Historia de los siete murciélagos, leyenda árabe
Part 3
Era este mancebo y gentil á maravilla; tenia los ojos negros y radiantes, la tez blanca y la barba bermeja, por lo que le llamaban Al-Hhamar (el Rojo); su corazon estaba sin mancha, y su prudencia sólo podia compararse á su valor; diestro y afortunado caudillo, como Aben-Aby-A'mer-Almanzor[17], le precedia en el combate el terror, la muerte moraba en el filo de su espada, y en pos de él volaba la victoria.
[17] El Invencible.
Nieto de reyes, ciñó á su frente las coronas de Jaen, Guadix, Arjona y Baza, y cuando su enemigo el desgraciado Aben-Hud, murió por la traicion del alevoso alcaide de Almería Abderraman; proclamado por los parciales de este, señor de la tierra; el walí de Jaen, Aben-Chalid, ganó por su parte á los granadinos, y al fin en la luna de Ramazan del año 635 de la Egira, Al-Hhamar ciñó sobre las coronas que poseia, la de Granada arrancada por el crímen de otro de las sienes de Aben-Hud.
Engrandecido por las bondades de Allah, Aben-Al-Hhamar era el único sosten de los muslimes en España.
Reformó las leyes en Granada, la hermoseó, y cuando despues de la conquista de Sevilla, volvió armado caballero por el noble rey de Castilla Ferdeland[18], se dedicó al engrandecimiento de los reinos que le habia dejado la espada vencedora del afortunado rey de los nazarenos, y despues de haber edificado mezquitas, fundado hospitales y fortalecido á Granada, construyó para su residencia el alcázar de la Alhambra[19].
[18] Fernando III el Santo.
[19] Al-Kars-al-Hhamra, _el castillo rojo_.
Oid porque, segun algunos cuentan, se construyó aquel palacio, maravilla de las maravillas, el de los techos de sándalo y las cúpulas de oro, donde vaga la hada de los amores y al que defiende una coraza impenetrable de torres.
IV.
Una tarde el rey Al-Hhamar descendia solo y fatigado de la caza por las vertientes del cerro del Sol: los lejanos montes estaban iluminados por la roja lumbre que acompaña al ocaso; las errantes estrellas aparecian lentamente y las alondras volaban á su nido.
El rey descendió aún hasta la distancia de un tiro de saeta, y se sentó al pié de un sauce, en la cumbre de una colina.
Las distantes montañas, la vega y la ciudad se presentaron á su vista: un vapor blanco y trasparente se levantaba de los campos: un silencio profundo acompañaba al crepúsculo y derramaba una dulce melancolía en el alma del rey.
«Allí está mi pueblo, dijo mirando la ciudad; allí mi campo de batalla, añadió señalando las lejanas fronteras; allí mi alcázar, y volvió los ojos á la _Casa del Gallo_, situada en lo más alto del Albaicin; mis guerreros son innumerables como las hojas que arrastra el viento del invierno, y los cristianos caen bajo el filo de mi espada como las mieses bajo la hoz del segador, porque Dios ha fortalecido mi brazo; la fama de mi nombre llena los hemisferios y no hay vida tan larga que baste á poder contar mis tesoros; para mí son las perlas del mar; los perfumes de Alejandría, el oro de la India, y la hermosura de las mujeres de Oriente; si tanto me ha dado Allah, ¿por qué su paz no es conmigo y siento en mi alma una tristeza profunda que hace mis dias sombríos y mis noches sin sueño?»
En el momento en que el rey se abismaba, no encontrando una explicacion al misterio de su tristeza, una gacela blanca y gentil, apareció trotando por el recuesto de la colina, se detuvo al ver al rey, elevó la esbelta cabeza en ademan de la mayor atencion, é instantáneamente se lanzó á la carrera, pasando por delante del rey con la velocidad del Borac[20].
[20] Cuadrúpedo maravilloso, sobre el cual, segun creen los musulmanes, condujo el arcángel Gabriel á Mahoma para visitar el Edem.
Aunque profundamente distraido Al-Hhamar, se apercibió de la huida de la gacela y corrió tras ella; la bestiecilla descendió por la parte opuesta á la ciudad, entró en un barranco y penetró en una cueva; tras ella entró el rey que era uno de los cazadores más incansables y valientes de su tiempo; reinaba una oscuridad profunda y un silencio pavoroso; no se oia otra cosa que el seco y rápido ruido de la carrera de la gacela y de la potente carrera de Al-Hhamar, y así corrieron el hombre tras la bestia, bajando siempre y siempre en las tinieblas, sobre un pavimento duro y liso como una roca abrillantada.
Parecia aquel un camino sin fin cubierto por tinieblas eternas, y era necesario poseer un corazon tan firme como el de Al-Hhamar, para no estremecerse de terror en aquella resbaladiza pendiente siguiendo siempre á la gacela fugitiva.
Un relámpago azulado iluminó por un instante aquel oscuro camino; Al-Hhamar vió delante de sí, sobre una superficie negra y pendiente, á la gacela que corria, y tendió su arco que llevaba armado; la saeta produjo un silbido seco y agudo al atravesar aquel ambiente sin luz, y la gacela lanzó un balido de dolor, dejando tras sí un rastro de fuego que iluminó hasta los más recónditos senos de la gruta; aquel fuego brotaba del costado de la gacela, donde se veia clavada la saeta del rey. Y sin embargo, corria siempre y su carrera era cada vez más veloz, cada vez más radiante el fuego que á manera de sangre, emanaba de su costado.
Y la pendiente se hacia cada vez más rápida; el rey no corria; resbalaba sin poder contener su descenso sobre el mármol, bruñido como el pavimento de un alcázar; su vista no encontraba muros ni bóvedas; sólo alcanzaba delante de sí á la gacela despeñándose por un abismo, y en torno y sobre su cabeza una atmósfera de fuego. Y Al-Hhamar no temblaba; seguia resbalando con una rapidez espantosa tras la gacela herida de muerte.
--¡_Allah Akbar_! gritó el rey armando otra saeta y tendiendo su fuerte arco fabricado con tendones de leon, ¡Allah Akbar! Si los espíritus invisibles quieren poner á prueba mi valor, dispuesto está Al-Hhamar. ¡Oh Señor Allah! ¿Será tu siervo tan justo que pueda pasar el puente Sirat sin precipitarse en el fuego eterno?
Acababa el rey de dirigir esta pregunta al Señor fuerte, al invencible sobre los invencibles, cuando la gacela salvó con un inmenso salto del un borde al otro de una anchísima sima, en cuyo fondo se despeñaba bramando atronador un negro torrente; el rey llegó al borde al mismo tiempo que su saeta disparada, cortando la distancia, heria la cabeza de la gacela, y puso sus piés en la otra ribera, sin que su corazon se estremeciese, sin que la palidez del terror cubriese el color de sus mejillas.
Cesó la pendiente del camino, y el rey se encontró en un campo iluminado por una luz semejante á la que produce la luna llena en una noche sin nubes; el ambiente era fresco y perfumado, y en las oscuras alamedas de aquella tierra desconocida, gorjeaban multitud de ruiseñores.
Y la gacela seguia con más rapidez su carrera á través de aquel campo misterioso, y Al-Hhamar se esforzaba cada vez más por darla alcance; parecia que el semoum le habia prestado sus alas y se iba acortando sensiblemente la distancia que le separaba de la bestia corredora.
Esta trasmontó una colina, bajó á un valle y se precipitó á la carrera en una torre gigantesca, en la cual penetró Al-Hhamar tras su presa.
V.
Era la torre triste y solitaria; ni un ajimez se abria en sus muros, ni un guarda vagaba en sus almenas; entre estas se elevaba una cúpula dorada, y sobre ella una veleta de hierro rechinaba al embate de las auras.
Ni un aduar, ni una aldea se veian á lo léjos de los extensos horizontes; era la torre como una palmera solitaria en el desierto; como una nave abandonada en la inmensidad de los mares.
Tras la pequeña puerta de herradura que habia dado paso á la gacela y á Al-Hhamar, se extendia una galería con cupulinos matizados de colores y sostenidos por delgadas columnas de jaspe; esta galería daba paso á una sala embaldosada de alabastro y terminada por la cúpula cuya techumbre se veia en el exterior.
Aquella cúpula estaba rodeada por hermosos trasparentes, á través de los cuales pasaba una luz ténue y pálida, que daba un misterioso prestigio á los versos del Koran, escritos en los muros con caractéres de oro, sobre fondos azules y rojos.
En medio de la sala habia un braserillo con fuego, y sentado junto á él, sobre almohadones de seda, estaba un anciano de semblante severo y barba blanquísima, envuelto en una larga túnica; tenia junto á sí un gran libro y en la diestra una vara mágica.
La gacela pasó como un relámpago por delante del anciano, y desapareció por otra puerta, que se cerró con estruendo tras ella; Al-Hhamar se detuvo no atreviéndose á allanar la morada ajena.
--Allah te guarde, anciano, dijo dirigiéndose al hombre de la barba blanca; Allah te guarde y su paz sea contigo. ¿Qué tierra es esta adonde se llega por un camino tenebroso como la tumba, á quien defiende un abismo, y donde se eleva un alcázar solitario como mi alma y triste como mi pensamiento?
El anciano se levantó dejando conocer su aventajada estatura, y su ancho ropaje flotó como agitado por un impulso invisible.
--¡Creyente! exclamó con una voz vibrante y sonora como la de una trompeta de guerra: tu corazon es fuerte y tu pensamiento noble; tu brazo ha levantado la espada de Dios sobre la cabeza de los infieles, y dias de ventura han sido para la raza de Ismael, aquellos que han corrido desde el dia que tus ojos se abrieron á la luz; la misericordia de Allah te ha hecho grande entre los poderosos, y el genio de las mil lenguas ha extendido tu nombre sobre la haz de la tierra: has sido justiciero con el malvado, consolador con el triste y generoso con el vencido. Los pueblos acatan tus virtudes, y los hombres se inclinan ante tí: y á pesar de tu grandeza, ¿por qué pides su paz á Allah, y encuentras en _tu alma una tristeza profunda que hace tus dias sombríos y tus noches sin sueño_?
--¡Poderoso genio! contestó prosternándose Al-Hhamar, porque el corazon del hombre es insaciable, y sus ojos están ciegos. Yo he peregrinado sobre la tierra pisando siempre un camino de espinas, y no me ha abandonado la fe; he buscado un amigo entre esos hombres á quienes he tratado como hermanos, y no le he encontrado; he codiciado una mujer para dilatar mi espíritu en su amor, he visto mi alma solitaria y sedienta, en medio de mi harem habitado por las mujeres más hermosas del mundo, y en todas he hallado la impureza y la falsía. ¡Dichoso el creyente á quien Dios concede una mirada de paz, mientras duerme en su tienda de cuero, junto á una mujer alma de su alma!
El hermoso semblante de Al-Hhamar se contristó, y de su corazon, seco y árido, brotó una ardiente lágrima.
--¡Al-Hhamar! dijo la pujante voz del viejo, has llegado hasta mí, siguiendo á la gacela fugitiva de tu esperanza, y has recorrido sin temblar el oscuro camino de la muerte; el puente Sirat no se ha roto bajo tu planta, y estás en la última region donde la luz no alcanza fin; el alcázar eterno se ha abierto para tí, y Allah te permite leer en tu destino. Yo soy el que será; soy el genio del Porvenir.
--¡Allah Akbar! exclamó el rey uniendo su rostro al pavimento, ¿ha llegado el dia en que mi espíritu venga á morar entre los séres incorpóreos?
--Aún no, repuso el viejo; mas lo que ha de suceder sucederá.
Entonces tomó el libro y le abrió; sobre una de sus páginas se veia escrito el nombre de Al-Hhamar con caractéres de fuego, el genio rompió la hoja de pergamino que le contenia, y la arrojó al braserillo; bien pronto se alzó una llama azulada á la que sucedió un humo blanco y denso.
El anciano puso su vara en contacto con el humo que se dilató.
--¿Tienes valor para sufrir tu última prueba? preguntó el anciano al rey.
--¡Dios es fuerte! contestó Al-Hhamar, sea con él mi espíritu.
--Cúmplase lo que está escrito, dijo el genio.
Entonces tomó formas y vida la neblina producida por el humo, y Al-Hhamar vió levantarse ante él las montañas, la vega, y en fin, Granada tendida á lo léjos sobre las distantes colinas; el sol, cercano al ocaso, la iluminaba con sus rayos horizontales, y espesas nubes se columpiaban en los aires presagiando una tormenta.
Un hombre, cabalgando en un caballo negro, corria al galope sobre el camino que atraviesa el alto del Padul[21] en direccion á la ciudad. Su alquicel flotaba al viento, y el sol reflejaba en el bonete de acero, que rodeado de un turbante blanco, ceñia su cabeza; su fisonomía, en que se notaba el paso de sesenta inviernos, tenia una expresion semejante por lo feroz á la del lobo y por lo astuta á la de la zorra; aquel hombre iba sin duda impulsado por un grave motivo, puesto que espoleaba al bruto blasfemando, y blandiendo una larga lanza que empuñaba fuertemente en su diestra.
[21] Conocido ahora con el nombre de _El Suspiro del Moro_.
--¿Conoces á ese hombre? preguntó el genio á Al-Hhamar.
--Es Abu-Yshac, el más valiente de mis walis; una de las columnas del Islam, y el bravo entre mis guerreros. Mas ¿por qué abandona la alcaidía de mi castillo de Comares, mientras los nazarenos recorren la frontera, ansiando sorprendernos como el tigre africano que vaga en derredor de los fuegos de una caravana, cuando despliega sus tiendas de reposo en el desierto?
--Mira: dijo el genio extendiendo su vara mágica sobre la vision; ante tu vista va á pasar el porvenir; tú mismo te verás entre tus gentes, y mi poder te descubrirá los arcanos más profundos.
La vista de Al-Hhamar adquirió un alcance maravilloso y vió pasar ante él lo siguiente.
III.
El sueño del rey Al-Hhamar.
I.
Era ya de noche; las calles estaban envueltas en una oscuridad profunda; los ajimeces cerrados; los moradores, excepto los guardas nocturnos, retirados en sus casas; Granada parecia un cementerio.
En medio de aquel silencio, sólo se oia el duro choque de las pisadas del caballo, que dirigió el walí Abu-Yshac por la plaza de Bib-Rambla, el Zacatin y el Albaicin, hasta la plaza de Bib-Al-bolut.
Entonces Abu-Yshac desmontó, ató su caballo á una columna de un soportal, y deslizándose cautelosamente á lo largo de las murallas del castillo Hins-al-Roman[22], entró en el barrio del Zenete y se detuvo junto á una puerta poco distante de la _Casa del Gallo_.
[22] Castillo del Romano.
Aquella puerta era la de una hospedería de las fundadas en el Albaicin por el rey, para viajeros á quienes sus negocios ó su deseo traian á morar transitoriamente en Granada, y era concurrida por los más ricos y nobles creyentes del reino. En ella encontraban baños limpísimos, blandos lechos y exquisitos manjares.
Abu-Yshac observó la casa atentamente, y cuando se hubo persuadido, por el silencio que dominaba en el interior, de que los habitantes de la hospedería estaban retirados en sus aposentos, tocó á la puerta con el pomo de su gumía; pasó un momento hasta que se dejaron oir unas pisadas cautelosas, y luego dieron por dentro sobre la puerta dos golpes casi imperceptibles. El walí repitió cuatro de igual modo, y la puerta se abrió.
II.
Un negro etíope, con una lámpara en la mano, examinó de alto á bajo á Abu-Yshac, y tras este reconocimiento le permitió entrar, cerró, y le condujo á un aposento en el extremo de la hospedería.
Junto á un hogar situado en el centro, estaban sentados dos hombres cubiertos con trajes de guerra; los dos eran jóvenes y en sus miradas se veia retratado un disgusto sombrío. Eran los walíes de Málaga y Guadix, Abu-Abdalá y Abul-Hassan.
--Allah sea con vosotros, amigos mios, dijo Abu-Yshac, y perdonadme si os he hecho esperar en una cita, que mi alma deseaba por vosotros, que alentais mis cansados años y me recordais con vuestra mocedad mis alegrías.
--Bien venido sea el sábio y el valiente. ¿Qué podrán contar las golondrinas á sus hermanas de África, cuando vuelvan huyendo de las heladas que se acercan?
--Calamidades, contestó Abu-Yshac. ¿Acaso no han visto á los leones humillados y ensalzadas á las serpientes?
Despues de esto calló, y sentándose junto al fuego inclinó la cabeza meditabundo.
--Los Zenetes son zorros miserables, exclamó el jóven walí Abul-Hassan; los Zegríes cobardes perros que ladran entre los piés del amo que los proteje. ¿Pero, por ventura, se han enmohecido nuestras lanzas porque Al-Hhamar no ha contado con ellas para acorrer á los de Murcia?
--¿Quién habla aquí de Al-Hhamar? dijo una voz sonora desde la puerta.
Los tres walíes se estremecieron al escuchar aquella voz, y se levantaron para recibir á un gallardo mancebo que adelantó hácia ellos.
Su traje resplandecia como una cascada herida por los rayos del sol, á la luz de la lámpara que alumbraba la estancia; un joyel de diamantes prendia su toca blanquísima, y su túnica y su caftan estaban salpicados de perlas; llevaba unos borceguíes de grana, labrados con oro, y su mano derecha jugaba con un venablo, mientras la izquierda acariciaba la empuñadura de un corvo y reluciente alfanje, sujeto á su cintura en una faja de la India.
Era de mediana estatura, aunque robusto y gallardo; su semblante, imberbe aún, participaba de la alegre expresion de candor del niño y de la profunda reserva del anciano; á pesar de una eterna y burlona sonrisa, se adivinaba en su hermoso semblante blanco y pálido, de hermosos ojos azules, el paso de profundos pensamientos que hacian respetable á aquel mancebo de quince años, soberbio ya, y cuyas manos, hermosas como las de una mujer, apretaban membrudas, ora la espada de los combates, ora la lanza de las sortijas.
Era este niño el príncipe Juzef-ben-A'bd-Allah, hijo menor del rey Aben-Al-Hhamar.
--¡Ah! ¡sois vosotros! dijo el príncipe dirigiéndose á los tres walíes; ¿qué haceis aquí? ¿por qué los leopardos dejan sus guaridas cuando no los llama el leon?
El acento del príncipe al pronunciar estas palabras era tan marcado, que los tres walíes se miraron recíprocamente antes de contestar.
--¡Conspirais contra el rey! exclamó el príncipe fijando en ellos una mirada tan penetrante como la que tiende la serpiente á su presa.
--¡Esperanza de los creyentes! contestó el astuto Abu-Yshac: es cierto que hemos dejado sin licencia del rey nuestros castillos, y que hemos venido á Granada por ocultos senderos; pero tambien es cierto, que mañana se corren en Bib-Rambla toros y cañas en celebridad de la jura y proclamacion de tu hermano Mohamet, y hemos creido que debiamos aventurar algo para alcanzar una fiesta tan magnífica, y por añadir á la _khotba_ pública[23] en la gran mezquita al nombre del magnífico rey Al-Hhamar, nuestro dueño, el del príncipe Mohamet, su sucesor y partícipe en el mando.
[23] Oracion que se hacia en las mezquitas por el rey.
El viejo walí sorprendió una ligera indicacion de impaciencia en el rostro del príncipe, cuyas manos apretaron con más fuerza el venablo y la empuñadura del alfanje.
--Y sin duda, dijo Juzef con sarcasmo, deseosos de rendir ese justo homenaje á mi amado hermano, velais, cuando ya ha dejado oir su primer canto el gallo, para ser unos de los primeros que pidan por él al Altísimo en la azalá de azzohbi.
--Dios lee en los corazones, exclamó impetuosamente el ceñudo walí de Guadix, Abul-Hassan, y sabe cuál es la causa que tiene de pié á nuestro amado príncipe cuando están en la mitad de su curso las estrellas.
--¡Por los siete durmientes! exclamó Juzef, eres harto malicioso Abul-Hassan. Y por cierto que no debe ser muy grato á Allah el motivo que me desvela, añadió haciendo gala de su impiedad en una larga carcajada.
El respeto ató la lengua de los tres walíes, que no se atrevieron á aventurar una pregunta, por más que los inquietase sobre manera el lenguaje misterioso del príncipe.
--¡Por Salomon! continuó este, ¿creereis _mis valientes alcaides_, y el príncipe dió una intencion marcada á estas palabras, que Juzef-ben-A'bd alá, el hijo de Aben-Nazar el vencedor, su querido leoncillo, como le llama cuando besa sus mejillas, ha huido como un perro vagabundo de los guardas de la ciudad?
--¡Oh poderoso señor! exclamó hablando por primera vez el walí de Málaga Abu-Abdalá, y ¿quién se ha atrevido á insultar al real mancebo _esperanza de los buenos creyentes_?
--¿Quereis venir conmigo á castigar á esos miserables? preguntó el príncipe mirando fijamente á los tres africanos.
No habia medio de negarse, á pesar de que una inquietud mortal hacia temblar sus corazones.
--¿Y dónde hemos de ir, luz del cielo? preguntó dominándose Abu-Yshac.
--A la plaza de Bib-Al-bolut, contestó el príncipe; á la casa del judío Absalon. Quiero que me acompañeis, porque he encontrado un caballo en su soportal, y me pesaria escapase el dueño que sin duda está dentro.
--¿Este es un negocio de amor? dijo Abu-Abdalá; ¡por Mahoma! si te has enamorado de Betsabé, huye de ella como huirias de Satanás, príncipe mio.
--¿Y cómo huirias tú de ella, mi prudente walí? repuso con punzante ironía Juzef.
La sangre subió á las mejillas del walí; y su mano oculta entre los pliegues del alquicel, buscó entre su faja el puñal.
--El caballo que has visto en su puerta, dijo Abu-Yshac procurando distraer al príncipe, es mio, magnífico señor, y nada tienes que temer.
--Valientes caballeros, contestó el jóven, junto á vosotros desafío los ejércitos de Castilla y de Leon. Venid, pues; procuraré distraeros de manera que esteis dispuestos cuando el muecin suba al alminar para llamar á los fieles á la azalá de azzohbi.
Tras esto salió del aposento, y los tres walíes le siguieron mirándose recelosos.
El príncipe llegó á la puerta exterior.
--Makssan, dijo en voz baja al negro que habia abierto á Abu-Yshac, haz que se armen treinta arqueros de la guardia negra, y que me sigan descalzos sin dejarse sentir de los walíes.
Estos aparecieron entonces, despues de haber conferenciado á su vez antes de unirse al príncipe, que al verlos dió á Makssan algunas órdenes insignificantes en voz alta, saliendo despues seguido de los walíes, que temblaban al ver la imprudencia con que Juzef reia y cantaba al pasar junto á los guardas de Hins-al-Roman. Pero sea que estos descuidasen la vigilancia, sea que estuviesen prevenidos, los rondadores llegaron salvos á la plaza de Bib-Al-bolut.
III.
El príncipe se detuvo en el soportal de la casa donde Abu-Yshac habia dejado su caballo, y llamó á una ventana baja. Oyéronse tardos pasos en el interior, y la puerta se abrió. Un viejo cubierto con una hopalanda negra, de aspecto humilde hasta la bajeza, de blanca barba y lacios cabellos canos, sobre los que se ceñia un gorro amarillo, apareció llevando en la diestra un haz de gruesas llaves, y en la siniestra una lámpara, cuya luz lanzaba trémulos reflejos.
--¿Quién eres? preguntó á Juzef.
--_Soy el que será_, contestó con intencion el príncipe.
--¿Y quiénes son esos que te acompañan? insistió el viejo posando una mirada recelosa en los tres walíes.
--Son los que me ayudarán á _ser_, repuso en voz baja el jóven.
--El Señor de Abraham sea contigo y con los tuyos, dijo el viejo franqueando la puerta á los tres africanos que entraron á una indicacion del príncipe.
El dueño de la casa cerró, conduciendo á sus visitantes á un reducido aposento, cuya miseria contrastaba enérgicamente con la belleza de las casas de Bibal-bolut.
Las paredes estaban cubiertas por altos armarios forrados de hierro, que habia enmohecido la humedad de un pavimento mal cubierto por una rota y manchada estera de palma; negras telas de araña festoneaban el techo sustentado por vigas corroidas, y una fuerte reja, que correspondia á un patio oscuro, y ante la cual habia una mugrienta mesa, se dejaba ver en la parte del aposento desprovista de armarios.
El mueblaje se reducia á un taburete forrado de grasienta baqueta. El príncipe fué á sentarse en él, pero le detuvo el dueño de la casa.
--Espera, le dijo este, el águila no debe manchar su régio plumaje en el nido del buho.
Tras esta observacion, el viejo abrió uno de los armarios, y sacó un rollo de tela que brilló deslumbrante, herida por la opaca luz de la lámpara, y cortó de ella un pedazo con el cual cubrió hasta el suelo el viejo taburete; despues tendió delante una piel; la tela era brocado de oro sembrado de rubíes; la piel de leopardo, cuya cabeza mostraba aún los ojos inyectados de sangre y los afilados y blancos dientes.