Historia de los siete murciélagos, leyenda árabe
Part 8
Despidió á su servidumbre, encerróse en su retrete, y una vez sola, se abandonó á las pasiones que habia contenido en presencia del rey y de la córte. Wadah, no era ya la mujer hermosa que inspiraba insensatos amores, como su mirada tranquila é indiferente; era una pantera furiosa á quien se ha insultado; no habia en ella ni terror ni amor; sus ojos lanzaban un fuego sombrío; su boca entreabierta producia una especie de rugido sordo y contínuo; su hermoso seno se elevaba agitado por una respiracion violenta; sus lindos piés hacian retemblar el pavimento con un paso fuerte, apresurado, circular, como el de una fiera encerrada en una jaula: todo presagiaba en ella una de esas terribles borrascas del alma que al estallar aterran, y que causan la muerte de quien las excita.
Nada oia, nada veia: el presente no existia para ella; recuerdos terribles le traian su pasado, y terrores incógnitos le fingian un porvenir horroroso, que ella habia querido evitar y al cual le arrojaba una mano invisible y poderosa. Su carácter salvaje se sublevaba contra aquel poder superior: su voluntad enérgica la hacia pensar en la lucha, pero aquella lucha era de un éxito dudoso: habia momentos en que se creia impotente, y el conocimiento de su impotencia la irritaba.
Algunas veces la arrancaba de sus terribles pensamientos un sonido vago, perdido en la distancia y en el espacio; era el son de las trompetas de la fiesta que resonaban de tiempo en tiempo: con él se levantaba el rumor confuso de las voces del pueblo que aclamaba á un vencedor. Su vista se dilataba: creia ver á su hijo Juzef en aquel caballero de lo verde, arrancando sortijas que nadie habia logrado tocar; arrojando de la silla, á los botes de su lanza, á los caballeros de brazo más fuerte; arrojando empresas y divisas, ganadas á los vencidos, á los piés de Betsabé. Veia lucir en los labios de este una sonrisa de amor y de triunfo, y la irritacion de su alma la animaba con un fuego sombrío; volvia á su paseo circular, á su terrible furor, á sus pensamientos de venganza.
En uno de aquellos accesos, se detuvo delante de un pequeño alhamí, abierto en el muro y adornado con labores y signos extraños: levantó el mármol que le servia de pavimento y tomó de debajo de él una tabla negra, escrita con caractéres rojos; sentóse en el suelo y colocó la tabla sobre sus rodillas: luego sacó de su seno un punzon de oro, y tocó uno de aquellos nombres escritos en caractéres cabalísticos, y esperó; pero nadie apareció ante ella, como en otro tiempo, al impulso de aquel contacto mágico: su poder habia cedido á un poder superior, y el ensalmo sólo contestó con una muestra horrorosa: la tabla se cubrió de sangre que rebosó de ella y manchó las vestiduras de Wadah; lentamente se levantó una llama azulada, que lamió primero indecisa los bordes del talisman y despues le cubrió enteramente, se elevó, osciló y se consumió. En vez de los caractéres misteriosos, los ojos de Wadah vieron sobre la negra superficie de la tabla, siete murciélagos horribles que la miraban con sus pequeños ojos de fuego, que batian sus alas de crespon, y que parecian mofarse de ella, abriendo sus horribles bocas con un mohin extraño, muy semejante á la risa de un condenado.
El rostro de Wadah expresó una feroz alegría á la vista de las siete alimañas: sus labios murmuraron un conjuro, y los murciélagos dilataron más sus bocas, como contestando con una risa insolente.
Wadah palideció. En aquel momento habia creido ver á través de la tabla fatal el rostro de un cadáver; creyó haber visto en él al nombre de su último amor: amor frenético que llenaba su existencia, que la devoraba, que la consumia; sobre aquel rostro, el tósigo habia dejado impresas manchas lívidas: sus ojos estaban cubiertos por un velo de sangre, y á través de los apretados dientes, fluia por su boca entreabierta roja espuma. Wadah arrojó horrorizada la tabla á un perfumero, cuyo fuego la devoró lentamente, al par que de las siete bocas de los siete murciélagos que ardian, emanaban siete carcajadas horribles.
--¡Oh! ¿qué es esto? gritó Wadah en el colmo del terror: ¿con que todo lo que amo ha de perecer, y he de perecer yo con ellos, y mi poder será inútil para contrarestar el poder de ese miserable? ¡No, no será... aunque lo quieran todos los arcángeles del sétimo cielo!
Su hermoso semblante mostrábase entonces en una de esas terribles expresiones, que si una vez se han visto no se olvidan jamás: sus cabellos se habian desordenado y caian como un velo sobre su frente: fijos sus ojos, amenazadores y sombríos, brillaban con un fuego semejante al que debió lucir en los de Eblis cuando fué arrojado del Paraíso: su boca entreabierta permitia ver sus blanquísimos dientes, apretados por la rabia; sentada en el suelo, replegada sobre sus rodillas, los brazos apoyados en ellas y las manos crispadas, clavando las uñas en su semblante, hubiera hecho temblar al más osado y retroceder al más atrevido.
Pero todo aquel furor creciente, inmenso, era más de lo que puede sufrir un corazon mortal: habia pasado más allá de los límites naturales, y se deshizo en lágrimas: Wadah lloraba por la primera vez.
De repente se levantó, tomó una lámpara de oro colocada en un nicho, la encendió, cubrióse con un velo, salió del retrete y entró en una oscura galería; al fin de ella abrió una puerta, bajó algunos escalones, y se adelantó á lo largo de un estrecho y pendiente tránsito.
El lugar por donde caminaba Wadah era una mina que comunicaba con uno de los extremos del Albaicin; al fin de ella abrió otra puerta, subió una escalera, y atravesando algunos retretes, se encontró al fin en el que habia servido de prision á Betsabé, y donde sujeto á su poder yacia Absalon.
Las lámparas estaban apagadas, los braserillos sin fuego, los pájaros mudos y las flores marchitas; una luz pálida penetraba por el ajimez, á través de los dobles tapices, y un silencio profundo dominaba en aquel magnífico retrete. Wadah colocó su lámpara sobre el mismo pedestal que algunas horas antes sostenia el jarron de porcelana, arrojado al suelo por el furor de Betsabé, y cuyos restos aún se veian sobre la alfombra. El divan se ocultaba tras sus cortinajes de púrpura, y nada indicaba que aquel recinto estuviese habitado.
Wadah observó todo esto en silencio; compuso su desordenada cabellera, cubrióse con el velo, y dirigiéndose con paso recatado al divan, levantó el tapiz y miró: la lámpara arrojó su débil reflejo hasta el fondo de aquel lecho, y dejó ver á la sultana un hombre que dormia: era Absalon.
Su semblante pálido, en que naturalmente estaba retratada la miseria de su espíritu, mostraba entonces una expresion de dolor, reflejo sin duda de algun ensueño horroroso; á través de su boca entreabierta se veian entrechocarse sus dientes, y un sudor copioso filtraba de sus blancos y escasos cabellos, y se deslizaba por su frente.
Wadah contempló por algun tiempo á aquel hombre con severo semblante; sus ojos se tiñeron de una sombría expresion de cólera, que creció progresivamente hasta estallar; luego asió con fuerza la hopalanda del judío y la sacudió con furor:
--Despierta, miserable, gritó.
Absalon se levantó aterrado; sus ojos soñolientos se dilataron, y su boca temblorosa dió salida á un grito:
--¡Perdon, Betsabé! exclamó.
--¡Betsabé! ¡Siempre Betsabé! prorrumpió colérica Wadah. ¡Siempre esa mujer! ¿Qué has hecho de ella, miserable? ¿Dónde está?
El judío pasó su descarnada mano por su frente, y miró con asombro á la sultana.
--No es Betsabé, dijo.
--¿Qué has hecho de ella? repitió con más fuerza Wadah.
--¡Estaba escrito! murmuró el judío.
--¿Pero qué estaba escrito? exclamó impaciente la sultana, ¿Quién es esa mujer?
--Esa mujer... repitió con el acento del idiotismo Absalon; esa mujer es la muerte... esa mujer, es la condenacion.
Wadah se impacientaba: sus labios temblaban, su seno agitado dejaba percibir cada uno de los violentos latidos de su corazon.
--¿Esa mujer? repitió aún.
--No tiene padre entre los hombres, ni sus dias están contados, contestó Absalon, ni mujer la ha acercado á su pecho, ni tumba se cerrará sobre ella; es la hija de los conjuros, el espíritu de Eblis, el arcángel tentador que inspira los amores impuros y las venganzas crueles... esa mujer es el destino de una raza que acerca al horizonte de los mares de la muerte el sol de su existencia.
Absalon parecia inspirado; Wadah le escuchaba con ansiedad.
--Pero esa raza, continuó Absalon, dejará sobre el horizonte del pasado reflejos de grandeza, que mirarán con respeto los que vengan con el porvenir... Esa raza será raza de mártires, y sus espíritus purificados con el sufrimiento, subirán como un perfume, allí donde todo es eterno, donde todo es hermoso, donde el espíritu de Dios vuela, llenando de felicidad infinita cuanto con él está... Esa raza es una raza de justos.
--¿Y qué raza es esa? preguntóle estremecida Wadah.
--Allá en los remotos confines de África, prosiguió Absalon, como si no hubiese oído la pregunta de Wadah, en un campo fértil, rebosa de un lago el _Bahr-el-Azrak_ (rio azul). Corre entre bosques de palmeras y se une al gran rio donde moran el hipopótamo y el cocodrilo. El mismo dia que los espíritus invisibles presidian el nacimiento de Ebn-Al-Hhamar, un hombre pobre, descalzo, fatigado, caminaba por la ribera del Bahr-el-Azrak, á poca distancia del punto donde este rio se une al sagrado Nilo; llevaba en la espalda un cofre y en él alguna joyería falsa, unos cubiletes y una tabla de ajedrez. Era un juglar que recorria los aduares, ejercitando su triple profesion de médico, mercader y jugador de manos; todos le conocian y se apartaban de su paso, arrojándole algunas monedas de cobre, porque le tenian por mago y le temian; sin embargo, el pretendido mago estaba reducido á la miseria más horrible: siempre errante, sus piés se ensangrentaban caminando sobre los arenales, y su piel, defendida tan sólo por un sucio turbante y un roto alquicel, sufria los ardores del sol, que la quemaba, posándose sobre ella como una plancha de hierro enrojecido.
Aquel hombre caminaba sin duda á la ventura, puesto que ni un aduar, ni una ciudad se veian á muchas leguas de distancia; sin embargo, andaba cuanto podia, y en poco tiempo llegó al lugar donde el Bahr-el-Azrak se une al Nilo.
Allí se detuvo, no pudiendo pasar adelante, y se sentó al pié de una palmera.
--¿Y qué me importa tu juglar? gritó Wadah impaciente; ¿qué tiene que ver con esa mujer?
Pero Absalon nada oia, nada veian sus ojos; mostraban una mirada fija, sin objeto, insensata; sus cabellos estaban erizados, su voz era lúgubre; Wadah mordió impaciente sus labios, sentóse sobre la alfombra, cruzó los brazos, inclinó la cabeza sobre el pecho y se resignó á esperar un momento de lucidez en la demencia del viejo. Este entre tanto habia continuado su relato.
--El juglar miró atrás y se contristó al ver el largo camino que tenia que desandar para encontrar una tienda ó una cabaña, puesto que adelante le cerraba el paso la confluencia de los dos rios.--¡Si al menos, dijo, tuviera una barca!--En aquel momento, de entre unas cañas situadas en la opuesta ribera, apareció una balsa que adelantó hasta llegar á la orilla; nadie la dirigia: habia venido por sí misma, á no ser que la impulsase algun invisible cocodrilo.
Aunque deseoso de proseguir su marcha, el juglar tuvo miedo de aquellos maderos entrelazados con juncos, que sin que nadie al parecer los impeliese, habian subido la corriente, fuerte en aquel punto en razon al caudaloso desagüe del Bahr-el-Azrak, y que se mantenian inmóviles convidándole á la travesía; pero luego meditó que allí se encerraba un misterio, y su miedo cedió á su curiosidad.
Resolvióse, pues, levantóse y saltó en la balsa, que como si no esperase nada más, se separó de la orilla y se abandonó á la corriente con la velocidad de una saeta. Ya no era tiempo de retroceder. El Nilo arrastraba con violencia su turbia corriente, y pretender llegar á nado á cualquiera de sus riberas, hubiera sido buscar una muerte segura. Por mucho que fuera el terror del juglar, hubo de resignarse á aquel viaje terrible.
La balsa aumentaba maravillosamente en velocidad. El juglar veia pasar á sus costados las dos riberas con la misma rapidez que pasa una tromba sobre un arenal. Los montes, los valles, las colinas, parecian correr como sombras; la corriente era cada vez más ruidosa, más sensible; la estrella de la tarde reverberaba ya en la inmensidad del firmamento, y algunas brillantes estrellas palidecian ante el sol que tocaba al Occidente.
La balsa siguió: dejó el centro del rio y penetró en un cañaveral; á medida que adelantaba, las cañas eran más elevadas; se estrechaba el cauce, los follajes se unian y menguaba la luz; al fin, solo quedó una claridad nebulosa, un ambiente pesado, unas aguas negras y silenciosas. Y la balsa corria como una saeta disparada sobre aquella superficie tersa en que se reflejaba el color mate y frio de la niebla.
Al fin la balsa desembocó en un lago, abrillantado por el reflejo de una hoguera que ardia sobre una roca de granito rojo, situada en medio de las aguas; la balsa chocó en ella y empezó á sumergirse lentamente, obligando al juglar á tomar tierra. La balsa desapareció al fin, y quedó solo, con su joyería y su tablero de ajedrez, sobre aquella pequeña piedra que se elevaba en el centro de un reducido lago, rodeado de espesa maleza, cubierto por un celaje sombrío y alumbrado por la luz de una hoguera solitaria.
El juglar buscó una habitacion humana y dió vuelta á la roca; en la parte opuesta á aquella á donde habia arribado, encontró la boca de una gruta y entró. Sus ojos, deslumbrados por el vivo resplandor de la hoguera, nada vieron durante un corto espacio; luego las tinieblas fuéron desvaneciéndose, y en el fondo vió una puerta que al llegar á ella se abrió por sí misma: el juglar pudo entonces ver un pequeño aposento, cuyas paredes eran negras y cubiertas de inscripciones misteriosas y signos cabalísticos pintados con tinta roja; veíanse allí la lengua de la serpiente de mar, junto á los ojos del águila de los trópicos; huesos informes del Roc[26], dientes de lobo rabioso y uñas de cocodrilo; hallábanse allí alimañas no conocidas, reptiles de formas horribles, abortos espantosos; y entre todos estos objetos, instrumentos, armas y utensilios de hechura y usos extraños, cuantas producciones vegetales encierran el tósigo y el narcótico: filtros para matar, para enloquecer, para envejecer, para inspirar amor y aborrecimiento; todo cuanto dañoso encierra la naturaleza, colocado con órden sobre las mesas y sobre las paredes de aquel aposento, dentro del cual temblaba el imprudente juglar, pesaroso hasta el fondo del alma de haberse aventurado en aquella balsa maldita que le habia conducido á lugar tan siniestro.
[26] Ave fabulosa que, segun los orientales, posee tan gigantescas alas que la bastan para sepultar en las sombras más profundas la parte de la tierra sobre que vuela, al pasar entre ella y el sol.
Y no eran las alimañas y las redomas donde estaba encerrado tanto veneno, lo que causaba su miedo: era otro objeto más horrible que todos aquellos horrores lo que le hacia temblar y le enmudecia: era un hombre sentado sobre un escabel de tres piés, cubierta la cabeza con un bonete puntiagudo, negro como su túnica, y como ella cubierto de caractéres rojos. Aquel hombre entonaba un canto fúnebre, cuyas palabras, á pesar de ser ininteligibles, hacian temblar el corazon del que las escuchaba; su rostro era feroz, malévolo, surcado de manchas lívidas, y animado por dos ojos redondos, pequeños y relucientes como carbunclos; unos cabellos lacios y una barba revuelta y larguísima, de color de plomo blanquecino, afeaban aquel semblante que por sí solo bastaba á causar horror; bajo la ancha hopalanda de aquel sér terrible, se veian descubiertas sus manos secas y huesosas como las de una momia, que se ocupaban en remover con una larga espátula de hierro enmohecido, un brebaje de color impuro que hervia á sus piés en una vasija de materia y forma extrañas; de ella se levantaba en espiral una columna de fuego rojizo que se abria paso fuera de aquel antro por una claraboya abierta en la roca, y que apareciendo sobre ella, era la hoguera que abrillantaba las aguas del lago sobre el cual habian flotado los maderos que condujeron hasta aquel sitio al juglar.
De tiempo en tiempo el viejo dejaba el escabel, tomaba una redoma y vertia en la vasija parte de su contenido, entonando un canto misterioso y desagradable; el brebaje hervia con más fuerza, el fuego chispeaba rugiendo, y un humo blanquecino, impregnado de miasmas hediondos, se extendia en aquel reducido ámbito, lamia las paredes, envolvia las formas y se disipaba al fin, devorado por la misma hoguera que le habia producido.
El juglar observaba inmóvil cuanto sus ojos veian; el viejo parecia no apercibirse de su presencia; al fin sus ojos ardientes se fijaron en aquel hombre tembloroso, sus labios se contrajeron con una mueca, extraña sonrisa peculiar á su semblante; su pecho se levantó, produciendo un ruido semejante al estertor de un moribundo, y se dejó oir su voz ronca, estridente y cavernosa.
--¡Acércate, Djeouar! dijo al juglar.
--¡Djeouar! exclamó Wadah, levantándose como herida por un recuerdo terrible, y saliendo de la inercia á que se habia abandonado ante el delirio del judío. ¿Conoces tú á Djeouar? ¿Sábes quién es Djeouar?
La voz de la africana dejaba notar las inflexiones de la cólera, del odio, del terror; el grito que acompañó á su pregunta fué tan terrible que Absalon se levantó, miró en torno suyo con espanto y pasó las manos por su frente que devoraba la fiebre.
La sultana y el judío, de pié, frente á frente, mudos entrambos, retratada la cólera en la mirada de la una y la insensatez en la del otro, se contemplaron durante un breve espacio.
Wadah fué la primera que rompió el silencio.
--¿Conociste á Djeouar? preguntó al judío clavando su crispada mano en uno de sus hombros.
Absalon miró á la sultana de una manera estúpida, sus ojos vagaron inciertos, y se dejó caer desplomado sobre el divan.
--Yo dormia, dijo reuniendo con trabajo sus recientes recuerdos; soñaba con mi pasado... con una mujer... esa mujer era... Betsabé... sí; era Betsabé; la hija de los conjuros... la hija de Eblis... Betsabé, la hechura de Djeouar.
--Sí, sí, dijo Wadah, procurando ayudar la memoria del judío; recordabas á un hombre á quien otro, hechicero sin duda, habia llevado ante sí; á quien nombraba...
--Djeouar, es verdad, exclamó Absalon soltando una carcajada semejante á la de un niño que encuentra un objeto perdido y ansiado; Djeouar... ya me acuerdo... estaba junto al hechicero, y este le dijo:
--Acércate, Djeouar.
Djeouar, el juglar, se acercó temblando; el hechicero le contempló á su sabor.
La sultana, que hasta escuchar aquel nombre misterioso habia estado abismada en sus pensamientos, contuvo entonces el aliento, temerosa de interrumpir al judío. Este continuó:
--Te he elegido, le dijo, para confiarte un encargo mio, porque eres entre los hombres el más á propósito para llenar mis deseos.
Djeouar se inclinó y tuvo menos miedo.
--Eres ambicioso, continuó el hechicero: levantaste muy alta tu vista y pensaste ser uno de esos hombres que mandan á los demás, que los gobiernan segun su voluntad, que juegan con las vidas y con las haciendas: era la suprema felicidad. Te creiste ver en tus delirios para el porvenir, recostado en un sofá de oro y púrpura, rodeado de esclavos y de mujeres cubiertas de joyas, en un alcázar de mármol, adurmiéndote á los vapores del ópio, y mandando azotar á tus walíes como á perros, y degollar á tus vasallos como carneros; torrentes de sangre pasaron delante de tí, y entre ellos, vírgenes de ojos brillantes y bocas sonrosadas; te entregaste en demasía al halago de tus sueños, y cuando al despertar te viste pobre, miserable, impotente, expuesto á ser degollado por uno de esos hombres cuya suerte envidiabas, los aborreciste, te hiciste santon y predicaste á los miserables como tú, guerra eterna á todo lo que era dominio, á todo lo que era fuerte. La desdicha de los unos, la pobreza de los otros, la envidia de los más, fuéron para tí poderosos auxiliares, y te rebelaste contra el califa de Damasco. Pero el califa envió contra tí uno de sus eunucos y algunos esclavos, y te venció, te aprisionó y te encerró en una mazmorra. Con pretexto de castigar su traicion, gravó á sus pueblos con enormes tributos, añadió leyes bárbaras á las que hacia cumplir con harta rigidez á los suyos, y degolló, ahorcó, empaló y crucificó á los que entre ellos eran más ricos ó le inspiraban más recelos; tú debiste morir entonces, pero yo tenia proyectos acerca de tí, y te salvé por medio de mi poder sobrenatural. Una noche se abrieron las puertas de tu prision y te encontraste en el campo al aire libre, con tu saco lleno de relumbrones, tus cubiletes y tu mugriento tablero de ajedrez. Habias visto desvanecerse un sueño, pero al pasar habia dejado sus huellas en tu alma; no pudiendo dominar á los fuertes, no creyendo en el poder de la ayuda de los débiles, aborreciste á los primeros y despreciaste á los segundos; el aborrecimiento y el desprecio para con tus semejantes te hicieron egoista: el egoismo te hizo cruel.
Pero quedaban aún en tí ambiciones secundarias: tus sueños de grandeza te hicieron pesado el trabajo del pobre, y te dominó la indolencia; soñaste entonces tesoros: si no podias ser califa, podias muy bien ser rico: pero como los cubiletes, las joyas de cobre y el ajedrez, apenas te producian el dinero suficiente para un miserable alimento, meditaste otro medio más conveniente: compraste con ahorros debidos á tristes dias de hambre y privaciones, un arco y algunos venablos, y esperaste al primer transeunte. El que no habia podido ser califa, fué ladron.
Te se unieron algunos árabes de las cabilas salvajes, y no fué ya á los caminantes indefensos, sino á las caravanas, á las que acometiste; todo fué perfectamente mientras diste su parte en las presas al califa, es decir, mientras le pagaste un misterioso y vergonzoso tributo por tus latrocinios; pero un dia acometiste á una caravana que conducia presentes del califa para el schah de Persia: defendiéronlo los soldados, destrozaron á los tuyos y te sepultaron otra vez en una mazmorra. Tu primera derrota te inspiró desconfianza para con los demás hombres, y te hizo cruel: la segunda te obligó á desconfiar de tus propias fuerzas, y te hizo cobarde. El califa te mandó crucificar; pero si me habias convenido por cruel, por cobarde aumentabas en valor á mis ojos. La crueldad y la cobardía constituyen al asesino sin piedad, al hombre sin corazon. Como la vez primera, te abrí las puertas de tu encierro y te viste libre, con tu saco provisto de tus pobres recursos de subsistencia.
Mientras la ambicion y la avaricia dominaron tu corazon, durmió en él otro sentimiento, violento en tí, capaz de arrastrarte á todo: el amor; pero no el amor hijo de la naturaleza, sino un sentimiento impuro, incontrastable, devorador. Si esa hubiera sido tu única ambicion en los dias en que tu frente estaba tersa, tus ojos brillantes, tu barba negra y tu cuerpo gentil, hubieras podido hallar algunas ventajas; pero cuando buscaste el amor, tus ambiciones frustradas habian arrugado horriblemente tu rostro; tus ojos habian adquirido la repugnante expresion que distingue al traidor, y tu cuerpo se habia encorvado bajo el peso de los sufrimientos. Has perdido tu tiempo, y al fin estás ante mí con el corazon lleno de odio y el pensamiento de venganzas. Eres el hombre que necesito, y por eso te he traido hasta aquí.
--¿Y qué quieres? preguntó Djeouar al hechicero.
--¿Ves el licor que hierve en esa vasija?
--Sí.
--Encierra el bien y el mal, y en la llama que produce vamos á leer el horóscopo de un hombre que está á punto de venir á la luz.
El viejo se levantó, asió á Djeouar y le hizo mirar al Poniente á través de la llama.