Historia de los siete murciélagos, leyenda árabe

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HISTORIA

DE LOS

SIETE MURCIÉLAGOS,

LEYENDA ÁRABE,

POR

D. MANUEL FERNANDEZ Y GONZALEZ.

MADRID, 1863. IMPRENTA DE MANUEL GALIANO, Plaza de los Ministerios, 2.

HISTORIA

de

LOS SIETE MURCIÉLAGOS.

La alabanza á Dios.

No hay otro Dios que Dios, el Altísimo y Unico; é puede apartar de nosotros las desgracias; él sólo es fuerte; él sólo sabe la verdad; él vive en lo pasado, llena lo presente y abarca lo porvenir: noche de horror, y sombra de espanto cubrirán al mundo cuando aparte de él sus ojos, porque él es la fuente de toda vida, y la claridad de toda luz; sin él nada existe; él es fuente de sabiduría, sin la cual el hombre seria comparable á los brutos, que no saben que han de morir, ni para qué han nacido: loado sea Dios, el Altísimo y el Misericordioso, autor y vida de todo lo creado: la luz de su espíritu brille sobre este libro, y le haga visible á todas las gentes, y se conserve hasta la más remota posteridad.

Esta es la _Historia de los siete Murciélagos_, que compuso Noeman D'zvn-Nun-el-Aziz-el-Ferag, poeta andaluz que residió mucho tiempo en Granada, y fué soldado sirviendo honradamente á su patria, y peregrinó por extrañas tierras, dejando en pos de sí por donde pasaba, el perfume y la suavidad de sus versos.

Él vió en las antiguas historias los sucesos de los Beni-Nazar, y los del magnífico rey Al-Hhamar, y las hadas le contaron hermosas historias de amores y encantamentos.

Escribiendo esas historias distrajo el poeta andaluz su pobreza, y vosotros podreis distraer leyéndolas vuestro ócio: ellas os llevarán de una aventura en otra, y os dirán cómo fuéron gentes y cosas que hace muchos años han dejado de existir.

Salud y paz de buena voluntad á los que leyeren este libro, y la alabanza á Dios autor de cuanto existe, y el sólo que no perece ni puede perecer.

I.

El Valle del Hedjaz.

I.

Habia en los montes del Hedjaz, en una de sus profundas gargantas, una oscura gruta, donde no penetraba más luz que la que se desprendia de un cielo tristísimo á través de un bosque de higueras silvestres, sobre las cuales, descollaba como un minarete entre chozas una vieja y altísima palmera; al pié de esta palmera brotaba una fuentecilla, que iba á formar más abajo entre las quebraduras de las rocas una pequeña laguna, y en este paraje solitario, no pisado hacia centenares de años por pié humano, ni por errante gacela, ni sediento leon, no se oia otro ruido que el del viento meciendo eternamente la palmera, el murmullo del arroyuelo, el canto de una rana moradora de la laguna y el grito de un buho que anidaba en lo más profundo de la gruta.

En los primeros tiempos de la Egira, cuando los árabes del Hedjaz dejaban sus rebaños y tomaban sus arcos para acometer á los árabes del Yémen, ó cuando estos subian á la montaña para robar los camellos á sus enemigos, este lugar era fértil y alegre; sus higueras producian fruto, su vieja palmera se doblegaba con el peso de los dátiles, y las aves y los animales venian á apagar su sed á la laguna henchida entonces de peces; las hadas se solazaban en su espesura á la luz de la luna, y la alegría de Dios se posaba sobre la gruta del Hedjaz.

II.

Una tarde, á la hora de _alajá_[1], cuando la luna se levantaba sobre los montes cercanos, un caballo cansado, cubierto de sangre y de sudor, montado por un árabe del Hedjaz, entró con toda la velocidad de su carrera en el valle, y cayó muerto de fatiga junto á la laguna. El dueño se levantó mal parado y fué á sentarse al pié de la palmera, donde permaneció inmóvil y silencioso, abismado en sus pensamientos. Aquel dia los habitantes de la llanura habian vencido á los pastores del Hedjaz y habian obligado á Aben-Zohayr, su caudillo, á salvarse en lo inaccesible de sus montañas.

[1] Al oscurecer.

Aben-Zohayr lloraba amargamente la pérdida de los suyos, su valor vencido y su orgullo humillado, cuando sintió agitarse la espesura, y al rayo de la luna vió dos jóvenes y alegres niñas que se adelantaban ligeras sin tocar casi con los pequeños piés las yerbecillas, y fuéron á sentarse á poca distancia de Aben-Zohayr, del cual sólo las separaba un bosquecillo de acacias.

III.

Eran las huríes Fayzuly y Rhadhyah; el que todo lo puede las habia dotado de una hermosura maravillosa; Fayzuly era blanca como la espuma de las cataratas del Nilo, y sus ojos y sus cabellos, negros como el fondo de las grutas del Hedjaz; su hermana Rhadhyah era morena como el sol y sus ojos brillaban con un fuego deslumbrador: llevaban ceñidas las frentes con guirnaldas de rosas blancas cogidas en el jardin de Hiram, y unas flotantes y blanquísimas túnicas de lino, trasparentaban las formas más hermosas que Allah en sus bondades concedió á una mujer.

Aben-Zohayr olvidó como por encanto su derrota y miró embelesado á las dos huríes. Oh, Santo Allah, dijo, si me concedieras el amor de la hurí blanca de los ojos negros, yo te sacrificaria cien corderos en la fiesta de _Ayd-al-korban_![2]. ¡Oh señor Allah, qué poderoso y qué grande eres!

[2] Fiesta de los corderos en el Ramadhan ó Cuaresma.

El enamorado Zohayr calló para escuchar lo que hablaban las huríes: Fayzuly decia á su hermana con una voz más dulce que los trinos del ruiseñor:

--He visto mi porvenir, hermana mia; me amará el hijo de una hurí y de un rey, pero antes tendré que combatir con el mal espíritu que me entregará á un encantador; pero mi amado me salvará y vendrá conmigo á nuestros alcázares del aire y á nuestros jardines de los lagos.

--Y yo, dijo Rhadhyah, amaré á un creyente que será rey y perderá su reino é irá á morir al _Mogrhebeb_[3]; yo le seguiré al Edem; pero faltan aún ochocientos ochenta años.

[3] Denominacion que dan los árabes al poniente de África ó Mauritania.

--Novecientos esperaré yo á mi amado, contestó Fayzuly.

--¡Oh poderoso Profeta! exclamó Aben-Zohayr; ¿quiénes son estas doncellas que así esperan con los siglos su amor, que hablan de sus alcázares del aire y de sus jardines de los lagos? ¡Oh magnífico Allah! ¡concédeme el amor de la doncella blanca de los ojos negros!

IV.

Embebecido en esta plegaria no se apercibió el caudillo árabe de que las huríes habian desaparecido al reparar en él, huyendo á ocultarse en el fondo de la laguna. Pero cuando dirigió su vista al sitio donde se habian sentado, no encontrándolas creyó que sólo habian sido un delirio de su mente, y volvieron sus pensamientos tristes, como en una noche oscura, despues del pasajero brillo de un relámpago, vuelven las tinieblas.

--¡Oh! ¡mi alma! ¡mi alma! dijo Aben-Zohayr; he llevado mis kabilas al combate y vuelvo sin ellas á mi aduar: mis camellos se espantarán al verme volver sin mi corcel Rhadjih, y mis perros me ladrarán cuando noten la falta de mis hermanos, que no comerán más conmigo bajo el cuero de mi tienda el pan y la sal. No, no volveré. El árabe que huye cuando sus hermanos han muerto, es un cobarde; el caudillo que abandona los cadáveres de sus guerreros, incurre en el enojo del caudillo fuerte, del invencible, del grande sobre todos los valientes. ¡Oh! ¡mi alma! ¡mi alma!

Acordóse entonces de que habia olvidado la _azalá de alajá_ (oracion de la noche) y su espíritu se contristó, porque Aben-Zohayr era un varon temeroso de Dios, y llegó á la fuente, hizo la ablucion y oró prosternado al pié de la palmera. Luego se levantó, rompió su espada que arrojó léjos de sí, y volviendo su corazon á Dios, le ofreció en expiacion de su cobardía, hacer en aquella gruta donde le habia conducido su ventura, la vida apartada y penitente de morabhita[4]. Comió algunos dátiles que cogió del suelo, quitó de su caballo una piel de tigre que le servia de silla, y extendiéndola en la gruta sobre un haz de yerba, arrojóse sobre ella y rendido por la fatiga se durmió.

[4] Ermitaño.

V.

No bien habia tendido sobre él sus alas el genio de los sueños, cuando vió un jardin como no lo han visto ojos humanos, y se creyó tendido sobre el césped en un bosquecillo de oloroso sándalo; oíase el cantar de las aves á quien el poderoso Allah ha concedido dulces gorgeos, y parecíale que comprendia su lenguaje; se decian amores: asimismo las fuentes murmurando, las hojas de los árboles y de las flores agitándose, las auras que las movian suspirando, tenian voces para él, y leia palabras encantadas en las nubecillas, que parecian caractéres de nácar y azul; y las aves, y las fuentes, y los árboles, y las flores, y las auras, y las nubes decian: «Fayzuly es la hermosa de las hermosas, la hurí de los amores, la alegría de Salomon (¡Dios sea con él!), la doncella blanca de los ojos negros». Y volvian á repetir aquel nombre que llenaba el corazon de Aben-Zohayr y le dilataba, como el rocío al cáliz del tulipan y los céfiros de la alborada á las vírgenes siemprevivas.

Aben-Zohayr despertó á la hora de la azalá de _azohbi_[5], se levantó, purificó su cuerpo con la ablucion y oró. Despues se tendió desesperado en el mismo sitio donde habian estado sentadas las dos huríes.

[5] Los árabes dan á sus horas los nombres siguientes: hora de azohbi, hora del alba; hora de adoha, de dia claro; de adohar, al medio dia; de alazar, á media tarde; de almagrib, á puestas del sol; de alatema ó alajá, al anochecer, al oscurecer, ya entrada la noche; segun la costumbre de dividir su tiempo por las horas de sus oraciones ó azalaes.

Eblis,[6] el espíritu rebelde maldecido por Dios, el genio del mal que nunca duerme y que habia inspirado sueños tentadores á Aben-Zohayr, batió junto á él sus negras alas y el espíritu del árabe se entristeció; quiso recurrir á la oracion, pero entre él y Dios se habia colocado Eblis, y sólo le dejaba ver á Fayzuly, hermosa y desnuda, con todos los incentivos del amor. Aben-Zohayr era un espíritu débil, y pasó la hora de adoha, de adohar, de alazar, de almagrib, y llegó la de alajá sin que hiciese la azalá; Aben-Zohayr, que habia olvidado su derrota por Fayzuly, olvidaba por ella al vencedor, al grande, al poderoso Allah; Zohayr era el esclavo de Eblis: la mano del que todo lo puede se habia levantado sobre su cabeza, y si entonces su alma hubiese tenido que pasar el terrible puente _Sirat_[7], se hubiese precipitado en el fuego eterno.

[6] Nombre que dan los árabes al diablo.

[7] Este puente es más delgado que un cabello, más afilado que una navaja. Las almas de los elegidos le pasarán con la velocidad del viento; pero los réprobos resbalarán y se precipitarán en el fuego eterno. (_Koran._)

--¡Oh Allah, poderoso Allah, murmuró el impío, dame el amor de la doncella de los ojos negros, dámelo y yo sacrificaré doscientos corderos blancos en tu mirab de Medina-Yastreb en la fiesta del Ayd-al-korban!

Y como esperase en vano despues de la salida de la luna la venida de Fayzuly, blasfemó:

--No hay Dios, dijo el réprobo revolviéndose sobre la yerba; Mahhomed-ben-A'bd-Allah[8] era un impostor, el Koran la obra de un loco. El hombre está solo sobre la tierra abandonado á su destino, como un camello sin guia, y más allá del último crepúsculo no hay más que sombra. Eblis, Eblis, ¡dame la doncella de las trenzas negras y te adoraré! ¡dame su amor y te levantaré un mirab[9], y te sacrificaré cien camellos!

[8] Mahoma.

[9] Adoratorio.

VI.

En aquel momento Aben-Zohayr cayó aletargado sobre la yerba y vió en lo recóndito de su espíritu un sueño sombrío: un mancebo hermoso, como es hermoso un alcázar que ha herido un rayo y á quien la tormenta y el aguacero han manchado y corroido, se le presentó llevando á Fayzuly más hermosa que nunca, con la túnica desplegada, los labios entreabiertos por el deseo y los ojos radiantes y húmedos de amor. El corazon de Aben-Zohayr parecia iba á romperse, la sangre refluyó á su cabeza, y sus fáuces secas y ardientes arrojaron un gemido.

--¿Qué quieres? le dijo el espíritu condenado.

--Novecientos años de vida, los secretos de la astrología y Fayzuly.

--¿Y me darás tu alma?

--Sí, gritó el desdichado Aben-Zohayr.

--Pues bien, despierta y bebe agua de la laguna y tendrás lo que me has pedido.

VII.

Mientras Aben-Zohayr dormia, un genio horroroso se habia levantado sobre las aguas del lago; tenia cabeza de basilisco, alas de murciélago, cuerpo de leon y cola de serpiente; llevaba en la mano un cráneo de cocodrilo en forma de copa, lleno de un licor negro y flameante. El cielo se nubló, mugió el semoum, callaron las aves aterradas, y sólo se escuchó el canto de una rana, el grito de un buho y el zumbido del ramaje de las higueras y de la palmera. El genio vertió tres veces en la laguna parte del licor que contenia el cráneo hasta acabarlo, y dijo con una voz hueca y horrible, como el sonido de una losa al caer sobre una tumba.

--Perezca todo lo que existe en este valle; pero vive, tú, fuente, y tú, laguna, y tú, rana, y tú, buho é higueras y palmera; pero estériles como las lágrimas del impío. Vivid para cantar á Allah, el Santo, el Grande, el Justo.

Cuando Aben-Zohayr despertó, el genio del exterminio habia desaparecido y la luna brillaba á través de un ambiente despejado, pero triste, sin brisas, ni perfumes; los árboles se mecian sordamente sin que el más ligero céfiro los impulsase, y se oia el murmurar de la fuente, el canto de la rana y el grito del buho; Aben-Zohayr estaba pálido como un cadáver y sus ojos se habian hundido de una manera horrible: su frente se abrasaba y su garganta seca hacia producir un sonido ronco á su aliento; sintió sed y se arrojó á beber á la laguna. Entonces sintió que su corazon se ensanchaba, que una luz inmensa iluminaba su espíritu, que sus miembros se endurecian y crecia todo su sér; misterios impenetrables se abrian ante su inteligencia y todo aquel aumento de vida pesaba sobre él más que pesa la tierra de la fosa sobre el cadáver del justo. Su vista abarcó la inmensidad; vió sus hermanos los árabes del Hedjaz muertos sobre el campo de sangre devorados por las hienas y los buitres, y en su aduar delante de su tienda su cadáver cubierto con su arnés de guerra, y al lado su lanza y su espada. Aben-Zohayr no se estremeció; quiso hacer la prueba de su poder, y se acercó á su caballo que aún permanecia yerto junto á la laguna.

--Levántate Rhadjih, le dijo.

El valiente corcel se levantó, dió un relincho de alegría al conocer á su amo, pero en el mismo momento lanzó otro relincho de espanto y de dolor, y quedó inmóvil, cual si se hubiera convertido en una roca. Aben-Zohayr cogió agua de la laguna en el hueco de la mano y la aplicó á las narices del bruto; el sortilegio produjo un efecto terrible: Rhadjih se encabritó y quiso resistir á su ginete; pero Aben-Zohayr saltó sobre él y le sujetó.

Reinaba un silencio profundo: el impío evocó á Fayzuly, y una sombra blanquísima apareció en los aires y se posó inmóvil y aterrada junto al caballero maldito; era Fayzuly; llevaba en vez de túnica un sudario y sobre sus negros cabellos una corona de siemprevivas nacidas en el jardin de Hiram y regadas por genios con agua del pozo Zemzem; Aben-Zohayr quiso apoderarse de ella, pero Fayzuly huyó con la velocidad de una flecha, seguida siempre á corta distancia por Rhadjih que volaba dejando tras de sus cascos un rastro de fuego. Fayzuly, el caballero y el corcel, desaparecieron perdiéndose entre la niebla de la mañana en las revueltas de las montañas del Hedjaz.

Hé ahí por qué en el valle maldito no se oia otro ruido que el canto de la rana, el grito del buho, el columpiarse de las higueras silvestres, el gemido de la palma estéril y del arroyo solitario. Hé ahí por qué no venian á beber las aguas de la laguna la errante gacela y el sediento leon.

VIII.

Vinieron años tras años, y pasaron ochocientos ochenta y siete sobre el lugar maldito, sin que hombre, fiera ó pájaro, pisase su suelo ni cruzase por su aire.

Habian llegado los últimos dias de la luna de Safer del año novecientos y uno de la Egira[10]: era la hora de adohar y el sol brillaba abrasador suspendido en la mitad de su carrera; la rana cantaba ronca y desapacible y de la laguna casi seca se levantaba un denso vapor, cuando un peregrino cansado y sediento llegó al valle maldito del Hedjaz.

[10] El órden de los meses que los árabes llaman lunas, es el siguiente: Muharram, Safer, Rabie primera, Rabie segunda, Giumada primera, Giumada segunda, Regeb, Xaban, Ramazan, Xawal, Dilcada y Dilhagia. Es de advertir que su año empieza donde media el nuestro.

Era Abu-Kalek, anciano guerrero de la raza de los Almoravides que se dirigia en peregrinacion á la Meca, cumpliendo la última voluntad del rey de Granada Mohhamed-Aben-A'bd-Allah-al-Zaquir-al-Zoghoibi[11], (Boabdil) muerto en los campos de Bakuba, defendiendo contra los rebeldes jerifes al emir Muley Ahmet-ben-Merini. El anciano Abu-Kalek habia emprendido su viaje desde el Moghreb, y al fin habia puesto su cansada planta en las vertientes de las montañas que rodean á la Santa ciudad del Profeta[12].

[11] Mohamed hijo del servidor de Dios, el pequeño y el desdichado.

[12] Medinah Jastreb.

Pero estaba escrito que el Almorabhid no llegaria al mirab de la gran mezquita; sus dias estaban contados y su sepultura abierta en el valle maldito del Hedjaz; las huríes le esperaban, y el alma del justo era tan pura como el blanco color de su venerable barba.

¡Qué grande y poderoso es Allah! En el mismo sitio donde apagó su sed el réprobo Aben-Zohayr, apagó la suya Abu-Kalek: un impío habia traido la maldicion de Dios sobre el valle, y un justo habia sido concebido para purificarlo. Cuando el Almorabhid bebió, sintió como el árabe que su vista se dilataba y su corazon ardia; su sangre débil y helada corrió por sus venas como fuego ardiente, y volvió á su juventud y á su fuerza; su encorvada espalda se irguió, sus ojos centellearon y en su boca apareció una profunda expresion de dolor.

--¡Oh Señor! exclamó el viejo prosternándose contra la tierra, ¿por qué me vuelves mi juventud y dilatas mi vida? ¿He dejado un solo dia de elevar á tí mi espíritu, ó mis labios han mentido ó mi espada ha derramado sangre del débil ó del inocente? ¡Oh señor Allah! ¿qué quieres de tu siervo Abu-Kalek?

Pero nada contestó á la plegaria del Almorabhid: la rana siguió cantando y el sol tendiendo sus rayos inflamados sobre la tierra. Abu-Kalek quiso continuar su camino, pero fué en vano; por donde quiera que se dirigia encontraba una roca tajada, un abismo ó un torrente; las huellas se borraban tras de sus piés.

--¡Oh desdichado rey, exclamó el creyente, los espíritus invisibles me cierran el camino: yo moriré aquí como tú moriste en Bakuba! ¡Hágase la voluntad de Allah!

Abu-Kalek sintió hambre, pidió dátiles á la palmera, fruto á las higueras, peces á la laguna; pero la palmera y las higueras y la laguna eran estériles; en aquel momento una golondrina se cernió sobre el valle; Abu-Kalek, tomó una saeta de su aljaba y tendió el arco que le servia de apoyo en su marcha; la saeta hendió silbando los aires y cayó trayendo consigo á la avecilla, que se agitó en sus últimas convulsiones entre las manos del morabhita.

Sobre el pecho azul de la golondrina pendia una pequeña llave formada de una esmeralda, sujeta al cuello del pájaro por un collar de rubíes; el creyente tomó la llave y la golondrina espiró, diciendo en un débil gemido:

--¡Busca!

Abu-Kalek miró la llave y vió sobre ella escrito en pequeñísimos caractéres cúficos el mote: «_¡La galib ille Allah!_» (¡Solo Dios es vencedor!)

--¡Busca! murmuró el viento agitándose entre los árboles.

Abu-Kalek se dirigió al pié de la seca palmera.

--¡Busca! murmuró roncamente la rana en la laguna.

El morabhita llegó hasta su orilla.

--¡Busca! graznó el buho desde el fondo de la gruta.

Abu-Kalek se precipitó á través de las zarzas que cubrian la profunda grieta y buscó; el buho entre tanto batia las pardas alas graznando siempre:

--¡Busca! ¡busca! ¡busca!

En la parte más profunda y oscura de la gruta, en un lóbrego agujero, anidaba el buho, que huyó lanzándose al valle al acercarse á su nido el morabhita Abu-Kalek.

IX.

Era la hora de alajá: la noche levantaba su oscura faz al Occidente; en el opuesto confin el sol se hundia tras azules montañas, entre celajes de fuego: el lucero de la tarde le seguia saludando con trémulos resplandores á la blanca lumbrera de la noche, y se iban extinguiendo lentamente los innumerables rumores que acompañan al dia.

El creyente oró y su espíritu subió hasta el Señor: un clarísimo resplandor iluminó la gruta, y perfumes suavísimos inundaron el ambiente; aquel resplandor emanaba del agujero habitado por el buho, y en el fondo de él se veia una placa de oro, en la cual al rededor de una cerradura se leia en caractéres azules: «_¡Allah Akbar!_» (¡Dios es grande!)

Abu-Kalek introdujo la llave de esmeralda en la cerradura de oro; la roca se rasgó dejando descubierta la entrada de una escalera de pórfido, con paredes de cristal y techumbres de ágata en forma de estalactitas.

Un genio horrible defendia la entrada; tenia cabeza de basilisco, alas de murciélago, cuerpo de leon y cola de serpiente; el genio exterminador puesto por Allah á las puertas del Edem; era la última prueba del morabhita Abu-Kalek.

Rayos lanzaban sus ojos; sus alas batian las paredes produciendo un chasquido aterrador; su cola azotaba el pórfido y sus garras se tendian ensangrentadas y amenazantes hácia Abu-Kalek que se precipitó sobre el genio gritando: «¡Allah Akbar!»

El genio desapareció rodando hasta el abismo y el morabhita se encontró en un alcázar como no lo han visto ojos humanos. Las puertas eran de diamante, el pavimento de rubíes, las paredes de perlas y los techos de sándalo; por los arcos afiligranados se despeñaban cascadas de aguas olorosas que iban á regar rosas siempre purpúreas y tulipanes inmarchitos; sobre todo esto un cielo azul como el zafiro, resplandecia con la luz de los ojos de Dios.

Cantaban las perís y danzaban las hadas en torno de una cuna de aloe sostenida por genios, donde sonreia un bellísimo infante velado por paños de púrpura: junto á él fijaba su mirada inefable de madre, una mujer hermosísima; su larga cabellera negra lanzaba reflejos azulados junto á las perlas que la entrelazaban, y rodeando un rostro de mejillas morenas, caia en bucles ondulantes sobre sus desnudos hombros velando un seno purísimo; su túnica azul era de seda superior á la de Persia; su breve talle estaba contenido en el cíngulo misterioso de Salomon; sus pequeños y desnudos piés se hundian en una alfombra cubierta de signos cabalísticos, y entre sus brazos reposaba un hombre que absorbia en sus ojos la intensa mirada de amor de los negros y radiantes ojos de la hermosa.

Esta era Rhadhyah, la más pura de las huríes, la reina de las prometidas á los creyentes por el Señor.

El hombre que reposaba entre los brazos de Rhadhyah era un hermoso mancebo; ceñia su frente una toca blanquísima, prendida por una garzota de piedras preciosas, y entre la cual aparecia una corona de rey; vestia una pesada loriga de combate y sobre ella se plegaba un caftan más blanco que la luz de la alborada; pero aquel caftan estaba manchado de sangre, y bajo él se veia una corva cimitarra damasquina roja hasta la empuñadura.

Aquel hombre era Mohhamed-Ben-A'bd-Allah-al-Zaquir-al-Zoghoibi (_Boabdil_), último rey moro de Granada.

Su semblante hermoso y tranquilo estaba pálido como el de un cadáver; una ancha herida partia su frente y sus ojos absorbian con una expresion melancólica la mirada de amor de Rhadhyah, junto á la cual reposaba sobre la alfombra.