Historia de los siete murciélagos, leyenda árabe
Part 9
--¿Qué ves? le preguntó.
--Veo una tierra fértil, contestó Djeouar, rodeada de colinas y montañas, pero no la conozco.
--Es el país de Andalus[27]; ¿no ves más?
[27] Andalucía.
--Sí: un pueblo sobre un monte.
--Mira aún.
--Un castillo sobre el pueblo.
--¿Y en el castillo?
--Un retrete, un divan y una mujer hermosa, rodeada de esclavas. Padece horriblemente: está próxima al alumbramiento.
El hechicero hizo entonces á Djeouar tornarse al Oriente.
--¿Qué ves?
--Veo el nacimiento del Bahr-el-Azrak, y más abajo un pueblo junto á un lago. Sobre el pueblo un alcázar; en los jardines del alcázar una mujer jóven y hermosa.
Un relámpago de pasion lució en los ojos del juglar al ver la mujer que dormia guarecida del sol bajo una enramada de jazmines en el alcázar; sus labios entreabiertos temblaban con la convulsion de la cólera, porque junto á aquella mujer habia un hombre que se extasiaba contemplando su semblante lleno de dulzura, al que un hermoso sueño, sin duda, prestaba una sonrisa purísima y satisfecha.
--Tú amas á esa mujer, observó el hechicero á Djeouar.
--Sí: contestó este con voz sombría.
--Esa mujer es la esposa del wasir Aben-Sal-Chem, á quien adora, y de quien es amada con idolatría. Aún no ha corrido una luna desde que el amor unió sus destinos, y mira cuán felices parecen. Sin embargo, si tú quieres, esa felicidad desaparecerá y serán tan desgraciados como tú, que tienes el corazon seco como las aristas que lanza esa hoguera.
--¿Y qué he de hacer?
--Ocupar mi lugar, porque voy á morir. Te dejaré parte de mi poder, y alcanzarás por él cuanto has ambicionado.
--¿Seré rey?
--De la creacion: tu mano poseerá el bien y el mal, usarás de él á tu antojo, te obedecerán los espíritus invisibles, y estarán abiertos al par para tí los jardines del Edem, y las sombras y el fuego eterno del profundo. El juglar se estremeció de terror, y casi estuvo á punto de rehusar tan terrible herencia; pero recordó su abyeccion, sus ambiciones malogradas, sus ultrajes pasados, su pobreza y su sufrimiento. El ángel de la tentacion le envolvió en sus alas, y derramó en su alma la esperanza y los deseos insensatos. Creyó verse jóven, hermoso, rico; volvieron á pasar ante él sus sueños de sangre y exterminio, y las vírgenes de ojos negros envueltas en sus flotantes velos. Creció el odio que profesaba al hombre, la pasion que le arrastraba hácia la mujer que dormia bajo la enramada de jazmines, y se embriagó bajo el encanto de la realizacion de sus deseos. Arrojó léjos de sí el cofre donde guardaba sus joyas de cobre, sus cubiletes y su tablero de ajedrez, y se tornó resuelto al hechicero.
--Acepto tu poder, dijo.
--Pues bien, mira: aquel pueblo asentado junto al rio, en las márgenes del lago, es Dembea[28]; la mujer que duerme en él en los jardines del alcázar, es Noemi, la esposa de Aben-Sal-Chem, la mujer á quien amas. Aquella distante ciudad, perdida entre las brumas de Occidente en el país de Andalus, es Arjona; pasados algunos instantes nacerá en su castillo, de aquella mujer que grita y padece rodeada de esclavas, un varon que se nombrará Aben-al-Hhamar, y que más tarde, cuando la barba haya rodeado su rostro y le haya tostado el sol durante largos dias de combate, fundará un reino fuerte sobre el mismo país de Andalus, á los piés de una sierra cuya altísima frente siempre está y estará cubierta por la helada del invierno. El licor que hierve en esa vasija es su horóscopo: horóscopo incierto en el que luchan por mitad el bien y el mal; yo he sido el mal genio de sus mayores, pero mis dias están contados, y en el momento en que él vea la luz, las sombras de la muerte serán con mi espíritu. Es necesario que ese hombre sucumba con su raza: es necesario que la mujer que nacerá transcurridos diez años, de Noemi y Aben-Sal-Chem, sea el ángel tentador de Al-Hhamar.
[28] Pequeña ciudad de Egipto, situada á la parte oriental del lago que lleva su mismo nombre.
El viejo parecia menguar en fuerzas á medida que el fuego producido por el negro brebaje aumentaba en brillantez é intensidad. Su rostro estaba cárdeno y su voz era más ronca y más débil.
--Cuando mi vida se apague, continuó el viejo, se apagará la luz de ese fuego; entonces verterás sobre mí el licor que haya quedado, y esperarás; luego tomarás lo que encuentres de mis restos: en ello está tu poder; serás poderoso hasta el punto de crear séres á tu capricho, pero guárdate bien de hacerlo, porque perderás tu poder y serás como los demás hombres, y se agravarán las miserias que te aquejan.
--¿Pero podré ser rico?
--Sí.
--¿Y tener alcázares y esclavos?
--Sí.
--¿Y el amor de Noemi?
--Sí. Pero ha llegado el momento, dijo el viejo estremeciéndose; la llama oscila, se debilita, se apaga.
Y así era verdad: la columna de fuego, tan viva pocos momentos antes, decreció hasta quedar reducida á una llama azul, indecisa y vaporosa que osciló al fin, se dilató un instante, lamió los bordes de la vasija y se evaporó perdida en la oscuridad. El hechicero habia caido con ella: Djeouar, pálido de terror, contemplaba el cadáver alumbrado por un resplandor débil emanado de la vasija donde reposaba un líquido de color de oro.
Pero la ambicion dominó los terrores del juglar, y el filtro fué vertido por él sobre el cuerpo del hechicero.
Volvió á aparecer la llama, inmensa, rugiente como un toro salvaje; primero consumió la hopalanda, luego hizo crugir las carnes, devoró los huesos, se dilató y espiró.
Entonces el juglar vió con asombro que entre aquella negra ceniza quedaba un despojo; era una calavera blanca como el marfil, cubierta de inscripciones y signos rojos.
Era, sin duda, el cráneo del hechicero.
Djeouar le tomó, y como si aquel resto humano hubiese tenido un poder superior, sus ojos se oscurecieron, el frio de la muerte corrió por sus huesos; sus piernas flaquearon y rodó por tierra aletargado.
Cuando volvió en sí, se encontró sentado al pié de la palmera donde habia tomado descanso en la confluencia del Nilo y del Bahr-el-Azrak: el cofre donde conducia sus cubiletes y sus utensilios estaba junto á él; el sol descendia al horizonte, inundando de una luz rojiza los arenales, y á lo léjos se escuchaba un ruido sordo, profundo, contínuo, semejante al batir del mar contra una roca en un dia de tormenta.
--Mucho he dormido, exclamó Djeouar aterrado; el _semoum_[29] avanza, y no hay ni una gruta ni un kan donde defenderme de su soplo abrasador. ¡Si al menos fuera verdad lo que he soñado!
[29] _Semoum_ ó _samyel_, viento que reina á veces en el desierto. Se anuncia con gran ruido; á su llegada, el cielo parece encarnado ó inflamado: mata al momento por la sofocacion; á los que abrasa se reducen á polvo cuando se les loca; sin embargo, no altera sus formas.
El juglar miraba trémulo al horizonte: el ruido aumentaba progresivamente; al fin se dejó ver la tromba impulsada por el _semoum_; montañas de arena avanzaban con una velocidad espantosa: el juglar se prosternó, resignado á morir.
Cuando ya habia perdido toda esperanza, una violenta ráfaga, precursora de la tromba, arrolló el cofre del juglar, colocado en la pequeña eminencia donde descollaba la palmera, á cuyo pié habia tomado descanso; la tapa del cofre se abrió, y con las joyas de cobre, los cubiletes y el ajedrez, rodó un objeto que volvió la esperanza á Djeouar.
Era una calavera que parecia de marfil, cubierta de inscripciones y signos rojos.
La tromba llegaba ya; parecia que el mundo iba á desquiciarse, arrebatado por el _semoum_; las palmeras, los espinos, las rocas, cedian á su paso, y arrancados de su asiento, aumentaban la tromba. El Nilo mugia, como saludando al terrible viajero, y los cocodrilos huyeron aterrados á esconderse entre sus grutas festoneadas de algas.
Era un momento supremo: el juglar asió la calavera, y exclamó:
--Si no ha sido un sueño cuanto ha pasado por mí, ábrete Nilo, obedeciendo al poder de este talisman; álcese en tu oscuro fondo un alcázar para mí, y pase la tromba sin agitar uno solo de los mechones de mi barba.
El Nilo obedeció, y como un tiempo el Dios de Moisés separó las aguas del Mar Rojo para dar paso á su pueblo[30], se abrió la corriente del Nilo, y Djeouar descendió á pié enjuto hasta el fondo de su cauce.
[30] Algunos extrañarán que en una leyenda mahometana consignemos uno de los mayores milagros de la Escritura. Los que conocen las creencias musulmanas saben, como nosotros, que Mahoma compuso su religion de las dos más difundidas en la Arabia, la judía y la cristiana, y conservó á Jesús el nombre de profeta, como Jesús lo habia conservado á Moisés. En muchas de sus oraciones llaman á Noé el profeta de Dios; á Abraham, el amigo de Dios; á Ismael, el sacrificado á Dios; á José, el verídico de Dios; á Moisés, el que habló con Dios; á Jesucristo, el espíritu de Dios.
En él encontró un alcázar maravilloso: su ambicion de riqueza estaba satisfecha; el pórfido, el oro y las piedras preciosas, brillaban por todas partes; pero no habia ni un esclavo, ni un animal, ni un pájaro en su recinto solitario: dominaba en él el silencio de la muerte.
Djeouar estaba trastornado con tan repentino cambio de fortuna; agolpábanse á su pensamiento funestísimos recuerdos, y le parecia estar entregado á un sueño engañador: tocaba las columnas, los muros, las puertas de aquel palacio, como quien al ver un objeto querido posa sobre él sus manos temeroso de que no sea una sombra que se desvanezca al llegar á ella.
Al fin sus ideas se aclararon: vióse cubierto de andrajos en medio de aquel alcázar abandonado, y evocó esclavos que aparecieron á su voz y le cubrieron de galas. Luego mandó le preparasen un caballo, y por el poder de su talisman volvió al sitio donde creia haber soñado, y donde le habia sorprendido el _semoum_.
La palmera no existia ya: habia sido arrebatada por la tromba; el ambiente, rojo é inflamado antes, estaba límpido y azul; el sol habia traspuesto el horizonte, y la luna llena alumbraba la inmensidad, produciendo destellos pálidos y brillantes en las inquietas ondas del Nilo y del Bahr-el-Azrak.
El juglar aguijó su caballo y caminó corriente arriba por la márgen de este último rio; el animal era ligero como una gacela, y antes del amanecer, á pesar de existir una distancia enorme desde el punto de partida de Djeouar, vió los muros de Dembea.
Esperó á que abriesen las puertas, y entre tanto hizo para sí el razonamiento siguiente:
--Soy poderoso, es verdad; yo podria, con sólo quererlo, llevar á Noemi á los climas más remotos, y vengarme de Aben-Sal-Chem; pero yo no haré uso de ese poder más que para probar si es la virtud de ella ó mi fealdad, lo que ha hecho un imposible para mí de esa mujer. Me rodearé de fausto y de hermosura, derramaré el oro á manos llenas, y si mis deseos no se satisfacen, preciso será creer que mi destino me aparta de ella.
Djeouar acarició la calavera, que, encerrada en un saco de cuero, pendia del arzon de la silla.
--Ahora bien, dijo: es preciso que yo tenga una comitiva, y vengo solo; las puertas van á abrirse y quiero entrar en la ciudad con el aparato de un príncipe.
En tanto el juglar meditaba, la aurora habia mostrado su luz en el horizonte, y los pájaros despertaban en sus nidos y entonaban al Criador su canto matutino; en los confines de las praderas se levantaba de las chozas y de los aduares un humo blanquecino, que mostraba que los habitantes del campo se preparaban á su cotidiana tarea. Por el camino que habia seguido Djeouar, se veia alzarse, entre la bruma de la mañana, una nube de polvo que avanzaba con rapidez hasta dejar percibir en medio de ella una tropa de jinetes y camellos, que se dirigia al punto donde esperaba Djeouar.
Cuando hubieron llegado, el que los acaudillaba echó pié á tierra, y prosternándose ante el juglar, le dijo:
--Nosotros somos esclavos de la calavera mágica, y hemos sabido tu deseo de tener una comitiva y un aparato dignos de un príncipe: hénos aquí.
Djeouar contó cien jinetes en los hombres que habian venido con el que estaba prosternado á sus piés: más allá, cien árabes conducian otros tantos camellos cargados de cofres y tiendas; los jinetes eran jóvenes, hermosos, robustos, ricamente ataviados y armados con espadas y lanzas; los caballos pertenecian á la raza más estimada en Arabia, y eran negros y fogosos; los esclavos que conducian los camellos, venian vestidos de blanco, color que hacia resaltar el cobrizo de su piel: todos miraban con respeto al juglar, y su caudillo estaba aún prosternado ante él.
--Levántate, le dijo Djeouar, ¿cómo te llamas?
--Yo soy el genio Zim-Zam, contestó el preguntado, y soy esclavo del talisman que posees.
--Pues bien, dijo el juglar, desde ahora eres mi walí, y te nombras Alí-Zim-Zam. ¡Alí-Zim-Zam! Haz que se armen mis tiendas, y que reposen mis camellos.
En un momento doscientas tiendas de riquísimo cuero se alzaron en la pradera á un tiro de venablo de las puertas de la ciudad: entre ellas se elevaba una de tela de seda, sobre cuya cúspide ondeaba un pendon verde. En torno de aquel real, se veian de trecho en trecho jinetes apoyados en largas lanzas guardando las avenidas; los camellos se agrupaban en el centro alrededor de la tienda del pendon verde, y dentro de ella, gozando de su reciente y magnífica fortuna, Djeouar aparecia muellemente recostado en un sofá, sobre una alfombra de la India.
Ante él, el genio Zim-Zam, esperaba de pié y en una actitud respetuosa sus órdenes.
--¿Sábes mis deseos? preguntó al genio.
--Sí, poderoso señor; contestó este, inclinándose; quieres usar de tu poder de modo que nadie vea en tí más que un hombre adornado de todos los dones que el grande Allah concede á sus protegidos.
--Es verdad. Quiero ser hermoso y jóven.
El genio sacó de entre los pliegues de su faja una planchita ovalada de plata, en cuya bañada superficie se reproducian las formas que se mostraban ante ella; y la presentó al juglar. Lo atezado de su rostro, sus profundas arrugas, sus ojos pequeños, de expresion traidora y cruel, su barba cenicienta y descompuesta y su cuerpo encorvado y miserable habian desaparecido: en cambio era un mancebo, en cuyo semblante noble brillaban dos ojos negros de sublime expresion, coronados por dos cejas perfectamente arqueadas; su frente, blanca, pálida y altiva, estaba ceñida por un chal de vivos colores, entretejido de oro; sus labios, de color de púrpura, mostraban un finísimo bigote y una barba semejante al terciopelo; su cuerpo, cubierto por un caftan de inapreciable valor, era gallardo como una palmera, fuerte como un cedro, y esbelto como el de una hermosa odalisca. Djeouar, en fin, habia pasado del extremo de la fealdad y de la miseria, á lo supremo de la hermosura y de la riqueza.
Pero su alma era la misma: revolvíanse en ella sus ambiciones, sus rencores, sus crueles venganzas. Era el mismo asesino cobarde sin dolor ni compasion. Su amor impuro guardaba, aún con más fuerza que nunca, el recuerdo de Noemi, y su odio para con el wisir Aben-Sal-Chem, habia llegado al colmo. Ni recordaba su pasado, ni pensaba en el porvenir; para él no existia más que el presente.
--¿Cuáles son mis riquezas? preguntó despues de haberse contemplado satisfecho en la plancha de plata.
El genio llegó á la puerta de la tienda, é hizo un ademan imperioso á los esclavos, que instantáneamente entraron en ella, cargados de cofres que dejaron á los piés de Djeouar. Zim-Zam los abrió uno tras otro: armaduras de guerra, dignas de un sultan; ropas de lino, finísimas cual si fueran destinadas á una mujer; caftanes, túnicas, almazares, alquiceles, fabricados con las materias á que ha dado mayor precio el capricho de los hombres; todo un tesoro en joyas y en dinero, fuéron los objetos que contestaron á la pregunta del juglar, que, obedeciendo á su avaricia, hundió sus manos con deleite entre las joyas y el dinero, los contempló, y por un momento lo olvidó todo en presencia de su tesoro.
--Yo necesito á más de esto, dijo al fin dirigiéndose al genio, el nombre de un príncipe. ¿Cómo he de nombrarme?
Zim-Zam puso en las manos de Djeouar un pergamino perfumado, del que pendia sujeto á una cinta verde, un sello grabado en un anillo de oro.
Era una carta del sultan de las Indias, que enviaba un presente al wisir Aben-Sal-Chem, y la rogaba atendiese segun su rango á su sobrino Aben-A'bd-Allah-Charyahr.
--Estoy satisfecho, dijo el juglar, guardando entre su faja el pergamino. ¿Qué gente es aquella, dijo mirando á través de la puerta de la tienda, que sale de la ciudad y viene hácia este sitio?
--Son campeadores, contestó el genio, que Aben-Sal-Chem envia para reconocer nuestro campo. Voy á recibirlos.
Zim-Zam cabalgó de un salto en su caballo, que le esperaba cerca de la tienda, hizo montar á los árabes sobrantes de la guardia del real, y se adelantó con ellos al encuentro del walí, que al frente de algunos jinetes venia de la ciudad.
Cuando estuvieron á poca distancia, Zim-Zam bajó el hierro de su lanza, sacó el pié derecho del estribo en señal de paz, y avanzó hasta el walí que le recibió del mismo modo.
--¿Quién sois, de dónde venís? preguntó el de la ciudad al genio.
--Somos esclavos de un poderoso príncipe de la India, y venimos viajando con él por el mundo. Mi señor trae un presente y una carta para tu amo el wisir Aben-Sal-Chem, y puedes llegar hasta él y escuchar palabras de amistad y paz de su boca como las escuchas de la mia.
--El Señor, Dios de Ismael, sea con tu señor y contigo, contestó el walí, pasando su lanza á la mano izquierda, y tendiendo la diestra al genio que la aceptó; llévame ante tu señor y besaré las huellas de sus piés, y llevaré su carta al magnífico wisir Aben-Sal-Chem.
El walí partió, y antes de que trascurriese una hora sintióse un gran movimiento en la ciudad; llenáronse los muros de árabes cubiertos de galas; abriéronse las puertas, y enmedio de una lucida comitiva, apareció Aben-Sal-Chem, que, separándose de los suyos, partió al galope y se adelantó al encuentro del juglar, que salia al suyo de igual modo; al encontrarse entrambos se desmontaron á un mismo tiempo, se abrazaron, y recíprocamente se besaron en la mejilla izquierda. Despues Djeouar llevó á su tienda al wisir, le hizo sentar, y le contó una historia mentirosa que justificaba su viaje, y que Aben-Sal-Chem creyó con la mayor buena fe posible.
El juglar veia acercarse el logro de sus deseos; iba á entrar rico, bello y poderoso, en una ciudad de la cual habia salido miserable, viejo, huyendo de un suplicio infame y cruel; su enemigo se entregaba en sus manos, y creia ya ver ante sí, concediéndole la sonrisa de su amor, á la hermosa Noemi.
El juglar y el wisir tornaron á cabalgar; los esclavos plegaron las tiendas, pusiéronse en movimiento jinetes y camellos, y toda aquella lucida tropa se dirigió á la ciudad á través de una multitud de curiosos.
Al llegar á la puerta, Djeouar reparó en una escarpia clavada sobre ella, y preguntó al wisir, el objeto á que estaba destinada.
--Espera la cabeza de un hombre, contestó severamente el wisir, como si aquella pregunta hubiese despertado en su memoria recuerdos desagradables.
Djeouar pareció satisfecho con aquella breve respuesta, puesto que respetó el silencio del wisir, que calló, abismado en profundas cavilaciones.
Pasaron bajo del arco de la puerta, y penetraron en las calles de la ciudad que eran anchas y mostraban hermosos edificios; llenábanlas multitud de hombres que victoreaban á Aben-Sal-Chem, y tendian sus alquiceles á los piés de su caballo para que pasase sobre ellos; algunas blancas manos, saliendo por las entreabiertas celosías, agitaban lenzuelos ó arrojaban flores. Todo demostraba que el wisir era querido por los habitantes de Dembea.
A pesar de estas demostraciones, Sal-Chem marchaba al lado del juglar triste y meditabundo.
--¿Qué castigo piensas será bastante, dijo deteniéndose de improviso y dirigiéndose á Djeouar, para castigar al hombre que ha osado penetrar en mi baño y poner su mirada en mi esposa?
--La muerte en la tierra, y la condenacion en lo profundo.
--Pues bien, repuso con furor el wisir, la muerte no será con ese hombre, que ha huido de mi poder con el auxilio sin duda de Eblis... La escarpia esperará en vano su cabeza... He consultado las estrellas por medio de astrólogos y nada han podido decirme; ofuscaba sus sentidos un poder superior. ¿Es verdad que en la India hay magos á cuyos conjuros se abre el libro del porvenir?
--Sí.
--¿Traes alguno contigo?
--Sí.
--Muéstramelo, exclamó el wisir deteniendo su caballo.
--Yo soy, contestó solemnemente Djeouar.
Aben-Sal-Chem, palideció al saber que tenia junto á sí y que habia besado en la mejilla, á uno de esos terribles séres que mandan á los astros, que compelen á los elementos y evocan de sus tumbas los cadáveres. El juglar conoció lo desventajoso de la posicion en que se habia colocado respecto á un hombre, para con el cual no pensaba valerse por entonces del inmenso poder que le habia legado el hechicero, y se apresuró á desvanecer los terrores que presentia en la medrosa mirada del wisir.
--La mágia, dijo, es una de esas ciencias oscuras, inspiradas por Satanás. El espíritu de Dios sólo desciende á los que han purificado su alma con la oracion y práctica de todas las virtudes: sólo el justo puede leer en el pasado, en el presente y en el porvenir; el espíritu profético es la luz del mundo; los conjuros de la mágia son los reflejos del fuego impuro que enciende Eblis en el corazon de los malvados. Yo soy profeta, no mago.
La expresion de terror que se mostraba en los ojos del wisir, se tornó en una expresion de respeto. Llegaban entonces á las avenidas del alcázar. La comitiva se habia aumentado con multitud de curiosos, que se agolpaban en derredor del wisir y del juglar, y admiraban la riqueza de su vestidura y de su acompañamiento. El wisir invitó á Djeouar á que se hospedase en su compañía, y este aceptó. Zim-Zam y los suyos fuéron á hospedarse á un kan, y el juglar y Aben-Sal-Chem entraron en el alcázar.
Era este ostentoso; las galerías, los patios y los retretes estaban construidos con magnificencia; los esclavos y las guardias se contaban en gran número. La comida que sirvieron á Djeouar, fué exquisita. Cuando quedó solo con el wisir, este le dijo:
--Tuyo es cuanto miras, príncipe Aben-Charyahr; tu discrecion y tu hermosura han cautivado mi amistad, y voy á llevarte junto á mi esposa. Tú, que lees en los corazones, me dirás si el suyo está puro ó si debo poner su cabeza en la escarpia destinada para el hombre que ha huido de mi poder.
Djeouar no deseaba otra cosa que ver ante sí á Noemi; consintió, y en pos del wisir, tras haber atravesado el alcázar, entró en un gran retrete situado en el centro de una torre gigantesca.
Al fondo de él, se veia una mujer indolentemente reclinada en un divan, rodeada de flores y perfumes, escuchando el cantar de algunas esclavas, acompañado de la guzla que una de ellas tañia. Aben-Sal-Chem y Djeouar se detuvieron tras el tapiz de la puerta, para oir el siguiente romance:
Entre celajes de fuego, tras el ocaso se pone[31] el sol, y su oscuro manto despliega la sombra informe. El lucero de la tarde en trémulos resplandores reverberando aparece, mensajero de la noche. Se amengua la luz; el dia va á alumbrar á otras regiones, y la tiniebla se extiende llenando los horizontes. ¡Bella lámpara de plata, que el firmamento recorres, brilla siempre entre la bruma, que te envuelve en sus vapores como trasparente gasa que á velar te se descoge! ¡Brilla siempre misteriosa, mientras murmurando corre el rio, que á tus destellos reflejos de plata rompe, y en la sonante ribera, entre sus ondas veloces, espadañas acaricia, y humildes plantas recoge! Mas si mi hermosa aparece, á verte en sus miradores, entre las nubes ¡oh luna! tu pálida faz esconde, que donde brillan los ojos de Noemi abrasadores, poco son, no tus reflejos, sino el fulgor de cien soles.