Historia de los siete murciélagos, leyenda árabe
Part 5
--Para que tú seas sultana, dijo con voz cavernosa, es necesario que muera mi padre y mi hermano.
--¡Que mueran! contestó lánguidamente la hermosa.
--¡Betsabé, Betsabé! exclamó el príncipe, pídeme mi envilecimiento, mi libertad, mi sangre; pero no me entregues á Satanás.
--¿Me darás tu sangre? preguntó Betsabé al príncipe fijando una nueva mirada más intensa y enloquecedora.
--Sí, contestó el príncipe, en cuyos ojos brilló una valentía casi salvaje.
--Pues bien, la acepto.
Juzef se sentó en el divan, y Betsabé rodeó un brazo al cuello del jóven: entre tanto ella sacó de su cíngulo un pequeñísimo puñal, y su nacarada mano se posó sobre el hermoso y desnudo cuello de Juzef, en una de cuyas arterias clavó la punta del sutil puñal: una gota de sangre tiñó de púrpura el blanco cuello del príncipe, y Betsabé puso sus labios en la herida y chupó.
El príncipe se estremeció; un fuego dulcísimo agitó su sér; cuando la jóven retiró los labios de su cuello, su rostro antes sonrosado y lleno de vida, apareció blanco y frio como el de un cadáver.
--¡Qué hermoso estás, exclamó Betsabé contemplándole con delirio; ¡cuánto te amo! y ¡qué felices serémos si el castillo no se levanta sobre la colina!
--¿Qué castillo es ese? preguntó admirado Juzef.
--Abre aquella ventana, dijo Betsabé por toda respuesta, señalando un ajimez situado en la parte oriental del retrete.
El príncipe obedeció.
--¿Qué ves desde ahí? continuó la jóven.
--Nada veo, contestó Juzef; la sombra es muy densa.
--Mira aún.
Un rayo de la luna se filtró á punto entre dos nubes que se rasgaron.
--Nada veo, dijo entonces el príncipe, más que el Cerro del Sol, la Colina Roja, y perdidos en la sombra los jardines del Darro.
--Pues bien: si las almenas de un castillo coronan esa colina antes de un año; si la sima que está al pié de ella por la parte que mira al Veleta se cierra con una terrible torre, entonces yo seré....
Un estremecimiento convulsivo la cortó la palabra.
--¿Qué serás? preguntó Juzef, á quien hacia temblar el terror de la jóven.
--¡Seré un murciélago! contestó Betsabé, que se dejó caer aterrada en el divan.
El príncipe soltó una larga carcajada al escuchar tal respuesta; tan ridículo le parecia que aquella gentil hermosura pudiera trasformarse en el ave símbolo del horror y compañera de las tinieblas.
--¡Oh, no te burles, príncipe mio! continuó Betsabé, cuyos ojos se llenaron de lágrimas; si esa torre maldita se levanta sobre la sima, me trasformaré en un negro y miserable murciélago.
La risa del príncipe aumentaba á medida que la jóven formalizaba más y más su terrible profecía.
--Mira, añadió Betsabé rasgando su túnica y mostrando al jóven parte de su hermosísima espalda, mira.
Por esta vez la risa del príncipe se cortó como por encanto, y la expresion del estupor y de la repugnancia, se pintó en sus ojos; en el nacimiento de aquella blanquísima espalda, se marcaba vigorosamente una mancha negra; aquella mancha se desplegó un tanto, agitóse y dejó ver al príncipe dos sutiles y pequeñísimas alas de murciélago.
Juzef retrocedió involuntariamente é invocó á Allah; Betsabé habia dejado de ser para él un objeto fascinador, el fragmento de la nocturna ave cuadrúpedo, le habia hecho olvidar la dulce mirada de la vírgen esclava.
--¡Ya no me amas! exclamó Betsabé cubriéndose el rostro con las manos y dejando oir sus sollozos.
El príncipe guardó silencio.
Aquella mujer misteriosa se levantó y mirando fijamente al príncipe rasgó sus vestiduras y mesó sus cabellos.
--¡Ah! exclamó; ¡pereciera el dia en que nací, y la mano de Jehová hubiera cubierto la noche en que en torpe sueño fuí concebida! ¡Nunca el sol hubiera dorado con sus rayos mi cuna de maldicion, ni el pecho de una mujer hubiera alimentado á la hija de misterio! ¡Nunca mis ojos se hubieran abierto á la luz si sombra profunda y noche de duelo han de cubrirme con los siglos!
Su rostro tenia una sublime expresion de dolor, y de su frente purísima parecia irradiar una pálida aureola. Ante aquella sobrenatural hermosura, el príncipe vaciló y la conmocion llenó de lágrimas sus ojos.
--¡Oh! prosiguió Betsabé; ¡buitres devoren mi corazon, si el amado de mi alma me deja! ¡Séquense mis ojos, si no han de ver su gentileza! ¡Sueño profundo cubra mi alma, y desaparezca mi cuerpo, como la niebla de la mañana, si él no apaga la sed que me devora!
--¡Betsabé! ¡Betsabé! exclamó el príncipe asiendo una mano de la desconsolada hermosura, si tú me amas y mi amor te es tan precioso ¿á qué es ese llanto? ¿no te amo yo como la palmera ama al sol, el arroyo al lago y la tórtola á su nido?
Betsabé fijó su mirada radiante de esperanza y de amor en Juzef.
--Pues bien, dijo, si me amas, rompe el sortilegio que me encadena á un porvenir horroroso; haz que esas asquerosas alas caigan de mi espalda y seré tu esclava; mi poder te protegerá; yo seré siempre jóven y cada dia aumentará nuevo encanto á mi hermosura; morarémos en alcázares de cristal y pisarémos alfombras de flores, serémos eternos como el porvenir y nos envidiarán desde su alto asiento las estrellas.
--¿Y puedo yo contribuir á tanta felicidad? la preguntó admirado el príncipe.
--Sí.
--¿Cómo?
--Jurando por tu espíritu no amar á nadie más que á mí; ser insensible á todo lo que no me pertenezca, vivir por mí y para mí.
--Pues bien.... murmuró Juzef, lo juro.
--¿Me aceptas por esposa, sea cualquiera mi sér mujer ó genio, ángel ó demonio?
--Sí.
--Acércate, esposo mio, dijo Betsabé, ciñendo el cuello de Juzef y estampando un beso en su frente.
VIII.
El jóven creyó morir; los labios de la jóven habian abrasado su sér y una nueva vida llena de ambiciones desconocidas y terribles hacia latir su corazon; creyó verse en la cumbre de una altísima montaña, y que á sus piés se extendian los continentes de la tierra ceñidos por los abismos del mar; á su lado Betsabé le estrechaba dulcemente entre sus brazos, y posaba en él la intensísima mirada de sus negros ojos, mientras en su pequeña y lindísima boca vagaba una sonrisa de amor. Parecióle que el mórbido brazo de la hermosa se tendia sobre el dilatado hemisferio, y que su voz dulce y tentadora le decia:
--«¿Qué quieres de cuanto el aire baña, la tierra ostenta ó azota el mar?»
Juzef sólo queria el amor de Betsabé, pero sin fin, como el inmenso espacio que se mostraba ante sus ojos.
La vision duró un momento; Juzef volvió á mirar en torno suyo el retrete de la casa de Absalon, con sus lámparas veladas por gasas, sus pájaros dormidos entre flores, y la hermosísima esclava recostada con indolencia en el divan.
--Mira, le dijo sonriendo Betsabé, la marca terrible de mi encanto ha caido de mi sér; y le mostró con las extremidades de sus bellísimos dedos las pequeñas alas de murciélago, que Juzef habia visto algunos momentos antes sobre sus espaldas.
--Quémalas en aquel braserillo, añadió Betsabé señalando uno de los perfumeros.
El jóven tomó con repugnancia aquel negro despojo y le arrojó al fuego; levantóse una llama azulada y quedó reducido á negra ceniza.
--¿Ves algo en el braserillo? continuó Betsabé.
El príncipe revolvió la ceniza, y entre ella encontró un anillo de esmeralda, al rededor del cual estaba grabada la cifra cabalística de Salomon.
--Dame esa sortija, dijo Betsabé.
El príncipe se la entregó.
Un color febril subió á las mejillas de la jóven, y una exclamacion de insensata alegría, rebosó de su corazon.
--¡Oh! gritó: ya eres mio, miserable Absalon; estaba escrito y se cumplió: ¿quién más poderoso que yo? apagaré mi sed de venganza y mi sed de amor. Venid, hermanas mias; venid y alegraos: el sol de nuestra vida vuelve á brillar más hermoso que nunca.
IX.
En aquel momento, por el ajimez que habia dejado abierto el príncipe, penetraron tres horribles y enormes murciélagos, que revolotearon al rededor de Betsabé.
El príncipe estaba atónito: Betsabé tendió su mano hácia los murciélagos y dijo:
--¡Hermana mia, Djeidah, ven!
Uno de los murciélagos se posó sobre la mano de Betsabé y batió impaciente sus alas.
--¿De dónde vienes? le preguntó la jóven.
--Del castillo de Comares, contestó el murciélago en un acento lleno de suave languidez.
--¿Qué has encontrado en él?
--Mi prometido.
--¿Te conoce?
--Me ha visto en sueños.
--¿Te ama?
--Me idolatra.
--Por el poder del anillo del gran Salomon, que pongo sobre tu cabeza, vuelve á tu sér, hermana mia.
Al decir esto, Betsabé puso sobre la alfombra al murciélago que se trasformó en una nube blanquísima; la nube se elevó hasta cierta altura, tomó formas y se convirtió en una mujer hechicera.
La admiracion del príncipe tocaba á su colmo: Djeidah hubiera podido pasar por la doncella más hermosa del mundo, si no hubiera existido Betsabé; sus cabellos rubios y larguísimos caian sueltos sobre su espalda; el arco de sus cejas era perfecto y sus grandes ojos azules tenian una expresion de languidez irresistible. Cubríala una túnica blanquísima y entre sus anchos pliegues se marcaban sus formas redondas y voluptuosas. Djeidah se recostó muellemente sobre el divan y Betsabé llamó á otro de los murciélagos.
--¡Hermana mia Zahra, ven!
El segundo murciélago se posó como el primero en la mano de Betsabé.
--¿Dónde has estado? le preguntó esta.
--En la fortaleza de Guadix, contestó con voz sonora el murciélago.
--¿Qué has hecho allí?
--Guardar el sueño á mi prometido.
--¿Te conoce?
--Sí.
--¿Te ama?
--Me adora.
--Por el anillo del poderoso Salomon, vuelve á ser lo que eras, hermana mia, murmuró Betsabé poniendo sobre el divan al negro murciélago.
Un instante despues una jóven y apuesta doncella fijaba una profunda mirada en el príncipe Juzef: á pesar de ser muy hermosa, la expresion de sus ojos pardos y centelleantes era sombría y fija; su hermoso entrecejo se fruncia de una manera terrible, y sus labios purpúreos estaban orlados de una sonrisa cruel; pero esta expresion desfavorable duró sólo un momento: su frente apareció tersa, sus ojos retrataron la paz más profunda y en su pequeña boca apareció una sonrisa candorosa; apartó con sus manos, que parecian hechas de alabastro, los negros y larguísimos rizos que cubrian en parte su semblante teñido de un leve matiz moreno, y se sentó en el divan junto á Djeidah, cubriendo sus piés con la falda de su ancha túnica de escarlata.
Revoloteaba aún en torno de la cabeza de Betsabé el tercer murciélago.
--¡Hermana mia Obeidah, dijo Betsabé tendiendo de nuevo su mano, ven!
El murciélago se posó en ella.
--Vengo del alcázar de Málaga, dijo con una voz dulcísima.
--¿Qué has hecho allí?
--Velar á mi prometido.
--¿Te ha visto?
--En sueños.
--¿Te ama?
--Está loco por mí.
--En nombre del alto y poderoso Salomon, torna á ser hermosa, hermana mia.
Una tercera y linda jóven apareció á la voz de Betsabé.
Una túnica dorada pretendia en vano ocultar lo aéreo de su esbelto talle; la mirada de sus hermosísimos ojos celestes era tan indiferente que hubiera ofendido al amor; su cabellera, bermeja como el oro, embellecia una frente en que era difícil encontrar las huellas del más ligero pesar. Obeidah ocupó un lugar en el divan entre Djeidah y Zahra.
Entonces Betsabé tocó con el anillo la cadena de oro que sujetaba su pié.
--Rómpase el signo de mi esclavitud, exclamó.
La cadena se rompió en mil pedazos.
--¡Ya soy libre! gritó Betsabé, saltando hasta el sitio en que el príncipe contemplaba inmóvil de asombro tanta maravilla; ¡ya soy reina! hermanas mias, levantaos.
--Tengo sueño, contestó Djeidah, dilatando su linda boca en un largo bostezo.
--Siempre perezosa, murmuró Betsabé; y tú Zahra, ¿has olvidado tus noches de dolor, que así reposas cuando hemos menester todo nuestro esfuerzo para la última prueba?
--Sí; contestó agriamente Zahra dirigiéndose á Djeidah y Obeidah; esforcémonos, hermanas mias, para que nuestra hermana Betsabé logre los amores de su bellísimo príncipe; ayudémosla para que despues nos trate como esclavas.
Betsabé se mordió los labios impaciente y se dirigió á Obeidah.
--Tengo hambre, dijo esta, fijando su mirada indiferente en su hermana.
--¡Oh! sois las mismas exclamó con despecho Betsabé; y en verdad que he hecho mal en acordarme de vosotras, para arrancaros de vuestra cautividad; tu pereza, Djeidah, te hace merecedora á que te dejen dormir arropada con tus negras alas en el oscuro rincon de unas ruinas; tú, Zahra, envidiosa y cruel, no debias volver á ver el sol; y tu glotonería, Obeidah, sólo debia ser satisfecha con los insectos que encontrases en tu vuelo nocturno.
Los tres bellos semblantes de las tres damas apostrofadas, se animaron con una expresion de cólera, y se lanzaron á Betsabé.
--¿Por qué me llamas perezosa, gritó Djeidah, cuando tus locuras de amor nos han reducido á este estado?
--¿Y á mí envidiosa, añadió Zahra, cuando harias pedazos á la mujer á quien amase tu hermoso Juzef?
--¿Y á mí glotona, prosiguió Obeidah, cuando tu sed de amor devorará á tu lindo príncipe?
Betsabé habia retrocedido ante el furor de sus hermanas, pero sin miedo, como el luchador que se retira á la vista de su adversario para buscar el punto de ataque.
--¿Sabeis, les dijo despues de un momento de observacion, mostrándolas el anillo cabalístico, que por el poder de este talisman, como os he sacado de vuestros hediondos nidos puedo volveros á ellos?
Las tres rebeldes beldades palidecieron, y miraron á su hermana con ansiedad.
--No lo haré, continuó Betsabé, porque no soy rencorosa. Pero es necesario que nos unamos para inclinar nuestro doble destino á la buena parte, y que procuremos huir de la mala. ¿Qué quereis mejor, las tinieblas de la torre de los Siete Suelos ó los alcázares de nuestro padre?
--Los alcázares de nuestro padre, contestaron en coro y de la manera más humilde que supieron las tres rebeldes.
--Pues bien, para eso es necesario luchar. Cuando veníais á visitarme cerniéndoos sobre vuestras alas de crespon, erais más razonables y más humildes; me deciais con el acento de la desesperacion: «Hermana Betsabé, arráncanos de nuestro estado, y te obedecerémos; vuélvenos á nuestro sér, y serémos tus esclavas.» Pues bien, el destino ha puesto en mis manos ese poder, y sois otra vez jóvenes y hermosas.
Betsabé se detuvo para dar más prestigio á lo solemne de sus palabras.
--¿Y qué hemos de hacer? contestaron á la vez las tres mujeres en el colmo de la humildad.
--Abajo hay tres osos salvajes que es necesario domesticar. ¿Decís que os aman los walíes?
--Sí, dijeron las tres.
--Pues bien, amadlos vosotras, ó á lo menos fingidlo.
--Abu-Yshac es viejo, feo y avaro, dijo Djeidah haciendo un mohin de disgusto, y si me abandonas á él sin poder, me tratará como á sus etíopes, y me venderá si hay quien le dé por mí cien doblas de oro.
--Abu-Abdalá, dijo á su vez Zahra, es soberbio y me mirará como una esclava.
--Abul-Hassan, murmuró Obeidah, es iracundo y celoso, y me azotará como á sus perros.
--¡Por el ángel Leviatan! gritó colérica Betsabé, ¿quién os ha hecho pensar, descontentadizas hermanas, que yo os abandonaré? ¿Acaso puedo yo subir al cielo de mi amor sin vosotras que sois mis alas? ¿A qué rebelaros contra vuestro destino? ¿No ha dispuesto él que guardaseis el sueño de esos tres hombres y les presentaseis visiones tentadoras, como ha dispuesto que yo ame al hijo de un rey?
--Pues bien, observó Zahra, matemos á esos tres hombres.
--Guardaos bien de hacerlo, dijo Betsabé; sin ellos, ¿quién haria perecer al hombre destinado á edificar la torre de los Siete Suelos?
El príncipe que presenciaba absorto esta terrible conversacion, se estremeció de piés á cabeza, y creyó llegada su hora cuando Zahra contestó:
--¿Y para qué guardas á tu príncipe? ¿Acaso no es hijo de ese hombre, y no puede llegar cuando quiera hasta lo más reservado de su haren? ¿Acaso no hay tósigos y puñales?
--El pueblo nunca elige por rey á quien ha asesinado á su padre, y para fijar nuestro porvenir es necesario que yo sea sultana. Meditadlo bien; un año vuela con la velocidad del huracan, y si ese año pasa sin que haya muerto Al-Hhamar... ¡ay de nosotras!
Las tres jóvenes miraron irresolutas á Betsabé; esta estaba á punto, irritada por su obstinacion, de volverlas á trasformar por castigo en murciélagos.
--¿Os resolveis? gritó: sí ó no.
--Sí, contestaron con voz quejumbrosa las tres.
Entonces Betsabé se volvió al príncipe.
--Amado mio, dijo, vas á ver lo que ningun mortal puede contar; ¿quieres que traiga aquí los arcángeles del sétimo cielo? ¿Por qué la luz de mis ojos está tan triste?
Juzef tomó una mano de su amada, y la estrechó entre las suyas.
Betsabé describió un círculo en el suelo con el anillo, murmuró algunas palabras misteriosas, y añadió con voz potente:
--¡Espíritus que escuchais mis conjuros, esclavos de mi poder, salid á luz!
X.
Del centro del círculo trazado por Betsabé, salieron tres genios horrorosos. Tras cada uno apareció una comitiva de esclavos de ambos sexos, cubiertos con vestiduras deslumbrantes de riqueza. Pajes de rubias guedejas conducian en azafates de oro túnicas espléndidas y joyas de inestimable valor. Diez guerreros árabes cubiertos de hierro acompañaban á cada servidumbre.
--Genios, dijo Betsabé dirigiéndose á ellos; os entrego mis hermanas. Llevadlas á mi alcázar, y haced cuanto deseen. Cuando luzca el cercano dia, hacedlas subir á cada una en un palanquin; que las acompañen las esclavas cubiertas con velos, y los esclavos arrojando bolsas de ámbar llenas de oro á las gentes que se detengan á mirarlas: detrás de cada una irán diez árabes armados, jinetes sobre caballos superiores á los de Persia. Vosotros invisibles, protegereis á mis hermanas. Djeidah entrará en Granada por la puerta de Bib-Lachar, Zahra por la de Bib-Ataubin, y Obeidah por la de Bib-Elvira. Todas irán al coso de Bib-Rambla, y se colocarán en el sitio destinado en los miradores para las princesas. Id, hermanas mias, id.
Cada una de las jóvenes desapareció con su comitiva á través del círculo trazado por Betsabé, y que se cerró tras ellas.
XI.
El retrete volvió á su silencio; Betsabé se dejó caer en el divan, con el abandono de quien se entrega al descanso despues de una larga lucha; su hermoso seno se levantaba dilatado por su fatigada respiracion y sus ojos mostraban la suave y satisfecha languidez resultado de su triunfo. Habia logrado en fin romper un eslabon de la cadena de su destino funesto, y sonreia de antemano á un porvenir halagador, rico de locas esperanzas y de deseos delirantes; el color de la púrpura teñia sus mejillas, y su sér se estremecia lleno de una felicidad infinita, cuando contemplaba ante sí al apuesto y hermoso Juzef, cuyo juvenil semblante ostentaba toda la reflexion que le hacia á veces superior á su edad.
Betsabé se adormecia saboreando su ambicion satisfecha, y una sonrisa de dicha inefable la embellecia hasta el punto de hacer imposible toda comparacion con sus encantos.
Pero el príncipe no la veia, ó por mejor decir, nada veia de cuanto le rodeaba; creíase entregado á un sueño: ¡tan incomprensible era para él cuanto habia acontecido en su presencia!
A pesar de estar iniciado en los misterios que acompañan la existencia de las hadas, las perís, los genios y los vampiros, incrédulo en esta parte como en religion, espíritu inquieto que á todo pedia razones y que no creia en más que en aquello que veia ó tocaba, siempre habia juzgado los genios y las hadas, los hechiceros y los vampiros, creaciones de charlatanes ó de cerebros enfermos; pero entonces no habia lugar á la duda; habia visto, habia tocado; recordaba que un objeto punzante habia herido sus carnes, que dos labios ardientes se habian posado sobre la herida, y que al contacto de aquellos labios una sensacion dulcísima y desconocida habia llegado hasta la médula de sus huesos. Además, ¿no se sentia arrastrado sin fuerza ni voluntad á aquella mujer, como la mariposa á la luz, como el girasol al astro del dia, como la sensitiva á su compañera? ¿No sentia en su alma parte del alma de aquella mujer en la cual moraba la mitad de la suya? ¿Seria acaso Betsabé uno de los horribles vampiros, de que habia oído hablar su nodriza, que toman las formas de una mujer seductora para devorar más á su salvo á su víctima?
Esta horrible sospecha se posó sobre el espíritu de Juzef y le oprimió, le abrumó, le quemó como un raudal de hierro derretido. Sufria y temblaba; pero si aquel sufrimiento y aquel terror hubieran dejado de existir, su corazon hubiera estado roto en mil pedazos.
Nada existia para él fuera de Betsabé; la amaba mujer ó vampiro, ángel ó demonio; pero su amor era frenético, insaciable, sobrenatural.
Entre tanto, la seductora belleza le fascinaba más y más con su mirada, que lanzaba torrentes de amor; sus ojos dilatados, húmedos, brillantes, hubieran enloquecido al morabhita más abstraido en la contemplacion de las grandezas de Dios, y más olvidado de las fragilidades humanas.
Betsabé leia en el pensamiento de Juzef como en un libro abierto; era testigo de los sufrimientos del príncipe, y contemplándose causa de ellos, saboreaba el placer infinito de la mujer que ama y conoce la abnegacion del amor de su amado; si el príncipe lo habia olvidado todo por ella, ella no tenia pasado junto á Juzef, ni más presente ni más porvenir que él.
Largo tiempo estuvieron los jóvenes contemplándose en silencio. Las últimas estrellas, mostrándose á través de la ventana en el cielo ya despejado, subian lentamente á lo alto del firmamento; una dudosa faja lamia la lejana cumbre del Veleta; y el gallo madrugador entonaba su canto matutino.
Al primer canto del gallo, Betsabé se levantó, y dirigióse con paso seguro al ajimez.
--Ya viene el dia, dijo, la luna huye del sol, y pronto su rayo de oro bañará tu hermosa frente, amado mio. Ya veo á mis hermanas rodeadas de sus esclavas que las cubren de magníficas vestiduras. Los palanquines las esperan. Hoy va á ser un dia de triunfo. Y entre tanto, ¿qué hará el elegido de mi alma?
--Estar á tu lado, gacela mia, contestó el príncipe, acercándose á Betsabé, y rodeando su reducido talle con un brazo tembloroso.
La jóven apartó suavemente el brazo de Juzef y le mostró algunos objetos informes, que se dejaban ver desde el ajimez perdidos en la sombra de la oscura calle: eran los arqueros de la guardia negra que el príncipe habia mandado á Maksan le siguiesen.
--¿Y para qué son esos esclavos? le preguntó Betsabé.
--¡Ah! lo habia olvidado, contestó el príncipe: ¡es necesario que seas reina.....!
--¿Y para qué te han acompañado hasta aquí los tres walíes?
El príncipe pasó la mano por su frente que abrasaba con un calor febril.
--¡Oh, esos hombres! ¡esos hombres! es verdad; son tres esclavos rebeldes.
--Pues bien, es necesario que esos hombres levanten una bandera contra Al-Hhamar, antes de que el sol que va á aparecer bañe sus cabellos en los mares de Occidente.
--¡Oh! ¡todo para tu ambicion! ¡nada para mi amor! exclamó el príncipe fijando su insensata mirada en Betsabé.
--Silencio, dijo esta poniendo su pequeña mano en la boca del príncipe; alguien se acerca.
XII.
En efecto, levantóse el tapiz que cubria la puerta del retrete y apareció en el umbral el judío Absalon.
Al ver á la jóven junto al ajimez, libre de la cadena que la sujetaba al divan, la palidez de la muerte cubrió su semblante, y sus carnes se estremecieron de terror, que se hizo más y más perceptible á medida que Betsabé se aproximaba á él; quiso huir, pero un ademan imperioso de ella le contuvo á su pesar.
Los ojos de aquella incomprensible mujer, fijos sobre el judío, tenian una extraña expresion; su entrecejo estaba fruncido y la sonrisa de sus labios era cruel; Absalon tenia fija su mirada en la alfombra, su cabeza notablemente inclinada y sus brazos cruzados sobre el pecho. Su agitacion era cada vez más sensible y todo en él indicaba miedo y humildad.
--¿Desde cuándo, dijo al fin Betsabé, el buitre se humilla ante la alondra? ¿Por qué tiemblas, mi señor? ¿acaso no soy tu esclava?
La voz de Betsabé era opaca; sus palabras acentuadas penetraban una á una en el corazon del judío.