Historia de los siete murciélagos, leyenda árabe

Part 7

Chapter 73,979 wordsPublic domain

El alcaide se inclinó; hizo cejar su caballo, y sin volver la espalda al rey, desapareció bajo la puerta de la Al-Kaissería, é instantáneamente tornó á aparecer, seguido por cuatro esclavos que conducian en un magnífico palanquin una dama cubierta con un velo. El atavío de la recien venida eclipsaba desde luego á lo más ostentoso que se admiraba en los estrados; su túnica roja labrada de perlas, parecia tejida de oro y rubíes; sus cabellos rubios escapándose de su toca, eran tan largos y tan brillantes; su talle tan esbelto; su ademan tan voluptuoso, que el genio de la envidia royó á su placer más de un corazon de mujer, y el amor se asentó en más de un alma de guerrero. En torno del palanquin caminaban, cubiertos por espléndidas vestiduras, pajes con perfumeros y flores; esclavos, ostentando una magnificencia maravillosa, y últimamente, completando la comitiva, cabalgaban, sobre caballos de mérito imponderable, diez hombres atléticos cubiertos de hierro desde el almete hasta los acicates.

Aquella ostentosa comitiva atravesó lentamente el coso, y se detuvo ante el estrado real; la dama encubierta abandonó el palanquin, y á través de los Almoravides, los Abencerrajes y los esclavos de la guardia negra, que habian abierto calle á una seña del rey, saltó como una gacela la gradería, pasó sin inclinarse delante de Al-Hhamar, y se presentó echando el velo á su espalda ante los jueces de la hermosura.

Era Djeidah, una de las tres hermanas de Betsabé.

Ante la mirada de sus ojos azules, los tres ancianos sintieron hervir la sangre, helada en sus venas, como en los tiempos de su remota juventud al pagar el primer tributo al amor. La hermosura de Djeidah era sobrenatural, y hubieron de declarar vencida á Haxima, que se retiró avergonzada y llorosa entre sus compañeras. Como ella, iba á ser proclamada Djeidah sultana, á tiempo que otro son de trompeta se dejó oir en la puerta de Bih-Al-Bolut.

El alcaide que la guardaba, se presentó ante el rey y pidió licencia para entrar á ver las fiestas y demandar la calificacion de sultana de la hermosura, para una princesa de Arabia.

La licencia fué concedida y entró en la plaza una comitiva igual en el órden y en el número á la primera, pero más ostentosa; la dama conducida en el palanquin, vestia una riquísima túnica de escarlata, cubierta de piedras preciosas, que brillaban al sol como un cielo estrellado; los esclavos iban ataviados con gran magnificencia, y la guardia que cerraba la marcha, se componia de diez árabes, jinetes en yeguas blancas; llevaban caftanes y alquiceles azules; bonetes y adargas de plata, y lanzas de dos hierros.

La que al frente de aquel lucido cortejo, atravesaba pausadamente el coso, era Zahra, otra de las hermanas de Betsabé.

Al llegar á la gradería del estrado real, la salvó de un salto, fijó en Al-Hhamar su terrible mirada, y contestando orgullosamente á su saludo, pasó junto á la sultana Wadah, altiva y desdeñosa, y se presentó á los jueces.

Estos quedaron admirados: al ver á Djeidah creyeron tener ante sí un trasunto de la belleza ideal que el hombre adivina en las huríes: parecióles imposible que hubiese otra mujer sobre la tierra bastante hermosa para poder rivalizar con ella; sin embargo, tenian ante sí á Zahra, con su sonrisa fascinadora: sus ojos ostentaban la dulzura y la pureza de los de la paloma; su frente iluminada por el sol, parecia tomar de él su brillante color levemente moreno, y el viento de la mañana mecia con trabajo los rizos de su profusa cabellera, saturándose en ellos con un exquisito perfume. Los jueces declararon solemnemente, poniendo la mano diestra en el corazon y la siniestra sobre su espada, que Djeidah y Zahra eran un prodigio de hermosura, que las creian iguales en encantos, y que debian ser declaradas al par sultanas de la fiesta.

Pero esta opinion era contraria á los usos de aquel tiempo, que sólo permitian una hermosura en el trono de las justas. Por otra parte el sol adelantaba su paso, avanzaba el dia, y el pueblo impaciente, á quien importaba sobre todo que se empezase la fiesta, voceaba pidiendo se soltase el primer toro.

Los jueces abandonaron sus puestos y fuéron reemplazados por otros, que se admiraron como los primeros ante la belleza de las dos hermanas, y juraron por la Santa Kaaba, que era su hermosura de igual valor, y la eleccion de una sola imposible.

Afortunadamente llegó entonces el alcaide de la puerta del Zacatin á suspender la discordia, anunciando que una princesa de Egipto solicitaba licencia del rey para presentarse ante los jueces.

Otorgola el rey, y al frente de un acompañamiento semejante á los de Djeidah y Zahra, apareció la tercera princesa cubierta de una túnica dorada y un velo blanco.

Abandonó el palanquin al pié de la gradería, subió al estrado, se deslizó impasible junto al rey y la sultana Wadah, y se descubrió ante los jueces.

Era Obeidah, la tercera hermana de Betsabé.

La admiracion llegó al colmo; habiase creido imposible existiese una mujer tan hermosa como Djeidah, y aparecian dos: los cabellos dorados de Obeidah valian tanto como los rubios de Djeidah y los negros de Zahra; su frente era tan tersa como la de sus hermanas; su mirada tan enloquecedora como las de ellas, y su talle tan esbelto y tan redondo como los suyos. Las dificultades de la eleccion habian acrecido y hubo de recurrirse al dictámen del rey.

Pero Al-Hhamar opinó del mismo modo que los jueces, y afirmó por su pueblo y su corona, que las tres princesas eran dignas cada una de por sí, de ser elevadas al envidiable trono de la hermosura.

Sólo quedaba una esperanza; sólo existia una mujer cuyos encantos pudieran aventajar á los de las tres princesas.

Esta mujer era Wadah, la soberbia africana, la madre del príncipe Juzef-Aben-Abd-Allah.

El rey la mandó acercarse, y en su nombre pidió para ella la declaracion de sultana de la hermosura: el velo descubrió la frente de Wadah.

La majestad de su ademan, lo poderoso de su mirada, lo puro de las formas de su desdeñosa boca, lo límpido de su serena frente y lo brillante de los sedosos cabellos que la coronaban, arrancó una exclamacion de asombro.

Treinta veces la habia dado la primavera sus flores, y otras tantas las golondrinas habian aparecido con el estío á admirar su belleza, desde el dia en que los genios presidieron su venida á la luz.

Cada una de aquellas primaveras se habia despojado de una siempreviva para enriquecer su corona de hermosa, y la habia concedido un nuevo encanto; la mujer á quien Dios puso en el Paraíso, no pudo ser más hermosa.

Ibase á pronunciar el fallo: las tres princesas estaban vencidas: una amarga sonrisa de triunfo lucia en los labios de Wadah, á quien un secreto terror hacia mirar con odio á las extranjeras. Un momento más y las fiestas empezaban.

Pero á punto, tras la puerta de Bih-Al-Bolut, se elevó una música estrepitosa; resonaron voces perdidas de aclamacion, y un alcaide se presentó ante el rey y demandó una licencia semejante á las anteriores, y que como ellas fué concedida para una princesa de la India.

Abrióse de nuevo la valla del coso. Una tropa de esclavos tañendo dulzainas, atabales y bandolinas, se adelantó en marcha mesurada ostentando los vivos colores de sus chales y de sus tocas. Tras ellos, cuatro esclavos guiaban á un camello, que dejaba tras sí una anchísima alfombra de seda y oro plegada sobre su lomo: sobre aquella alfombra que se prolongaba perdiéndose tras la puerta, aparecieron veinte hermosas doncellas vestidas de blanco y coronadas de mirto, danzando al compás de la música que las precedia: tras ellas marchaban esclavas con pebeteros sobre las cabezas, rodeando á una dama sentada sobre un caballo leonado de maravillosa hermosura, que hacia retemblar la tierra bajo sus cascos, orgulloso de su carga, y cuya enhiesta cabeza atirantaba las dobles y larguísimas riendas que asian cuatro jóvenes doncellas con trajes de genios: otras cuatro sostenian, impidiendo tocasen á la alfombra, las deslumbrantes gualdrapas de púrpura que cubrian al corcel, y otras dos, marchando á pié, llevaban abanicos de plumas, destinados á impedir que los rayos del sol hiriesen la frente de la princesa.

Era esta Betsabé. Su purísima frente cubierta por un velo de gasa, era más hermosa que la luna, cuando en una serena noche de estío se ostenta velada por una nubecilla trasparente.

Seguíanla multitud de esclavos, plegando sobre un palanquin la alfombra, que dejaba como un rastro tras las huellas de su corcel.

Cuatro hombres constituian su comitiva. Uno de ellos cabalgaba en un fogoso potro cordobés, negro como la noche é indómito como el huracan. Su dueño era gallardo á maravilla; llevaba la faz oculta con la celada de su bonete de acero, primorosamente cincelado como las demás piezas de su magnífica armadura de guerra, cubierta en parte por una sobrevesta de seda verde briscada de oro. Verde era su alquicel, verde su penacho, verde el asta y el pendoncillo de su lanza de dos hierros, y verde su ancha adarga, en cuyo centro se veia pintado un negro murciélago, con este mote en caractéres cúficos de oro sobre fondo rojo: _Si no venzo, esta es mi suerte._

Seguíanle, cabalgando en una misma línea, los otros tres hombres. Negros y poderosos eran sus caballos; negros sus alquiceles; negras sus fuertes lanzas, y, como el delantero, ostentaban en sus adargas un murciélago orlado con el mismo mote, pintado sobre campo rojo.

Tanta magnificencia, tanta belleza, hizo olvidar un momento su impaciencia á los que esperaban, y Betsabé subió la gradería del estrado real, y llegó ante los jueces saludada por ruidosas aclamaciones.

Habia bastado á la multitud ver lo majestuoso de su ademan, lo aéreo de su talle, para descubrir en ella una mujer hermosa cuanto puede soñarla un enamorado pensamiento. Pero cuando el velo dejó de cubrir su frente; cuando el todo de su maravillosa hermosura ostentó lo irresistible de su poder, una palidez terrible cubrió el semblante de Wadah, un estremecimiento involuntario corrió por sus miembros, y sus ojos se fijaron atónitos con la expresion del terror en la jóven. Esta contemplaba tambien á Wadah, pero como el vencedor que muestra su insolente mirada de triunfo ante el vencido; los que presenciaban aquel extraño acontecimiento, sólo vieron en Wadah el odio instintivo de toda mujer bella que contempla ante sí á otra más hermosa: en Betsabé el orgullo pueril de un triunfo sobre una rival.

Sin embargo, Wadah y Betsabé hacia mucho tiempo que se conocian, mucho tiempo que se odiaban con toda la fuerza del odio peculiar á la mujer.

Entre tanto los jueces, tras una breve deliberacion, fallaron que Betsabé era la sultana de la hermosura, á falta de otra más encantadora, y ocupó el trono en medio de las aclamaciones de la multitud; el rey se colocó á la derecha en asiento más bajo, la sultana Wadah á la izquierda, y Djeidah, Zahra y Obeidah delante de ella en el último peldaño de la gradería.

Las comitivas que habian acompañado á las cuatro hermanas, se retiraron tras la valla; los Abencerrajes, los Almoravides y los esclavos de la guardia negra, formaron de nuevo en triple fila; los alguaciles se colocaron en su lugar en el coso á diez picas de distancia dando frente al rey, y por tercera vez los trompeteros llenaron el espacio con el áspero son de sus clarines.

La fiesta tan anhelada empezaba.

Abrióse una puerta colocada bajo la gradería en la parte de la plaza frontera al estrado real, y dió paso á diez Zenetes cabalgando en yeguas blancas; mostraban jaeces, caftanes, bonetes, adargas y pendoncillos rojos, tomados de oro, y ostentando en su traje el mote de Al-Hhamar: seguíanles diez esclavos negros, asimismo vestidos de rojo y oro, conduciendo diez yeguas blancas con jaeces semejantes á las que montaban los Zenetes: tras estos esclavos, aparecieron otros seis con el mismo atavío, envueltos en anchos alquiceles, y rodeados de una espléndida servidumbre; cerraba la marcha un jóven africano de moreno semblante, ojos brilladores y miembros robustos; vestia un traje riquísimo de brocado de oro sobre rojo, y en su turbante se balanceaba una garzota de inestimable valor; mostraba sobre el pecho un pequeño escudo, en el que estaba pintado un salvaje sosteniendo un mundo, con este mote en oro sobre verde: _Con más puedo_.

Aquel feroz caballero era conocido con el nombre de Aben-Alí-Atar, alcaide de Ronda, y respetado por valiente, do quier se levantaba un pendon ó se reunian los más bravos de los caballeros granadinos.

Nadie, á pesar de permitirse segun el pregon entrar en plaza, osó rivalizar con el respetado Alí-Atar: él solo fué á saludar ante el trono de la hermosura, á Betsabé, y la pidió licencia para rejonear el primer toro.

Una sonrisa extraña lució en los labios de Betsabé, cuya blanquísima mano arrojó una llave de oro que el africano recogió en su bonete: saludó profundamente al rey, partió al galope al otro extremo de la plaza, y entregó la llave á un alguacil que se dirigió con ella á una pequeña puerta; entre tanto el acompañamiento de Aben-Alí-Atar desapareció tras la valla; los seis negros de los alquiceles rojos se extendieron en el coso al rededor de la puerta que se iba á abrir, y el mantenedor tomando un pesado rejon, se colocó jactancioso á un lado de ella. Sonaron los clarines en medio de un silencio profundo; el alguacil abrió la puerta, y un toro de piel negra y reluciente se lanzó en el coso.

Era un valiente animal nacido en las breñas de Ronda; ligero como el aire, bravo, bien armado; se detuvo en medio de la arena y revolvió su feroz mirada en torno suyo, provocado por los silbos y los gritos que arrojaba la multitud como un vendabal; los hombres estaban de pié, las damas agitaban sus lenzuelos, los alguaciles colocados frente al mirador real, fijaban la aterrada vista en el bruto preparándose á huir á la primera señal de peligro: Aben-Alí-Atar, entre tanto, rodeado de los esclavos lidiadores, se acercó al trote de su yegua al toro, que se volvió lentamente, azotó con su cola los ijares, bajó la potente cabeza, como saludando á su adversario, hízose pausadamente atrás, arrojando á larga distancia la arena que arrancaban del coso sus brazos cortos y nerviosos, y dejó oir un bramido ronco y poderoso. En aquel momento todos los ojos estaban fijos, todas las lenguas mudas.

Al fin el toro partió como un venablo envistiendo á Alí-Atar; el rejon de este hendió, silbando, la distancia que le separaba del toro, y, rozando ligeramente su lomo, se clavó en la arena: un bramido atronador retembló en los aires: la yegua y su jinete rodaron por el coso, y seis alquiceles rojos flotaron entre el caballero vencido y la bestia vencedora: engañado por ellos, el toro siguió á los esclavos, y Aben-Alí-Atar cabalgó en otra yegua que le fué presentada.

El rostro del africano mostraba una expresion terrible; parecia que el demonio de la cólera y del orgullo humillado, habia ocupado su alma: lívido, tembloroso de furor, con los dientes apretados, y los ojos inyectados de sangre, lanzó en torno una mirada de desprecio á la multitud que aplaudia al toro, y otra indescribible á Betsabé, cuya mirada sin objeto parecia fijarse en una imágen retratada en su alma: sin embargo, cuando Alí-Atar partió de nuevo al encuentro del toro, quien la hubiera observado hubiera visto en su mano el anillo cabalístico de Salomon, mientras su lengua murmuraba algunas ininteligibles palabras: en aquel momento el toro arrancó en su segunda embestida, y sin dar tiempo á Alí-Atar de arrojarle su rejon, arrolló á la yegua, y desdeñando la llamada de los rojos alquiceles de los esclavos, se cebó en ella y en su jinete: la sangre corrió; Alí-Atar espirante voló por el aire tres veces arrojado por las terribles astas, y otras tantas fué herido de muerte. Despues el toro siguió á los esclavos, se ensangrentó en ellos, arrolló á los alguaciles, y se hirió, acometiendo inútilmente á los Almoravides, los Abencerrajes y los esclavos de la guardia negra, que le recibieron con la punta de sus largas picas, muchas de las cuales se rompieron al empuje.

El toro, empero, pareció no haber menguado en vigor con aquella lucha terrible; conociendo lo inútil de sus esfuerzos en aquella parte, se adelantó al centro del coso y persiguió, aunque tarde, á los que retiraban los despojos de Alí-Atar, de sus dos yeguas y de algunos esclavos: el toro era dueño del terreno: nadie parecia ante él: entonces como el atleta que tras un combate se prepara con el descanso para otro, se echó en tierra y con el oído atento, la vista inquieta y las orejas enhiestas, esperó.

Deshonroso era para los caballeros granadinos contemplar impasibles un coso abandonado, en que un toro se atrevia á reposar con tan inaudita é insufrible insolencia; la sangre hirvió en el corazon de algunos, que confiando en su brazo y en su buena estrella, cabalgaron en las nueve yeguas blancas que restaban de las que habian aparecido en muestra, y rodeados de más de cien esclavos, precediendo la licencia del rey, entraron en el coso.

De ver eran aquellos valientes jóvenes disputando cada uno de por sí, merced á la velocidad de sus cabalgaduras, el honor de ser el primero en arrojar su rejon á la fiera, preparada de nuevo al combate: triste era en verdad ver rodar por la arena á aquellos cumplidos caballeros, que en más de un combate habian ensangrentado el asta de sus lanzas hasta la mano, y habian dado dias de gloria á su patria venciendo á los nazarenos. Todos cayeron: arrollábalos el toro como el vendabal doblega y rompe las jóvenes palmeras, y la fiesta era ya un objeto de horror. Desvanecíanse las damas; juraban los valientes; gritaba el populacho; afligia al rey la sangre de sus caballeros inútilmente vertida, y el toro entre tanto se enseñoreaba de la liza, poblada sólo de cadáveres y moribundos. El terror cundia; nadie osaba medirse con aquel soberbio animal á quien el hierro no rendia y que crecia con el castigo.

Pasaba entre tanto el tiempo; el rey, por medio de un pregon, ofreció mil doblas de oro á cualquiera que, esclavo ó muslim, villano ó caballero, fuese vencedor del toro.

Pero ni la gloria ni la ambicion fuéron bastantes á decidir á ninguno á tamaña empresa. Esperóse largo espacio; el rostro del rey se nubló; todos sus vasallos esquivaban el peligro. Por primera vez tenia lugar en Granada el deshonroso espectáculo de un peligro esquivado. Al-Hhamar bajó de su asiento á pesar de las súplicas de Wadah, tomó de manos del alcaide de su caballería Aben-Muza un poderoso caballo, y sin más compañía que su brazo y un rejon, se lanzó en la arena. Aquel ejemplo de inmensa y serena valentía, produjo un efecto maravilloso; el aire retumbó herido por un millon de aclamaciones, y los gritos de _¡Al-Hhamar le galib!_ (¡Al-Hhamar el vencedor!) salieron de todas las bocas, al mismo tiempo que por todas las puertas de la valla se precipitaron tropas de jinetes.

Llegado era el momento del supremo esfuerzo del bruto; un silencio profundo dominaba en las balaustradas, en los miradores y en las galerías. En el estrado real, Wadah, á pesar de su fiereza, pálida como un cadáver, posaba una angustiosa mirada en Al-Hhamar, que acompañado de su hijo el príncipe Mohhanmed, caracoleaba en derredor del toro en medio de sus caballeros, á quienes en vano gritaba furioso se retirasen; más allá el desconocido de la verde vestidura, el arnés cincelado y la adarga con un murciélago por empresa; aquel hombre que asistia á las fiestas como vasallo de una princesa de la India; con su verde alquicel plegado en el brazo izquierdo y su ancha espada desnuda en la diestra, se veia á pié en la arena á poca distancia del rey y del príncipe Mohhanmed; la mirada que Wadah, fijaba á veces en aquel jóven, revelaba una angustia más profunda que la que posaba en Al-Hhamar, al par que un relámpago de odio brillaba en sus ojos, cuando los tornaba al príncipe Mohhanmed.

Betsabé entre tanto revolvia entre sus lindísimos dedos la terrible esmeralda, y en su rostro frio é impasible se traslucia una vaga y cruel expresion de triunfo cada vez que el toro hacia rodar uno de los leales y valientes caballeros que formaban una valla humana ante Al-Hhamar. Al fin todos cayeron heridos ó fuera de combate, y sólo quedaron ilesos el rey, el príncipe y el caballero del verde atavío.

A falta de otros contrarios, el toro, á quien parecia prestar fuerzas un extraño poder, se lanzó sobre el príncipe Mohhanmed; el valiente jóven arrojó en vano su rejon, que pasó silbando á poca distancia del furioso bruto: Al-Hhamar, sin tener más tiempo que el necesario para interponer su caballo entre el de su hijo y la fiera, rodó á su empuje, como habian rodado antes tantos otros: oyóse entonces en medio del terror general un grito salvaje: vióse al caballero de lo verde arrojar su alquicel entre el rey y el toro; sacarle en medio de la plaza; burlar, merced á la flotante tela, sus embestidas, y en fin asestar contra él la aguda punta de su luciente espada: su alquicel llamó al toro; este partió un momento despues; hombre y bestia cayeron en tierra; pero antes de que pudiese ser notado distintamente, el hombre se levantó sano y salvo, mientras el toro espiró, lanzando un raudal de negra sangre, por una ancha herida que habia abierto en su cerviz, al penetrar hasta la empuñadura, la espada del desconocido.

El peligro de que con tan maravilloso valor habia salvado á Al-Hhamar y al príncipe Mohhanmed, habia causado tan profunda sensacion, que mil voces se levantaron para aclamar vencedor al esforzado caballero, y para pedir se le concediese ser premiado por la sultana de la hermosura. Pero el rey, repuesto de su caida, meditó que no podia concederse tal merced al que sólo habia vencido una prueba, y si bien juró por su espíritu recompensar de una manera digna de su grandeza servicio tan distinguido, volvió al estrado, y suspendiendo la salida del segundo toro, mandó se corriesen sortijas.

Entonces los esclavos clavaron en el centro de la plaza un hermoso árbol, en una de cuyas desnudas ramas, cubierta por una plancha de acero, asomaba imperceptiblemente el círculo de una sortija de oro. Cubriéronse con arena los rastros de sangre, y todos se prepararon al próximo y menos peligroso espectáculo, olvidados ya de los horrores del primero.

Entre tanto, Wadah, que habia caido desvanecida entre sus esclavas, al ver á Al-Hhamar por la arena, habia vuelto en sí, y solicitaba del rey licencia para alejarse de la fiesta.

--Rey y señor, le decia: tu sierva, despues del horrible peligro en que te ha visto, no puede hallar placer en otra cosa que en la soledad: si permaneciese aquí, creeria verte aún en tierra delante del furioso animal, á quien ese valiente caballero ha vencido. Déjame que en el retiro del alcázar piense en tí; que te espere recordando los hermosos dias de nuestro primer amor.

El rey fijó una mirada extraña en la sultana.

--Sí; quiero estar sola, continuó esta: necesito estar sola; el ruido de esas voces me lastima, mi cabeza se pierde... tiemblo, ¿no lo ves?

En efecto, Wadah temblaba; Betsabé fijaba en ella una mirada sombría; Djeidah, Zahra y Obeidah prestaban una descuidada atencion á aquellos misteriosos terrores que para ellas eran una historia completa. En aquel reducido círculo se agitaban todas las pasiones que pueden combatir al corazon. El rey dudó aún.

--¿Y quién dará luz á mis ojos, dijo, si tú te separas de mí, sol de mi vida? ¿Cómo podré yo apreciar el valor de mis caballeros, si al separarte de mí tan turbada, llevas contigo mi cuidadoso pensamiento?

Wadah contestó señalando con una elocuente mirada á Betsabé; el rey palideció.

--Ya lo ves, añadió Wadah, como concluyendo el pensamiento que sus ojos habian empezado á expresar; padezco como tu temes, me fascina esa mujer, su vista me atormenta, déjame partir.

El rey inclinó la cabeza resignado, y permitió á su esposa abandonar las fiestas. Wadah salió, rodeada de sus esclavas, y meditabunda y preocupada llegó á la casa del Gallo.