Historia de la decadencia de España

Part 6

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Mas tiempo es de que hablemos de los gérmenes de corrupción que desde los principios trajese en sí la Monarquía, puesto que su desenvolvimiento lento y progresivo es precisamente la decadencia que nos toca relatar. Ya que no pretendamos decirlo todo y explicar una por una las causas que pudieran influir en los males de España durante aquella aciaga época, ayudando á quitar de sus brazos la fuerza y el acierto de sus pensamientos y empresas, trataremos de las principales, de las más poderosas, de las que en sí pueden comprender y encerrar á las otras.

Los más de nuestros historiadores han hablado de la exageración del principio religioso en España con escaso juicio. Hija legítima era de nuestra patria semejante exageración, si ya no es que digamos que fué su madre. Ni podía ser de otra suerte. Una nación que peleó ochocientos años contra hombres que profesaban distinta creencia, que llevaba la cruz en todas sus banderas y miraba á la religión hermanada con todas sus glorias; cuyo grito de guerra era un grito religioso; cuyos soldados estaban hechos á ganar indulgencias en las batallas; á obtener absolución de sus culpas muriendo en el campo; á sentir en su ayuda espadas de santos; cuyos obispos y sacerdotes eran guerreros; cuyos príncipes y princesas solían ser monjes, tenía necesariamente que colocar sobre todos los intereses el interés de la cristiandad, y anteponer la idea mística á toda idea política ó literaria. Y esa nación misma, acostumbrada á defender su fe con las armas y á imponer con la fuerza á los vencidos; acostumbrada á mirar en los infieles á su Dios enemigos eternos, cuya muerte era no sólo lícita, sino loable, y cuya vida era afrenta suya cuando no pecado, tenía que ser intolerante hasta el extremo de constituir la Inquisición, y hasta el punto de entrometerse en todas las guerras religiosas del mundo. Á la verdad, tanto ha podido decirse que los reyes de España eran esclavos del fanatismo de sus súbditos, como que éstos lo fuesen de la piedad exagerada de sus monarcas, que es la opinión vulgar. Y ahora cúlpese cuanto se quiera aquel fanatismo religioso por el cual hubo España, y sin el cual no la habría; cúlpese el fanatismo que guió á los guerreros cristianos desde la cueva de Covadonga y el monte Pano hasta las puertas de la Alhambra; cúlpese á nuestra nación por lo que era, por lo que debía ser, por lo que el tiempo y los sucesos mandaban que fuese.

Bien sabemos que en pocas naciones se había hablado y escrito con tanta libertad y dureza sobre los desórdenes de la Iglesia como en España en el siglo XVI. Famosas son, entre otras, las obras del arcipreste de Hita, de Juan de Padilla y de Bartolomé de Torres Naharro, á quienes no empescieron los hábitos sacerdotales para fulminar tremendos cargos contra los clérigos y contra la misma corte de Roma. Mas nunca estas censuras llegaron á lo sagrado del dogma y de la creencia, y en el reinado de los Reyes Católicos y de sus sucesores, bien pudo decirse que era España la nación donde más sólidos fundamentos tuviesen las prácticas y las doctrinas de la Iglesia. Ni faltaron quejas y clamores contra la Inquisición y aun contra las guerras religiosas; pero tales protestas fueron á perderse en la opinión nacional severa y compacta, que se alimentaba con recuerdos de victorias y venganzas contra los infieles, y con propósitos y esperanzas de alcanzarlas nuevas. Harto se dió á conocer esta saña contra los judíos que, ricos y opulentos, vivían de muchos siglos antes confundidos con los cristianos, desempeñando importantes empleos en los palacios de los reyes, y ejercitando el comercio con tanta fortuna, que eran, como en casi todas las naciones de aquella época, los que poseían las principales riquezas. El odio contra la nación que había llevado al suplicio al Redentor del mundo, fué profundo y general en el pueblo desde los principios de la Monarquía, y la historia de los siglos medios muestra que eran tan perseguidos y maltratados por el vulgo como los mismos musulmanes. En el fuero de los muzárabes que dió el conquistador á los de Toledo, tratando de las multas que habían de pagar los ladrones y homicidas, se exceptúan en ellas los que no hubiesen cometido sino «furto ó muerte de judío ó moro». Y el fuero de Sepúlveda, uno de los más humanos, tasa en sólo cien maravedís el homicidio de judío. Pocos años después las calles de Toledo se ensangrentaron con la muerte de centenares de aquellos infelices, que el populacho desenfrenado inmoló sin motivo alguno, y desde entonces hasta su expulsión apenas pudo la autoridad de los monarcas refrenar los crueles intentos de sus vasallos contra la raza aborrecida. Ni era en ellos el odio de sólo el vulgo; pues los grandes de Castilla, puestos en armas en 1460 contra Enrique IV, propusieron como una de las condiciones para dejarlas el «que echase de su servicio y estados á los judíos». Otro tanto que en Castilla acontecía en Aragón y en los demás reinos de España, y los Reyes Católicos, no bien tomada Granada, acabaron con el poder de los musulmanes, dieron allí mismo un edicto expulsándolos del reino, cumpliendo evidentemente con el deseo de los grandes y de los pueblos, pero dando fatal precedente á la expulsión que más tarde se verificó en los moriscos. No muchos años después de aquel decreto terrible nació la reforma, y las doctrinas de Lutero y de Calvino, contrarias á las antiguas prácticas de la Iglesia, no pudieron menos de ser tan aborrecidas y menospreciadas en España como el islamismo y el judaísmo. Hubo no pocos hombres de mérito, así eclesiásticos como seculares, que se inficionaron con las doctrinas de la herejía, tales como el doctor Egidio y el doctor Constantino, el famoso Agustín de Cazalla y Casiodoro de Reina y Cipriano de Valera, y otros que han dejado muchas obras esparcidas por países extraños y no poca memoria de sus desdichas. Pero hombres tan grandes y más nos habían dado los judíos, y no por eso se excusó su persecución ni pudo decirse que la nación transigiese con ellos. Verdad es que se llegó á temer tanto de los muy doctos, que solía decirse en España por encarecer á alguno: «está en peligro de ser luterano». Mas no es menos cierto, sin duda, que el mayor número de los sabios y doctores, y sobre todo la gente común, apegada como siempre á las antiguas cosas, siguieron ciegamente la doctrina católica. Cobró entonces más fuerza que nunca la preocupación antigua de _limpieza de sangre_, ó sea la pretensión, general en las familias españolas, de probar que ninguna de ellas se había mezclado por matrimonio ó de otra manera con gente infiel y herética. No se tardó en llamar _cara de hereje_ al feo y desalmado; _hereje_, al mal intencionado y cruel; _hereje_, en fin, á todo el que merecía por cualquier modo aborrecimiento ó menosprecio. Y las demostraciones particulares correspondían muy bien, en tanto, á aquellas otras de la opinión común ó nacional. Un doctor llamado Alonso Díaz vino desde Roma á Ratisbona, donde se hallaba cierto hermano suyo, celosísimo partidario de Lutero, pretendiendo apartarle de la predicación de tales doctrinas, y no pudiendo conseguirlo de otra suerte, le mató con sus manos. Y más adelante hubo un caballero en Valladolid que obtuvo por merced del Santo Oficio que le dejasen cortar la leña y prender fuego en la hoguera donde habían de arder dos hijas suyas, doncellas ambas y hermosas, condenadas por heréticas. Tales sucesos traen al ánimo la exacta idea de lo que se pensaba en España de los reformadores.

Y al llegar á este punto conviene que hagamos resaltar cierta circunstancia tan notable como poco observada; y es que la ciencia española de aquella época, lejos de defender la libertad del entendimiento y de protestar contra la intolerancia y la exageración del principio religioso, las ayudó en su obra. Es la filosofía madre y generadora de toda la ciencia, y á cultivarla con mucha aplicación y esmero se consagraron los españoles desde muy temprano. Pedro, _el español_, fué el asombro de Italia á mediados del siglo XIII, y mereció ser cantado del Dante. Raimundo Lull ó Lullio llenó con su nombre los primeros años del siglo XIV, y dejó escritas una multitud de obras de todo género, que fueron y son todavía estimadísimas de los sabios. Matemático profundo, propendía al empirismo y á la observación y experiencia, dejando sometido á reglas casi geométricas y mecánicas el arte de pensar; y si las ciencias siguieran el camino que él las trazó en sus obras, fueran harto mayores y más rápidos sus primeros pasos. Pero su doctrina se perdió en el caos de doctrinas dogmáticas que ocupaban las escasas escuelas de entonces. Juan Luis Vives vino después de Lullio á sostener ya la necesidad del método empírico, y uno y otro antes que el inglés _Bacon_ conocieron la imperfección de la filosofía escolástica, y trataron de remediarla mejorando los estudios. Mas no era tiempo aún de lograr semejante fruto. En vano Vives, en el tratado _De corruptione artium et scientiarum_ y en el _De tradendis disciplinis_ esforzó sus argumentos para convencer á los sabios de su tiempo de los errores de la dialéctica. En vano quiso sustituir á ella su método de pensar, vicioso al cabo, pero más á propósito para ir desenvolviendo las ciencias y la razón en su cuna. No alcanzó otra cosa sino la gloria, mucho tiempo desconocida, de haber mostrado antes que algún otro á la Europa el camino que vino á seguirse en adelante. Por lo pronto, el escolasticismo y aristotelismo continuaron reinando en las escuelas, y, sobre todo, en las de España produjeron copiosos frutos. Durante el siglo XVI florecieron entre estos escolásticos Francisco Vitoria, catedrático de Salamanca, que escribió un tratado sobre la potestad eclesiástica y otro sobre la potestad civil, de donde Grocio tomó no pocas de sus doctrinas; Domingo Yáñez, catedrático también de aquella Universidad sapientísima, y el famoso Domingo de Soto, autor del tratado _De justitia et jure_, aún hoy tenido en mucho por los jurisconsultos, y de otros varios libros sobremanera apreciados por sus contemporáneos dentro y fuera del reino. De los aristotélicos fué el más grande Juan Ginés de Sepúlveda, traductor y anotador de las obras del maestro, hombre de inflexible lógica y de vasta erudición y doctrina. Negar el talento y la ciencia en tales escritores sería injusticia ó locura, y la historia de la civilización humana habrá de reparar al cabo el olvido en que les tiene, señalándoles alto puesto á todos ellos. Pero la índole particular de una y otra filosofía produjo las extrañas resultas que arriba indicamos.

Perdidos los escolásticos en el laberinto sin salida de su dialéctica, y aplicándola á asuntos de suyo tan sutiles como los teológicos, llegaron á formar una _logomaquia_ perpetua en las escuelas, impidiendo que dedicasen sus esfuerzos al estudio de las grandes verdades morales y políticas. Achaque fué éste, que sintieron todas las escuelas del mundo por aquel tiempo; pero como en ninguna de ellas hallase el escolasticismo tanto cultivo y entusiasmo como en España, ni en otra alguna parte se viese tan protegido y apoyado por el clero, aconteció que aquí primero, allá después, se fueran disipando sus tinieblas, y entre nosotros se hiciesen cada vez más densas é impenetrables. No era más favorable la filosofía griega que lo fuera de por sí el escolasticismo al principio de libertad y á la generación de las ideas modernas. Formóse una amalgama extraña de la Providencia cristiana con el fatalismo griego, de la moral de Jesús con la de Epicteto y los demás estoicos, de las verdades del Calvario con las del Pórtico y la Academia. Entonces, á impulso de las mismas ideas que precedieron y protegieron acaso las tiranías de Filipo y de Tiberio y la esclavitud romana y griega, se fueron desenvolviendo en lo íntimo del catolicismo español, que de tan puro y severo se preciaba, principios esencialmente paganos é hijos de la civilización idólatra. Halláronse en solemne contradicción y lucha la idea cristiana en su pureza y la idea pagana en su más franca y terminante expresión, cuando disputaron en Valladolid sobre el tratamiento que había de darse á los indios conquistados, el doctor Sepúlveda de una parte, y de otra el virtuoso obispo de Chiapa, fray Bartolomé de las Casas. Aprobó el primero cuantas crueldades se cometían con aquellos desdichados «por la rudeza de sus ingenios, decía, que son de su natura gente servil y bárbara y por ende obligada á servir á los de ingenio más elegante, como son los españoles.» Doctrina enteramente aristotélica y sacada palabra por palabra del libro III de la _Política_. Contestóle el padre Las Casas con la sencilla doctrina de los cristianos de que Dios hizo hermanos á todos los hombres; ¡idea de fecundidad inmensa, conquista la más alta que hayan hecho las ciencias morales en el mundo! Pero fué en vano; la Filosofía tenía de su parte el interés particular y el egoísmo, y la Iglesia, encerrada en el Estado y confundida con él en deseos y conveniencias, no hizo lo que pudiera por sacar triunfante la doctrina purísima de Las Casas. Así, Sepúlveda y su filosofía pagana triunfaron, y los indios continuaron siendo tan maltratados como al principio por los conquistadores. Viéronse al propio tiempo predicadores y dogmatizantes invocando los principios estoicos de Epicteto y proponiendo sus lecciones por modelo á los cristianos. La idea de la servidumbre, tan opuesta al cristianismo, se fortificó así entre nosotros, y con ella, como hermana y compañera, tuvo entrada en todos los ánimos la justificación de la tiranía, cobrando más fuerza el instinto de opresión al flaco y al vencido. Y lejos de recibir la nación de la filosofía doctrinas de progreso y sentimientos de humanidad, no recogió otra cosa que la resignación de los estoicos, cierto espíritu de pequeñez, de nimiedad, de sofistería, producto de la lógica ergotizante, y mayor suma de intolerancia, si cabe, que la que daba de sí el catolicismo. Así fué también como llegaron tiempos en que Nicolás Antonio pudo contar en España hasta doscientos catorce autores que tratasen filosóficamente de la _Summa_ de Santo Tomás, y ciento cincuenta que hubiesen hecho libros de enseñanza ó de texto para las escuelas, encerrando en ellos las más altas materias de la filosofía, sin que entre tantos se encontrara uno solo que haya influído después en las ciencias, ni que lograse entonces contener la decadencia que á tan tristes extremos iba llegando.

Sólo la exageración del principio religioso y esta filosofía ergotizante tan bien anudada con ella, trajeron males capaces de trastornar cualquier grandeza de monarquía: primero, la emigración de muchos miles de moros y judíos y luteranos, expulsos ó perseguidos del Santo Oficio; luego, la ruina, el envilecimiento y la destrucción de tantas familias como vinieron á los _autos de fe_; además la parálisis de las ciencias y su muerte lenta, pero completa, mientras por todas las naciones de Europa, al calor de las disputas y de la libertad de pensamiento y de controversia, nacían ideas fecundas, asomaban descubrimientos útiles y desarrollábase lozana y gloriosamente el progreso humano; por último, que fué lo más fatal, la transformación del carácter en la nación. Era España joven, vigorosa, libre en el pensamiento, y en el obrar, franca, entusiasta, alegre, aunque grave, dada á seguir los vuelos de la fantasía y á obedecer á las inspiraciones de la voluntad, aunque piadosa y prudente. Vino sobre ella una vejez temprana, contemplativa y descontentadiza; vino una timidez penosa en el pensamiento y en las determinaciones; vino un íntimo recelo de todas las cosas, que inclinaba á las personas á desconfiar hasta de sí propias; vino la indiferencia terrenal de quien no funda ilusiones sino sobre los bienes del otro mundo; vino cierta melancolía antipática á las otras naciones, y enemiga de adelantos; vino cierto espíritu de obediencia pasiva y de resignación fatalista á cuanto parecía disposición del cielo que encadenó aquella voluntad poderosa, que antes todo estorbo lo hallaba leve y toda resistencia desproporcionada á sus fuerzas. Quedaron relegadas á lo más hondo de los pechos para ser transmitidas secretamente de padres á hijos aquellas antiguas y nobles cualidades del carácter de España; en las obras, en las palabras fueron desapareciendo primero en el mayor número, luego en el menor, por último en el limitado guarismo de almas excepcionales y privilegiadas que Dios suele conceder á las naciones, hasta borrarse del todo. Fué muy bien secundada la represión religiosa por la represión política, y así pudo decirse que apenas quedaba un español á la muerte de Carlos II.

Ni en el reinado de los Reyes Católicos ni en los del Emperador y de Felipe II se sintió, sin embargo, tal decadencia de carácter. Y aunque á la verdad, las persecuciones del Santo Oficio pesaron sobre casi todos los hombres ilustres, perseguidos ó no, hubo, de todas suertes, en tiempo de este último príncipe, médicos y matemáticos que levantasen las ciencias; escritores satíricos que criticasen, hasta con licencia, las costumbres del Clero y de los poderosos; jurisconsultos que profesasen ideas muy libres y muy altas; canonistas que defendiesen con enérgica franqueza los derechos del Estado; pensadores, en fin, que fuera de España eran oídos con asombro en las cátedras de la orgullosa Sorbona y en las Universidades de Italia y Alemania. Andrés Laguna, Hurtado de Mendoza, Arias Montano, Melchor Cano, Garcilaso, fray Luis de León y Herrera, escribieron en aquella era, y es harto conocido tal siglo por el siglo de oro de nuestras letras, para que no pareciera ocioso el citar otros nombres. Pero la Inquisición siguió adelante, y poco á poco fué enroscándose, á manera de serpiente, en torno del pensamiento español, hasta que, debajo del imperio de los sucesores de Felipe II, estrechó su anillo tanto que lo ahogó en él y le dió muerte. Y cada vez fué creciendo el empeño en mantener guerras religiosas, y las medidas de intolerancia y de persecución fueron en aumento de tal modo, que pudieran causar, por sí solas, la total ruina.

Los monarcas estuvieron ciegos, sobre este punto, como los pueblos: ni los unos ni los otros conocieron el precipicio adonde aquel funesto tribunal podía conducir á la Monarquía. Los Reyes Católicos habían dejado que ardiesen los tesoros de la ciencia árabe que se hallaron en la Alhambra; habían expulsado á los judíos, que tan buenos servicios prestaran á la nación, sobre todo en la guerra de Granada; habían permitido los bautismos forzosos de Cisneros, las hogueras de Lucero y el enjuiciamiento del buen arzobispo Hernando de Talavera, confesor de la Reina misma. Carlos V autorizó las mayores persecuciones contra sus continuos y amigos, tildados por el Santo Oficio. Felipe II dejó luego que se persiguiese á fray Luis de León y al grande arzobispo de Toledo fray Bartolomé Carranza, y que se atreviese la Inquisición hasta á la vida particular de los grandes y de los príncipes; dejó también que alimentasen las santas hogueras millares de sus vasallos, y dijo, tratándose de los de Flandes, aquella frase famosa: «Más quiero no tenerlos, que tenerlos herejes». Tiempos habían de venir forzosamente en que ni el Rey mismo estuviese seguro, como lo probó Carlos II en su persona y en que un millón de pobladores inteligentes y laboriosos, la flor de nuestras provincias meridionales y occidentales, tuviesen que abandonar nuestro suelo, llevándose consigo los restos de nuestra riqueza agrícola, industrial y comercial, y abriendo en el corazón de la Monarquía tan honda llaga, que apenas han podido cauterizarla dos siglos.

No menos funesto que el fanatismo religioso fué, para la Monarquía española, el provincialismo, que es la falta de unidad civil y de unidad política. La separación y discordancia de las diversas provincias de España, se advierte en la Historia desde los primeros tiempos. Quizá la tierra misma se prestó á ello, dando á cada localidad opuesto clima y distintas producciones y poniendo entre ellas límites y fronteras naturales; quizá ayudó eficazmente al establecimiento de colonias de diversas naciones. La dominación romana impuso algo de unidad en la Península, pero la invasión de las diversas naciones septentrionales, que ocuparon diversas provincias, volvió á separar las partes mal unidas y á dar á cada provincia distintas tradiciones y leyes. No bien establecida la unidad por los godos en el reinado de Sisebuto, se perdió en D. Rodrigo la Monarquía, y los moros, que ocuparon la mayor parte, no tardaron en repartirse en muy distintas soberanías, al propio tiempo que los cristianos, que huyendo de las desdichas del Guadalete se refugiaron en las montañas, tomaban allí distintos jefes, lejos los unos de los otros, sin poder comunicarse ni entenderse en la empresa común. Y muchas dinastías y muchas leyes y muchas historias se formaron antes que el valor y la fortuna pusiesen todos aquellos estados en manos de los Reyes Católicos, menos la parte de Portugal, constituyéndose la Monarquía española.

Pero, al entrar en ella, cada pueblo se conservó como era: con sus mismos usos, con su propio carácter, con sus leyes, con sus tradiciones diferentes y contrarias. Ni siquiera era igual la condición de todos los Estados: los había de condición más y menos noble, más y menos privilegiados; éstos, libres, y aquéllos, casi esclavos; como que la unión había ido ejecutándose por muy diversos motivos, viniendo unos pueblos voluntariamente, como pretenden los vascongados, y otros por medio de matrimonios, como Castilla y León de una parte, y, de otra, Aragón y Cataluña; tales como Valencia y Granada, que estaban pobladas de moros todavía, por fuerza de armas; tales, mitad por derecho, mitad por fuerza, como Navarra. Y no era esto sólo sino que, dentro de una misma provincia, cada población tenía un fuero y cada clase una ley. España presentaba, de esta suerte, un caos de derechos y de obligaciones, de costumbres, de privilegios y de exenciones, más fácil de concebir, que de analizar y poner en orden. Era imposible saber con cuántos hombres y con cuánto dinero pudiese contar la Monarquía; imposible enumerar sus fuerzas ni sus flaquezas; ni siquiera, en algunas ocasiones, dónde estaban sus verdaderas ventajas ni sus peligros y pérdidas. Para colmo de confusión, tuvo esta Monarquía, desde sus principios y antes de fundarse, muchas posesiones y colonias extranjeras. Trajo consigo el reino de Aragón á Sicilia y Cerdeña; descubriéronse los dilatados imperios del Nuevo Mundo; Gonzalo de Córdoba puso á Nápoles debajo de nuestras banderas; el casamiento de Felipe el Hermoso con Doña Juana la Loca, nos dió los Países Bajos; al cardenal Cisneros debimos algunas posesiones en África, y Carlos V redujo á su obediencia el Milanesado. Al contemplar en los mapas tantos y tan diversos países, se asombra el ánimo y no hay más que exclamaciones líricas en los labios para celebrar la grandeza de España; pero, á poco que la razón cobra su imperio, se trueca en pena el primer contento. La situación de la verdadera Monarquía, de lo que era la verdadera nación, repartida en tantos intereses y en tantos pensamientos, no podía ser más peligrosa. Y la inmensa balumba de posesiones y territorios que pesaban sobre aquella desconcertada máquina, debía hacer temer desde el principio que, no acudiendo muy eficazmente al remedio, viniesen las catástrofes que acontecieron al cabo.

Á la verdad, la falta de unidad en las diversas partes de la Península, que era lo primero que debía mirarse, parecía cosa de muy difícil remedio y muy lento. No podían alterarse en un año aquellas costumbres tan antiguas y tan diversas, aquellas leyes tan respetadas y tan contrarias. Pero era preciso emprender la obra con resolución y constancia si había de llegarse alguna vez á buen término.