Chapter 5
Pero la señora de Maurescamp no obtuvo el suyo. Hacía ya mucho tiempo que su marido no la amaba, y mucho tiempo que había comenzado a odiarla. Porque en esa clase de desinteligencia, es raro que el desacuerdo se detenga en la indiferencia. Las odiosas y cínicas palabras proferidas públicamente por Diana eran, por otra parte, elegidas expresamente para exasperar al señor de Maurescamp. Sin tener mucha imaginación, tenía la bastante para figurarse a su mujer, que no había tenido sino frialdades y desprecios para él, abandonándose en brazos de otro a los vivos transportes de la pasión, y esa imagen, desagradable para cualquier otro, lo era en supremo grado para un hombre vanidoso, altanero, y tan engreído y sanguineo como era el señor de Maurescamp. No se detuvo a pensar que podía ser algo injusto el hacer depender el reposo, el honor y la vida de su mujer, de aquella habladuría de su querida en estado de embriaguez. Sentía rebosar en su pecho los sentimientos de despecho, celos, y odio que se condensaban hacía tanto tiempo contra su mujer y contra Jacobo de Lerne, y resolvió poner término a sus relaciones, vengándose a un mismo tiempo de ambos.
La ocasión para un duelo pareciole especialmente oportuna, los incidentes del almuerzo podían suministrarle un pretexto especioso, que tendría la doble ventaja de dejar el nombre de su mujer fuera de las querellas y asegurar a él la elección de las armas. Era hábil en el manejo de la, espada, y aunque bravo por naturaleza, no se sentía con humor de despreciar aquella ventaja.
IX
Bajó a los Campos Elíseos, mascando un cigarro apagado, viéndolo todo color de fuego.
Veinte minutos después entraba al Círculo y encontrábase allí con algunos de los convidados de la mañana; entre otros a los señores de Monthélin y Hermany. Encerrose con ellos en un saloncito reservado. Díjole que se consideraba ofendido por la actitud observada por el señor de Lerne en casa de Diana Grey, por su afectación en hablar en inglés, durante el almuerzo, sabiendo, como sabía, que él, el dueño de la casa, no entendía aquel idioma, y finalmente, por su conducta en general, impertinente y provocadora.
Los señores de Monthélin y Hermany, perfectos caballeros, aunque algo les faltara, no hicieron observación alguna contra la poca importancia de los cargos, comprendiendo que era únicamente un pretexto para ocultar otros más serios y legítimos.
El señor de Maurescamp añadió: que tenía por sistema terminar tal clase de negocios lo más pronto posible, para evitar la publicidad, y, sobre todo, la intervención tan terrible de las señoras. Rogó, por consiguiente, a aquellos señores que fuesen inmediatamente a verse con el señor de Lerne, y arreglasen aquel asunto que confiaba a su amistad.
El señor de Monthélin manifestó que su duelo con de Lerne le inhibía de aceptar la misión que quería confiársele. En consecuencia, el señor de Maurescamp pensó en otro de sus amigos, el señor de la Jardye, igualmente miembro del Círculo, y a quien Hermany fue a buscar en una sala contigua. El señor de la Jardye gustaba mucho de las ocasiones que le permitían darse importancia. Trató, sin empeño alguno, únicamente por la forma, de hacer oír algunas palabras conciliadoras; pero había sido de los que asistieron al almuerzo de Diana Grey, y acabó por declarar, que puesto que le tomaban su parecer, su opinión era que en aquella ocasión habían pasado al señor de Maurescamp cosas muy difíciles de tragar, y por consiguiente, estaba a las órdenes del señor de Maurescamp.
Mientras tanto, el señor de Lerne se hallaba muy lejos de imaginarse la fiesta que le armaban. Paseose tranquilamente por el bosque, según su costumbre, y a las diez entró en su casa. Encontrose con las tarjetas de la Jardye y Hermany bajo un sobre cerrado, con estas palabras escritas con lápiz:
«Venidos por asuntos personales del barón de Maurescamp.--Tendrán el honor de volver a las diez y media.»
No tuvo que reflexionar mucho para adivinar de lo que se trataba. Aunque ignoraba las infames palabras de Diana después de su partida, no había escapádosele la irritación de Maurescamp durante el almuerzo, y diose cuenta inmediatamente de la verdad de la situación. Maurescamp aprovechaba aquel primer pretexto que se le presentaba para satisfacer su odio de marido celoso, sin comprometer a su mujer.
Nada tenía que decir a esto. Escribió a sus amigos Julio de Rambert y Juan de Evelyn, inglés este último; hizo llevar las cartas inmediatamente y tuvo el gusto de verlos llegar algunos minutos después de haber recibido a Jardye y Hermany.
Dejó solos a los cuatro testigos y permaneció a su disposición en la pieza contigua.
El asunto era de los que no se disputan largo tiempo, porque todos los interesados saben que bajo motivos ostensibles se oculta otro, que es el verdadero, y que por común acuerdo todos saben que no puede ser discutido ni contestado. A los agravios alegados por los señores de Jardye y Hermany en nombre del barón, los señores Rambert y Evelyn contestaron en el de su cliente, que tales agravios eran imaginarios, pero puesto que el señor de Maurescamp se consideraba ofendido, el señor de Lerne, no podía dejar de inclinarse ante su apreciación. Los señores de Maurescamp y de Lerne, deseaban, a más de eso, que el asunto terminase lo más pronto posible, para evitar la publicidad.
En cuanto a la elección de las armas, los testigos del señor de Lerne no estuvieron menos conformes. Jacobo les había confiado bajo el sello del secreto algo muy delicado. En principio habíales dicho: «Acepto la espada, lo acepto todo; pero vosotros sabéis que fui herido en el brazo derecho, cuando mi duelo con Monthélin; a consecuencia de esta herida, tengo un poco de debilidad en este brazo; es poca cosa, y tal vez depende del estado de la temperatura, pero, en fin, tal vez no me moleste en el terreno. No puedo valerme de este pretexto porque es visible. Me ven tocios los días tocar el piano con mano firme, y podrían creer que invento una escapada para librarme de la tizona de Maurescamp, que tira muy bien. Pero si podéis obtener la pistola, por medio de algún argumento honorable, sería muy conveniente para mí.»
Esforzáronse, en consecuencia, en demostrar a los testigos de Maurescamp, que, planteada como estaba la cualidad de ofensor y ofendido, quedaba en realidad dudosa entre los combatientes. La provocación dirigida por Maurescamp al señor de Lerne, a causa de un incidente cuya futilidad no podía desconocerse, ¿no tenía en sí un carácter excesivo que se asimilaba a una verdadera agresión? Parecíales entonces justo y conveniente que la elección de las armas recayese en aquel que había sido provocado, hasta cierto punto gratuitamente, o a lo menos que la elección se librase al azar. Los señores de la Jardye y Hermany contestaron con fría urbanidad, que no podía cuestionarse seriamente aquella transposición de papeles, en tan desgraciado asunto, y que la negativa persistente en reconocer los derechos de su cliente a su calidad de ofendido, equivalía por parte del señor de Lerne a una acusación de reparación, que no podía de ninguna manera entrar en sus intenciones. Los señores de Rambert y Evelyn no creyeron deber insistir más.
Discutiose mucho después sobre si los testigos del señor de Lerne obraban bien o mal.
Unos pretendían que, estando impuestos de su enfermedad, por ligera que fuese, no podían permitir el combate, en condiciones evidentemente desiguales: otros, más competentes, según parece, tienen como primer deber que observar religiosamente las instrucciones de su mandato, que les confía, en primer lugar, su honor, en segundo lugar su vida.
Fue, pues, convenido que el combate sería a espada y que a la mañana siguiente se encontrarían a las tres de la tarde, en Soignies, sobre la frontera belga.
Jacobo oyó sin emoción aparente el resultado de la conferencia; agradeció a aquellos señores sus buenas intenciones y sus esfuerzos; díjoles alegremente que esperaba salir bien, a pesar de esto, y dioles cita para la mañana siguiente a las siete en la estación del Norte.
Así que se quedó solo, tomó un aire serio justificado por las circunstancias. Por un sentimiento de delicadeza muy natural, pero excesivo, no había querido confesar ni aun a sus amigos el verdadero estado de su brazo herido: la verdad era que todo ejercicio violento, y sobre todo el de la esgrima, determinaban en aquel desgraciado brazo un malestar y un entorpecimiento que debían dar una gran ventaja a un tirador tan consumado como el señor de Maurescamp. El señor de Lerne pensó en esta circunstancia, con entereza, pero, aunque no se sintiese intimidado, ni se creyese un hombre muerto, no dejó de conocer, que iba, sin embargo, a afrontar un gran peligro.
Hizo sus disposiciones, en consecuencia. Por fortuna, su madre pasaba aquel día en el campo, amábala, aunque había sufrido mucho por ella; y considerose feliz en que la casualidad le evitase la contrariedad de su presencia. Pero faltábale pasar aquella misma noche por otra prueba tan dolorosa, o tal vez mayor que aquélla. La señora de Hermany daba un gran baile, y hacía mucho que habían convenido entre él y Juana encontrarse en él. Esa misma mañana habíanse renovado la promesa en el bosque.
Por más de una razón vio de Lerne que no podía dejar de ir al baile. Creía que su ausencia inquietaría a Juana si por acaso hubiesen llegado a sus oídos los rumores de duelo; su presencia y actitud la tranquilizarían. Pero, ante todo, parecíale que el buen nombre de su amiga le imponía aquel sacrificio heroico, y, a más, el señor de Maurescamp había tomado a su querida y no a su mujer como pretexto. Creyó, pues, que el mejor medio de asociarse a sus intenciones, y desconcertar al público, era mostrarse esa noche con la señora de Maurescamp en los mismos términos de siempre. Aunque haciendo un gran esfuerzo, hízolo como un deber de delicadeza.
X
Escribió dos cartas, una para su madre y otra para Juana, y a las once apareció risueño en el hotel de Hermany.
El dueño de casa, testigo de su adversario, abrió tamaños ojos a la aparición de aquel convidado inesperado; pero repúsose pronto y recibiolo ceremoniosamente, encontrando, como lo dijo después, que aquello era perfecto, irreprochable, y que probaba un estómago de privilegio. La rubia señora de Hermany, más bella, más misteriosa y más perversa que nunca, vio que el señor de Lerne buscaba a alguien en la multitud y, mirándole fijamente, le dijo breveniente: «Segunda puerta ala izquierda. En el invernáculo, bajo del tercer palmero a la derecha, y decid después que no soy buena...»
Jacobo saludó gravemente, y siguió la indicación. Penetrábase al invernáculo por dos arcadas de las cuales una estaba ocupada por la orquesta. El invernáculo era otro gran salón de cúpula, ofreciendo magnífico conjunto de enormes jarrones azules realzados por adornos de oro, dobles cajas de plantas, estatuas medio ocultas bajo el ramaje, divanes rodeados de taburetes, y banquillos esparcidos bajo los grandes abanicos de las palmeras, de los bejucos colgantes con sus pálidas flores color de cera, y de las hojas barnizadas y espesas corolas blancas de las magnolias. Un ambiente cálido de la zona tropical saturaba el aire, y de vez en cuando oíase salir un murmullo de colmena, que a veces se elevaba como para dominar los ecos bulliciosos de la orquesta.
En uno de estos grupos, bajo del tercer palmero, a la derecha, hallábase Juana de Maurescamp escuchando distraída a tres o cuatro suspirantes de distintas edades. Al apercibir a Jacobo esparciose por su semblante esa sonrisa plena que las mujeres reservan para sus hijos o sus amantes, y que los maridos ven raras veces. Aquella sonrisa bastó para tranquilizar a Jacobo y convencerle de que ningún ruido había llegado a los oídos de Juana.
A la llegada del conde de Lerne, los astros secundarios que habían girado a su alrededor se eclipsaron sucesivamente con un sentimiento mezclado de disgusto y deferencia; porque, aunque calumniando generalmente a Juana por sus relaciones con Jacobo, generalmente también sentían que había algo que tenían que respetar. Pero antes de quedarse solo con Juana, Jacobo había tenido tiempo de hacerse algunas reflexiones amargas; parado frente a ella, parecíale, tanto le había sorprendido su elegante belleza, que la veía por la primera vez. Llevaba con la castidad de Diana la moda indecorosa de aquella época, y mostraba fuera de su estrecha bata obscura, su busto casi entero y su brazos flexibles y puros. Sus negros cabellos, colocados algo bajos como los de las diosas, hallábanse algo torcidos simplemente en un rodete que caía sobre su nuca. Su cabeza, un poco echada hacia atrás, a causa de su peso, enderezábase un poco rígida en una actitud algo altiva y triunfante. Sentíase bella y gozábase de ello, dejando entrever la blancura de sus dientes, por entre la púrpura de sus labios ligeramente abultados. Al mirar a aquella criatura encantadora, animada por todas las gracias de la inteligencia y de la pasión, sintiose Jacobo animado por un impulso casi brutal de deseo, pesadumbre y enojo; habíala respetado, echose aquella violencia. ¡Había tenido aquel heroísmo loco! y ¿cuál era su recompensa?
Con la extraña rapidez de percepción que caracteriza a la mujer, creyó Juana sorprender algo de lo que pasaba, en la mirada riente y turbación del joven; un ligero rubor cubría su frente, hizo girar su abanico y levantando la cabeza con cierta timidez medrosa:
--¿Qué tenéis?--díjole--. ¿Por qué me miráis así?
--¡Estáis tan bella!--contestó Jacobo bajando la voz--. ¡Me hacéis mal!
--Eso pasará--dijo Juana riendo--. Vamos, amigo, nada más al respecto, ¿para qué? ¿volvéis al materialismo?
--Sí, pasablemente en este momento.
--Me entristecéis, ¿sabéis?
--Pero, en fin--dijo sentándose--, al fin no soy un puro espíritu.
--Pues bien, yo lo soy--dijo riéndose como una niña--, y estoy encantada de serlo; a más, es culpa vuestra.
En seguida, con tono serio y penetrado:
--¡Ah!--dijo--, si yo estuviese segura de que erais feliz, amigo mío, ¡cuan feliz sería yo también! En esto pensaba antes que llegaseis.
--¿Es usted verdaderamente feliz?--preguntole el joven con voz algo conmovida.
--¡Feliz! ¡Feliz! ¡Feliz!...--replicó ella con una graciosa efusión--: y por usted, puede vanagloriarse. Hay momentos en que me asusto de mi felicidad; paréceme que es demasiada. Imagínese--prosiguió bajando un poco la voz--: amo, soy amada, y todo esto sin remordimientos, en paz con el presente y sin ningún temor para el porvenir... porque, gracias a Dios y a usted, amigo mío, podré ver sin terror aparecer la primera arruga, que es el espectro y el castigo de los amores vulgares. Estoy segura de que envejeceré sin pena... casi con alegría... Porque, siendo menos joven tendré más libertad, estaré menos sujeta a las conveniencias, más cerca de usted... menos comprometedora, en fin... Así, por ejemplo, pienso con delicia que podremos viajar juntos... Y para eso hay que envejecer; pero, entretanto, si supiese cómo se han transformado para mí el mundo y la vida, desde que soy amada, como deseo serlo... Puede estar orgulloso del milagro que ha hecho. Parece que ha modificado, elevado, purificado mis instintos... todo mi ser... que me hubiese enseñado... ¿cómo lo diré? el origen divino de las cosas, enseñándome a ver, a comprender el lado bueno de todo lo que he dicho... de cuanto veo y cuanto siento... Así es que, gozando como nadie en el mundo, mis alegrías son celestiales... Placeres de los ángeles. Todo lo que pasa a mi alrededor aparéceme bajo una nueva luz, y todo revestido de una belleza desconocida para mí... Es una niñería, pero hace un momento que paseándome por el bosque miraba los árboles... que pasaban antes desapercibidos y decíame: «¡Qué cosa tan bella es un árbol, qué sólido es, qué elegante, cuan lleno de vida!...» No hay un solo objeto en la naturaleza, desde la más ligera hierba, que no me cause admiración, y me deje en éxtasis. Estoy segura... ¿no lo cree usted también? de que todas las cosas de este, mundo tienen dos fases, la una material y hasta cierto punto vulgar que es visible para todos; la otra, misteriosa e ideal, que es el secreto y la revelación de Dios, y la que veo con los ojos que es su obra de usted, amigo mío.
Mientras la escuchaba, sufriendo secretas agonías, la fisonomía de Jacobo había ido tomando una expresión dulce y seria.
--Sí--dijo al fin, lentamente y la voz algo alterada mirándola con una ternura infinita--, sí, debe haber un Dios y una vida mejor... y almas inmortales, puesto que hay un ser como usted...
--¿Pero, qué tiene? ¡Gran Dios!--exclamó de pronto.
Creyó que estaba indispuesto: habíase puesto repentinamente en extremo pálido, y su mirada, dilatada en el espacio, estaba fija como ante una aparición aterradora. Volviéndose bruscamente apercibió al señor de Maurescamp, apoyado en el marco de la puerta de entrada al invernáculo; mirábalos fijamente y sus ojos y facciones encendidas demostraban tanta cólera, que el señor de Lerne se levantó inmediatamente temiendo algún acto de violencia.
El señor de Maurescamp avanzó entonces a pasos mesurados, luchando evidentemente contra el desencadenamiento de sus pasiones; sin embargo, observado por todos, y bajo la impresión del silencio en que quedó todo el salón, consiguió moderar su impulso, y llegando donde estaba su mujer, díjole con voz ronca y contenida:
--Vuestro hijo está enfermo... Venid.
Juana dio un ligero grito, hízole algunas preguntas precipitadas, pero conociendo en su actitud y lenguaje que la enfermedad del niño no era sino un pretexto, siguiole sin añadir una palabra más.
El señor de Maurescamp, después de haber estado un momento en la Opera, había regresado al Círculo, y sabido allí por casualidad la presencia del conde de Lerne en el baile de los Hermany. Sabía que su mujer debía ir a él. Como no tenía ninguna delicadeza en sus sentimientos ni en su corazón, ni aun se le ocurrieron los motivos honorables que habían dictado el proceder de Jacobo. No vio otra cosa que un insolente alarde de que su mujer era cómplice, e inmediatamente se trasladó al hotel Hermany, sin ningún plan preconcebido, y sólo impulsado por un sentimiento de odio y de enojo que no debía detenerse ante ninguna consideración ni aun ante un escándalo público. Como se ha visto, gracias a una suprema inspiración, no lo fue tanto como se temió, pero sí lo bastante para empañar para siempre, en un minuto, el honor de su mujer y el suyo.
XI
Mientras se esparcía por los salones, entre cuchicheos y risas, la nueva de la desaparición de Juana, arrebatada por su marido, el señor de Maurescamp sentábase bruscamente al lado de su mujer en su cupé. Desde que no tuvo testigos dejó de hablar de su hijo. Aquel silencio y su actitud airada no podían dejar a la pobre mujer la menor ilusión. Sentíase atemorizada.
Sentía ese estupor de una persona herida por el rayo, en el esplendor de su existencia, en su honor, en su inocencia; la indignación de una mujer honesta públicamente insultada, el temor vago de una catástrofe desconocida, próxima y terrible. En su tribulación sin nombre, permanecía silenciosa, esperando que él hablase; pero en vano; y el trayecto bastante corto de la Avenida Gabriel a la Avenida de Alma, se pasó sin que una palabra se hubiera cambiado entre ellos.
Juana, sin embargo, empezaba a despejar su espíritu, naturalmente valeroso, del caos de sentimientos en que la primera sorpresa la había sumergido. Atravesó con paso firme, a la vista de tres o cuatro criados inmóviles, el gran vestíbulo sonoro de su palacio, y subió la escalera, silenciosa, pero llegado que hubo al primer descanso de la escalera de sus habitaciones, se apercibió de que su marido seguía adelante:
--Perdón--le dijo--; hacedme el gusto de entrar ahí, tengo que hablaros.
Dudó unos instantes; como la mayor parte de los hombres, no gustaba de explicaciones, pues en realidad era un carácter violento, más bien que fuerte; el acento tranquilo de su mujer le imponía, aunque le irritaba. Siguiola, pues, pero con más enojo que antes.
Cerró la puerta, pasó al saloncito que estaba antes de su dormitorio y, volviéndose hacia el barón y mirándole:
--Y bien, ¿qué es lo que hay?--dijo.
--Lo que hay, es que mataré a tu amante mañana por la mañana, eso es lo que hay.
Ella juntó sus manos haciéndolas chocar con estrépito, y continuó mirándole, con los labios entreabiertos como excitando.
--Hace mucho tiempo--replicó Maurescamp jurando e irritándose a sí mismo con la violencia de su lenguaje--; hace mucho que me están ustedes provocando... que ambos me ultrajan... que me cubren de ridículo... eso va a concluir.
--Es usted un desgraciado loco--dijo Juana con dulzura--. Yo no tengo amante... pero sepamos... ¿qué es lo que quiere decir? ¿Ya a provocar en duelo al señor de Lerne?
--No hay que provocar, es cosa hecha--contestó con el mismo acento de fanfarronería grosera--; mañana nos batimos.
La joven volvió a juntar sus manos, y dejó oír un gemido sordo.
Su marido pareció apercibirse de su brutalidad, y prosiguió precipitando las palabras y casi balbuciente:
--Es claro que no tenía la intención de prevenirle... eso no entra en mis habitudes... pero usted lo ha querido... me ha obligado a ello... me precipita... Es él a más quien ha colmado la medida esta noche... Continuar haciendo la corte públicamente a la esposa cuando se bate al día siguiente con el marido, es indigno de un caballero... es innoble.
--El señor de Lerne no me ha cortejado ni esta noche, ni nunca--dijo Juana con energía--, al menos como usted lo comprende. Su honor, es usted quien lo ha comprometido; su duelo con el señor de Lerne sería una locura... una mala acción... un crimen... porque, se lo juro por Dios y por la vida de mi hijo... que jamás ha sido para mí otra cosa que mi amigo.
--¡Se entiende!--replicó Maurescamp en tono de burla--. ¡Vamos, creo que esto es ya bastante y aún demasiado! Y dio algunos pasos hacia la puerta.
Pero Juana, poniéndose delante:
--No, se lo suplico, no se vaya aún... ¡si supiese usted lo que es para una mujer... que ha sufrido, que a más ha luchado... resistido, pero que al fin ha permanecido honesta, pura, fiel, y que se ve no sólo sospechada, sino más todavía, condenada, castigada con este cúmulo de injusticia y de dureza! ¡Si supiese usted lo que pasa entonces por la cabeza de esta desgraciada! ¡Si supiese usted lo que podría hacer de mí, aunque no me agradezca nada tratándome... de imprudente, cuando más, como si fuese la causa de todo!
--¡Ah! basta--repuso el conde con dureza, procurando desasirse.
Pero ella le retuvo todavía, empujándole suavemente delante de sí, con ademán suplicante; recostose el barón en la chimenea con la actitud resignada del verdugo.
--Ya sabe usted--dijo Juana--, tan bien como yo misma, la historia de nuestro pobre menaje... Poco tiempo me amó usted, amigo mío... seguramente por culpa mía... yo no le agradaba... mis gustos no eran los suyos... todo lo que hacía... todo lo que a mí me gustaba, usted lo rechazaba... Me ha abandonado... buscó sus placeres, nada más natural... Conocía usted que nada podía decirle puesto que no tenía el poder de retenerle. Pero yo era más joven entonces, amigo mío, pues ya hace años de eso, y entonces, sí, corrí peligro, se lo confieso. Sola en el mundo, descorazonada, enervada, sin sostén... rodeada de malos ejemplos, entregada a malos consejeros, perseguida y casi pervertida por gentes que no sospecha... sí, hubo un momento en que me sentí sin corazón, sin virtud, y próxima a caer... Pues bien, es la amistad que me ha salvado... esta amistad de que me hace un crimen... El señor de Lerne ha sido para mí...
--¡Un hermano!--interrumpió el señor de Maurescamp con el mismo tono de ironía insultante.