Historia de los siete murciélagos, leyenda árabe

Part 10

Chapter 104,104 wordsPublic domain

[31] Hemos impreso los versos segun los escriben los árabes, que de cada dos de nuestro romance, hacen uno que dividen en dos partes. Así nuestro primer verso equivale á la primera mitad ó primer hemistiquio árabe, que ellos llaman sadrilbait ó entrada del verso, y el segundo verso al segundo hemistiquio ú ogzibait, que significa cabo de verso. Ambos hemistiquios son de igual número de sílabas, de modo que una estrofa de nuestros romances, equivale á cuatro hemistiquios, ó sean dos versos árabes.

Calló la esclava, y el wisir y el juglar se adelantaron; la vista de este último produjo algun desórden; la mayor parte de las esclavas huyeron, y otras se cubrieron con sus velos; la mujer que reposaba en el divan se levantó ruborosa, y recibió con una sonrisa de amor á Aben-Sal-Chem, y un ademan digno y respetuoso al juglar.

El judío se detuvo en este punto, como fatigado de tan larga relacion; la sultana Wadah, esperó en vano á que prosiguiese; aquella historia la interesaba en demasía, para que no procurase saberla hasta el fin; parecíale, sin embargo, un delirio de Absalon; el judío habia dado á su voz la inflexion de un canto monótono y triste; semejante al que usan los juglares en sus historias de hadas y encantamientos; por otra parte, ¿cómo Absalon recordaba no sólo los detalles más minuciosos, sino tambien los romances cantados en una historia que no era la suya?

Sin embargo, recuerdo ó delirio, verdad ó mentira, la leyenda la habia revelado un nombre conocido para ella: el nombre de Djeouar. Habia escuchado con ansiedad al judío desde que pronunció aquel nombre, y habia esperado descubrir un misterio, que tal vez era el de su existencia y el de su amor.

Pero Absalon habia dejado de hablar; retratábase en su semblante la misma expresion de dolor, que habia visto en él la sultana al levantar el tapiz del divan donde estaba aprisionado; el retrete habia sido envuelto de nuevo en el silencio más profundo.

Acercábase en tanto la hora de adohar; el sol iba á tocar el punto que marca la mitad de su carrera; la fiesta seguia, puesto que de tiempo en tiempo se escuchaba el son de trompetas y atabales; un presentimiento funesto pesaba sobre el alma de Wadah, y se unia de una manera incomprensible á la historia que habia dejado suspendida el judío.

--Es preciso acabar, dijo para sí; es preciso que este hombre hable.

Y sacudió un brazo del judío, que tornó en sí, no aterrado como la vez primera y con la insensatez pintada en sus ojos, sino de una manera natural; miró en torno suyo, y al ver á Wadah, se alzó del divan y se prosternó con respeto.

--¡Oh poderosa señora! exclamó, ¿por qué llegas hasta tu siervo en la hora de la desgracia?

Absalon no era entonces un loco. Wadah le examinó atentamente antes de responder.

--¿Qué haces aquí? le preguntó.

Absalon tembló, pero no contestó.

--Tienes miedo á esa mujer, observó la sultana; su poder te aterra, pero yo quiero que hables; es ya tarde para volver atrás; quiero saber hasta el fin la historia de Djeouar.

El judío palideció, contuvo una exclamacion que ya rebosaba de sus labios, y procurando sonreirse, contestó:

--Es verdad; habré soñado; mis sueños son extraños; quien los presenciara, me creeria despierto. ¡Djeouar!--Y el judío dilató más su singular sonrisa, que tenia algo de la expresion del espanto.--¡Era Djeouar con quien soñaba! ¡Oh! ese cuento es terrible, y desde que le oí á un anciano de mi raza, le reproduzco con frecuencia en mis sueños.

Una llamarada de cólera subió del corazon á los ojos de Wadah. Era la primera vez que, despues de muchos años, se atrevia un hombre á oponerse á sus deseos. Aquella mirada fué, sin embargo, un relámpago. Su irritacion, próxima á estallar, rodó en su corazon, expresándose en un estremecimiento espantoso.

--¿Sábes quién soy? Le preguntó la africana con voz breve y acentuada.

--Sí, poderosa sultana, lo sé.

--¿Sábes mi nombre?

--¿Acaso me he atrevido á desear conocerlo? repuso vivamente el judío, cuyo semblante pálido iba tornándose en lívido, al par que el de Wadah se enrojecia.

--¡Oh! ¡tan olvidadizo es el señor, que no recuerda el nombre de su esclava!...

El judío miró con asombro á la africana.

--Yo en cambio, añadió esta, nada he olvidado. Te ví entrar un dia en el alcázar del rey, y te reconocí á pesar de haber trascurrido 15 años desde la época en que nos separamos. Venias á presentar al magnífico Ebn-Al-Hhamar, mi esposo, una bellísima esclava. Pero no halló gracia en el rey, y volviste con ella á tu casa á donde te hice seguir. Aquella misma noche yo, cubierta con un velo, llamé á tu puerta, ví á la esclava, y te la compré para un jóven, que al dia siguiente pasó, por instigacion mia, bajo tus miradores, y vió á Betsabé. Tú hiciste lo demás. No me habias reconocido más que como la esposa del rey, y adivinaste que yo debia tener un gran interés cuando exponia la paz de mi vida yendo á buscarte á tu casa; creiste haber penetrado mi secreto; te habia dejado traslucir que yo necesitaba un objeto bastante poderoso para arrastrar al príncipe Juzef á una lucha. Pero esa lucha ¡insensato! no debia ser contra su padre el rey Al-Hhamar, á quien amo con toda la fuerza de mi amor; debia ser contra el príncipe Mohamet, por quien siento mi corazon rebosando odio. Ayer Betsabé era esclava, hoy está libre y quiere ser reina.

El judío sufria toda la influencia de un terror pánico; su corazon le decia que aquella mujer tan hermosa podia para él ser la muerte; para él, miserable, que se estremecia al pensar en el _no ser_, porque á pesar de su impotencia, aún no le habia abandonado ese sueño tenaz que se llama esperanza, y que acompaña al hombre hasta la agonía. El espanto erizaba sus cabellos, porque en el semblante de aquella mujer habia empezado á leer con trabajo una historia, como se lee una inscripcion, cuyos caractéres han sido alterados por el tiempo, porque cada período de la vida de Wadah, habia dado una expresion á su semblante: cuando sólo contaba 12 años y salia del alcázar de Cairvan para recorrer las selvas sobre su caballo salvaje, era una niña pura, candorosa, en cuyos hermosos ojos negros se notaba la dulce melancolía causada por las primeras y misteriosas sensaciones de un amor sin objeto; despues cuando vió correr ante sí la sangre del hombre á quien habia abierto su alma de vírgen, el dolor, el despecho y la vergüenza de un castigo, tal vez injusto, cubrió su frente, tan tersa y tranquila antes, con una nube sombría, que revelaba en ella una ilusion marchita, y el primer impulso de venganza; pensando en su desagravio, ocultando sus padecimientos por orgullo, se hizo reservada, cruel, suspicaz; la franca sonrisa de su boca desapareció, para dar lugar á otra afectada, y tras la cual un observador hubiera encontrado siempre la amargura de un alma contrariada en sus más queridas sensaciones. Entonces contaba 15 años. Desde aquella época habia dejado de verla Absalon, y en los otros 15 años que trascurrieron hasta el dia en que, llegando el judío á Granada, pudo verla junto al rey, en las fiestas y en las monterías tan frecuentes en aquel tiempo, nada en la sultana despertó sus recuerdos, ni cuando una noche se presentó en su casa para comprar á Betsabé, vió en ella más que la esposa del rey, ante cuyas plantas se prosternó, para escuchar las órdenes que respecto á la conducta que debia seguir en los amores del príncipe con la esclava, salieron breves é imperiosas de los labios de Wadah.

Y no era posible que la hubiese reconocido: la sultana no era la mujer esbelta, aérea, semejante á una sílfide como 15 años atrás: era más hermosa, sí; sus formas se habian desarrollado, su hermosura habia llegado al colmo, sus ojos habian adquirido la expresion peculiar que la costumbre de ser obedecida á la primera indicacion da á la mirada de una reina; Wadah, en fin, se habia trasformado en gran manera; sin embargo, Absalon, cuya atencion habia despertado los acontecimientos del momento, creyó reconocer aquella mirada límpida, penetrante, imperiosa: creyó ver levantarse otra mujer entre la niebla de sus lejanos recuerdos; pero dudó, y calló.

--¡Oh! yo no te he olvidado, Absalon, repitió la sultana, en cuya voz se notaba una inflexion de amenaza, no he olvidado las humillaciones que he debido á tu sórdida avaricia; entonces era tu esclava, como ahora tu señora; entonces estaba sujeta á tu poder como tú lo estás al mio. ¿Cuál piensas seria tu suerte si yo dijese á mi amado: señor, el hombre que maltrata á la que tú llamas luz de tus ojos, está en tu ciudad; tu siervo es, el que por una infamia fué mi señor, y yo quiero su cabeza?

Absalon era cobarde, y creyó sentir ya en su cuello el filo del fatal alfanje; una angustia mortal y un decaimiento extremo eran las señales que, pintadas en su rostro, respondian de su padecimiento; á pesar de esto continuó en su obstinado silencio.

--¡Hablarás! gritó Wadah con voz sombría desnudando un puñal con mango de oro, y apoyando su aguda punta en el seno del judío.

Este dió un grito, saltó del divan, y quiso huir, pero cayó contenido por la cadena de oro que le aprisionaba como á Betsabé.

--¡Oh, qué es esto! exclamó Wadah, viendo la cadena cubierta de signos cabalísticos, que hasta entonces habia estado oculta bajo la hopalanda del judío; ¿quién te ha sujetado de esa manera? Luego aquí vuela un poder superior que tú con tu ciencia y tu maldad no puedes contrarestar. ¿Con que está maldito todo cuanto me rodea?

--Esa mujer es la muerte, dijo profundamente el judío, esa mujer es la condenacion.

--¡Pues bien! ¡la historia de esa mujer! ¡la de Djeouar! ¡la de Noemi!... ó tu vida.

El judío asió aterrado las rodillas de Wadah y unió sollozando su rostro á la alfombra.

--Sí, dijiste que Djeouar y el wisir entraron en el aposento de Noemi... ¿quién era esa mujer? preguntó temblorosa Wadah.

El judío hizo un esfuerzo penoso, se incorporó, y dijo con voz lenta y lúgubre:

--Esa mujer era tu madre; Djeouar era mi hermano; el wisir Aben-Sal-Chem el enemigo de nuestra raza.

La sultana palideció al oir aquella inesperada respuesta; su corazon se estremeció, sus rodillas se doblaron, cayó sin fuerzas sobre el divan, y dos lágrimas arrancadas por la emocion, al par dulces y amargas, brotaron de sus ojos, que hasta entonces sólo habian mostrado el fuego de un amor ardiente, ó la expresion de una soberbia ó de un furor sin límites. Tal vez ella en su existencia de lucha y de odio, habia adormecido en el fondo de su alma aquel sentimiento; tal vez, acostumbrada á la soledad y al aislamiento, habia reconcentrado en sí misma sus afecciones; pero al fin el amor inmenso que llena el corazon de las madres; esa voz de la naturaleza, sin la cual la especie humana seria una raza de fieras, se reveló en ella con la vehemencia peculiar á todas sus pasiones. Con la rapidez inherente al pensamiento, retrocedió al pasado, creyó ver á su madre hermosa y desgraciada, separada de su hija, tendiendo hácia ella sus brazos, y sufriendo con su ausencia como ella sufria cuando estaba separada del príncipe Juzef A'bd-Allah. Sólo una madre sabe cuanto puede amar y sufrir una madre.

Por eso dos lágrimas solas y ardientes habian brotado de sus ojos; lágrimas que se evaporaron al rodar por sus ardientes mejillas, enrojecidas por la influencia de encontradas pasiones; un deseo en Wadah era una exigencia; una exigencia contrariada producia en ella el terrible furor á que con tanta frecuencia se entregaba.

--¿Dónde está mi madre? gritó encarándose con el judío, cuya situacion respecto á Wadah se hacia cada vez más difícil.

Absalon se anonadó; el grito y el ademan de Wadah eran tan imponentes como los de una pantera que busca al hijuelo que le han robado.

--¿Dónde está mi madre? ¿Qué ha sido de ella? repitió con acento terrible Wadah. ¡Su historia! ¿Lo oyes? ¡Quiero saber su historia!

El judío se abandonó sin esperanza á su destino; sus ojos volvieron á rodar con la expresion del insensato; un sordo gemido salió de sus labios, cayó sobre el divan, cerró los ojos, y su voz volvió á elevarse como un canto lúgubre, perdido, emanado de la tumba. Parecia que un poder superior dominaba aquella extraña situacion.

--Noemi era muy hermosa, continuó el judío; Noemi sólo contaba doce años; pero sus encantos no tenian número: Djeouar la amaba porque era hermosa, y la aborrecia porque era hija y esposa de los enemigos de sus padres. Djeouar por su amor y su venganza habia vendido su cuerpo á Azrael[32], y su espíritu á Satanás. Djeouar, el horrible juglar, el de la barba macilenta, el de los hundidos ojos, el de la espalda encorvada, habia pedido al infierno una de esas frentes altivas que inspiran respeto, una de esas miradas que infiltran en quien las ve, un amor sin fin, y uno de esos cuerpos gallardos, que revelan la fuerza y la majestad. Todo se lo habia concedido el espíritu condenado, y al fin estaba entre Noemi y Aben-Sal-Chem, gozándose en el cercano logro de su amor y de su venganza. Cuando tras una breve plática, el wisir salió con Djeouar del aposento de su esposa, esta se levantó recatadamente, llegó á la puerta, separó un tanto el tapiz, miró con el rostro teñido de púrpura y latiéndole el corazon al juglar que se alejaba por una larga galería, y cuando ya no le vió, un hondo suspiro rebosó de su pecho, quedó inmóvil en el lugar donde se encontraba, y sus ojos se llenaron de lágrimas.

[32] El ángel de la muerte.

Entre tanto Aben-Sal-Chem preguntaba á Djeouar, qué juicio habia formado de su esposa.

--El corazon de la mujer es un abismo en cuyo fondo sólo se ven tinieblas, contestó Djeouar; tengo que apelar á la ciencia; y esta noche si tienes valor para ir solo al sitio que te designe, te daré á conocer si tu esposa es culpable ó inocente.

--¿Y qué sitio es ese? preguntó el wisir.

--En la ribera oriental del lago, hay una ensenada que penetra entre dos montañas, formando un canal sinuoso; al fin de él, bajo la cortadura de la montaña, existen las ruinas de una cabaña, cercada por un vallado. Ve esta noche allí, cuando las estrellas medien su curso, y te revelaré tu presente y tu porvenir.

--Pero aquel es un lugar maldito, donde no osa penetrar ningun buen muslin, observó el wisir palideciendo.

--Sí, en aquel lugar hace treinta años se cometió un asesinato. Desde entonces está inhabitado y huyen de él las aves y los animales. Sin embargo, el Destino me manda que sólo allí hable, y sólo allí hablaré.

El wisir prometió ir solo, y Djeouar se separó de él y con pretexto de descansar, entró en el aposento que se le tenia destinado, y donde le esperaban esclavos. Despidiólos, y cuando quedó solo tocó la calavera, que encerrada en el saco no habia abandonado, y dijo:

--Quiero llegar hasta la puerta del retrete de Noemi, sin ser visto por ojo humano.

Apenas habia expresado su deseo, cuando le vió cumplido; hallóse tras el tapiz que cubria la puerta de aquel retrete; levantóle y miró: Noemi estaba sola sentada en el divan, con la cabeza puesta entre las manos, y los brazos apoyados en sus rodillas; sus largos cabellos negros caian como un velo sobre sus hombros y parte de su semblante, y su mirada estaba fija en el pavimento.

Djeouar levantó el tapiz y entró; sus pasos resonaron sobre el mármol, y Noemi levantó la vista, le vió, dió un grito, y quiso huir; pero la contuvo una mirada del juglar, semejante á la de la serpiente que fascina á una avecilla.

Djeouar siguió adelante, y cuando llegó junto á Noemi, notó que temblaba, y un movimiento de despecho agitó su corazon.

--¿Por qué tiemblas ante mí, paloma mia? la preguntó dulcemente el juglar.

El seno de Noemi se elevó al impulso de una sensacion desconocida; sus ojos se elevaron hasta posar una mirada tímida en los de Djeouar y palideció. Los ojos del juglar arrojaban de sí torrentes de pasion, pero de una pasion impura como su alma; los de Noemi revelaban un amor naciente, tímido, purísimo á veces; repugnancia, desden y temor otras; su espíritu luchaba entre el amor y el horror. Un poder invisible la arrastraba al juglar, y sin embargo rechazaba á aquel hombre por un impulso independiente de su voluntad como su amor.

Djeouar leyó hasta en el fondo del alma de Noemi, y apreció en lo que valia la lucha que la agitaba; conoció que jamás el amor dominaria al terror en Noemi, y se enfureció.

--¡Oh! dijo para sí; no es la virtud de la mujer ni mi fealdad los que me separan de Noemi; es mi destino. Pues bien, ese destino fatal pesará sobre todo cuanto me rodee, y aliviaré mi dolor gozándome en el dolor de los otros. Si esta mujer no puede ser mi amante, será mi esclava y me vengaré.

Luego, sentándose en el divan, trajo hasta sí á Noemi.

--Escucha, la dijo, yo te amo; esta es la tercera vez que llego hasta tí para decírtelo, y es la tercera tambien que me desdeñas.

Noemi miró con espanto á Djeouar, no recordaba haberle visto hasta entonces, y sin embargo, parecia encontrar algo de comun entre la límpida y radiante mirada del hermoso jóven, y la sombría é impura del juglar, que habia visto antes prosternarse dos veces á sus piés. Creyó ser presa de un sueño, y pasó las manos por su frente como queriendo arrancar de ella una cruel pesadilla.

--No, no sueñas, dijo el juglar, presintiendo el pensamiento de la jóven; yo he creido tambien soñar, y estoy despierto como tú; nuestro destino está enlazado, y lo que está escrito se cumplirá.

--¿Pero qué está escrito? murmuró con espanto la hermosa.

--¿Acaso anida la golondrina en otra palmera que en aquella donde debe anidar? ¿Acaso el hombre puede evitar el empeñarse en la senda á donde le arroja su destino? No. Destino mio era amarte; te ví un dia en las márgenes del lago, y te amé; destino mio era llegar hasta tí; esperé la noche, y á favor de la sombra escalé los muros de los jardines, y te ví... ¡Oh! me desdeñaste con horror, huíste de mí aterrada, como hubieras huido de un horrible reptil; sin embargo, volví otra vez, y fuí más desgraciado que la primera; me ví encerrado en una mazmorra, sentenciado á morir, y mi cabeza fué destinada á ocupar una escarpia en las puertas de la ciudad; pero cuando ya sentia los pasos del verdugo, cuando el frio de la muerte corria por la médula de mis huesos, los hierros que me aprisionaban se rompieron, una mano invisible abrió mi prision y me encontré libre en el campo, sobre un camino solitario alumbrado por la hermosa luz de la luna; me protegia un poder superior, y con él he vuelto, no como antes, deforme y miserable, sino hermoso, rico y lleno de poder; si me hubieras amado, mujer ¡cuántas lágrimas hubieras evitado á tus ojos! ¡cuánta felicidad hubieras debido á tu destino!

--Pues bien, sea como quiera, contestó Noemi, levantándose con dignidad y echando atrás con un movimiento de su hermosa cabeza su profusa cabellera; sea como quiera acepto mi destino: el Señor fuerte, el sábio entre los sábios, el justo entre los justos, ha puesto á prueba mi corazon. Antes de verte hoy, amaba á mi esposo, amaba á mis flores, amaba la luz que se desprende de ese cielo purísimo y el hermoso sol que reverbera en su inmensidad; pero mi amor era tranquilo, y el odio no habia penetrado en mi alma; desde que estás hoy á mi lado, mi alma ha cambiado enteramente; me devora un amor solo, inmenso, abrasador, y con él un odio sin fin, sin perdon, y por tí y para tí son ese amor y ese odio; amémonos y aborrezcámonos. Cúmplase nuestro destino.

--¿Y por qué no amarnos siempre? murmuró el juglar posando una ardiente mirada en Noemi.

--¡Amarnos! contestó esta con un acento que parecia inspirado y con los ojos llenos de lágrimas; muchas veces, sentada en aquel ajimez, he visto trasmontar el sol los horizontes entre ráfagas de sangre, y me ha estremecido un vago presentimiento; muchas veces desde ese mismo lugar, he mirado la luna opaca y sombría reflejando sobre mi frente, y las oscuras nubes que han pasado delante de ella, me han parecido horribles visiones que me lanzaban desde la inmensidad miradas de amenaza; he escuchado palabras de maldicion entre los bramidos del viento de la tempestad, y arropada en el fugitivo manto del relámpago, he visto cien veces una frente hermosa y amenazadora semejante á la tuya; y yo he amado y he aborrecido esos terrores como te amo y te aborrezco.

En aquel momento la radiante faz de Noemi tenia mucho de semejante á la de Djeouar, ambos á dos eran más que mortales; habia algo más allá de la vida retratado en sus miradas; sus pasiones al par eran más violentas que las de los hombres. Entrambos se comprendieron, entrambos se respetaron.

Pasó un momento de silencio solemne. Al fin le rompió Djeouar.

--Aquí se encierra un misterio, dijo, que no alcanzo á comprender; esta noche es preciso que vayas allí, añadió señalando un punto del lago á Noemi, y que era el mismo lugar que habia indicado á Aben-Sal-Chem.

--Iré, contestó Noemi.

--A la media noche.

--A la media noche.

Tras esto, Djeouar por donde habia entrado, y Noemi por la parte opuesta, abandonaron el retrete.

III.

Llegó la noche oscura y silenciosa; el lago Dembea dormia bajo su pabellon de sombra; de vez en cuando un relámpago rasgaba las tinieblas, y una caliente ráfaga iba á perderse murmurando en las quebraduras de las rocas. La ciudad y el castillo, en los cuales relumbraban algunas luces, se destacaban negros en la sombra, como un gigante de cien ojos de fuego destinado á velar sobre la naturaleza dormida.

Era cerca de la media noche: en la parte oriental del lago, en el fondo de una quebradura, situada entre dos montes, donde penetraban las aguas formando un estrecho canal, habia un hombre que llevaba en la mano una antorcha, y buscaba al parecer un lugar determinado en el reducido terreno que existia entre las aguas y la cortadura de la montaña: saltó por cima de una pequeña cerca casi arruinada, en cuyo interior crecia el espino silvestre en torno de un ciprés seco, y entró al fin en una cabaña, que por su estado indicaba un remoto abandono; clavó la antorcha en el suelo, y sentóse sobre los escombros.

Este hombre era Djeouar; pero Djeouar con su deformidad, con su miseria y su cofre de juglar. Su semblante revelaba con más fuerza que nunca las pasiones de su espíritu, y enrojecido por la luz de la antorcha, se semejaba al de un espíritu condenado. Su mirada estaba tenazmente fija en un ángulo de la cabaña sobre una pequeña prominencia cubierta de un musgo verdinegro y húmedo.

--Allí fué, murmuró el juglar; si yo me atreviese...

Un movimiento inequívoco de terror corrió por el cuerpo del juglar, motivado por el objeto que reflejaba en su pensamiento.

--Sí, es preciso, continuó; va á venir, y yo quiero oir la resolucion de su suerte de la boca de mi padre.

Tras esto, abrió el cofre y tomó de dentro de él la calavera mágica.

--¡Oh tú! dijo mirando siempre á la prominencia; ¡oh tú, que has dormido treinta años bajo el musgo de tu fosa, surge de ella como el dia en que entraste en este fatal recinto!

Apenas pronunciadas estas palabras, la tierra se rasgó en la parte donde el juglar fijaba su mirada, dejó descubierta una huesa, y del fondo de ella se levantó un hombre.

Era un jóven árabe; su traje revelaba á un jefe de tribu, y su blanco alquicel estaba manchado de sangre sobre el costado izquierdo; sus feroces ojos grises, de una movilidad extraordinaria, recorrieron en un momento el espacio abierto ante ellos, y se elevó su voz gutural, lenta y sombría entre el silencio que dominaba cerca y léjos.

--¿Quién trae á mi hijo, exclamó, hasta la tumba de su padre? ¿Por qué emplaza aquí á su enemigo en medio de la noche?

Djeouar se prosternó.

--La sangre pide sangre, contestó temblando el juglar, y la tuya reclama la de Aben-Sal-Chem.

--¡La venganza! exclamó el árabe: ¡siempre la venganza en el corazon del hombre! ¡Siempre la que se llama justicia humana pretendiendo anteponerse á la justicia de Dios! ¡Lo que está escrito se cumplirá, y el dia que ha de venir sólo Dios lo sabe!