Historia de una parisiense

Chapter 7

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La catástrofe final llegó a producir un movimiento de opinión favorable a la reputación de la señora de Maurescamp; había, entre la crueldad de aquel desenlace y las ligeras imprudencias de conducta que podían reprocharse a Juana y al señor de Lerne, una desproporción tal, que se impuso a todos y desarmó a la calumnia. La opinión general fue que el señor de Maurescamp se había mostrado feroz e implacable, para con un hombre que no tenía más crimen, según se creía, que el haber dado lecturas con su mujer. Estos rumores y apreciaciones de las gentes, tranquilizando la vanidad del barón y lisonjeando su orgullo, contribuyeron a la reconciliación de los esposos.

La señora de Maurescamp manifestose en los primeros tiempos completamente rebelde a toda idea de reconciliación. Pero después de dos o tres meses pasados en un estado de estupor desesperado, pareció despertarse repentinamente bajo la impresión de nuevas reflexiones. Declaró a su madre que cedía a sus consejos, que volvería a casa de su marido y que sólo pedía algunos meses de retardo.

--Es necesario--dijo, no sin un resto de amargura--dejar tiempo para que se le sequen las manos.

Desde entonces su humor cambió completamente; parecía gozan: con la vida y el porvenir presentarle algún interés, bastante para reanimar un poco su actividad y su espíritu.

Volvió, pues, a reunirse a su marido a fines de septiembre y entró en su casa tan naturalmente, cual si volviera de un viaje. A decir verdad, el señor de Maurescamp pareció el más embarazado de los dos. Por otra parte, nunca habían tenido la costumbre de las grandes expansiones; por consiguiente, nada parecía cambiado entre ellos; tocó sonriéndose la mano que él le tendió a su llegada, y la salud de su querido Roberto, su buen aspecto, su crecimiento rápido, diéronle un asunto fácil de conversación, que allanó todas las dificultades. Algunos días después fueron a instalarse al castillo de la Venerie, donde la presencia de los invitados debía evitarles el disgusto de las largas conversaciones.

Ya se comprende que la señora de Maurescamp fue por mucho tiempo para los huéspedes del castillo, como para los vecinos de la campaña, un objeto de la más insistente curiosidad; era imposible dejar de observar con especial atención la fisonomía y el porte de una joven cuyo nombre acababa de estar mezclado en una aventura tan trágica como misteriosa, y trascendente. Los curiosos no sacaron su gasto; la actitud de Juana era reposada y natural, a menos de suponerle una gran dosis de disimulo (cosa que no es temeraria suponer a su sexo), y había razón para pensar que había tomado definitivamente el partido de sobreponerse a los pesares y desagrados personales por que había pasado en época tan reciente.

Hallaban, pues, las gentes, como lo hemos dicho antes, que llevaba con demasiada despreocupación el duelo de un hombre muerto por ella, que, cuando menos, había sido su amigo.

--¡Esto no es animador!--dijo un día el bello Saville a la señora de Hermany--; si el pobre de Lerne resucitase por algunos instantes, su asombro no tendría límites.

--¿Por qué, amigo mío?

--¡Porque esto es chocante!--dijo el bello Saville, que no era un águila pero que tenía buen corazón--, se diría que la muerte de ese pobre muchacho ha sido una satisfacción para ella. Nunca la he visto más animada, más satisfecha... ¡Y hacednos matar por estas señoras!

--Pero, amigo mío, nadie piensa en hacerle a usted matar... Tranquilícese... y en cuanto a mi amiga Juana, es una persona a quien no se debe juzgar a la ligera... Yo no sé; todo lo que pasa en esa linda cabeza... pero hay en su pupila algo que no me agradaría si fuese su marido.

--Pues yo no veo nada en su pupila--dijo Saville;

--¡Naturalmente!--contestole la señora Hermany.

Aquel buen humor de Juana, que chocaba a todos, estaba muy lejos de desagradar a su marido; por el contrario, gustábale mucho.

--Es una mujer domada--se decía--. Esto es lo que hay; está domada. Ese es mi sistema, domar a las mujeres... Después que la mía ha recibido una lección, un poco fuerte, es verdad, ha recobrado su buen sentido práctico... ahora es cien veces más feliz y más amable que nunca... ¡Esto es perfecto, perfecto!

Habíase operado, en efecto, en los gustos y las costumbres de Juana un cambio muy original y digno de estudio; en vez de consagrarse casi exclusivamente como antes, a los goces del alma y de la inteligencia, habíase despertado en ella un gusto demasiado exclusivo por los placeres físicos. No abría un libro, el piano permanecía cerrado, su querida cartera no recibía ya sus impresiones, ni los extractos de sus poetas favoritos; había perdido su tendencia al entusiasmo y a conmoverse tiernamente, que tanto la había distinguido, y contraído la tan vulgar y detestable manía parisiense de la crítica perpetua. La equitación, la caza, el ballar, el baile, eran entonces sus pasiones favoritas.

Seguía a caballo las cacerías en los bosques de Compiègne, a pie las cacerías de tiro en los bosques de la Venerie y por la noche era una valsante infatigable. Los nombres nunca la habían visto más seductora, y hay que añadir que nunca creyeron que fuese tan coqueta; pues lo era, y tenía a más en aquel arte, nuevo para ella, la inconsciencia de una principianta que no conocía todavía lo justo de la medida. Las vivacidades de su conducta y de su lenguaje sobrepasaban algunas veces al nivel que separa a las gentes de buena sociedad de la mala. Pero Maurescamp no se disgustaba por ello; divertíale más bien y se reía con sus amigos.

--Ya está curada--decía--. Empieza una vida nueva... se excede un poco en el lenguaje, es verdad... como las recién casadas, que dicen disparates al día siguiente de su boda... pero eso pasará.

Sin embargo, después de algún tiempo acabó por notar que su mujer buscaba con demasiado empeño la sociedad de los hombres. Que les acompañara constantemente a la caza, paso y salas de billar, pase; pero lo que le sorprendió sobremanera fue verla seguirlos hasta la sala de arreos, donde se reunían todas las mañanas a tirar las armas. Esta sala era una gran pieza monumental, con piso de mosaico, bien abrigada, muy clara y muy adecuada para esta clase de _sport_.

Altos bancos cubiertos de espartería se hallaban colocados a lo largo de las paredes y servían de asiento a los espectadores. La primera vez que Maurescamp y sus amigos vieron por entre el humo de sus cigarros a Juana sentada en uno de esos bancos, sintiéronse no solamente sorprendidos, sino también disgustados. Había entrado sin hacer ruido, sin ser notada, sentándose silenciosa y observaba a los tiradores. A todos les pareció extraordinario que una joven a quien tenían por delicada y sensible, encontrase placer en un espectáculo que no podía dejar de traerle a la memoria un recuerdo funesto. Hubo, sin embargo, que habituarse a su presencia, porque desde este día no dejó de ir a la sala de armas, a las horas que lo hacían el señor de Maurescamp y sus huéspedes. Parecía observarlos con particular interés; algo inclinada bien adelante, seria, con la mirada fija, absorbíase por completo en la contemplación de las paradas y réplicas cambiadas entre los adversarios. Pero, sobre todo, era cuando su marido estaba en escena, que se le veía prestar la más profunda atención, tan profunda, que llegaba a contrariar hasta a su propio marido.

Juana llegó, a fuerza de aplicación, a conocer bastante la esgrima; dábase cuenta con bastante exactitud de los golpes y de la fuerza de los tiradores. Fue así como llegó a comprender que su marido era efectivamente, como lo había oído decir, un tirador diestro, de una solidez y una fuerza muy notables, y que hasta entonces no había otro que pudiera competir con él sin demasiada desigualdad, sino el señor de Monthélin, hasta llegar a tener ventaja sobre el barón, en dos o tres asaltos, lo que le valió de Juana algunas palabras amables.

XIV

El señor de Monthélin, es necesario decirlo, viéndose desembarazado de su rival, el conde de Lerne, había recobrado poco a poco su antiguo papel de suspirante y amigo. Por aquel entonces, creyose ver seriamente alentado, y empezó a abrigar esperanzas que no creía ilegítimas, cuando un nuevo acontecimiento vino a trastornar sus manejos.

A más de los huéspedes habituales del castillo, el señor de Maurescamp invitaba de tiempo en tiempo a las cacerías de la Venerie, a algunos oficiales de la guarnición de Compiègne, a quienes había conocido en París, en las cacerías de los bosques. Entre estos oficiales, que eran casi todos de la mejor sociedad, había uno que hacía excepción, y que todos se admiraban verlo admitido en la Venerie. Era un joven capitán de cazadores, llamado Sontis, bien nacido, pero mal educado, de un libertinaje insolente, y de costumbres groseras. Su físico no compensaba lo que le faltaba en educación social y moralidad. Era pequeño, feo, de color bilioso, muy delgado, con escasos cabellos de un rubio claro y ojos grises, de una expresión dura y cínicamente burlones. Pero era un, _sportsman_, completo; en materia de equitación, de carreras, de caza, y generalmente en todo lo concerniente al _sport_, era no solamente un conocedor de los más competentes, sino un ejecutante de una habilidad superior. Esas cualidades especiales habían cautivado al señor de Maurescamp, quien se había propuesto, hacía ya algún tiempo, hacerse criador y montar una caballeriza de cacerías; no cesaba de tener conferencias sobre tan importante asunto con el capitán de Sontis, y apreciaba altamente sus preciosos consejos.

En cambio, la señora de Maurescamp había concebido por el joven, desde la primera vez que le vio, la más grande antipatía, la que no se cuidaba de disimular. Fue, pues, con disgusto que le vio instalarse por tres semanas en la Venerie, en los primeros días de noviembre, pues hasta entonces, sólo había asistido a las comidas o al almuerzo con motivo de la caza.

Desde la primera mañana de su instalación, fue invitado cortésmente para acompañar al dueño de casa y dos o tres más de sus huéspedes, a pasar a la sala de los arneses, para hacer un poco de esgrima, si lo tenía a bien. El señor de Sontis contestó que tendría mucho gusto en ejercitar un poco su muñeca, pues hacía mucho que no tiraba. Después de ensayarse un poco contra las paredes, aceptó un pequeño asalto anodino con el señor de Maurescamp.

Pusiéronse, pues, frente uno de otro y no fue poca la sorpresa de éste, al encontrarse que aquel pequeño personaje poseía una agilidad, golpe de vista, y alcance de tigre. Algo impresionado al principio por la fuerza del manejo del señor de Maurescamp, repúsose prontamente y tomó una ventaja absoluta en el segundo ataque. El señor de Maurescamp, desazonado, dijo, riendo, que esperaba tomar su desquite a la mañana siguiente.

--Como guste--contestó de Sontis--, estoy a sus órdenes; pero le advierto que ya conozco su manejo, y que no me tocará sino cuando yo lo quiera.

--¡Ya veremos!--contestó Maurescamp con bastante sequedad.

Juana había asistido aquella mañana, como tenía por costumbre, a la lección de esgrima. Al salir notábase en ella un aire grave y meditabundo que no le era habitual desde que había empezado su nueva existencia. Todo el día estuvo pensativa.

A la mañana siguiente, no faltó a la cita.

El señor de Maurescamp y de Sontis emprendieron un asalto, al cual la pequeña escena del día anterior daba un interés excepcional. La curiosidad de los espectadores estaba en extremo sobreexcitada; pero la de la señora de Maurescamp había llegado al último grado, y la expresión de su rostro, mientras seguía las fases y peripecias de la lucha, demostraba su interés, o más bien una ansiedad que no estaba en armonía con las circunstancias.

Aquel asalto fue un desastre para el señor de Maurescamp. El joven oficial de cazadores, aunque muy inferior en fuerza muscular, poseía, a pesar de su débil apariencia, un temple de acero. Hacía mucho tiempo ya que era reputado maestro en punto a esgrima, y no tardó en darse cuenta del lado débil y deficiente del manejo, por otra parte muy temible, del señor de Maurescamp. Había notado que tenía en el asalto el defecto habitual de los hombres vigorosos y muy sanguíneos, es decir, la tendencia a fiar demasiado en su vigor, y aun a abusar inconscientemente de los efectos de fuerza. Dotado él mismo de una agilidad y precisión de mano incomparable, y tan seguro de su vista como de su mano, el señor de Sontis no daba entrada a su adversario; lo ofuscaba y deslumbraba con su rápido cambio, aprovechándose de los desvíos a los cuales se entregan siempre en la parada las espadas violentas, al lanzar desenganches de una rapidez fulminante. El señor de Maurescamp tenía ante sí una espada invisible e infatigable. No la sentía, puede decirse, sino cuando tocaba su pecho. En resumen, recibió en aquel asalto cinco o seis botonazos y no dio ninguno.

El amor propio muy irritable del señor de Maurescamp no le permitió declarar su inferioridad decisiva. Convino solamente en que aquel día no estaba en juego. Quiso renovar la prueba en los días siguientes; pero no obtuvo ninguna ventaja, y si consiguió dos o tres veces en otros asaltos consecutivos, hacer sentir el botón de su florete al señor de Sontis, todos creyeron ver en ello un acto de deferencia por parte del joven. En una palabra, el señor de Maurescamp, disgustado y herido, se abstuvo desde entonces con diferentes pretextos de dar asaltos por la mañana.

Las mujeres gustan de los valientes y victoriosos. Fue seguramente a consecuencia de este noble sentimiento, tan notable en las de su sexo, que la señora de Maurescamp pareció perdonar al joven oficial de cazadores su fea figura y mala reputación, y empezó muy visiblemente a honrar con su benevolencia a un hombre por el cual sólo había demostrado hasta entonces la más despreciativa indiferencia, y hasta aversión.

Por poco preparado que estuviese para aventuras de aquella importancia, no pudo dejar de comprender el señor de Sontis el carácter de las atenciones con que era favorecido. Mantúvose reservado, sin embargo, sea que habituado a los amores de soldado, se sintiera intimidado ante aquella dama elegante y distinguida, sea que sospechase (porque era muy suspicaz) algún lazo oculto en aquellas provocaciones, que tenía tal vez el buen sentido de conocer que no las merecía.

Por extraña que fuese la aventura, parecía no quedar duda sobre que aquella mujer tan atractiva, delicada y honesta, estaba enamorada de aquel mal sujeto, palidote y vulgar. Durante la última semana de la permanencia del joven en la Venerie, los síntomas de la loca pasión de Juana se revelaban cada vez más a las miradas curiosas de los celosos que la observaban. Admirábanse al mismo tiempo, de que aquel manejo tan significativo pasara inapercibido para aquel que tenía más interés en comprenderlo, es decir, para el barón de Maurescamp, que, sin embargo, había dado pruebas de susceptibilidad conyugal. Y tanto más se admiraban, cuanto que Juana ponía muy poco empeño en disimular; más bien era imprudente.

Con mucha frecuencia daba a su marido el espectáculo de sus apartes misteriosos con el señor de Sontis; elegía indiscretamente el momento en que su marido atravesaba el patio, para arrojar por la ventana alguna flor de su corpino al oficial de cazadores; quedábase atrás con él, en los paseos a caballo, perdíase en el bosque, y no volvía hasta el caer de la noche en momento en que el barón empezaba a impacientarse, cuando no a inquietarse. Finalmente, valsaba toda la noche con el capitán, hablándole con sonrisas y miradas incendiarias.

Por muy reservado y desconfiado que fuese de Sontis, era imposible que resistiese mucho tiempo a tales demostraciones. Tal vez también recibió suficientes gajes para disipar sus aprensiones. De cualquier manera que sea, no tardó en participar de la pasión violenta que había inspirado. Aquel amor, tan nuevo para él, causábale una exaltación sombría y huraña, con lo que parecía divertirse la señora de Maurescamp.

El señor de Maurescamp continuaba no viendo nada.

Sin embargo, por una u otra razón, parecía preocupado, menos expansivo, menos bullicioso y preponderante que de costumbre, y hasta triste. Su fisonomía encendida, poníase pálida y desencajada. A un observador inteligente habríanle llamado la atención las miradas audazmente cínicas que su mujer le lanzaba, y el desagrado con qué el barón procuraba evitarlas.

El 28 de noviembre era el día señalado para la partida del capitán. Ese día no hubo caza. El señor de Maurescamp había ido esa mañana a vigilar las reparaciones que se hacían en el pabellón del guardabosque.

Para volver al castillo, tenía por costumbre, dejando los caminos principales del bosque, tomar uno que él llamaba de Diana, y que acortaba la distancia. Atravesaba un espeso bosque que formaba recodo con el antiguo parque, y del que debía hacerse un jardín; mientras tanto, permanecía inculto y formaba un bosquecillo tupido y solitario. La Avenida de Diana debía su nombre a una antigua estatua, cuyo zócalo era lo único que quedaba en pie. Lugar tan retirado y misterioso, era a propósito para paseos y coloquios de enamorados. Pero, sin embargo, fue una grande imprudencia la de Juana, la de elegirlo para su despedida del oficial de cazadores. No ignoraba la excursión matinal de su marido a la casa del guardabosque, sabía el camino que debía tomar a su regreso, ¿cómo podría llevar la ceguedad de la pasión, hasta el extremo de olvidarse de que era probable que pasase por el lugar de la entrevista, a la misma hora que tendría efecto?

Sea lo que sea, ahí se hallaban ella y él, entregados uno al otro; habíanse sentado sobre un viejo banco rústico rodeado de árboles, frente a la estatua derrumbada. En vísperas de alejarse, el oficial de cazadores era más exigente, y ella más débil. Hablábanse en voz baja, estrechadas sus manos y mirándose en los ojos, cuando el señor de Sontis sorprendió en la mirada de Juana una llama, que ciertamente no le estaba designada; volviose inmediatamente hacia el lado del bosque, siguiendo la dirección de la mirada de la joven, y vio, algo oculto entre los árboles, hacia la extremidad del camino, a un hombre que parecía indeciso en continuar o no; aquel hombre dio súbitamente vuelta a la espalda, y tomó otro camino, desapareciendo entre el ramaje.

--¿Es el marido de usted?--preguntó.

--Sí.

--¿Cree usted que nos ha visto?

--Lo ignoro. ¡Pero si nos ha visto, es un cobarde!

Que les hubiera visto o no, el señor de Maurescamp entró tranquilamente en el castillo por la avenida más larga pero mejor del nuevo parque. Volvió a salir casi inmediatamente y pasó el resto del día inspeccionando sus plantaciones y el corte de sus bosques. No volvió a entrar sino al primer toque que llamaba a comer.

Talvez fue a causa de su preocupación, que el capitán creyó notar, al entrar en el salón, algo de tirantez y alteración en el rostro del señor de Maurescamp.

Iban a comer. Había en la mesa como veinte convidados. Disgustáronse un poco al ver a la señora de Maurescamp sentar a su lado al capitán de cazadores, que era entre los convidados uno de los más jóvenes y de menos consideración; pero se iba al día siguiente y esa circunstancia explicó, en cierto modo, el excesivo honor que se le hacía. Sea que el detalle de etiqueta hubiese desagradado a cierto número de convidados, sea que hubiese en el aire uno de esos vagos presentimientos precursores de las grandes catástrofes, el principio de la comida fue silencioso y frío. Pero la abundancia y excelencia de los vinos con que se rociaba una exquisita comida, no tardaron en disipar las nubes, despejar las frentes y despertar las inteligencias.

La animación de las conversaciones acabó por tomar un diapasón más alto que de costumbre, como sucede con bastante frecuencia cuando se ha vencido un primer momento de frialdad embarazosa. En una palabra, aquella comida, que había empezado tan lúgubremente, acabó de ser una brillante fiesta de cazadores y hombres de mundo, a la que la presencia de algunas lindas mujeres daba mayor animación. El mismo señor de Maurescamp, que era siempre sobrio en la bebida pero aquel día había vaciado su copa algo más de lo conveniente, parecía libre de las nubes que desde algún tiempo atrás ofuscaban su mente. Tal vez festejaba secretamente la partida de sus huéspedes importunos. Pero de todos modos, había recobrado su tono de seguridad e importancia, y quiso regalar a sus convidados, con su voz ronca e imperiosa, con algunos de sus principios y sistemas favoritos.

La señora de Maurescamp prodigaba, mientras tanto, al señor de Sontis, tantos agasajos que a pesar de su aplomo, el joven se encontraba visiblemente confundido; al mismo tiempo, como para imitar a su marido, entreteníase en beber copas llenas de Sauternes y Champagne, lo que le proporcionaba accesos de una alegría extraordinaria. En medio de esas crisis de risas estrepitosas caía por intervalos en una gran laxitud, semejante a una bacante fatigada.

A los postres declaró que tomaría el café en el comedor.

--Esta animación--dijo--perdería su encanto, si cada uno se iba por su lado.

Quedaríanse, pues, todos reunidos y permitiría fumar a los hombres. Tal declaración fue aplaudida por todos los convidados.

Sirviose el café y circularon los cigarros.

Juana anunció que quería fumar, y tomó un cigarro para ensayarse.

--Le va a hacer mal--exclamó el señor de Maurescamp;--tomad un cigarrillo.

--No, no, quiero un cigarro--dijo la joven cuyos ojos estaban algo empañados.

El señor de Maurescamp se encogió de hombros y quedó callado.

Juana encendió en un fósforo su cigarro y se puso a fumar con el mayor aplomo en medio de las aclamaciones de los asistentes.

Al cabo de algunos instantes:

--Es verdad--dijo,--¡esto me hace mal!

Y, volviéndose al capitán que estaba a su derecha, y quitándose el cigarro húmedo de sus labios:

--Tome--le dijo,--acábelo usted.

Aquel movimiento, aquellas sencillas palabras, pareció que habían petrificado a aquellos veinte convidados, tan animados y bulliciosos un momento antes. El silencio que se produjo fue tal, que podía oírse fuera de la sala, que parecía desierta, el murmullo del viento entre las ramas.

Todas las miradas, que primeramente se habían fijado en Juana, volviéronse a su marido, sentado frente a ella.

El señor de Maurescamp, extremadamente pálido, miraba a de Sontis y esperaba.

El oficial de cazadores vacilaba, interrogando con seriedad los ojos de Juana.

--Y bien--díjole.--¿De qué tiene usted miedo?

No vaciló más; tomó el cigarro que le presentaba la joven y lo puso entre sus labios.

En el mismo instante, el barón de Maurescamp sacaba el que tenía en la boca y se lo arrojaba a la cara al señor de Sontis, diciéndole:

--Concluya también el mío, capitán.

El cigarro, a medio fumar, fue a dar en el rostro del capitán, despidiendo algunas chispas.

Todos se habían puesto de pie. Juana, en medio de la confusión y estupor general, completamente despejada, de pie también, fría, impasible, se apoyaba con una mano en una silla. Su bella fisonomía, que hemos visto tan pura y delicada, parecía cubierta con la máscara de Tisofona; expresaba esa mezcla de horror y alegría salvaje, que debió verse en la frente encantadora de María Estuardo, cuando oyó la explosión que la vengaba del asesino de Rizzio.

XV