Historia de los siete murciélagos, leyenda árabe

Part 4

Chapter 44,011 wordsPublic domain

--Muy espléndido estás, Absalon, observó el príncipe: este es un trono.

--O un tajo, contestó sombriamente el judío.

--Sea lo que quiera; ¿pero no tendrás otros tres asientos para mis tres valientes compañeros?

Los tres walíes se habian detenido en la puerta, y á más de estar envueltos en la sombra, se habian cubierto la cabeza con los capuces de sus alquiceles.

--¿Acaso el siervo se sienta al par de su señor? dijo el judío contestando á la pregunta del príncipe: el perro ha nacido para arrastrarse á los piés de quien puede zurrarle con su azote.

Tres miradas profundas se perdieron en la oscuridad, y tres manos membrudas buscaron los puñales, cubiertas por los alquiceles.

--Pero esos tres hombres no son perros, contestó el príncipe; son tres leones que vienen á buscar garras en tu casa.

--¿Y vienes á eso, príncipe? preguntó con inquietud Absalon.

Una mirada profunda de Juzef Aben-A'bd-Allah, contuvo al viejo israelita.

--En cuanto á garras, dijo, dárselas puedo tales, que no encuentren jaco bien templado, ni mallas bastante fuertes para resistir su embate.

--¿Recuerdas lo que te propuse anoche?

--¿Puede olvidar el siervo los mandatos de su señor? contestó el judío doblegándose hasta apoyar la barba en su pecho.

--Ahora bien, mis valientes amigos, añadió el príncipe levantándose y dirigiéndose á los tres walíes; tal vez necesite mañana de vuestro esfuerzo, y como habeis venido sin armas, justo es que yo os las procure tales como las pudiera desear el más bizarro caudillo. Entrad: Absalon dará á cada uno un arnés, una pica, una espada y un caballo de batalla. Entrad.

Los tres walíes entraron en el aposento, siempre cubiertos por los capuces.

--Entrad, les dijo el judío abriendo una puerta escondida por un armario, y silbando al mismo tiempo de un modo particular.

Un negro apareció instantáneamente tras la puerta recien franqueada, y alumbrando con una antorcha un largo pasadizo estrecho y húmedo.

Los tres africanos entraron; cada uno de ellos llevaba un puñal desnudo. Cuando hubieron adelantado algun tanto, Juzef dijo al judío:

--Cumple tu promesa.

--¿Cumplirás la tuya? dijo mirándole intensamente Absalon.

--Sí, contestó el príncipe.

--¿Aún cuando hubieras de manchar con sangre el trono de tu padre?

--Sí, por el Dios que salvó en su huida al Profeta.

--Tú lo has dicho, añadió el judío abriendo otro de los armarios, tras el cual apareció una escalera; sube, al fin guardo el mayor de mis tesoros; tu vida está en mis manos, y ¡ay si el leon insulta al lobo!

Dichas estas palabras, Absalon se perdió por la bóveda en que habian penetrado los walíes, y el príncipe subió de tres en tres peldaños, y con el corazon agitado, la escalera que se abria delante de él.

IV.

A su fin encontró una puerta; empujóla y adelantó en un retrete, en el cual se hundieron sus piés sobre una alfombra de la India; una lámpara de alabastro consumia aceite aromático y reflejaba su melancólico resplandor en paredes blancas y brillantes como el marfil, labradas con oro pulimentado; al frente, cubierta por un tapiz de púrpura, se abria una comunicacion á otro aposento y á través de ella volaba un suavísimo perfume.

--Hé aquí los judíos, observó el príncipe atravesando el retrete; miseria, pestilencia en el exterior; oro, perfumes, en los escondidos aposentos de sus rameras; la lepra á las puertas del paraíso.

Llegó al tapiz y le alzó; un nuevo aposento, más rico que el primero, deslumbró al príncipe acostumbrado á la riqueza de los retretes de la Casa del Gallo; la alfombra era de oro y seda; las paredes entapizadas de brocado; el techo de sándalo, incrustado de nácar y ébano; flores de Asia frescas y olorosas encerradas en vasos de ágata; pájaros atados á hilos de oro acurrucados en las cornisas y entre las flores, mostrando sus caprichosos plumajes; pebeteros de inmenso valor cargados de perfumes, y lámparas preciosas, en las que daba pábulo á una luz, velada por gasas trasparentes, purísimo aceite de Siracusa.

Los pebeteros difundían por la estancia un ambiente fresco y oloroso, y parecian halagar el sueño de una mujer que dormia sobre almohadones de púrpura en el fondo del aposento.

El príncipe observó rápidamente sus adornos, y se adelantó comprimiendo su corazon, que se agitaba violentamente, hasta la hermosa. Porque era muy hermosa la mujer que dormia ó fingia dormir. Descuidada, sonriendo á sus sueños, con la cabellera tendida, el seno y los brazos desnudos y deslumbrantes de blancura, á la luz opaca de las lámparas, dejando ver bajo su túnica arrollada un pié magnífico y parte de una pierna adornada con una ajorca de oro, era la más hermosa imágen del ángel de la tentacion.

Aben-Juzef se arrodilló sobre los almohadones, y fijó su mirada llena de un amor insensato en aquella purísima niña que reia y suspiraba á un tiempo, á impulsos de su recóndito y dormido pensamiento. La vista del príncipe devoraba ansiosa aquellas formas redondas, aquellos cabellos negrísimos, que lanzaban brillantes reflejos, heridos por la luz, y se tendian en largos rizos sobre el lecho, velando á medias los desnudos hombros de la dama dormida. La frente que aquellos rizados cabellos orlaban, era tersa, pura y majestuosa como la de una sultana; dos cejas perfectamente arqueadas coronaban dos ojos, que aunque dormidos, lanzaban rayos de un fuego intenso á través de sus entreabiertas y sedosas pestañas, y sobre sus mejillas, á quienes hubieran robado envidiosas su blancura la azucena, y la rosa su leve carmin, se suspendian dos lágrimas tranquilas. La pureza de sus húmedos y rojos labios, revelaba á una vírgen, y la suave dilatacion de su seno, enamorados pensamientos.

Aben-Juzef, pálido y tembloroso de emocion, acercaba insensiblemente su bello semblante al semblante de la hermosa: sentia su aliento impregnado de ambrosía, cada vez más cercano, más ardiente: toda su ambicion, todo su porvenir estaban allí.

La dama despertó levantándose sobre su lecho como al impulso de un poder invisible.

--¿Quién ha entrado aquí? dijo Betsabé; la hija del gran rio quiere dormir tranquila; yo oia cantar los pájaros de mi país, y mis plantas pisaban los alcázares de mi padre; ¿quién ha venido á turbar mi reposo?

El príncipe se volvió; Betsabé de pié envuelta enteramente en su túnica de finísimo lino, estaba delante de él, mal despierta aún, arrojando á su espalda con sus pequeñas manos, sus largísimos cabellos.

--¡Ah, eres tú! ¡lumbre de mis ojos! exclamó al reconocer al príncipe; tambien soñaba contigo; te veia pasar, ginete en un caballo negro y rodeado de una brillante córte; llevabas en la frente una corona; pendiente del costado una espada de oro. Junto á tí cabalgaban, inclinando su frente respetuosa, wasires y kadies y los alféreces conducian delante tu bandera de rey: el pueblo te seguia victoreando y sobre todo esto brillaba un sol resplandeciente. ¡Qué hermoso estabas!

--Betsabé, contestó el príncipe, esta es la primera vez que al lenguaje de nuestros ojos se une el de nuestras bocas, y me hablas de tronos; antes, cuando yo dormia tranquilo sin conocerte, cuando veia sin conmoverme las mujeres de mi pequeño harem, cuando los más ricos mercaderes me mostraban en vano los encantos de sus esclavas, ¡qué feliz era! ¡amaba á mis hermanos, amaba á mi padre!

Betsabé se dejó caer sobre los almohadones.

--¡Y ahora no eres feliz, alma de mi alma!

El príncipe palideció.

--No, dijo, tu amor me mata. Si yo hubiera podido creer que tu serias mi señora y yo tu esclavo.... hubiera huido de tí. Ya no es tiempo de retroceder; no, aunque tuviera delante de mí el puente Sirat, con todo su fuego eterno.

Betsabé lanzó una radiante mirada al príncipe.

--¡Oh si tú supieras...! le dijo: mira, y le mostró su pié sujeto por la ajorca á una gruesa cadena de oro fija en el pavimento junto al lecho.

El príncipe miró asombrado á Betsabé.

--Yo te amo, dijo la vírgen, condensando cada vez más su amorosa mirada, y todo lo espero de tí.... pero es necesario luchar.... ¿tienes valor?

--Sí.

--Yo quiero ser sultana.

El príncipe se estremeció.

--Pero yo no puedo ser rey; contestó Juzef; mañana mi hermano Mohhanmed será proclamado sucesor á la corona....

--Sí, y tú, el más valiente, el más querido de tu padre entre tus hermanos, irás á vivir vergonzosamente en lo más hondo de tu harem, ó á morir sin gloria defendiendo una corona que habrás perdido por cobarde....

Betsabé pronunció estas palabras con el más frio desden y rechazó al príncipe con enojo.

Juzef era muy jóven aún; corria por sus venas la ardiente sangre de los Al-Hhamares, y no podia tolerar nada que se opusiese á sus deseos; sentia por Betsabé un amor idólatra, superior á todas sus creencias, y luchaba procurando desoir el grito de sus deberes. Más de una vez sus ojos se habian deslumbrado ante el brillo de la corona de su padre, y un pensamiento terrible, inspirado por Satanás, le agitaba haciéndole estremecer de espanto. El mal y el bien se disputaban el dominio de su alma, y aquel terrible combate empezado, apenas pudieron desarrollarse sus deseos, habia dado á su semblante el tinte de reflexion y prudencia, que en la hospedería le habia hecho respetable á los tres walíes.

Pero Juzef amaba á su padre y á sus hermanos, y apenas nacidos aquellos criminales deseos, desaparecian dejando marcado en su rostro el rubor y en su alma un arrepentimiento sincero. Corria al mirab, oraba y la tentacion desaparecia. Era un alma de niño franca y generosa, por más que su pureza estuviese manchada con conatos de crímen.

Tal vez debia á su madre, africana ambiciosa, aquellos insensatos deseos de poder: allá en las prolijas noches de invierno, cuando la lluvia azotaba las espesas celosías del harem y el viento se quebraba zumbando en los calados ajimeces, la hermosa Wahdah palidecia, sus ojos de una hermosura salvaje lanzaban rayos, y oprimia contra su seno palpitante al pequeño Juzef, que despertaba al impulso de aquella presion terrible: Wahdah le miraba ceñuda, y una sonrisa horrible contraia su boca temblorosa; recordaba una historia funesta, que encerraba sus recuerdos de amor; recuerdos dolorosos que desgarraban su pensamiento.

V.

Fingíase algunos años atrás en Cairvan[24]. Veia la torre de un fuerte castillo, y un estrecho postigo de su muro. La noche, oscura y medrosa, tendia su negra sombra sobre un espeso palmar, cuyas penachudas copas mecia el viento de la tormenta. La lluvia mojaba su blanca túnica de vírgen, y algun lívido relámpago iluminaba su frente pálida de impaciencia. Amaba como aman las mujeres de África: de una vez y sola una vez. Su pensamiento volaba fuera de los muros hasta un hombre, siempre fijo en él. Su oído pretendia escuchar el galope de un caballo, cada vez que arreciando la lluvia desplomaba sus gruesos goterones sobre la tierra abrasada y seca por el sol del estío. Pero el rumor acompasado y tenaz se prolongaba... era un delirio. Al fin, tras larga espera, sentia distintamente pisadas cautelosas. Una mano prudente introducia una llave en el postigo, y un hombre jóven y hermoso envuelto en un albornoz entraba y asiendo su mano temblorosa la llevaba á una apartada galería. La lluvia continuaba; los relámpagos eran más frecuentes y brillantes; el mugido del huracan se unia al ronco estallido del trueno. Y sin embargo, la tempestad de los elementos cedia á la tempestad de su pasion. De repente la galería se iluminaba con el resplandor de cien antorchas. Feroces esclavos negros, con las cimitarras desnudas rodeaban á los amantes. Un anciano, de semblante noble y ademan imponente, se adelantaba en el centro del círculo formado por los esclavos. Su brazo firme, tranquilo, se levantaba en un ademan de mandato señalando al hermoso jóven á quien amenazaban cien cimitarras. Luego oia el choque del acero contra el acero; el hombre de su amor se defendia como un tigre; el anciano, tranquilo siempre, presenciaba la lucha sin tomar parte en ella; al fin un grito de dolor resonaba sobre el estruendo de los aceros y un cuerpo caia en tierra. Todo concluia para Wahdah: sólo quedaba á su amor un recuerdo funesto.

[24] Antigua capital del Moghrebeb.

Sólo la quedaba un recuerdo de dolor.

El anciano walí de Cairvan, la hacia conducir á su harem; era su esclava. Su padre la habia vendido por un caballo, cuando aún era niña. El walí de Cairvan la habia sentado cuando aún niña sobre sus rodillas, y antes de poder codiciar su hermosura, la habia amado como hija. Wahdah era hermosa como una hada, y pura como las brisas de la mañana. Era además valiente; apenas salida de la infancia, se la veia acompañando al walí en la caza; arrojar su venablo á las fieras. Creció obedecida, sin encontrar obstáculos á su voluntad; fiera y altiva con su valor y su hermosura, llegó á la edad en que pensamientos desconocidos mecen el insomnio sobre las noches de la mujer. Sensaciones misteriosas que el corazon no puede descifrar en su pureza; padecimientos recónditos que cubren con un velo de languidez los ojos de la vírgen. Sufrió y cayó, entregándose á una vida errante y solitaria.

Apenas el sol coloraba los horizontes, la puerta del muro se abria y Wahdah lanzaba su caballo salvaje á través de los bosques; á veces se la veia en lo más oscuro de ellos, sentada sobre la punta de una roca, con la mirada fija en el espacio, mientras una lágrima tranquila descendia hasta su blanquísimo y descuidado seno. Su corazon sentia una extraña necesidad de dilatarse y dejaba rebosar aquella lágrima solitaria. Y así permanecia hasta que el sol trasmontaba los horizontes de Occidente. La noche la veia volver al alcázar de Cairvan aguijoneando la veloz carrera de su caballo.

VI.

Un dia de los más ardientes del estío, cabalgaba lentamente á través del bosque. Un silencio profundo dominaba cerca y léjos; los pensamientos de Wahdah eran más recónditos y misteriosos que nunca: su vida era triste, y todo la parecia estéril y sombrío.

El bosque estaba desierto, y algunos rayos del sol penetrando entre su follaje, doraban los enormes troncos de las encinas y de los castaños silvestres. La jóven caminaba entre ellos abandonadas las riendas á su cabalgadura sin direccion ni objeto. El caballo trotaba con ardor obedeciendo á su instinto salvaje, y respiraba con placer el escaso aire de la montaña que se perdia á lo léjos en calientes ráfagas. Tal vez recordaba el tiempo en que libre con la espalda desnuda oteaba en los fértiles valles del Atlas.

Mas de repente se detuvo, dilató las anchas narices, irguió el flexible cuello, se plantó, lanzando un relincho de espanto, y fijó su centelleante mirada en el fondo del bosque; todo indicaba que el bruto habia olfateado una fiera, y Wahdah atenta á aquel aviso, armó una saeta en su arco y esperó.

No tardó en oirse un rugido que repitieron los ámbitos del bosque, al par que una robusta voz que invocaba á Allah; un árabe, lanzando su caballo á rienda suelta, apareció entre las encinas inmediatas, huyendo con la velocidad del huracan, de una pantera furiosa que le seguia saltando sobre la maleza; el caballo tropezó y cayó arrastrando á su ginete, y la fiera se arrojó sobre él, á tiempo que Wahdah, disparando su arco, clavó una saeta en el corazon de la pantera.

Un nuevo rugido inmenso y rabioso se dejó oir, y la bestia rodó sobre el césped, arrojando de su costado un surtidor de negra sangre.

Cuando el árabe se repuso de su caida y buscó á su salvador, Wahdah vió unos ojos hermosísimos de profunda mirada, en los cuales se retrataba una viva expresion de agradecimiento, que volvieron á inclinarse al encontrar los de Wahdah, como los del imprudente que se atreve á desafiar el resplandor del sol; un estremecimiento inmenso agitó el sér de la vírgen, y cuando pasados los primeros momentos de confusion su alma franca acogió ávida las protestas de agradecimiento del extranjero; cuando más adelante sentada junto á él en la misma roca que habia visto correr sus lágrimas sin objeto, le dejó leer en su alma de niña, el árabe se encargó de hacerla sentir que la sed de su corazon era de amor, y le ofreció el suyo.

Wahdah no le ocultó su posicion: se creia hija del walí de Cairvan; los ojos del extranjero se dilataron. Wahdah no supo dar valor á la sonrisa cruel que vagó un momento en los desdeñosos labios del árabe.

Tal vez era un caudillo rebelde vencido y desterrado por el walí, y se regocijó al entrever una ocasion de arrojar una mancha deshonrosa sobre la frente del noble anciano. Insinuante y astuto como Satanás, se apoderó del alma de la incauta Wahdah, y esta consintió en facilitarle los medios de entrar en el alcázar de su enemigo.

Horrible fué para la infortunada el resultado de su primera é involuntaria falta. Habia bebido el amor hasta las heces en la palabra y en las miradas del extranjero, y su muerte la enlutó el alma. Pero aún tenia que apurar la amargura de su destino. El severo walí la presentó entre las mujeres de su harem, como se presenta á una esclava culpable. Declaró que no era su hija, y la mandó azotar. Despues llamó á un mercader judío y la vendió como la habia comprado: á cambio de un caballo.

Wahdah salió, pues, del alcázar de Cairvan, donde habia sido señora por el amor del walí, para ser esclava de un judío, que expuso en su bazar desnuda ante la vista de más de un extranjero á la desdichada niña; pero no habiendo en Cairvan comprador bastante rico para satisfacer la codicia de Absalon, que se creia poseedor en Wahdah de un tesoro de hermosura; pasaron dias bastantes para que la soberbia africana diese tregua á sus lágrimas, y guardase en su corazon un odio inmenso á todo lo que no era la memoria del hombre á quien habia amado, y á cuya perfidia debia sus largos dias de amargura.

Entre tanto, el judío Absalon habia recorrido el Moghrebeb presentando su esclava en los bazares más concurridos; los compradores se multiplicaban; á cada mirada que se posaba sobre ella, cada vez que el rubor cubria su semblante, un nuevo y más terrible odio sustituia en su corazon á la sed de venganza que lo devoraba; y ¡cosa extraña! á medida que su odio crecia, era más dulce la expresion de su semblante, menos intenso el carmin que el rubor hacia subir á sus mejillas.

Habian pasado tres años y ningun comprador de esclavas habia poseido lo bastante para llenar los deseos del judío; cada mes que transcurria, aumentaba maravillosamente la hermosura de Wahdah, y Absalon añadia á su precio algunos millares de doblas.

La africana habia dejado de ser una niña casi salvaje; tañia la guzla primorosamente, cantaba como una alondra, y componia hermosos versos; sus labios purpúreos, estaban siempre embellecidos por una sonrisa tentadora, y sus ojos habian perdido lo bravío de su mirada, que se adormecia lanzando relámpagos de amor, entre el pelo de sus largas pestañas.

Wahdah era una hurí terrestre, segun la expresion del judío, y sólo un rey, y un rey poderoso, podia aspirar á la posesion de la hermosísima esclava.

VII.

Y en verdad, si valor tiene la hermosura, inmenso debia ser el de la de Wahdah; sus larguísimos cabellos, de un negro azulado, no reconocian rivales; su frente tersa, serena, nacarada, de una majestad inconcebible, parecia formada por Dios para dar un testimonio de la grandeza de su poder, y el amor que inspiraba la intensa y dulcísima mirada de sus ojos, era un tósigo mortal para el que habia posado en ella la suya; sólo una hurí podia poseer un cuello más voluptuoso, un seno de más pura redondez, un talle más flexible, unas manos más blancas y un pié más lindo; si Absalon hubiese amado menos el dinero, Wahdah, no hubiera conocido un tercer amo.

Por aquel tiempo llegó al Moghrebeb la fama de un hombre á quien los muslimes de las tierras de Occidente proclamaban el Vencedor y el Magnífico. Sus tesoros se ponderaban hasta lo infinito y su generosidad era proverbial. Aquel hombre era rey, y se nombraba Aben-Nazar ó más vulgarmente Al-Hhamar.

Absalon, pues, atravesó el estrecho en una nave, llevando consigo á Wahdah, y dejando atrás los campos de Geb-al-Taric y de Al-Gezira, llegó á los muros de Sevilla sitiada entonces por el rey Ferdeland, á quien ayudaba con una escogida caballería el rey Aben-Al-Hhamar.

Era una noche oscurísima; la tormenta dominaba el espacio, y las nubes arrojaban un furioso aguacero: Absalon, Wahdah y los esclavos que la conducian en un palanquin cubierto, se extraviaron y dieron en poder de los corredores que guardaban el recinto de la ciudad.

Absalon fué conducido, mal su grado, con Wahdah delante de Aben-Hud, y este se apoderó de la jóven sin pagar una sola dobla por ella al judío, que rasgó sus vestiduras, le maldijo, y por lo tanto fué conducido á la mazmorra más profunda de la torre del Oro.

El corazon de Wahdah acabó de endurecerse, y el odio y la crueldad fuéron sus pasiones exclusivas.

Por eso cuando la tormenta lanzaba el aguacero sobre las torres de la _Casa del Gallo_ y el viento penetraba torciéndose en largos silbos entre los trasparentes de los ajimeces, una sombra misteriosa y sangrienta vagaba delante de ella y refinaba su crueldad y su odio; por eso estrechaba furiosa entre sus brazos al pequeño Juzef, único fruto de su union con Al-Hhamar, y fijaba en él su rencorosa mirada de hiena.

El príncipe, como todo lo que pertenecia á Al-Hhamar, era bueno; generosos instintos surgian en su sér, pero habia recibido la vida en el seno de Wahdah, y poseia tambien parte de la perversidad de la africana; el bien y el mal se albergaban por mitad en su alma, y al choque de estas opuestas propensiones debia sus terribles combates en el camino de la vida.

Era soberbio; no podia ver á sangre fria que su hermano Mohhamed subiese todas las gradas del trono, mientras él quedaba junto á su base: Wahdah habia desarrollado en él deseos criminales, y habia conseguido mirase como extraños á sus hermanos; Juzef-ben-A'bd-Allah era un cáncer encubierto en la familia de Al-Hhamar.

Hasta entonces se habia dominado; se trataba sólo de un trono, y la ambicion no es pensamiento exclusivo de los niños; Mohhamed habia obtenido la confianza de su padre, le amaba el pueblo, y pronto debia ser su señor al par que Al-Hhamar; Wahdah aguardaba temblando aquel momento, porque Mohhamed, nacido de otra sultana, profundo conocedor del corazon humano, habia leido en el de la africana, á pesar de su perfecto disimulo, y la odiaba como el leon odia á la serpiente.

Sólo Juzef podia tener influencia para promover una guerra intestina que pudiera arrancar el poder de las manos de Mohhamed; habia además poderosos vasallos que anhelaban una ocasion de rebelarse contra el rey, y Juzef era el objeto más á propósito para servir de disculpa á la traicion.

Pero demasiado jóven para que sólo el brillo de la corona le lanzase á una abierta rebeldía contra su padre y su hermano, era necesario tocar la fibra más sensible de su corazon; el amor era un medio eficaz, y Wahdah le puso en juego.

Juzef conoció á la tentadora Betsabé, y desde entonces la amó con toda la locura, con toda la idolatría de que es capaz un mancebo de quince años cuando ve una mirada de amor en los ojos de una hermosa. Al fin estaba junto á ella; gozaba de ese éxtasis que se experimenta cuando se está al lado de una mujer por quien se sueña despierto, y se vive dormido; aquella mujer le fascinaba, le dejaba ver su mirada de amor... y le pedia un trono.

Por eso el rostro de Juzef se habia nublado, y brotaban en su espíritu sombríos pensamientos. Betsabé, entre tanto, posaba sobre el semblante del príncipe una dulce y suplicante mirada.

El príncipe cayó desfallecido á los piés de Betsabé.

--¡Oh, ámame, lucero de mi alma, dijo con voz trémula, ámame para que yo pueda vivir, mírame siempre así!... ¡Qué hermosa eres!

--¡Te amo! ¡Te amo! ¡Te amo! contestó la jóven con un acento que la pasion amortiguaba.

--¡Oh, si me amas, yo entregaré mis tesoros, mis joyas, á Absalon, y serás mia!

--¡Quiero ser sultana! contestó Betsabé con acento más lánguido, estrechando entre las suyas la mano de Juzef.

El príncipe se levantó temblando y cubierto de un sudor frio.