Historia de los siete murciélagos, leyenda árabe
Part 2
Abu-Kalek se prosternó y unió su rostro al pavimento.
--¡Oh invencible Allah, exclamó, qué grandes é incomprensibles son tus decretos! ¿Es este aquel desdichado rey rebelado contra su padre, combatido por su pueblo y arrojado por los nazarenos de su trono? ¿Es este aquel real mancebo á quien yo ví morir y por cuya alma oro cuando el sol aparece y cuando la luna se levanta con la noche?
Boabdil se desprendió de los brazos de la hurí; sus labios descoloridos se contrajeron en una tristísima sonrisa, y su mirada diáfana se posó con una expresion de amor en Abu-Kalek.
--Levántate, muslin, exclamó, mi viejo amigo, Brazo de Dios, el más valiente de los guerreros de mi tribu, levántate y escucha.
Abu-Kalek se levantó.
--Hubo un tiempo, prosiguió Boabdil, en que morábamos en un gran pueblo; nuestro nombre llenaba la tierra y nuestros guerreros eran el terror de los infieles; la espada del muslim estaba siempre roja, y nuestras fronteras eran el cementerio de los nazarenos. Pero estaba escrito que el creyente seria desterrado; los alcaides de la tierra perdieron una á una las fuerzas y las villas del reino, y los infieles llegaron hasta nuestros muros. Mis guerreros se dividieron: mi tio asesinó á mi padre, y la maldicion de Dios cayó sobre Granada. Dia terrible fué aquel en que vimos la cruz clavada sobre nuestro alcázar, en que, desterrados, salimos por la parte del Genil con las lágrimas en los ojos y los piés descalzos. Abandonamos cobardemente nuestra ciudad y entregamos nuestros hermanos á la tiranía y las infamias del vencedor; nuestro corazon brotó llanto de sangre á los ojos que vieron por última vez la Alhambra desde el alto del Padul. La mitad de mi alma atravesó el espacio para ir á morar en ella envuelta en un suspiro, y la otra mitad quedó desesperada para amargar los últimos dias del rey vencido. Habiamos cometido un crímen, y debiamos expiarlo; habiamos manchado nuestros nombres como cobardes, y debiamos lavar nuestra infamia muriendo como mártires: mi lanza enmohecida con el abandono en Granada, se enrojeció en África; olvidé mis retretes de oro y habité la tienda de cuero del guerrero; ansiando la muerte lidié, me revolví entre millares de enemigos, y la muerte fué conmigo. ¡Allah tuvo compasion de mí! ¡Allah aceptó la expiacion de sangre que le ofrecia y me envió su paz con mi amor! ¡Me envió á Rhadhyah, la querida de mi alma, la madre de mi hijo!
Boabdil se detuvo y miró sonriendo en un éxtasis de inefable felicidad á la hurí y al niño que dormia.
--Estaba escrito, dijo Rhadhyah, con una voz más armoniosa que el murmurio de las auras al pasar entre las flores; cuatro veces el sicómoro ha entregado al viento sus marchitas hojas desde el dia en que impelida por los espíritus invisibles llegué hasta mi amado: «Ve Rhadhyah, me dijeron, busca á tu prometido; el que todo lo puede ha puesto su mano sobre tu nombre en el libro de diamante del Destino y te permite ser madre[13]. Ve, el creyente te espera.» Llegué y desperté á mi adorado que dormia: tres veces la golondrina ha visitado las tierras de Occidente desde que alienta el hijo del rey y de la hurí; y dos veces aún el sol ha recorrido su círculo de fuego desde que el alfanje enemigo abrió al alma de mi alma las puertas del Edem. El seno de la hurí ha alimentado al hijo de mi amado, pero está escrito que peregrine sobre la tierra, y su destino se cumplirá.
[13] Segun el _Koran_ Suras 28, 38 y 56, las huríes son beldades peregrinas que jamás envejecerán, ni se marchitarán, no concebirán ni estarán sujetas á las miserias de la mujer. Este sér tan perfecto colmará de delicias á los creyentes en el Paraíso.
--¡Oh luz del cielo! repuso Abu-Kalek, deslumbrado por el resplandor que emanaba del semblante de Rhadhyah; manda, tu siervo está ante tí.
--Serás el maestro de mi hijo, exclamó Boabdil, y harás de él un príncipe perfecto, sábio, generoso y valiente; le tendrás contigo hasta que cumpla doce años, despues le abandonarás á su destino. Así está escrito. Si el príncipe cumple con los deberes de un buen muslim, la mano de Dios le protegerá y volverá trascurridos cinco años. Entonces le entregarás mi arnés, mi caballo de batalla, mi jacerina, mi alfanje y mi broquel; le harás cabalgar y volverás el caballo al Occidente; entonces darás una palmada en el cuello del bruto, y habrás terminado tu mision.
Boabdil extendió el brazo derecho hácia los genios, y dos de estos trajeron junto á él un caballo negro, encubertado con arreos de batalla; entre tanto se operaba en el rey una transformacion extraña; las manchas sangrientas de su caftan desaparecieron; la cicatriz que partia su frente se borró hasta quedar reducida á una sutilísima línea sonrosada, y sus ojos radiaron llenos de vida y de alegría; despojóse de la toca y de la corona que puso sobre el caparazon del caballo, y despues su caftan, su loriga y su alfanje. Rhadhyah se despojó del cíngulo, y al ponerlo sobre la espalda del bruto, dijo á Abu-Kalek:
--Cuando corran catorce años, lo entregarás á mi hijo. ¡Allah sea con él!
Entonces los genios y las hadas se agruparon sobre la alfombra: una neblina imperceptible se levantó en torno de ella, y lo envolvió todo; el alcázar mágico fué desapareciendo lentamente, y la niebla se condensó hasta envolver al morabhita en las más densas tinieblas; un caos pasó por su pensamiento; sintióse desfallecer, hizo un esfuerzo, y abrió los ojos en los que reflejó una claridad blanca y suave: estaba á la entrada de la gruta del Hedjaz, y la alborada pasaba volando sobre el valle.
X.
Pero este se habia trasformado; la palmera se inclinaba bajo el peso de los dátiles, la fuente brotaba de su pié, y la laguna estaba henchida de peces. Allah habia retirado de él su maldicion.
Abu-Kalek creyó que habia sido un sueño cuanto habia visto en el alcázar encantado; hizo la ablucion en la fuente, oró, cogió algunos dátiles, y se sentó á comerlos al pié de la palmera; á poco se le presentó un viejo acompañado de algunos árabes.
--¿Eres tú el morabhita Abu-Kalek el de Granada? le preguntaron.
--Sí, ¿qué quereis de mí? contestó el morabhita mirando á aquellos que le parecieron hombres y no eran otra cosa que genios.
--Sabemos, dijo el que le habia preguntado, que necesitas un alcázar.
Abu-Kalek miró estupefacto al genio y dejó de comer los dátiles.
--Sí, un alcázar y un mirab, para que more ahora y hable á Dios cuando conozca la ley, el príncipe que te han entregado.
Un débil vaguido salió de la gruta, donde al escucharlo entró presuroso el morabhita.
Su asombro fué inexplicable al ver sobre el césped, y en su cunita de aloe, el mismo niño que habia creido ver en sueños, sonriéndole y tendiendo hácia él sus bracitos.
En el fondo de la gruta, inmóvil, con el cuello erguido y la mirada centelleante, el corcel de batalla de Boabdil, mostraba sobre su espalda el cíngulo de Rhadhyah, la corona, el caftan y las armas del rey.
--¡No era sueño! exclamó Abu-Kalek en el colmo de la admiracion.
--Elige el sitio donde hemos de edificar el alcázar, exclamaron los genios que se habian agrupado á su alrededor.
Abu-Kalek se entristeció.
--No poseo más que mi alquicel, mi arco, dijo, y no tengo con qué pagar vuestro trabajo.
--Pagados estamos, repuso un genio, y tanto, que una vez concluido el palacio, pondrémos en él un tesoro, ricos divanes, alfombras de Persia y hermosos esclavos.
--Sea así, puesto que Allah lo quiere, dijo Abu-Kalek, saliendo de la gruta.
Atravesó el valle y subió á la montaña más cercana; volaban allí auras fresquísimas; despeñábanse claros arroyos, y desde la cima la vista se deleitaba contemplando los verdes campos, los montes rojizos, los horizontes azules de una tierra alumbrada por un sol brillante, girando en un espacio diáfano sin nubes ni neblinas; desde allí se veian, perdidas en la profunda garganta, la altísima palmera, la tersa laguna y la oscura gruta del valle.
--Aquí, dijo Abu-Kalek, clavando su arco en lo más alto de la cima.
XI.
Los campos, las montañas y los horizontes desaparecieron instantáneamente, y sólo quedó ante Abu-Kalek, un patio magnífico, cuyas galerías estaban sostenidas por arcos calados y delgadas columnas de alabastro; en el sitio donde habia fijado su arco, habia aparecido una fuente maravillosa sostenida por doce leones de piedra.
Entre los arcos vagaban esclavos etíopes de negro rostro y miradas feroces, cubiertos de fuertes armaduras y con largas picas en las manos; á las puertas de los retretes, blancos y hermosos mancebos asiáticos, ostentaban sus galas de púrpura y brocado; cantaban pintados pájaros en doradas jaulas de filigrana colgadas de las cúpulas, y el ambiente estaba embalsamado por el blanco humo de los perfumes que se quemaban en braserillos de oro; y los feroces guardas y los bellos esclavos, tenian fija en el Almorabhid su mirada, como el perro inmóvil que espera una seña de su amo para correr al sitio que le señale.
--¡El patio de los Leones! gritó Abu-Kalek, creyéndose aún entregado á un hermoso ensueño; ¡la sala de las Dos Hermanas! ¡El retrete de Lindaraja! ¡La Alhambra!
Y el anciano Almorabhid corria delirante por aquellos admirables retretes, reconociendo cada uno de sus recónditos sitios, gozando con cada uno de los labrados alhamís que encontraba por do quiera. Y vió aposentos embaldosados de mármoles más blancos y tersos que el marfil, con paredes adornadas de exquisita y menuda labor, con cúpulas doradas y matizadas de estrellas, como el cielo de una noche tranquila.
--¡La Alhambra! gritó entregado al frenesí de su alegría; ¡la Alhambra, no como ahora profanada por la planta del ambicioso y pérfido nazareno, sino la Alhambra como en tiempos de mis padres, fresca y sonora con el murmurio de sus fuentes y el canto de sus aves! ¡La Alhambra de Boabdil y de Muza-aben-Abil-Gazan! ¡El alcázar de las zambras, el libro de oro donde está escrita en caractéres de nácar la palabra de Dios! ¡La Alhambra! ¡La Alhambra! ¡La Alhambra!
Y lloraba como una mujer, y corria como un niño, y reia como un loco.
XII.
Entre tanto habia llegado á una sala más extensa que las otras; el pavimento era de riquísimo mosáico; los muros abiertos por alhamís con ajimeces en el fondo, eran altísimos y adornados de labor persa y caprichosos trasparentes por los cuales penetraba una ténue luz; la puerta arqueada con más gracia que las cejas de una hurí, dejaba ver un ancho patio y en él un dilatado estanque de mármol donde flotaban blancos cisnes y nadaban peces brillantes como el oro, rojos como la púrpura, y blancos como el velo de una vírgen esclava.
--No, no es la Alhambra de mis padres, exclamó Abu-Kalek mirando al campo desde uno de los ajimeces; si fuera ella, veria desde aquí el barrio de las gentes de Baeza[14], y el alegre Generalife dominando los cármenes de Aynadamar, y el Darro arrastrando entre ellos sus arenas de oro, Granada apoyando sus muros en la vega, y más allá Sierra Elvira y los montes de Loja por junto á los cuales se desliza el Genil. ¡No! ¡Esta es la Alhambra de los genios! ¡La Alhambra del Hadjaz! ¡Qué poderoso eres Allah, que con una mirada de tus ojos puedes reproducir la más hermosa de tus maravillas!
[14] El Albaicin.
El morabhita se alejó suspirando del ajimez, atravesó retretes y galerías, y salió del alcázar; dirigióse á la gruta, tomó entre sus brazos la cunita que contenia al infante, y desandando el mismo camino, la depositó en el retrete de los ajimeces; el caballo de batalla de Boabdil le habia seguido, y se detuvo quedando otra vez inmóvil como una estátua junto al estanque donde flotaban los cisnes y nadaban los peces de colores.
--Aquí morarás, _Aben-al-Malek_ (Hijo del rey), exclamó el anciano dirigiéndose al niño; el morabhita en la gruta del valle; pero subirá cada vez que el sol aparezca, para enseñarte la palabra de Dios y hacerte buen muslim y buen caballero.
Y así sucedió: los genios guardaban el alcázar, y servian al príncipe Aben-al-Malek, como jamás ha sido servido príncipe alguno; ofrecíanle los más exquisitos manjares, los perfumes más suaves, los lechos más frescos y regalados, donde velaban su sueño halagándole con sus alas invisibles: Abu-Kalek pasaba todo el dia á su lado, desarrollando en él las dotes que debe poseer todo buen muslim: temor de Dios, generosidad y valentía. Cuando el príncipe llegó á la edad de doce años, descifraba como un faquí los misterios del libro de Dios; cabalgaba sobre caballos salvajes; esgrimia la lanza como un Almorabhid; manejaba el alfanje como un Abencerraje; cogia una sortija á la carrera como un Zenete, y ponia una saeta á larga distancia en el blanco como un Scita; componia elegantes versos, tañia maravillosamente todo género de instrumentos y cantaba á la perfeccion: era hermoso como Rhadhyah y valiente y fiero como Boabdil.
Abu-Kalek, que observaba la vida más austera en la gruta, durmiendo sobre la yerba y comiendo los peces que pescaba con gran paciencia en la laguna, se contristó al ver que habia llegado la época de separarse de Aben-al-Malek, á quien amaba con toda la ternura de un padre: á pesar de esto, el dia que señaló nueve años despues del en que el príncipe fué confiado á su fidelidad, fué á una oscura estancia del alcázar, donde se guardaba en dos jarrones de porcelana un innumerable tesoro, le cargó sobre dos camellos, montó en un asno y llevando á su lado á Aben-al-Malek, ginete en un poderoso caballo, abandonó el alcázar y se dirigió lentamente á la Meca.
XIII.
Un mes duró el viaje; al fin de él, una tarde, al trasmontar el sol los horizontes, divisaron los altos minaretes y las cúpulas de la mezquita de la Santa Ciudad: entraron en ella, y despues de haber hecho su ablucion en el pozo Zemzem, oraron en el mirab. Despues, en la puerta de la mezquita, dijo Abu-Kalek al príncipe, con las lágrimas en los ojos:
--Aben-al-Malek, vamos á separarnos; está escrito que peregrinarás sobre la tierra y pondrás á prueba tu corazon. Te dejo un inmenso tesoro y una lanza: no olvides nunca que el mejor objeto en que puedes invertir el primero, es en aliviar la miseria de tus hermanos, y la segunda en proteger al débil y combatir los infieles enemigos de Allah; huye de la indolencia y de la impureza, como de vicios fatales; y sé siempre generoso, valiente y fiel.
Abrazó al príncipe tras estos consejos, y montando en su asno, volvió triste y afligido á la gruta del Hedjaz.
XIV.
Cinco veces el viento del invierno habia arrebatado sus hojas á las higueras del valle, y cinco veces las brisas de la primavera habian murmurado entre el rico penacho de la vieja palmera, desde el dia en que Abu-Kalek habia abandonado á sí mismo al príncipe.
Era una de las primeras noches de la luna de Dilhagia; acababa Abu-Kalek de hacer su azalá de alajá, en que no habia olvidado su oracion particular por el príncipe, cuando sintió ruido entre la maleza y poco despues se presentó ante él un robusto mancebo: iba humildemente vestido; llevaba á la espalda una aljaba, un venablo en la diestra y una cimitarra pendiente de su costado. La luna alumbró su semblante y el morabhita lanzó un grito de alegría: era el príncipe Aben-al-Malek.
--¡Estaba escrito! gritó el morabhita arrojándose en los brazos del jóven; ¡bendito sea Allah!
El príncipe se sentó sobre la yerba, y contó sus aventuras á Abu-Kalek; estaban reducidas á lo siguiente: habia invertido su tesoro en los hospitales y en los pobres; habia viajado y hecho la guerra santa en los galeones muslimes sobre los mares de los nazarenos: volvia pobre, pero fuerte, como el brazo de Dios; hermoso como un cielo sin nubes, y tranquilo como el corazon del justo.
--Sin embargo, padre mio, añadió Aben-al-Malek prosiguiendo su relato; hay un sér que acompaña mis sueños, á quien veo despierto, por quien padezco ausente; es una mujer; tiene la tez blanca y los cabellos y los ojos negros: es hermosa como la felicidad y pura como el fuego; yo la tengo dentro de mi corazon; me parece haberla visto alguna vez y no recuerdo dónde: ahora mismo la veo: tiende hácia mí sus brazos; me llama: ¡oh padre mio, tú, que eres sábio, justo y bueno, dime dónde está el alma de mi alma!
Abu-Kalek reclinó la cabeza sobre su pecho y oró; el Señor iluminó el espíritu de Abu-Kalek y le dejó leer en el libro del porvenir, que abarca omnipotente los tiempos y los espacios. La mirada del Almorabhid era radiante y su voz profética.
--Príncipe, dijo á Aben-al-Malek, el sér á quien amas es una hurí.
El príncipe se prosternó.
--Pero esa hurí está sujeta á un espíritu rebelde, y duerme encantada hace más de ochocientos años. ¿Tienes valor para luchar por ella con los espíritus invisibles?
--Mi fortaleza está en Allah, contestó el príncipe.
--¿Vacilarás una vez aceptada la empresa?
--No.
--Pues bien, levántate y escucha: en las tierras de Occidente veo una altísima sierra, cuya cima toca á las nubes; al pié de esa sierra hay una ciudad tendida sobre tres montes: en el de en medio dominando á la ciudad, hay un fuerte castillo, y en el castillo una torre misteriosa: no hay guardas en sus almenas, ni en sus muros anidan aves, ni pié humano pasa sin temblar á su alrededor: en esta torre está encantada la querida de tu corazon; para llegar hasta ella, tendrás que pasar siete suelos; en cada uno de aquellos suelos hay un murciélago maldito: en cada uno de estos murciélagos vive encantado un espíritu condenado.
Para llegar hasta la amada de tu alma, tendrás que vencer siete terribles encantos; si los resistes con valor, alcanzarás la posesion de la hurí blanca de los ojos negros; si vacilas un solo momento, ella y tú quedareis sepultados en el fondo de la terrible torre en una noche sin fin.
--Acepto, dijo el jóven; Dios es grande y luchará conmigo.
Entonces Abu-Kalek asió al jóven, y le llevó al patio del estanque del alcázar; inmóvil como una estátua de mármol, erguido el cuello, las orejas enhiestas y los ojos centelleantes, el caballo de batalla de Boabdil estaba en el centro de una galería: Abu-Kalek se acercó á él, y tomó de sobre su espalda la loriga, el caftan, la toca y la corona del rey.
--Viste este traje, dijo el anciano á Aben-al-Malek, es el traje de guerra de un valiente.
El jóven se ciñó el traje en silencio.
--Ajusta tu cintura con este cíngulo; es el cíngulo de tu madre.
El príncipe besó con ternura el talisman y se le ciñó.
--Ahora toma este alfanje, esta jacerina y este broquel, y á caballo.
Aben-al-Malek cabalgó de un salto en el generoso bruto, que sacudió sus crines en un movimiento de alegría, y empezó á piafar impaciente.
El morabhita le asió de la rienda, y le sacó del alcázar; era la hora de azzohbi, la aurora tendia su blanca luz sobre los horizontes orientales, mientras al Occidente algunas estrellas tardías, acompañaban las últimas sombras de la noche: Abu-Kalek volvió el caballo al Occidente y miró por última vez al príncipe. Estaba hermosísimo; la profunda mirada de sus grandes ojos azules abarcaba la inmensidad, como si viese en ella un objeto fijo en su pensamiento. Firme sobre la silla; la adarga embrazada y la pica enhiesta, con la boca entreabierta en una ligera expresion de bravura, hubiera creido cualquiera aquel grupo compuesto de un caballero y un anciano, el genio de la guerra dominado por la prudencia.
Dos lágrimas rodaron por las secas mejillas del morabhita.
--¡Señor, dijo levantando su mano sobre el cuello del corcel, he cumplido mi mision! ¡cúmplase su destino!
La mano descarnada del viejo cayó sobre el cuello del bruto, que se estremeció de alegría, lanzó un relincho salvaje, se lanzó desde la montaña en el espacio, devoró los campos, pasó como una tempestad los montes, llegó á remotas playas, salvó las ondas y arribó á otras orillas; ave, bruto y pez, condujo al príncipe al pié de la torre misteriosa, que guardaba encantada á la querida de su corazon.
XV.
En cuanto el morabhita, una vez terminada su peregrinacion sobre la tierra, los genios le sepultaron en el alcázar maravilloso, que sirvió de morada en su infancia al príncipe Aben-al-Malek. Algunas mañanas, cuando el sol empieza á romper las neblinas, creen ver las caravanas que atraviesan el Hedjaz, las fuertes torres de un altísimo castillo: es la Alhambra de los genios; la Alhambra del Hedjaz; la sepultura del Almorabhid Abu-Kalek.
II.
Mohamet Abent-Al-Hhamar.
I.
En las regiones de Occidente hay una tierra fértil, rica de fuentes y de verdor; ancha alfombra es de flores, entre las cuales se deslizan las claras ondas del Darro y del Genil, murmurando tristemente, cual si les apenara el alejarse de aquellas márgenes orladas de lirios y violetas.
Sabrosas son las frutas de aquella tierra, y doradas mieses crecen en torno de copudos olivos, á quienes agobia el peso de su negro fruto.
En sus montañas se eleva el cedro del Líbano y en sus llanuras cimbrea la palmera de África.
El fúnebre ciprés descuella sobre el mirto, y el tulipan de Oriente brota á la sombra del espino del desierto.
Rodeada está aquella tierra de montañas, como un huerto de su vallado, y reina entre todas se eleva una sierra siempre cubierta de nieve, y cuya altísima frente domina á las nubes, cuando vuelan en torno de ella impelidas por el viento de la tormenta, ó á las brumas trasparentes de la mañana, cuando, precediendo al dia, inunda los horizontes la diáfana luz de la alborada.
Tierra de bendicion es aquella: allí ostenta su luz más pura el sol, y la luna parece una lámpara de nácar suspendida de una bóveda de zafiros, donde brillan trémulos los luceros.
II.
Tendida en la vertiente de la sierra hay una ciudad, semejante á un canastillo de verdura, descollando por cima de fuertes y torreados muros; señora de una vega salpicada de aldeas, es dominada á la par por un castillo.
Aquella ciudad es Granada; aquel castillo la Alhambra.
La ciudad, fundada por gentes desconocidas, habia visto pasar razas bárbaras; habia sido su morada durante su poder y habia caido sucesivamente bajo la dominacion de otras razas.
Pero las kabilas del Yémen y del Hedjaz y los pastores de las montañas de Oman; cuantos calienta el sol desde el Eufrates hasta el estrecho de Bab-el-Manded, y desde el golfo Pérsico hasta el mar Rojo, vencedores en Grecia y conquistadores en Persia; llevando adelante sus huestes, inundaron el Moghreb, y detenidos por el mar fijaron la vista en las playas españolas. Los que habian atravesado el desierto salvaron en sus galeones el estrecho, que desde entonces se nombra de Geb-al-Taric (_Monte de Taric_), y dominaron la España. Los hombres de Oriente se extendieron sobre su tierra, y atraidos por el buen clima y la fertilidad de Granada, hicieron de ella una populosa ciudad, y levantaron una alcazaba sobre la colina en que se asentaba la Villa de los judíos.
Pasaron muchos años: la dominacion de los califas de Damasco cesó en España al lucir la estrella de los califas de Córdoba: vencida á su vez la dinastía Omniada; arrojados los árabes del suelo que habian conquistado, por los moros Almoravides; desterrados estos últimos por los Almohades; llegó en fin la fatal luna de Jaban del año 646 de la Egira[15], en que se rindió Sevilla á las armas nazarenas, siguiendo el destino de Córdoba y Jaen. Estas conquistas arrojaron á Granada centenares de familias musulmanas, que se refugiaron en el Albaicin, barrio fundado por los desterrados de Baeza.
[15] 1248 de J. C.
Tantas tribus reunidas necesitaban un rey justo y fuerte que las gobernase, y Allah eligió á Mohamet natural y señor de Arjona, Aben Mohhanmed-ben-A'bd-Allah-ben-Juzef-ben-Nazar-al-Hhamar el Vencedor y el Magnífico[16].
[16] Mohhamed, hijo de Juzef, hijo del Defensor, el Rojo, el Vencedor y el Magnífico.
III.