Historia de los siete murciélagos, leyenda árabe
Part 6
--¡Perdon! dijo con voz trémula arrastrándose á los piés de la jóven..... no he sido yo..... yo no he hecho más que obedecer á un poder superior.
--¡Vil verdugo de mujeres! exclamó Betsabé en un acento concentrado, ¡miserable mercader de sangre humana! ¡átomo ruin que piensas dominar los decretos del destino! ¡arrástrate, arrástrate á mis piés!
--¡Perdon! murmuró con voz sofocada el judío.
--¡Perdon! Tanto valiera que pretendieras ablandar con tu llanto de cocodrilo la piedra negra que Dios envió á Abraham con el arcángel Gabriel. ¡Oh! ¡yo tambien me he arrastrado ante tí pidiéndote compasion; tambien yo he bañado con lágrimas tus piés, y has sido tan inflexible como yo ahora que besas la orla de mi túnica! ¿Sábes tú, miserable, los raudales de odio que llena el corazon de un prisionero para su verdugo? ¿Sábes tú lo que es pasar las noches sin sueño, esperando siempre que aparezca el dia de la libertad y de la venganza?
Las manos de Betsabé jugaban entre tanto con la sortija de esmeralda de Salomon; el judío miraba fascinado el terrible talisman.
--¡Qué dulce es, Absalon, continuó ella, derramar gota á gota nuestro odio sobre la cabeza que nos lo ha inspirado! Se derrama lentamente como se ha adquirido; se goza en la agonía del terror del que nos ha aterrado: ¡oh! ¡por el Dios de Abraham y de Ismael! suplica á ese poder superior á quien obedeces. ¡Miserable poder! ¿qué mal habia hecho yo para que así me sepultárais en las desventuras y en la desesperacion?
Absalon unió su rostro al pavimento.
--Sí; era hermosa, y él era repugnante; me amaba y yo le aborrecia; vengóse de mi desden y me entregó en tus manos: pues bien, el destino te ha puesto en las mias; desde hoy probarás lo que es vivir en la soledad y en las tinieblas; sentir un alma divina en un cuerpo monstruoso; tener el corazon lleno de lágrimas, y devorarlas sin que nadie las vea correr ni las enjugue.
--Pero tú serás generosa, Betsabé, exclamó el judío; si me he visto obligado á retenerte cautiva, en cambio ¿no has sido servida como una reina? ¿no te he rodeado de todo cuanto puede ser grato á una mujer? Perfumes, flores, pájaros, alfombras, han venido para tí de las tres partes del mundo. Cuanto una sultana puede pedir á su capricho lo has tenido. Cuanto hay de espléndido y deslumbrador te ha rodeado; y si hubiera podido, hubiera arrancado de tu horóscopo el signo fatal que cubre tu nombre en el libro del destino.
Betsabé meditó un momento; el judío dió cabida á una débil esperanza.
--¡Oh! es verdad, observó Betsabé, nada de cuanto grande y hermoso sueñe el capricho de una mujer, ha estado léjos de mí; has embellecido mi cárcel, como se embellece la jaula de un pájaro de rico plumaje para venderle mejor; mis cadenas eran de oro, ¡pero siempre cadenas! Sin embargo, sólo á un precio puedes comprar mi compasion.
--Pide, dijo anhelante Absalon.
--¿Sábes que puedo sepultarte en el abismo, sólo con quererlo?
--Sí, contestó trémulo el judío.
--¿Sábes que puedo condenarte á un hambre y un frio eternos?
--Sí, añadió aterrado el miserable.
--¿Que puedo reducirte á polvo como á esta porcelana?
Y Betsabé arrojó furiosa al suelo un magnífico jarron en cuyo pedestal se apoyaba.
--¡Perdon! gritó el judío pálido de espanto.
--Tú, sábio hebreo, prosiguió Betsabé, conoces la virtud de las yerbas; tienes filtros para enloquecer y para matar, tósigos que hielan la sangre sin que quede vestigio en la víctima; que abrasan el corazon y hacen saltar los ojos de sus órbitas; brebajes dorados y trasparentes como el vino, fragantes como la mirra y el aloe, dulces como el maná que Dios arrojó en el desierto sobre tu pueblo. Siempre llevas contigo algun pomo que encierra la muerte, y yo le quiero.
Absalon fijó en la jóven una mirada en que se retrataba la irresolucion.
--Si me das ese filtro, continuó Betsabé, en vez de convertirte en un reptil hediondo, en vez de entregar tu corazon á un fuego sin fin y tu alma á una agonía lenta y sin esperanza.....
El judío hundió la mano entre los pliegues de su hopalanda, y mostró á Betsabé un pomo de oro.
--Te condenaré al mismo suplicio que me has hecho sufrir, continuó Betsabé, arrancando el pomo de las manos del israelita. ¡Absalon! añadió tocándole con la esmeralda cabalística; ve á ocupar el sitio que yo he ocupado siete años; aprisiónete la cadena que me ha aprisionado; sírvante los esclavos que me han servido, y permanece así hasta que mi poder te haga libre.
Absalon se dirigió vacilante al divan y cayó sobre él aletargado, mientras Betsabé desprendia un tapiz de Persia pendiente del techo, que ocultó tras sus pliegues al divan y al judío.
XIII.
--¡Quién se opondrá ahora á nuestro amor! dijo Betsabé ocultando el pomo en su seno y rodeando sus brazos al cuello de Juzef; ven, amado mio, esposo mio. Te llevaré á mi alcázar, y te daré un arnés duro como el diamante y un caballo hijo del aire. Tú serás hoy el mejor caballero de Granada; los más fuertes caerán en el polvo al tocarlos tú, y las más hermosas quedarán cautivas en tu amor, que yo sola gozaré. ¡Qué hermoso dia va á ser este que ya alumbra el alba, y qué resplandeciente el sol que la sigue! Tú serás el rey entre ellos; yo la sultana entre ellas.
Y extasiada, delirante, abarcaba entre sus manos la cabeza de Juzef, y le bañaba en una mirada saturada de amor.
De repente la sangre subió á sus mejillas, apartóse bruscamente del príncipe, y envolviéndose en su velo, exclamó:
--¡No estamos solos!
XIV.
Y en efecto, el tapiz que cubria la puerta del retrete se alzó á impulsos de una mano indiscreta, y uno tras otro entraron tres hombres, cubiertos de hierro de los piés á la cabeza.
Eran los tres walíes.
Adelantábase Abu-Abdalá el de Málaga, abarcando con una mirada sombría el ancho retrete; llevaba plegado atrás el alquicel y su mano izquierda se apoyaba en la empuñadura de su espada. Tras él Abu-Yshac, dejaba entrever sobre el embozo de su alquicel su mirada de raposo, y Abu-Hassan, á guisa de guarda, apareció inmóvil en el cancel de la puerta. Betsabé, cubierta enteramente con el velo, blanca é inmóvil como una piedra, se veia en el centro del retrete tras Juzef, que esperaba severo á Abu-Abdalá.
--¡Por la Kaaba! dijo este en acento sombrío; ¿crees mancebo, que el hijo de mi madre no tiene más ocupacion que guardar tus amores con esa ramera?
Betsabé permaneció inmóvil. Juzef se tornó lívido y acortó la distancia que le separaba de Abu-Abdalá.
--¡De rodillas, esclavo!, gritó con voz que la cólera hacia convulsiva.
--¡De rodillas! rugió Abu-Abdalá echando mano á la empuñadura de su espada. ¡De rodillas! ¿y ante quién?
--Ante vuestro señor, contestó Betsabé adelantando un paso y echando el velo á su espalda.
Sea que un poder misterioso la rodease, sea que su radiante hermosura deslumbrase á los walíes, Abu-Abdalá retrocedió, Abu-Yshac dejó caer el embozo de su alquicel, y Abu-Hassan abrió los ojos de una manera extraordinaria.
Juzef les contemplaba pintada en su semblante la ira, y blandiendo el venablo, como el toro que moja la arena y la arroja á sus ijares, mientras mide el sitio donde ha de herir.
Betsabé adelantó aún más, hasta ponerse entre el príncipe y los walíes; la luz de una lámpara cercana, venciendo la todavía débil claridad del alba, que penetraba por el ajimez, inundaba con un pálido resplandor su frente erguida en un ademan de soberbia amenaza; un frio desden aparecia en la expresion de su boca entreabierta, y su mirada severa y fija se posaba poderosa en los walíes.
--Sois necios, imprudentes y atrevidos, dijo lentamente Betsabé marcando cada una de sus palabras; quereis vengar un ultraje, y en vez de procuraros una fuerte alianza, la haceis imposible dando oídos á vuestro insensato orgullo y mordiendo la mano que os puede proteger, manchais la sola bandera que debe flotar entre vosotros el dia del combate. Idos. Devorad vuestra rabia. Los Zegríes son mejores que vosotros, puesto que saben conquistar los favores de un rey; los Zenetes no se trocarian por los que tienen en la lengua el veneno de la serpiente, la envidia en el corazon y la espada mohosa y adherida á la vaina. ¡Idos!
XV.
Ninguno de los tres walíes retrocedió ante el despreciativo mandato de Betsabé; la contemplaban fascinados; casi no habian oído sus palabras.
--¡Idos! repitió con más fuerza la jóven.
--No, por el Coran, dijo Abu-Abdalá, en cuyos ojos se mostraba el fuego de un entusiasmo salvaje; no saldrémos de aquí sin haber aplacado tu enojo, sultana, sin que hayas dirigido á tus siervos una mirada de paz. No, tú no eres la ramera esclava del judío; tú eres una hurí que Dios nos envia para alentarnos en nuestra empresa. Las palabras de tu boca fortalecen el corazon; la mirada de tus ojos es un raudal de delicias que arrastra al alma consigo.
Cada frase de admiracion del africano, hacia aparecer más y más sombrío el semblante del príncipe; Betsabé permaneció impasible.
--¿Cuántas lanzas has traido contigo Abu-Yshac? dijo al fin tras un momento de silencio la jóven.
--Quinientas, contestó el walí.
--¿Y tú? añadió Betsabé dirigiéndose á Abu-Hassan.
--En la falda de la sierra Elvira, me esperan trescientas.
--Y yo puedo hacer que hoy cuando el sol medie su carrera lleguen mis gentes á Granada, añadió Abu-Abdalá.
--Pues bien, tú Abu-Yshac, serás el caudillo de esta empresa. Hoy á la hora de adohar, tu gente dividida en tres tercios, entrará en Granada por las puertas de Bib-Lachar, de Bib-Ataubin y de Bib-Al-bolut. Mi señor es el vuestro, añadió la jóven señalando al príncipe, pero ni una voz por él, ni una mirada, ni una señal de inteligencia. ¡Idos! En la joyería de Absalon hallareis un tesoro. Tomadlo y haced con él la guerra. En sus caballerizas hay tres caballos; cabalgad en ellos, y asistid á las fiestas encubiertos.
--¿Y quién hará que nuestras gentes lleguen á la hora convenida, si nosotros asistimos á las fiestas? observó Abu-Yshac.
Betsabé le llevó á la ventana y le mostró los esclavos que esperaban.
--Maksan y los suyos, dijo entonces la jóven contestando á la pregunta del walí.
--¿Y serán fieles?
--Como el puñal á la mano. Idos.
Los tres walíes salieron por donde habian entrado. Betsabé asió al príncipe, y se perdió con él á través de una puerta cubierta por un tapiz.
El retrete quedó solitario y silencioso. Sólo de vez en cuando se escuchaban profundos gemidos en el divan donde Betsabé habia arrojado á Absalon.
IV.
Las fiestas de Bib-Rambla.
I.
El rey Al-Hhamar, habia contemplado impasible aquel misterioso período de la historia que tanto atañia á su porvenir; su benévolo semblante no se habia contraido ante aquellas asechanzas contra su existencia; miraba con la atencion y curiosidad de un niño, y nada más.
El retrete de la casa del judío habia desaparecido, quedando en su lugar una sombra profunda, parecia que al salir el príncipe y Betsabé le habian arrastrado en pos de sí.
El genio tocó de nuevo con su vara mágica el denso humo, y otro espectáculo nuevo y sorprendente se mostró ante Al-Hhamar. Era la plaza de Bib-Rambla; pero como entonces, ostentando sus aéreas torrecillas; sus galerías afiligranadas, sus techos de pizarra y sus ostentosos miradores; la plaza de Bib-Rambla engalanada para un fiesta y alumbrada por el sol de uno de esos serenos dias con que espira el otoño.
Ordinariamente Bib-Rambla era el centro de todo lo hermoso, de todo lo rico de Granada; veíanse en sus bazares, ocupados por mercaderes venidos de todos los pueblos, cuanto puede soñar el deseo; allí se cruzaban las pláticas de amor y de combate; más de una hazaña tenia allí su orígen, y las profundas oscuridades de los bazares cubrian en su misterio más de un lance de amor.
Pero aquel dia los soportables habian desaparecido, cubiertos por una gradería, destinada á dar asiento á los que por su fortuna debian asistir á las fiestas de la proclamacion del príncipe Mohhanmed.
Una fuerte valla separaba el coso de la gradería, y tres puertas, la de Bib-Al-bolut, la del Zacatin y la de la Al-Kaissería, eran las destinadas á dar paso á los justadores y á los concurrentes.
II.
Era muy de mañana; el sol apenas coloraba con una estrecha faja de luz los altos aleros, las banderas y los tapices más elevados del mirador real. La brisca, fresca y saturada con los perfumes de las flores, agitaba débilmente los espléndidos cortinajes de las galerías, los tapices de vivos colores y caprichosos dibujos, que desde las balaustradas de los estrados, destinados á los jueces, á los príncipes, á las damas y á los nobles, descendian hasta tocar la arena del coso; y parecia adormirse entre los anchos pliegues de la soberbia tela de brocado, suspendida sobre el trono de Al-Hhamar, y en la que aparecia, saliendo de las bocas de los dragones, la banda diagonal azul sobre campo de plata con el mote. «_¡Le galib ile Allah!_» (¡Sólo Dios es vencedor!)
A pesar de sus galas y de su magnificencia, la plaza estaba desierta; los ajimeces y las puertas cerradas. Sólo algun pajarillo, saludando al sol naciente, alteraba con sus trinos el profundo silencio que reinaba cerca y léjos. El ancho y esplendente coso, parecia estar sujeto al poder de un encanto.
El sol se elevó; sus rayos tocaron la abandonada arena, y al fin, perdido por la distancia, se elevó en el espacio un rumor confuso, que creció lentamente hasta dejar percibir el sonido de las atakebiras, los añafiles y los atabales; un ruido sordo, semejante al que produce el mar al estrellarse en la ribera, se elevó despues, y al cabo el estruendo llegó atronador hasta las puertas de la plaza, y la de la Al-Kaissería se abrió.
Cien Almoravides, con bonetes verdes y sobrevestas de escarlata, se extendieron, haciendo calle á los costados de la puerta, y por medio de ellos aparecieron cien alféreces sobre caballos blancos, encubertados de guerra y llevando en las manos pendoncillos, entre los cuales descollaba majestuoso el rojo estandarte real.
Tras esto, apareció una cuadrilla de trompeteros, que se detuvo á la puerta, y dejó oir por tres veces el clamoreo de sus clarines. Entonces, como si se hubiera roto el encanto que pesaba sobre la plaza, se abrieron puertas y miradores; la multitud se precipitó en las graderías; se llenaron los estrados de damas, y no se vió por todas partes más que velos que se agitaban, joyas que brillaban, voces que herian los aires, aclamando á Al-Hhamar y á su sucesor Mohhanmed.
Pronto la arena se vió invadida por tropas de ginetes, cuyos caballos caracoleaban, apiñándose al desemboque de la puerta de la Al-Kaissería, por la cual apareció la comitiva real.
Cabalgaba delante el rey, oprimiendo la espalda de un magnífico overo, cuyas gualdrapas de púrpura arrastraban sobre la arena. Llevaba el rey un caftan de seda color de escarlata bordado de oro; entre su toca verde, entrelazada de hilos de gruesas perlas, se veia una magnífica corona; su diestra empuñaba una larga y cortante espada; en sus borceguíes se veia la espuela de oro de los caballeros nazarenos, y sobre su pecho ostentaba un pequeño blason de Castilla, como en muestra del pleito homenaje que rendia en feudo y tributo al noble rey Ferdeland; dos walíes, de las tribus de los Zenetes y de los Zegríes, caminaban á pié á su lado, llevando las riendas de su corcel, y delante y en pos del rey marchaban en buen órden cien Almoravides armados de lanzas, y en cuyas adargas se veia el mote de Al-Hhamar.
Tras esta comitiva, desembocaron en la plaza cien Abencerrajes, sobre yeguas blancas, engalanados con caftanes y bonetes, mitad verdes, mitad rojos. Todos llevaban arcos y venablos á la espalda, y largas espadas en las manos.
Entre ellos se distinguia por lo espléndido de su vestimenta, semejante á la del rey, un gallardo mancebo; su semblante, orlado de una negrísima y rizada barba, era noble y tranquilo; sus ojos, de expresion dulce y melancólica, hicieron suspirar á más de una dama, al arrojar una mirada en los ámbitos de la plaza. Su cabeza, erguida y majestuosa, estaba cubierta por una faja de Persia á manera de turbante, pero sin corona ni adornos. Aquel gallardo jóven, á quien los valientes miraban con entusiasmo y las hermosas con amor, era Mohhanmed ben-A'bd-Allah-ben-Nazar, hijo mayor del rey.
Tras este, penetró en la plaza otro cortejo, ante el cual marchaban músicos y bailarinas. En el centro descollaba un palanquin cubierto por riquísimos tapices y cojines magníficos, conducido por cuatro esclavos. Sobre él, cubierta con un velo, asentaba una mujer, objeto de todas las miradas y del respeto general. Hermosas doncellas asiáticas, engalanadas con gran ostentacion, llevaban junto á la dama encubierta, pebeteros de oro exhalando perfumes, y ramilletes de flores. Esta mujer era la sultana Wadah, esposa del rey y madrastra del príncipe Mohhanmed.
Seguíanla las esclavas del haren, cubiertas con velos sobre palanquines menos ostentosos; cerraba la marcha un escuadron de esclavos de la guardia negra, á cuyo frente aparecia Maksan, embellecido con collar y ajorcas de oro, y un inmenso populacho, llenando el aire con el estruendo de sus víctores, completaba aquel régio acompañamiento.
El rey atravesó lentamente la plaza, subió al estrado real y ocupó el trono; á su derecha se colocó el príncipe Mohhanmed, á la izquierda la sultana Wadah, tras el trono las esclavas del haren, y por último, los wasires del rey, su _katib_[25], los cadíes de córte y el alcaide de su caballería.
[25] Secretario.
Al pié del estrado real, se extendieron en tres filas, sobre la arena del coso, formando una valla humana, los Almoravides, los Abencerrajes y los esclavos de la guardia negra. El alférez del rey permaneció entre ellos, sustentando el estandarte real, y cuatro alguaciles de córte, á caballo, se situaron en el coso dando su frente al rey, á la distancia de diez picas del estrado.
La agitacion era general; las miradas de la multitud estaban fijas en el rey, y cien mil bocas elevaban un rumor unísono y confuso, murmurando de la tardanza de las fiestas: do quiera se dirigia la vista, no se encontraba más que la multitud encaramada en las pizarras, en las galerías, en los ajimeces y en los estrados: el coso, despejado y solitario, iluminado ya en gran parte por el sol, parecia encerrado en un marco de séres vivientes, que se habian dilatado entapizando los muros de la plaza, y entre los cuales aparecian, como ráfagas deslumbrantes, los tapices, las joyas, los velos y las plumas: al fondo de la plaza ondulaba un mar de cabezas, y el hálito que emanaba de aquel todo inmenso y monstruoso, se elevaba hasta perderse en el espacio, como el zumbido de un millon de colmenas.
Al fin la multitud impaciente vió al rey hablar con Aben-Muza, alcaide de su caballería, que descendió del estrado real, cabalgó, y seguido de los alguaciles y del alférez del rey, se adelantó al centro del coso precedido de los trompeteros.
Por segunda vez, estos lanzaron al espacio el triple clamor de sus clarines; callaron las cien mil bocas de la multitud, y la voz de Aben-Muza, se elevó lenta y sonora en medio del silencio:
--Creyentes, gritó: en nombre del rey Mohhanmed ben-Abd-Allah-ben-Juzet-ben-Nazar-ben-Al-Hhamar, el vencedor y el magnífico, á quien el Señor fuerte, el Poderoso entre los poderosos, ensalce con su grandeza, ¡salud á vosotros sus valientes y leales vasallos!
Una exclamacion informe, espontánea, gigante, fué la contestacion al saludo del rey. Aben-Muza continuó:
--Y sabed vosotros los que me oís; cuantos ausentes vivan; los presentes y los porvenir, que el rey manda y quiere que en justa celebridad de la proclamacion del príncipe Mohhanmed-ben-Abd-Allah-ben-Nazar, su sucesor y partícipe en el gobierno, se hagan fiestas, en que justen y corran cañas y toros, todos los que sean caballeros, muslimes ó nazarenos, los de cerca y los de luengas tierras, extrañándose á los judíos y á los renegados. Asimismo, que para presidir las fiestas se elija una sultana de la hermosura, entre las presentes, ó las que viniesen, de estos reinos ó de otros, la cual sultana será el premio del vencedor, si fuese libre y así pluguiese á su voluntad. Los jueces de la hermosura, son el wasir del rey Alí-ben-Ibraim; su alcaide y capitan de su guardia, Mohhanmed-ben-Alí; y su secretario Yahye-ben-Alkatib. ¡En nombre del rey! ¡prosperidad á los fieles muslimes!
Tornaron á sonar los clarines; el pueblo unió á su estruendo sus aclamaciones, y el alcaide Aben-Muza, precediendo al alférez del rey, á los alguaciles y á los trompeteros, tornó al estrado real, donde ya se habia constituido por órden de Al-Hhamar, el tribunal calificador de la belleza, compuesto de tres ancianos venerables, cuyos nombres habia relatado el alcaide Aben-Muza en el pregon.
Pero ni una de las damas que asistian á la fiesta bajó de su estrado para ir á disputar la primacía de su hermosura. Y las habia esplendentes y lánguidas, como el lucero de la tarde; alegres y cándidas como una alborada de primavera; deslumbrantes y majestuosas como el sol al trasmontar los mares en una tarde de estío; por una de sus miradas se hubieran vertido torrentes de sangre, y por un beso de sus labios de rubí, se hubiera dejado llamar cobarde el más bizarro Abencerraje.
Pero habia en el estrado real una dama á quien nadie habia visto el rostro, cubierto por un tupido velo, en la que se posaban las envidiosas miradas de las hermosuras granadinas: tras aquella ancha tela se elevaba una cabeza, que no podia menos de ser hermosísima, porque sólo una belleza sin rival podia darla valor para ostentarse en el indefinible y soberbio ademan de majestad y desden que ostentaba cuando eran llamadas á disputar el valor de sus encantos tantas bellísimas mujeres. Por cima de su velo brillaban sus ojos de mirada penetrante, é irresistible, y su ancha y riquísima túnica dejaba percibir la mórbida redondez de sus formas. Aquella mujer que hacia soñar en las huríes, que hacia indisputable la supremacía de su hermosura, era la esposa del rey; la madre del príncipe Juzef-Abd-Allah; la sultana Wadah; la esclava castigada un tiempo y vendida con ignominia á un judío, por el rígido walí de Cairvan.
Pero entre tanta dama irresoluta, hubo una que se adelantó de entre las esclavas del rey, y dejó caer su velo ante los jueces; era una jóven doncella; una encantadora hija del Asia, con sus rizados y sedosos cabellos negros, sus ojos nítidos y pudorosos; sus mejillas tersas y ligeramente morenas, y su cuello de cisne sustentado sobre un seno de formas virginales. Los ancianos jueces sonrieron benévolamente ante la niña, que fijaba en la alfombra del estrado su tímida mirada, y sólo la levantaba momentáneamente para posarla en la del príncipe Mohhanmed que la contemplaba extasiado; despues, avergonzada, tornaba á posarla en la alfombra y el rubor que subia á su mejilla la hacia parecer más hermosa.
Los jueces la preguntaron su nombre: se llamaba Haxima.
A falta de competencia, deliberaron entre sí, y hallando digna á Haxima, iban á pronunciar el irrevocable fallo en su favor, cuando el son de una ronca trompeta se dejó oir tres veces á través de la puerta de la Al-Kaissería, y el alcaide de ella, rigiendo un potro cordobés, se adelantó hasta el estrado real, y haciendo arrodillar al bruto, dijo al rey:
--Señor: una princesa de Persia, adonde ha llegado la fama de tu invencible nombre, que Dios eternice, pide licencia para asistir á las fiestas, y quiere disputar la honra de ser elegida sultana de la hermosura.
--Pues de tan léjos viene, contestó el rey, y princesa es, franca esté la puerta y llegue hasta mí.