Historia de la decadencia de España

Part 5

Chapter 53,817 wordsPublic domain

Se ha indicado repetidas veces en este proemio y crítica de tal obra, que en su espíritu fué influída por las pasiones políticas en cuya atmósfera entonces se sazonaba la actividad vertiginosa del entendimiento y de la acción de su autor. El tiempo empaña la trasparencia de las alusiones multiplicadas que, principalmente, al emitir ciertos juicios sobre las desdichadas reinas Doña Mariana de Austria y Doña María Ana de Neoburg, madre y segunda esposa respectivamente del Rey Carlos II, se dirigieron entonces á las combatidas autoridades augustas de las Reinas Doña María Cristina de Borbón y Doña Isabel II. Hay que congratularse de que esas alusiones ya solo pueden apercibirse por un corto número de entendimientos muy cultos así en la historia del último siglo del reinado de los Austrias en España, como en la historia íntima de aquel período demasiado revuelto de nuestras revoluciones contemporáneas. Nadie como el mismo Cánovas se lamentó después de aquellas dobles injusticias. Ni Doña Mariana de Austria, durante su gobierno en la minoridad de Carlos II, fué la que nos dejaron descrita los villanos partidarios de D. Juan de Austria, ni Doña María Ana de Neoburg, la que dejaron á su gusto retratada para la posteridad, primero los partidarios del cambio de dinastía, y después los escritores franceses que se tomaron la interesada molestia de sustituirnos en la redacción de nuestra propia historia. Pero si estas figuras augustas de aquel siglo tan vilipendiadas fueron por los que siempre han conspirado contra el honor y la grandeza de nuestra patria, sosteniendo el espíritu de división ambiciosa que nos ha arruinado, que nos arruina, que obstruye toda tentativa de resurrección nacional, no menos injustamente infamadas quedaron las de los tiempos cercanos en cuya desopinión y amarguras todos hemos tenido parte. Cánovas, hombre de rectitud extrema, cuando se vió en sus altas posiciones de pie derecho delante del espejo de la historia, no tomó la pluma para desdecirse, como lo había hecho en sus juicios históricos sobre Felipe IV y el gran Conde-Duque de Olivares; pero con actos de su poder volvió noblemente por el honor de aquellas damas. La estatua á la Reina María Cristina que se levantó en bronce en uno de los parajes más públicos de Madrid, dirá á la posteridad que las vejaciones que en vida se cometieron contra su nombre, fueron actos inicuos de la falta de honradez de los partidos políticos exaltados. Por fortuna, repetimos, las alusiones vivas que para los lectores de la _Historia de la decadencia_ en 1854 estaban claras y fomentaban las iras de la revolución que estalló en Julio del mismo año, son ya charadas y enigmas que el común de las gentes no alcanza á descifrar.

Para reasumir: La _Historia de la decadencia de España desde el advenimiento de Felipe III al trono hasta la muerte de Carlos II_, sigue siendo todavía, desde la época en que se escribió, la única monografía histórica que de aquel período de tiempo posee nuestra literatura. La inspiró un alto sentimiento de ideas nacionales, y fué el modelo á que en lo sucesivo se ajustaron todos los que, comprendiendo que la _Historia general_ no puede escribirse mientras cada una de sus particularidades, de sus personajes y de sus grandes sucesos no haya sido estudiado bajo la ilustración del mayor número posible de documentos, posteriormente se dedicaron á una labor que ha hecho insignes los nombres de Rosell, Janer, Fernández Duro, Rodríguez Villa, Muro, Martín Arrúe, general Fuentes y otros. No son los españoles tan dados á los estudios históricos como los extranjeros, y da pena confesar que el número de _hispanistas_ extraños que sin cesar enriquecen la Minerva histórica española en todas las lenguas cultas que se hablan en los dos mundos, sobrepuja de una manera desproporcionada al de los que en España consagran sus talentos á esta parte principal de la cultura de la nación. Uno de los últimos libros históricos sobre España, que este mismo año ha aparecido en las prensas de Copenhague, ha sido el titulado _Filip II af Spanien_ del sabio escritor danés CARL BRATLI. Este libro va enriquecido con una extensa bibliografía de autores de todas las lenguas que han escrito sobre Felipe II en los tiempos modernos. ¡Ciento sesenta y nueve nombres de autores extranjeros están comprendidos en esta bibliografía! ¡Los nuestros son solos treinta y cinco!: Barado, Baquero Sáenz, Boronat y Barrachina, Cánovas del Castillo, el jesuíta P. Cappa, Castro (D. Adolfo de), Cedillo (conde de), el jesuíta P. Coloma, Danvila Burguero (Alfonso), Danvila Collado (Manuel), Estébanez Calderón, Fernández Duro, Fernández Montaña, general Fuentes, Gayangos, Gómez (Valentín), González (D. Tomás), Hinojosa (D. Ricardo), Janer, Lafuente (D. Modesto), Lafuente (D. Vicente), Manrique, general Martín Arrúe, el agustino P. Mateos, Menéndez y Pelayo, el agustino P. Montes, Muro, Ortí y Lara, Picatoste, Pidal (marqués de), Rodríguez Villa, Rosell, Sánchez (el presbítero D. Miguel) y San Miguel (duque de). Entre los extranjeros se hacen inolvidables: Baumgarten (Munich), Baumstark (Lieja), Bergenroth (Londres), Böhmer (Berlín), Boglietti (Florencia), Bongi (Lucca), Borget (Bruselas), Bozzo (Palermo), Büdinger (Viena), Cabié (Albi), Campori (Módena), Capefigue (París), Coxe W. (Londres), Croze (París), Cunninghame Graham (Londres), Diedo (Milán), Döllinger (Regensburg), Donais (Toulouse), Dumesnil (París), Du Prat (marqués de) (París), Erslew (Copenhague), Esser (Copenhague), Fea (Turín), Forneron (París), Froude (Berlín), Fruin (Gravenhage), Gachard (Bruselas), Gams (Rogensburg), Gayarré (Nueva York), Gossard (Bruselas), Grahl (Leipzig), Greppi (conde de) (Turín), Groen van Prinsterer (Utrecht), Häbler (Berlín), Havemann (Gottinga), Helfferich (Berlín), Herre (Leipzig), Hume (Martín) (Londres), Jurien de la Gravière (París), Juste (Bruselas), Kervyn de Lettenhove (Brujas), Kretzschmar (Leipzig), La Ferrière (París), Lassalle (Montanbau), Lea (Filadelfia), Marcks (Estrasburgs), Mariéjol (París), Maurenbrecher (Berlín), Mignet (París), Montplainchamp (Amsterdam), Morel Fatio (París), Motley (Londres), conde de Moüy (París), Namèche (Lovaina), Nores (Florencia), Oliveira Martins (Lisboa), Pellegrini (Lucca), Philippson (Berlín), Prescott (Londres), Rachfahl (Munich), Ranke (Berlín), Raumer (Leipzig), Reiffenberg (Bruselas), Reynier (París), Romain (París), Rousselot (París), Sarrazin (Arras), Schäfer (Gütersloh), Schepeler (Leipzig), Schmidt (Berlín), Stirling-Maxwel (Londres), Stübel (Viena), Teulet (París), Thomsen (Copenhague), Tilton (Friburgo), Turba (Viena), barón de Viel-Castel (París), Varnkönig (Stuttgart), Weiss (Pecis) y Wilkens (Gütersloh).

Como se ve, no van aquí citados todos los autores extranjeros de la bibliografía de Felipe II publicada por Bratli; ¿pero los enumerados no bastan para dar idea de lo que sobre España y de un solo reinado se escribe del otro lado de nuestras fronteras de tierra y mar? Hay que convenir en que, si toda esta bibliografía espléndida y numerosa es el resultado del movimiento que hacia la investigación de las documentaciones originales, principalmente en los archivos de Estado, se inició desde el impulso que en toda Europa produjo la reacción contra la literatura revolucionaria y bonapartista de Francia durante el breve reinado de la casa de Orleans en este país, en lo que á España toca, fué á Cánovas, desde tan juvenil edad, al que correspondió tomar sobre sí la representación nacional de todo este movimiento. La _Historia de la decadencia_, en realidad, fué su ensayo; pero ella le sirvió á él mismo de acicate para sus posteriores exploraciones propias, á la vez que de palanca para la escuela de prosélitos que de aquí surgió. Nuestras siempre desoladoras divisiones y contiendas políticas han sido la causa eficiente para que este movimiento regenerador se haya entibiado; pero como cada día se siente más la necesidad de reanudarlo por nuestra misma gloria y por nuestro propio estímulo, la semilla que se arrojó á la tierra hace cerca de sesenta años, algún día ha de convertirse en espigas de recompensa. Esa esperanza nos alienta á todos los que amamos la patria por la patria; y cuando el vergel preparado se cubra de flores, todos habrán de reconocer que el primero que hendió con su reja la tierra esterilizada por la inercia de dos siglos fué el ilustre autor de la _Historia de la decadencia de España_ en 1854.

JUAN PÉREZ DE GUZMÁN Y GALLO.

HISTORIA

DE

LA DECADENCIA DE ESPAÑA

[Ilustración]

CUATRO PALABRAS

Á LOS LECTORES

CREEMOS que un libro de esta clase necesita siempre de ciertas explicaciones, y por eso nos determinamos á escribir estas líneas. De otra suerte, nos expondríamos á que, sobre las censuras que merezca verdaderamente, recayesen otras infundadas.

No faltará quien pregunte por qué hemos hecho dos obras separadas en lugar de una sola, continuación de Mariana y Miñana[14]. Es muy sencillo. Nosotros opinamos que la continuación de una obra debe á ella semejarse; que no es continuación de una obra otra distinta en el método, en el estilo, en el espíritu. No queremos con esto ofender á nadie: decimos sólo la opinión que nos ha traído á proceder de diverso modo que otras personas, alguna muy estimable. Porque habiendo de escribir de otra suerte que Mariana y Miñana, verdadero continuador éste de aquél, hemos aceptado la dificultad tal como se nos presentaba, y hémosla resuelto haciendo un libro diferente en el nombre y la forma como en todo lo demás tenía que serlo.

[14] Cuando la empresa editorial que llevó el nombre de _Biblioteca Universal_ publicó en 1854 la _Historia General de España_, del P. JUAN DE MARIANA, ofreció en la portada del libro que esta Historia sería continuada hasta el año 1851. El P. MARIANA no llegó en su obra sino hasta la muerte del Rey Católico Fernando V en los primeros años del siglo XVI. Continuó su labor el P. FRAY JOSÉ DE MIÑANA: éste alcanzó en la suya desde el reinado de Carlos I de Austria hasta la muerte de Felipe II, y este trabajo fué una verdadera continuación del anterior. Mas el autor de la _Historia de la decadencia de España_, aunque tomando el hilo de su narración donde MIÑANA dejó la suya, alteró el método, el estilo y el espíritu de sus dos predecesores, y á justificar esto es á lo que se encamina esta advertencia preliminar á los lectores.--J. P. de G.

Otros habrá que extrañen el que no hayamos puesto más atención en lo moderno que en lo antiguo, en la época de los Borbones[15] que en la época de los príncipes austriacos. También hemos tenido para esto razones propias. En primer lugar, hemos querido llenar en algo un vacío que se nota en nuestra Historia, y es la descripción de nuestra decadencia, no menos notable, no menos grande ni menos digna de estudio que la romana. Que no lo hemos conseguido ya lo sabemos; pero puestos á la obra, debíamos hacer de nuestra parte todo lo posible por conseguirlo. Nuestra decadencia no sólo no está narrada hasta ahora sino que está ignorada, obscurecida, envuelta en falsedades y calumnias de extranjeros y nacionales; de aquéllos, como autores; de éstos, como imitadores ó copistas. Sabau y Blanco hizo no más que recoger noticias de libros extranjeros sin crítica, sin examen, con notoria precipitación é injusticia y con manifiestos y continuos errores. Á este han seguido después los más de los escritores nacionales. Los que mejor explican nuestra decadencia son dos extranjeros: Ranke y Weiss; pero ni uno ni otro quisieron hacer historias sino más bien disertaciones, y además, aunque ambos imparcialísimos, no son, al cabo, españoles, y su crítica no puede siempre ser aceptada. Algo de esto puede decirse también de nuestro buen amigo D. Adolfo de Castro, que ha escrito sobre la decadencia de España, sin pretender hacer una Historia. De todo esto nace el grande amor con que miramos la primera parte de nuestra tarea y el extendernos más en ella de lo que, al parecer, exigía la buena proporción del libro. Y al propio tiempo para no ser tan largos en la época de los Borbones, hemos tenido en cuenta que si la Historia próxima ó contemporánea es siempre espinosa y casi pudiera decirse imposible, señálase esto más á medida que se hace más detallada y minuciosa, porque se tropieza con mayor número de personas y de simpatías ó antipatías particulares. «Trabajo es--decía Quevedo--escribir de los modernos: todos los hombres cometen errores; pocos, después de haber incurrido en ellos, los quieren oir; conviene adularlos ó callar. El discurrir de sus acciones es un querer enseñar más con el propio ejemplo que con el de los otros.»

[15] El autor de la _Historia de la decadencia de España_ era también el que había de escribir la del cambio dinástico de la Casa de Austria por la de Borbón; pero cuando terminó la primera el torrente de la vida política en que ya se había iniciado enteramente, le absorbió en medio de los acontecimientos que sucedieron á la revolución de julio de 1854; por esta razón, y para no aplazar la publicación comenzada, se encargó de escribir para esta obra el período de la Casa de Borbón, desde Felipe V hasta Isabel II. D. JOAQUÍN MALDONADO MACANAZ.--J. P. de G.

Por último, hemos procurado beber siempre en fuentes originales y españolas; para ello no hemos perdonado medio en el poco espacio de que hemos podido disponer. Los juicios, buenos ó malos, son nuestros siempre; los hechos los hemos tomado donde hemos podido hallarlos. No nos hemos fiado casi nunca de las versiones extranjeras, porque, ante todo, hemos querido hacer un libro español y para España, que era lo que hacía falta.

[Ilustración]

[Ilustración]

INTRODUCCIÓN

VAMOS á anudar la historia de nuestra nación en el punto mismo en que comienza su decadencia. Mariana, que tomó su relación desde los tiempos más remotos, pudo recoger en sus principios á la Monarquía, y seguirla por los gloriosos caminos que la trajeron á la grandeza que alcanzó en el reinado de los Reyes Católicos. No fué menor asunto el de Miñana, que relató los hechos de Carlos V y los consejos y empresas de Felipe II. Aquí llegó el astro de España á su apogeo. Nosotros hemos de contar ahora cómo de tanta grandeza vinimos á humillación tan grande; cómo de tan alto poderío, á tamaña impotencia, y de sucesos tan prósperos, á tan inauditas desgracias como lloraron ojos españoles en los días de Carlos II. Tarea ingrata y penosa, donde el amor patrio contiene ó corta los vuelos de la fantasía; donde la razón se ofende y la fe se quebranta, y el corazón se lastima. Con harto placer trocaríamos nuestra tarea por las que llevaron á cabo Mariana y Miñana; pero quiso Dios que así como es inferior nuestro juicio y estilo al de aquellos historiadores, así fuesen menores los hombres y los sucesos que habían de ocupar nuestra pluma.

Al acabar el siglo XVI, sentía la nación cierto cansancio disculpable en lo grande de las obras que había ejecutado, y de las empresas que durante el anterior había acometido. Pero era cansancio, no decadencia aún lo que sentía. Si Dios hubiera concedido á Felipe II sucesores tan grandes como eran los estados y los empeños de la Monarquía, hubiérase conservado como estaba, y reparando y mejorando su constitución lentamente con la facilidad de los tiempos, el desengaño de los sucesos adversos y la enseñanza de los prósperos, quizá la hubieran alcanzado nuestros ojos dominadora aún, y grande y temida. Ello es que era ya uno el territorio de la Península después de tantos siglos de división y desconcierto entre las diversas provincias. El turco, nuestro mortal enemigo, estaba vencido y humillado. Aún la infantería de España no había cejado jamás en los campos de batalla. Proseguíanse las conquistas en África, y en América y Asia se adquirían cada día nuevos dominios y nuevas minas ó mercancías preciosas con que reparar, á poco que se acertase en los remedios, la penuria del erario y la pobreza de los pueblos. Todavía en los consejos del mundo era la primera voz y más sabia la de España. Todavía nuestros historiadores eran los más doctos y más elegantes, y nuestros poetas y novelistas, y arquitectos y pintores daban aún asombro á los presentes, esperando á que llegase el tiempo de infundirlo en los venideros. Ciertamente, la Monarquía tenía ya dentro de sí los gérmenes de corrupción que más tarde habían de destruirla, y cierto es también que Felipe II había cometido no pocas faltas en su reinado. Mas ha de tenerse en cuenta que aquellos gérmenes de corrupción no habían sido antes sino principios de vida y engrandecimiento que eran naturales en la Monarquía, y que lo mismo se advertían en ella cuando comenzaron á reinar los Reyes Católicos que á la muerte de Felipe II. De tales flaquezas se hallan en todos los imperios del mundo, y viven y crecen, sin embargo, mientras hay manos hábiles que acudan á su mantenimiento. Y no ha de olvidarse tampoco que si faltas cometió Felipe II, faltas quizá mayores cometieron Fernando el Católico y el emperador Carlos V, sin que se diga por eso que en su tiempo decayese España.

Pero el vulgo no acierta á comprender de qué manera las mismas causas que produjeron engrandecimiento, pueden producir decadencia; de qué manera las ideas y las instituciones y los hechos que fueron buenos para crear, pueden servir también para destruir, trocados los hombres y las ocasiones. Entonces se fijan los ojos en errores accidentales y faltas más ó menos grandes, pero comunes y reparables al cabo, para explicar la ruina de las naciones, como si con aquéllas y con éstas no hubiesen coincidido las antiguas prosperidades, ó se encontrase gobierno antiguo ó nuevo que no haya caído en tamaños desvaríos por glorioso y feliz que lo muestre el éxito de sus empresas. Por eso ha habido quien achaque á Felipe II nuestra decadencia, cuando más bien reforzó los resortes y acrecentó las fuentes del poderío de España. No sean parte sus faltas como hombre para negarle las prendas de Rey, que por desgracia no aparecen reñidas como debieran estas cosas en el sombrío campo de la historia. Y líbrenos Dios de disculpar las faltas ni de creerlas menores porque las cometan los reyes, antes las tendremos siempre por más grandes. Pero hay afectación ó ignorancia en las modernas escuelas, que, dadas á explicar faltas ó crímenes políticos y á inquirir las razones filosóficas con que se cometieron, cierran los ojos de espanto, y otra cosa no ven ni examinan en los de Felipe II que no sea su ejecución. En verdad que nosotros hemos sentido el llanto en los ojos al leer, pasados tres siglos, la relación del tormento de Diego de Heredia, el noble campeón de los fueros aragoneses; mas no hemos probado mayor dureza en el alma al repasar con la memoria el triste fin de los _Girondinos_ en Francia; y es que las grandes ideas, haciéndose absolutas y exclusivas dentro del limitado entendimiento del hombre, traen consigo la intolerancia, la cual engendra el crimen en todos los tiempos, y es digna siempre de igual dolor y censura. Tales escritores se hallan, sin embargo, que, ó bien legitiman ó bien disculpan los cadalsos innumerables levantados en 1793, al paso que no hay anatema que no fulminen contra las crueldades de la represión religiosa y política del siglo XVI. Representante fué de ésta y encarnación de sus ideas y sentimientos Felipe II. Y cierto que si se mira lo que hizo aquel Monarca, por odioso que parezca á las veces, todavía no puede tomarse por mejor ni más preferible lo que hicieron los filósofos revolucionarios del siglo XVIII, ni siquiera lo que á los mismos intentos religiosos y políticos que él, ejecutó en Inglaterra la sanguinaria y deshonesta Isabel y en Francia el déspota y disoluto Luis XIV. Absurdo parecerá á algunos; pero no vacilamos en sostener que Felipe II, así por la austeridad inflexible que empleaba consigo propio á la par que con los demás, como por el sacrificio continuo del sentimiento á la idea, de la pasión al deber, que se advierte en toda su vida, tiene más semejanza que con estos príncipes, con el primer Bruto que condenó á muerte á sus hijos, y con aquel otro famoso que hirió en César á su padre. Porque en Felipe, como en los héroes romanos, el pensamiento y la creencia eran todo; nada los sentimientos y pasiones dulces del alma; y tal era la causa de sus rigores.

No se han contentado, sin embargo, con encarecer su crueldad sus enemigos, y ha habido aún quien de ineptitud le censure. Niegan el sol y contradicen la evidencia los que ponen en duda la profunda comprensión y sagacidad y prudencia del que llamaron los extranjeros _demonio del mediodía_. Afortunado en unas empresas, infeliz en otras, como todos los reyes de la tierra, ambicioso como sus antecesores y como todos los que sienten en sí poder para adquirir y gozar aún más de lo que tienen y gozan, fanático en materias religiosas como lo fué su padre y su abuelo y lo fueron sus nietos, no desconoció, sin embargo, los flacos de la Monarquía, ni despreció su cansancio cuando llegó á advertirlo, que son las cosas porque más se le censura. Y de aquel hombre, que sabía cambiar de conducta y modificar sus instintos á medida de la conveniencia como ningún otro, puede creerse fundadamente que, á reinar en lugar de Felipe III, no habría acometido empresas grandes, ni habría suscitado guerras, ni habría hecho más que dar reposo al Estado y recoger sus esparcidas fuerzas. No sólo la paz de Vervins, donde cedió sin ser vencido, lo persuade; sino que la cesión que hizo de los estados de Flandes en favor de su hija, casada con el príncipe Alberto, erigiéndoles bajo su protección en estados independientes, lo pone en entera evidencia. Aplicó á la Hacienda, á la Marina, al Ejército toda la atención que más tarde han puesto en ello las demás naciones, comprendiendo que en esto se cifra el poder del Estado. Y no fué culpa suya el que su Marina no se enseñorease de los mares, asegurándonos el comercio del mundo y la explotación de las minas de América; ni lo fué tanto como se supone el que la Hacienda no quedase en próspera situación, dado que no la alcanzó mejor en tiempo de sus antecesores. Aún el fanatismo religioso no le impidió á Felipe cumplir con sus obligaciones de príncipe, acudiendo en armas á Roma, cuando fué necesario, y manteniendo, si humilde y respetuoso en las palabras, duro é inflexible en las obras, los derechos de su potestad. Y ello es que si su hijo y sus nietos hubieran estudiado en paz y en guerra sus lecciones, jamás Rocroy hubiera sido tumba de nuestras banderas; jamás los protocolos de Nimega habrían afrentado á nuestra diplomacia; jamás los embajadores de Luis XIV habrían ido en corte extranjera delante de los de España.

La providencia dispuso otra cosa, y el cansancio de la nación se convirtió en lenta y total ruina. Supieron los sucesores de Felipe II lo que él había hecho en sus tiempos, y no lo que hubiera hecho en tales ocasiones como ellos se encontraron. No alcanzó su sagacidad á descifrar las miras políticas del rey prudente, y en lugar de imitar sus obras y seguir sus pensamientos, como acaso pretendían, dieron al traste con todos sus pensamientos y con todas sus obras. Entonces, los gérmenes de destrucción, contenidos ó modificados por Fernando el Católico, por Carlos V y por Felipe II, comenzaron á desenvolverse libremente en el seno de la Monarquía, y emponzoñaron sus venas, y secaron su pensamiento, y aniquilaron sus fuerzas. Y es indudable que si los Reyes Católicos hubieran tenido los sucesores que tuvo Felipe II, habría durado un siglo menos la prosperidad de España, y no habría sido jamás lo que llegó á ser en la tierra.