueva emoción; las anteriores iban calmándose un poco, Juana y su madre, tomadas de la mano y sin hablar sentíanse como adormecidas por un suave entorpecimiento de los sentidos.
Era un poco más de las cinco de la tarde, cuando Juana se enderezó repentinamente; había vuelto a oír resonar el timbre del vestíbulo.
--Esta vez sí... ahí está--dijo.
Dos minutos pasaron; Juana y su madre estaban paradas con la vista fija en la puerta del vestíbulo. Un sirviente apareció con una bandeja en la mano.
--Es un despacho para la señora--dijo.
--Dadme--dijo Juana adelantándose dos pasos.
Esperó que el sirviente se hubiese retirado, y, sin abrir el telegrama miró a su madre.
--¡Déjame abrirle!--murmuró la señora de Latour-Mesnil tratando de tomar el telegrama.
--No--dijo la joven sonriendo--, tendré valor. ¡Bah!
Rompió el sobre azul. Apenas hubo echado una mirada sobre su contenido, cuando se le cayó de las manos; su mirada quedó fija, sus labios se agitaron convulsivamente; abrió en cruz sus brazos, dio un grito prolongado que se sintió por todo el palacio y cayó redonda sobre la arena a los pies de su madre.
Mientras que los criados acudían al oír aquel grito siniestro, la señora de Latour-Mesnil, desatinada, se arrojaba sobre su hija, y al mismo tiempo que le prodigaba sus cuidados, levantaba febrilmente el telegrama.
Esto fue, lo que leyó:
«Soignies, tres y media.
»El señor Jacobo, herido mortalmente, acaba de sucumbir.--Luis.»
XIII
Seis meses después, a mediados de octubre del mismo año de 1877, nos hallamos con el señor y la señora de Maurescamp, instalados maritalmente en la Venerie, magnífica propiedad situada entre Creil y Compiègne, cuya adquisición la había hecho el señor de Maurescamp diez y ocho meses antes. Era gran cazador, y en Venerie había mucha caza, lo que le había determinado a comprar aquel dominio, para no tener que alquilar cacería por un lado o por otro, todos los años. Tenía invitados para el principio de la estación de la caza, a un gran número de amigos, entre otros a los señores de Monthélin, Hermany, de la Jardye y Saville, con los cuales la señora de Maurescamp llenaba perfectamente bien los deberes de castellana, con gracia y aun con alegría. Creíase generalmente que su alegría estaba de más, y que después de haber sido, hacía tan poco tiempo, con razón o sin ella, la causa de la muerte de un hombre, debía sentir, o, cuando menos, aparentar alguna tristeza. Pero el corazón de una mujer tiene secretos impenetrables.
A consecuencia del duelo que había terminado de un modo tan fatal para el conde de Lerne, ningún argumento, ningún ruego, habrían podido determinar a Juana Maurescamp a permanecer bajo el mismo techo conyugal y esperar en él a su marido. Esa noche se refugió en casa de su madre, llevándose valerosamente a su hijo. La señora de Latour-Mesnil tuvo la delicada misión de negociar con el señor de Maurescamp las cláusulas y condiciones de una existencia temporaria, y arreglada a las circunstancias. Halló a su yerno menos recalcitrante de lo que ella esperaba; a él mismo no le disgustaba el no afrontar la presencia de su mujer tan en seguida concediendo que tal vez por simples sospechas había procedido con demasiada ligereza e ido demasiado lejos.
Nadie siente una gran satisfacción en haber muerto a un hombre; y el señor de Maurescamp, por poco sentimental que fuese, no dejaba de experimentar ciertos remordimientos, que se adivinaban en las disposiciones conciliadoras que manifestó a la señora de Latour-Mesnil. Convínose, pues, en que la señora de Maurescamp quedaría con su hijo, y que acompañaría a su madre primeramente a Vichy y después a Suiza y Vevey, donde pasarían el verano. Mientras tanto, los sentimientos de uno y otro se calmarían, modificándose, tanto más, cuanto que en todo aquello no había habido sino una serie de errores.
Aquel duelo había ocupado a París durante ocho días.