Historia de la decadencia de España

Part 7

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Dos caminos se ofrecían. Era el uno igualar á todas las provincias en derechos políticos, transportar lo bueno y ventajoso de estas á las otras, y quitar de todas ellas los gravámenes inútiles y las cosas dañosas al común. De este modo hubieran podido formarse más tarde unas Cortes generales en España, en las cuales los brazos de Aragón y Castilla, Navarra y Andalucía y Cataluña hubieran entrado con igualdad de derechos y de influencia; y no hay duda de que aquel gran Congreso, representando la libertad general del país, habría acabado por establecer naturalmente y sin esfuerzo la unidad apetecida. Ninguna provincia perdía nada con que las demás se igualasen á ella en libertad; ninguna habría podido fundar agravios en que lo mejor y lo substancial de sus instituciones se comunicase á las otras. Harto más difícil habría sido el reunir en un solo Congreso á los brazos de todas las provincias y el ir suprimiendo las malas instituciones y remediando los errores añejos. Pero la fuerza del bien general y de la libertad de todos, tenía que ser, por fuerza, tan grande, que poco á poco habría desaparecido toda resistencia injusta y no fundada en razón ó conveniencia. La libertad de todos, representada en estas Cortes generales de la Monarquía, habría uniformado los nombres que tanta influencia suelen tener en las cosas; habría creado un lenguaje político común, y antes de mucho la legislación civil y criminal y los intereses y las aspiraciones de todos hubieran venido juntándose y fundiéndose y creándose una nación sola de tantas naciones diferentes. Teníamos, para favorecer esta empresa, la unidad religiosa que nos costaba tanto, y no habría sido difícil contar con el apoyo de la nobleza más ilustrada, de una parte, y, de otra menos disconforme en su composición y más semejante aquí y allá en derechos y en intereses, que no las municipalidades y los pueblos. Así también el régimen representativo, por el cual hemos trabajado tanto después y con tan poca fortuna, se habría encontrado por sí mismo constituído en España.

Á ninguna nación le hubiera sido más fácil que á la nuestra su ejercicio en aquella sazón, y acaso la Inglaterra misma, con su _Carta magna_, hubiera tenido que imitar algo en nosotros, en lugar de tanto como nosotros imitamos en ella. Había aquí ya costumbres públicas, pueblos enseñados á entender en sus intereses y grandes que no sabían ceder al trono en sus empeños; había leyes como aquella segunda del _Libro de las leyes_, que decía: «Doncas faciendo derecho el Rey debe haber nomne de Rey; et faciendo torto, pierde nomne de Rey. Onde los antigos dicen tal proverbio: Rey seras si fecieres derecho é si non fecieres derecho, non seras Rey»; y aquella otra del octavo Concilio Toledano: «é si alguno dellos for cruel contra sus poblos, por braveza ó por cobdicia ó por avaricia, sea escomungado»; había fueros como el de Sobrarbe, donde se establecía «que Rey ninguno no oviese poder nunquas de facer cort sin conseyllo de los ricos hombres naturales del Reyno, et ni con otro Rey ó Reina guerra et paz ni tregoa»; había antecedentes de resistencia, como aquellos de Epila y Olmedo. Y porque tales leyes y tal principio de resistencia no engendrasen, por salvar la libertad, la anarquía, teníamos un grande y general amor á la institución del trono, nunca puesta en duda, nunca y en ninguna parte combatida hasta entonces, y teníamos leyes que, así como las que arriba citamos, amonestaban á los malos reyes ordenasen al pueblo completa y total obediencia á los buenos. Ahí están las _Partidas_, declarando que los reyes que no fuesen tiranos y no «tornasen el Sennorío que era derecho en torticero», son «vicarios de Dios cada uno en su regno puestos sobre las gentes para mantenerlas en justicia.» Sentados estaban los cimientos del régimen representativo, sin que se echase alguno de menos: la libertad y el orden, la resistencia y la obediencia, antítesis de difícil resolución en una sola tesis general y fecunda, pero indispensable para que tal régimen subsista.

Bien conocemos que era mucho pedir en los reyes de entonces el que acometiesen con sinceridad y energía tal empresa. Pero si los reyes no querían procurar la unidad de la Monarquía á costa de extender las libertades y de cercenar su poderío, todavía contaban con otros medios para traer á punto la unidad deseada.

Fuera de las sendas de la libertad había otro camino por donde llegar á ella, harto contrario, aunque no de más fácil logro; y era nivelar todos los derechos, no á medida del más alto, sino á medida del más bajo; era quitarles á todos la libertad política y las exenciones civiles, y dejarlos por igual sujetos á la voluntad del soberano. Así fué como la Francia llegó al punto de unidad que siglos hace alcanza. Necesitábase para ello emplear dentro del reino las fuerzas que se emplearon fuera, y dedicar al logro de tan grande empresa toda la atención política y todo el poder de la corona. No había que transigir con uno solo de los privilegios, porque con eso desaparecía la autoridad y la fuerza de la nivelación, al propio tiempo que se interrumpía la unidad misma. Un día y otro, un año y otro empleados en esta tarea, y la ayuda de la Inquisición y las sangrías que ocasionaban á las provincias las Américas y las guerras extranjeras, habrían acabado por hacer posible semejante empresa, que con ser mala en sus fines y en sus principios, que con ser injusta, habría proporcionado algún beneficio á la Monarquía, trayéndole la unidad: mas con lo que se hizo, ni se ganó la unidad ni se excusaron tamaños males.

Hubo represión, hubo tiranía, hubo atentados contra la libertad antigua de los ciudadanos y de los pueblos, mas no se logró por eso la unidad. Hallaron los monarcas que, lo mismo en Aragón que en Castilla, cabezas de la Monarquía, los grandes y los plebeyos estaban divididos desde muy antiguo en enemistades y emulaciones. Miraban de reojo los grandes la libertad que alcanzaban las ciudades, y los ciudadanos llevaban muy á mal las exenciones y el poder de la nobleza, mayores en Aragón que en Castilla, pero en ambas partes muy grandes. Comenzaron los monarcas á excitar y aumentar aquella rivalidad, fundada en los diversos intereses de las dos clases. Primero se concedieron fueros y cartas pueblas, no con otro ánimo que con el de libertar á los pueblos de la tiranía de los grandes; después se fué aumentando el poder del brazo popular en las Cortes, hasta el punto de equilibrarse con su poder el poder del brazo noble. Acostumbráronse por tal manera los pueblos á hallar protección en el trono y á considerar como adversarios á los grandes y ricos-hombres; y éstos, despreciando la enemistad de los pueblos, redoblaron sus abusos y acrecentaron su soberbia. Declaráronse los pueblos por uno de los bandos, y los grandes por otro en las discordias que hubo en Castilla durante el siglo XV: los primeros se inclinaron á Doña Juana _la Beltraneja_, y los segundos, á los Reyes Católicos; aquéllos tomaron la parte de Felipe _el Hermoso_ contra su suegro D. Fernando, y estotros sostuvieron á Don Fernando á todo trance. La muerte impensada de Felipe dió al fin la victoria al suegro, y algunos grandes de los más soberbios é independientes, de los que por sus padres y por sí propios habían hecho temblar al trono en tantas ocasiones, hubieron de emigrar á Flandes, y desde allí asistieron despechados al júbilo de sus contrarios, que, como todos los que vencen, no sabían disfrutar de la victoria sin abusar de ella. Vino Carlos de Austria á reinar, y aunque los grandes vinieron con él y se agruparon en torno suyo, no lograron reparar sus pérdidas, ni pudieron considerar la vuelta como victoria, porque el poder que nace de la fuerza y de la ocasión sin fundamento racional muy evidente, si una vez se pierde, no se recobra jamás: así ha de decirse que entonces cayó la nobleza castellana. Pero no tardaron en llegar los días de Villalar, y, peleando con todo su poder contra los pueblos, tomó de su afrenta desdichada venganza. En vano el noble Hurtado de Mendoza formuló la unión indispensable de nobles y plebeyos en aquella sentencia enérgica que conservan sus manuscritos: «El clamor de la injuria del pueblo despierta é incita á la venganza el ánimo de los nobles.» Ya era tarde, y el poder real, apoyado por los grandes, acabó en Castilla con las franquicias populares, lo mismo que á aquéllos los habían humillado antes con el favor del pueblo.

Buen pago dió la corona á los grandes por tamaño servicio. Caliente estaba aún la sangre de Villalar cuando en 1539 los echó Carlos V de las Cortes de Toledo, porque se negaban á contribuir con pechos y tributos á los gastos del Estado, alegando la exención de que disfrutaban, resto injusto de la libertad antigua, y el pueblo más que nunca debió tomar aquella humillación á propio desagravio.

Una cosa harto distinta había sucedido en Inglaterra. El rey Enrique I tuvo ya que modificar muchas leyes de Guillermo el Conquistador, hostigado por los nobles y los plebeyos coaligados. Fuése perfeccionando sin sentir tal alianza durante los reinados de Enrique II y Ricardo _corazón de león_, por manera que cuando Juan _sin tierra_ abusó de las prerrogativas reales, pudo formarse contra él aquella confederación general que le obligó á firmar en Runymede la _Carta de bosques_ y la _Carta magna_, principios y aún hoy día fundamentos de la Constitución inglesa.

Como en Castilla no se pudo llegar á tal concierto, se perdieron las libertades. Mirándose aquí absolutos, puesto que no quedaba más que una vana apariencia de libertad en las Cortes, los monarcas quisieron serlo en todo y en todas partes; pero no supieron llevarlo á cabo. Cayeron los privilegios del reino de Valencia casi al mismo tiempo que los de Castilla, vencidas las facciones y bandos que allí se levantaron con nombre de _germanías_. Y aunque las de Aragón, mal vistas y amenazadas ya por Isabel la Católica, subsistieron más tiempo, vinieron á morir, en fin, á manos de Felipe II, legítimo sucesor y continuador de la política de aquella Reina, notándose en su perdición las mismas causas que se vieron en Castilla, y, principalmente, el propio desconcierto y división que allí hubo entre los grandes y los pueblos. Fomentó muy especialmente la antigua discordia Felipe II antes de dar el golpe que meditaba á los fueros aragoneses. Pretendían todavía los señores la _absoluta_, que así se llamaba el derecho de bien, y _maltratar_ á los vasallos, y ejercitábanlo de hecho con harta dureza. Insurreccionáronse por este motivo contra el duque de Villahermosa sus vasallos los ribagorzanos, y el Rey les hizo dar todo género de ayuda, excitando más que aplacando los excesos que de una y otra parte se cometían. Lo propio aconteció con otros, y hasta llegó á proteger el Rey á algunos vasallos que, cansados de la tiranía del señor, se alzaron en armas y le dieron muerte. Así se vió que, cuando llegada la ocasión acudieron los grandes á las armas, apenas encontraron gente que viniese á servir debajo de sus banderas, y los que vinieron depositaban muy poca confianza en ellos. Las Universidades ó Municipios que regían las principales ciudades y villas grandes á manera de señorío, tuvieron más fe en las seguridades que daba el Rey que no en los reparos de la nobleza, que con harta razón no creía en ellas. Sólo Zaragoza se puso en armas, y ella sola y los nobles llevaron el castigo. Contra éstos no escasearon los suplicios, claros y manifiestos unos, encubiertos otros, é ignorados hasta nuestros días, en que se han abierto de repente los archivos que guardaban aquellos dolorosos misterios.

No tuvieron mejor suerte que los aragoneses, ni en verdad la merecían, los moriscos ó cristianos nuevos que poblaban algunas provincias. No disfrutaban éstos de derechos políticos; pero los disfrutaban civiles de mucha cuenta y exenciones que, en lugar de atraerles afrenta, les proporcionaron mayor holgura y riqueza; como que á causa de ellos no entendieron ni en las guerras, ni en la colonización inmensa que por entonces empobrecieron y despoblaron las provincias del reino. Es indudable que aquella gente de raza enemiga, de poco firmes creencias, distinta de nosotros en usos y leyes, ofrecía muchos peligros, repartida como estaba en las costas meridionales y occidentales del reino, donde tras de no servir para defensa, brindaba con un apoyo probable, cuando no cierto, á nuestros adversarios. Así que el alejarlos de los puertos y lugares de desembarco, reemplazándolos en ellos por una población enérgica y numerosa de cristianos viejos, habría sido determinación prudente y que debió tomarse desde los principios. Mas era preciso al propio tiempo con tolerancia en las cosas pequeñas y domésticas y con rigor inflexible en las grandes y que tocasen á la seguridad del Estado, ir dando tiempo á que nuestras costumbres fuesen las suyas y suyo de corazón nuestro culto, como ya lo era el habla. Así había acontecido sin afán y estrépito en otras provincias del reino que habían ocupado también los moros, y donde ya en el siglo XVI apenas podía hallarse rastro de ellos. No se hizo esto; antes con prohibiciones impertinentes y odiosos mandatos contra sus costumbres y usos domésticos, se provocó aquella rebelión de los Alpujarras que tanta sangre costó y tantas pérdidas, dejando en el corazón de los vencidos la saña que á tales extremos obligó en adelante. Y al propio tiempo que así se obraba en Castilla, en Aragón y en contra de los moriscos, dejábanse intactos los fueros de Cataluña, Portugal, Navarra y las Provincias Vascongadas, no menos contrarios y enemigos de la unidad nacional que los que con tanto empeño se habían suprimido. No había allí, ciertamente, las mismas causas que en Aragón y Castilla para que la libertad se perdiese. Vióse siempre en las Provincias Vascongadas la gente noble de la parte misma que la plebeya; porque ni tuvo aquélla privilegios odiosos, ni ésta pudo acopiar agravios, por consiguiente; y en Cataluña y Navarra, donde había también harta desigualdad de condiciones, mostráronse todos unidos, grandes y pequeños, para la defensa de los fueros. Pero ya que la obra estaba comenzada, ya que en otras partes no los había, era flaqueza ó error grave el dejarlos allí imperar y echando cada día más profundas raíces, porque eso mataba la unidad pretendida y dejaba la llaga del provincialismo ó _fuerismo_, tanto más exclusiva y privilegiada, cuanto más profunda y peligrosa en el corazón de la Monarquía. Sobre todo, fué notable lo de Portugal. Esta provincia, que por ser tan importante y por tener menos vínculos con la Monarquía que ninguna otra, á causa de su larga separación y de su unión tan inmediata, exigía más robustez que ninguna en la administración y más fuerza en la autoridad, conservó después de la conquista todas sus franquicias, aun aquéllas que claramente favorecían su emancipación, como se vió por desdicha más tarde. Y desde luego se advirtió, tanto en Portugal como en Cataluña, Navarra y las Provincias Vascongadas, que fueron las provincias donde se toleraron las antiguas franquicias, una cosa, para ellas de provecho y honra, fatal para la unidad del Estado, que fué que al calor de la libertad se conservó más entero y más firme el carácter individual que en las demás partes de España. No tuvo medios para hacerse tan eficaz la represión religiosa, ni dejaron nunca los ciudadanos de pensar y de discurrir para atender á los intereses públicos, que en mucha parte les estaban confiados; y así se hallaron todavía fuertes y enérgicos cuando los castellanos y aragoneses habían caído ya de su antigua firmeza. Error de aquellos tiempos que también tuvo influjo en las revueltas posteriores. Todavía en Cataluña, Navarra y las Provincias Vascongadas se nota cierta superioridad de carácter sobre el resto de España, producto de la desigualdad de condiciones que entonces alcanzaron.

Comparando cosas tan contrarias y tan diversos modos de conducta, llégase á dudar si el pensamiento de la unidad nacional tuvo cabida en el ánimo de los grandes reyes del siglo de oro de nuestra política. Diríase que obraron al azar y á medida del capricho momentáneo ó de las necesidades del día. Pero lo más probable es que cuando el pensamiento de la unidad estuviese en todos ellos, y principalmente en Felipe II, distraídos con las empresas lejanas y las guerras extranjeras, no acertaron á obrar con el concierto y la constancia que tamaño intento requería. Fué que se dieron treguas á Cataluña y Portugal y las demás provincias para que conservasen sus fueros, mientras venía la ocasión oportuna de igualarlas con Aragón y Castilla. Y en esto precisamente hallamos nueva falta, porque no había ningún interés que debiera preferirse al de la unidad, ninguna cosa que debiera hacerse antes á costa de dejarla á ella para después.

No era menos dificultoso, ni fué cosa en que se cometieron menos errores, el conservar las inmensas posesiones que tenía España fuera de la Península, principalmente en Europa. Natural era que se quisiera conservar el gran dominio adquirido, porque eso aconsejaban la razón política y el sentido común, enemigos ambos de las exageraciones filantrópicas de nuestra Edad. Mas por lo mismo, para conservar tan gran dominio era preciso saber preferir unos territorios á otros, unos esenciales, otros accidentales: éstos, que redondeaban y afirmaban la Monarquía; aquéllos, en que sólo podía hallar efímera gloria. Aún convenía abandonar Estados que hubiesen de perjudicar á la conservación de otros mayores, y dejar las empresas inútiles por las ciertas y de seguro éxito. No desconocieron tales principios de buena política ni Fernando V, ni Carlos V ni Felipe II; pero no supieron ponerlos en práctica con oportuna constancia.

Fernando V se propuso y alcanzó, en compañía de su esposa la magnánima Isabel, la grande obra de arrojar de España á los mahometanos, y más tarde se apoderó, no bien halló pretexto para ello, del reino de Navarra, que era una parte esencial y necesaria de la Monarquía española. También se hizo restituir los condados de Rosellón y Cerdaña, que de tiempo antes estaban empeñados en poder de la Francia, y que eran esencialísimos para resguardar la Península por aquella parte y para tener en respeto á nuestros turbulentos vecinos, poseyendo tal puerta por donde invadir á mansalva su territorio. Pero apartó de su cauce la política española, empleando en Nápoles y en las guerras de Italia las sumas y soldados con que debió pesar en África. Cabalmente alcanzó tiempos en que pudo hacerlo con ventaja, porque caídos los benimerines en el Mogreb-el-acsa ó imperio de Marruecos, hubo allá una horrible división y anarquía, que duró ochenta años, hasta la derrota de los beni-wataces y la exaltación al trono de los sanguinarios xerifes. Aprovecháronse de ella los portugueses; hicieron grandísimas conquistas con ayuda de los mismos naturales, que á la sazón se alistaban sin empacho debajo de las banderas cristianas; pero no supieron conservar lo adquirido. Y Fernando el Católico, que tantos recursos tenía en sus reinos, echados los moros de Granada, para hacerlas mayores y conservarlas eternamente, descuidó de esta manera el constituir de nuevo la España romana y goda, que pasando el estrecho tenía puestas sus fronteras en el Atlas, límite que la Naturaleza al propio tiempo que la Historia, nos tienen señalado. Grande error fué, que no disculparían ni aun los empeños del descubrimiento y conquista del Nuevo Mundo. Acometiéronse empresas parciales; tomáronse algunas plazas de la costa; pero el error de Fernando V fué perpetuándose en los reinados sucesivos, y después de no pequeños gastos y pérdidas de hombres y navíos, después de muchas batallas ganadas y de harta sangre vertida en aquellos arenales, no pudimos recobrar la España transfretana, y quedaron nuestras costas y nuestros mares á merced de los piratas berberiscos, que nos causaron gravísimos perjuicios los años adelante, todo por no haber hecho á tiempo el esfuerzo que se requería, llevando de una vez nuestras armas á aquellas regiones, donde de ir entonces todavía estarían de seguro imperando. Arrastró á Fernando V el orgullo de preponderar en Europa, y pudo más en él esto que no el útil de España.

Dejó también sembrada Fernando V copiosa cizaña con el matrimonio que pactó entre su hija y Felipe el Hermoso, del cual nos vinieron los Estados de Flandes. ¿Cómo era posible que Carlos V abandonase luego fácilmente aquella herencia tan legítima de sus padres? Sostúvola, que era ya grave error, y además cometió por su parte mayores faltas que Fernando V: unas dictadas por el propio espíritu de preponderancia, apoderándose de Milán, ni más ni menos que como aquél se había apoderado de Nápoles; otras por la cualidad que tuvo de Emperador de Alemania. Acrecentadas con esto sus fuerzas, se acrecentó su ambición naturalmente, y además, teniendo que acudir á defender el Imperio, empleó en ello parte de las fuerzas nacionales, desperdiciándolas: bien que sea preciso convenir en que los alemanes tienen razón cuando se quejan de que Carlos V no pareció más que Rey de España. La verdad es que aquel Príncipe fué español en sus sentimientos, y lo fué en sus conquistas, dejándolo todo á beneficio de España. Su falta estuvo en que, deslumbrado con las grandes fuerzas de que á la sazón disponía, llevó demasiado adelante sus pensamientos. No tuvo idea de lo que España con sus fuerzas ordinarias podía sustentar, y de lo que particularmente la convenía, y así le vemos no sólo desatender la conquista del Mogreb-el-acsa, entreteniendo el ocio de sus armas cuando no eran empleadas contra alemanes y franceses, ya en Argel y Túnez, ya en otras expediciones menos importantes, sino dejar á la Francia vencida la merindad de San Juan de Pie del Puerto que había pertenecido siempre al reino de Navarra, tierra española. Más tarde, dió también la isla de Malta á los caballeros de San Juan de Jerusalem, isla de suma importancia para la dominación del Mediterráneo.